Libertad Vs. exigencia: consejos para padres

En educación siempre pensamos que uno está por encima de otro que está aprendiendo. Y es cierto. Sin embargo este pensamiento hay que considerarlo con extremo cuidado. En la medida en que nos pensemos que el educador está siempre en lo cierto, que siempre tiene el derecho a corregir y que el educando debe seguir fielmente las instrucciones sin dudar ni un segundo, estamos cortando la libertad de la persona. ¿Por qué? La actuación de la persona se apoya en el deseo de hacer las cosas bien, pero aceptando quién es el sujeto de la acción: la persona. Y la persona por naturaleza tiene defectos, por lo tanto, si esperamos la perfección inmediata del educando no estamos respetando la naturaleza de su persona, tampoco respetamos su ritmo de crecimiento, ni su adecuación al deseo de seguir el bien. Nos adelantamos de tal manera que asfixiamos la capacidad de elegir libremente del educando, convirtiéndolo en autómata de acciones sin un sentido global e integrador.

Esto que puede parecer muy teórico es el apoyo de numerosas dudas de padres que necesitan saber cómo sacar el mejor partido a la educación de sus hijos. Por ejemplo, cómo conseguir que los niños hagan los deberes por su propia iniciativa, o cómo hacer para que sean ordenados, o cómo conseguir que se involucren en las tareas del hogar.

Si entrelazásemos la exigencia con la libertad saldría un cocktel perfecto en el que el niño capta la importancia de cumplir con sus obligaciones pero a la vez le damos tiempo y permiso para que razone e integre en su comportamiento el porqué de lo que debe hacer. Es decir, la autoridad se junta con el respeto y así guiamos al educando de una manera ordenada y llena de sentido.

Consejos prácticos:

1. No pasar por alto alguna obligación del niño, que consideremos importante, por pereza. Así transmitiríamos que hay excepciones a la norma, y esas excepciones el niño las puede interpretar después a su manera.

2. Dar una instrucción firmemente, sin dudar ni un momento que se va a llevar a cabo lo que exigimos, y sin miedo a la reacción que pueda tener el niño.

3. Razonar el porqué de lo que estamos pidiendo y dejarle tiempo para que lo asimile. Si empezamos desde que son pequeños nos daremos cuenta que a la siguiente vez lo hará dando el mismo razonamiento.

4. Permitir flexibilidad en la forma de llevar a cabo la exigencia. Las cosas no tienen que ser siempre como nosotros las haríamos. Respetando un margen de personalidad propia y de nivel evolutivo fomentaremos un deseo de mejorar innato a la persona.

5. Una vez que se ha alcanzado una responsabilidad nueva, dejar que siempre la lleve a cabo de manera autónoma. Si un día pedimos una cosa, pero al día siguiente no le dejamos realizarla por prisa o comodidad, le transmitimos de nuevo una excepción a la norma que él también podrá aplicar cuando le apetezca.

8. Dejar siempre abierta la puerta de la comunicación, de manera que el niño pueda expresar sus sentimientos y opiniones, independientemente de que estos estén de acuerdo con los nuestros. Debemos respetar y escuchar lo que piensa y siente.

9. Pensar cómo nos gustaría que nos exigieran a nosotros mismos y actuar de la misma manera. No por ser niños tienen que ser tratados con menos respeto.

fuente: gabineteforesta.com

Sentimientos y afán por mejorar

El mundo exterior podrá hacerte sufrir,

pero sólo tú podrás avinagrarte a ti mismo.

Georges Bernanos
Autoestima y afán por mejorar

El hombre puede y debe aspirar a mejorar cada día a lo largo de su vida.

Y una buena forma
de progresar en autoestima
es avanzar en la propia mejora personal.

Una tarea que siempre enriquece nuestra vida y la de quienes nos rodean.

—Pero nunca se llega a ser perfecto, y entonces ese intento tiene que acabar produciendo frustración…

No debe confundirse el ideal de buscar la propia mejora con un enfermizo y frustrante perfeccionismo. Querer aproximarse lo más posible a un ideal de perfección es muy distinto de ser perfeccionista, o de embarcarse en la utópica pretensión de llegar a no tener defecto alguno (o en la más peligrosa aún, de querer que los demás tampoco los tengan).

El hombre ha de enfrentarse a sus defectos de modo humilde e inteligente, aprendiendo de cada error, procurando evitar que sucedan de nuevo, conociendo sus limitaciones para evitar exponerse innecesariamente a situaciones que superen su resistencia. Así, además, comprenderá mejor los defectos de los demás y sabrá ayudarles mejor. Su corazón tendrá, como escribió Hugo Wast, la inexpugnable fortaleza de los humildes.

La tarea de mejorarse a uno mismo no debe afrontarse como algo crispado, angustioso o estresante. Ha de ser un empeño continuo, que se aborda en el día a día, de modo cordial, con espíritu deportivo, conscientes de que habrá dificultades, y conscientes también de la decisiva importancia de ser constantes. Esa actitud hace al hombre más sereno, con más temple personal. Las contrariedades ordinarias le afectarán, pero habitualmente serán turbulencias superficiales y pasajeras. Y las posibles desgracias, de las que no se ve libre ninguna vida, no producirán en él heridas profundas.

—Antes decías que la excesiva exigencia puede afectar a la autoestima. Pero no sé si será peor la excesiva indulgencia con uno mismo.

En efecto. Por ejemplo, la enseñanza básica de algunos países occidentales se esforzó durante las dos o tres décadas pasadas en fortalecer la autoestima de los alumnos prodigando alabanzas incluso cuando los resultados eran desoladores. Se trataba, ante todo, de no desanimar, con idea de que, educando así, esas personas tendrían en el futuro muchos menos problemas, porque su elevada autoestima les impediría tener un comportamiento antisocial.

Los resultados –la terca realidad– está haciendo que sean cada vez menos los especialistas que creen que ése sea un buen método pedagógico. Es más, la falsa autoestima puede causar mucho más daño. Una educación empeñada en no culpabilizar nunca a nadie, y empeñada en que cualquier opción puede ser buena, hace que las personas acaben parapetándose tras sus opiniones y sus actos y se hagan impermeables al consejo o a cualquier crítica constructiva, puesto que toda observación que no sea de alabanza la recibirán negativamente.

El exceso de autoindulgencia,
el alabarlo todo,
o relativizarlo todo,
suele conducir a más patologías
de las que evita.

Decir a los hijos o a los alumnos que nos parece bien lo que es dudoso que esté bien, o que hagan lo que les parezca mientras lo hagan con convicción, o cosas por el estilo, acaba por dejarles en una posición muy vulnerable, pues se sentirán tremendamente defraudados cuando al final choquen con la dura y terca realidad de la vida.

Como ha señalado Laura Schlessinger, es mejor basar la autoestima en logros reales, en hacerles pensar en los demás y procurar ayudarles, en hacer cosas que sean verdaderamente útiles. No se trata de hacerles cavar zanjas, alabar ese trabajo, y luego volver a taparlas.

