ALGUNAS IDEAS DE CÓMO AYUDAR DESDE PEQUEÑOS A QUE NUESTROS HIJOS SEAN RESPONSABLES.

Tamara Serna Manzano
Profesora de euskera.
Tutora del aula de dos años.
Colegio Ayalde ikastetxea

Enseñar a los niños a ser responsables requiere un ambiente especial tanto en el colegio como en casa. Se trata de conseguir un ambiente que les ofrezca información sobre las opciones entre las que deben escoger por un lado, las consecuencias de cada una de ellas y proporcionarles los recursos necesarios para elegir bien.

Uno de los objetivos que nos proponemos como padres, consciente o inconscientemente, es la de preparar a nuestros hijos e hijas para que aprendan a tomar decisiones, libres y personales, debiendo asumir las consecuencias que se deriven de ellas.

Nos podemos preguntar a qué edad debemos comenzar a educar en responsabilidad a nuestros hijos. Como cualquier otro hábito bueno que se les quiera enseñar, es aconsejable comenzar desde pequeños: el niño comenzará a hacerse cargo sobre su ropa, sus juegos, sus juguetes…

Con frecuencia consideramos que son demasiado pequeños, y no les damos la oportunidad de realizar algunas tareas, sin embargo, los niños pueden hacer bastante más de lo que pensamos.

Es un error pensar que los niños al crecer se convierten en personas responsables y, muchas veces es más cómodo hacer las cosas por el niño que enseñarle a hacerlas o esperar que sea capaz de hacerlas. Pero esta actitud conlleva el riesgo de que el niño no llegue a responsabilizarse de sus pequeñas obligaciones.

Primero tiene que aprender a obedecer las decisiones que tomen sus padres o educadores, para, poco a poco ir aprendiendo a tomar sus propias decisiones. Antes de los tres años es conveniente comenzar con pequeños encargos: recoger sus juguetes, ayudar en las tareas domésticas, llevar su mochila al colegio, darle comida a su mascota… Son tareas que puede realizar sin problema y que se irán convirtiendo en una herramienta eficaz para educarles desde muy pequeños en el hábito de la responsabilidad.

El hecho de que cometan errores no debe hacernos desistir, los padres debemos estar ahí para orientarles y, sobre todo, animarles.

Para desarrollar la responsabilidad, tenemos que fomentar este hábito y la mejor manera de hacerlo es ofrecerles pequeños encargos, siempre teniendo en cuenta la edad y sus capacidades, ya que no todos los niños son iguales y algunos necesitan más tiempo para desarrollar una actitud responsable.

La responsabilidad se va aprendiendo e interiorizando de forma progresiva, por ello comenzaremos por ponerle tareas simples y a medida que el niño va creciendo le podremos pedir otras más complejas.

Conviene tener presentes estas orientaciones para ayudarles a ser responsable:

– Establecer normas que sirvan como puntos de referencia.
– Empezar por tareas simples que tengamos la seguridad que el niño sabe hacer y poco a poco ir introduciendo y enseñando otras más complejas.
– Instrucciones claras y sencillas.
– Mostrar seguridad y firmeza en lo que le exigimos utilizando argumentos y razonamientos.
– Procurar que exista una coherencia entre nuestros actos y nuestras palabras.
– No responsabilizarse de las tareas de los hijos, se les puede ayudar, orientar, asesorar pero no asumir sus responsabilidades de forma que el niño se desentienda.
– Sin amenazarles ya que no siempre cumplimos las amenazas. Los niños no nos tomarán en serio y perderemos toda credibilidad.
– Siempre reforzando las buenas actitudes, estimulándole para continuar su buen comportamiento, haciéndoles ver que estamos orgullosas de ellos, alabándoles que no quiere decir que no tengamos que corregirle.

Y para finalizar diría que educar en la responsabilidad no es tarea fácil, pero que realmente merece la pena conseguir, mediante el esfuerzo diario de padres y educadores, ganar las pequeñas batallas del día a día para que nuestros niños y niñas lleguen a ser adultos responsables.
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Fuente:sontushijos.org

‘Strong society makes life worth living’

El sentido de culpa

Alfonso Aguiló Pastrana

El escritor danés Henrik Stangerup presenta en su novela «El hombre que quería ser culpable» una interesante reflexión sobre el sentido de culpa. Su protagonista, Torben, ha cometido un crimen, y pretende en vano que los responsables de la justicia de la sociedad en que vive lo reconozcan como tal. Sin embargo, le dicen que su acto no ha sido un asesinato, sino un lamentable accidente provocado por las circunstancias. Le aseguran que ha venido forzado por la sociedad, que es la única verdaderamente culpable. Le tratan como a un desequilibrado, víctima de un absurdo complejo de culpabilidad. Enseguida le dejan en libertad e intentan hacerle olvidar todo recuerdo de su mujer.
Pero él sabe que ha matado a su mujer en un acceso de cólera y embriaguez, se siente culpable y quiere pagar por ello. A lo largo de la novela, el protagonista irá enloqueciendo de verdad, abrumado por la expropiación que han hecho de los fundamentos de su responsabilidad personal, mientras intenta sin éxito probar que es culpable de esa muerte.
El mensaje del libro es claro: si en cualquier colectivo humano se pierde el sentido de culpa, o la noción de mal, se acaba por no poder hablar ya del bien. No puede haber verdadero bien si no se comprende la existencia del mal. Y ahogando la culpabilidad de la persona se llega a ahogar a la persona misma. Para Torben, el único modo de resolver su problema es logrando ser perdonado, y como la fallecida ya no puede hacerlo, busca algo que repare su culpa: mientras no lo consiga, se siente anulado como persona.
En nuestra vida familiar, profesional o social puede sucedernos, salvando las distancias, algo parecido. Cualquier persona comete errores que producen un daño en quienes le rodean -y en uno mismo-, y todo eso suele llevar aparejado un sentido de culpa. Si pretendemos desentendernos de la realidad de ese daño que hemos producido, o intentáramos proyectar sin razón nuestra culpa sobre los demás, entonces nos haríamos un nuevo daño, y más grave, a nosotros mismos, porque no ponemos remedio a ese mal sino que lo ignoramos o lo escondemos.
El sentimiento de culpa por algo que hemos hecho mal es como un aviso, igual que lo es, por ejemplo, el dolor físico, que nos avisa de que algo en nuestro cuerpo no anda bien. Es natural y positivo sentir culpabilidad por lo que hacemos mal. Si hemos obrado erróneamente, lo lógico es que a causa de ello nos sintamos mal, o incluso muy mal. No debemos entonces permitir que la memoria y la imaginación lo revivan de continuo, pero tampoco está la solución en ignorarlo y amontonar tierra encima. Es preciso reconocer y comprender el error, y utilizar la voluntad para emerger con mayor fuerza de la experiencia pasada.
Si se experimenta debidamente la culpa, la primera reacción es la búsqueda del perdón y el intento de reparar en lo posible el daño causado. Después, cuando ya se ha sido perdonado y se ha hecho lo razonablemente posible para compensar ese mal, es cuando se siente un verdadero alivio y es más fácil olvidar.
La ofensa es como una herida, y el perdón es el primer paso en el camino de su curación, que puede ser larga. El perdón no es un atajo para alcanzar la felicidad, sino una larga senda que hay que recorrer. Por eso, cuando algunas personas dicen que no se arrepienten de nada, y que si volvieran a nacer lo harían todo igual, demuestran ser poco conscientes de los errores que han acumulado a lo largo de su vida. Si no los advierten, si no se sienten culpables de todos esos atropellos y buscan el modo de reparar el daño que han hecho, están inmersos en un grave proceso de autoengaño que tendrá algún día un amargo despertar.

