“Para qué sirve un colegio”

 

El colegio debe servir para aprender a leer, escribir, hablar, a pensar, a rezar, a amar y a contemplar.

Enrique Monasterio

El colegio debe servir para aprender a leer, escribir, hablar, a pensar, a rezar, a amar y a contemplar.

SABER LEER no es recorrer las líneas de un texto o tartamudearlo en voz alta. Tampoco se trata de dramatizarlo, ni de rumiarlo con gesto ceñudo. Es sòlo sintonizar con el pensamiento del que esacribe. ¿Cuàntos adultos crees que estarìan en condiciones de leer en voz baja un párrafo sencillo, digamos de veinte líneas, y a continuación explicar con precisiòn su contenido?

Deberíamos hacer la prueba, y comprobaremos que la mayor parte de los cursos de técnicas de estudio podrían sustituirse por simples clases de lectura.

SABER ESCRIBIR no equivale a manejar una computadora. En la era de la computadora, muchos universitarios presentan sus trabajos la mar de emperifollados y casi sin erratas; pero redactan como analfabetos. Escribir es encontrar el vocablo justo para el momento justo; es dejar en el papel una huella dolorida, alegre, melancólica, airada o cínica, pero en todo caso auténtica. O, simplemente, saber contar en diez líneas cómo es esta habitación.

SABER PENSAR tampoco es sencillo. El problema reside en que pensamos con conceptos, y los conceptos están unidos a las palabras. Ahora dicen que vivimos en la civilización de la imagen. Se nos pasará pronto, porque con imágenes no se piensa.

La imagen es agresiva, elemental, plana; fomenta la pereza, conmueve, pero no dialoga…….Las imágenes necesitan de las palabras para tener sentido. Sin ellas no son nada. La palabra, en cambio, llega al fondo del espíritu, llama al reflexión y al trabajo, excita la inteligencia y demanda respuestas, emplaza el diálogo. Una palabra vale más que mil imágenes.

Cada día manejamos menos vocablos. Eso significa que el pensamiento se empobrece, que somos más manipulables.

SABER HABLAR casi es lo mismo. Quien no sabe decir lo que piensa, lo más probable es que no piense. Hay libros que enseñan a perorar en público; pero ninguna técnica sirve para decir algo cuando el cerebro está vacío, o para poner en orden un cacumen embrollado.

En todo caso sí que hacen falta clases de expresión oral, o como quiera que se las llame, porque la máquina que Dios nos ha dado para pensar, se alimenta y lubrica con palabras. Un vocabulario bien nutrido y un cierto arte en el manejo del lenguaje pueden bastar para ponerla en marcha.

Pero hablar es sobretodo comunicarse con el prójimo: tener engrasadas las entendederas y las explicaderas; estar en condiciones de trasmitir, boca a boca, ideas, sentimientos, afectos y desafectos, alegrìas y dolores. Por medio de la palabra uno aprende a ser persona; sin ella no somos capaces de amar.

SABER AMAR, sin embargo, es algo más. San Juan lo escribe en su primera carta: hijos míos, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y de verdad. Difícil asignatura. Y es que los niños no aman, se apegan. Los adolescentes, más que amar, se enamoran, que no es lo mismo. Y sólo cuando matan el pavo y se comen están en condiciones de entregarse, de desvivirse, con ternura y dolor, con pasión y generosidad: eso es amor.

En estos últimos años muchos padres y casi todos los colegios parecen haber renunciado a educar la afectividad de los niños. Quizá suponen que lo sano es dejarla a la intemperie, para que se exprese indiscriminada y hemorrágicamente. O quizá han delegado en la tele tan ardua tarea. El caso es que el planeta se está llenando de adolescentes crónicos, súper precoces en lo sexual e inmaduros en el amor.

SABER REZAR es tener el corazón abierto y los oídos limpios para escuchar al Señor. Es también dejar un sí al borde mismo de los labios para que se nos escape sin querer. Rezar es entrar en la órbita de Dios y compartir la intimidad con ÉL. No hay forma más elevada de comunicación y de amor.

Quien no haya rezado nunca casi no es humano. Por eso un colegio que no fomente la oración, no educa: mutila y deforma.