Se trata de avanzar
en el camino de la virtud,
de dejar de lamentarse tanto
de los propios problemas,
y tomar ocasión de ellos
para forjar el propio carácter.

Sentimientos de insatisfacción

Se dice que los dinosaurios se extinguieron porque evolucionaron por un camino equivocado: mucho cuerpo y poco cerebro, grandes músculos y poco conocimiento.

Algo parecido amenaza al hombre que desarrolla en exceso su atención hacia el éxito material, mientras su cabeza y su corazón quedan cada vez más vacíos y anquilosados. Quizá gozan de un alto nivel de vida, poseen notables cualidades, y todo parece apuntar a que deberían sentirse muy dichosos. Sin embargo, cuando se ahonda en sus verdaderos sentimientos, con frecuencia se descubre que se sienten profundamente insatisfechos. Y la primera paradoja es que muchas veces no saben explicar bien por qué motivo.

En algunos casos, esa insatisfacción proviene de una dinámica de consumo poco moderado. Llega un momento en que comprueban que el afán por poseer y disfrutar cada día de más cosas sólo se aplaca fugazmente con su logro, y ven cómo de inmediato se presentan nuevas insatisfacciones ante tantas otras cosas que aún no se poseen. Es una especie de tiranía que ciertas modas y usos sociales facilitan que uno mismo se imponga, y hace falta una buena dosis de sabiduría de la vida para no caer en esa trampa (o para salir de ella), y evitarse así mucho sufrimiento inútil.

En otras personas, la insatisfacción proviene de la mezquindad de su corazón. Aunque a veces les cueste reconocerlo, se sienten avergonzadas de la vida que llevan, y si profundizan un poco en su interior, descubren muchas cosas que les hacen sentirse a disgusto consigo mismas. Eso les lleva con frecuencia a maltratar a los demás, por aquello de que quien la tiene tomada consigo mismo, la acaba tomando con los demás.

En cambio, quien ha sabido seguir un camino de honradez y de verdad, desoyendo las mil justificaciones que siempre parecen encubrir cualquier claudicación (lo hace todo el mundo, se trata sólo de una pequeña concesión excepcional, no hago daño a nadie, etc.), quien logra mantener esa rectitud se sentirá habitualmente satisfecho, porque no hay nada más ingrato que convivir con uno mismo cuando se es un ser mezquino.

Otras veces, esa insatisfacción se debe a algún sentimiento de inferioridad, como ya apuntamos unas páginas atrás. Otras, tiene su origen en la incapacidad para lograr dominarse a uno mismo, como sucede a esas personas que son arrolladas por sus propios impulsos de cólera o agresividad, por la inmoderación en la comida o la bebida, etc.; después, una vez recobrado el control, se asombran, se arrepienten y sienten un profundo rechazo de sí mismas.

También las manías son una fuente de sentimientos de insatisfacción. Si se deja que arraiguen, pueden llegar a convertirse en auténticas fijaciones que dificultan llevar una vida psicológicamente sana. Además, si no se es capaz de afrontarlas y superarlas, con el tiempo tienden a extenderse y a multiplicarse.

Algo parecido podría decirse de las personas que viven dominadas por sentimientos relacionados con la soledad, de los que suele costar bastante salir, unas veces por una actitud orgullosa (que les impide afrontar el aislamiento que padecen y se resisten a aceptar que estén realmente solas), otras porque no saben adónde acudir para ampliar su entorno de amistades, y otras porque les falta talento para relacionarse.

—Pero una persona de intensa vida social también puede sentirse a veces muy sola.

Sí, porque su exuberante actividad puede ser superficial y encubrir una soledad mal resuelta; o porque sus contactos y relaciones pueden estar mantenidos casi exclusivamente por interés; o porque son personas de fama o de éxito, y perciben ese trato social como poco personal, o incluso de adulación; etc.

Aunque también es cierto que puede suceder lo contrario, y que una soledad sea sólo aparente. Hay personas que creen importar poco a los demás, y un buen día sufren algo más extraordinario y se sorprenden de la cantidad de personas que les ofrecen su ayuda. La satisfacción que sienten entonces da una idea de la importancia de estar cerca de quien pasa por un momento de mayor dificultad.

Personas interesadas en los demás

«Así era mi madre –rememoraba la protagonista de aquella novela de Mercedes Salisachs–. Un camino de renuncias sembrado de querencias que pocas veces manifestaba.

»Su ejemplo era un continuo desafío para mis reacciones egoístas. Un día, exasperada, le pregunté cómo era posible que sintiera amor por todo el mundo. Su respuesta me dejó perpleja. Me contempló, asombrada, como si yo fuera un ser de otro planeta, y me dijo: “Hija mía –y golpeó con suavidad mi frente, como si quisiera despertarme–, ¿de dónde sacas que yo siempre siento eso? El amor verdadero no siempre se siente, se practica.”

»Ella solía decirme: “Actuar es la mejor forma de querer, hija. No es necesario que sientas amor por ellas –recalcaba–; sencillamente, ayúdalas. Verás qué pronto las quieres”.

»Yo le llevaba la contraria, y le hablaba de personas a las que no podía querer, y ella me replicaba: “Cuando sientas odio hacia una persona, acuérdate de su madre, de sus hijos o de cualquier ser que la haya querido como tú quieres a los tuyos. Trata de ponerte en su pellejo e inmediatamente dejarás de odiar.” Me insistía en que no hay posibilidad de amar sin rechazar el egoísmo, sin vivir para los demás, y que una vida sin querer a los demás es peor que un erial en tinieblas.»

El amor o el afecto a los demás, con la generosidad y la diligencia que siempre llevan implícitas, son la principal fuente de paz y de satisfacción interior. En cambio, la dinámica del egoísmo o de la pereza conducen siempre a un callejón sin salida de agobios e insatisfacciones personales. Por eso las personas con un buen nivel de satisfacción interior suelen tratar a los demás con afabilidad, les resulta fácil comprender las limitaciones y debilidades ajenas, y raramente son duros o inclementes en sus juicios. Pero lo que más les caracteriza es que son personas interesadas en los demás. Y esto es así porque sólo de ese modo el hombre se crece y se enriquece de verdad.

No hay que olvidar, además, que hasta las satisfacciones más materiales necesitan ser compartidas con otros, o al menos ser referidas a otros. Una persona no puede disfrutar de una casa o un coche que acaba de comprarse, o de una nueva prenda de ropa, o de su belleza física, o de un título académico o una buena cultura, si no tiene a su alrededor personas que le miren con afecto, que se alegren y puedan disfrutarlo a su lado. Si no puede –o no quiere– compartir sus alegrías, antes o después se sumergirá en un profundo sentimiento de tristeza y de frustración.