Fuente:Conoze.com

Raiz de la violencia en niños y adolescentes

¿Deben los padres inmiscuirse o inhibirse en la vida de sus hijos, jóvenes o adultos?

Inmiscuirse en la vida de los hijos, sean jóvenes o adultos, para educarlos mejor o para corregir sus errores, no es entrometerse, interferir, injerir, interponerse, mangonear o fisgonear en su vida privada

¿Deben los padres inmiscuirse o inhibirse en la vida de sus hijos, jóvenes o adultos?
Inmiscuirse en la vida de los hijos, sean jóvenes o adultos, para educarlos mejor o para corregir sus errores, no es entrometerse, interferir, injerir, interponerse, mangonear o fisgonear en su vida privada. Esos verbos son sinónimos peyorativos de una actividad que los padres, tienen la obligación irrenunciable de realizar, empleando todos los medios morales y legales que estén a su alcance. Antes de decidir si se deben inmiscuir o inhibir en algo, (acción u omisión) se debe analizar profundamente, el modo de hacerlo o no hacerlo, así como las consecuencias que podría originar esa decisión. Tanto si la decisión es mantener o fomentar un pensamiento, decir unas palabras o realizar unos hechos.

Si, a las críticas constructivas, no a las destructivas. Las críticas realizadas a los hijos, no deben considerarlas como una intromisión en su vida privada, tengan la edad que tengan, pues los padres tienen razón, obligación y autoridad para hacerlo y así, mantener en lo posible la llama sagrada de la educación.

No se puede considerar peyorativo inmiscuirse, sobre todo en cosas graves en las vidas de los hijos jóvenes o adultos, ya que los padres tienen la obligación de velar por ellas y por su mejor futuro. El hacerlo es una obligación realizada, en el mejor beneficio de ellos. El no inmiscuirse en sus vidas por dejadez, miedo, negligencia, por el qué dirán o por no querer enfrentarse, ante los problemas que pudieran acarrearles, supone una dejación de las obligaciones adquiridas, con la paternidad responsable. Dejadez que en muchos casos, puede ser castigada por las leyes civiles y morales.

Es una irresponsabilidad inhibirse de la vida de los hijos, sean jóvenes o adultos, y abandonarlos a su suerte, cuando las obligaciones parentales están bien claras y hay obligación grave de cumplirlas. Estos casos de inhibición se dan con mucha frecuencia, en el caso de divorcios, donde la persona que no tiene la custodia de ellos, los abandona a su suerte o a lo que les pudiera ocurrir, con la nueva pareja de su ex-esposa o ex-esposo. Inhibirse de proporcionarles la manutención obligatoria, legal o extralegal, es un crimen, por muchas peleas que haya habido en el matrimonio. Inhibirse de los graves problemas que pudieran tener los hijos, aunque estén viviendo independientemente, también es faltar al compromiso familiar, que en su día adquirieron. Los hijos, como los padres, son para toda la vida, no como los amigos, que se puede prescindir de ellos, cuando conviene a las partes.

Los padres muchas veces pueden y deben mediar, honradamente, en las disputas que pudieran surgir entre sus hijos adultos y sus familias. No pueden inhibirse y decir, que sus problemas los arreglen ellos, pues para eso se han independizado del hogar familiar. Un buen consejo o acción de los padres, realizada a tiempo, puede solucionar muchos problemas, antes de que lleguen a mayores.

Los padres no pueden inhibirse de la educación de sus hijos, si esa inhibición les podría producir graves daños, tanto en temas escolares, religiosos, familiares o sociales. Los padres no pueden ignorar, cuando es importante, urgente o necesaria su presencia, consejo o apoyo, tanto en su vida privada, como en su vida ante otros colectivos. Ya que incluso cualquier grave inhibición, cuando hubiera sido necesario, podría generar en perjuicio de los propios hijos, otros componentes de la familia, los amigos o la sociedad en general. Los padres siempre tienen que estar pendientes de lo que sus hijos hacen, para intervenir incluso preventivamente, antes de que sea tarde. Los padres no pueden alegar, cuando el tema es importante o grave, que por su comodidad han dejado de inmiscuirse en los problemas de sus hijos, inhibiéndose de determinadas situaciones.

No existe el concepto de inmiscuirse, en las vidas de los hijos menores de edad, que viven en el hogar familiar y bajo su patria potestad o de hijos adultos, que también viven en el mismo hogar. Los padres tienen la irrenunciable obligación, de educar a sus hijos y velar por su bienestar. Para ello, cuando se trata de educar a los hijos, pueden recurrir a todas las herramientas posibles, que sean moral y legalmente aceptables. La obligación decrece, pero no desaparece, cuando los hijos adultos abandonan el hogar familiar, para hacer su propia vida. Inmiscuirse en sus asuntos y no inhibirse, es obligación de los padres, para evitar que haya malos comportamientos o desviacionismos, que posteriormente, si no se corrigen a tiempo, podrían traer graves consecuencias para los hijos, para los padres y para el resto de la familia.

