Benedicto XVI pide una preparación meticulosa al matrimonio
Construyendo un Buen Matrimonio
Steven Garber, PH.D.
Traducido por Cristhiam Álvarez Rosales para Enfoque a la Familia®
Hace casi un año recibí una llamada de un antiguo estudiante que me pedía que lo acompañara a él y a “una amiga” a desayunar. Unas cuantas mañanas después nos encontramos para comer rosquillas en una pequeña cafetería.
Cuando los vi entrar, tomados de la mano, me pregunté si se traían algo «entre manos». El inocente encanto en ellos me persuadió muy pronto de que mi intuición era correcta, lo que me confirmaron no mucho después en la conversación cuando anunciaron: «¡Nos vamos a casar!» Puesto que he vivido toda mi vida entre estudiantes, he escuchado noticias como estas todo el tiempo.
Debo confesar… a veces trae gozo inmediato, pues los conozco lo suficiente para saber que serán buenos el uno con y para el otro. Existen otras ocasiones en que pienso: «Déjenme observar y escuchar por un rato; les deseo lo mejor». Y algunas veces se me hunde el estómago ya que simplemente parece que es la decisión incorrecta.
He estimado al joven en esta pareja por seis años, desde que llegó a Washington para estudiar por un semestre. Bastante serio política y filosóficamente, pasó sus días caminando entre la oficina del grupo de especialistas del juez Robert Bork investigando sobre el libro que se publicó bajo el título Slouching Toward Gomorrah, que en español sería «Ir de Hombros Caídos Hacia Gomorra», (Traducción literal del título original en inglés) y su reflexión de clase sobre los debates políticos contemporáneos a la luz de la fe bíblica. Pero su elegante cortesía siempre estaba en tensión con una travesura que hacía difícil creer que él se tomara a sí mismo de forma muy seria.
Un año después se graduó y aplicó para un posgrado sobre estudios en teoría política. Pero antes que eso sucediera, la historia le dio un bandazo y se vio siendo el único en su familia que podía asistir a su abuela quien padecía de la enfermedad de Alzheimer. Con una valentía y gracia inusuales, pasó los siguientes cuatro años como su cuidador principal, ocupándose de ella como ella lo había ello con él cuando era un niño pequeño sin madre veinte años atrás. Desarrolló, paralelamente a su trabajo principal de pasar el tiempo con su abuela, un negocio de libros raros. Y lentamente, muy lentamente, se dio cuenta que su visión vocacional cambiaba de la arena pública al púlpito y comenzó a planear una educación seminarista.
Mientras hablamos esa mañana, fue obvio que estos dos amigos de secundaria se habían enamorado en los últimos diez años, yendo de una universidad a otra y pasando por diferentes experiencias en los años siguientes –uno permaneciendo en casa, muy literalmente; la otra viviendo y trabajando en el extranjero–, se habían encontrado el uno al otro a través de su amistad profunda. Leyendo buenos libros, haciendo largas caminatas, tocando música maravillosa… los pormenores de la vida juntos les permitió crecer en el amor el uno por el otro. Como apuntó Dickens’ David Copperfield cuando reflexiona sobre su propio esfuerzo de amar a una joven mujer: «Es la nimiedad la que hace la sumatoria de la vida». Mientras lo escuchaba, se volvió más y más claro que estos dos se querían como esposo y esposa y tanto como era posible aún sin estar casados habían calculado el costo.
Me preguntaron si yo podía hacer el sermón de la ceremonia de bodas, esa era, de hecho, la razón principal por la que querían encontrarse conmigo esa mañana. Les recordé que yo era un profesor y como tal muy poco le ayudaba a mis jóvenes amigos de esa forma. Se habían preparado, parece, para esa respuesta, y después de mirarlos por largo rato de forma dura –aunque muy cariñosa– a los ojos, les dije que me encantaría ser parte de su feliz día.
Puesto que ahora me siento más profundamente autorizado en sus vidas y en su futuro de lo que me hubiera imaginado cuando me levanté aquella mañana –y ya que vivían fuera del estado y por consiguiente más allá de la posibilidad para conversar cara a cara más a menudo– decidí hacerlo y dar un pequeño sermón sobre el significado del matrimonio, algo para reflexionar en los meses por venir. Les dije que había observado dos cualidades que marcaban los matrimonios que duraban (al menos «duraban» en el sentido de que había felicidad substancial –aunque nunca perfecta– tanto para el esposo como para la esposa). Puesto de forma simple, los matrimonios que florecen son amistades que se caracterizan por la decisión diaria de encontrar encanto y dar gracia al cónyuge. Con glorias y vergüenzas, «en las buenas y en las malas», son esos dos hábitos del corazón los que distinguen a los buenos matrimonios de aquellos que no lo son tanto.
Y como les dije que planearan por un año su matrimonio, los abracé, ansiando desde lo más profundo que pudieran aprender a hacer justamente eso.
Algunos meses antes de la fecha de la boda empecé a recibir correos electrónicos donde exponían sus esperanzas y sueños en desarrollo. Los anoté debidamente y revisé mi calendario para asegurarme que estábamos haciendo planes para el mismo lugar y hora. Después los días empezaron a pasar mucho más rápido. Los correos electrónicos también aumentaron con un alboroto sobre un cambio de iglesia justo unas cuantas semanas antes del Gran Día. En mi corazón empecé a pedirle sabiduría al cielo para hablar palabra de Dios ante la comunidad de familia y amigos que se reunirían para ser testigos de sus promesas de darse amor fiel el uno por el otro. Y nos reunimos en un edificio de una iglesia en el campo en el Condado de Lancaster en el centro de Pennsylvania.
