Alma-cuerpo y vida profesional: vocación natural de la mujer y ethos correspondiente

La mujer tiene la vocación natural de madre pero esto no significa incapacidad para desarrollar otras profesiones propias de su feminidad

1. ¿Particular vocación de la mujer?

Durante la segunda y tercera década del siglo XX se radicalizó la postura de los movimientos feministas. Estos movimientos negaban la posibilidad de una sola y particular vocación profesional de la mujer. En aras de una mayor apertura que reivindicara el valor de ésta en la sociedad, se abogó por un principio de facto de modo que se obtuviese el acceso a una multiplicidad de profesiones femeninas. A este requerimiento se opusieron posturas tradicionales que mantenían el celo por la idea de que la mujer es para el hogar, la educación de los hijos y poco más.

En este contexto Edith Stein desarrolla su fenomenología: ¿tiene la mujer una vocación profesional particular o hay una multiplicidad de profesiones femeninas? Para dar una respuesta se dispone a analizar el argumento desde dos perspectivas: ¿existe una vocación natural de la mujer? y ¿qué profunda disposición del alma exige ésta? Irá más allá de las pretensiones de los grupos feministas y tradicionalistas: respecto a los primeros, al confirmar la imposibilidad de que la intromisión en profesiones masculinas sea propio de la mujer; con los segundos, al dejar claro y sin reducciones el concepto de profesión y la capacidad de la mujer. Es verdad que sólo ella tiene la vocación natural de madre pero esto no significa incapacidad para desarrollar otras profesiones propias de su feminidad.

1.1 Vocación natural de la mujer

A partir de la verdad formulada por el angélico –“Anima forma corporis”–, Stein llega a la conclusión de que tanto al cuerpo masculino como al femenino corresponde un alma en consonancia con su ser. Como consecuencia, es el alma quien determinará la estructura del cuerpo femenino para un particular fin y desarrollo, para ejecutar aquello para lo cual su cuerpo está dotado (compañera del hombre y madre de los hombres). Es por eso que a este fin se orientan las características de su alma. Su vocación natural es la de madre pero no queda sólo ahí.

1.2 Disposiciones corporales y anímicas

La fenomenología aplicada le deja claro los planos típicos del alma femenina: en lo práctico, el pensamiento de la mujer tiende hacia lo vivo y personal, al objeto considerado como un todo. La abstracción es lejana de su naturaleza; teóricamente, no conoce conceptual ni analíticamente sino de modo contemplativo y experimental, está orientada a participar en la vida del otro, a donarse en la compañía.

Con la misma seguridad, advierte de las hipertrofias en las que puede caer el alma femenina cuando su naturaleza no se desarrolla genuinamente: inclinación a ocupar y preocupar, vanidad, deseo de honores, reconocimiento, curiosidad… Estableciendo estas disposiciones se trata de afirmar cómo el cuerpo y el alma empujan a la mujer a realizar cierto tipo de actividades profesionales. A partir de aquí, y por analogía a las disposiciones masculinas, se asienta una diferencia que no dice superioridad cuanto mutua necesidad.

2. Un presupuesto: el ethos (existencia y posibilidad)

Dado que la mujer tiene unas disposiciones, en el ethos o hábito, entendido como una forma interior, como una estable orientación que regula los actos del ser humano, residirá el valor positivo que dará satisfacción a las particulares exigencias objetivas o leyes de las mismas. Ethos es algo duradero que regula los actos del hombre; una forma interior, una estable orientación del alma: un hábito, en lenguaje escolástico.
Es la misma inclinación natural la que permite configurar en ethos las disposiciones existentes con un esfuerzo de la voluntad pequeño si bien inclinaciones y dotes no van siempre de la mano:

“Estar dotado para algo quiere decir que nuestra naturaleza nos lleva hacer algo a gusto. Por regla general tendemos a aquello a lo que por naturaleza estamos dotados, y la actividad correspondiente nos produce satisfacción. Pero la inclinación implica una especial estimación de lo que se hace. Puede suceder que no se estime especialmente aquello para lo que se está dotado, y que en cambio estimemos mucho algo para lo que no estamos dotados en esa misma medida. La estimación produce alegría en la actividad, y la alegría es un incremento de la fuerza. De esta manera, en un terreno determinado es posible llegar por inclinación al grado máximo de la cualidad que las dotes dadas nos permiten alcanzar; es posible incluso conseguir ese máximo con un esfuerzo de la voluntad proporcionalmente pequeño, porque «se va en alas de la alegría»”.

Con este planteamiento, entonces, ¿se puede hablar de un ethos vocacional y profesional? Edith Stein responde que sí. Sin embargo
“Quien considera el propio trabajo sólo como fuente de ganancia o como modo de ocupar el tiempo, lo desarrollará de manera diversa a quien lo considera una verdadera vocación a la que se siente llamado. En sentido estricto, sólo en este último caso se puede hablar de ethos profesional”.

A toda profesión corresponderá un ethos profesional exigido por el significado mismo de la profesión. Este se encontrará de dos maneras: por un don de naturaleza o a través de un desarrollo por medio de la continua repetición de las actividades y de las operaciones requeridas por la profesión misma. Tanto la profesión del varón como la de la mujer tienen un ethos.

Autor: Jorge Enrique Mújica

Fuente:catholic.net

Matrimonio: plenitud o frustración

Sheila Morataya-Fleishman

El matrimonio implica ciertas exigencias que son compatibles con la vida profesional. Sólo falta que quieras hacerlo

Llamémosla Maricarmen. Tiene 32 años y es directora de una financiera muy importante. En lo profesional es una mujer de éxito, pues avanza con paso firme hacia la meta que se impuso recién graduada de la universidad. En lo personal, acaba de cerrar un capítulo de su vida. Su primer divorcio.