No es inmiscuirse en la vida privada de los hijos, cuando los padres revisan sus mochilas, carteras, teléfonos, computadoras, libros, objetos, ropas, habitaciones, automóviles, etc. para conocer los detalles, del tipo de vida privada que llevan. Tampoco es inmiscuirse, cuando los padres tratan de enterarse de las amistades, noviazgos o sitios que frecuentan. Los objetos o señales que encuentren, les darán la posibilidad de ahondar más en la educación de los hijos, haciendo las correcciones oportunas. Inhibirse de hacerlo es una falta grave, muchas veces con resultados irreversibles.

Si desde que los hijos son pequeños, los padres empiezan a inmiscuirse en las cosas de ellos, más fácil será corregir las posibles desviaciones que tengan, y que suelen quedar reflejadas, en las cosas anormales que los padres encuentran en sus pesquisas. Si esperan a hacerlo, cuando los hijos ya sean púberes o adolescentes, es muy posible que lleguen tarde, a enterarse de lo que ocurre en la vida privada de sus hijos. Especial atención deben darle a los problemas, cuando los hijos ya no son niños, pero todavía no son adultos, por lo que no se sienten parte de los unos, ni aceptado por los otros.

Algunos padres de determinadas sociedades, apoyados por determinados profesionales de la salud mental o de la educación, prefieren que sus hijos se críen en total libertad, de hacer lo que les de la gana, considerando que cualquier comentario o actuación que les lleve la contraria, es inmiscuirse en la vida privada de los hijos y se pueden frustrar. Esta postura de no inmiscuirse en la educación de los hijos y de inhibirse de sus incipientes problemas, suele ser producto de la comodidad, porque “si no hago nada, nada sucede” No suelen tener en cuenta, que si la educación de los hijos no está bien dirigida, estos caerán en manos de los muchos depredadores, que siempre andan a su alrededor. Bastante difícil está la vida, como para no intentar conocer todos los detalles de los hijos, para así poder obrar anticipadamente, en función de los que vean u oigan. Nunca deben ceder ante la obligación irrenunciable de los padres, de educar a sus hijos, en el amplio sentido de la palabra.

Los hijos ya independientes, no deben sentirse inmiscuidos, entremetidos o interferidos en sus vidas privadas, si reciben de sus padres opiniones o puntos de vista diferentes a los suyos. Deben entender que, son únicamente consejos, para continuar ejerciendo su obligación de educar y guiar la forma de sus vidas, aunque tengan una vida independiente. Nunca deben tener la inseguridad o el miedo, a perder su independencia familia, por no saber resolver sus propios problemas, conocidos o desconocidos. Siempre les queda el recurso de que, la última palabra y el poder de decisión, es de ellos. Tontos serian estos hijos adultos, si no aprovecharan el caudal de experiencias, que normalmente tienen los padres y hacen caso omiso o desprecian lo que les dicen, que se supone es siempre en su propio beneficio.

No es inmiscuirse en sus vidas de adultos, cuando los padres opinan con buen criterio, lo que deberían hacer o no hacer, en determinadas cosas, máxime si son graves o ponen en peligro su futuro y el de su familia, debido a que van por un camino equivocado. Los padres tienen el derecho y la obligación irrenunciable, de hablar muy claro a sus hijos y darles los consejos convenientes. El mismo derecho irrenunciable e indiscutible, tienen los hijos independientes, a hacer su propia vida, sin seguir los consejos u observaciones que sus padres les hagan.

Los padres pueden arruinar las relaciones matrimoniales de sus hijos, por lo que tienen que tener mucho cuidado en lo que atañe con sus hijos que viven independientes, si al inmiscuirse en sus cosas, lo hacen de forma inconsciente, improcedente y de mala forma. No es lo mismo inmiscuirse en cuestiones graves o importantes, donde algunas veces es necesario intentar abrir los ojos de los hijos casados o solteros, por muy mayores que sean, en beneficio de ellos mismos, de sus hijos y del bienestar de su familia.

Hay situaciones límites, donde los padres tienen la obligación de inmiscuirse. En esas ocasiones, no pueden inhibirse de tomar el riesgo que sea necesario, con tal de salvarles de algún grave problema, aunque corran el riesgo de que sea mal entendida su buena voluntad, para solucionar un mal mayor. Pudiera ser heroico tener que tomar el riego de inmiscuirse, ya que los padres con su sincera, valiente y decidida actitud, pueden perder situaciones ventajosas, económicas, familiares o sociales. Los hijos bien educados casi siempre les van a escuchar y en muchos casos, a creer las opiniones de sus padres, aunque sientan que se están inmiscuyendo en su vida privada. Tolerarán que les hablen de determinados temas, sobre todo de los que sean más difíciles de escuchar, y que en ningún caso, permitieran que se las dijeran sus amigos u otras personas, aunque fueran verdades irrefutables. Es un equilibrio entre inmiscuirse e inhibirse, que en el caso de los hijos independientes, la elección tiene que ser la de “mejor pasarse, que quedarse corto”.

5 Principales conceptos de lo que se piensa, se dice o se hace, al inmiscuirse en la vida de los hijos:

¿Es la verdad según mi mejor buena fe, desprovista de todo prejuicio y connotación egoísta y según los principios de la religión y cultura que practico?

¿Es equitativo y equilibrado para todos los interesados? ¿Creo firmemente que nadie saldrá dañado, incluso ni con el lastre del “daño menor”? ¿Sabré éticamente renunciar a la fuerza para imponer condiciones y no contentarme con concesiones timoratas?

¿Creará buena voluntad y mejores amistades? ¿Conseguiré un sano y recíproco enriquecimiento afectivo? ¿Manejaré bien el inmiscuirme con un diálogo prudente, juicioso y sabio o inhibirme razonablemente, para obtener la mejor comprensión, tolerancia, saber escuchar, ganar voluntades y amistades, aunque haya intereses, ideologías y creencias diferentes? ¿Sabré poner en duda mis propios pensamientos, en beneficio de lo que piensen los demás? ¿Reconoceré prudente y humildemente, pero con seguridad, mis dudas sobre mi infalibilidad a la hora de dar opiniones, cuidando los sofismas, es decir las verdades a medias?

