Lecciones para los hijos sobre el manejo del dinero
En una sociedad donde el dinero es adorado por muchos y además es símbolo de poder, éxito y “felicidad”, resulta importante enseñarles a los hijos a tomar conciencia del consumismo que les rodea y desarrollar en ellos el criterio para tomar sus propias decisiones.
La enseñanza que se les debe ofrecer a los hijos en relación al dinero, no es sólo darles a entender en qué y cómo gastarlo, es mucho más que eso. Comprende aspectos tan determinantes como es la capacidad de razonamiento, la actitud frente a las dificultades financieras, el desarrollo del autocontrol, la cordura que exigen ciertas situaciones, la recursividad e imaginación para la búsqueda de soluciones, la valoración del esfuerzo, la responsabilidad, la honestidad, la ética en el trabajo, etc. los cuales únicamente se aprenden en la familia, de ahí su urgencia y relevancia.
Justamente las siguientes enseñanzas pretenden brindar a los padres lineamientos para lograr que los hijos interioricen los anteriores conceptos, que sin duda estarán en juego por el resto de sus vidas.
El dinero es un medio para obtener ciertas cosas, no un fin. Quiere decir que el dinero no es un pretexto para pasar por encima de las personas o de los principios personales, sino que es la vía para lograr metas que signifiquen beneficios propios y para los demás.
El dinero no es malo, lo malo es el deseo posesivo y desenfrenado hacia él. Cuando una persona basa todos sus esfuerzos y felicidad alrededor de éste, su vida se torna pobre y vacía.
Se debe ser poseedor de dinero, en lugar de ser poseído por él. El hombre es dueño de sus actuaciones y de su riqueza, pero no debe ser esclavo de ella.
Dinero no es igual a felicidad, con el dinero se adquieren bienes u otros beneficios, pero nunca podrá comprar la verdadera y única felicidad, como son los momentos que se viven en familia o el hecho de gozar de una salud próspera.
El dinero requiere esfuerzo, se trabaja para lograrlo y se aprende a administrarlo. En este punto concreto, es donde los papás deben adjudicarles a los hijos, pequeños encargos acordes a su edad. De esta manera vivirán en carne propia el valor del esfuerzo y apreciarán el trabajo que realizan los padres para poder brindarles su educación, recreación, vivienda, alimentación, vestido, entre otros.
Ahorrar es una necesidad y así se les debe enseñar desde que los hijos están pequeños. Una persona que desde tempranas edades ha sido acostumbrada a reservar parte de sus ingresos (así sea la mesada) para el ahorro, es más probable que cuando sea adulto tenga autocontrol y piense con cabeza fría antes de hacer un gasto.
Compartir con otros. Algunas veces el ser humano necesita ver realidades opuestas a la suya, para poder asimilar algunos aspectos. Por ello es conveniente que los hijos conozcan la vida de otros niños con más necesidades y así llegar a su propia conclusión de lo afortunados que son y lo mucho que pueden ayudar a otros.
Evaluar el costo-beneficio y precio-calidad. Cada que el niño pida algún juguete u otro objeto, es recomendable que se le invite a pensar si realmente lo necesita, si el valor que pagará por éste es justo o no, si le sacará provecho a largo o a corto plazo, así como a valorar otras ofertas y si la calidad es acorde al precio; claro está que se debe explicar en los términos que el niño comprenda. Esta reflexión hará que sus decisiones estén en razón a evaluar el costo más allá del simple antojo.
La regla de oro: El ejemplo. ¡Cómo iba a faltar semejante elemento! No olvidemos que los hijos tienden a repetir las conductas de sus padres, y la cuestión del dinero no es la excepción.
Fuente: lafamilia.info
Saber consolar: envejecer cuando nace un siglo
Saber consolar es un valor aceptado en la actualidad: no porque se nos haya inculcado en la escuela, no porque tenga preeminencia social, sino por algo importantísmo y, a su vez, peculiar: por haberlo experimentado
INTRODUCCIÓN
Saber consolar es un valor aceptado en la actualidad: no porque se nos haya inculcado en la escuela, no porque tenga preeminencia social, sino por algo importantísmo y, a su vez, peculiar: por haberlo experimentado. Nadie que ha sido consolado adecuadamente, o nadie que ha sabido hacerlo piensa que es una tontería.
Hay un elenco de experiencias personales que son definitivas y radicales en una vida, en las que nadie sustituye al otro; desde este ángulo, mi tesis es mostrar no con datos estadísticos, ni con teorías muy elaboradas, sino apuntando a la vida cotidiana que, aprender a consolar es aprobar la vida humana, estar de acuerdo con ella.
Este tema puede enfocarse también desde un punto de vista bioético; se nos brinda en estas jornadas una ocasión propicia para aplicarlo a un tipo de personas determinadas: los ancianos.
LA VEJEZ
No es fácil ni definir ni describir el envejecimiento humano; en nuestro caso, nos vamos a referir al tipo de ancianidad, que adviene con la edad, y que aparentemente supone un declinar del hombre, por cierta incidencia cualitativa en su personalidad, en el modo de relacionarse consigo mismo, y con los demás, que conlleva al menos molestias.
El significado de la vejez es más amplio; no vamos a caer en juego de palabras, pero la experiencia nos avisa que la ansiada madurez humana, suele ir unida a un declive biológico; la plenitud somática no suele responder a la cima espiritual; existen jóvenes adultos, y viejos que son como niños…
En este trabajo nos referimos a ese anciano que, en el mejor de los casos, pierde la capacidad para retener lo inmediato; se refugia en el pasado; repite una y otra vez sus preocupaciones y ensueños; presenta una disminución de la velocidad psicomotora para expresar sus experiencias; tiene un cierto empobrecimiento en el razonamiento y de sus aptitudes verbales…Y todo esto, sin ahondar en cuestiones más dolorosas y no menos reales, de síndromes múltiples y no graves, pero constantes, que suelen cortejarle; además, pueden plantearse síntomas y enfermedades más serias y específicas de esas circuntancias: demencia senil, cardiopatías, debilitación en los órganos de los sentidos, malnutriciones…
Este personaje no es ni virtual ni de ficción, sino un sector de la población occidental cada vez más amplio; las predicciones a nivel mundial apuntan a que en el siglo XXI supondrán el 25% de la población; habrá más de 600.000.000 personas con más de 65 años.