Tarde o temprano
el rostro del egoísmo
aparece con toda su fealdad
ante aquel que le ha dejado
apoderarse de sus sentimientos.

Procesos de autoengaño

«¿Puedo decir que no soy consciente de mi íntimo engaño? –se preguntaba atormentado el protagonista de aquella novela de Van der Meersch.

»La verdad es que cuando reflexiono a fondo, lo advierto. Pero por regla general no reflexiono, me lo prohíbo. Hay algo en mi interior que me prohíbe reflexionar, o que falsea las conclusiones, y me da toda clase de falsas razones, que sé que son falsas, pero las acepto de buena gana.»

Todas las personas sufren, con mayor o menor frecuencia, y con mayor o menor profundidad, procesos de autoengaño. Suelen producirse a consecuencia de un deseo intenso que perturba el discurso lógico del pensamiento, forzándole a plegarse a su favor, de modo más o menos consciente.

Lo malo es que el autoengaño tiene la virtualidad (desgraciada) de hacer que quien lo padece se resista a reconocerlo como tal (por eso es un autoengaño). Y si alguien se lo intenta hacer ver y le pone de manifiesto sus contradicciones, es fácil que –incluso aunque advierta que es cierto lo que le dicen– reaccione negándolo obstinadamente, y esgrima todo tipo de argumentos, incluso con brillantes racionalizaciones destinadas a negar la evidencia de sus contradicciones.

La influencia diaria de tantos deseos, solicitaciones y tendencias hace que no sea difícil interpretar mal la realidad y autoengañarse. Por eso, la coherencia personal exige un constante esfuerzo de sinceridad con uno mismo. Es preciso ser sensible –sin caer en extremos patológicos– a esos pensamientos que en nuestro interior denuncian detalles de poca coherencia en nuestra vida, y no dejarse enredar por disculpas y justificaciones que intentan transferir nuestra responsabilidad a otros, a los condicionantes que nos imponen las circunstancias en que vivimos, etc.

El nivel de autoengaño
de una persona marca su
nivel de coherencia personal.

—Pero se puede ser coherente en el bien o en el mal; y ser coherente en el mal es siempre a fin de cuentas un engaño.

Efectivamente, y por eso el nivel de coherencia personal no es en sí mismo una escala de medida ética. Hay personas que viven con enorme coherencia principios basados en el egoísmo, por ejemplo, y se muestran así con total transparencia y naturalidad, y está claro que esa coherencia no es éticamente buena. Es más, cuanto más coherentes sean con esos principios errados, peor les irá.

—¿Y dices que en esos casos es recomendable la incoherencia?

Es más recomendable seguir siendo coherentes pero cambiar los principios por otros mejores. Quiero decir que si hablamos de coherencia en su acepción más profunda, entendida también respecto a lo que es propio de la naturaleza humana, ser coherentes supone combatir seriamente el autoengaño.

A veces, por ejemplo, nos engañamos y decimos: no tenía más remedio que actuar así; pero, en el fondo, sabemos que no es cierto. Además, si nos acostumbramos a engañarnos, detrás de cada mentira (incluso cuando a veces parecen producir un cierto sentimiento de liberación) acumulamos un peso, casi imperceptible, que poco a poco lastra de desasosiego interior toda la marcha de nuestra existencia.

—¿Y crees que es fácil engañarse a uno mismo?

Parece que sí, pues el hombre tiende a creerse fácilmente aquello que halaga su comodidad o su conveniencia. De todas formas, tanto la voz de la conciencia como la crítica o el buen consejo de los demás hacen una permanente labor de vuelta a la realidad.

Para ser coherente y no sucumbir a las zalamerías y carantoñas del autoengaño, es importante tomar conciencia de la fuerza liberadora de la verdad. El hombre recto e íntegro puede vivir sin avergonzarse, está libre del esfuerzo estresante y agotador del disimulo, se ahorra el miedo a ser desenmascarado de su fraude, tiene más fuerza a la hora de esgrimir sus argumentos y mantiene más fácilmente su estabilidad emocional: son personas que disfrutan más de la vida y de un modo más pleno.

Una nueva dimensión de la vida

El piloto Chuck Yeager inició la era de los vuelos supersónicos el 14 de octubre de 1947, cuando rompió la famosa barrera del sonido, aquel «invisible muro de ladrillos» que tan intrigado mantenía a todo el mundo científico de la época.

Por aquel entonces, bastantes investigadores aseguraban disponer de datos científicos seguros por los que la barrera del sonido debía ser infranqueable. Otros incluso decían que cuando un avión alcanzara la velocidad Mach 1 sufriría tal impacto en su fuselaje que reventaría. Tampoco faltaron quienes aventuraban posibles saltos hacia atrás en el tiempo y algunos otros efectos sorprendentes e impredecibles.

El caso es que aquel histórico día de 1947, Yeager alcanzó con su avión Bell Aviation X-1 la velocidad de 1126 kilómetros por hora (Mach 1.06). Hubo diversas dudas y controversias sobre si verdaderamente había superado esa velocidad, pero unas semanas después alcanzó Mach 1.35, y más tarde llegó hasta Mach 2.44, con lo que el mito de aquella barrera impenetrable salto hecho pedazos.

En su autobiografía, Yeager dejó escrito: «Aquel día de 1947, cuanto más rápido iba, más suave se hacía el vuelo. Cuando el indicador señalaba Mach 0.965, la aguja comenzó a vibrar, y poco después saltó en la escala por encima de Mach 1. ¡Parecía un sueño! Me encontraba volando a una velocidad supersónica y aquello iba tan suave que mi abuela hubiese podido ir sentada allí detrás tomándose una limonada.»

«Fue entonces cuando comprendí que la verdadera barrera no estaba en el sonido, ni en el cielo, sino en nuestra cabeza, en nuestro desconocimiento.»

En la vida diaria puede sucedernos a veces algo parecido. En nuestra cabeza se levantan muchas barreras a nuestra mejora personal: defectos, limitaciones, circunstancias exteriores, etc. Y quizá nos parecen auténticas murallas imposibles de superar, o al menos pensamos que superarlas supondrá un esfuerzo tremendamente ingrato y difícil.

Sin embargo, es muy probable que la realidad sea distinta, y que esas barreras sean franqueables, que las podamos superar. Y cuando se superan observamos que la realidad era bien distinta, y que nuestro principal problema era que no conocíamos bien lo que había detrás, y que quizá por eso no nos decidíamos a hacer lo necesario para dar el paso.

Superar la barrera de nuestros defectos, limitaciones o condicionantes personales es algo que, sin ser fácil, no es tampoco tan difícil. Y sobre todo, cuando lo logramos, nos encontramos –como experimentó Yeager aquel histórico día– con una nueva dimensión de la vida, quizá desconocida hasta entonces para nosotros, y que resulta mucho más satisfactoria y gratificante de lo que podíamos imaginar.

