Lugares de gracia conyugal
Me gusta esta expresión.
Hay lugares que tienen gracia. Y me refiero a la gracia como disfrute. Y a la gracia como donación humana y divina.
A la relación matrimonial cada persona va con su propia historia individual, y también con sus afanes, sus sueños, expectativas, aspiraciones.
La comunicación acerca de esta segunda dimensión es muy decisiva en la construcción del proyecto de pareja. Genera comunión; nutre la relación. Alimenta proyectos, tareas e intereses comunes. Expresa y estimula el potencial de cada cónyuge. Cada uno es especial y único Y a la larga sirve de espejo para medir las propias realizaciones vitales y para percibir las propias frustraciones.
La verdad es que también la dimensión de la historia individual alimenta la relación. Tiene mucha gracia de unión; anuda a las dos almas, las dos historias. Y esos lugares de gracia van desde el hogar de la infancia hasta los paisajes del barrio, del parque, de la parroquia. Incluye las comidas, los sabores, los olores, los entretenimientos.
La detenida y emocionada comunicación sobre estas experiencias que se han vivido y sufrido construye encuentro personal y relación profunda. Los lugares donde se ha vivido, los colores del paisaje que se ha contemplado forman parte de la cultura doméstica y telúrica, del paisaje del alma de cada persona. Por eso tienen tanta densidad de encuentro y relación. Poder mostrar al amigo, al novio/a, los detalles de la propia biografía, las emociones vinculadas a lugares, los aprendizajes hechos en situaciones peculiares, es una tarea imprescindible en la construcción de una relación conyugal. Ese deseo brota espontáneamente en cada uno. Esos lugares compartidos crean relación. Simbolizan la unión. Se recuerdan una y otra vez.
Además, dichos lugares dejan su huella en el alma individual: el lugar donde nos encontramos y nos fijamos el uno en el otro, el lugar del primer beso, de la declaración de amor, el lugar de la luna de miel. Su significado sigue vigente durante toda la vida; producen apego, y, cuando se está lejos, suscitan la melancolía, más o menos intensa, de volver a ellos para recuperar su encanto y su energía. La geografía de la gracia ha penetrado muy profundamente en el alma de cada persona. Habrá que recurrir a ese influjo para explicar ciertas reacciones inesperadas e inéditas de la persona para ella misma. Muchas frustraciones se explican desde ahí. Muchas reacciones “inexplicables” tienen su origen ahí.
Cuando te casas, te casas con una persona y con su historia, con sus heridas de amor y con sus esperanzas.
Por eso el matrimonio de amor entre un hombre y una mujer sigue siendo un lugar de la gracia. Y una buena noticia para todos.
fuente: bpf.laiconet.es
El síndrome del último tren. Crisis de los cuarenta.
La pareja moderna es frágil, pues su sustrato es el deseo de pasarlo bien y disfrutar y si no, adiós. Se está predispuesto a la ruptura.
María Ester Roblero
Entrevista al Doctor Enrique Rojas.
Este psiquiatra español de 55 años de edad no sólo ha tenido el mérito de transformar la psiquiatría en best-sellers, sino que es capaz de crear imágenes sociológicas inconfundibles a partir de un par de palabras. Es lo que consigue una vez más en Los lenguajes del deseo al describir la conducta de personas de mediana edad que abandonan a la mujer o al marido movidos por deseos en apariencia incontrolables.
¿En qué consiste el síndrome del último tren?
– Quienes lo sufren son en el 90% de los casos hombres de 40 a 65 años. Él le dice a su mujer: “Te quiero mucho, pero no estoy enamorado de ti; no quiero hacerte daño, pero quiero ser sincero contigo; me he dado cuenta que necesito aire fresco en mi vida afectiva…”.
¿Y por qué aparece este síndrome?
– En muchos casos porque la persona se ve presa de lo que yo he llamado “amores eólicos”. Eolo es el dios de los vientos. Los amores eólicos brotan de vientos afectivos incontrolados, que nacen sin gobierno. Hay en ellos exploración, atrevimiento, capricho, deseo de bucear en las aguas de una persona que anda por ahí cerca sin más limitación que las que imponga el guión sobre la marcha. Quien se deja llevar por estos vientos ha servido su propio drama.
“Nuestra sociedad está llena de cínicos”
En su libro usted afirma que el pronóstico del síndrome del último tren no es bueno, ¿por qué?
– Porque detrás hay mucho: incultura sentimental, fondo cínico, subjetivismo que hace imposible el diálogo, una sociedad sin vínculos afectivos donde toda relación tiene fecha de caducidad y el compromiso es vivido como prisión. Además del contagio psicológico de piruetas parecidas en personas que suenan en la TV y en las revistas del corazón.
¿A qué se refiere al hablar de incultura sentimental?
– Difícilmente una persona podrá alcanzar la madurez si no ha aprendido la cultura de los sentimientos, pero vivimos una época de intensa incultura sentimental y eso se nota: infelicidad, falta de expectativas, consumo de sucedáneos sentimentales, amores ficticios y programados, rupturas traumáticas… Una persona educada en este sentido es más sólida y puede expresar su interioridad de un modo más firme y sincero. Lo contrario la vuelve cínica.
Sorprende la dureza con que usted se refiere al cinismo.
- En mi libro afirmo que cuando uno ha padecido a un cínico las palabras se quedan cortas. Cínico es quien intenta dar apariencia de bien a lo que está claramente mal: dejar a su mujer por otra más joven, por ejemplo. Es un sujeto que carece de escrúpulos, hábil, con desfachatez. No es fácil descubrirlo, porque con frecuencia intenta dar lecciones de ética, proyectando una apariencia de persona templada y equitativa.
Usted asocia estos síndromes en mayor medida a los hombres.
- Sí, porque el hombre en Occidente es menos maduro en la afectividad que la mujer y de ahí que sus relaciones sentimentales puedan romperse más fácilmente: al hombre le pierde la vanidad, cae por el halago y la valoración de otra persona. La mujer, en cambio, necesita ser querida, considerada y tratada con verdadero afecto. El hombre finge amor buscando sexo; la mujer finge sexo buscando amor.
“El deseo más reprimido hoy es el espiritual”
Resulta contradictorio que una generación que proclama haberse liberado de los tabúes sufra tanto desafecto.
– Ocurre que la proliferación de una forma de deseo sexual carente de amor se ha traducido en una desorientación afectiva intensa para muchas personas. La pareja moderna es frágil, pues su sustrato es el deseo de pasarlo bien y disfrutar y si no, adiós. Se está predispuesto a la ruptura. Todo esto repercute en el ánimo del ser humano que se siente infeliz a pesar de tener todos sus deseos cubiertos.
Es decir, es un eterno insatisfecho.
– Sí, hoy asistimos a una socialización de la inmadurez. La nuestra es una sociedad movida, regida y vertebrada sobre la filosofía del “me apetece”. Todo descansa sobre un concepto emergente: la autenticidad. La palabra compromiso, deberes y obligaciones, suenan rancias. Pero una persona auténtica es coherente, insobornable. El error está en que se confunde al auténtico con alguien abierto a probar todo lo inédito. Eso no es auténtico, es inestable.
Todo esto suena desolador, ¿hay salida?
– El libro Los lenguajes del deseo no es un libro pesimista porque toda la tesis arranca de un hecho positivo: el deseo puede educarse y la felicidad consiste en la administración inteligente del deseo.