Está convencida de que fue lo mejor para ella, pues su ex marido tenía la “loca” idea de tener hijos pronto, exigiéndole reducir sus horas de trabajo para así poder dedicarle más tiempo a ellos cuando llegaran. Con mucha firmeza, Maricarmen dice que tuvo que tomar una decisión drástica, pues dentro de sus planes los hijos no eran una “prioridad”, especialmente hoy que estaba a punto de lograr la presidencia ejecutiva en la corporación donde trabaja.

Maricarmen, es una mujer de éxito. Por lo menos ella cumple con el perfil de la mujer que está triunfando hoy. Como ella, son miles las mujeres que, por alcanzar el éxito y la gloria a nivel personal, se casan con la idea de planificar los hijos para diez años después, si acaso llegan a tener uno solo y luego, decepcionadas del amor deciden divorciarse.

Viven todo lo anterior con mucha fuerza, parecen ser un tipo de mujer que no se detiene a pensar en su naturaleza, pues dice tener sus propios valores y derecho a vivir la vida de una mujer de su tiempo.

¿Apuntará la vida de una mujer así a la trascendencia? ¿Puede una mujer, que decide olvidarse de los valores más nobles, influir positivamente en la generación de mujeres jóvenes que seguirán transmitiendo los valores?

Plantearse y responder estas preguntas es importante porque en el fondo se descubre que las mujeres que viven de esta manera, se han distanciado u olvidado de Dios, como muy bien lo señala Jutta Burgaff, “distanciarse de Dios, lleva a una vida humanamente empobrecida”.

Ninguna mujer que haya atendido al llamado de la vocación al matrimonio puede ser exitosa ni triunfadora, si el sentido específico de su existencia —de esa vocación— no se realiza. Es decir, mucho antes de que se haya alcanzado el éxito como profesional, empresaria, inclusive artista, deberá haberse triunfado en su natural y específico rol: ser compañera, esposa y madre. Esto no es negociable, pues su realización vendrá sólo y cuando, profundamente en su interior, haya descubierto el misterio de su ser personal.

Como las demás, la vocación al matrimonio exige mucho y da mucho. La mujer que ha sido llamada por Dios a ser compañera y madre debe responder a ese llamado con alegría y visión sobrenatural.

Y es que, como señala el Catecismo de la Iglesia, “el amor conyugal comporta una totalidad en la que entran todos los elementos de la persona —reclamo del cuerpo y del instinto, fuerza del sentimiento y de la afectividad, aspiración del espíritu y de la voluntad—; mira una unidad profundamente personal que, más allá de la unión en una sola carne, conduce a no tener más que un corazón y un alma; exige la indisolubilidad y la fidelidad de la donación recíproca definitiva; y se abre a fecundidad” (CEC, 1643).

Cuando una mujer incursiona en el mundo empresarial o laboral, sin perder de vista su vocación, puede llegar a tener tanto o más éxito que aquella mujer que, dentro de su matrimonio, ha decidido dar la espalda a estos valores específicos en esa vocación concreta que la definen como persona.

Me pregunto cuántas Maricarmen vivirán en el mundo, totalmente ignorantes de su vocación digna y admirable, estrellando sin pensarlo o cuestionar, el proyecto de vida que Dios tuvo para ellas, al momento de su creación como mujeres. Si tú como mujer, que lees este artículo tienes amigas que ignoran la grandeza de su misión, es hora que comiences a descubrírselas. ¿Te atreves?

Fuente:encuentra.com

Pescadores de hombres 2

Pescadores de hombres I

Santa María de la Cabeza, la santidad desde el matrimonio

La santa madrileña, patrona de la JMJ, destacó por su vida de piedad en la Eucaristía y la oración

 

Madrid, 9 de septiembre de 2010.- Hace 900 años, en plena Edad Media, la ciudad de Madrid vivía tiempos tumultuosos. Apenas reconquistada por los cristianos en 1085, durante el siglo XII sufre dos incursiones de importancia por parte de los reinos musulmanes asentados en el sur de la Península Ibérica. En ese contexto vivieron santa María de la Cabeza -cuya fiesta celebramos el 9 de septiembre- y san Isidro.

A pesar del paso de los siglos, el ejemplo de santidad de Isidro y María sigue demostrando el sentido vocacional del matrimonio, no sólo como una institución que soluciona una necesidad afectiva o el de tener descendencia, sino como una vocación a través de la cual se puede alcanzar la santidad.

Santa María de la Cabeza nace en fecha desconocida a finales del siglo XI o principios del siglo XII. Su vida transcurre como una doncella más en un Madrid recién anexionado al Reino de Castilla. Su condición de frontera hace que los territorios que bordean la actual capital de España sufrieran de incursiones militares por parte de los reinos musulmanes del sur de la Península.

En una de las invasiones de las fuerzas almorávides Isidro huye a la población de Torrelaguna, donde conoce a María, su futura esposa. Fruto de su matrimonio nace Illán, quien a tierna edad cayó a un pozo. Las plegarias de María e Isidro hicieron que el agua del pozo subiera milagrosamente hasta llegar el niño a los brazos seguros de sus padres. Este milagro ha sido representado en numerosas ocasiones, la más famosa de ellas fue inmortalizada por el pintor Alonso Cano en 1648, que puede admirarse en el Museo del Prado de Madrid.

La vida en la Edad Media para la mujer no era fácil, compaginó las tareas del hogar, con actividades campesinas, mediante el apoyo a las labores de labranza de su esposo.

Fue una mujer santa, humilde, trabajadora, buena esposa y madre de familia, virtuosa y devota. Tras la muerte de su marido en en 1172 regresó a Torrelaguna y murió con fama de santidad en 1175 ó 1180.

Tras varios traslados las reliquias de su cabeza se reunieron finalmente en 1769, en la Real Colegiata de San Isidro de Madrid -donde se pueden venerar actualmente-, con el cuerpo incorrupto de su esposo y patrón de Madrid, san Isidro Labrador.