La ONU advierte que este envejecimiento de la población es un cambio sin precedentes en magnitud y velocidad en el desarrollo mundial; es un tema clave en orden a las necesidades de servicios de salud, de pensiones y de recursos sociales; en el sector de servicios –viene a ocupar el tercer puesto, después del cuidado del medio ambiente y de la telecomunicación-, consumiendo cada vez más recursos.
En España, por ejemplo, hay en la actualidad, hay más de 3.000 residencias de la tercera edad, que suponen aproximadamente casi 200.000 plazas; cifras elevadas, aunque sean claramente inferiores a los que se van desarrollando en Centroeuropa.
Las cuestiones que, con objetividad, se plantean son múltiples: ¿vale la pena vivir así? ¿compensa el gasto para prolongar los años de vida? ¿quién y como deben atender a esas personas? ¿qué calidad de vida hay que evaluar? ¿cúal se merece?¿qué se le puede ofertar…?
Permítanme que introduzca una experiencia argumentada, que hace un guiño de simpatía o de empatía a toda vida humana; consiste en recordar la actitud de un prestigioso médico: solía cobrar algo de más a aquellos enfermos hipocondríacos de altos recursos económicos que con excesiva –a veces, desaforada— frecuencia acudían a su consulta; ese dinero lo invertía en libros para la biblioteca del hospital; el mismo doctor, algunos fines de semana, aprovechaba un buen rato para ir a visitar a algún enfermo incurable, desahuciado, viejo y/o solitario…; la visita se prolongaba hasta que este enfermo sonreía…
BIOÉTICA PERSONALISTA
Si a lo largo de estas jornadas, esta anécdota se convirtiera en historia no contada sino vivida, en modelo para acciones similares, se habría captado un aspecto importante de la Bioética personalista -urdimbre humanizadora-, que cura, de manera significativa, las nostalgias e incertidumbres que tozudamente nos acompañan y, con frecuencia, nos acongojan; a todos, y más a los abiertamente indefensos.
Argumentar el sentido, incluso el modo de consolar al anciano desde una perspectiva Bioética, además de la anécdota, aunque sea clave, exige planteamientos muy serios y comprometidos; que tienen cierto carácter de totalidad; si el consuelo lo proporcionan las personas habrá que disponer de ellas, y de su dedicación para ejercitarlo, habrá que establecer nuevas líneas de empleo de recursos, y orientaciones de trabajos, etc.
Prescindo, aunque no ignoro, de esos aspectos y, en esta ocasión se apunta a la preparación en Bioética que se precisa en el campo de la corporalidad, cuando ésta entitativamente va a peor. El estudio bioético se encuentra, a mi entender, comprendido entre estos dos extremos:
a) Los límites: los límites “desde abajo” -buscar y encontrar donde está la frontera del hombre-; qué áreas personales por su intangilidad, en conciencia, exigen respeto de esa persona que aparentemente ya no da de sí o no da tanto de sí; examinar si hay acciones que nunca deben hacerse; como evitar caer en un relativismo desolador; la Bioética, tiene que trabajar para que la vida humana no se desajuste ni malogre.
b) Las metas: el “hásta donde” hay que llegar, por arriba, en ese cuidado; ahí no se puede hablar de límites, sino de libertad, y no de una cualquiera, sino de la la libertad de la generosidad.
Para atender bien al anciano necesitado, aún cuando se llegue o se parta de una serie de principios y de reglas, no se pueden aplicar indistintamente a cualquiera, a modo de prontuario; siempre habrá un algo que supera la regla fría, que va roturando un camino más profundo, una dirección vital que, aunque huela a utopía, llegue a armonizar el progreso de la ciencia y el desarrollo social con el enriquecimiento de la conciencia de cada cual.
Bien es cierto que la Bioética, por ser de alguna manera una joven disciplina, va siguiendo distintas y plurales vías; también hay diversas corrientes personalistas; es lógico, el bien es complejo, pero, y esto es lo importante, en lo genuinamente humano el bien es unitario.
LÍMITES
Con respecto al primer extremo planteado, se necesita un dique no utilitarista porque ningún hombre es un producto, o una mercancía, o cosa. Es encontrar claves, que aporten el humus conveniente para el desarrollo de lo real, de lo personal; es una Bioética fundante, que ilumina y orienta la lectura del gran libro de la vida humana, algo que parece sencillo, pero que implica la honradez y la modestia intelectual de no inventar sino de descubrir.
Insisto que me limito en este trabajo, a acentuar únicamente el límite que impone la comprensión de la corporalidad humana; que se impone por ser no sólo corporalidad, sino corporalidad humana; en los ancianos, el cuerpo es por definición deficiente, por lo que si no se lee bien qué hay, mejor quien hay a través de ese cuerpo, el término final será inexorablemente la eutanasia a la carta; una injusticia evidente porque el hombre no sólo tiene cuerpo, no sólo habita en él, sino que es un ser al que el cuerpo le pertenece constitutivamente, y que se expresa en él, que está dotado de significado; la actuación sobre él, por muy deteriorado que esté, no puede jamás ser arbitraria.
Sirva para subrayar esta argumentación un texto anónimo, descubierto en la antigua Iglesia de Saint Paul de Baltimore:
“…Tú tienes derecho a estar aquí, te resulte evidente o no./
Sin duda el universo se desenvuelve como debe./
Mantente en paz con Dios./
De cualquier modo que lo concibas./
Sean las que sean tus aspiraciones y tus trabajos/
Mantén en la rudosa confusión, paz en tu alma./
Con todas sus farsas. Trabajo y sueños rotos./
Éste sigue siendo un mundo hermoso./
Ten cuidado. Esfuérzate en ser feliz./
Procurando hacer felices a los demás.”
Los límites no pueden establecerse considerando lo mínimo que hay que respetar de la persona, sino lo básico: “…tu tienes derecho a estar aquí…”
LAS METAS
La Bioética, en tanto que ciencia aplicada, es una base idónea para la lectura de la vida humana, pero quizás no suficiente; la realidad es siempre superior, y nos responde –por decirlo de alguna forma- misteriosamente; de nuestras certezas, de nuestras oscuridades –sin abandonar todos los medios técnicos y humanos a nuestro alcance- es de donde saldrán tantas pautas, para tratar y tratar muy bien, con mucha dosis de compasión y de comprensión al anciano.