En concreto, ¿cómo se educa el deseo?
– Educar es convertir a alguien en persona. Etimológicamente significa “acompañar” y “extraer”, pero es algo más: entusiasmar con valores, seducir con lo excelente. Es comunicar conocimientos y también promover actitudes. Es la adición de informar y formar. En este sentido es difícil educar los deseos de otro sin cautivar con la ejemplaridad.
¿Qué ejemplos destacaría usted?
– Admiro a quien sabe transmitir la alegría de tener un amor auténtico y a quien manifiesta su voluntad de defender ese amor a capa y espada, contra la presión social que asegura que romperlo es normal y que no pasa nada tan dramático cuando ocurre.
Precisamente porque en esta época el mensaje es “sigue tus deseos”, ¿lo han acusado de instar a la represión?
– No, porque yo aclaro que existe una gran diferencia entre los impulsos y los deseos. La impulsividad es más propia de la infancia y la adolescencia, pero una persona madura puede postergar los deseos en vista a un bien mayor. En todo caso, existen muchos tipos de deseos además del sexual: estéticos, sociales, culturales, espirituales…Y sin duda el hombre moderno ha reprimido los deseos espirituales más que ningún otro. Por miedo a parecer anticuado, reprime su deseo de Dios. Lo que yo afirmo es que educar sentimentalmente es enseñar a conseguir una mayor armonía entre la inteligencia, la afectividad y la motivación. Es dar visión de futuro y sentido de la vida.
Autor: FAMILIAE Psicoterapia- Fecha: 2011-04-25
REALIDAD SOBRE LAS DISCUSIONES Y LA PAREJA
Las discusiones en pareja son necesarias ante los desacuerdos, lógicos entre dos personas, con el fin de negociar soluciones ante los problemas o expresar opiniones aún con distintos puntos de vista. La pega es que hay parejas que no saben discutir, no se escuchan, no se centran en las soluciones, sino en buscar culpables y defender sus respectivas posturas, a veces de forma agresiva (enfadados, gritando, irónicamente…) así cualquier tema en el que haya desacuerdo, por nimio que sea, es susceptible de provocar discusiones destructivas donde lo importante es ganar al otro. En general, la familia política y la educación de los hijos son temas de discusión recurrentes en las parejas que acuden a terapia para mejorar su relación.
No es raro que en esa discusión suela ceder el más inhibido, el que huye de los conflictos o convive con una persona con un estilo de comunicación más agresivo. No es cuestión tanto de sexo como de personalidad.
El que cede acaba con la discusión, aunque no llegue a un acuerdo satisfactorio, a corto plazo cesa la situación que vive de forma aversiva, pero a medio o largo plazo la insatisfacción ante su cesión pasan factura; la discusión puede volver a darse y la frustración y el malestar en la relación se afianzan ante su incapacidad para discutir de forma constructiva.
Hay un motivo primordial por el que la discusión puede continuar eternamente y ese es la falta de capacidad para dar el primer paso y pedir perdón o perdonar, pero de corazón. Nos cuesta pedir perdón cuando creo que la culpa no ha sido mía, si culpo al otro del agravio y no me responsabilizo de mi parte de culpa. El enfado tras la discusión y el orgullo no facilitan ese paso. A veces no somos conscientes del dolor causado o creemos que la otra parte exagera. A veces no nos han enseñado a hacerlo o denota una clara falta de compasión, arrepentimiento o empatía.
Nos cuesta perdonar cuando ha sucedido lo mismo muchas otras veces o lo que nos han dicho o hecho no estoy dispuesto a perdonarlo. Quizás no hay que perdonarlo todo. A veces perdonamos en el momento, otras es cuestión de tiempo, hay que dar tiempo para el perdón y facilitarlo con arrepentimiento e intención de enmienda.
A veces surte efecto llevar a cabo unas pautas sencillas y prácticas conducentes a la reconciliación, como por ejemplo dar un tiempo a que el enfado se pase, no ser orgulloso y no dejar que un malentendido o desacuerdo ponga en duda una relación con otras muchas cosas buenas. Enfadarte con quien quieres es normal, nos enfadamos con nuestros padres y hermanos, cómo no hacerlo con nuestra pareja. Lo importante es reconciliarse y analizar en frío qué ha pasado, en qué hemos fallado y tratar de corregirlo para que no vuelva a pasar. Ser humilde y aceptar nuestros errores, respetar el enfado del otro y darle tiempo a que esté preparado para perdonarnos y hablar de lo ocurrido.
Y si aprendemos de ello, mejorando nuestra forma de comunicarnos, expresando desacuerdos y enfados, la pareja sale reforzada y preparada para solventar mejor el próximo malentendido o desacuerdo. Si no aprendemos ni cambiamos nada, podemos dejar de sacar temas importantes por no discutir, pero que no se resuelven, sino que se acumulan hasta que salen de mala manera y/o en un mal momento, haciendo imposible negociar ni resolver nada.
También ocurre a veces, que tras muchas discusiones, sufrimiento y peleas, la pareja deja de sentirse atraída, respetada y querida, haciéndose cada vez mayor la insatisfacción y el deterioro de la pareja. Esta incapacidad de resolver conflictos o respetar y aceptar distintos puntos de vista o necesidades son caldo de cultivo para la infidelidad y la separación. Si no hay perdón la crisis no se supera.
De una entrevista a T. Vaquero Romero
Psicóloga, especialista en pareja
Cuando el hijo nace del amor
(Por Fernando Pascual, Colaborador Mujer Nueva, 2010-10-28)
Un hijo puede nacer o porque se quieren sus padres, o sólo porque lo quieren sus padres, o sin quererlo sus padres. Esta serie de posibilidades (existen más) pueden ayudarnos a comprender un poco cuál sea la mejor manera de que nazcan los hijos, y por qué la fecundación artificial no es éticamente correcta.
Pensemos en la primera posibilidad: un hijo nace porque se quieren sus padres. Cuando un hombre y una mujer se enamoran de verdad, a fondo, de modo exclusivo, son capaces de dar el paso de un compromiso total: pueden casarse.
En el matrimonio, la unión sexual vivida como expresión del amor mutuo, sin adulteraciones, sin trampas, se orienta a la posibilidad de que inicie una nueva vida, de que llegue un hijo. El “quererse” de los padres se orienta espontáneamente, también en los sueños de la pareja, a la llegada de cada hijo.
Ese hijo que nace “porque se quieren sus padres” es visto como un don, como un “alguien” que se acoge como distinto de sus progenitores y como dependiente de su amor. No habría hijo sin amor. El hijo muestra cómo el amor transciende a los esposos, los introduce en el misterio de una nueva vida.
Para los cristianos, ese hijo es expresión de la confianza de Dios que ha enriquecido el amor humano con el gran regalo de la fecundidad; de este modo, los padres participan y colaboran con Dios en el misterio del originarse de cada existencia humana. Sabemos que el alma viene de Dios, pero Dios no puede realizar ese gesto creador sin que los padres se abran al misterio de la fecundidad en cada uno de sus gestos de amor conyugal.
Sin embargo, no siempre el hijo llega. A veces se trata de problemas fácilmente solucionables con varias visitas médicas. Otras veces, se trata de problemas más o menos graves, incluso de una esterilidad incurable.