Santidad en el matrimonio
Isidro y María conformaron un matrimonio santo y padres de familia en sentido cristiano y evangélico que, por su amor a Cristo y a la Santísima Virgen, se santificaron mediante el ejercicio de sus grandes amores y virtudes, dejándonos como ejemplo, su testimonio de vida. Este ejemplo de santidad en el matrimonio es propuesto a los jóvenes de todo el mundo que participan en los preparativos de la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid, y en su celebración en agosto de 2011.

- Amor al Señor, mediante la oración y la eucaristía.
- Amor a la figura de la Virgen María (en sus advocaciones madrileñas de Almudena y Atocha, sobre todo).
- Amor a la familia (esposo e hijo).
- Amor al prójimo, mediante sus continuas prácticas, en ocasiones milagrosas, de caridad.
- Amor al trabajo, entendiéndolo y viviéndolo como medio de santificación y alabanza a Dios.

Desde el siglo XIII la Real Congregación de San Isidro vela y promociona por difundir el ejemplo de vida de este santo matrimonio.

www.madrid11.com

La familia, camino de santidad y primera línea de evangelización

Luis Fernando Figari, Intervención en el V Encuentro Mundial de las Familias Valencia (España), 5 de julio de 2006

1. Introducción

Se me ha pedido hablar desde la perspectiva de una familia espiritual, la Familia Sodálite, que entre otras realidades incluye al Sodalitium Christianae Vitae y al Movimiento de Vida Cristiana. Éste último nació en Perú en 1985 y fue aprobado por la Sede Apostólica en 1994. Entre sus integrantes hay millares de matrimonios, extendidos en muchas naciones de cuatro continentes, que han optado por vivir con seriedad y madurez su vida cristiana.
La promoción de la familia constituye una de las principales líneas pastorales y preocupaciones de la Familia Sodálite toda. Habría tanto que decir sobre el matrimonio y la familia, pero ahora nos resignaremos a una cuantas pinceladas sobre ello.

2. Crisis de la familia

Hace ya un buen tiempo la familia viene sufriendo una crisis de grave incidencia negativa. Un asedio sistemático busca disociar el amor conyugal y familiar de la vida de los esposos y de la familia. Cuando se escuchan expresiones como “familia reconstruida”, “familia monoparental”, “familia disfuncional” y “uniones de hecho” no se puede menos que pensar que estamos ante una cultura que acepta estas situaciones como “normales” y hasta “ideales”. Esta implacable campaña incorporada al proceso de globalización, viene también afectando la identidad propia de la familia basada en el matrimonio de un hombre y una mujer. Pienso que las graves consecuencias de este oscuro fenómeno constituyen un gravísimo atentado contra los derechos humanos, que en verdad sólo se pueden fundar en la naturaleza creada por Dios y no en meras convenciones humanas, modas, dictaduras legales o caprichos ideologizados. No es secreto para nadie que existe un integrismo anti-católico que va alimentando estos procesos buscando generar un mundo inspirado en la “cultura de muerte”. Todo ello va haciendo cada vez más notorio el valor de la familia en sí, así como su misión como primera línea en la propuesta real de una sociedad de la vida, una comunidad más justa, más reconciliada, más según el divino Plan.

3. Programa del camino matrimonial

La Familia Sodálite tiene una posición clara sobre el altísimo valor de la vida conyugal y familiar y sobre su decisiva importancia en la construcción de un mundo mejor. También, ofrece una pedagogía para cooperar con los matrimonios y para que éstos cooperen entre sí en su camino a la santidad como integrantes de la Iglesia. Este camino se expresa no solamente en reflexiones y planteamientos teóricos, sino también en lo que se podría llamar un programa práctico para quien es llamado a vivir la vocación matrimonial. Se expresa, sucintamente, en cinco puntos, como los dedos de una mano, que por lo demás simboliza la acción.

3.1. Primer punto: Santidad personal

El primer punto de los cinco que consideramos que debe aceptar una persona que es bendecida por Dios con un llamado a la vida matrimonial, es la santidad personal. No pocos olvidan el orden de las cosas y que, como se enseña desde tiempos inmemoriales, la caridad empieza por atender el Plan de Dios para uno mismo. Si este paso no se toma en cuenta es difícil, por no decir humanamente imposible, asumir el resto. Con la consciencia clara de los contenidos y objetivos, con la fe en la mente, es fundamental ir a la conciencia de sí mismo y a responder a la responsabilidad sobre sí mismo.

Nadie ni nada sustituye el trabajo personal. El fracaso horrible de tantos millones de matrimonios se debe en buena parte a que no se parte de la idea de que se trata de un hombre y una mujer que tienen que marchar hacia el encuentro, armonizarse en el amor y en la vida diaria, ir construyendo una dimensión de “nosotros” desde sus realidades individuales, que son irrenunciables. El esposo y la esposa, no se diluyen, sino que van al encuentro el uno del otro como personas, y por lo tanto el primer paso lógico y fundamental es vivir el dinamismo cristiano en uno mismo. Si no trabajas para integrar al Señor Jesús en tu propia vida, si no lo recibes en tu corazón e interiorizas los valores y enseñanzas que en Su persona se manifiestan, si no le abres a Él de par en par las puertas de tu corazón, entonces estarás viviendo una mentira existencial.

Soy un convencido de que si Dios en Jesús instituye el sacramento del matrimonio no es para pasar un “barniz” a una situación humana, a una célula social, por más básica que se la considere, sino para abrir un caudal vigoroso, apasionante y hermoso de realización de la persona, un caudal que permita que cada uno de los integrantes de esa aventura del amor conyugal pueda realizarse y ser feliz a la luz del divino Plan.

El encuentro en el amor, esa integración a la cual están invitados los esposos, debe ser un horizonte que los lleve a una exigencia personal cada vez más intensa, a un compromiso personal con Jesús cada vez mayor, a recorrer un proyecto existencial de cara a la eternidad.