La hermosura y la consideración que se entrelazaron a lo largo del servicio fueron extraordinarias. Aunque todas las bodas son únicas y muestran sus propias visiones distintivas del «día más bello y maravilloso», no creo que haya visto una ceremonia que haya mostrado tal ordenada gracilidad. Pero aunque la riqueza teológica y estética del servicio merecen su propia crónica, mi interés aquí está en otra parte.
Por muchos años me he estado planteando la pregunta: «¿Cómo los estudiantes aprenden a conectar lo que creen sobre el mundo con cómo viven en el mundo? Esa pregunta puede legítimamente llevar la conversación a miles de direcciones distintas ya que le interesan tanto los debates filosóficos como las dinámicas psicológicas, en preguntas que tratan sobre el llamado y la carrera, tanto en lo académico como en las responsabilidades relacionales. Todo lo que está debajo del sol… desde los compromisos más públicos hasta las preocupaciones más personales está escrito en la forma en que conectamos lo que creemos con cómo vivimos –una visión de mundo con una forma de vida.
Aquí está la cuestión: mientras más escucho a los estudiantes, más seguro estoy que es en sus relaciones que sus creencias más profundas se evidencian más –especialmente las relaciones entre hombres y mujeres.
No pasa una semana sin que le hable a una persona de 18 o 25 años sobre las «relaciones». Ese ha sido el caso por 20 o más años y por consiguiente he tenido MUCHAS conversaciones. Las historias son siempre distintas, pero hay temas comunes que son inevitables. La risa. El dolor. La angustia. Las esperanzas. Los sueños. En alguna combinación siempre están presentes, encontrando una forma creativa más para ser expresada en una relación entre un joven y una joven. Y he escuchado y he vuelto a escuchar.
En esta área de la vida, como en cualquier otra, es posible sacar excelentes calificaciones como reprobar. Lo he visto miles de veces en miles de formas distintas. Un tipo puede ser teológicamente astuto y sociológicamente sofisticado y tratar a las chicas en su vida de forma horrible. Una mujer puede tener un nivel de madurez inusual en casi todas las cosas y tomar las decisiones más atroces en sus relaciones. Miles de veces, en miles de formas distintas.
Cuando era un joven estudiante universitario hace ya un tiempo, en pocos meses después de escuchar por primer vez la palabra «visión de mundo» fui confrontado con una «relación» fallida más. Había actuado de forma egoísta, otra vez. Y en lugar de fortalecer el compromiso y la comunicación porque una amistada verdadera sabe cómo abordar el egoísmo –arrepentimiento y perdón– «terminamos». ¿Qué otra cosa podíamos hacer? Después de todo, estábamos «saliendo». Por la gracia de Dios ninguno cometió suicidio –acuérdense de Romeo y Julieta– y por todo lo que he visto no hubo traumas para toda la vida en ninguno, y a pesar de ello, y a pesar de ello… Tenía ese deseo por algo más distintiva y profundamente cristiano, alguna forma de tener relaciones que fueran más verdaderamente formadas por mis creencias básicas sobre la vida y el amor. De hecho recuerdo que miraba hacia el cielo mientras conducía a través del campo en un Volkswagen cuando comenzaba mi segundo año de estudios en la universidad y le decía a Dios: «¿Cuál es tu propósito? ¿Cómo quieres que sean las relaciones?».
No hubo rayos, ni señales en el cielo. Pero comencé a pensar… comencé a pensar cristianamente –usando las palabras de Harry Blamires en The Christian Mind [«La Mente Cristiana»]– sobre el significado de mis relaciones con las chicas (en ese entonces las llamaba «chicas», aunque se que las personas de sexo femenino en edad universitaria son ahora «mujeres» lo que está bien para mí). Y traté de hacer eso a la luz de esta idea nueva para mí sobre la visión de mundo cristiana. Parecía lógica realmente. El área de mi vida sobre la cual pensara, sintiera y cuidara más, esa área debería ser la que ante todo sometiera a esta nueva forma de pensar que iba a estar conscientemente conectada con mis compromisos y convicciones como cristiano. En el corazón de esa visión de mundo, conforme comencé a entenderla, estaba circundante visión del Señorío de Cristo. No había una sola pulgada cuadrada del todo de la realidad de la cual Jesús no fuera el Señor. Creía eso y amaba creerlo.
Y tenía consecuencias en todo. En las artes, la política, la economía, el trabajo, el estudio, todo –incluso mis relaciones con las chicas. Tuve mis traspiés, especialmente cuando era estudiante (terminé saliéndome de la universidad después de mi segundo año y tomando una educación «extraacadémica» de dos años; una historia que he contado con más detalle en The Fabric of Faithfulness [«La Fábrica de la Fidelidad»]). Pero estaba comprometido en tratar de ser diferente, en tratar por primera vez en mi vida joven de entrar en una relación con las jóvenes mujeres de mi vida sin ningún otro motivo que amarlas sin egoísmo. Dicho en una sola palabra: ser un amigo.
Eso requirió que me arrepintiera del lenguaje que había distorsionado tanto mis relaciones en la adolescencia particularmente la noción que categorizaba a algunas chicas como «amigas» y a otras como «novias». Eran tipos diferentes de chicas; todo mundo sabía eso, y nunca se deberían encontrar las dos.
En su lugar, traté de pensar cristianamente sobre las chicas y sobre la amistad, mis convicciones profundas me llevaron a preguntarme sobre la posibilidad de una «amistad redentora» para ver cómo podría ser creer y comportarse como si la amistad no fuera lo más cercano a lo mejor, después de todo. De hecho, actuar como si fuera el estándar de Dios, Su expectativa, para los hombres y las mujeres solteros –sin importar si tuvieran 20… o 60 años. Conforme empecé a cuestionar más y más mis supuestos culturales –sintiendo la tensión de vivir en el mundo pero no de este– me encontré a mi mismo menos dispuesto a seguir el «juego de la citas» y todo lo que implicaba sobre la exclusividad y la intimidad fuera del matrimonio. Y por más de cinco años viví así. Nunca de forma perfecta, siempre luchando con y por la integridad, pero aún así aprendiendo las virtudes de la amistad.