La vida, la de ese anciano, es lo que se me da para interpretar la doctrina, y el hombre que yo me encuentro es alguien abatido por la limitación, que no puede disponer de la independencia que desearía, o que la dependencia que reclama no se le cubre como esperaba; que le resulta prácticamente imposible afrontar las obligaciones laborales, alguien a quien se han interrupido proyectos; que, quizás, runrunea sentimientos de inutilidad, inseguridad, miedo, incomprensión; dolor por la pérdida de seres queridos,; con una tendencia nostálgica hacia el mundo de recuerdos…
Si la atención del anciano responde a lo que refleja su cuerpo, si no se tienen en cuenta todas estas verdades, será falsa, ineficaz, inauténtica. Pero además, hay más, paradójicamente, la dotación del ser humano es tal que, como rezan los refranes populares “no hay mal que por bien no venga” y “cuando una puerta se cierra, otra se abre”…
Lo que quiero remarcar es que ese panorama expuesto, deja de ser desolador, incluso más, es una riqueza en “doble dirección” (para el anciano y para el cuidador) cuando el anciano recibe, pudorosa y lo más oportunamente que se pueda, la ayuda humana más bonita: el consuelo.
Siempre ocurre, y me interesa mucho defenderlo, que no se puede medir del todo si al consolar se da un bien –que desde luego se da- o si se recibe una riqueza –digamos antropológica, que es algo más que humanitaria- inesperada; pero parece que, cuando la vida está aparentemente acabada, al consuelo, algo que activamente todos podemos hacer mejor, y que pasivamente, todos deseamos que nos ofrezcan en determinados momentos quizás críticos, aunque el pudor nos impida reclamarlo, da una dimensión inexplicable, aunque certera, de la nobleza humana.
Probablemente, y es un final aún más feliz, la experiencia acumulada por un cuidador de ancianos, conllevará a su vez, una preparación personal idónea no sólo para su actitud, sino en orden para cuando sea él, el que deba de ser atendido; incluso le guiará a saber prepararse para envejecer.
A MODO DE TESTIMONIOS
Además de experiencias personales, también la literatura de todos los tiempos, incluso la que quizás hayamos leído estos últimos años, ofrecen pruebas evidentísimas de esta necesidad humana de dar y de recibir algo más que lo tangible, aunque esto se haga del mejor modo.
El instinto de justicia y de caridad, presentes en cada uno de nosotros, a pesar de todos los mentís de la historia, pide que la vida tenga un sentido … no para asegurarnos una recompensa egoísta, sino para que la vida sea algo. Para que sea, sencillamente. Y ¿hay sentido sin un tú? Mejor, ¿hay sentido sin un tu y un yo, sin el plus de lo personal? Ya lo anunció Grahan Green: “Si fuéramos al fondo de las cosas, ¿no tendríamos compasión incluso de las estrellas?”
Todos comprendemos y podemos participar de sentimientos y realidades como las siguientes, pertenecientes a alguna novela:
-”Qué fastidioso pero qué indispensable es el cuerpo” dirá Frizzi en El secreto de M. Swann; en la misma novela, Sara afirma: “Pienso mucho en la soledad, sin duda la más extendida de las enfermedades modernas” ;
-”En la vejez, libre ya de todo cuidado acerca del campo, de su mujer, de sus hijos, quedábale algún momento para pasear por el mundo su mirada desinteresada” -Zorba, el Griego-;
-”En tres cosas reposa la vida: en el derecho, expresado por la ley; en la verdad, manifestada en el mundo; y en el amor de los hombres que reside en el corazón” –Mis gloriosos hermanos-.
Aunque más significativo son las siguientes realidades; también porque encima son verdad:
-Certeramente describe Möeller lo ocurrido en la vida de Simone Weil; ella entendió el sentido del sufrimiento, pero fue literalmente devorada por su inteligencia. El drama de su espíritu fue la obsesión de una certeza matemática donde no puede haberla; el racionalismo, dirá este autor, lleva siempre consigo la aparición del extremo opuesto, la obsesión por la materia…estamos ante una víctima de su soledad espiritual;
-Escuchemos ahora a Marie de Hennezel, en su libro La muerte íntima: “He conocido (…) la impotencia ante el avance de la enfermedad, he vivido momentos de rebeldía ante la lenta degradación física de las personas a las que acompañaba, momentos de agotamientos (…) Pero junto con este sufrimiento, tengo la sensación de haberme enriquecido, de haber conocido momentos de un peso humano incomparable, de una profundidad que no cambiaría por nada del mundo (…) sé que no soy la única que los ha vivido (…) mi actividad me ponía en contacto con el dolor, es cierto, (…) una ocasión única de intimidad.
Novelado o real, el sufrimiento está, y lo está también en la vejez. Por ello, la necesidad de consolar casi es evidente…, aunque no se haga, al menos como se debe; quien sabe si esta época nuestra pasará a la historia, como una en la que había que gastar tiempo y dar formación para hacer sencillamente lo que hay que hacer.
CONSOLAR
El consuelo más elocuente carece de voz, no se discute, se ejercita; es cuestión de corazón; “que no hay que explicarlo todo, sino casi todo…”dirá el hijo de la protagonista de Irse de casa. La misma idea, que ya reconoció Pascal, que el corazón tiene razones que no tiene la razón; que no tenemos las facultades para dar todas las razones de las cosas que, sin embargo, sabemos y podemos hacerlas.
Por mucho que la ciencia avance, es más importante que la persona avance sobre sí misma; la Bioética como ciencia multidisciplinar, no renuncia a formar para que se encuentren vías de resolución de errores en la asistencia sanitaria, factores socioeconómicos, …y/o de muchas otras cuestiones.
