Los buenos modales

Niños de 7 a 12 años

Es muy bueno que los niños aprendan idiomas, computación, deportes…, pero, ¿qué hay de ese joven a la hora de sentarse a la mesa?, ¿cómo recibe y despide a sus visitas? Y ¿qué tal es su conversación con sus padres y adultos?

Un segundo de distracción cuando el semáforo se ha puesto verde, basta para que los motorizados se cuelguen a la bocina o griten todo tipo de improperios con gestos ad hoc.

En el metro y en las microbuses los hombres, al ver subir a una mujer, se sumergen con pasión en su lectura o miran decididamente el paisaje -el túnel en el caso del metro- con tal de no dar el asiento.

Los jóvenes hablan a garabatos y el que no lo hace simplemente está “out”. Y para qué decir de la “sentada”. Ellas han olvidado que las piernas abiertas no son aconsejables cuando se viste falda y ellos creen que es normal que sus compañeras de estudio se sienten sobre sus piernas en vez de darles el lugar.

Existe consenso: hacen falta los buenos modales. No se trata de que añoremos un mundo de pompas y venias. Nada semejante. Consiste simplemente en que los actualmente poco ponderados buenos modales constituyen un pasaporte al éxito, porque tras el buen comer, correcto hablar y preciso comportamiento se disfraza el quid de la convivencia: el respeto a los demás.

DAR EJEMPLO

Está claro que junto con la llegada de la adolescencia, los hijos se ponen rebeldes y adoptan un aire de suficiencia. Esto es natural y demuestra el crecimiento que están viviendo al reafirmar su personalidad. Sin embargo, como parte de ese proceso es necesario que asuman tres actitudes:

- Los valores esenciales no se cambian por moda o por edad.

- Criticar es natural en estos años, pero proponer soluciones positivas es siempre mejor.

- Ponerse en el lugar del otro.

Sin estos ingredientes, los adolescentes crecerán sin haber aprendido a manejarse bien socialmente. Carecerán de lo que se ha denominado “inteligencia social” -que es saber llegar a las personas en el momento adecuado y en la forma oportuna- tan útil en la vida personal y profesional.

La adolescencia es un período en que los jóvenes necesitan cerca a sus padres y los requieren como tales: en el papel de guías y dando ejemplo. ¿Qué sacan los padres con exigir buenas maneras si “pelan” descarnadamente a otros, pelean a gritos o mienten al no querer recibir una llama- da telefónica que no se atreven a enfrentar?.

Un caso patético, ocurrió en Reñaca hace un tiempo, cuando un potente auto se desvió a propósito de su pista para golpear y volcar a una moto -conducida por una pareja joven- que lo molestaba. El auto, conducido por un padre con cinco hijos a bordo, se dio a la fuga…

TRANSAR EL” ARITO”, NO EL RESPETO

Juanita Balmaceda, encargada de la Unidad Técnica Pedagógica del Colegio Villa María Academy y profesora en esa institución, señala: “Es importante que los papás distingan entre lo que es una terquedad propia de la etapa, y lo que es ser mal educado. El aspecto estético de si usan el pelo más largo o un arito, puede disgustar, pero éstos son asuntos transables, comprendiendo que es propio de la juventud. Lo que no se debe transar nunca es el respeto a los demás. Porque en definitiva eso constituye el fondo de los buenos modales: la sensibilidad hacia los otros”.

Una experta en el tema es Sylvia Gubbins de Bustamante, embajadora de Perú en Chile hasta el año 1985. Narra su experiencia: “Soy una convencida de que los niños no nacen conociendo la buena educación y es un deber de los padres instruirlos en ella. Creo que consiste básicamente en mostrarles la manera de tratar a la gente, a todos con igual consideración, desde un rey a un mendigo. En esto, hay forma y fondo, porque el saber agradecer, comportarse y conversar con los otros, demuestra cultura y respeto hacia el prójimo”.