En el caso de que él o ella sean estériles, si el amor es fuerte, la pareja puede seguir viviendo su vida matrimonial en plenitud. Faltará, ciertamente, la alegría de un hijo, pero el amor sabe cómo dar un sentido a esa situación, sabe crecer en todas las circunstancias de la vida.
Pensemos la segunda posibilidad: un hijo puede nacer sólo porque lo quieren sus padres. En esta situación, el centro de la vida sexual de los esposos es el hijo deseado. A veces esto lleva a una obsesión tal que la pareja ve debilitarse su felicidad matrimonial si no llega.
Surge entonces la fuerte tentación de recurrir a cualquier técnica o método artificial con tal de conseguir el deseo. Igualmente, se corre el riesgo de reducir la donación de amor propia del acto sexual a un uso del mismo con un fin casi exclusivamente reproductivo, lo cual puede herir gravemente el sentido auténtico y pleno de la sexualidad humana hasta reducirla casi a un acto dotado de un valor meramente fisiológico.
Si se lleva al extremo esta mentalidad, puede caerse en un doble peligro. Por un lado, el valor del hijo corre el riesgo de fundarse sólo en ser querido por los padres. No es visto como un don, como alguien que nace desde el amor. Es visto, más bien, como el resultado del deseo, del esfuerzo de los padres por conseguirlo.
En esta mentalidad se comprende que la fecundación artificial tenga tanto éxito, pues ofrece, “fabrica”, hijos para aquellos padres que no pueden tenerlos de modo normal: llena el vacío y la frustración de su situación estéril.
El otro peligro consiste en ver naufragar la unión matrimonial precisamente porque no se ha logrado la meta que obsesiona a los esposos (o a uno de ellos). No han faltado pueblos y culturas que permitían el divorcio precisamente para los casos en los que la esposa era considerada estéril. Sin embargo, no puede ser amor verdadero aquel que subordina toda la vida de la pareja al hecho de tener o no tener un hijo.
El amor es aceptación sin condiciones del otro, tal como es, con sus cualidades y sus defectos. Los hijos pueden llegar o pueden no llegar, pero cuando hay amor (cuando los esposos se quieren) la situación de esterilidad no puede llevar al fracaso de la vida matrimonial.
La tercera posibilidad radica en una mentalidad según la cual el inicio de la vida de un hijo queda excluido en el proyecto y en los sueños de los esposos. Las relaciones sexuales son vividas sólo como expresión del mutuo afecto (a veces, por desgracia, como expresión de una especie de egoísmo de pareja), sin que se desee la llegada del hijo.
Este modo de vivir ha llevado al gran desarrollo de la mentalidad anticonceptiva. Además, se da un riesgo mayor: si el método para evitar hijos no funcionó y el hijo inicia su existencia en el útero de la madre, algunos ceden a la tentación de deshacerse de él: deciden cometer un aborto, eliminar su vida.
En este cuadro podemos comprender el error de la fecundación artificial. En la misma se busca lograr una concepción humana fuera de la relación sexual que expresa el amor de los esposos; para ser más precisos, sustituye tal relación, “produce” al hijo sin la misma.
Si, además, se recurre a la fecundación extracorpórea (en la fecundación in vitro), el hijo (normalmente varios a la vez) será producido fuera del lugar natural y más adecuado para garantizar una existencia digna: fuera del útero de la madre.
Técnicas como la inseminación artificial, la FIVET (fecundación in vitro con transferencia de embriones), el ICSI (inyección intracitoplasmática de un espermatozoide), etcétera, obedecen a la lógica del “querer un hijo” que puede llevar al extremo de no verlo como don, sino como producto y, en definitiva, como una posesión, resultado del deseo de los padres y no don misterioso que nace del mutuo amor.
Si el “producto” no sale bien, si es defectuoso, la tentación de suprimirlo, de negarle todo respeto, es muy fuerte. No es difícil encontrar laboratorios que “fabrican” rutinariamente varios embriones por ciclo y seleccionan luego a los “mejores” para implantarlos en la madre; podemos intuir cuál será el destino que espera a los “peores”…
Es posible evitar el recurso a las técnicas de fecundación artificial si recuperamos la idea de que el hijo es un don, no un derecho ni un resultado merecido. Si lo vemos siempre en el horizonte que nace cuando el centro de la vida de los esposos es el amor mutuo abierto a la vida.
Cuando el hijo es visto así, como un don, cuando nace porque los padres se quieren (y, en su amor, se abren a la posibilidad del hijo), entonces ese hijo es respetado en su riqueza y en su autonomía, en su condición de alguien que vale incluso más allá del hecho del ser querido o del no ser querido.
Cada hijo pide, humildemente, en silencio, ser acogido dentro del amor que une a sus padres, y ser respetado por lo que es, con sus cualidades y con sus defectos, quizá incluso con alguna grave deformación, pero con su orientación profunda a vivir, con sus posibilidades de amar y ser amado.
A esta luz hay que valorar el gesto de la adopción de niños abandonados. Unos padres que se aman y que aceptan su situación de fecundidad o de esterilidad (los buenos esposos, con o sin hijos, pueden adoptar niños abandonados) deciden un día acoger a un niño huérfano o solitario. La adopción se convierte en gesto de amor cuando el niño es adoptado no según la perspectiva del simple deseo, sino desde la perspectiva de la acogida.
Cada niño abandonado suplica, pide, espera, ser amado, como lo pide el niño concebido en el seno de su madre. Pide cariño por ser lo que es: un ser humano necesitado de amor, como todos.
Es un ser que querría que unos padres velasen por su vida y reconociesen su valor, aunque no sea muy guapo, aunque tenga algún problema físico, aunque haya sido abandonado por quienes pudieron darle cariño y no quisieron, aunque la vida haya permitido la muerte de sus padres en un accidente o por enfermedades contagiosas que pudieron evitarse con un poco más de justicia en este mundo lleno de egoísmos.
Hemos de recuperar la categoría del amor para pensar las relaciones entre padres e hijos. De este modo, evitaremos ese enorme cúmulo de problemas y de injusticias que se originan desde las técnicas de fecundación artificial, técnicas que no respetan la dignidad de cada hijo que inicia a existir. Un hijo que merece ser originado de la mejor manera posible: desde el amor de unos padres que se quieren.
Fuente: mujernueva.org
El deseo sexual sin amor
Enrique Rojas .Catedrático de psiquiatría.
La sexualidad humana ofrece una enorme complejidad. Sin embargo, su impulso fundamental es de tipo instintivo. Es la personalidad, formada por la inteligencia, la educación afectiva y la voluntad la que diferencia la sexualidad humana de la animal. La sexualidad es un elemento básico de nuestras vidas, y forma parte, de manera intrincada e inseparable, del mas grande de los sentimientos: el amor.
La sexualidad nos acompaña desde el nacimiento y puede determinar una parte de la vida adulta.
Aunque el estallido de la sexualidad se produce a partir de la pubertad, en realidad nos acompaña desde nuestro mismo nacimiento. Como Freud y otros estudiosos descubrieron, el niño presenta ya una faceta sexual desarrollada, que influye en la evolución de su personalidad y que puede determinar, al menos en parte, su vida adulta.
La sexualidad ni se debe reprimir ni se debe descontrolar, es necesaria su educación.