El primer paso es entonces la conciencia de que cada uno como persona está llamado a la santidad. Primero como persona. Es necesario que primen la verdad y el realismo. Algunos enviudan, algunas enviudan. Y no son pocos los que se vuelven a casar. Esta realidad de la vida nos debe hablar muy claro de que las responsabilidades personales no deben ni pueden evadirse. Cada quien es ante todo responsable de sí mismo ante Dios.

3.2. Segundo punto: Los cónyuges

En segundo lugar está obviamente el hermoso y apasionante horizonte de integración como pareja. Es un esfuerzo conjunto, obviamente fundado en la búsqueda y respuesta al Señor Jesús de cada uno de los cónyuges.

El esfuerzo de vivir como esposos se presenta como un maravilloso y fructífero horizonte, que invita a un encuentro personal, a un proceso en donde se construya en el Señor Jesús el misterio hermoso del “nosotros” conyugal. El amor de la esposa al esposo, del esposo a la esposa, debe ser un amor que se nutre del amor de Jesús, que va al encuentro del otro en la dinámica de Jesús, de manera tal que cada quien vaya descubriendo esa luz interior del Señor que se percibe en el fondo de cada uno. Así, bajo esa luminosidad, se encontrarán con la propia identidad e irán realmente descubriendo la del cónyuge, pues el Señor Jesús muestra la identidad del ser humano.

El amor matrimonial es una de las más hermosas aventuras humanas, pero su éxito, considerada la amorosa gracia que Dios derrama, exige disciplina personal, ascética, renuncia a los propios egoísmos en favor del otro, un constante y renovado construir en el vital ideal del amor conyugal. Un proceso de cercenar, recortar, cortar las aristas, las espinas que todos llevamos dentro, de eliminar las inconsistencias que llevamos dentro, construyéndose como parejas en un hermoso proceso existencial. No hacerlo a diario, no hacerlo cotidianamente, no hacerlo con el entusiasmo y la frescura de los inicios, no hacerlo con una visión de auroral novedad cotidiana, es empezar a cavar la tumba del proyecto de vida personal y conyugal. La perseverancia y fidelidad en el matrimonio a pesar de ventiscas y problemas es una manifestación de haber tomado en serio el camino del matrimonio sacramental como vía a la plenitud de la existencia y a la santidad.

3.3. Tercer punto: Los hijos

Y sigue el tercer paso, el paso del amor formativo a los hijos, la construcción en el respeto a la dignidad de cada cual de esa familia que han recibido como don y como tarea. Cuando hay hijos, la pareja tiene que entender que ellos son plasmación de su amor, y que Dios les ha dado la responsabilidad de amarlos y educarlos como personas humanas libres, invitadas al encuentro pleno en la comunión de Dios. No entender que los hijos son ante todo de Dios es empezar mal. Son personas confiadas a la educación, al amor, a la ternura y al cuidado de los padres.

Un afán posesivo, la cosificación, sobre los hijos es tan grave como la desatención. ¡Ambas actitudes son un crimen contra esas criaturas! ¡Qué multitud, qué millones de crímenes se cometen sobre criaturas indefensas por las inconsistencias de padres irresponsables! Hay muchos que no entienden que, luego del objetivo del amor personal entre los dos esposos, junto a él está el amor abnegado de ambos a los hijos; la educación promotora, liberadora, reconciliadora a los hijos; y la renuncia efectiva, por lo tanto, a todo aquello que, en la vida personal de cada uno de los esposos y en el matrimonio, como esposos, impida el desarrollo firme y sano de esas criaturas confiadas a los dos. Entender esto es fundamental, pues los hijos venidos al mundo forman parte irrenunciable del proyecto familiar, de la familia. Todo esto forma también parte de entender el matrimonio como camino de santidad.

La fe ilumina todo este proceso de crecimiento y maduración familiar. Ante esa luz es necesario examinar las propias actitudes y las realidades familiares que con la ayuda de la brújula de la fe, del examen ante lo que profesamos creer, nos muestran si vamos recorriendo el camino correcto, si andamos en la línea de los pozos que culminan en oasis, o si nos hemos desviado de la ruta y nos dirigimos a la sofocación del desierto o hacia pozos donde la poca agua que queda se ha mezclado con la turbidez de la arena formando un barro aguanoso que sólo la enorme sed interior puede beber como sucedáneo de las límpidas aguas de los manantiales, pozos de agua y oasis que son participación del amor de Cristo.

3.4. Cuarto punto: El trabajo

El matrimonio cristiano es una consagración a la fidelidad. Desde ese marco se desarrolla la acción personalizadora que va forjando el ámbito humano mediante el trabajo. Al ingresar a esta dimensión fundamental de la existencia del ser humano, cada integrante del matrimonio debe hacerlo con el compromiso de que las aptitudes o realizaciones profesionales, el trabajo necesario para el sustento del hogar, no se conviertan jamás en obstáculo para los tres primeros pasos de estos cinco. En la cultura de hoy esto resulta un fuerte desafío. La presión de la ideología de la “productividad”, de la competencia laboral, del consumismo, incluso del desempleo o subempleo, son factores que inciden en distorsiones que no sólo afectan la vida de los esposos, sino el desenvolvimiento y sano crecimiento de los hijos. La postergación de la vida en familia que hoy se constata, de no atenderse oportuna y eficazmente, incidirá cada vez más negativamente sobre el matrimonio y la familia. Es por ello, entre otros asuntos, que hay que tener una recta visión teológica de la realización personal y del trabajo. En todo caso, al vivir la vocación al matrimonio como camino hacia la santidad se debe procurar dar la debida prioridad a la vida conyugal y familiar. El tema, como los otros, daría para hablar mucho.