¿Será beneficioso para todos los interesados? ¿Será una solución ética, que pase por una justicia equilibrada, comprensiva, tolerante y no represiva ni castigadora?
¿Es el momento, lugar y con las circunstancias adecuadas? ¿Podría esperar a mejor ocasión, cuando haya más madurez mental o las heridas no estén tan abiertas? ¿Debería esperar a tener más y mejor información, para poder inmiscuirme con más justicia y mejores resultados?

Los hijos en general, necesitan y muchas veces desean, que sus padres les eduquen, incluso inmiscuyéndose en los puntos más privados de sus vidas. Si tienen una buena educación, se dan cuenta que ellos solos, nunca podrían resolver algunas de sus grandes dudas o problemas, producidos por su crecimiento físico, intelectual, amoroso y social. Algunos piden a gritos o por señas, que no se inhiban de ellos, que les hagan caso y que les den soluciones a sus incomprendidas situaciones. Saben que necesitan, de forma imperiosa, unos puntos de referencia estables y sólidos, para no sufrir inútilmente al convertirse en inseguros, vacilantes e indecisos. Saben que esto solamente será posible, si sus padres se ocupan de ellos y se inmiscuyen en sus vidas, interiores y exteriores. Nada mejorarán los hijos, si los padres se inhiben de su obligatoria educación.

Los padres son los responsable de aportar hijos útiles a la sociedad. Pero también es necesario que los hijos aprendan a tomar sus propias decisiones, siempre bajo la dirección paterna, paso a paso y en función de su edad física y mental. Quien conduzca a su hijo cuidadosamente, hacia este objetivo, podrá acabar dejando en sus manos, con plena y segura confianza, toda la libertad de decisión respecto a sus propios intereses presentes y futuros.

8 Situaciones donde también es obligatorio a los padres inmiscuirse, debido a que les asiste la razón y tiene la obligación y autoridad para hacerlo. En algunos casos, pudiera ser la participación en determinadas actividades.

Los abuelos en la educación o no educación de los nietos, sobre todo cuando los abuelos hacen de primeros padres. Bajo ningún concepto pueden permitir y en su caso dejar de luchar, para que sus nietos reciban la mejor educación y formación posible, en el aspecto familiar, religioso y social. Los abuelos suelen aportar una segunda referencia de educación, aportando virtudes y valores humanos, normas de convivencia, formas de ver la vida de modo diferente a los padres, etc. Así enriquecen el desarrollo de los hijos o de los nietos. Máxime si en esa casa, impera la desobediencia, el alcohol, el sexo y las drogas.
En las relaciones entre verdaderos amigos, cuando existan problemas o discrepancias, para procurar salvar las diferencias y que se reconcilien los interesados.

Los padres en las decisiones y actitudes que tienen los maestros en las escuelas, si estas van en contra de las virtudes y valores humanos, enseñados en la familia o cuando se percaten, de la mala calidad o cantidad, de las enseñanzas que imparten o tendrían que impartir, para que no perjudiquen la educación de sus hijos.

Inscribiéndose y votando en las elecciones democráticas, estudiando con mucha profundidad las ventajas e inconvenientes, de los programas de cada uno de los candidatos, y si fuera posible presentándose, como candidato o ayudando a los mejor calificados.

En las actividades políticas. Participando en profundidad, con todos los medios posibles, en los debates políticos, cuya finalidad sea la de escuchar las ideas, necesidades, inquietudes y propuestas presentes y futuras de los ciudadanos. Ya no es época de por comodidad, no inmiscuirse.

En la vida de los padres mayores, para que mejoren su calidad de vida y no tengan los problemas de soledad y falta de medios.

Dejándoles saber que inmiscuirse en su vida, es con el único fin de que no se encuentren solos y sepan que los hijos, aunque ya no estén conviviendo con ellos, siguen intentando cuidarles.

En los debates públicos de las relaciones entre la Iglesia y el Estado, para impedir que los hijos sean educados, según el sentir de los gobiernos de turno y no de los principios religiosos y sociales, que los padres quieren, principalmente en los temas del aborto, eutanasia, matrimonios entre homosexuales o lesbianas, etc.

En la salud y alimentación de sus hijos, jóvenes o adultos, sobre todo cuando se vean claros signos de negligencia, o inicio de problemas irreversibles, provenientes de descuidos o forma de atención familiar.

15 Situaciones en las que los hijos se inmiscuyen en la vida de los padres. Los hijos se inmiscuyen en la vida de los padres, ocupando todo su tiempo, aun antes de nacer, desde el momento de la concepción, hasta que abandonan el hogar familiar. Los padres no protestan por que su hijo se haya inmiscuido en sus vidas, al contrario, dan gracias a Dios por el don de la vida que les ha concedido:
Cuando la madre estaba esperando al hijo, se sentía mal, no podía comer, todo lo comido lo devolvía y tenía que guardar reposo. No podía dormir y tampoco dejaba dormir al padre. Los padres tuvieron que añadir a las tareas de sus trabajos y las de su casa, las de la nueva situación.

Los gastos aumentaron increíblemente. Todo lo que tenían los padres, se gastaba en el futuro hijo. En un buen médico que atendiera a la madre, medicamentos, equipo de ropa, utensilios especiales, cuna, coche de niño, etc. para que no te faltara de nada. Incluso tuvieron que adaptar y amueblar una habitación para el solo y cambiar el automóvil por uno más grande, aunque mas viejo.

Desde la primera noche en que nació el hijo, los padres no durmieron seguido. Cada tres horas se despertaban para darle de comer o porque lloraba, sin saber los padres, por qué lloraba.

Cuando el hijo empezó a caminar y cuando creía que ya sabía, los padres siempre tenían que estar detrás de él.

Cuando el hijo fue un poco mayor, consideraba a sus amigos unos conocidos y a los padres unos desconocidos.

Cuando el hijo se burlaba de los padres, porque siempre le estaban llamando la atención, sobre las cosas que no hacia bien o que suponían tomar riesgos innecesarios.

Cuando los hijos salían por las noches y no llegaban a la hora acordada, lo que obligaba a los padres a pasar la noche, pensando en los peligros que estaban afrontando.

Cuando son adolescentes y toman altos riesgos, como el conducir automóviles o motocicletas, bajo los efectos de las drogas, del alcohol o a altas velocidades.