El camino de la virtud y de los valores es un camino que permanece oculto para muchas personas, que lo ven como algo frío, aburrido o triste, cuando en realidad la mejora personal es un camino siempre menos fatigoso, más alegre, más interesante y más atractivo.

Parece obvio que trabajar de mala gana, hacer siempre lo mínimo posible, mostrarse egoísta e insolidario, etc., es más frustrante y triste que trabajar con empeño e ilusión, ayudar en lo posible a los demás y procurar hacerles agradable la vida.

Es preciso dejar de mirar el lado antipático
que siempre presenta cualquier esfuerzo,
y observar un poco más
su lado atractivo,
su rostro amable,
su efecto liberador.

Aquel famoso debate de hace más de medio siglo se repite con frecuencia en la vida diaria de muchas personas. Quizá lo mejor sea superar esas inercias del pasado, atravesar esa barrera del cambio personal y ver qué sucede. El resultado será sorprendentemente alentador, sin duda.

El trabajo en equipo en los universitarios

El individualismo que predomina en estos tiempos, gran parte debido a las posibilidades tecnológicas, ha permeado también las aulas, debilitando una de las metodologías de estudio más enriquecedoras como es el trabajo en equipo.

Por “equipo” se entiende la participación de más de una persona en la búsqueda de un mismo objetivo, el cual no puede ser logrado sin la ayuda de todos sus miembros, lo que supone una gran responsabilidad.

Los estudiantes universitarios necesitan tener experiencias de equipo para desarrollar las competencias necesarias que implementarán en sus roles profesionales. Adicional al componente laboral, el trabajo en equipo trae consigo muchos aprendizajes para la vida, pues promueve la tolerancia, la capacidad de liderazgo, la escucha, la participación activa, la socialización, el respeto, la flexibilidad, la comunicación, la amistad, la solidaridad, por nombrar solo algunos.

Sucede pues, que al imponerse el trabajo virtual -que no pretendemos descalificar-, convine preservar el necesario y meritorio contacto humano. Los jóvenes por tanto, no deben dejar de lado las relaciones sociales del mundo físico, además de la realidad innegable de vivir en colectividad, y qué mejor escuela para ello, que la vida universitaria.

Tácticas para que el equipo funcione

Se hablan de las “5 C” ineludibles para el trabajo grupal óptimo: complementariedad, coordinación, comunicación, confianza y compromiso.

Complementariedad implica la sinergia de los componentes del equipo. Es formar un todo a partir de varios individuos. Cada quien desde su visión del mundo y sus características de la personalidad, podrán contribuir al cometido que se quiere lograr.

En la coordinación juegan un papel protagónico: el orden, el liderazgo y la asignación de tareas, evidentemente encaminadas en un solo norte. Cada integrante basado en su carácter, irá tomando naturalmente el rol que le corresponde, hay algunos que prefieren dirigir y hay otros que eligen ser dirigidos; ambos son necesarios para un trabajo en equipo.

La comunicación debe ser la gobernante. Los malentendidos u omisiones, pueden hacer que un equipo no trabaje adecuadamente y se pierda fácilmente la meta común por la que se está batallando.

En cuanto a la confianza, es fundamental creer en los demás compañeros, confiar en sus capacidades y en su buena disposición. Esta confianza permite anteponer el éxito del equipo al propio. En un equipo, cada quien aporta lo mejor de sí en bien de todos, el egocentrismo debe quedar al margen.

Compromiso, es el grado de responsabilidad propio, el cual inevitablemente afecta todas las piezas del conjunto.

Por último, unas reglas establecidas y respetadas por todos los miembros del equipo, nunca sobran, son la mejor forma de prevenir los conflictos.

Es importante entonces recobrar el valor de las relaciones humanas dentro del marco académico y evitar que la virtualidad elimine estas maravillosas posibilidades de provecho para el ser humano.

fuente:lafamilia.info

“La sociedad está haciendo niños de cristal”

(Diario Montañés – 15/06/2010)

La vida es un continuo reto lleno de dificultades en el camino. Enseñar a los niños a afrontar las adversidades de la vida es una tarea primordial de padres y educadores, porque, ya desde pequeños, gozan de una gran capacidad de adaptación y asimilación. Con este fin, educar a los pequeños para asumir con entereza las situaciones difíciles que su existencia les pueda deparar, el psicólogo y pedagogo Javier Urra ha sacado una nueva obra al mercado. Bajo el esclarecedor título ‘Fortalece a tu hijo’ (Planeta), el que fuera primer Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid aboga por educar a los pequeños “para que sean dúctiles, elásticos, como una pelota de goma que choca contra el suelo, se deforma y luego vuelve a su ser”.

Urra, que con anterioridad publicó ‘El pequeño dictador’, se aleja de “esta sociedad algodonosa y muy sobreprotectora que está haciendo niños de cristal, que por un lado son muy duros pero por otro son muy frágiles”. Su tesis reside en que “es esencial que los niños aprendan que somos vulnerables, pero que podemos rehacernos y superar las situaciones difíciles”, argumenta.

Para impregnarlos de esta posibilidad, el experto mantiene que hay que educar desde corta edad a los niños para que en el futuro encaren las dificultades, e incluso las tragedias, que puedan encontrarse. Por ejemplo, la muerte de un ser querido. “Desde pequeños -dice- es bueno que tengan una mascota, para que sepan que hay que cuidarla pero que algún día muere y no se puede cambiar por otra. Aprenden así que el amor sufre”. A su juicio, los niños “tienen que aprender a ocuparse, no a preocuparse. Tienen que ser creativos, tenemos que enseñarles a ser flexibles, elásticos y algo esencial es que acepten la frustración. Tienen que saber perdonar y perdonarse, y es esencial el vínculo a la familia y a los amigos. Luego, la vida nos va a abofetear seguro, pero en la vida hay que dar solución a los problemas, que no esperen que los problemas vienen resueltos desde fuera”.

Ya desde pequeños deben aprender que “el deber es una necesidad, el muscular la voluntad, el disciplinarse”. En definitiva, “fortalecer a un hijo para que cuando las cosas vengan mal no sea como un cristal que se rompe, sino que sean más elásticos”. Urra es tozudamente contrario a ‘dejar hacer’ a los niños lo que quieran. “Es un sistema horroroso. Hoy en día, por los procesos de separación o por sentido de culpabilidad de los padres que dedican pocas horas a los hijos, se les deja que hagan lo que quieran y cuando quieran”. Con ello, arguye, lo que se consigue es hacer del niño “un ‘blandiblú’, convertirlo en absolutamente blando cuando la vida hay que mirarla de cara”.

Confirma Urra su opinión de que las adversidades pueden jugar un papel positivo en la vida. “A veces la adversidad te curte, incluso valoras más algunos aspectos esenciales de la vida”. Además, aboga por educarlos en “la compasión, en el perdón y en perdonarse a uno mismo”. “Hay niños -señala- que siempre están rumiando ideas negativas. Son ideas tóxicas que crían chavales rencorosos. Hay que llenar su cerebro de cosas positivas”.