Lo que ocurrió entre ese compromiso y la decisión cinco años después de comprometerme con una amiga, Meg –mi ahora esposa por 22 años– es otra historia. Nunca tuvimos lo que podría llamarse una «relación de citas». De hecho, durante los años que me salí de la universidad, ella se graduó y se fue a trabajar y a sacar su posgrado en una universidad en otra parte del país. Nuestro contacto era intermitente, aunque sí teníamos respeto y afecto duraderos el uno por el otro. Varios años más tarde empezamos a escribirnos más seriamente lo que terminó es una visita para Navidad. Por primera vez hablamos sobre matrimonio… y una semana después nos comprometimos. Mi padre me escribió una carta en la que muy suavemente me decía: «He estado orando por años para que esperaras a Meg». Y mi madre le dijo a ella: «Hace años empecé a orar para que tú y Steve se encontraran». Sentimos una maravillosa confirmación de nuestro débil esfuerzo por ser amigos fieles de aquellos que nos conocían, en muchas formas, mejor que nosotros a nosotros mismos.
Años después, después de ver muchos matrimonios, buenos y no tan buenos, saludables y no tan saludables, estoy más seguro que nunca de que la amistad es la que marca a los matrimonios que permanecen. El matrimonio resulta ser una larga amistad al final; sorpresa de sorpresas, no es una cita larga, después de todo.
Pero por eso es que me sorprendió tan profundamente esa mañana –comer rosquillas y escuchar a la joven pareja hablar sobre su decisión de casarse. «Fue obvio que estos dos amigos de secundaria se habían enamorado en los últimos diez años… se habían encontrado el uno al otro a través de su amistad profunda. » Hay algo con la amistad, con una amistad redimida, que hace posible que casados y solteros se preocupen sobre las cualidades de la camaradería, compañerismo y la colegialidad, características que sostienen las relaciones siempre y en cualquier lugar. Para decirlo de otra forma, las amistades que están marcadas por el evangelio del reino, formadas por la fidelidad en una visión de mundo informada bíblicamente, son aquellas en que los amigos se preocupan más en servir que en ser servidos. Pensar cristianamente sobre las relaciones comienza, y quizás termina, ahí.
Hay muchas formas de abordar el matrimonio; cada historia es única, incluyendo la nuestra. Pero solo hay una forma para abordar un buen matrimonio, y es a través de la visión y las virtudes de la amistad
fuente:enfoquealafamilia.com
¡Ya tengo novio!
Los seres humanos somos los únicos que podemos facilitar el encuentro con los otros y los únicos que nos enamoramos de una forma totalmente consciente, y personal. ¿Cómo llevar un buen noviazgo?
“El amor mueve al sol y a las demás estrellas”. Dante
Una de las épocas de mi vida que recuerdo con más nostalgia, es aquella a partir de los trece años cuando empezaba a ser testigo del inicio de las relaciones de noviazgo entre mis compañeras de colegio. Me encantaba oír las historias de cada una con las declaraciones de amor que les hacían los chicos. Algunas hablaban de tener solo unos días de ser novios, otras celebraban meses, mientras yo esperaba y esperaba a que eso sucediera mágicamente en mi vida. ¡Yo también quería tener un novio! ¿Cómo podrías definir tú la palabra noviazgo? El noviazgo querida amiga, es un tiempo de conocimiento mutuo y de trato más profundo entre un hombre y una mujer con vistas al matrimonio. Generalmente cuando apenas se está entrando en la juventud, el matrimonio no es algo en lo que se piensa y sólo te lanzas a la aventura del amor. Por esto, se hace muy importante que aunque tengas 15, 16 o 17 años y el primer amor toque a tu puerta te encuentre preparada, informada y con la madurez necesaria desde tus cortos años para que esta experiencia sea lo que realmente tiene que ser: el primer encuentro de tu intimidad con alguien que no es de tu mismo sexo y además te atrae . Ese encuentro, que deberá ayudarte a conocerte a tí misma y aprender a pensar con rigor para que no pases de la confianza a los celos y sea una verdadera experiencia de crecimiento como mujer, lejos de una experiencia de inestabilidad interior y tormento.
Intimidad
La palabra intimidad deberás entenderla como esa zona espiritual reservada a una persona. Tiene su origen en el vocablo latino intimus, que es superlativo de inter. La intimidad siempre hace referencia a las personas, a los seres pensantes como tú y yo que somos los únicos que tenemos un “yo” y con una conciencia de ser únicos e irrepetibles. La intimidad es el núcleo oculto de cada persona, donde se toman las decisiones más propias e intransferibles. Cuando tenemos un amigo especial o una amiga con quien compartimos todo, estamos aplicando el adjetivo intimidad ya que conoce cosas nuestras que no comentaríamos con nadie más. Cuando te enamoras la relación ya no es superficial sino “íntima” y por lo mismo es importante que también conozcas el concepto del amor.
¿Qué es el amor?
Los seres humanos, amiga mía somos los únicos que podemos facilitar el encuentro con los otros. También somos los únicos que nos enamoramos de una forma totalmente consciente, y personal. No sucede lo mismo con los perros o los gatos ya que ellos no piensan por sí mismos, quieren, comprenden y deciden. Pero, ¿qué es el amor? . Quisiera darte una definición clara, precisa y que se quedará grabada para siempre en tu memoria del maravilloso misterio que se esconde tras la palabra amor. Como esté dentro de tí- la raíz del amor-, decía San Agustín, ninguna cosa sino el bien podrá salir de tal raíz.. Estar enamorada es convertirse en un bien para el otro.