Pero, en definitiva, de poco servirían si, junto a ellos, no se alivian con la cercanía de seres queridos o seres que se hacen querer. Recuerdo a un psiquiatra que comentaba que la locura de la sociedad actual no es porque hayamos perdido la cabeza, sino porque falta corazón. En la literatura clásica a sido descrito el corazón como el resumen de la vida humana. “Dime lo que amas, y te diré quién eres…”
Ahora correspondería realizar, pero se sale de la materia, una cálida apología del corazón, la que hace la libertad enormemente fecunda para comprender al hombre en su totalidad, para tener compasión –virtud tan maltratada- no sólo de la indigencia humana, sino de la grandeza –aunque esté escondida en la indefensión, como es el caso del anciano-; una apología que capta las verdades que son verdades universales, aunque no absolutas; precisamente por eso hay mucho campo de iniciativa en la auténtica atención humana de las personas mayores, es labor personal, casi intrasferible, de artesanía; que crea encuentros, y despierta la parte más noble que tenemos; muestra lo vivencial y a veces inédito, que toca a cada cual no tanto tratar de entender, sino madurar y de aplicar. Es la ya citada meta en esa libertad de la generosidad, de la gratuidad.
Como muy bien ha afirmado un experto en humanidad :”Ninguna institución puede de suyo sustituir el corazón humano, la compasión humana, el amor humano, la iniciativa humana, cuando se trata de salir al encuentro del sufrimiento ajeno”.
El corazón es el verdadero yo, dirá von Hildebrand. Cuando consolamos a una persona , lo que logramos es que sea su corazón el que nos llame, el que nos de, el que nos pida. Eso lo entendemos todos.: así es la persona…
Quedan puntos suspensivos…, pero al menos recordemos que Consolar es estar de acuerdo con la vida. Como la sonrisa del médico formado en Bioética personalista.
Comunicación presentada por la Dra. Gloria María Tomás y Garrido
Vicepresidente de la Sociedad Valenciana de Bioética en las
VI Jornadas nacionales y II internacionales de Bioética:
Gloria María Tomás y Garrido
Granada 25 y 26 de septiembre de 1998
SE HA EMPLEADO PARA BIBLIOGRAFÍA
- Entender el mundo de hoy, Yepes, Ricardo. Rialp, 1993
- Literatura del siglo XX y Cristianismo, (el silencio de Dios), Charles Möeller
- La muerte íntima, Marie de Hennezel,
- Irse de casa, Carmen Martín Gaite. Anagrama, 1998
- Mis gloriosos hermanos, Howard Fast, Edhasa,1995
- El secreto de Mary Swann, Carol Shields. Tusquest, 1997
- Alexis el Griego, Niko Kazantzakis, Peuser
- El corazón, Dietrich von Hildebrand. Palabra, 1996
Fuente:encuentra.com
La realización de la mujer
(Por Bosco Aguirre, Colaborador de Mujer Nueva, 2010-05-14)
Todos queremos “realizarnos”. Pero no resulta fácil decir cuándo un ser humano ha conquistado la realización completa, verdadera, en su propia vida.
“Realizarse” implica, por una parte, descubrir cuál es la meta profunda de nuestra condición humana. ¿Cuál podrá ser? ¿Consistirá tal vez en trabajar mucho, en ganar dinero, en divertirse, en satisfacer los propios caprichos, en estar siempre con los amigos, en aparecer en los medios de comunicación, en gozar de una oscura y “dorada” mediocridad?
Notamos en seguida que existe una enorme diferencia entre la “realización objetiva” y las “realizaciones” empobrecidas que dependen de modas sociales o de caprichos personales.
Un joven desearía dedicarse a fondo a la vida deportiva. Sus padres, sus profesores, la sociedad, le imponen una serie de estudios y de reglas que le alejan de la soñada meta. Pero no podemos excluir que ni los planes del joven ni las imposiciones sociales corresponden siempre a algo más profundo que se oculta en cada ser humano, a una fuerza íntima que pide una oportunidad para salir a la luz, para “realizarse”.
Lo anterior vale para todos: niños y grandes, ricos y pobres, occidentales y orientales, europeos, americanos, asiáticos y africanos. Vale, también, para los hombres y para las mujeres.
De modo especial, la mujer de nuestro tiempo vive bombardeada por presiones y por slogans que la orientan, casi la obligan, a buscar ciertas “realizaciones”, algunas de las cuales llegan casi a ahogar bienes olvidados, o incluso a provocar comportamientos abiertamente peligrosos e innaturales.
Noticias recientes nos han puesto en guardia, por ejemplo, ante la búsqueda de la delgadez como si fuera un absoluto. Tal obsesión invade a miles de adolescentes y no tan adolescentes por “conservar la línea”, con degeneraciones que llevan a la anorexia y a la muerte de personajes famosos o a la ruina de adolescentes en el umbral de la vida.
No es tan noticia, aunque cada vez tomemos más conciencia de ello, que millones de mujeres desearían casarse jóvenes y acoger en seguida a uno o varios hijos. Viven, sin embargo, prisioneras de un sistema económico y de una cultura que ha dado un valor absoluto a la conquista de un buen nivel de vida, hasta el punto de llevarlas año tras año a retrasar el matrimonio y la maternidad.
Y cuando nace un hijo, surgen entonces tensiones profundas. ¿La casa o el trabajo? ¿El hijo, los hijos, o la realización profesional?
No hemos de tener miedo a buscar, seriamente, la respuesta a la pregunta: ¿cuál es la realización profunda de la mujer? No podemos decir que sea algo que depende de los distintos contextos sociales, de los niveles de educación, de las elecciones individuales. La mujer, como el varón, tiene una estructura íntima y profunda que busca “realizarse”, salir a la luz, más allá de los caprichos del momento, por encima de las modas impuestas por sociedades muchas veces obsesionadas por la producción y deshumanizadas respecto de lo que embellece la vida humana.
La realización de una mujer requiere mirar hacia el propio corazón para, desde allí, notar una llamada primitiva y profunda (ineliminable, como el bulbo raquídeo, como el ciclo menstrual con su fecundidad fascinante), a darse, a servir, a dejar de lado sueños de modelo o conquistas de igualitarismos no siempre liberatorios para ser ella misma. Así será posible abrirse a la bellísima tarea de amar y dar vida. Una tarea a la que también estamos llamados los hombres, pero que no podemos descubrir ni aprender si no es a través de la ayuda y el ejemplo que nos dan las mujeres que viven a nuestro lado.
Habrá buenos trabajadores, buenos padres, buenos esposos, si hay mujeres que sean plenamente mujeres: promotoras de justicia y de paz, de alegría y de esperanza, de amor y de vida (esposas madres junto a esposos padres). Mujeres realizadas plenamente, porque han roto con esquemas reductivos que las aprisionaban, porque se han abierto a riquezas íntimas que embellecen los corazones y producen sonrisas fascinantes.