Juanita Balmaceda señala “Sin duda hemos vivido un cambio impresionante en los últimos años. Notamos un problema concreto: los niños no son formados en los buenos modales por sus familias, ante lo cual los colegios hemos tenido que ir asumiendo un rol que nunca antes nos había tocado y que incluye hasta el cómo comen los alumnos. Los papás deben poner atajo a los malos modales. Tienen que entender que ellos son conductores de sus hijos. Esto, además de ser una experiencia excepcional, también significa estar dispuesto a llevarse el mal rato y no sólo a ser siempre el compadre, sino un orientador”.

SENSATEZ y SENTIMIENTOS

El adolescente tiende a vivir apasionadamente, pero hay que encauzar toda esa energía. Ellos en ocasiones, con- funden la filosofía con que se toman la vida con la mediocridad. Por eso resulta apropiado ayudarles a llenar la vida con algo que les dé sentido, útil para ellos mismos y la sociedad. Todo lo contrario a una vida arrastrada y vulgar.

Sin duda, cada día la espontaneidad cobra un rol más preponderante en todo el proceso social. Gracias a ella, padres e hijos están más próximos, las generaciones se han acercado y comprendido mejor, e incluso es un valor que ayuda a la formación del propio carácter: hoy se considera fundamental moverse en un clima de confianza. Pero no es menos cierto que a veces, escudados en el “ser uno mismo”, se atropella a los otros, sus sentimientos y su espacio. De ahí el sabio consejo: “Conviene añadir sensatez a la sinceridad para no caer en la idiotez sincera, que no por ser sincera, deja de ser idiota”.

Lo anterior, en términos de diccionario, significa moderación, reflexión, cautela, ponderación… es decir, usar el sentido común y simplemente, ponerse en el lugar del otro. En otras palabras, el equilibrio del carácter exige una cuidadosa compensación entre los extremos.

Hay modales que se han hecho humo:

- Saludar con respeto a una persona mayor, lo que implica ponerse de pié cuando ésta entra a donde estamos.

- Dar el asiento a las personas mayores o mujeres embarazadas.

- Estar limpios a la hora de comer y comer bien, usando servilletas y cubiertos como se debe.

- Saber escuchar y no interrumpir a alguien cuando habla.

- Respetar la autoridad del profesor.

- No secretearse en público ni comentar las intimidades de la familia.

- Golpear ante una puerta cerrada.

- Colocar la televisión o la radio a volumen moderado.

- Ofrecer ayuda.

Fuente:

EL ARTE DE EDUCAR
Adolescencia, solos frente al camino
Fundación Hacer Familia
Santiago-Chile
2a. edición

Hacer de la guardería infantil una experiencia positiva

Los psiquiatras infantiles reconocen que el ambiente ideal para criar a los hijos pequeños es el hogar, con sus padres y familia. El cuidado diario y directo de los padres es particularmente importante en los primeros meses de vida. Ya que la situación ideal no siempre es posible, hay que evaluar cuidadosamente el papel que tienen las guarderías durante los primeros años de vida de un niño.

Algunos expertos recomiendan que los padres soliciten por lo menos seis meses o más de permiso en el trabajo para quedarse en casa con el recién nacido. Si finalmente hay que llevar al niño a una guardería, todos los expertos están de acuerdo en que la cantidad y la calidad del tiempo que pasa allí es de vital importancia para su desarrollo. Antes de escoger una guardería infantil, los padres deben familiarizarse con las normas que rigen cada centro. Deben obtener referencias y observar cómo los empleados se comportan con los niños. A veces los padres deciden llevar a sus hijos a casa de una persona que cuida niños en su propia casa. Tanto en una situación como en otra, los bebés y niños menores de dos años y medio necesitan:
Más adultos por niño que lo que requieren los niños mayores.

Mucha atención individual.

Que la misma persona los cuide durante un período de tiempo extenso.