El Dr. Pedro Juan Villadrich, Director del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad de Navarra, se expresa de la siguiente forma: “Amar algo o a alguien significa dar por bueno, llamar bueno a ese algo o a ese alguien. Ponerse de cara a él y decirle: Es bueno que existas, es bueno que estés en el mundo siendo precisamente lo que eres, pues en lo que eres, eres estimable, amable, y te apruebo. El amor amiga, es un movimiento de tu voluntad activo, vivo, constructor, edificador, creativo y que SIEMPRE buscará hacerse el bien en la vida de ese chico que hoy ocupa u ocupará tu corazón.
Enamorarse pues, será empezar a ejercitar esa capacidad espiritual e inteligente de hacer el bien, a través de tus actos a ese otro que tu corazón ha elegido y que yace en el alma misma, en el interior de cada una. No quiere decir que perderás tu identidad y ya no serás capaz de gobernar tu voluntad; tampoco será poner a ese chico en la cúspide de tu corazón de una manera desordena . Al contrario, tu personalidad se verá enriquecida porque es alguien a quien tu ayudas a crecer y a su vez te ayuda a crecer. Tendrá un lugar especialísimo pero con la coherencia de no venir a reemplazar por ejemplo, el amor de tus padres. El amor, a tu edad es hermoso, pero también es nuestra primera prueba para aprender a ser inteligentes en las relaciones humanas.¿Podrías reflexionar pausadamente en torno a esto?
Conocerse y aprender
Tu primer noviazgo será una de las aventuras más inolvidables y memorables de tu vida. Ese primer sentir que tu corazón palpita, el percibir que a él lo miras diferente, los momentos de soledad que se buscan para “pensar” por primera vez en alguien de manera definida. Subirás por momentos como la espuma hasta tocar el cielo; otros caerás como cuando lo hace un fruto maduro. A veces todo será luz, alegría, júbilo, nerviosismo, pero en otras ocasiones sentirás las primeras punzadas que trae la indiferencia del amado o las peleas por que hay puntos de vista diferentes así como la angustia de perderle.
Es normal
Todo esto, es normal, pero sobre todo es la materia prima que necesitas(el palpitar del corazón, la inseguridad, las peleas) para conocerte y recorrer el camino sabio y misterioso del amor. Tu relación pues, deberá ayudarte a vivir de una manera creativa, a mejorarte como persona y a querer el bien para el otro. Pues el amor es hacerse siempre el bien para el amado. Es aprender a dar respuesta ante los momentos difíciles que construyen y hacen sólida una relación. Por ejemplo: Alguna vez tu novio no tendrá tiempo de dedicarte un fin de semana, ¿cuál sería la actitud correcta? ¿será bueno empezar a darle vueltas a la imaginación y llenarse de rabia?
La actitud correcta desde ti deberá ser de madurez. La persona que esta en vías de crecimiento a adulto, va madurando a medida que va ejercitando el control de sí misma, de sus emociones y de sus propios quereres. Por lo tanto, si tu novio no puede dedicarte un fin de semana y conociendo que estás en una escuela de aprendizaje a vivir un noviazgo que construye, puedes repetirte a ti misma: no pasa nada. Comprendo, ya no s veremos el próximo fin de semana. Eso sí, lo esperaré con muchas más ganas. ¿Te das cuenta como una actitud así te hace crecer como mujer y edifica tu relación? Al contrario si das vuelta a la imaginación, tu comportamiento sería algo así: si no estás este fin de semana conmigo, olvídate de mí. Esto nos da a entender que hay mucha inmadurez de tu parte y síntomas de posesión del otro demasiado marcados.
Una verdadera experiencia
Cuando se ama, no se intenta poseer o manipular al otro. Al contrario, se afirma constantemente a la persona, se hace un esfuerzo por conocerle y sobre todo se le sigue respetando su libertad. Tener novio, no significa que el, pasará a ser tu propiedad o que toda tu vida girará en torno a lo que diga y haga. Un novio es un amigo, un compañero, un alma afín a la tuya y aquel que tú has elegido para asomarte por primera vez un poco al mundo de los adultos. Amiga, pide sabiduría siempre a Dios para que tu primera experiencia romántica sea uno de los recuerdos más memorables, iluminadores y maravillosos de tu vida. Sobre todo sea la experiencia que te abrió los ojos a ejercitar por primera vez de la forma más libre, tu libertad, voluntad y los valores en tu vida.
Fuente: encuentra.com
El Matrimonio ayer, hoy y siempre
Luce Bustillo-Schott

“¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? Un discípulo no es mas que su maestro, si bien cuando termine su aprendizaje será como su maestro” (Lc 6,39-40).
Cuando un “ciego” dice que los casados que se separan se casen otra vez (“así rehacen sus vidas y pueden ser felices”) y mas de cuatro repiten esta creencia, nos encontramos ante un ciego que guía a otros ciegos que están convencidos de que lo que dicen es lo mejor y lo correcto. Así lo que sucede es que terminarán cayendo todos en el “hoyo”.
Por el hecho de que un grupo de ciegos no pueden ver el sol no quiere decir que no existe la luz. Por el hecho de que no todos entendemos las verdades de la fe no significa que no sean ciertas. Si nos comparamos con Dios podremos darnos cuenta de que somos de mente corta y que nuestros pensamientos son finitos y al fin y al cabo nos dejamos cegar por aquellos que insisten en vivir en la oscuridad.
Entender las verdades de la fe no es fácil y menos cuando decidimos buscar una felicidad falsa y egoísta queriendo ir contra la voluntad de Dios faltando a Su Palabra y a Sus mandamientos, al dar rienda suelta a nuestras pasiones desordenadas y al dejarnos guiar solo por el deseo, la pasión y el querer, confundiendo todo esto con el verdadero amor.