Por todo ello es conveniente asumir la sexualidad como algo perfectamente natural, pero también como un factor vital que, relacionado con el deseo, debe ser educado. Como se supo desde los mismoscomienzos de la psiquiatría moderna, la represión de la sexualidad puede producir trastornos; igualmente la entrega auna sexualidad descontrolada da lugar a una vida insatisfactoria e infeliz dominada por los impulsos hedonistas.
Las teorías sobre la sexualidad humana son numerosísimas, y tal vez no haya otro tema sobre el que se haya escrito tanto a lo largo de la historia.En realidad no fue hasta finales del siglo XIX que la sexología se convirtió en una ciencia gracias al libro “Estudios sobre psicología sexual“, del mencionado Ellis.
En esta obra se analizaba por primera vez la sexualidad desde un punto de vista general, desvinculado del erotismo. Ellis estudió la relación de pareja, la respuesta sexual de hombres y mujeres, o problemas como la frigidez y la impotencia.
El marco ideológico de la sexualidad en la actualidad está marcado por el agnosticismo, positivismo y utilitarismo.
Desde entonces ha habido multitud de autores que se han dedicado a este tema que, sin duda, atrae, sorprende y fascina al ser humano: Kinsey, Master, Jonson, Pellegrini, Giese, Lorando…
El planteamiento ha sido distinto en cada caso. El marco ideológico en el que hoy se sitúa la sexualidad en muchos ambientes tiene tres notas negativas que debemos combatir: el agnosticismo (ignora su vertiente espiritual), el utilitarismo (enaltece lo útil y placentero como esencial) y el positivismo (el sexo por si mismo, sin más). Unos han preferido concentrarse en detalles técnicos; otros han buscado una mejor expresión de las necesidades sexuales; algunos han querido desmitificar el sexo, restándole importancia como cosa natural que es; y otros han preferido indagar en los medios para incrementar el placer.
Casi todos los autores coinciden en evitar dejarse dominar por ese impulso instintivo que convierte la relación en un mero choque genital…
Todos ellos, sin embargo, han coincidido en un punto: la sexualidad humana es variada, exclusiva de nuestra especie, pero guarda un poso animal en su impulso de base. Independientemente del punto de vista , casi todos los autores señalan, por una razón o por otra, que hay que evitar dejarse dominar por ese impulso instintivo que priva a la sexualidad de sus mejores facetas y convierte la relación de pareja en un mero choque genital para satisfacer un apetito apremiante.
Por desgracia, estas sugerencias no parecen haber prendido en la sociedad moderna, agobiada por la inmediatez, el hedonismo, el consumismo y la permisividad.
Alcanzado el placer físico, la persona se siente vacía —como siempre que se realiza un deseo de manera impulsiva e impersonal— y esto produce sentimientos de culpa, obsesión y neurosis.
Alcanzado el placer físico, la persona se siente vacía, y esto produce sentimientos de culpa, obsesión y neurosis.
Convertir el sexo en una «religión», lo que parece ser una de las normas de la modernidad, es un error. La sexualidad es solo una parte del ser humano, importante, pero no la mas importante, ni tampoco la única.
La sexualidad humana es, pues, algo mas que conseguir un orgasmo rápido.
Para que la sexualidad sea satisfactoria y surja el amor es necesario saber controlar el deseo.
Es parte de una relación profunda entre dos personas, el inicio de un proyecto común que, partiendo de lo corporal, termina en una fusión psicológica , cultural y espiritual. La función básica de la sexualidad en la naturaleza es asegurar la continuidad de la especie por medio de la reproducción, pero en el género humano es algo mas.
La sexualidad es parte del amor, y el amor conduce al perfeccionamiento de la persona y a la verdadera felicidad. Para que la sexualidad sea satisfactoria y surja el amor es necesario saber controlar el deseo.
La sexualidad es una parte del amor, pero no es lo mismo que éste. Por el contrario, el sexo con amor forma parte del camino hacia el desarrollo humano en el ámbito de la pareja.
Las personas que se dejan gobernar por sus deseos inmediatos terminan siendo prisioneras y juguetes del momento y se convierten en egoístas incapaces de mantener una verdadera relación comprometida.
El conocimiento del universo afectivo es importante en la vida sexual de la pareja. Forma parte de la educación del deseo, y permite disfrutar de una sexualidad mas completa, por cuanto hace que entren en el juego elementos como el autocontrol, la voluntad y el dominio sobre los impulsos. Las personas que se dejan gobernar por sus deseos inmediatos terminan siendo prisioneras y juguetes del momento y se convierten en egoístas incapaces de mantener una verdadera relación comprometida.
Hay que tener en cuenta que la sexualidad no es un fin en si misma, sino parte de un entramado. La relación sexual con amor auténtico es una sinfonía donde se hospedan lo físico, lo psicológico, lo espiritual y la propia biografía.
El amor ha sido una de las fuerzas que ha movido a la humanidad a lo largo de la historia. En nuestra tradición cultural occidental fueron, por supuesto, los filósofos griegos los primeros en estudiar detalladamente la naturaleza del amor. Entre sus conclusiones destaca la tesis de que el amor surge primero de un deseo físico, pero que luego se perfecciona en una relación mas profunda caracterizada por el afecto.
El cristianismo elevó el amor a la categoría de valor universal. Distintas corrientes en la historia hasta nuestros tiempos han corrompido este concepto.
El cristianismo elevó el amor a la categoría de valor universal. El amor, tanto a Dios como al prójimo, es la máxima expresión del carácter humano y lo que verdaderamente nos convierte en seres superiores. El amor sería una suma de valores, como bondad, compromiso y generosidad.
La idealización del amor cortés en la Edad Media corrompería en parte este concepto superior, al iniciarse un «vaciado» de la relación de pareja que alcanza su «cumbre» en los últimos compases del siglo XX.
El Renacimiento proseguiría en esta línea y se iría alejando del concepto de amor pleno de la tradición cristiana original. La Celestina, y mas tarde Romeo y Julieta, son los precedentes de un nuevo concepto de amor que se va desarrollando poco a poco hasta llegar a la definición del amor del primer gran filósofo moderno, Descartes. Para el pensador francés el amor era una de las pasiones fundamentales del ser humano —junto al deseo o el odio, entre otras—. Pascal estableció su famosa máxima: «El corazón tiene razones que la razón desconoce». El enciclopedista Diderot llegó aún mas lejos con una frase que, en nuestra opinión, es absolutamente errónea, pero que da buena fe de la forma de pensar de la ilustración: «Se dice que el deseo es fruto de la voluntad, pero lo cierto es lo contrario: la voluntad es fruto del deseo». En suma, se había llegado a la culminación de un proceso intelectual que separaba el amor del intelecto, como si fueran aspectos independientes.
Esta lógica, equivocada en nuestra opinión, condujo paso a paso al desarraigo del fín del milenio. El amor, elaborado como pasión exaltada por los autores románticos, de vino sentimiento vacío, expresión del hedonismo apresurado, y quedó privado de su verdadero valor como herramienta para alcanzar la plenitud del espíritu.
En la actualidad vemos los resultados de todo ello: una multitud de personas desorientadas, dominadas por el consumismo y privadas de felicidad.
En la actualidad vemos los resultados de todo ello: una multitud de personas desorientadas, dominadas por el consumismo y privadas de felicidad. Todo el mundo nota que algo va mal, pero no sabe decir exactamente qué. Es hora de efectuar un giro, de realizar un esfuerzo de superación tanto personal como social.