Y, por último, CONTEMPLAR. Es la asignatura más importante. El cielo será contemplación y la tierra también puede serlo. Si enseñáramos a los niños a ver un cuadro o un paisaje; a gozar con una tormenta, un poema, un atardecer o una melodía; a mirar a los ojos de los amigos y de las amigas; a enamorarse de la belleza más que de la exuberancia metabólica del prójimo, ¡Ay si lográramos todo eso….!

¿ Sólo eso?

Bueno, si da tiempo, también matemáticas

Autor: FAMILIAE Psicoterapia- Fecha: 2010-01-29

¿Cómo podemos compartir responsabilidades la família y la escuela?

  

Vuestros hijos, nuestros alumnos, reparten su jornada entre la casa y la escuela. Padres y maestros somos los más directos responsables de su educación y formación. Sin embargo, ¿qué aspectos tienen que ser tratados desde la escuela y cuáles desde la familia? ¿Qué responsabilidades atañen a cada cual? En los últimos años parece haber una tendencia a cargarlo todo sobre la escuela y el colectivo de maestros empieza a quejarse de ello.

Respuesta del experto/a Anna Pujol Vallvé Edad: …

Valoración:

En primer lugar, y antes de repartir responsabilidades, hace falta señalar que entre la familia y la escuela debe existir una relación basada sobre todo en la confianza y la colaboración mutuas. Tanto los maestros como los padres perseguimos los mismos objetivos: la educación y el bienestar integral de los niños. Esto implica hablar, dialogar, ponernos de acuerdo. Tener una actitud de querer trabajar conjuntamente.

Uno de los primeros aspectos en los cuales nos debemos poner de acuerdo es tomar conciencia de que el niño o niña necesita unos límites, unas normas para distinguir lo que está bien de lo que está mal. Y que estas normas se las tenemos que imponer nosotros, padres y maestros. Hemos de ejercer la autoridad que nos atañe, siendo a la vez próximos y afectuosos. Es muy importante que el niño vea una coherencia entre los topes que se ponen en casa y los que se ponen en la escuela.

Es necesario hacer un esfuerzo y buscar la manera de tener tiempo para estar con los hijos. Que sepan que estamos a su lado y que pueden contar con nosotros. Quizás estaría bien disponer de un rato fijo, cada día, simplemente para hablar con el hijo, sin las prisas de la cena, de la ducha… De esta manera sentirá que puede confiar en el padre y la madre y después le será más fácil hablar de lo que le preocupa, o de lo que le hace feliz.

Cuando nuestro hijo o hija entra en la etapa adolescente, todo se hace también más difícil. Empieza a plantearse aspectos sobre su sexualidad, se muestra más rebelde, choca constantemente con las personas que son autoritarias con él, es decir, con nosotros, los padres y los maestros. Todo su mundo se cuestiona y experimenta una gran inseguridad. Ante esta inseguridad, nosotros nos tenemos que mostrar firmes y seguros. En este momento necesitará de forma especial la coherencia anteriormente mencionada entre las personas adultas que son un referente para él. Y si, como padres, tenemos dudas, consultemos con los profesionales de la educación. Estamos para ayudarnos, no para luchar ni perder el tiempo con reproches.

Familia y escuela, padres y maestros, trabajamos juntos para ayudar a nuestros hijos, a nuestros alumnos, a ser personas responsables, con capacidad crítica, autónomos, solidarios, con valores humanos, ¡felices! Ellos son las generaciones futuras.

 www.familiaforum.net

Violencia y falta de autoridad

A diario recibimos noticias sobre agresiones a profesores y entre alumnos. Merecen unas reflexiones en esta sección los actos violentos en centros educativos y fuera de ellos.

No podemos hablar de una generalización de estas conductas pero sí de un incremento. En los centros de Educación Primaria la violencia suele estar controlada, pero no por ello deja de ser traumática para los profesores que la sufren. En los niveles de Educación Secundaria -de once a dieciocho años- adquiere mayor relevancia.

La agresividad es el conducto por el que se produce el escape del sujeto agresor. En ella pone de manifiesto sus frustraciones, su estrés, su incertidumbre en el futuro y su falta de seguridad en sí mismo. El estrés está tomando tanta presencia en nuestra sociedad occidental que ya no se libran de él ni los más jóvenes. Incluso los niños de corta edad empiezan ya a ser sufridores de este mal. Todo un problema.