Bosco Aguirre
fuente:mujernueva.org
CRISIS DEL CONCEPTO PAREJA

El culto a la plenitud personal casi exige la renuncia a la pareja si su funcionamiento reclama algunos meses de rodaje o una revisión general. Esto no quiere decir en absoluto que estemos en contra de que la individualidad no sea importantísima y se tenga que mirar por ella para el bienestar, primero, personal, pero esta situación llevada a extremos, como está pasando, hace que no “se aguante”, que no se analicen espacios adecuados para defender a ultranza la existencia de la pareja aun cuando sea necesario hacer esfuerzos personales por mantenerla viva, siempre que exista el sustrato del amor en qué apoyarse y hasta hemos visto casos en los que “se ha perdido la fe en la pareja”; incluso “se obliga” a poner fin a una unión si no se “ajusta con esta época que nos condena a la felicidad, cueste lo que cueste.” (Jocelyn Dahan)
En estos tiempos actuales en los que hemos perdido una serie de valores, también van desapareciendo una serie de figuras ancestrales, unas negativas (lo cual está bien) y otras que nos eran bastante positivas. Los objetivos de las familias han cambiado e incluso se ha desplazado el interés por el padre al interés por los hijos. Tal vez estemos ante la desaparición del “pater familias” que ha sido destronado por sus propios hijos; ante la desaparición de la sociedad patriarcal convirtiéndola en la sociedad de los niños, de los hijos. Este punto de vista ante esta realidad nos hace necesario cambiar ciertas estructuras mentales relacionadas con la misma terapia familiar, la cual, en muchas ocasiones, no ha de ir enfocada a los subsistemas conyugales/maritales o de pareja, sino al subsistema parental: se infiere la necesidad de aprender ante estos cambios a ser realmente primero padres y después…lo que venga.
Tal vez estamos en una etapa en la que tras una serie de situaciones que se dan en la pareja y ante la incapacidad de darles solución, desaparece el amor, pero realmente padres lo seguiremos siendo toda la vida. Nos hemos quedado con esa parte de la frase “…en la salud…para lo bueno y…”. Hemos perdido, casi con toda seguridad, la capacidad de frustración que no tiene el significado de “tragar”, ni ceder hasta que explotes, ni dejar de ser uno mismo, razón por la que se considera conveniente que la paternidad/maternidad se ve obligada a evolucionar, a cambiar sus patrones y replantear la distribución de las funciones paternas y maternas como trabajo para los padres y las madres el siglo XXI.
Aún así, la razón de ser del especialista en familia, del orientador familiar, cada vez tiene más base operativa, más espacio para reestructurar los desfases que se sufren en los ciclos evolutivos de las personas y para los que nadie, nadie, nos ha preparado.
En cuanto a la familia monoparental, estamos ofreciendo una imagen engañosa y unos mensajes que en teoría no deben ser ciertos, ya que aunque se haya dado una separación de los padres, la coeducación debe llevarse a cabo de forma conjunta, por lo que tal vez sea más propio hablar de hogar monoparental, ya que “la monoparentalidad da por supuesto que hay un solo progenitor cuando la realidad no es esa.”
“Educar solo a un niño no es en sí mismo un problema. Puede serlo cuando la monoparentalidad se acompaña de otras preocupaciones más graves (depresión, problemas financieros y profesionales…)” ( del libro Un solo padre en casa de Anne Lamy)
No es nada raro que cada vez estemos más ante hogares monoparentales pon un motivo básico: cuando la pareja hace aguas, empieza a tener problemas y entra en crisis que no solucionan pero logran esquivarlas (volverán porque son crisis de repetición), es el momento ideal para un miembro de la pareja el tener un hijo en la creencia de que de esta manera se va a consolidar esta unión altamente deteriorada. Resultado: la crisis se superará o estallará. Es cuando estalla cuando vemos que la separación se hace una realidad y ya podemos sumar otro hogar roto en su conyugalidad por haber creído que la solución estaba en ese “niño parche”; personita que al parecer por sí sola iba a poder cambiar y unirnos sin el trabajo interior que se hace necesario para efectuar el cambio adecuado que nos lleve a una comunicación idónea.
Somos adultos y desde aquí pretendemos un espacio para la reflexión que nos ponga a trabajar, sobre todo a los hombres, para que dejemos de creer que los problemas que nos surgen en la pareja son únicamente problemas “de ellas”. Siempre formamos parte del problema y de las soluciones. Trabajemos, pues en este sentido del camino. ¡Vamos allá!
Juan José López Nicolás.
http://terapiayfamilia.blogspot.com/
Blog, una película testimonial adolescente
El mundo adolescente cada vez más es llevado a nuestras pantallas bien para demostrarnos a que estan expuestos nuestros hijos. Así es “blog” una película basada en hechos reales de cómo el hastío de la vida de un adolescente puede llevarle a consecuencias que favorecen aún más su confusión y desorientación. Os dejamos con este trailer con el que pretendemos que esta reliadad nos despierte y nos ayude a encontrarnos con nuestros hijos antes de que la sociedad les eduque sin nuestra ayuda.
http://vinculos-psicologiayfamilia.blogspot.com/
Maternidad inteligente es maternidad natural
(Por Nieves García, Colaboradora de Mujer Nueva, 2010-07-14)
El ser humano es un extraordinario trapecista. La Historia de la humanidad se asemeja a un circo. Parece que según pasa el tiempo, el slogan “Señores, más difícil todavía” se hace realidad. Lo más difícil se consigue acercándose a los límites entre lo posible y lo imposible. Ahora es el tiempo de la mujer, y como acróbata no lo hace nada mal.
Hace un tiempo Jennifer Roback, economista neofeminista, e investigadora de la Universidad de Standford publicaba un libro titulado “Amor y economía”, dónde reflejaba de alguna manera su experiencia personal. Se cansó de profesionalizar su hogar (niñeras, guarderías…) y, al mismo tiempo, deshumanizar su puesto de trabajo, en el que debía esconder su papel de madre. Ella misma dice “Ahora he humanizado mi trabajo: ¡sí, soy madre y voy a irme antes porque a la niña le están saliendo los dientes este mes! ¡¡¡¡Qué pasa!!!! Y he desprofesionalizado mi hogar: en vez de una niñera o de una guardería, ahora mis dos hijos tienen una madre de verdad”. En otras palabras se cansó de la profesión de acróbata e hizo una elección biológicamente responsable.