La personalidad es una provincia de la afectividad. Grandes errores psicológicos arrancan de aquí, de separar el sexo y el amor
La personalidad es una provincia de la afectividad. Grandes errores psicológicos arrancan de aquí, de separar el sexo y el amor.
Autor: FAMILIAE Psicoterapia- Fecha: 2011-03-24
Adiccion al sexo
La dependencia del sexo no es nueva, aunque es ahora cuando ha empezado a verse en las consultas
La adicción al sexo es una de las dependencias menos confesadas y visibles de todas las que existen. No obstante, ha aumentado el número de pacientes que pide ayuda debido a las consecuencias de su trastorno: ruina económica, divorcios, problemas laborales, sufrimiento, ansiedad y depresión.
Aunque D.V son iniciales falsas corresponden a un caso real, y su historia comienza donde empiezan casi todas las que relatan los hombres y las mujeres que como él viven enganchados al sexo: en la adolescencia. De entonces a hoy, hasta sus 35 años, ha vivido ocultándose a sí mismo, y a los demás, su incapacidad para reprimir sus deseos sexuales. «Todo sobrevino por una ruptura afectiva y empecé a mantener relaciones con muchas mujeres como medio para evadirme del dolor. Había días que podía tener varios encuentros o mantener durante una semana 12 relaciones distintas. La necesidad de seducir y conquistar se convirtió en una obsesión», confiesa a SALUD en una entrevista telefónica este sexoadicto que actualmente está tratándose en el Instituto Espill de Psicología, Sexología y Medicina de Valencia. D.V. no calmaba su mono con la masturbación frecuente o con las revistas o con los vídeos pornográficos vistos a escondidas, como muchos otros adictos al sexo, pero sí como otros tantos saltaba de cama en cama con el fin de obtener unos pocos segundos de placer físico, y alivio mental, que acaban siempre por convertirse en horas y días de dolor, vergüenza y arrepentimiento. D.V sufre, como cerca del 6% de la población, un comportamiento sexual compulsivo. Al menos, éstas son las estadísticas que barajan los especialistas involucrados en su estudio y tratamiento. Pero pueden ser más. Según un estudio publicado en el American Journal of Psychiatry, «las cifras están infravaloradas porque esta conducta se vive en secreto debido a que causa pudor, es vergonzante y clandestina». Y todos, ellos y ellas, como todos los que tienen alguna dependencia, han caído en su adicción sin darse apenas cuenta y sufren y se autodestruyen un poco más cada vez que se ven incapaces de decir no. «Muchas de mis relaciones estables se rompían porque se enteraban de mi doble vida y yo sufría por mi pareja y por mí. Mi obsesión afectó a mi vida laboral y a la personal. Además, faltaba a mis valores con mis mentiras y engaños. Por todo ello decidí ir a la consulta». Aunque D.V. reconoce que sus múltiples relaciones sexuales también le producían satisfacción: «La vanidad se eleva con cada conquista y, además, tienes muchas experiencias», afirma que esta vez está dispuesto a reconducir su vida sexual. «He sufrido recaídas, pero creo que estos seis meses de terapia van a ser los definitivos».
«Se trata de un trastorno que ha empezado a ser rápidamente reconocido como uno de los mayores problemas sociales, cuyas características y consecuencias son similares a las de otras adicciones tan bien conocidas como la de las drogas, el alcoholismo o la ludopatía», explican los expertos integrados en el Counseling Afiliates Sexual Addiction Treatment Program en Houston (Texas), una organización estadounidense especialista en la terapia de este tipo de comportamiento compulsivo.
Descrito por primera vez en 1986 como psicopatía sexual por el psiquiatra alemán Kraff-Ebbing, no es hasta 1970 cuando de la mano de un solo hombre, Patrick Carnes, se desarrollan las pautas necesarias para su identificación y tratamiento. Este psicólogo, investigador y autor de obras como: Understanding Sexual Addiction (Entendiendo la Adicción Sexual) y Don´t Call it Love: Recovery from Sexual Addiction (No lo llames amor: recuperarse de la adicción sexual) es el responsable de buena parte de la literatura científica que ha caído en las manos de los terapeutas de los adictos al sexo.
«Las personas con comportamiento sexual compulsivo se vuelven adictas a los cambios neuroquímicos que se producen en su cuerpo y en su cerebro durante el acto sexual, como los cocainómanos se enganchan por los efectos de esnifar cocaína o los heroinómanos por chutarse», ha declarado Carnes. Sólo que en el caso de los sexoadictos, el mono es fundamentalmente psicológico.
¿Qué es?
Pero, ¿Cuánto sexo es demasiado? ¿Dónde esta el límite entre lo normal para cada persona y lo patológico? La sexualidad forma parte natural del ser humano, pero cuando se convierte en una prioridad que interfiere en la vida diaria, en el trabajo, afecta a las relaciones personales y sociales y, además, causa ansiedad, estrés y arrepentimiento, entonces se convierte en sexoadicción.
Una dependencia que no puede describirse a través de un solo comportamiento (como sucede con otras adicciones), ya que puede disfrazarse como una o varias de estas formas: masturbación compulsiva, relaciones con múltiples parejas heterosexuales u homosexuales, encuentros con personas desconocidas, uso de pornografía, prostitución o líneas eróticas. Todas están englobadas dentro de lo que se consideran trastornos no parafílicos, porque las otras, las parafilias (que también implican comportamiento sexual compulsivo) son mucho más graves, suelen tener otro tipo de causas y también son menos frecuentes. Es el caso del exhibicionismo, la pedofilia, el voyeurismo, la violación, la pornografía infantil, entre otras.
Otra de las características de esta dependencia es que incluso, a veces, no todo es sexo. «Muchas de las personas adictas pasan por periodos largos de abstinencia», destaca Juan José Borrás, director del Instituto de Sexología, Psicología y Medicina Espill, de Valencia, y ex presidente del comité científico de la Asociación Mundial de Sexología. Y todos, sin distinción de clase social, de ocupación laboral o de sexo, pueden caer en la búsqueda constante e insaciable de este tipo de placer y en la inmensa soledad que ella genera. Aunque ellos se enganchan más que ellas. «Normalmente nos encontramos con más casos de hombres que de mujeres. Algunas hipótesis se inclinan hacia una explicación cultural, social y educacional. Mayor facilidad en el acceso a la práctica sexual, más necesidad de cuantificar la sexualidad y creen en mayor medida que esto es, precisamente, lo que se espera de un hombre, como la experiencia», apunta Marta Arasanz, del Instituto de Sexología de Barcelona. El comportamiento sexual compulsivo se gesta, en la mayoría de los casos, en la mente, donde las fantasías sexuales, los sueños y los pensamientos eróticos se convierten en la válvula de escape de los problemas laborales, las relaciones rotas, la baja autoestima o la insatisfacción personal.
De ahí que los especialistas en este campo consideren la adicción al sexo como un síntoma y no una enfermedad. «Es como la punta del iceberg, lo que se ve a primera vista, pero es el reflejo de múltiples trastornos mentales como la ansiedad, las dificultades para relacionarse, la inseguridad afectiva o los problemas de identidad sexual, entre otros», afirma Manuel Manzano, médico y sexólogo, del Centro de Urología, Andrología y Sexología de Madrid. Pero cuando las ideas sobre el sexo roban la mayor parte del tiempo, muchos eligen pasar a la acción para espantar sus fantasmas. Para la mayoría de ellos, la dependencia ya ha empezado y ni siquiera se han dado cuenta de ello.