Que el que los cuida juegue y hable con ellos, les sonría, los alabe y disfrute de su compañía.
Si los padres se deciden por una persona que cuide a los niños en su casa, deben buscar una persona que tenga confianza en sí misma, que sea cariñosa y que se sienta cómoda cuidando niños. Esta persona debe de alentar el desarrollo social y el comportamiento positivo y debe saber poner límites al comportamiento negativo. Los padres deben estar al tanto de la forma como la persona que cuida a los niños se relaciona con niños de diferentes edades. Algunas personas trabajan mejor con niños en una etapa específica de desarrollo.

Los padres deben estar al tanto de la habilidad que tiene la persona para cuidar a niños de diferentes edades y saber cuánto tiempo piensa trabajar en ese lugar, etc. Demasiados cambios o cambios durante ciertos momentos críticos del desarrollo del niño no son beneficiosos. Si los padres comienzan a pensar o a sentir que no están contentos con el lugar, deben buscar otro mejor. Los psiquiatras infantiles sugieren que se busquen guarderías que tengan:
Maestros entrenados y con experiencia, que disfruten, entiendan y sepan guiar a los niños.

El mismo personal administrativo por largo tiempo.

Oportunidades para hacer trabajos creativos, juegos imaginativos y actividad física.

Espacio para que el niño pueda moverse con comodidad en el interior y en el exterior.

Suficientes maestros y asistentes, lo ideal es uno por cada cinco niños o menos.

Variedad y cantidad de materiales para dibujar y colorear, juguetes, equipo para jugar como columpios, carritos y equipo de gimnasia.

Grupos reducidos (los estudios demuestran que es mejor tener cinco niños con una maestra que veinte niños con cuatro maestras).
Si el niño tiene miedo de ir a la guardería, los padres deben exponerlo gradualmente al nuevo ambiente. Al principio, la mamá o el papá puede ir con él y quedarse cerca mientras está jugando. Pueden pasarse así un rato cada día hasta que el niño quiera formar parte del grupo. Aunque los padres estén preocupados de cómo le va al niño, deben mostrar placer en ayudarle. Si el niño siente un terror no acostumbrado o persistente al salir de casa, los padres deben discutir el asunto con el pediatra o el médico de familia.

La American Academy of Child and Adolescent Psychiatry (AACAP) representa a 6.500 psiquiatras de niños y adolescentes (psiquiatras infantiles) con cinco años como mínimo de experiencia en psiquiatría general y psiquiatría infantil.

AACAP American Academy of Child and Adolescent Psychiatry

fuente:solohijos.com

La agresividad infantil

Dibujos para niños y nada para adolescentes

Por Mariano González
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Última actualización 16/05/2011@08:19:41 GMT+1
La medida para valorar un programa de televisión suele ser cuánta gente lo ve. Pero también se puede preguntar a los profesionales del Medio qué piensan ellos mismos de los gustos del espectador. En concreto ¿piensan los profesionales que dos segmentos de la audiencia, niños y adolescentes, se identifican con los modelos sociales y la oferta de los Medios?
Si la pregunta se refiere a la televisión que más ven los adultos, la generalista, la respuesta de los profesionales es que a los menores de 13 años esa televisión no les gusta. Y los adolescentes (14-18 años), ¿qué opinan de la tele en general? Pasan de ella. Solo se fijan en algunas series, la mayoría fabricadas para adultos, pero que les atraen porque están protagonizadas por actores de 30 años, disfrazados de alumnos de Instituto. Eso es todo. La industria carece de productos audiovisuales para ese target.

Porque las cosas cambian. Hasta 1986, la única televisión era TVE. Su programación enganchaba a todos y trasladaba bien sus modelos sociales. No había alternativa. Hoy, con una copiosa oferta, los más pequeños sí han encontrado su hueco en los canales infantiles –como Clan y Disney Chanel–, mientras que los adolescentes no se identifican con lo que ven. La oferta selvática de la TDT les resbala. Se van a contenidos más interactivos y los encuentran en el marasmo de las nuevas tecnologías.