Es de sabios conocer la naturaleza para aliarse con ella y sacarle el mejor partido. Los mejores años para que una mujer sea madre son los de su juventud. Su cuerpo y su psicología están dispuestos para realizar con éxito un juego complicado, el de la maternidad, del que dependerá también la humanización de sus hijos. La maternidad se inicia en el momento de la concepción y no finaliza en el momento de dar a luz. Justo a partir de ese momento esa pequeña criatura dependerá no sólo físicamente, sino también afectivamente, de la cercanía y del trato que se establezca con su madre. No es justo engendrar un hijo, para convertirlo en un huérfano por horas, o en un producto de alquiler en brazos ajenos. Aceptar la realidad de la propia biología y vivirla con naturalidad es lo más inteligente.
Identificarse con la realidad de ser madre es un arte, pero un arte natural. Hoy día, son muchas las mujeres que están cansadas de los juegos de equilibrio para mantener una profesión y atender a sus hijos. Se ponen nerviosas cuando están en el trabajo y les llaman de su casa para decir que el niño tiene fiebre; se tensan cuando en la oficina el trabajo se alarga, y no dejan de ver el reloj sabiendo que sus hijos están solos. Las citas con el médico de los niños son una tortura si sólo atienden en horario de trabajo, las guarderías que les gustan son muchas veces privadas y caras, o están lejos de la casa y del trabajo; dejar los niños con alguna de las abuelas les inquieta porque saben que los niños no paran un momento, y una mujer mayor no tiene los mismos reflejos… Los índices de estrés y tensión son altos. Esto nos lo pueden confirmar los psicólogos, que tienen en sus listas de pacientes una buena cantidad de mujeres, con el mismo perfil: joven profesional, y madre.
No todas las mujeres actualmente pueden elegir con inteligencia ser madres cuando ellas lo desean. En ocasiones, la necesidad de aportar al hogar un sueldo es la que obliga a la espera; pero más a menudo son las creencias, ya arraigadas en el colectivo inconsciente, las que le hacen retrasar su maternidad o sencillamente no entregarse a ella con toda su persona. Ideas como: “es una pérdida de tiempo estudiar una carrera para después cuidar niños”, “Tienes que trabajar porque es injusto que dependas económicamente de tu marido; tienes que ganar tu propio dinero”… Utilitarismo, materialismo, individualismo… nunca asfixiarán la felicidad profunda que tiene una madre cuando puede darse con todo su ser al hijo que ama. El cuidado de un ser humano no es una profesión, es una forma de vida que no tiene precio, y de la que depende la humanización misma de la sociedad.
Habría también que cuestionarse sobre las profesiones que piden absolutamente todo entre los 25 y los 40 años, como por ejemplo el mundo académico o el de la empresa. Es absurdo escuchar a una mujer que diga, tengo dos carreras, un doctorado y un hijo. ¡Un hijo es un ser humano no se puede enlistar como si fuera un título más! Lo mismo sucede en muchas empresas en que sólo se contrata antes de los 30. ¿Y después? ¿Acaso la persona rinde menos? Seamos sinceros, les sale más económico porque el sueldo que tienen que pagar a un joven siempre será menor que el del profesional con experiencia.
Estoy convencida de que existen otros caminos alternativos para que las mujeres puedan realizarse intelectual, profesionalmente, y tengan la libertad de elegir su maternidad en el tiempo que biológicamente les ofrece la naturaleza. Somos las mismas mujeres las que hemos de pensar y crear nuevos estilos profesionales, donde se pueda conciliar la maternidad no sólo con un horario flexible de trabajo, sino incluso con un calendario de años flexible, por ejemplo. ¿Se atrevería alguien a contratar a una mujer a los 21 años, ofrecerle a los 26 que forme una familia y se entregue a sus hijos, y esperarla…por ejemplo hasta los 35 o 40? ¡Que locura! Posiblemente este tipo de ideas lo sean, pero más locura es seguir negándole a la madre lo que por naturaleza tiene derecho a vivir ella, su esposo y sus hijos.
Conozco mujeres de 40 años en adelante, que después de haberse entregado íntegramente a su maternidad, cuando sus hijos comienzan a volar, han iniciado unos estudios universitarios, y han llegado a desarrollar una inteligente carrera profesional. La edad promedio cada vez crece más en los países del primer mundo. Trabajar de los 40 a los 75 no está nada mal. Y además pudiendo aportar todo lo aprendido en humanidad. Una mujer-madre sabe mucho mejor que otra, como manejar tensiones, entender a quien no sabe comunicarse, esperar a quien aún no despunta pero es potenciable, y levantar el ánimo del que fracasa. El día que las empresas se atrevan a apostar de verdad por el ser humano, sabrán valorar la maternidad, la respetarán, la fomentarán y contarán en sus filas a mujeres que fueron madres, para que les ayuden a seguir humanizando su empresa y su mundo.
La mujer que puede y quiere elegir lo biológicamente más responsable en orden a su maternidad es también una mujer inteligente; la profesión se puede reconquistar pero no las cualidades que acompañan cada edad y nos permiten ser compañeras y madres, felices y serenas.
fuente: www.mujernueva.org
Defender a la familia
ASOCIACIÓN DE EDUCADORES FAMILIARES
Jesús Prieto , Presidente,
Eusebio González, Vicepresidente,
Abilio Gregorio, Vicepresidente.
El académico y catedrático José Luis Pinillos, ha hablado y escrito acerca de la esperanza, pero también del riesgo que se cierne sobre la familia. “Se ha repetido hasta la saciedad, y espero que pueda seguir repitiéndose por los siglos de los siglos -aunque muchos lo dudan-, que hay que cuidar de la familia porque es la unidad básica de la sociedad, la más importante y fundamental de todas las instituciones sociales (…).