«Todo el mundo tiene fantasías, pero la persona obsesionada decide muchas veces pasar a actuar creyendo que es una forma de liberarse de sus pensamientos. Sin embargo, suele suceder lo contrario, su actitud se empieza a repetir sin control y cae en el comportamiento sexual compulsivo», señala Borrás.
Doble vida.
Es entonces cuando empiezan las mentiras. Las que se cuentan a sí mismos con el fin de autoconvencerse de que todo está bajo control: («Ésta es la última vez»), y las que cuentan a los demás, para ocultar su doble vida. «Los adictos al sexo se convierten en grandes actores. Se hacen hábiles engañando porque su problema les avergüenza y porque se dan cuenta de que no pueden frenar sus impulsos», aclara el doctor Borrás. Pero, en ocasiones, su rastro acaba por desvelar toda la verdad. «Algunos acuden a la consulta cuando las facturas de teléfono de líneas eróticas o los contactos con prostitutas les han arruinado económicamente y sus parejas les han descubierto», señala Roselló Barberá, director del Centro de Urología, Andrología y Sexología de Madrid.
Otros, en cambio, deciden pedir ayuda porque quieren poner fin a una adicción que les ha costado el matrimonio, les ha causado problemas legales o les está empujando al suicidio. O porque su esclavitud les está obligando a hacer cosas que nunca hubieran imaginado, lo que les causa un sufrimiento insoportable.
Éste es el caso de un hombre homosexual, actualmente en tratamiento, que acabó acudiendo a locales cuya única razón de ser era el intercambio sexual y este hecho le estaba provocando una profunda depresión, uno de los precios de esta adicción. Los otros han sido estimados por el National Council of Sexual Addiction (NCSA) de EEUU: un 40% pierde a su pareja, otro 40% sufre embarazos no deseados, un 72% tiene ideas obsesivas sobre el suicidio, un 17% ha intentado quitarse la vida, un 36% aborta, un 27% tiene problemas laborales y un 68% tiene riesgo de contraer el sida u otras enfermedades de transmisión sexual.
«El mejor factor pronóstico es acudir a una consulta. La mayoría de los casos que llegan hasta aquí se arrastran desde la adolescencia y éstos son más complicados y de difícil tratamiento porque llevan más años manteniendo este tipo de comportamiento. Otros se consideran transitorios porque han sido provocados por una ruptura matrimonial, por un problema económico, por un conflicto emocional o, simplemente, porque exista un problema de disfunción eréctil y el comportamiento compulsivo no se prolonga en el tiempo», destaca el doctor Borrás.
Aunque la masturbación compulsiva durante la adolescencia suele ser un hecho normal, a veces, este comportamiento se perpetúa por la existencia de problemas en la infancia. Según el NSCA, un 71% de los adictos reconoce haber sufrido abusos físicos y un 83%, abusos sexuales.
«Existen más causas de esta dependencia como las biológicas (alteraciones del sistema límbico, trastornos cerebrales, como un tumor, o defectos en los neurotransmisores). También depende de la madurez psicosexual del individuo donde están implicados la seguridad afectiva o los problemas de identidad sexual», destaca el doctor Manzano.
Tratamiento
Independientemente de cuál sea la causa, tratar la adicción al sexo es posible. Los especialistas buscan con la psicoterapia los posibles desencadenantes de la dependencia y con las técnicas cognitivas-conductuales, controlar la conducta sexual del paciente.
«A un alcohólico le puedes decir que no beba, pero nadie puede prescindir del sexo. Eso, además, es lo que más miedo les da. Te dicen que cómo van a dejar de tener relaciones, que no se imaginan una vida de celibato. Pero no se trata de vivir sin sexo, sino de reconducir su comportamiento, de aprender a convivir con uno mismo y tomar elecciones», aclara el doctor Borrás.
A algunos, además, les ayudará el uso de fármacos, como los inhibidores de la recaptación de la serotonina. «El Prozac, por ejemplo, en dosis bajas tiene un efecto en el cerebro sobre la sexualidad y la saciedad, y este hecho ayuda durante los inicios del tratamiento, junto con la psicoterapia, en determinados pacientes», insiste el director del Instituto Espill.
Para prevenir la adicción al sexo algunos especialistas, como el doctor Roselló Barberá, creen que sólo hay un camino: «Hay que impartir a edades más tempranas una buena educación no represiva. Tenemos que enseñar que el sexo es algo bueno, pero que puede convertirse en nocivo cuando se utiliza de forma inapropiada».
Ciberadictos
Enganchados a las «webs» de sexo
Las pantallas del ordenador se están convirtiendo en la puerta de entrada a una nueva forma de dependencia de Internet: la ciberadicción sexual. Con el anonimato como escudo, cada vez más personas se están enganchando al sexo virtual de una forma compulsiva y patológica.
En uno de los primeros artículos en los que se ha calculado el número de los ciberadictos sexuales compulsivos, publicado en el último número de la revista Sexual Addiction and Compulsivity, se estima que los casos ascienden a 200.000. Los especialistas entienden por ciberadicto sexual compulsivo a todas las personas que pasan más de 11 horas a la semana enganchadas a páginas de la red dedicadas exclusivamente al sexo.
El trabajo, liderado por Al Cooper, director clínico del San José Marital and Sexuality Centre y coordinador de los servicios psicológicos de la Universidad de Standford (EEUU), se llevó a cabo en la primavera de 1998, con la participación de 13.5000 visitantes de la cadena televisiva de noticias NBC.
Todos ellos rellenaron un cuestionario. Finalmente, los autores recopilaron las respuestas de un total de 9.265 internautas de entre 18 y 90 años. El 1% fue calificado como adicto compulsivo. «Si este porcentaje se aplica a los 20 millones de personas que cada mes visitan las webs sexuales, nos encontramos con 200.000 adictos», aclaran los autores del trabajo.
La adicción al sexo a través de Internet es un problema que, a juicio de los especialistas, está aumentando en todos los países, incluido el nuestro. «Cada vez existen más ciberadictos al sexo, la gran paradoja es que a mayor capacidad comunicativa existe una mayor soledad. Este hecho, junto con que cada vez existen más personas solas, con menos recursos personales para poder establecer relaciones, y con el anonimato que ofrece la red, favorece la aparición de esta dependencia», destaca Marta Arasanz.
En algunos estudios previos se ha estimado que entre un 1 y un 5% de los enganchados al ciberespacio son adictos a alguna de las formas sexuales on-line.
Estos mismos trabajos son los que han demostrado que, mientras que los varones tienen más tendencia a visitar las webs porno, las mujeres se enganchan a los chats eróticos. Las personas que sufren baja autoestima, problemas de imagen corporal, disfunciones sexuales que no han sido tratadas o han sido sexoadictos previamente, tienen más riesgo de desarrollar este tipo de dependencia.
Los estudiosos del tema creen que existen tres elementos clave por los que Internet favorece la aparición de este comportamiento sexual compulsivo: el anonimato, la accesibilidad, y su uso como vía de escape.
Los signos de alarma que pueden avisar de que se está cayendo en esta adicción son:
* Pasar de forma rutinaria un número significativo de horas en los chats eróticos o buscando cibersexo.