Cuando son adolescentes y consumen alcohol, trafican en drogas o tienen una vida activa sexualmente, sin haber llegado su momento.

Cuando son adolescentes y de sus relaciones sexuales, se producen embarazos irresponsables, con mayores o menores de edad.

Cuando estando en edad escolar no quieren estudiar, repitiendo el curso y los padres tienen que pagarlo o añadirles, costosos profesores particulares.

Cuando aun siendo independientes civilmente, llevan una vida de escándalo social o dan malos tratos a sus propios hijos o a sus cónyuges.

Cuando sus malas acciones producen dolor, pena, vergüenza para los padres y familiares y repercuten en su vida profesional y social.

Cuando solamente buscan a los padres, para pagar sus facturas de roturas, estudios o gastos extraordinarios.

Cuando hacen a los padres responsables subsidiarios de los costos económicos, legales, sociales o de mala fama, incluso cuando ya no tienen la patria potestad sobre los hijos.

Los padres nunca se arrepienten de que los hijos se hayan inmiscuido en sus vidas y se las hayan cambiado para siempre. No importa que haga solamente unos minutos, que hayan tenido que escuchar de los hijos: No te inmiscuyas en mi vida, déjame en paz, no quiero saber nada de lo que me dices. Los padres mientras estén vivos se inmiscuirán en la vida de los hijos, así como los hijos se inmiscuyeron en la de los padres, desde el mismo momento de la concepción. Se inmiscuyen en la vida de los hijos para corregirles, educarles, formarles en las virtudes y valores humanos y enseñarles a que sean capaces de salir adelante en la vida y triunfar como personas de bien.

¿Se inmiscuye WikiLeaks en la vida de la sociedad, al sacar al aire lo que algunos, con tanto interés quieren mantener oculto, para que no se enteren, los que tienen el derecho de estar bien informados? ¿Los padres deben comentar esas noticias con sus hijos, según sus edades? ¿Debería haber más WikiLeaks especializadas en escuelas, hospitales, empresas, organizaciones, etc. para tener bien informados a la sociedad?
fuente: catholic.net

LOS HIJOS

¡Qué ilusión cuando tenemos a los hijos en brazos después de su nacimiento, son momentos inolvidables, que siempre perduran en el recuerdo lleno de emociones, de alegrías, de sensaciones nuevas, de orgullo y de vida! En esos momentos a pesar de lo mal que lo hemos pasado en el parto, solo con ver esa carita angelical se nos olvida, y es como tocar el cielo con las manos.

Una nueva vida que empieza, llena de inocencia y llena de luz, y lo único en que piensas es en guiarle, lo mejor que puedes, cuidarle y protegerle con todo tu amor, por siempre jamás, como en las películas. En esos momentos el hecho de que un día crezcan, y se hagan mayores, te parece tan lejano como ir a la luna, lejano y por el momento inalcanzable. Pero un buen día se hacen adultos y tú parece que les sigues viendo como aquel niño que un día cogiste en tus brazos al nacer, y resulta que todo ha cambiado.

Ya te dicen que saben lo que hacen; ya tienen opiniones propias acerca de su vida y de lo que quieren en ella; no quieren que les mires como niños, e incluso se enfadan, y tu en lugar de ver a tu hijo e intentar aconsejar, tiene que asistir a esa representación de la vida, como si fuera una obra de teatro, donde no tienes arte ni parte, y solo estás de espectador. Y aunque en ocasiones no te lo permitan, con el consiguiente enfado, tú siempre estás intentando guiarles, darle el mejor consejo y la mejor ayuda, pero al parecer ellos prefieren seguir su propio camino, aunque tropiecen.

En realidad es así, puedes aconsejar pero sin intentar convencerles de que tú les dices lo mejor para sus vidas, salvo en algunas excepciones de vital importancia si es aconsejable ayudarles y hacer todo lo que puedas, si en ello les va la vida.

Se van de casa, se independizan con sus novias, y lo que tendría que ser un paso maravilloso, parece convertirse en un pequeño martirio.

Y tu corazón parece que se contrae cada vez que te visitan, intentando descifrar cómo les va, a pesar de que ellos dicen que muy bien, pero tú al igual que Sherlock Holmes, sigues investigando en sus miradas, en sus palabras y en sus gestos.
Hasta que un día te levantas y te das cuenta de lo absurdo de tu comportamiento, y reaccionas al comprender que ya no son niños, que han crecido, y que cuando creces la madurez camina en nuestra vida, a través de las experiencias que son las que determinan que clase de personas somos y en que queremos convertirnos.

Tu corazón parece gritar ¡suéltale! para que vuele, ¡suéltale! para que camine, ¡suéltale! para que sea libre, ¡suéltale! para que encuentre la felicidad que todos buscamos, sin las garras de “mamá o papa” que les protegen, ¡suéltale! para que se haga un hombre fuerte en las tormentas, y sepa que dirección tomar.

Después de aquel grito desesperado de mi alma, cada vez que veo a mis hijos, pienso que están caminando por la vida de las experiencias, que Dios está en su camino alumbrando sus pasos, y que por supuesto cuando necesite el apoyo de sus padres, que ya lo tienen, aquí estaremos para darle el abrazo que necesite, sin pedir explicaciones y sin necesidad de pedir perdón de ningún tipo.

Porque de repente, también se hace la luz en tu memoria, y recuerdas que tú también dejaste el hogar materno, y lo poco o lo mucho que hayas aprendido se debe a las experiencias.

Lo cual te hace mirar a los hijos de igual a igual, y no como rivales rebeldes que parecen estar llevándote la contraria, y puedes llegar a entender que es su vida y te guste o no, hemos de aceptarla y ser compañeros de camino, en lugar de “ordeno y mando”, que lo único que trae es una guerra.

Y esto es amor, un amor que va mas allá de los sentimientos y de los abrazos, es el amor del alma que quiere que sean libres para ser ellos mismos y descubrir el tesoro en su interior y que por supuesto cada uno tiene que descubrir, y eso a su vez le llevará a ver la vida tal cual es, con momentos dulces y momentos amargos, para evitar que se hundan en la miseria más absoluta por intentar protegerlos, creyendo que eso es amor.