Optimismo y esperanza

Critica sobremanera a los padres que ejercen de “mejor abogado” de sus hijos. Aquellos que hacen las cosas mal en el colegio o en la sociedad pero que gozan del respaldo de sus padres “ante el juez, el fiscal o quien haga falta”. “Esos padres equívocos no fortalecen al hijo. Lo bueno es decir ‘lo has hecho mal y lo vas a pagar, aunque estaremos a tu lado’“.

Alega el psicólogo que, de cara a las adversidades de la vida, “el optimismo y la esperanza son una obligación ética; ahora bien, pisando la realidad. Optimicemos las cosas, miremos a la gente que necesita más ayuda que nosotros. Creo que nuestra sociedad es muy victimista”. El objetivo, desde muy niños, es que los que luego serán jóvenes “se responsabilicen de sus propios actos”. ¿Se educa bien en España para que los niños tengan esa fortaleza? “Categóricamente, no”, responde Urra.

fuente:lafamilia.info

Casi una escuela de padres

“Falla la educación, muchas veces de los propios padres”

ENCARNACIÓN BOULLÓN FISCAL DE MENORES DE PONTEVEDRA

“Son niños que pasan muchas horas fuera de casa y se acostumbran a la independencia y libertad” ··”En los colegios también van muy mal”

La Fiscalía General del Estado alerta de un alarmante incremento de las agresiones de menores a sus padres. Pontevedra es una de las provincias que recoge ese comportamiento

– Yo no creo que en 2008 hayan aumentado en relación a los años anteriores. Lo que sí se detectó hace ya tiempo es que estas denuncias iban en aumento. Pero, no creo, a falta de datos concretos que tendría que consultar, que exista ese alarmante incremento. Sí hay incremento desde hace tiempo, pero no en concreto de 2008 con respecto a 2007.

– Pero sí se puede hablar de una tendencia creciente en los últimos años.

– Sí. Pero yo creo que son conductas que se denuncian más ahora. Igual que se denuncia ahora más la violencia sexista que antes, también se denuncian más los malos tratos de los hijos hacia los padres.

– No se trata entonces tanto de que haya más casos como de que afloren más de cara a la opinión pública.

– Yo creo que sí.

– A nivel general en Pontevedra, ¿con qué están relacionados los casos?

- Están relacionados, en general, con la falta de control de los hijos en la familia. Mucha ocupación de los padres. Mucha despreocupación en general por los hijos, chicos que permanecen muchas horas fuera del domicilio familiar y se puede resumir todo este conjunto como falta de control.

– ¿Qué tipo de agresiones se suelen producir con más frecuencia?

- Suelen ser más bien empujones. También violencia psíquica de rotura de mobiliario. O de no salgo, pero si salgo me marcho. No es que haya mucha conducta de violencia directa, digámoslo así.

– Es decir, no hay golpes.

– Insultos, empujones, amenazas, hacer lo que se quiere, entrar en casa cuando se quiere… Más bien se trata de eso. Aunque también hay violencia física.

– ¿Es infrecuente la violencia física?

- No es lo más normal. Insisto, se trata más bien de un incumplimiento de las normas y un maltrato psicológico de insultar y de amenazar y de hacer la vida imposible a los padres.
– ¿Es comparable la situación de Pontevedra con las otras tres provincias gallegas?

– No lo sé. Las provincias que en general más trabajo tenemos somos A Coruña y Pontevedra. Yo creo que prácticamente tenemos una situación semejante.

– ¿Cómo podría corregirse esta situación conflictiva? ¿Por dónde creen ustedes que pueden ir las soluciones?

– La solución tendrá que venir por la vía de la educación. Falla la educación, muchas veces de los propios padres.

– ¿Por qué?

– Porque son muy permisivos, aunque hay veces que ocurre porque son niños con trastornos de conducta: hiperactivos o disociales. Efectivamente, ese trastorno que tienen se demuestra también en el ámbito familiar igual que se demuestra en el ámbito educativo. Son niños que también en los centros escolares van muy mal e incumplen normas.

– ¿Suelen ir parejos los problemas en casa y en la escuela?

– A veces, no siempre. A veces se trata sólo de padres que no han controlado a sus hijos y no han puesto límites a tiempo. Son niños que pasan muchas horas fuera de casa y se acostumban a una vida de independencia y libertad y cuando se le trata de poner límites reaccionan violentamente.

Autor: FAMILIAE Psicoterapia- Fecha: 2009-10-12

Educar en libertad

 

Un texto que nos invita a reflexionar sobre el papel tan importante que tenemos como padres…

Autor: Martín Descalzo.

“Vosotros sois el arco desde el que vuestros hijos, como flechas vivientes, son impulsados hacia adelante.” La imagen de Kahlil Gibrán no puede ser más exacta. Y yo me temo que muchos padres aún no han descubierto la enorme verdad que encierra.

El arco, el verdadero “arco” es “para” la flecha. Un arco sin flecha se convierte en algo estéril e inútil. E igualmente inútil es un arco que “quiere” tanto a la flecha que aspira a tenerla permanentemente consigo y nunca la dispara. Pues la meta de la flecha es el blanco, no el vivir acurrucada junto al arco.

Si hace esto último, también la flecha se convierte en inútil y hace inútil al arco. La flecha no es el arco, es distinta de él. Tal vez el arco fue flecha antes, pero desde que es arco su función principal es ya empujar la flecha hacia adelante, hacia el futuro, lo más lejos posible. Para lanzarla deberá sufrir, tensarse, hasta que su carne de arco duela. Y vibrará con dolor en el momento de despegarse de la flecha.

Sólo después de hacerlo volverá a descansar su cuerda, sabiendo ya que ha cumplido su misión de proyectar la flecha hacia su destino. Y sólo entonces se sentirá verdaderamente lleno.- cuando esté vacío porque la flecha está ya en su blanco.

Curiosamente los arcos cumplen a la perfección esta tarea: no se conoce ningún arco tan enamorado de sus flechas que jamás las disparase. Pero sí se conocen muchísimos padres que se creen que sus hijos son para que los progenitores “disfruten” de ellos. Muchos que no respetan el hecho de que sus hijos sean y quieran ser distintos de ellos. Muchos que tienen como sueño central el que sus hijos sean “a imagen y semejanza suya” permanentemente, en lugar de aspirar a que sus hijos logren sacar lo mejor de sí mismos y sean ellos mismos verdaderamente.

Sigo citando a Kahlil Gibrán, que lo dijo un millón de veces mejor de lo que yo sabría:

“Vuestros hijos no son hijos vuestros. Son los hijos y las hijas de la vida, deseosa de sí misma. Vienen a través vuestro, pero no vienen de vosotros. Y aunque están con vosotros, no os pertenecen. Podéis darles vuestro amor, pero no vuestros pensamientos. Porque ellos tienen sus propios pensamientos. Podéis albergar sus cuerpos, pero no sus almas. Porque sus almas habitan en la casa del mañana, en una casa que vosotros no podréis visitar ni siquiera en sueños.”