3.5. Quinto punto: El apostolado

Es costumbre hablar de la Iglesia como algo externo a uno. Es una muy mala costumbre. Todos los bautizados somos miembros de la Iglesia, y tenemos en ella derechos y deberes, pero más aún estamos llamados a amarla y a sentir con ella, a amar y participar en la misión de la Iglesia. Desde el amor conyugal y familiar, desde una vida transformada en oración, en liturgia constante que busque dar siempre gloria a Dios, desde un hogar que quiere ser Cenáculo de Amor, metas de la “iglesia doméstica” como la llama el Vaticano II, la vida cristiana debe irradiar y debe hacerlo con intensidad. Los cristianos casados deben volcarse al apostolado hacia los demás, no como rutina, sino con el mismo entusiasmo que deben tener en conocerse y amarse unos a otros.

Se ha visto que hay un apostolado interno, que es con el cónyuge, con los hijos, todos en familia, y hay uno externo que es la irradiación personal de Jesús desde el propio corazón de la familia, como testimonio de que la vida cristiana es posible, que es un camino de transformación personal y de transformación del mundo, que es un sendero plenificador y vivificante. Desde el corazón de la familia se debe desplegar la vida cristiana en anuncio del Señor Jesús y en compartir su caridad con los más necesitados, así como en la evangelización de la cultura y la transformación del mundo.

4. Conclusión

Con la conciencia de todo esto, quisiera proponer una desmitificación de la magnitud de la empresa de la propia santidad, de la santidad conyugal y familiar. La iniciativa de la vocación al matrimonio es de Dios quien da la gracia. Con ella se debe colaborar y poner los medios, siguiendo un proceso que ayude a sobrellevar los desafíos y a alimentarse del amor, el entusiasmo, el cariño. Aunque son muy pocos los santos en los altares que fueron cónyuges en esta vida, tengo la certeza de que son miríadas de santas y santos que está participando de la Comunión de Amor. ¡Millones incontables!

El camino de la santidad matrimonial no es una carrera rápida, sino de perseverancia. No se trata de tomarlo todo junto, sino paso a paso, perseverantemente, dejándose ayudar por el Espíritu, e implorando la intercesión de la siempre Virgen María y del Santo Custodio.
Las familias son la primera línea de la Iglesia. Su tarea es enorme y apasionante. Son esas “iglesias domésticas”, cuya mera mención sobrecoge por su grandeza y su misión. Por eso es bueno que los matrimonios, para ser lo que deben ser, miren siempre a la Familia de Nazaret, recen a quienes la forman, se dejen impactar por su paz, belleza y armonía, y ante esa magna escuela de fe descubran la hermosísima misión de los hogares cristianos, que ardientes en amor, fe y esperanza están llamados a dar testimonio de lo que es vivir en la luz y el calor de la ternura de Dios a un mundo que se encuentra sumido en la oscuridad de la cultura de muerte y tirita de frío porque se viene escurriendo del abrigo de la Iglesia del Señor, Ecclesia sua.

Autor: La versión electrónica de este documento ha sido realizada por el Movimiento de Vida Cristiana. Derechos reservados (©). Este texto en versión electrónica solo puede ser reproducido por razones pastorales de la Iglesia sin introducir modificación alguna y manteniendo la integridad de su sentido. Deberá consignarse claramente la fuente. Se entiende que sólo puede ser usado en ediciones no comerciales y ajustándose a las condiciones estipuladas.

EDUCAR LA INTELIGENCIA

 

La vocación y la misión de todo ser humano consiste en lograr el ideal adecuado a su dignidad. Educar es, pues, ofrecer ese supremo valor –el ideal humano- a la inteligencia y a la voluntad. Es de enorme importancia enseñar desde muy temprano a los niños a reflexionar sobre sus experiencias, para no quedarse en sus impresiones, deseos e impulsos inmediatos y dejar, así su vida vacía de sentido. Esto exige educar la inteligencia para alcanzar la capacidad de pensar con rigor y la voluntad de vivir de forma creativa[1].

Pensamiento riguroso

El niño tiene en sí mismo la capacidad de pensar, y a nosotros nos corresponde enseñarle a pensar bien. A nuestro alrededor hay realidades que, en sí mismas, no tienen poder de iniciativa, como un martillo, una piedra, unos zapatos… Estos “objetos” están frente al hombre, le son distintos, externos y extraños, y él puede analizarlos sin comprometer su propio ser. Sin embargo hay otras realidades que, aun presentando las mismas características que un “objeto” –ocupan un lugar en el espacio, son mensurables, asibles, etc…-, en cierto sentido son indelimitables. Por ejemplo, una persona. En cuanto ser corpóreo, puede ser pesada, medida, tocada…, pero ¿puede delimitarse lo que abarca en el aspecto familiar, el ético, el religioso, el afectivo…? Está claro que no, pues el ser humano, aunque tiene una dimensión objetiva, constituye todo un ámbito de realidad.

Y la misma diferencia existe entre los meros hechos de la vida cotidiana y los acontecimientos. Cada día aterrizan cientos de aviones que realizan travesías intercontinentales. Pero, la primera vez que un avión consiguió sobrevolar el Atlántico, su hazaña supuso todo un acontecimiento de enormes repercusiones para el futuro. A diario disfruta el niño del amor abnegado de sus padres, de sus cuidados y atenciones. Pero hay un día al año de resonancia muy especial: el aniversario de su nacimiento. Constituye un ámbito de agradecimiento, porque un día vino a la existencia; de alegría, porque ahora forma parte de la familia; de gozo, por poder compartir la vida con él. Es la fiesta de la participación en el hogar.

Si vemos todo borrosamente y no distinguimos unas realidades de otras, empobrecemos peligrosamente nuestra existencia, pues sólo los ámbitos pueden encontrarse entre sí, no los objetos. Con meros objetos no podemos tener experiencias de encuentro, que son las que llevan al hombre a su realización personal. Por eso, lo decisivo en la vida es elevar todo lo posible los objetos a condición de ámbitos, y evitar en toda circunstancia practicar el reduccionismo, que consiste en reducir de valor las realidades y acontecimientos de la vida.