Sin embargo -advierte el ilustre académico-, “abundan los motivos para pensar que la sociedad industrial, o posindustrial, está socavando los cimientos de la familia, o al menos debilitándolos de un modo alarmante. Es más: no faltan personas y grupos influyentes que opinan que la familia ha pasado a ser ya una polvorienta reliquia del pasado, una institución anacrónica, que en realidad constituye una rémora, un estorbo, un peso muerto para la marcha ascendente del progreso y que, en consecuencia, debe desaparecer, o poco menos (…) Y no sólo eso, sino que lo que hay que hacer es acabar de una vez por todas con la familia: Delenda est familia!. Está claro, nos dicen, que la realización personal pasa por la superación de las constricciones familiares; por la emancipación de los hijos, por que tanto éstos como la mujer se liberen finalmente de la tiranía del cabeza de familia; por terminar con la esclavitud de los hijos (…) Dicho de otra forma, la familia sería una más de las cosas que se hunden en el naufragio de la sociedad insdustrial o de la modernidad para dar paso a la posfamilia”.
El profesor Pinillos no está de acuerdo con los agoreros de turno: “yo no opino así, dice. La familia es una de las formas permanentes de la vida humana, cimiento de la sociedad, crisol donde se forjan las líneas maestras del carácter, lugar de las relaciones sexuales plenas y de la realización espiritual de la pareja. La familia es una forma consustancial de la vida humana, cuyo fallecimiento se ha exgerarado en los últimos tiempos, igual que la muerte de Mark Twain.
“A pesar de los agoreros, la familia superará esta crisis, está superándola ya, porque la historia nos enseña que siempre renace de sus cenizas, que es la institución que ha sobrevivido al mayor número de calamidades posibles.
Cuando no queden ni los ecos de las voces que anuncian su destrucción, la familia seguirá intentando hacer personas libres de los niños que trajo al mundo” (1)
MOTIVOS DE ESPERANZA
Estamos convencidos: a pesar del grito de guerra – delenda est familia!- que, como advierte José Luis Pinillos, no pocos lanzan al viento, con hechos y palabras disolventes, procurando arrasar hasta los más fundamentales valores éticos, la familia seguirá siendo la célula primera y vital de la sociedad (2). Así lo creemos, ante todo porque se trata de una institución que obedece a un designio divino. Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, y “nuestro Dios -como enseña Juan Pablo II-, en su misterio más íntimo, no es una soledad, sino una familia, puesto que lleva en sí mismo paternidad, filiación y la esencia de la familia que es el amor” (3) .
SIGNOS DE PREOCUPANTE DEGRADACIÓN
No obstante, no puede ocultarse que la batalla contra la familia está causando estragos, en una pluralidad de frentes realmente impresionante. No faltan en el seno mismo de bastantes familias “signos de preocupante degradación de algunos valores fundamentales: una equivocada concepción teórica y práctica de la independencia de los cónyuges entre sí; las graves ambigüedades acerca de la relación de autoridad entre padres e hijos; las dificultades concretas que con frecuencia experimenta la familia en la transmisión de los valores; el número cada vez mayor de divorcios, la plaga del aborto, el recurso cada vez más frecuente a la esterilización, la instauración de una verdadera y propia mentalidad anticoncepcional” (4).
JUSTA, GRAVE Y AUTORIZADA VOZ DE ALARMA
Estas palabras de Juan Pablo II, son una justa y grave voz de alarma ante una enfermedad maligna que amenaza a toda una sociedad; más aún, a toda una civilización, famélica de valores éticos, que se bambolea sobre cimientos carcomidos por un subjetivismo relativista que prolifera en toda suerte de -sutiles y agresivas- especies.
Muchos padecen la enfermedad letal sin sentirla, sin advertir su gravedad, o asumiéndola con actitud fatalista, como si no tuviese remedio o como si la enfermedad fuese el estado normal de una persona sana; como si la carencia de brújula y de sentido de la orientación, la niebla y la noche fuesen las condiciones ideales, ¡liberadoras!, del caminante. Como si lo normal fuese andar a tientas, dando tumbos, sin norte ni guía, hacia los abismos, la angustia, la náusea, el vértigo de una existencia que viaja en el vacío, sin nada firme donde aferrarse, sin una verdad que sea un punto cierto de referencia; como si Dios no existiera, como si no existiese naturaleza humana: il n”hi ha pas de nature humane!, han dicho no sólo existencialistas ateos, sino moralistas cristianos, desde ediciones de nombre católico.
El relativismo subjetivista se ha infiltrado hasta en inteligencias encumbradas por títulos académicos e incluso en cátedras de Universidades o Escuelas de título católico. La Santa Sede ha tenido que emanar dolorosos documentos y medidas para impedir que se propague la epidemia del error desde sus mismas instituciones.
El hombre suplanta a Dios, se erige absurdamente en señor del bien y del mal, de la vida y de la muerte, como si en ello conquistara su libertad y plenitud existencial. Pero al desconectar su inteligencia de la verdad divina, su libertad pierde el norte, se sustrae al dominio de la razón, y los sentidos y las más bajas pasiones se rebelan frente al señorío del intelecto. El hombre sin Dios se convierte en el animalis homo, de que habla San Pablo. Sin Dios, sin piedad, sin corazón, sin familia, solo. Se cumple de nuevo lo acontecido en la sociedad pagana del tiempo de Pablo: “habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se ofuscaron en sus vanos razonamientos y se oscureció su corazón insensato. Presumiendo de sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una imagen semejante a la de hombre corruptible, de aves, cuadrúpedos y de reptiles. Por lo cual, Dios los entregó a pasiones deshonrosas; pues sus mujeres invirtieron el uso natural por el que es contra la naturaleza. Igualmente, también los hombres, abandonando el uso natural de la mujer, se inflamaron en deseos de unos por los otros, hombres con hombres, praticando la infamia y recibiendo en sí mismos el pago merecido por su extravío. Y como no tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento de Dios, Dios los entregó a su réprobo sentir para hacer lo que no se debe: repletos de toda injusticia, perversidad, codicia, maldad; rebosantes de envidia, de homicidio, de contienda, de engaño, de malignidad; chismosos, calumniadores, enemigos de Dios, ultrajadores, altaneros, soberbios, vanidosos, inventores de maldades, desobedientes a sus padres, insensatos, desleales, sin compasión y sin piedad” (5).