El verdadero amor esponsal solo se vive dentro del matrimonio en todo su esplendor y plenitud ya que los esposos han recibido la fuerza del Espíritu Santo a través de la bendición de Dios al unir en alianza dos vidas en una.
Hoy el hombre camina “ciego” en un mundo lleno de engaños y mentiras por buscar desesperadamente una felicidad falsa viviendo en desobediencia a Dios y apartados de Él, faltando al cumplimiento de Sus leyes y preceptos, arriesgando su santidad, salvación y vida eterna.
En el afán de “rehacer sus vidas” buscan de cualquier manera la aprobación a lo que quieren acudiendo a algunos sacerdotes que en su fragilidad humana y conmovidos por el sufrimiento buscan dar la respuesta que creen están esperando esa mujer o ese hombre: rehacer sus vidas a través de una nueva unión. Pero estas personas no se dan cuenta de que si el sacerdote es un hombre de oración profunda y de santidad les diría más bien: lucha por tu matrimonio, oremos juntos por ese esposo(a), reza mucho por él, ten fe en que para Dios nada es imposible y lo importante es su alma.
Si el sacerdote da una respuesta equivocada uno puede creer que está bien buscar una nueva unión, que ese sacerdote ha dado el mejor consejo, y siguen adelante sin darse cuenta de que el enemigo los ha engañado valiéndose del sacerdote llevándolos a caer en el “hoyo”, viviendo en adulterio y olvidándose que han abandonado a la esposa(o) e hijos y que nadie puede ser feliz sobre el dolor y la desolación de otros y menos de aquellos a los que Dios le dio a cuidar.
El enemigo a quienes más ciega son a aquellos que están cerca de Dios, que van a misa, que están en ministerios y ayudan de manera especial a sus parroquias sacándolos del camino al hacerles creer que pueden y tienen derecho a ser felices.
¿Acaso un ciego puede guiar a otro ciego? Muchos hoy viven de esta manera “ciegos” a la única felicidad y verdad que existe, Jesús. Si fuéramos verdaderos discípulos de Jesús, del Maestro, le imitaríamos en todo especialmente en el amor, amando como Él ama, perdonando como Él perdona, haciendo siempre el bien, buscando la perfección y santidad para llegar un día a alcanzar los bienes eternos junto a Dios.
El matrimonio es y siempre será una unión indisoluble. Ante los ojos de Dios no hay alternativas después de que Él ha dado Su bendición y sellado dos almas con Su promesa de amor “que lo que Dios ha unido no lo separe el hombre”.(Mat.19,6).
Pidamos a nuestra Madre Santísima que interceda por los matrimonios para que cada día puedan encontrar en Jesús la fuente de agua viva que los mantenga unidos, que interceda como lo hice en Caná de Galilea y le pida por aquellos que se les ha acabado el vino, que llene nuestras tinajas con el mejor vino para que sean restaurados tantos matrimonios, y que de esa manera podamos glorificar a Dios. Que interceda por nuestros sacerdotes para que puedan alcanzar las gracias por Él prometidas y puedan cumplir Su Palabra y hacerla vida en ellos, dando a todos Sus hijos consejos a la luz del evangelio con amor y santidad por la salvación de las almas.
De que le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma? (Mt.16, 24-28)
¡Jesús ayer hoy y siempre!
fuente: encuentra.com
¿Es distinto el amor de novios que el amor de esposos?
Ricardo Sada Fernández
Curso pre-matrimonial
A veces se comparan los cambios del amor entre el noviazgo y el matrimonio a aquello que realizó Jesús un día que fue invitado a una boda, en la ciudad de Caná. Lo que hizo Jesús en las bodas de Caná fue convertir el agua en vino. Otro tanto ocurre cada vez que se celebra un matrimonio en presencia de Jesús: el amor humano se convierte en amor sobrenatural.
Conviene que los novios sepan dos cosas respecto a su futuro amor matrimonial, las dos muy importantes. La primera, que el sacramento del matrimonio no crea el amor, simplemente transforma el que ya existía. Jesús en Caná no creó vino, sino que se limitó a convertir en vino el agua que había dentro de las tinajas.
En segundo lugar, tu novio(a) y tú no han de temer nada de esa transformación. Lejos de desvirtuar su mutuo amor humano o de hacerlo palidecer, el amor sobrenatural viene a enriquecerlo. Así él(ella) y tú adquirirán nuevas energías para seguir queriéndose, para superar la rutina o el fastidio, para poder perdonarse setenta veces siete.
Al fin y al cabo, todo pecado es una forma de egoísmo y el egoísmo es un impedimento para el amor mutuo. Por el contrario, cuanto más cerca de Cristo están quienes se aman, más próximos se hallan el uno del otro, de la misma manera que dos radios se aproximan entre sí a medida que se acercan al centro de la circunferencia.
Tras la recepción del sacramento, permanecerán inalterables todos los atractivos, gracias y alicientes que hacen deseable el amor humano. Exactamente lo mismo que sucede con el pan y el vino en la Misa. Cuando se consagran en pan y el vino, sigue sabiendo a vino y a pan. Así sucede con nuevo amor (amor sobrenatural) que comienza en el sacramento: conserva íntegro todo el sabor del amor carnal, pero ha quedado sublimado. Podrás decirle a Jesús, luego de experimentar su presencia en tu nuevo hogar, que ‘ha reservado el mejor vino para el final’, es decir, que el amor humano compartido con Jesús es incomparablemente mejor que el solo amor humano.
Y no tendrás sino motivos de agradecimiento porque Él quiso un día, en Caná, bendecir con su Amor divino el amor humano de los esposos.
fuente:encuentra.com
La importancia de una buena formación
Pbro. Dr. Pablo Arce Gargollo
Conocer las enseñanzas de la Iglesia Católica sobre la dignidad y santidad del matrimonio, la naturaleza del sacramento y los preparativos materiales para la ceremonia.