La ventana de los canales temáticos tiene una pega: el exceso de dibujos animados, por un lado; y la abundancia de producciones muy americanas, por otra. Muy reductiva. Los programas específicamente infantiles, y de factura española, son habas contadas: el éxito mundial de Pocoyó, El club de Pizzicato (TVE2) y la esporádica aparición de programas con menores en el plató.

Aprender el medio

El canal Teleclip.tv enseña a chicos de 7 a 16 años a realizar reportajes, video-clips, telediarios, guiones, etc. A ser creativos. Su directora, la profesora de Ciencias de la Información (Complutense) Loreto Corredoira, hizo el primer diagnóstico en una reciente jornada sobre televisión y menores de edad: “Los niños han encontrado contenidos especializados con los que se identifican; los adolescentes, no. La televisión no responde a sus expectativas. Quieren sentirse más protagonistas que los niños y por eso se intercambian contenidos”.

En ese mismo acto de iCmedia (federación de asociaciones de usuarios de medios), una solución para el público infantil la dio Yago Fandiño, subdirector de la Web de Contenidos de RTVE. Consiste en desagregar contenidos, según edades. Es un esfuerzo del Medio, que falta en muchas cadenas.

Fandiño apunta dos problemas para los niños: los modos de acceso (móviles, webs, consolas, portátil) son abundantes y los contenidos también. Y como no todos son válidos para ellos, la elección se complica.
En cuanto a los adolescentes, gran despiste. “No les vale el modelo unidireccional. Incluso a partir de los 12 años ya no sabemos qué contenidos les interesan”.

Niños mayores

Sí, el período de infancia se acorta, apostilla Fernando Barrenechea, Responsable de Marketing de Zinkia, productora de Pocoyó. Los niños utilizan ya más de un soporte para ver contenidos, muchas veces diseñados para un público más mayor, “lo que no sé si es bueno”, se lamenta.

En cuanto a los gustos de los adolescentes: “Van por delante del modelo que ofrecemos. Los productos de animación se les quedan cortos, y las series juveniles, que siguen con pasión, tienen un código de valores inapropiado para su edad”.

Una ley muy laxa

Arturo Canalda, Defensor del Menor en Madrid, centró el tiro en los contenidos inadecuados para menores, que una Ley Audiovisual “muy laxa” permite a las cadenas difundirlos. Igualmente culpables son el miedo del espectador y de las instituciones a criticar y sancionar al Medio que así actúa, el morbo de verlos –lo que sube la audiencia– y la actitud de los padres que, con su pasividad, no dan criterio a sus hijos para elegir ofertas de calidad.

Fuente:padresycolegios.com

LOS NIÑOS DE LAS MIL HORAS DE TELE


Un estudio reabre la alerta sobre el consumo masivo que los menores hacen de la televisión. Nadie sabe aún cuál es el efecto sobre los niños, aunque nadie duda de que marcará a toda una generación

Por Joaquim Reglan
La Vanguardia 25/01/2004

“Por la mañana están muy nerviosos, porque desayunan rápido e hipnotizados ante la tele”, explica una maestra

“El problema de fondo –apunta un profesor de psicoanálisis– no es de cifras, sino de personas indefensas ante los medios”

La comprobación de que las criaturas pasan más horas frente al televisor y otras pantallas electrónicas que en la escuela dispara las alarmas y el debate sobre la cantidad y calidad del consumo audiovisual. Mac Luhan vaticinó aulas sin muros debido a la influencia de la cultura audiovisual, pero no imaginó que las malas artes y las nuevas tecnologías crearían vertederos de basura sin muros de contención. Un estudio realizado por el Consell de l”Audiovisual de Catalunya (CAC) alerta sobre que los menores catalanes pasan 990 horas anuales ante pantallas electrónicas y sólo 960 en la escuela, que hay pocos programas infantiles buenos, que el 15% de los escolares sufre insomnio a causa de los ruidos y los horarios y que muchos contenidos son aberrantes. Ante esos resultados, su presidente, Francesc Codina, propone “ampliar el horario de protección a la infancia, compensar la diferencia horaria entre escuela y televisión, favorecer una mayor producción infantil, crear nuevos canales especializados y concienciar a los padres sobre su responsabilidad”.