ABRIR LOS OJOS
Este impresionante relato de hace veinte siglos es actual. Lo sobrenatural es suplantado por lo meramente humano; lo humano por lo animal; lo espiritual por lo material. Lo económico se pone en lo más alto de la escala de valores. El placer sensible se erige en criterio de felicidad: “nada hay mejor que la sensualidad”, se ha llegado a leer en anuncios cinematográficos. Su dios es el vientre, el sexo y el dinero.
Todo esto incide en los más jóvenes: el abuso del sexo desde la pubertad, el uso frecuente de drogas blandas; el miedo a todo lo que conlleva sacrificio, por bello y grande o necesario que sea, están ahí. No sólo hay cizaña, sino abundancia de cizaña. No sólo en una familia, sino prácticamente en todas las familias. Esta es la realidad que los padres ven con justa preocupación; y si algunos no lo ven, están ciegos, han de abrir los ojos, despertar, porque está en juego la felicidad temporal y la eterna de sus hijos, y la de tantos otros. No cabe huir de responsabilidad tan seria.
Algunos aspectos del síndrome de vacuidad personal:
1. Tener de todo. Muchos niños, desde pequeños ya tienen de todo, incluso repetido. Toda suerte de juguetes, televisión, videos, tocadiscos, ordenador personal, trajes, zapatos, chandals, etcétera. De este modo pierden hasta la ilusión por las cosas materiales. Los juguetes más sofisticados ya no les dicen nada (o los absorben hasta el embotamiento mental).
2. Hipnosis televisiva. El uso indiscriminado de la televisión impide ver la realidad tal como es. Excita los sentidos y la parte menos creadora de la imaginación. Deforma fácilmente la conciencia de los niños. Impide la auténtica vida de familia. Por eso, la destruye.
3. La desvergüenza, es decir, la falta del sentido del pudor, que es la salvaguarda de la pureza. Minifaldas extremosas, vestidos ceñidos hasta la asfixia, top-less y hasta nudismo en las playas: son, obviamente, ocasión próxima y voluntaria de pecar, caída del espíritu a la altura de la planta de los pies. Lenguaje pobre y soez.
4. Nevera superllena. La nevera “cargada”, al alcance de los hijos en cualquier momento, fomenta la gula, el egoísmo, la destemplanza, la pérdida del sentido del orden y la disciplina.
PATERNIDAD RESPONSABLE
“En la base de estos fenómenos negativos está muchas veces una corrupción de la idea y de la experiencia de la libertad, concebida no como la capacidad de realizar la verdad del proyecto de Dios sobre el matrimonio y la familia, sino como una fuerza autónoma de autoafirmación, no raramente contra los demás, en orden al propio bienestar egoísta” (6).
A los padres de familia, especialmente, se dirigen hoy, quizá con mayor urgencia que nunca, las palabras del Espíritu Santo: Custos, quid de nocte! (7): ¡Centinela, alerta!¿te das cuenta de la situación?¿tienes los ojos abiertos? ¿te preparas para el combate como un verdadero soldado de Cristo?
FORMAR PARA SER LIBRES
No se puede abandonar a los hijos, no se les puede dejar a la intemperie. “Si alguno no se cuida de los suyos, principalmente de los de su casa, ha renegado de la fe y es peor que un infiel” (8). Tampoco se les puede meter en un “invernadero”, ni negarles la libertad que Dios les ha dado, ni es buen sistema la discusión acalorada. Es preciso formarles para que puedan ejercer cuanto antes -gradualmente, sin prisas, pero sin demoras- del modo más pleno posible la libertad.
Y para fomarles, formarse. Para exigir amablemente, exigirse reciamente. Si se puede adquirir una preparación profunda, incluso científica para realizar la más importante de las tareas humanas en las que cabe pensar -formar hombres y mujeres sanos y cristianos-, no es posible conformarse con menos.
MEJORAR LA CALIDAD DE VIDA FAMILIAR
Los tiempos reclaman mejorar la calidad de vida familiar, para que los hijos encuentren en el seno del hogar el alimento nutricio que necesitan para crecerse ante las amenazas contra su salud espiritual. Por eso ha surgido la necesidad de una nueva ciencia: la que se refiere a la Educación Familiar.
Por eso también, en esta sección de ESCRITOS ARVO -y de otras publicaciones-, nos proponemos sumar nuestro esfuerzo al de todas las personas e instituciones de buena voluntad, para aportar o difundir ideas que favorezcan el mejoramiento de la calidad de vida familiar y el arte -siempre arriesgado, pero también gozoso y apasionante-, de la educación de los hijos.
En el número correspondiente a los meses de agosto y septiembre próximos, publicaremos una interesante conversación con la doctora Ana María Navarro, investigadora de larga experiencia en estos asuntos, que tratará de la educación que los mismos cónyuges deben prestarse entre sí. Nos parece un buen punto de partida. Para mejorar la educación activa, nada mejor que mejorar las disposiciones para una fecunda y continua educación pasiva. Ninguno estamos en este mundo suficientemente formados. Siempre podemos mejorar nuestra conducta, nuestro trabajo y nuestras relaciones familiares. Mejorar la familia es, indiscutiblemente, mejorar la sociedad. Tanto más cuanto que no estamos solos. Somos muchos los que nos damos cuenta de la gravedad de la situación y que -lejos de lamentarnos estérilmente- estamos dispuestos a trabajar en la vida personal, en la familiar y en la social para restaurar los valores quebrantados, recuperar los perdidos y pontenciar los muchos que, afortunadamente, tenemos en buen estado.
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ASOCIACIÓN DE EDUCADORES FAMILIARES
Jesús Prieto , Presidente,
Eusebio González, Vicepresidente,
Abilio Gregorio, Vicepresidente.
(1) JOSE LUIS PINILLOS, El eterno retorno de la familia, en “YA”, 15 de enero de 1989; Cfr. (2) ID., El mito del fin de la familia, en “NUESTRO TIEMPO”, octubre de 1986, págs. 74-79;
(3) JUAN PABLO II, Homilía, 28-I-1979;
(4) JUAN PABLO II, Familiaris Consortio, n. 6;
(5) Rom 1, 21-32;
(6) Familiaris Consortio, n. 6;
(7) Isaías 21, 11;
(8) 1 Tim 5, 8;
Fuente:www.encuentra.com