* Preocuparse porque se está utilizando la red para encontrar una pareja sexual.
* Usar de forma frecuente comunicaciones anónimas para poder desarrollar las fantasías sexuales que normalmente no se realizan en la vida real.
* Ver que cada vez se alterna más el uso del cibersexo con los teléfonos eróticos.
* Masturbarse mientras se está en un chat erótico.
* Preferir obtener el placer sexual de Internet antes que de su propia pareja.
Parafilias
La forma más grave de sexoadicción
Guiones como los que han dado pie a películas como Instinto Básico no son fruto de la imaginación de una o varias personas dedicadas al mundo del cine. El sadismo que transmite esta película no es más que uno de los muchos comportamientos sexuales compulsivos que se engloban dentro de las parafilias. Todas ellas se caracterizan por ser comportamientos sexuales compulsivos que pueden causar daño o humillación a otros o que involucran a objetos. En la mayoría de los casos se requiere tratamiento farmacológico, además de psicoterapia, para hacerles frente.
Las más comunes son:
* Pedofilia. Afecta generalmente a los varones que buscan relaciones con menores. Sólo en EEUU, entre 100.000 y 500.000 niños son acosados y violados por un adulto.
* Exhibicionismo. Define a las personas que necesitan mostrar sus genitales o masturbarse en público.
* Fetichismo. Uso continuado durante más de seis meses de objetos para lograr la excitación. Una variante frecuente de esta forma de parafilia es el travestismo (sobre todo en hombres que necesitan vestir con prendas femeninas para excitarse).
* Voyeurismo. Incluye a aquéllos que sólo se excitan cuando ven a otras personas desnudas o manteniendo relaciones sexuales.
* Froteurismo. La necesidad de mantener un contacto físico, de proximidad, con las personas que han elegido para lograr excitarse.
* Masoquismo. Cuando sólo se obtienen placer con la humillación, los golpes o las situaciones extremas de sufrimiento.
* Sadismo sexual. Cuando el fin es hacer sufrir física o psíquicamente a la pareja.
Cuestionario.
Estas 13 preguntas pueden ayudar a determinar si usted tiene un problema de adicción sexual, según la asociación Adictos Sexuales Anónimos 2000 de EEUU.
1. ¿Guardas secretos sobre tus actividades sexuales? ¿Mantienes una vida doble?
2. ¿Tus necesidades te han llevado a tener sexo en sitios o con gente con las que normalmente no te involucrarías?
3. ¿Te sorprendes a ti mismo buscando artículos o escenas sexualmente excitantes en periódicos, revistas u otros medios de comunicación?
4. ¿Te has dado cuenta de que tus fantasías románticas o sexuales causan problemas en tus relaciones o que te prohíben enfrentarte a tus problemas?
5. ¿Frecuentemente quieres alejarte inmediatamente de una pareja sexual después de haber tenido relaciones con ella?
6. ¿Frecuentemente sientes remordimiento, vergüenza o culpabilidad después de un encuentro sexual?
7. ¿Sientes vergüenza de tu cuerpo o de tu sexualidad, de tal manera que evitas tocarte el cuerpo y participar en relaciones sexuales? ¿Temes no tener sentimientos sexuales? ¿Temes ser asexual?
8. Cada nueva relación, ¿tiene los mismos patrones destructivos que te incitaron a romper con la última?
9. Tus actividades sexuales, ¿necesitan cada vez mayor variedad y frecuencia sólo para sentir los mismos niveles de excitación y alivio?
10. ¿Te han detenido alguna vez, o hay peligro de arresto, debido a tus prácticas de voyeurismo, exhibicionismo, prostitución, sexo con menores de edad, llamadas telefónicas obscenas, etc.?
11. Tu búsqueda de relaciones sexuales o románticas, ¿contradice o interfiere con tus creencias espirituales o tu moral?
12. Tus actividades sexuales, incluyen riesgos de contraer enfermedades de transmisión sexual, amenazas, o embarazo, coacción o violencia?
13. Tu comportamiento sexual o romántico, ¿te ha dejado alguna vez con el sentimiento de una falta total de esperanza, enajenación, o con ganas de suicidarte?
Si la respuesta es positiva a más de una pregunta es importante que solicite consulta médica especializada para descartar o no la presencia de un comportamiento sexual compulsivo. Según Marta Arasanz, del Instituto de Sexología de Barcelona, «En España, todos los psicólogos especialistas en sexología están capacitados para tratar este tipo de trastorno».
©Patricia Matey
fuente:buzoncatolico.org
De la queja a la responsabilidad
Cuando nuestros puntos de vista, necesidades o intereses no coinciden con los de las personas con las que nos relacionamos, surge el conflicto. No siempre es fácil que uno pueda conseguir lo que quiere o necesita sin que el otro se sienta perjudicado. Cuanto mayor sea el vínculo afectivo que nos une, más nos duele que no nos tengan en cuenta. Esto sucede en todas las relaciones, pero es especialmente sensible en las relaciones de pareja.
Cuando nos sentimos perjudicados por alguien, lo primero que se nos ocurre es quejamos de su actitud. Estamos tan convencidos de que nuestro malestar ha sido causado por el otro, que le exigimos que actúe de otra forma, porque creemos que así conseguiremos aliviar nuestra insatisfacción. Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones, la queja no produce este efecto, sino el contrario. Lo único que conseguimos quejándonos es añadir un nuevo perjuicio y aumentar el conflicto: ahora es el otro el que se siente criticado, exigido y molesto por nuestra actitud.
Con mucha frecuencia, las parejas entran en este círculo vicioso del que es muy difícil salir, porque ambos están doloridos y ambos creen llevar razón. El problema es que, efectivamente, ambos la tienen. A nadie le gusta que los demás no le tengan en cuenta, le ignoren o le traten sin respeto. Del mismo modo, a nadie le gusta que le digan lo que tiene que hacer y mucho menos que le digan cómo tiene que ser.
Cuando cada uno culpa al otro de su malestar, está dejando de responsabilizarse de su propio dolor. Mirando al otro sólo vemos perjuicio, queja y deseo de que el otro actúe de otra forma. Nos quedamos pegados al otro y nos desconectamos de nosotros mismos. La única solución es cambiar la mirada. ¿Qué estoy sintiendo?, ¿qué estoy haciendo con lo que estoy sintiendo?, ¿para qué actúo así?
Responsabilidad
Cuando asumimos la responsabilidad de lo que nos pasa, la mirada puede dirigirse a nuestro interior. Lo que el otro nos hace nos puede hacer sentir rabia, tristeza, impotencia, frustración, decepción… la lista puede ser muy larga. Todas estas emociones suelen tener en común que nos provocan un sentimiento primario de rechazo. Si no ponemos suficiente conciencia en esta sensación, el rechazo se convertirá en queja y de nuevo nuestra mirada se dirigirá hacia el exterior: hacia quien nos perjudicó.
De este modo, nos quedamos atrapados en la queja. E incluso nos convertimos en especialistas en la queja. Contamos una y otra vez lo que el otro nos hace, tratando de que nos comprendan y que nos den la razón. Nos quejamos porque el otro no cambia y no nos damos cuenta de que en nosotros nada va a cambiar mientras que lo único que hagamos sea quejarnos.