Lo que nos ayuda en esos momentos, que parecen difíciles de llevar, es la fee, la fe que ayuda a caminar a las personas, confiadas de que todo es para bien, y de que lo que están buscando es la felicidad de ser ellos mismos, sin conservantes que alteren el producto natural, tal y como Dios los creó y que un día nos regalo al llegar a nuestra vida.

(c)2009 Rosa Díaz Santiago

Fuente:buzoncatolico.es

¡CRECE, SUPÉRATE!

Tenemos que ser personas ASERTIVAS para crecer y superarnos en la vida.

¿Qué es la asertividad?
Es la capacidad personal de:
- ser claro acerca de tus sentimientos, elecciones y actividades.
- pedir lo que quieres.
- asumir la responsabilidad de tus sentimientos y tu conducta.

- SÉ UNA PERSONA CLARA
Di sí cuando quieras decir sí, no cuando quieras decir no y quizás cuando quieras decir quizás. La asertividad significa ser claro, no necesariamente estar seguro.
Muestra abiertamente tus sentimientos, tus elecciones, y tus planes.
Revisa tus fantasías, dudas, miedos e intuiciones con aquéllos a quienes les conciernen.
Di a la gente que no es aceptable que te juzguen, hieran o culpabilicen.

- PIDE LO QUE TÚ DESEES
Mensajes claros a los demás.
Reconoce tus sentimientos.
Cariño, aprecio, y crítica constructiva.

- ASUME LA RESPONSABILIDAD
Acepta el derecho de los demás a ser asertivos contigo.
Pregunta a los otros acerca de sus sentimientos hacia ti.
Reconoce la responsabilidad de tus sentimientos.
Termina tus asuntos emocionales inacabados directamente con la gente implicada o acompañado por tu terapeuta.
Admite tus errores, descuidos y ofensas y rectifica.

No hay que confundir asertividad con agresividad.

LA AGRESIVIDAD ES…
Intentar controlar o manipular a los otros.
Menospreciar a los otros mediante insultos o culpabilizaciones. Esto incluye el sarcasmo, incluso entre amigos, o las bromas.
Hacer por los otros lo que pueden hacer por sí mismos. Esto les victimiza e infantiliza y te da dominio sobre ellos.
Violencia física o emocional.
Competitividad e intento de demostrar que la gente está equivocada.
Actuar con despecho o venganza hacia la gente que maleducada o hiriente contigo.

LA PERSONA ASERTIVA
La asertividad es afirmar tu propia verdad y recibir la verdad de los demás.
Pides lo que quieres y respetas la respuesta.
Comparte lo que sientes y aceptas lo que los demás sienten.
Eres responsable de verdad, por lo tanto, actúas en consecuencia y pides a los demás que hagan lo mismo.

Fuente:buzoncatolico.org

De la queja a la responsabilidad

Cuando nuestros puntos de vista, necesidades o intereses no coinciden con los de las personas con las que nos relacionamos, surge el conflicto. No siempre es fácil que uno pueda conseguir lo que quiere o necesita sin que el otro se sienta perjudicado. Cuanto mayor sea el vínculo afectivo que nos une, más nos duele que no nos tengan en cuenta. Esto sucede en todas las relaciones, pero es especialmente sensible en las relaciones de pareja.

Cuando nos sentimos perjudicados por alguien, lo primero que se nos ocurre es quejamos de su actitud. Estamos tan convencidos de que nuestro malestar ha sido causado por el otro, que le exigimos que actúe de otra forma, porque creemos que así conseguiremos aliviar nuestra insatisfacción. Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones, la queja no produce este efecto, sino el contrario. Lo único que conseguimos quejándonos es añadir un nuevo perjuicio y aumentar el conflicto: ahora es el otro el que se siente criticado, exigido y molesto por nuestra actitud.

Con mucha frecuencia, las parejas entran en este círculo vicioso del que es muy difícil salir, porque ambos están doloridos y ambos creen llevar razón. El problema es que, efectivamente, ambos la tienen. A nadie le gusta que los demás no le tengan en cuenta, le ignoren o le traten sin respeto. Del mismo modo, a nadie le gusta que le digan lo que tiene que hacer y mucho menos que le digan cómo tiene que ser.

Cuando cada uno culpa al otro de su malestar, está dejando de responsabilizarse de su propio dolor. Mirando al otro sólo vemos perjuicio, queja y deseo de que el otro actúe de otra forma. Nos quedamos pegados al otro y nos desconectamos de nosotros mismos. La única solución es cambiar la mirada. ¿Qué estoy sintiendo?, ¿qué estoy haciendo con lo que estoy sintiendo?, ¿para qué actúo así?

Responsabilidad
Cuando asumimos la responsabilidad de lo que nos pasa, la mirada puede dirigirse a nuestro interior. Lo que el otro nos hace nos puede hacer sentir rabia, tristeza, impotencia, frustración, decepción… la lista puede ser muy larga. Todas estas emociones suelen tener en común que nos provocan un sentimiento primario de rechazo. Si no ponemos suficiente conciencia en esta sensación, el rechazo se convertirá en queja y de nuevo nuestra mirada se dirigirá hacia el exterior: hacia quien nos perjudicó.

De este modo, nos quedamos atrapados en la queja. E incluso nos convertimos en especialistas en la queja. Contamos una y otra vez lo que el otro nos hace, tratando de que nos comprendan y que nos den la razón. Nos quejamos porque el otro no cambia y no nos damos cuenta de que en nosotros nada va a cambiar mientras que lo único que hagamos sea quejarnos.

Pero si nos responsabilizamos de lo que sentimos, podremos darnos cuenta de que no estamos rechazando a quien nos daña, sino a nuestro propio dolor. No nos damos cuenta de que, sea lo que sea lo que el otro nos hizo, el dolor que nos ha producido permanece aún en nuestro interior. Por más que nos quejemos del otro, no vamos a conseguir jamás aliviar ese dolor.

Nos duele porque no sabemos pedir lo que necesitamos, porque no sabemos darnos cuenta a tiempo, porque no sabemos hacer frente a la situación, porque no sabemos evitarlo, porque no sabemos defendernos, porque no sabemos responder, porque no sabemos situarnos en nuestro sitio, porque no nos hacemos respetar, porque no sabemos cuidar de nosotros mismos. Esto es lo que nos duele.