El colegio, reflejo social

La institución escolar es en general un fiel reflejo de la sociedad. De nada vale echar las culpas a los demás sobre esta situación que padecemos. Todos, padres, profesores y ciudadanos en general tenemos que ser realistas. El problema de la violencia es algo que va anejo a estos tiempos y tenemos la obligación de afrontarlo entre TODOS y a ser posible, que lo debe ser, de buscarle soluciones.

Pero no es el de la violencia el único problema que afecta a la sociedad en estos momentos. Junto a él nos encontramos con otro que también está ejerciendo mucha influencia, especialmente en el campo educativo, el de la falta de autoridad. Todos nos quejamos de la situación.

Si de la violencia decimos que tiene difícil solución, la falta de autoridad está ocasionando un enorme deterioro en la institución familiar y también en la educativa. Bien entendido que cuando me refiero a la autoridad lo hago bajo la consideración positiva del término, circunstancia necesaria para que cada uno pueda hacer su trabajo sin interferencias.

La falta de autoridad da lugar a actuaciones próximas al abuso y éste nunca es un buen compañero. La colaboración en las tareas familiares escasea, los hijos suelen excederse en las salidas nocturnas y especialmente en el regreso, los gastos y el consumismo aumentan de una manera notoria. En los centros educativos también se echa en falta esa autoridad con responsabilidad para que el proceso educativo no sufra girones y la actividad académica se desenvuelva con aprovechamiento.

Los docentes cada vez se quejan más del tiempo que se pierde en conseguir un ambiente propicio para desarrollar la actividad diaria en el aula. El problema es muy serio y aquí sí que es necesaria una verdadera colaboración profesores-familias. Por separado poca cosa se puede conseguir.

Es cierto que hay alumnos que no estudian porque no les interesa lo que se les ofrece. Ése es el inconveniente principal de la obligatoriedad hasta los dieciséis años. Pero ello no es óbice para que esas minorías de estudiantes impidan un normal funcionamiento de los centros educativos e impidan que los alumnos que quieren estudiar puedan aprovechar todas las oportunidades que el sistema educativo les ofrece, que son muchas.

¿El tiempo soluciona?

Y ante esta situación ¿qué hacer? Ésa es la cuestión. Hay quienes consideran que ésta es una situación pasajera y que el tiempo se encargará de ir suavizando poco a poco. Son los que podíamos llamar optimistas. Otros en cambio piensan que no hay otra solución que afrontar el problema con verdad y con ganas de solucionarlo de una vez para siempre. Son los que podríamos llamar radicales. Posiblemente, como en tantas otras ocasiones, en el justo medio esté la solución. Ni pasar olímpicamente de todo, ni violentar la situación yendo contracorriente. Sería solucionar un problema creando otro, posiblemente de mayor calibre.

Pensemos que a veces estamos exigiendo a nuestros niños y jóvenes normas que para los adultos son elementales por conocidas y practicadas, pero que ellos -jóvenes y niños- desconocen totalmente. Por ello en primer lugar deberíamos cerciorarnos de que conocen esas normas que nosotros queremos que apliquen. Una vez comprobado que las conocen debidamente, exigir su cumplimiento, razonadamente pero con continuidad. Todo menos seguir permitiendo que la violencia, la agresividad y la falta de autoridad tenga tanta presencia en el centro escolar y en la propia casa. La tarea no es nada fácil pero desde luego hay que ponerse manos a la obra, y ese ya es otro cantar. Esperar que “otros” vengan a solucionar este problema es no vivir en la realidad actual. Ánimo y suerte.

Antonio Béjar
Maestro. Licenciado en Ciencias de la Educación

Educación y familia (I)

 

 

 

Estamos presenciando en los últimos meses, y sobre todo en estas últimas semanas, un continuo debate sobre la educación y sus problemas. Padres, profesores, instituciones educativas, políticos, jueces y fiscales, nos encontramos ante un problema muy importante porque está afectando a nuestros hijos y jóvenes. Esto que está ocurriendo es algo que no ha salido por generación espontánea sino que es algo que se veía venir desde hace años, casi podemos decir que es crónica de una muerte anunciada, la del sistema educativo en su planteamiento actual.