Educar en libertad me parece la cosa más difícil del mundo. La más necesaria. Y es difícil porque hay padres que, por afanes de libertad, no educan. Y padres que, por afanes educativos, no respetan la libertad. Hacer ambas cosas a la vez es casi como construir un círculo cuadrado. Algo que sería imposible si no existiera el milagro del amor. Algo que es aún más difícil cuando se confunde el amor con los afanes de dominio sobre la persona amada.

¿Quién no ha conocido a esos perpetuos inmaduros que siguen agarradito a las faldas de mamá? He conocido mujeres que aún muchos años después de casadas siguen sintiéndose mucho más “hijitas” de sus padres que esposas de sus maridos y madres de sus hijos. Con lo que construyen una triple tragedia: no han acabado ellas de desarrollarse como personas; condenan a una semisoledad a su marido y carecen de fuerza para lanzar a sus hijos hacia el futuro. Y todo porque no han sabido curarse de su “hijitas” aguda o porque sus padres siguen practicando la “mamitis” enfermiza.

El verdadero mundo está siempre delante de nosotros, no detrás. Un verdadero amor es el que practica aquellos versos de Salinas a su amada:

“Perdóname por ir así buscándote / tan torpemente dentro de ti./ Es que quiero sacar de ti / tu mejor tú.”

Querer a alguien no es sacar jugo de él, es ayudarle a que saque de sí mismo su mejor yo, a que logre empinarse sobre sí mismo, escalando a diario de un yo a otro yo mejor. Hay que amar a la gente como ama el arco a la flecha que vuela, que la ama precisamente porque sabe volar y porque se siente con fuerza Para hacerla volar más deprisa y más lejos.

El mejor amor es el que sabe desprenderse del amado, el que no sólo acepta, sino que facilita el que el amado vaya más lejos que él, hasta el blanco, hasta ese blanco que se va alejando cada vez que avanzamos hacia él y al que sólo se llega con la muerte.

¡Mal amor el que fabrica enanos de alma! ¡Mal amor el que divide en lugar de multiplicar! ¡Benditos, en cambio, los que entienden su propia alma como rampa de lanzamiento de otros seres: hijos, amigos, desconocidos! ¡Benditos, porque estarán verdaderamente llenos el día que alguien, impulsado por ellos, suba hacia arriba y les deje vacíos gracias a tanta fecundidad!

Autor: FAMILIAE Psicoterapia

LA MISIÓN EDUCATIVA DE LA FAMILIA (I)

 

 El amor entre los padres genera en la familia un ambiente que facilita la educación y el servicio a los demás. Este es el tema de un editorial sobre la misión educativa de la familia, del que publicamos la primera parte.

El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, «única criatura que Dios ha querido por sí misma» [1], cuando nace –y durante un largo período de tiempo–, depende mucho del cuidado de sus padres. Aunque desde el momento de la concepción goza de toda la dignidad de la persona humana, que debe ser reconocida y custodiada, también es un hecho que necesita tiempo y ayuda para alcanzar toda su perfección. Este desarrollo –que no es automático ni autónomo, sino libre y en relación con los demás– es el objeto de la educación.

La misma etimología del término subraya la necesidad que el ser humano tiene de la educación como parte esencial de su perfeccionamiento. Educar viene del latín “ducere”, que significa “guiar”. El hombre necesita ser guiado por otros para perfeccionar sus facultades. También proviene de “educere”, que significa “extraer”. Precisamente, lo propio de la educación es “extraer el mejor yo” de cada uno, desarrollar todas las capacidades de la persona. Las dos facetas –guiar y desarrollar– constituyen como el fundamento de la tarea educativa.

LOS PADRES, PRIMEROS Y PRINCIPALES EDUCADORES

No resulta muy difícil entender que –como tantas veces ha afirmado el Magisterio de la Iglesia–, «los padres son los primeros y principales educadores de sus hijos» [2]. Es un derecho–deber que tiene su raíz en la ley natural y, por eso, todos comprenden, aunque en algún caso sea sólo de una manera intuitiva, que existe una continuidad necesaria entre la transmisión de la vida humana y la responsabilidad educadora.

Produce un rechazo espontáneo pensar que los padres se pudieran desentender de sus hijos una vez que los han traído al mundo, o que su función se podría limitar a atender las necesidades físicas de los hijos, despreocupándose de las intelectuales, morales, etc. Y la raíz de este rechazo natural es que la razón humana entiende que el ámbito primario para la acogida y el desarrollo de la vida del hombre es la comunidad conyugal y familiar.

La Revelación y el Magisterio asumen y profundizan los motivos racionales por los que los padres son los primeros educadores. «Habiéndolos creado Dios hombre y mujer, el amor mutuo entre ellos se convierte en imagen del amor absoluto e indefectible con que Dios ama al hombre» [3].

En el designio divino, la familia, «es una comunión de personas, reflejo e imagen de la comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo. Su actividad procreadora y educativa es reflejo de la obra creadora de Dios» [4]. La transmisión de la vida es un misterio que supone la cooperación de los padres con el Creador para traer a la existencia un nuevo ser humano, imagen de Dios y llamado a vivir como hijo suyo. Y la educación participa plenamente de este misterio. Este es el motivo de fondo por el que la Iglesia ha afirmado siempre que «por su naturaleza misma, la institución misma del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y a la educación de la prole y con ellas son coronados como su culminación» [5].

Pertenece a la esencia del matrimonio la apertura a la vida, que no se reduce a la sola procreación de los hijos, sino que incluye la obligación de ayudarles a vivir una vida plenamente humana y en relación con Dios.

El misterio de la Redención ofrece luces sobre la misión educativa de los padres en el designio de Dios. Jesucristo, que con sus palabras y con sus hechos «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre, y le descubre la sublimidad de su vocación» [6], quiso encarnarse y ser educado en una familia. Además, quiso elevar el matrimonio a la condición de sacramento, llevándolo a su plenitud en el plan salvífico de la Providencia.

A ejemplo de la Sagrada Familia, los padres son cooperadores de la providencia amorosa de Dios para dirigir a su madurez a la persona que se les ha confiado, acompañando y favoreciendo, desde la infancia hasta la edad adulta, su crecimiento en sabiduría, en edad y en gracia, ante Dios y ante los hombres [7].