Si se trata de un conflicto con la pareja, cuando conseguimos recuperar un atisbo de lucidez en medio de este mar de queja y rencor, nos encontramos con que estamos en guerra contra alguien a quien amamos. Esto nos sitúa frente a una contradicción. Nos duele no ser capaces de seguir amando, de ver cómo con nuestra queja estamos cerrando la puerta del corazón.

En algún momento, tendremos que elegir: podemos continuar sufriendo o podemos asumir la responsabilidad de nuestra propia vida. El rencor y la queja nos mantienen enganchados a quien nos dañó. En cambio, asumir nuestros errores nos permite salir de nuestra inmadurez, aprender a perdonar y a responsabilizarnos del dolor.

Perdonar no es olvidar que el otro nos dañó ni eximirle de su responsabilidad. Perdonar es dejar de esperar que sea el otro el que nos alivie el dolor. Es volver la mirada y contactar con nuestro interior. Es aceptar nuestras imperfecciones y límites, y responsabilizarnos del dolor: asumir que sólo nosotros podemos sanarlo, que nadie puede hacerlo por nosotros. Nadie. Ni siquiera quien lo causó.

Responsabilizarse del dolor no es fácil, pero es imprescindible para poderlo sanar. En muchas ocasiones, necesitamos que alguien nos acompañe mientras transitamos por ese difícil proceso. Es más fácil continuar quejándose, pero aunque parezca lo contrario, permanecer en la queja es lo que perpetúa el dolor.

Fuente: masconciencia.blogspot.com

Enseñar a tomar decisiones y establecer límites de actuación

La responsabilidad es uno de los valores o virtudes humanas más importantes en la educación de la personalidad. Uno de los objetivos principales que debemos plantearnos los padres es que nuestros hijos vayan integrándose en los diversos ámbitos de la vida conociendo sus deberes hacia los demás, hacia Dios y hacia sí mismo, dando paso a una madurez y responsabilidad progresivas. Tenerlo en cuenta desde el principio puede evitar en el futuro situaciones de dependencia, inmadurez social e inseguridad. Además, una familia se organiza y educa si todos respondemos a las necesidades comunes, cada cual de acuerdo con su edad y posibilidades.

Aprender a tomar decisiones

Ser responsable no sólo es cumplir debidamente lo que se manda. Eso sería mera obediencia (que no es poco), pero ser responsable es algo más, es saber elegir y decidir por uno mismo, con eficacia, en aquello que es propio del nivel de madurez o experiencia que se tiene.

Aprender a tomar decisiones le ayudará a resolver sus necesidades y las de los demás. Hay que dar oportunidades, desde muy temprano, para que el niño elija juegos, ropa, qué libro quiere que se le lea, qué desea merendar, etc. Una vez hecha la elección, la debe llevar hasta el final y no se le deben permitir conductas caprichosas. Tiene que experimentar las consecuencias de una elección equivocada. Por ejemplo: aburrimiento, cansancio, malestar, etc. Esta lección le servirá para ser más reflexivo y valorar aspectos positivos y negativos de lo que vaya a elegir.

Ser responsable no sólo es cumplir debidamente lo que se manda. Eso sería mera obediencia, pero ser responsable es algo más, es saber elegir y decidir por uno mismo, con eficacia, en aquello que es propio del nivel de madurez o experiencia que se tiene.

La indecisión es una forma de irresponsabilidad. Es dejar la carga para que otros resuelvan lo que uno no se atreve o no quiere hacer. En los niños pequeños es normal y frecuente que no decidan nada, aunque deberían presentárseles ocasiones para hacerlo. Al principio habrá que enseñarles dándoles dos posibilidades: ¿Qué quieres para merendar: chorizo o mortadela? ¿Qué jersey quieres ponerte, el rojo o el azul? ¿Qué te parece que le compremos a tu hermano: un juguete o un puzzle?

Después se puede pasar a presentarle tres o más alternativas y, cuando elija, debe explicar el porqué de su decisión. Pedir que se razonen las decisiones es el modo de enseñar a no obrar de un modo caprichoso o impulsivo. Un niño decidido será capaz de afrontar riesgos, siempre que no obre de modo impulsivo.

Es bueno que los padres pidan sugerencias a los hijos para resolver alguna situación problemática cotidiana. Es muy importante que vayan participando en otras decisiones familiares mientras observan cómo los padres sopesan las ventajas e inconvenientes.

Suele ser algo frecuente que los niños pregunten: “¿Qué hago?” y una vez que obtienen una respuesta, la rechacen. Es un modo de llamar la atención del adulto o una incapacidad para afrontar decisiones.

Cuando el niño tiene poca confianza en sí mismo deberemos ayudarle proponiéndole elecciones que supongan poco riesgo y ayudándole con pautas que faciliten su elección: ¿Qué prefieres llevar a la plaza: el balón o la bici? ¿Qué ponemos de postre: manzana o yogur?

Pautas para enseñar a decidir

Para ayudar a un hijo a tomar decisiones podrían seguirse estos pasos:

1.Enseñar a aceptar una sola posibilidad gustosamente, con una visión positiva. “Hoy tenemos visita y no podrás ver los dibujos animados de la tele, pero lo pasarás muy bien jugando con tus primos”.
2.Enseñar a elegir entre pocas posibilidades. “Vamos al parque. ¿Qué cogemos, la bici o los patines?”
3.Ampliar el número de posibilidades de elección. A partir de los diez años se les pueden presentar diversas opciones. Por ejemplo, elegir entre las posibilidades que presenta el colegio de actividades extraescolares, etc.
4.Animar a los hijos a que hagan propuestas que, posteriormente, se valorarán entre todos los miembros de la familia de forma constructiva.
5.Enseñar a tolerar cambios imprevistos y que suponen una alteración de su plan tras una decisión tomada.
Dos observaciones:

- Deben valorar los aspectos positivos y negativos de cada alternativa.

- Una vez elegido, deben soportar las consecuencias sin quejarse o echar la culpa a otros.

Establecimiento de límites

A menudo, escuchamos a padres y madres: “quiero que mi hijo/a sea feliz”, pensando que esto se logra evitándoles cualquier dificultad que encuentran, anticipándose a sus deseos, dándoles cuanto piden o cediendo ante cualquier resistencia o contrariedad. Precisamente, estas actuaciones, aunque de momento suponen para el niño una satisfacción, a medio y largo plazo van a ser obstáculos que irán creciendo como una bola de nieve y que van a impedir o dificultar el proceso de adquisición de la responsabilidad.