PRÓLOGO
Amor por Siempre
Nuestra cultura ha convertido al sexo en algo muy romántico y, en el proceso, lo ha tomado como sinónimo de amor, por lo menos en la mentalidad popular. El mensaje impuesto en películas, libros y en la cultura general, es que si una persona joven se encuentra al compañero adecuado, escuchará música de violines, se encenderán fuegos artificiales y la vida será perfecta. Si hemos de creer en la cultura popular del último cuarto de siglo, todo lo que se necesita para encontrar la felicidad es descubrir al Sr. o la Srita. Correcto(a) e iniciar una relación importante con esa persona.
Pero la infelicidad y la frustración, evidentes en tantas relaciones románticas, desde la primera cita de los adolescentes hasta el matrimonio a prueba de los adultos, indican que esto no es así. En algún lugar del sendero, nuestro punto de vista de la cultura del romance falló. En lugar de la felicidad para toda la vida, lo que muchas personas muestran de su última relación duradera es un certificado de divorcio y una herida en el alma. Muchos que han pasado por la triste experiencia del divorcio o la separación, pudieron haberse evitado estas heridas si tan sólo hubieran pensado en la naturaleza profundamente espiritual de nuestra sexualidad y en su relación con la vocación al matrimonio.
¿Hay otra forma? ¿Puede el amor matrimonial brindar felicidad en el mundo de hoy? Si estamos concientes del verdadero significado del matrimonio, entonces la respuesta es un enfático “si”. Si el amor entre un hombre y una mujer en realidad significa algo, éste debe encontrarse en algo más que en la electricidad que chispea en sus ojos cuando se encuentran por vez primera. El amor verdadero debe ser en cierta forma diferente de la relación típica actual que nos representan los medios de comunicación.
Aún los revolucionarios sexuales más cínicos, en ocasiones, hablan en voz baja de relaciones de por vida que traen la felicidad. Aunque se mofan, acaban reconociendo que, para que el matrimonio pueda ser satisfactorio, debe ser un compromiso permanente. Se dan cuenta de que, sin ese compromiso para toda la vida, las relaciones se convertirán pronto en ejercicios vacíos, egoístas, de autogratificación que muy pronto les traerá la infelicidad.
Si se considera que un buen matrimonio es mucho más vital para la felicidad de la persona que el éxito en una carrera o en los negocios, se demuestra que la mayoría de nosotros debe pasar gran parte del tiempo preparándose para él.
Para aquellos que reconocen que el amor sin compromiso para toda la vida termina en fracaso, Cristo y su Iglesia pueden mostrarles el camino para entender el verdadero significado del amor. Entre una cultura que continuamente mal informa y que engaña al individuo, la Iglesia proclama la “buena nueva” respecto a la sexualidad y ofrece a las parejas la esperanza de alcanzar la paz y la alegría por medio de la fidelidad y la virtud. Decir que uno desea casarse con alguien para toda la vida es realmente una proposición difícil que no debe tratarse a la ligera.
Si el amor y el sexo no son la misma cosa, debe haber una razón para el sexo en el contexto del amor. El sexo es para la unión conyugal y para la procreación, entre marido y mujer que desean perpetuar su amor en una nueva vida. Ambos aspectos, unión y procreación, fueron diseñados por Dios para que los esposos crezcan en santidad.
El amor, si ha de durar toda la vida, debe basarse en la comprensión del ser amado y no en la simple atracción sexual. Debe querer darse al otro en lugar de usarlo para su propia satisfacción. Además, debe estar abierto para traer nuevos hijos de Dios al mundo. Pero el solo amor del cónyuge y de los hijos todavía no es suficiente para llegar al punto final. Es necesario algo más que ayude en los esfuerzos para mantenerse juntos a los que desean casarse. Esa ayuda es el propio sacramento del Matrimonio.
Por medio del sacramento del Matrimonio y de la preparación adecuada para el mismo, los cristianos que desean tenerse fe entre ellos mismos, recibirán siempre la gracia necesaria para satisfacer su vocación matrimonial. Aprenderán a amarse uno al otro amando a Dios. Estarán conscientes que su matrimonio no es un simple contrato entre dos personas, sino un pacto sagrado que ha recibido su naturaleza especial de el propio Cristo. Por este estado sacramental y por la naturaleza del propio amor, el matrimonio es indisoluble. Pero la misma naturaleza del sacramento también proporciona a los que lo reciben toda la gracia necesaria para seguir las enseñanzas de Cristo respecto a él. Entre estas está la gracia para pasar la vida matrimonial unidos con Cristo.
Con frecuencia los cínicos de la actualidad podrán decir: amar a alguien por toda la vida, después de todo, es difícil. Pero en lugar de ayudar a cumplir con un compromiso, emplean el recurso del divorcio, como liberador. Sin embargo, ese camino sólo conduce a la infelicidad, tanto para los padres como para los hijos. El sendero del matrimonio cristiano puede ser más difícil, pero ofrece el auxilio vital de la gracia para realizar esta tarea y proporciona la única promesa verdadera de la felicidad real en el amor.
Este libro es un tratamiento breve, pero completo de las preocupaciones y preguntas más frecuentes de los pastores y de las parejas respecto al matrimonio católico. Para aquellos que tienen poca formación algunas de las recomendaciones prescritas pueden parecer demasiado demandantes. Para los que conocen con más profundidad la doctrina católica, las mismas prescripciones y exigencias pueden ser más reales a medida que pasan los años.
Además, la mejor forma de prepararse para el matrimonio es conocer las enseñanzas de la Iglesia Católica sobre la dignidad y santidad del matrimonio, la naturaleza del sacramento del Matrimonio y los preparativos materiales para la ceremonia. Esperamos que sea útil para los que se están preparando para el matrimonio y para los sacerdotes que ayudan a otros a prepararse. No está de sobra decir que, para los que ya están casados, más de alguna cuestión les puede ser de utilidad.