Juan Pablo II sintetizaba toda esta doctrina, explicando que eran tres las características del derecho-deber educativo de los padres [8]:

- es esencial, por estar vinculado con la transmisión de la vida humana;

- es original y primario, respecto al papel de otros agentes educativos –derivado y secundario–, porque la relación de amor que se da entre padres e hijos es única y constituye el alma del proceso educativo;

- y es insustituible e inalienable: no puede ser usurpado ni delegado completamente. Consciente de esta realidad, la Iglesia ha enseñado siempre que el papel de los padres en la educación «tiene tanto peso que, cuando falta, difícilmente puede suplirse» [9]. De hecho, el oscurecimiento de estas verdades ha llevado a muchos padres al descuido, e incluso al abandono, de su papel insustituible, hasta el punto que Benedicto XVI ha hablado de una situación de «emergencia educativa» [10], que es tarea de todos afrontar.

EL FIN Y EL ALMA DE LA TAREA EDUCATIVA

«Dios que ha creado al hombre por amor lo ha llamado también al amor, vocación fundamental e innata de todo ser humano» [11]. Puesto que el amor es la vocación fundamental e innata del hombre, el fin de la misión educativa de los padres no puede ser otro que enseñar a amar. Este fin queda reforzado por el hecho de que la familia es el único lugar donde las personas son amadas no por lo que tienen, lo que saben o lo que producen, sino por su condición de miembros de la familia: esposos, padres, hijos, hermanos.

Son muy significativas las palabras de Juan Pablo II: «En una perspectiva que además llega a las raíces mismas de la realidad, hay que decir que la esencia y el cometido de la familia son definidos en última instancia por el amor (…) Todo cometido particular de la familia es la expresión y la actuación concreta de tal misión fundamental» [12].

Pero, ¿cómo llevar a cabo esta misión? La respuesta es siempre la misma: con amor. El amor no es sólo el fin, sino también el alma de la educación. Juan Pablo II, después de describir las tres características esenciales del derecho-deber educativo de los padres, concluía que, «por encima de estas características, no puede olvidarse que el elemento más radical, que determina el deber educativo de los padres, es el amor paterno y materno que encuentra en la acción educativa su realización, al hacer pleno y perfecto el servicio a la vida.

El amor de los padres se transforma de fuente en alma, y por consiguiente, en norma, que inspira y guía toda la acción educativa concreta, enriqueciéndola con los valores de dulzura, constancia, bondad, servicio, desinterés, espíritu de sacrificio, que son el fruto más precioso del amor» [13].

En consecuencia, ante la “emergencia educativa” de la que habla Benedicto XVI, el primer paso es volver a recordar que la meta y el motor interno de la educación es el amor. Y que, frente a las imágenes deformadas del auténtico rostro del amor, los padres, partícipes y colaboradores del amor Dios, tienen la capacidad y la gozosa misión de transmitir, de manera viva, su verdadero significado.

La educación de los hijos es proyección y continuación del mismo amor conyugal y, por eso, el hogar familiar que nace como desarrollo natural del amor de los esposos es el ambiente adecuado para la educación humana y cristiana de los hijos. Para éstos, la primera escuela es el amor que se tienen sus padres. A través de su ejemplo reciben, desde pequeños, una auténtica capacitación para el amor verdadero.

Por este motivo, el primer consejo que San Josemaría daba a los esposos era que custodiaran y reconquistaran cada día su amor, porque es la fuente de energía, lo que realmente da cohesión a toda la familia.

Si hay amor entre los padres, el ambiente que respirarán los hijos será de entrega, de generosidad. El clima del hogar lo ponen los esposos con el cariño con que se tratan: palabras, gestos y mil detalles de amor sacrificado.

La caridad lo llenará así todo, y llevará a compartir las alegrías y los posibles sinsabores; a saber sonreír, olvidándose de las propias preocupaciones para atender a los demás: a escuchar al otros cónyuge, o a los hijos, mostrándoles que de verdad se les quiere y comprende; a pasar por alto menudos roces sin importancia que el egoísmo podría convertir en montañas; a poner un gran amor en los pequeños servicios de que está compuesta la convivencia diaria [14].

Cosas pequeñas, casi siempre, que un corazón enamorado sabe ver como grandes y que, desde luego, tienen una enorme repercusión en la formación de los hijos, aun en los de más corta edad.

Puesto que la educación es continuación necesaria de la paternidad y maternidad, la participación común de los dos esposos se extiende también a la educación. La misión educativa reside en los padres precisamente en cuanto matrimonio; cada esposo participa solidariamente de la paternidad o maternidad del otro. No hay que olvidar que el resto de agentes educativos –colegio, parroquia, club juvenil, etc.– son colabores de los padres: su ayuda es prolongación –nunca sustitución– del hogar. En definitiva, para la misión de construir el hogar son necesarios los dos cónyuges. Dios da su gracia para suplir la forzosa ausencia de uno, pero lo que no cabe es la inhibición o renuncia voluntaria.

Es claro que el mundo ha sufrido enormes cambios sociales y laborales que tienen su repercusión también en la familia. Entre otros fenómenos, ha crecido el número de hogares en los que tanto el marido como la esposa tienen un trabajo profesional fuera del hogar, no pocas veces muy absorbente. Cada generación tiene sus problemas y sus recursos y no es forzosamente peor lo uno que lo otro, ni se puede caer en casuísticas.

En cualquier caso, el amor sabe anteponer la familia al trabajo, y es imaginativo para suplir horas de dedicación con una mayor intensidad de trato. Además, no se puede olvidar que los dos esposos han de estar implicados en la construcción del hogar, sin caer en la idea equivocada de que el trabajo fundamental del varón es ganar dinero, dejando en manos de la mujer las labores de la casa y la educación de los hijos. A María y José, que vieron crecer a Jesús en sabiduría, en edad y en gracia [15], confiamos la misión de los padres, cooperadores de Dios en una labor de gran trascendencia y de suma belleza.

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[1] Conc. Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 24.

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1653.

[3] Ibidem, n. 1604.

[4] Ibidem, n. 2205.

[5] Conc. Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 48.

[6] Ibidem, n. 22.

[7] Lc 2, 52.

[8] Cfr. Juan Pablo II, Exhort. apost. Familiaris consortio, 22-XI-1981, n. 36.

[9] Conc. Vaticano II, Decl. Gravissimum educationis, 28-X-1965, n.3.

[10] Benedicto XVI, Mensaje a la diócesis de Roma sobre la tarea urgente de la educación, 21-I-2008.

[11] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1604.

[12] Juan Pablo II, Exhort. apost. Familiaris consortio, 22-XI-1981, n. 17.

[13] Ibidem, n. 36.

[14] Es Cristo que pasa, n. 23.

[15] Cfr. Lc 2, 52.

 www.opusdei.es

Educando a los hijos

A la hora de educar a sus hijos los padres deben tener en cuenta que cada persona es una unidad biopscioespiritual, esto implica que la formación que se les dé esté orientada al desarrollo de cada una de estas dimensiones en el niño y el adolescente para que pueda crecer en armonía en todo su ser.

Es importante formarlos de acuerdo a su edad, en el área física fortaleciendo el cuerpo a través del cuidado y aseo personal, el deporte, estimulando la adquisición adecuada de su psicomotricidad fina y gruesa, la sobriedad en la alimentación, etc.