Librar a nuestros hijos de las dificultades o de los sinsabores, hacerles las cosas que por su edad debieran realizar por sí solos, es una manera segura de hacerles débiles, indecisos y, en definitiva, frenar su proceso natural de crecimiento personal.

Es necesario desterrar, junto con el permisivismo, toda forma de autoritarismo en el modo de mandar. Las normas de nuestro hogar tienen que ser pocas, claras y bien comprendidas. El niño/a tiene que saber lo que debe o no debe hacer, así como las consecuencias de incumplir lo acordado. Asimismo, los padres deben evitar actitudes permisivas y educar gradualmente en la capacidad de esfuerzo y responsabilidad.

Es necesario desterrar, junto con el permisivismo, toda forma de autoritarismo en el modo de mandar. Las normas de nuestro hogar tienen que ser pocas, claras y bien comprendidas.

El niño/a tiene que saber lo que debe o no debe hacer, así como las consecuencias de incumplir lo acordado. Asimismo, los padres deben evitar actitudes permisivas y educar gradualmente en la capacidad de esfuerzo y responsabilidad.

Es imprescindible dictar las normas desde el afecto y no dejándose llevar por el nerviosismo del momento, el capricho o el interés por dominar al niño. Deben formularse a menudo de manera positiva, no siempre a modo de prohibiciones, y deben ser razonadas, para que nuestros hijos comprendan los motivos y para que piensen y decidan por sí mismos sin necesidad de órdenes impositivas.

Es importante que estemos atentos a las buenas conductas para reforzarlas y alabarlas con frecuencia. A veces, les reprendemos y nos olvidamos de reconocer las cosas bien hechas, motivo por el cual se encuentran con escasa ilusión por hacer nuevas tareas y se produce el consiguiente y lamentable descenso de su autoestima.

Hay que dejar claro que es su conducta inadecuada la que nos enfada y disgusta pero que, como persona e hijo/a, le seguimos queriendo igual. Hay que desterrar las descalificaciones globales del tipo: “-¡Ya sabía que lo ibas a hacer mal” o “-¡Eres un inútil!”

Para lograr que nuestros hijos sean responsables y disciplinados, no debemos olvidar que todas las personas aprendemos con la práctica. Las palabras se las lleva el viento; es el ejemplo el que cala en lo más hondo; por esto padres y madres somos modelos insustituibles en el proceso de adquisición de hábitos responsables. Así, es fundamental mostrarnos con autodisciplina, control y dominio de nosotros mismos en los actos de nuestra vida diaria.

Sólo lo que un educador se esfuerza en conquistar en sí mismo, podrá esperarlo de la conducta de sus hijos o de sus alumnos.

www.equipoagora.es

Los padres, proveedores de amor a los hijos.

Escrito por Magdalena Subercaseaux
Miércoles 29 de Septiembre de 2010

Que importante y delicado resulta el prepararse adecuadamente para la vida. Mucha más delicado si nos ponemos a pensar que no sólo tendremos la responsabilidad de realizar bien nuestra tarea profesional, sino que también, en determinados casos, tendremos que asumir la delicada tarea de formar personas, dentro del seno de un hogar.

Esto sin duda requiere de una mayor preparación, ser padre implica madurez, responsabilidad, dedicación, en fin vivir una vida buena, la misma que requiere aprender a autotrascender.

Particularmente, creo que el ser padre, es una tarea muy seria, a veces compleja, si no se actúa con criterio y madurez, de allí que quien asume la tarea de ser padre, tiene que ser consecuente y responsable con su misión, hoy más que nunca, en que todo parece indicar que la labor de padre, no está siendo asumida con toda la fuerza, seriedad y entereza con que debería ser asumida.

Leía hace unos días el testimonio de un padre de familia, el cual, tras la muerte súbita de su hija, una joven de 21 años, decía: “ahora me doy cuenta que fallé, por descuido, en mi labor de padre… y es que no supe darle a mi hija toda la atención que requería, no la oriente acerca de como vivir y afrontar la vida, por consiguiente no le supe brindar el amor que necesitaba…, miren ahora, la he perdido”.

Es triste y verdaderamente lamentable, llegar a una situación de este tipo, pero a veces, por aquí va nuestro error de padres, vivimos tan metidos en nuestros asuntos, que consideramos que los asuntos de nuestros hijos, no requieren de nuestra atención, puesto que los consideramos insignificantes, si es que los llegamos a considerar, hay veces en que ni siquiera nos damos cuenta de lo que está sucediendo en casa con nuestros hijos, y es que de una u otra forma, en el camino perdemos el dialogo, el espacio y el tiempo de atención necesarios para comunicarnos con ellos, para desarrollar afectos, para simplemente conocernos y descubrirnos; los resultados son contundentes:distanciamiento, desconocimiento, esto es terminamos siendo huéspedes de un hogar que lamentablemente ya no es el nuestro, con un poco de suerte, tal vez desayunemos, almorcemos o cenemos juntos, como en cualquier pensión, pero no tendremos el tiempo ni el espacio para hacer vida en familia, simplemente se habrá quebrado la relación familiar.

Insisto, que delicado e importante es ser padre, digo esto, porque si partimos de la palabra misma, veremos que, si bien es cierto el termino padre significa «proveedor», aquí habría que aclarar, que el padre no debe convertirse en un simple proveedor de bienes materiales, también debe aprender a proveer bienes espirituales, es decir valores, normas, principios de vida que ayuden a sus hijos a crecer como personas y a desarrollar adecuadamente aquel proyecto de vida que mañana más tarde les permita insertarse adecuadamente en la sociedad, sabiendo la misión que deben de asumir en la vida.

Por eso digo que ser padre es asumir la responsabilidad de ayudar a nuestros hijos a lograrse como personas, ayudarles a descubrirse como lo que son, seres capaces de comprender lo que hacen.

Para lograrlo, no bastan las palabras, no bastan los regalos o las propinas, es necesario el testimonio de vida, los hijos, tienen que llegar a descubrir en sus padres un modelo de vida digno de ser imitado.
Fuente: The Family Watch, Marco Alberca