Dimensiones de una inteligencia madura

La distinción aquilatada de los diversos modos de realidad encierra una extraordinaria importancia pedagógica, pues nos encamina por la vía de la madurez humana. Al ajustar su mente a cada tipo de realidades y acontecimientos, el niño descubre qué actitud corresponde a cada modo o nivel de realidad. Con ello, pone en tensión la mente y cultiva las tres dimensiones de la inteligencia madura: largo alcance, amplitud y profundidad.

Largo alcance (ver más allá de lo inmediato)

Debemos ejercitar la capacidad de superar las apariencias, penetrar en cada una de las realidades y captar su sentido profundo. Esto supone hacer justicia a cada realidad y reconocer en cada instante en qué nivel de realidad nos estamos moviendo. La mera libertad de movimientos puede parecer, a primera vista, la forma óptima de libertad, cuando la capacidad de movimientos es total. Pero una inteligencia de largo alcance penetra más allá de la apariencia y se percata enseguida de que la libertad de maniobra es una forma muy sencilla y pobre de libertad. El que sigue en cada momento la voz de sus impulsos y de sus apetencias más inmediatas, lejos de ser libre, es esclavo de sus propias pulsiones. La auténtica libertad consiste en elegir únicamente las posibilidades que nos ayuden a crecer como personas y alcanzar el ideal ajustado al ser humano.

2. Amplitud (considerar varios aspectos de la realidad al mismo tiempo)

Para comprender el rango y el valor de nuestras acciones, debemos contemplarlas en el contexto concreto en que están inmersas. La relación sexual íntima, por ejemplo, es vehículo expresivo del amor entre dos personas. Pero, si se la desgaja de éste, se la vacía de sentido, se la rebaja de rango; del nivel 2 de la creatividad se la reduce al nivel 1 de la mera búsqueda de gratificaciones personales[2]. Esta forma de ver en conjunto constituye la segunda condición de la inteligencia madura: la amplitud.

3. Profundidad (ahondar en la articulación profunda de las experiencias y descubrir su sentido)

Una inteligencia penetrante tiende a conocer a fondo el lenguaje de la vida creativa, a tener una idea clara de la plenitud de sentido de cada término, de la densidad de contenido que le corresponde, de su verdadero poder expresivo.

Al oír, por ejemplo, la palabra libertad, debemos ponerla en relación con todos los términos vinculados a ella: creatividad, valores, sentido de la vida, obligación, normas, cauces… Una inteligencia madura ahonda en las implicaciones últimas de cada realidad o suceso de la vida humana.

Las tres dimensiones de la inteligencia exigen poner la mente en tensión para ver más allá de lo inmediato, considerar varios aspectos de la realidad al mismo tiempo y poner de relieve su sentido. Una inteligencia madura supone el ejercicio de un pensamiento riguroso y la voluntad de vivir de forma creativa.

Si aprende a reflexionar, a no quedarse en la primera impresión u opinión, el niño contempla las realidades con hondura y en su mutua vinculación. Al pensar con rigor, descubre las leyes básicas del desarrollo humano y prevé qué actitudes lo van a llevar a su plenitud como persona y cuáles, por el contrario, anularán la formación armónica de su personalidad. Así, es capaz de elaborar sus propios juicios de manera coherente y bien fundamentada antes de formarse una opinión o adoptar una actitud. Porque pensar con rigor no implica sólo dominar los preceptos de la lógica; supone una actitud colaboradora con las realidades del entorno. Por eso, estudiar cómo pensar con rigor nos lleva naturalmente a reflexionar sobre la creatividad.

La creatividad

Actualmente, en todos los ámbitos y especialmente en la escuela, se intenta fomentar la creatividad, que el diccionario define como “la capacidad de hacer surgir algo de la nada”. A partir de esta primera y elemental definición, la palabra se abre a un abanico de interpretaciones. Suele entenderse, ante todo, por creatividad la actividad de un artista que da a luz obras sobresalientes. Esto es cierto, pero no agota el significado del vocablo.

Si queremos “educar en la creatividad” y que nuestro proyecto educativo sea coherente y eficaz, es indispensable clarificar debidamente qué implica la actividad creadora, qué exigencias plantea, cuál es su articulación interna. En primer lugar, la persona creativa ¿hace siempre surgir algo de la nada? Si entendemos que no hay una materia previa que sustente a la experiencia creativa, o que ésta no existía antes de que se la hiciera brotar, ciertamente surge de la nada. Pero una experiencia creativa no puede darse a solas; es fruto de una experiencia reversible; implica la apertura del sujeto creador a realidades de su entorno; no a meros objetos, sino a realidades que tienen rango de ámbitos. De ahí que la creatividad presente diversos grados, desde la actividad artística de los grandes genios universales hasta la de la persona más humilde y sencilla, que sabe distinguir los objetos de los ámbitos y crea relaciones de encuentro.

Somos creativos cuando asumimos activamente alguna posibilidad que nos brinda la realidad y colaboramos a que surja algo nuevo dotado de valor. Asumir “activamente” quiere decir que ofrecemos, al mismo tiempo, nuestras propias posibilidades. Esas posibilidades recibidas permiten a nuestras potencialidades desarrollar capacidades propias. Y, como fruto de ese encuentro, se alumbra algo nuevo que encierra cierto valor. A solas, nuestras potencias tienen un radio de acción muy limitado, si es que tienen alguno. Una persona puede estar dotada de una gran capacidad para la interpretación musical; sus potencias le permitirían llegar a ser un virtuoso del piano, pero, si no tiene posibilidad de acercarse a tal instrumento, sus potencias no podrán desarrollarse.