A nivel psicológico propiciando el desarrollo adecuado de su propia identidad y personalidad, una recta visión de sí mismos y de los demás, de ellos en relación con su entorno, generándoles seguridad y confianza, estando siempre disponibles para cuando necesiten ayuda, pero al mismo tiempo dándoles un poco de libertad para realizar cosas y responsabilizarse de sus actos, generando en ellos madurez emocional y afectiva, así como una actitud crítica frente a la realidad.

Espiritualmente, desde niños deben descubrir su dignidad de hijos de Dios, enseñarles a relacionarse y encontrarse con el Señor Jesús y Santa María, ayudarles a crecer en su fe, enseñarles a rezar y a participar de la Eucaristía, de acuerdo a su edad; y llegado el momento, propiciar su preparación para la confesión y la Primera Comunión. Enseñarles a tener al Señor como el centro de sus vidas, de manera que puedan confiar siempre en su Providencia, estar seguros de su compañía y de su amor. Fortalecer en ellos la adquisición de los valores que regirán sus vidas, una actitud combativa y una vida virtuosa.

Autor: Vásquez, V. ACAP – Asociación Católica de Psicología 2007. Comentarios Imprimir

Padres responsables, ya

por Sergio Sinay

Un vínculo es la unión o ligazón que existe entre una persona y otra. En ningún vínculo el contenido del mismo está dado de por sí, se construye a través de actos, palabras, gestos, actitudes. En la relación que une a un padre con un hijo, el padre es un creador. Esto hace único a este vínculo porque, como en ningún otro, una persona debe crear a otra para que el lazo sea posible. Todas las otras relaciones que podamos enunciar, se dan entre personas que ya existen y a quienes la vida pone en contacto. Pero para que haya un hijo (y una relación padre-hijo) es necesario crear a ese ser. Engendrarlo.

Por supuesto, la misma condición involucra a la madre. Pero, en nuestra cultura, solemos dar por sentada, inconciente a involuntariamente, a la madre como generadora de vida y no recordamos con el suficiente énfasis (salvo en días como estos, cuando el calendario nos los recuerda a través de una fecha azarosa) que el padre es también un dador, un generador de vida. El padre es genitor. Es decir, engendra. Genitor es más que proveedor, más que protector, más que administrador de reprimendas y de penitencias, más que colaborador en la crianza (roles clásicamente atribuidos al padre y todavía preponderantes, a pesar de algunos cambios). Es coprotagonista en igualdad de condiciones. Su condición de genitor conecta al padre con la noción de responsabilidad. Así, paternidad y responsabilidad pasan a ser conceptos ligados de una manera íntima y entrañable.

La responsabilidad paterna

Con mucha frecuencia confundimos responsabilidad con obligación, con obediencia o con cumplimiento. Esa es una noción bastante insuficiente del término. En verdad, responsabilidad define a la capacidad de responder por las consecuencias de nuestras acciones. La responsabilidad es un atributo de los seres humanos. Como tales tenemos contamos con la conciencia acerca de nuestras acciones y no podemos omitir que, siempre, lo que hacemos o no hacemos, lo que decimos o callamos, lo que tomamos o dejamos tiene consecuencias (positivas o negativas, beneficiosas o perjudiciales, creativas o destructivas) para nosotros, para otros y para el entorno que habitamos. La responsabilidad sólo puede ser concebida a partir de la existencia de los otros y se define siempre ante ellos. Es inherente a nuestra condición de seres humanos y, por lo tanto, no hay modo de desprendernos de esta idiosincrasia.

En el caso del padre, responsabilidad y conciencia se hermanan. Los padres somos responsables de la creación de una vida, somos responsables de nuestras acciones para preservarla, para enriquecerla, para dotarla de valores, para instrumentarla, para guiarla en la experiencia del amor, del conocimiento, de la creatividad, de la solidaridad, de la compasión, de la empatía. Esto es lo que la responsabilidad trae a nuestra experiencia como hombres y como padres. Ser padre se convierte así en algo que va más allá de la capacidad de procrear o de la satisfacción de sabernos con descendientes.

Esto vale para los nuevos padres (una categoría que últimamente se suele usar para apuntar a hombres jóvenes, que acceden a esa condición en un mundo distinto al de sus propios padres) como para los papás veteranos, ya fuere porque sus hijos son adultos o porque tienen varios hijos de edades diversas. La responsabilidad es de por vida. Y excede a la paternidad. Porque de cómo nos comportemos en el mundo, en nuestros vínculos sociales, familiares, de trabajo, de los valores que prioricemos y pongamos en acción, dependerán las guías, las orientaciones y los modelos éticos que transmitamos a nuestros hijos.

El día a día de la paternidad

Ser un padre responsable significa, entonces, ser un progenitor que responde a y ante sus hijos por las decisiones, las acciones, las palabras, las aprobaciones y las negaciones, los estímulos y los límites que ejecuta como parte del vínculo. Podrá equivocarse o acertar (eso siempre se sabe después, por lo tanto es relativo), pero lo hará con un amor manifiesto, declarado y demostrado. La responsabilidad así ejercida, genera respeto (no lo impone, sino que lo convoca). Y el respeto da autoridad. Un padre con autoridad es lo opuesto a un padre autoritario. El autoritarismo reemplaza a la responsabilidad. La autoridad, en cambio, es hija de esta.

Para que la paternidad pueda navegar guiada por el timón de la responsabilidad, tiene que ser ejercida con presencia. Poniendo el cuerpo, la palabra, el corazón, la mente en el ejercicio. Paternidad se escribe con P de presencia, física y, sobre todo y ante todo, emocional. Con el nacimiento de un hijo se inicia un viaje sin fin. Habrá muchas estaciones, muchos paisajes, muchos climas. En cada uno de ellos sucederá algo que no había ocurrido antes. La paternidad conciente nos hace saberlo y nos hace comprender que, en cada caso, habrá que actuar de alguna manera diferente. No estamos obligados a saber cómo ni a acertar siempre. Pero sí tenemos la responsabilidad de ofrecer respuestas ante lo que surja de nuestras acciones. Respuestas a veces más firmes, a veces más comprensivas, a veces más extensas, a veces más breves, a veces más activas, a veces más receptivas, aunque siempre, en todos los casos, respetuosas y amorosas. No siempre, quizá, serán satisfactorias. No se trata de eso. Sino de tenerlas y fundamentarlas.

Es urgente que los hombres que tenemos hijos (biológicos o adoptados, no hay diferencia porque en ambos casos se trata de la elección de guiar una vida), nutramos y reforcemos hoy, con acciones, la conexión con nuestros hijos y la asunción de nuestra responsabilidad. Es tiempo ya de reconectarnos con ella o de confirmarla, más allá de las intenciones y de las palabras, de hacernos preguntas y explorar respuestas en torno de este valor. Es una oportunidad. Y somos responsables de ella.

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