Pbro. Pablo Arce Gargollo
Monterrey, N.L. México
Rev. Father James P. Socías
Chicago, IL. USA
29 de junio de 1994
Año Internacional de la Familia
Fuente:encuentra.com
Lecciones sobre el amor
Por Laurel Robinson
Traducido y adaptado por Guiselle Jiménez
“Matrimonio… ¿quién lo necesita?”
Eso es lo que muchos de los solteros de la “generación X” dicen… Por supuesto, eso es lo que decimos diariamente sobre el amor; padres, chicos, amigos –, básicamente toda situación o concepto que nos causa momentos de dolor. Las cosas que están más cerca de nuestro corazón son las que nos pueden lastimar más, y nos encontramos deseando que existiera la posibilidad de prescindir de ellas. Sin embargo, el hecho de que nos pasemos tanto tiempo y gastemos tanta energía pensando acerca del matrimonio, es realmente una indicación de que LO NECESITAMOS. – o por lo menos, necesitamos algo que lo plasme o exprese a la perfección.
* * *
Es mi primera noche con Nick – un chico de 25 años de edad quien hasta ahora parece increíble y adorable. En medio de la iluminación tenue de este restaurante de cuatro estrellas, estoy disfrutando escuchándolo hablar de sí mismo. Claramente, él lo está disfrutando también.
Me olvido de los cuidados de mi recién adquirido estilo de vida: “joven profesional urbano” cuando escucho las historias de Nick sobre su mundo. Por un momento recuerdo el juego de “casita” que solía jugar cuando era niña. Quizás Nick y yo estamos jugando “romance”, – pero no creo que esto haga daño: Es sólo por diversión; sólo aquí, sólo por ahora.
La realidad golpea: Nick está diciendo: “Hay algo que no sabes sobre mí: estuve casado”.
“¡Enserio!”-respondo, tratando de no mostrar ninguna emoción en particular, sin estar segura de que esta revelación me afecta de alguna manera.
-Sí…estuve casado durante cuatro meses.”
Conservo mi postura de escucha atenta, al tiempo que me explica cómo él y aquella joven mujer deseaban casarse. Los dos querían hacer bien lo que sus padres habían hecho mal, querían dar y recibir amor, querían ser aquellos que se casan para ser felices para siempre. No obstante, las Pequeñas cosas malas (la forma en que ella apretaba el tubo de pasta de dientes, o la forma en que él doblaba los calcetines), fueron situaciones que se acumularon y se convirtieron prontamente en cosas muy grandes. Los Grandes y Genuinos Problemas también salieron a la luz, como su incapacidad para entender y apoyar la pasión de Nick por la vida. Así, después de cuatro meses, decidieron separarse mientras no tenían hijos y aún sin haber fusionado todos sus activos.
O por lo menos creo que eso es lo que él acaba de decir. Mientras muevo mi cabeza a manera de expresión de que sigo su conversación, trato de escuchar…y pienso en mi padre. Me pregunto: ¿cuando tiene una nueva cita con una mujer…su descripción del breve matrimonio que tuvo con mi madre suena de esta manera? “Ella y yo éramos incompatibles…ella no podía entender mis pasiones…era mejor ponerle fin más temprano que tarde.” En la mente de una niña que experimentó el divorcio de sus padres, las preguntas persisten: ¿Por qué no pudiste hacer que funcionara? ¿De quién fue la culpa? ¿Por qué hicieron las cosas tan apresuradamente?
Las reflexiones de Nick me hacen pensar acerca de mi propio compromiso hace más de cuatro años. Hubiera querido estar enamorada. Yo quería ser amada. Quería lo que sabía que podía hacer bien, y quería hacerlo mejor que mis padres. Quería una garantía de que esto iba a funcionar, e hice todo lo posible para fomentar la fidelidad y la interdependencia. Durante cuatro años, estuvimos “enamorados”. Estábamos actuando tan seriamente, como lo pueden hacer dos estudiantes de secundaria, y éramos fieles. Pero el “amor” por sí mismo nunca es suficiente. Pequeñas cosas que debieron haber permanecido pequeñas, comenzaron a molestarme. Me convertí en un fastidio a la edad de 17 años, y no me gustaba en lo que me estaba convirtiendo.
Rompí mi compromiso incluso antes de haber definido una fecha, – pero al igual que Nick, arrojé mi mente y corazón dentro de ese profundo deseo de “amar correctamente”. Me pregunto: ¿por qué tanto Nick como yo nos habíamos acercado a contraer matrimonio – especialmente con tan poco o ningún ejemplo positivo de lo que significa “matrimonio” en nuestras vidas? No debe de existir ninguna razón por la cual hubiéramos querido experimentar y tratar con cosas de amor – a menos que hayamos sido diseñados para las relaciones.
Y así es. No importa lo que nuestros ojos han visto, parece que en nuestro corazón sabemos que hay algo intrínsecamente bueno en el amor, la entrega, la obediencia, la responsabilidad y la interdependencia que implica una relación comprometida – y que el matrimonio representa el compromiso de toda la vida como la mejor y más sublime forma de relación humana.
Nosotros los seres humanos hemos sido creados para la intimidad; fuimos hechos para ser verdaderamente conocidos y apreciados. En última instancia, para nosotros la forma más alta y plena de unión es con nuestro Creador.
También podemos aprender mucho acerca de la naturaleza de nuestro corazón mediante la observación de las complejas danzas que realizamos en nuestro intento de aproximarnos a las riquezas que se encuentran en esa santa relación, ordenada por Dios llamada matrimonio.