Saint-Exupéry recuerda un viaje en un tren repleto de gente de extracción social baja. Un niño pequeño dormía arrebujado entre sus padres. El autor francés se quedó mirando la carita del niño y recordó la figura del gran compositor Wolfang Amadeus Mozart. Y pensó que probablemente ese niño tuviera en sí potencias como para llegar a ser un gran músico, pero temió que la vida no le iba a ofrecer las posibilidades necesarias, con lo cual sus potencias quedarían ahogadas en agraz. Después de una larga reflexión, cuando el escritor separa ya definitivamente los ojos del niño, en su fuero interno lo considera como un “Mozart asesinado” (“Mozart assassiné”)[3].

Ser creativo significa que uno está abierto a las realidades del entorno, se esfuerza en captar sus diversas posibilidades y está dispuesto a entrar en relación de trato con ellas y dar lugar a realidades nuevas y valiosas: obras de arte, tal vez, pero también toda suerte de experiencias reversibles y, sobre todo, relaciones de encuentro personal.

Además, y esto encierra enorme importancia para la educación de los niños, el ejercicio de la creatividad desarrolla al máximo en el hombre la capacidad de admiración. Ésta constituye el antídoto de la tendencia al reduccionismo, a reducir el valor de cuanto nos rodea y amenguar, así, nuestra capacidad creadora en todos los sentidos. La quiebra de la creatividad nos lleva al escepticismo, al nihilismo y consiguientemente, al absurdo. Debemos esforzarnos en enseñar a los niños a admirar lo valioso, para que se abran a los valores en actitud creativa, y se entusiasmen con ellos al sentir que los llevan al cumplimiento de su propia vocación: ser personas en plenitud.

La creatividad suscita entusiasmo por los valores, y éstos a su vez potencian la creatividad. Si no se propicia que el niño se abra activamente a las realidades valiosas que se le ofrecen, no sentirá entusiasmo. Sin entusiasmo no tendrá motivación alguna para cumplir las condiciones del encuentro. De éstas depende toda relación de intimidad entre esa realidad valiosa y él. Sin tal intimidad, la realidad valiosa se le aparecerá como extraña, y no le interesará, le dejará indiferente. La indiferencia lleva al hombre al desinterés y la apatía, actitudes ambas de efectos temibles que inquietan sobremanera a los educadores.

Todos podemos ser creativos, al menos en el sentido de fundar vínculos valiosos con las realidades circundantes. Pero, para estar en condiciones de realizar experiencias creativas, debemos reconocer las realidades que son susceptibles de ofrecer posibilidades y distinguirlas de los meros objetos manipulables. Ello exige desarrollar un pensamiento riguroso. Si deseamos fomentar la creatividad, hemos de aprender a pensar bien, ya que creatividad y pensamiento riguroso se exigen mutuamente.

Pensar bien significa básicamente penetrar a fondo en el núcleo de cada realidad o acontecimiento, y hacerles justicia, no violentarlos. Esto supone la utilización precisa de los vocablos adecuados a la cuestión que se está tratando, pues, de lo contrario, se traiciona la realidad, y la comunicación se empobrece hasta hacer inviable el encuentro. Una forma correcta de expresarse facilita la creatividad y el encuentro, mientras que una manera pobre o inadecuada de utilizar el lenguaje no sólo bloquea en el niño las posibilidades creativas sino que lo deja inerme ante los ardides de cualquier manipulador.

Lenguaje y pensamiento están íntimamente ligados: es necesario un pensamiento riguroso para aquilatar bien el sentido de las palabras y frases que pronunciamos, para vincular los conceptos y dar razón de lo que creemos, y también, como es lógico, para saber qué significa e implica lo que hacemos.

Una mente rígida, sin capacidad de profundizar, se quedará encapsulada en cada concepto. Por el contrario, el que vive creativamente es capaz de penetrar en el sentido del lenguaje creativo, que exige tensión de mente y estilo relacional de pensar. Pero la flexibilidad de mente no es innata, y aprender a pensar con rigor y vivir de forma creativa exige la ayuda de un método adecuado para educar la inteligencia, que implica tanto el análisis teórico como la entrega a actividades creativas[4].

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[1] Para todo el tema de pensamiento riguroso y creatividad, véase Alfonso López Quintás, Inteligencia creativa, BAC, Madrid, 1998.

[2] Para el tema del amor personal, véase A. López Quintás, El amor humano. Su sentido y su alcance. Edibesa, Madrid, 41992.

[3] Cfr. A. de Saint-Esupéry, Terre des hommes, Folio, Gallimard, 1994, pp. 181-182.

[4] En la obra de M. Ángeles Almacellas y Teresita Piscitello Educar la inteligencia. Descubrimiento de los valores a través de la literatura y el cine (Editorial Galeón, Córdoba, Argentina, 2000) se expone ampliamente esta propuesta educativa.

Fuente: Arvo

La ultima cima

En busca de los sueños

Sexualidad y vocación esponsal de la persona

La sexualidad es una cualidad esencial de la persona humana. La sexualidad modula el ser de la persona humana en sus tres constitutivos principales: corpóreo, psíquico y espiritual, según la dualidad varón-mujer. Esta modalidad capacita a la persona humana para realizar la vocación personal de una manera específica. La sexualidad es ante todo una dotación humana que posee cada persona y la cualifica para ser amada y amar a los demás. La sexualidad es una riqueza humana que posee para ser ofrecida, entregada y al mismo tiempo para ser recibida por el otro como un valor personal. La sexualidad engloba un conjunto de valores humanos destinados a la comunicación y a la entrega mutua que se hace fecunda en ese ámbito de comunión profunda propio del matrimonio.