Pero si nos responsabilizamos de lo que sentimos, podremos darnos cuenta de que no estamos rechazando a quien nos daña, sino a nuestro propio dolor. No nos damos cuenta de que, sea lo que sea lo que el otro nos hizo, el dolor que nos ha producido permanece aún en nuestro interior. Por más que nos quejemos del otro, no vamos a conseguir jamás aliviar ese dolor.
Nos duele porque no sabemos pedir lo que necesitamos, porque no sabemos darnos cuenta a tiempo, porque no sabemos hacer frente a la situación, porque no sabemos evitarlo, porque no sabemos defendernos, porque no sabemos responder, porque no sabemos situarnos en nuestro sitio, porque no nos hacemos respetar, porque no sabemos cuidar de nosotros mismos. Esto es lo que nos duele.
Si se trata de un conflicto con la pareja, cuando conseguimos recuperar un atisbo de lucidez en medio de este mar de queja y rencor, nos encontramos con que estamos en guerra contra alguien a quien amamos. Esto nos sitúa frente a una contradicción. Nos duele no ser capaces de seguir amando, de ver cómo con nuestra queja estamos cerrando la puerta del corazón.
En algún momento, tendremos que elegir: podemos continuar sufriendo o podemos asumir la responsabilidad de nuestra propia vida. El rencor y la queja nos mantienen enganchados a quien nos dañó. En cambio, asumir nuestros errores nos permite salir de nuestra inmadurez, aprender a perdonar y a responsabilizarnos del dolor.
Perdonar no es olvidar que el otro nos dañó ni eximirle de su responsabilidad. Perdonar es dejar de esperar que sea el otro el que nos alivie el dolor. Es volver la mirada y contactar con nuestro interior. Es aceptar nuestras imperfecciones y límites, y responsabilizarnos del dolor: asumir que sólo nosotros podemos sanarlo, que nadie puede hacerlo por nosotros. Nadie. Ni siquiera quien lo causó.
Responsabilizarse del dolor no es fácil, pero es imprescindible para poderlo sanar. En muchas ocasiones, necesitamos que alguien nos acompañe mientras transitamos por ese difícil proceso. Es más fácil continuar quejándose, pero aunque parezca lo contrario, permanecer en la queja es lo que perpetúa el dolor.
Fuente: masconciencia.blogspot.com
no pierdas el amor primero
Texto:
“Yo sé todo lo que haces; conozco tu duro trabajo y tu constancia, y sé que no puedes soportar a los malos. También sé que has puesto a prueba a quienes dicen ser apóstoles y no lo son, y has descubierto que son unos mentirosos. Has sido constante, y has sufrido mucho por mi causa. Pero tengo una cosa contra ti: que ya no tienes el mismo amor que al principio.”
(Apocalipsis 2,2-4)
Empezamos las cosas con fuerza, pero al poco tiempo nos desganamos. Fíjate cuántas personas comienzan unos estudios, un trabajo, un proyecto en su vida, con mucha ilusión y mucha dedicación, pero al poco tiempo se desinflan.
Lo mismo ocurre con algunos matrimonios, o religiosos, o sacerdotes, que por la propia dureza de la vida terminan rechazando aquello por lo que un día sintieron su corazón vibrar… ¿Por qué aparece el desánimo? Porque perdemos el “amor primero”, o sea, la ilusión, la dedicación, la entrega, en una palabra: la vida orientada hacia algo que nos da sentido.
No es suficiente ser un buen profesional o un buen esposo o esposa, ni una buena o buen religioso o sacerdote. Lo más importante es mantener el amor primero. La presencia del amor primero nos dará todo lo bueno que podamos hacer.
Cuando veo a un matrimonio que ha perdido el amor primero siempre les digo que recuerden sus años de noviazgo… Cuando un religioso o sacerdote cree que ha gastado inútilmente la vida, les digo que recuerden sus años de seminario donde la ilusión por la entrega era sólo equiparable al amor a Dios. Tenemos que mantener siempre fresco el amor primero.
La tarea de la semana:
1. ¿Cuáles fueron tus ilusiones y proyectos de joven? ¿Los conseguiste?
2. ¿Cómo vives ahora las situaciones de tu vida? ¿Eres feliz?
3. Procura reavivar por lo menos en una de esas situaciones “el amor primero?
© 2003 Mario Santana Bueno.
Fuente:buzoncatolico.es
¿Que puedo esperar de ti?
¿QUÉ PUEDO ESPERAR DE TI?
Nos casamos buscando la felicidad y de hecho podemos encontrar muchas alegrías en el matrimonio. Pero también nos casamos llenos de ilusiones, sobre nuestra pareja, sobre nosotros mismos y sobre lo que realmente pasa cuando dos seres humanos deciden unirlo todo.
Dios nos ha creado -nadie más lo hará- y nosotros con su ayuda vamos perfeccionándonos, pero siempre vivimos con cierto grado de insatisfacción. El matrimonio necesita una extensión espiritual en la que respirar.
La otra persona nos podrá ayudar o incluso nos podrá hundir todavía más.
¿Qué puedo esperar razonablemente de mi pareja?
1.- No puedo esperar que mi pareja supla todas nuestras necesidades, incluyendo algunas importantes.
Las personas somos diferentes y tenemos necesidades diferentes. No puedo exigirle al otro que tenga mis mismos puntos de vista u opiniones.
Tengo que tener amigos y amigas con los cuales puedo compartir aspectos que quizá con mi esposo/a no llego a realizarlo.
Tenemos que ver como algo normal que suceda que nuestra pareja no comparte nuestros intereses e inquietudes. Ambos necesitamos vivir en mundos más amplios de los que podemos constituir entre los dos.
2.- Es razonable esperar que nuestra pareja cometa errores, fracase y peque y que estas cosas no nos resultarán agradables.
No solamente es distinto a ti sino que también se equivoca y peca como lo haces tú.
El amor humano siempre es un amor hacia un pecador y necesita fidelidad, paciencia, sufrimiento.
Tenemos que reconocer que nuestra pareja es imperfecta, pero nosotros también lo somos.
3.- Es razonable que nuestra pareja no sea nuestro mejor amigo.
Puede ser que nuestra pareja no sea la persona más cercana o con la que compartamos nuestras inquietudes más profundas.
Las amistades entre hombres suelen basarse en la realización de actividades conjuntas, mientras que en el caso de las mujeres, normalmente se fundamentan en el intercambio de intimidades. Las mujeres y los hombres experimentan y expresan de forma diferente sus necesidades de intimidad.
Es bueno tener amigos y amigas fuera del matrimonio siempre y cuando esa amistad no deje en segundo plano nuestro matrimonio. Si la amistad con una persona determinada es mucho más importante que nuestro cónyuge algo está fallando por algún lado.
Lógicamente no tenemos que llegar con nuestros amigos o amigas a la intimidad sexual ya que esto supondría muchísima mayor tensión en nuestro matrimonio.
4.- Es razonable esperar que nuestro matrimonio pasará por ciertos períodos de crisis.
Una crisis son los malos tragos, los malos momentos que pueden hacer peligrar la relación. Esos malos momentos son muchas veces procesos de adaptación a las nuevas cosas que viven juntos. Tenemos que ser conscientes que pasaremos por momentos críticos y que también esto es normal en el matrimonio.
No tenemos que esperar demasiado del otro sino ser consciente que el otro está creciendo.
Feunte:buzoncatolico.es