Evidencia número uno: Los científicos sociales lo llaman “cohabitación”; fundamentalistas lo llaman “vivir en pecado”; la Generación X lo llama seguro y sensato. Pero lo que revela es que simplemente no queremos estar solos. Por supuesto, tampoco queremos quemarnos, – no queremos el dolor que hemos visto en el sufrimiento de nuestros padres y amigos. Por lo tanto, intentamos un acercamiento romántico pero también pragmático: Vivamos juntos, disfrutémonos mutuamente, pero evitemos apegarnos demasiado – o al menos pospongamos convertirnos legalmente inseparables. Lindo pensamiento…
En la década de 1950, nueve de cada 10 nuevas novias nunca habían “convivido” con su pareja antes de sus bodas. A principios de 1990, dos de cada tres mujeres jóvenes pasó algún tiempo viviendo con su pareja antes de casarse. ¿Qué puede indicar esto? Creo que esto demuestra que tenemos miedo. A la luz de las altas e inquietantes probabilidades de que nos “quememos”, entonces ¿por qué guardarnos para esa persona especial? Después de todo, se nos ha dicho que 50% de los matrimonios terminan en divorcio, y hemos visto a nuestros familiares y amigos pasar por el dolor que causa la separación. Así que nos conformamos con una relación que es casi lo que queremos. Nos aproximamos a esa relación amorosa que, al parecer, sólo existe en los sueños de nuestra niñez. Pero la pregunta sigue siendo: A medida que sacrificamos el deseo de nuestro corazón, ¿vale la pena la recompensa que recibimos?
No sólo nuestros corazones anhelan intimidad, sino que también demandan compromiso
Debido a la confianza que estamos dispuestos a depositar, queremos cierta seguridad. Estudios demuestran que las parejas que cohabitan y luego se casan tienen 33% más de probabilidad de divorciarse que las parejas que no viven juntos antes de casarse. Esa cifra ni siquiera toma en cuenta todas las parejas que viven juntos por un tiempo y luego se separan sin haberse casado.
No hace falta ser un psicólogo para entender la lógica detrás de esto. Cuando inviertes en algo que sabes que podría terminar en cualquier momento, ¿qué seguridad puedes sentir? ¿Cuánto de ti mismo puede revelar realmente? ¿Cuánto estarías dispuesto a sacrificar, sin garantías de la gratitud o la seguridad? ¡Simplemente, “vivir juntos” palidece en comparación con el vivir juntos en un hogar establecido a partir de los votos comunes ante Dios y ante una congregación de familiares y amigos!
Ansiamos la seguridad incomparable de ser plenamente conocidos y aceptados. En este sentido, Dios, quien nos conoce por completo y nos ama entrañablemente, ha ordenado el matrimonio, que personifica la intimidad más segura y más verdadera que cualquier otro acuerdo sobre la tierra.
Evidencia número dos: la promiscuidad emocional. No puedo tomar ningún crédito por este concepto tan brillante y penetrante. Lo encontré en un artículo que leí hace más de dos años, y no creo que lo vaya a olvidar jamás. Algunas veces, a pesar de que nos oponemos moralmente a las relaciones sexuales prematrimoniales, tendemos a perseguir relaciones, teniendo así citas amorosas consecutivas. Hacemos todo lo posible para alcanzar algún tipo de exclusividad con alguien del sexo opuesto, alardeamos frente a nuestros amigos, y flotamos en una elevación emocional hasta que, surgen discrepancias debido a alguna diferencia que probablemente nos hubiera parecido insignificante, si no hubiéramos tenido tanta prisa por sentirnos bien.
De nuevo, esta danza revela nuestro deseo de cercanía. Pero no satisface por completo las demandas de nuestro corazón: no dura, y nuestro corazón no está hecho para la monogamia en serie. Las parejas que, después de muchos años aún están casadas y felices, podrán decir que su amor y compromiso mutuo se profundizó durante los momentos más difíciles. Además, si en la relación, hubieran buscado únicamente su propio beneficio, se habrían separado hace tiempo. El hecho es (como a un amigo le gusta decir), “¡Puedo ‘enamorarme’ de quien sea en un restaurante de cuatro estrellas!”
Lo anterior me lleva de vuelta a Nick. Todavía estamos hablando; todavía es fascinante, hemos ordenado un postre cuatro estrellas. Él me está tratando como a una dama; hay música clásica sonando en el nivel de abajo en este elegante edificio…
“Jugar a ser románticos” – ¿es lo que he dicho que estamos haciendo? “Sólo por placer, simplemente porque estamos aquí, sólo por ahora” – ¿Dije eso para mí misma? ¿Debería creer en esto? Tomando en cuenta que quiero guardar mi cuerpo, mente y corazón para mi futuro esposo, me doy cuenta de la necesidad de actuar con cautela. ¿Cómo puedo saber cuáles son, verdaderamente, las intenciones de Nick? ¿Cómo sé que él no está buscando “enamorarse” de nuevo?
Por mucho que he desacreditado el valor de cualquier sustituto de lo que es Real y Verdadero, mi propia tendencia por buscar intimidad emocional en el aquí y ahora sigue siendo fuerte. Mientras yo sea humana, con un corazón hecho para el perfecto amor de Dios, siempre será así. Yo no lo aceptaría de ninguna otra manera.
Asimismo, no renunciará a nada que esté destinado a compartirse con mi futuro esposo (quien quiera que resulte ser). Cuando recuerdo esta resolución, me importa menos cuáles podrían ser las intenciones reales de Nick; sé de quién soy. Sé dónde se encuentra la verdadera realización, y sé cuál es el contexto adecuado para la intimidad humana: Un pacto con una persona que ha demostrado con el tiempo, tener el carácter de Dios. No me voy a conformar con menos. Mi corazón no me dejaría.
Fuente:enfoquealafamilia.com