Las cualidades humanas propias de la masculinidad y la feminidad constituyen además una capacitación específica para el desempeño de determinadas tareas en los diversos ámbitos del tejido social: profesional, cultural, etc. La mujer posee ordinariamente, en virtud de su feminidad, un conjunto de cualidades –elegancia, tacto humano, delicadeza, sensibilidad estética, etc.– que la capacitan de manera superior al varón en el desempeño de determinadas tareas en el ámbito de las relaciones sociales; por poner un ejemplo, en la atención de enfermos, clientes, pasajeros…

Vamos a ceñirnos en los aspectos más básicos de la sexualidad, en referencia a las relaciones de amistad, matrimonio y familia. Desde la pubertad se despierta en las personas el impulso sexual hacia las personas del otro sexo. Se despierta la atracción emocional y pasional; se descubre en las personas del otro sexo virtualidades atrayentes, complementarias. El hombre admira a la mujer y viceversa. Se desea la compañía del otro, la comunicación, el afecto, la ternura… Poco a poco nace el enamoramiento. El enamoramiento significa el descubrimiento de una dimensión fundamental de la vida. La compañía del otro otorga a la vida un valor y significado preponderante.

Al estudiar la naturaleza del matrimonio hemos considerado las bases conceptuales precisas para afrontar ahora el estudio del sentido moral de la sexualidad. El matrimonio y la familia constituyen el ámbito propio para que las capacidades sexuales se desarrollen en orden a la realización integral, armónica y moral de la persona. La sexualidad, como hemos visto, incluye fenómenos somáticos y psíquicos que no son voluntarios sino autónomos, automáticos. Por lo general, cada persona aprende a percibir cada vez mejor la naturaleza de los sentimientos, emociones, pasiones y deseos de tipo sexual que se despiertan en determinadas circunstancias y el tipo de conducta que le impulsan a realizar. Cada persona puede aprender asimismo a ejercer un cierto dominio sobre esos impulsos: incitarlos, fomentarlos, mitigarlos, evadirlos, etc., a fin de comportarse de la manera que le parece más apropiada. Cada persona sabe que debe educar su comportamiento sexual y configurar su conducta de manera autónoma, según un criterio personal, voluntariamente elegido.

La sexualidad constituye un patrimonio humano destinado al amor. El modo de orientar esa dotación en la vida práctica puede contribuir a su desarrollo o a su degradación. La sexualidad se desarrolla correctamente cuando la persona orienta esas capacidades hacia el verdadero amor. Se degrada cuando la capacidad de amar se pervierte por el egoísmo del sujeto que busca solo una satisfacción sensible. Toda acción humana que afecta de alguna manera a la dimensión sexual de la persona es laudable desde el punto de vista ético si contribuye a la realización personal de cada hombre y es detestable si la dificulta o impide.

El juicio ético sobre un acto de tipo sexual ha de tener en cuenta la vocación personal del sujeto agente. La Antropología personalista pone de manifiesto que la persona se realiza en el ejercicio de su vocación al amor esponsal, ordinariamente en el matrimonio. Orientar toda la capacidad personal de amar hacia la realización del cónyuge como persona, como esposo, requiere una esmerada educación de las pasiones, sentimientos, afectos, sentidos, imaginación, mente, inteligencia y voluntad… a fin de dirigir estas capacidades –todo el ser de la persona– día tras día, hacia el fortalecimiento y consistencia de la vida matrimonial; de una vida matrimonial que mira a la plenitud humana del cónyuge y les capacita al mismo tiempo para ser engendradores y educadores de nuevas criaturas: para ser buenos padres de familia si los condicionamientos físicos lo permiten.

La Antropología de raigambre judeo-cristiana corrobora esta tesis al afirmar que el hombre está llamado a la fecundidad; a colaborar en el proyecto creador de Dios por medio de la capacidad procreadora, e intervenir en el desarrollo de la familia humana de acuerdo al mandato: “creced y multiplicaos”. La dualidad sexual de la persona humana está orientada a este fin. El matrimonio y la familia constituye el baluarte fundamental para llevar a cabo el proyecto divino de la creación humana.

La sexualidad humana juega un papel muy relevante en las relaciones humanas más íntimas y profundas requeridas para verificar la donación y fecundidad inherentes a la realización de la vocación esponsal de la persona. El modo de orientar la sexualidad tiene una repercusión considerable en la configuración ética de una persona. El juicio ético sobre la sexualidad debe atender al modo en que ésta se orienta hacia el matrimonio y la familia.

La persona que orienta la sexualidad con una tendencia prioritaria hacia búsqueda de experiencias placenteras contradice el verdadero sentido antropológico de la sexualidad: tiende a degradar la consideración del otro según la capacidad que tiene de proporcionar sentimientos de placer, se instrumentaliza la relación personal; se tiende a rebajar al otro a objeto de placer, se empobrece progresivamente la relación humana, se deteriora la capacidad de entrega y sacrificio por el verdadero bien del otro.

Si no se modera y se somete la tendencia al placer hacia el bien integral de la persona se deteriora la capacidad de adquirir compromisos estables de amor incondicionado y fecundo, se incapacita para amar a la persona como valor absoluto, para la constitución de una verdadera familia, de un verdadero matrimonio; se pierde por ello la capacidad de vivir una existencia verdaderamente personal y realizar la propia vocación personal.

La sexualidad tiene una implicación importante en la realización personal de cada hombre. La sexualidad humana no puede cabalgar por unos derroteros diferentes al de la vocación y realización de la persona en el amor-donación salvaguardado en el matrimonio, en el compromiso estable, indisoluble e incondicionado y fecundo del matrimonio. El motivo es que la sexualidad humana constituye un todo único con la persona, y está destinada desde sus aspectos somáticos, psíquicos y espirituales a la constitución de ese proyecto de comunión de vida y amor que denominamos matrimonio y familia.

Cabe distinguir una doble actitud moral ante los impulsos de la sexualidad:

—Someter el ejercicio de las capacidades sexuales hacia los requerimientos de la vocación esponsal de la persona.

—Destinar la capacidad y ejercicio de la sexualidad hacia la búsqueda de placer sexual al margen de los requerimientos de la vocación esponsal.