Hagamos una breve reflexión sobre el momento actual para reconocer que tenemos más posibilidades técnicas, que ha aumentado la esperanza de vida y mejorado su calidad. Tenemos más medios materiales y formativos, mejores y más rápidos medios de comunicación, disfrutamos de una sanidad universal y gratuita en una continua mejora, conocemos mejor nuestro cuerpo y nuestra mente y sabemos más del mundo que habitamos. Avances que en muchas ocasiones nos producen perplejidad y confusión, con grandes interrogantes éticos aún sin resolver.

También nos encontramos realidades que nos están empobreciendo en nuestra condición de personas, con una clara influencia entre nuestros niños y jóvenes. Entre ellas podemos mencionar la pérdida de valores, de creencias, de sentido de la propia vida, quedándonos encerrados en nuestra limitada condición humana. El abuso al que hemos sometido a la naturaleza, con todos los problemas ecológicos planteados a nivel mundial y que somos incapaces de solucionar. Las diferencias sociales y económicas cada día mayores, mientras unos vivimos mejor, una mayoría creciente viven en la pobreza.

Los conflictos bélicos, el tan cuestionado y mal llamado proceso de paz, las luchas entre unos y otros, los pelotazos urbanísticos. Hemos dejado que se instaure un cierto estilo de vida basado en la violencia, tanto en sus versiones domésticas y que las leyes se muestran incapaces de solucionar, como en las escuelas y en las calles. Hay más personas que padecen problemas de soledad, de ahí el auge de la comunicación virtual, que cuando es la única desvirtúa el encuentro interpersonal. Y qué decir de la droga y del alcohol.

¿Qué hacemos?

Ante todo esto, no nacido desde el pesimismo, sino desde la observación de lo que ocurre, debemos preguntarnos qué hacer.

Y lo primero y fundamental es volver la mirada a la familia, como realidad que sustenta a la Sociedad, si queremos solucionar muchos de los problemas planteados. No me voy a detener en los cambios que se han producido en el modelo de familia en los últimos treinta años, no por no considerarlo importante, sino porque no es el momento para ello. Sea como fuere, es cierto que la familia ha de seguir siendo o debería seguir siendo la responsable de formar adultos generosos, comprensivos, respetuosos, tolerantes, trabajadores.

Y ello a través de la educación como proceso que se extiende a toda la vida y consiste en la expansión máxima de la personalidad en la doble perspectiva individual y social. Es aprender a dar respuestas adecuadas y apropiadas a las distintas situaciones que se nos van presentando. El fin de este proceso de educar es ser feliz, es tener las necesidades físicas, emocionales e intelectuales satisfechas.

Punto de partida

El punto de partida de este largo y complicado proceso es el sentirse querido. Un niño que se siente sanamente querido será, con alta probabilidad, un adulto maduro, otro, sin embargo, rodeado de cuidados materiales sin afecto será, también con mucha probabilidad, un adulto desconfiado e inseguro.

En este proceso de educar ha habido grandes cambios. Hemos pasado de un autoritarismo ciego a un dejar hacer, de límites rígidos y no razonados al todo vale, se ha llegado a una exaltación enfermiza y neurotizante de una libertad mal entendida.

Otro cambio ha sido o es, el creer que todo lo nuevo es válido en sí mismo. La sociedad acepta, con excesiva frecuencia y poca reflexión, lo nuevo y joven como bueno en sí y llegamos a una renuncia apriorística de patrones tradicionales y a la búsqueda de la eterna juventud, cayendo en una inmadurez extrema. Lo nuevo nos ha aportado mejoras, como la supresión de tabúes viejos y enfermizos, o el esfuerzo por mejorar nuestra capacidad de diálogo o por comprender los puntos de vista del otro. Ahora bien, nunca hemos tenido padres tan tolerantes y tampoco niños tan necesitados de un apoyo seguro, de directrices claras y de normas razonables para ordenar sus vidas.

José María Fernández Chavero
Psicólogo
chavero@correo.cop.es