José Manuel Pérez Tornero dirigió el estudio. Es profesor de la Universitat Autònoma de Barcelona y asesor de la Unesco en educación mediática. Autor de tratados sobre la materia, se muestra optimista. “Una mayor sensibilidad social respecto al problema y las nuevas tecnologías permitirán seleccionar a la carta canales especializados de mayor calidad”, augura. Le fascina la televisión y le ve muchas posibilidades educativas, “por eso la critico con una mezcla de dolor de corazón y de cariño. Me gustaría que fuese mejor y puede serlo. Mi mujer es catedrática de Literatura y se queja del lenguaje y los valores que inculca la telebasura entre la juventud”. Como muchos padres, desea “una televisión que trate de la vida cotidiana, fomente la cultura y los valores solidarios”.

Xesc Barceló es un guionista de prestigio. Pionero de programas infantiles de TVE y responsable de la programación juvenil de TV3, ahora trabaja en Media Pro y suministra programas a varias cadenas. “Antes –explica– había más preocupación por los contenidos didácticos e innovadores. Una serie como ‘Verano azul’ parece ñoña, pero fue progresista en su época. Ahora me preocupan los insultos, la grosería, el morbo y los chistes racistas y excluyentes que se cuentan en ciertos espacios.” No practica la regla de oro de los guionistas norteamericanos: “Si ponemos excrementos, atraemos moscas, si ponemos más excrementos, atraemos más moscas”, pero tampoco dispara contra el emisor. “Hay porquería y programas selectos, pero el gran público tiende hacia lo peor, como en música, libros o cine. Si diese más beneficios hablar de principios éticos, lo harían, pero no es así.”

Creador de espacios “sutilmente didácticos con toque gamberro, pero sin confusiones ideológicas o de comportamiento y sin apelar a instintos básicos”, ve cómo la televisión se hace más primaria y atrae a los jóvenes con morbo y sexo. “Sea pública o privada, por unas décimas de audiencia se emite más carnaza”, y la tontería se expande y contagia. Espacios de humor o series como ‘Plats bruts’ son histéricas, histriónicas y groseras, pero gustan a menores y mayores. “Es una moda y un reflejo de las galerías de monstruos de ‘Crónicas marcianas’ y ‘Gran Hermano’, que ya sólo son caricaturas de sí mismos”, resume el guionista.

Sue Aran es directora de estudios audiovisuales de la Universitat Ramon Llull y ha colaborado en el estudio del CAC. “La prensa ha simplificado los datos, no ha separado las horas dedicadas a la televisión de las dedicadas a ordenadores y videojuegos”, critica. Más que alarmar a la sociedad o atacar a la industria audiovisual, propone “una revisión general del modelo familiar y del consumo cultural que afecta a todos, ya que adultos y ancianos pasan más horas frente a la pantalla que los niños”. Su tarea es formar nuevos profesionales. “En la universidad introducimos una reflexión general sobre la preocupación social y educativa, así como asignaturas sobre uso pedagógico y educación mediática. Pero sería bueno que esa reflexión se integrase en la escuela primaria, ya que algunos programas de la Generalitat mezclan cine, televisión e informática.”

Montserrat Colom dirige una escuela de primaria. “Se nota que niñas y niños ven programas inapropiados y fuera del horario habitual. Por la mañana están muy nerviosos, porque desayunan rápido e hipnotizados ante la tele.” Sin embargo, no es partidaria de introducir asignaturas especiales. “Desde la escuela se puede incidir aprovechando las ocasiones para hacer comentarios críticos, pero sin dramatizar y con sentido común. Lo contrario sería contraproducente, ya que formamos personas libres y críticas ante la televisión y ante la sociedad.” Cree que el problema se agrava en secundaria.

Víctimas no sólo infantiles Lluís Prat se licenció en Audiovisuales en la Universitat Pompeu Fabra y dirige un centro de bachillerato. “Los adolescentes reciben más influencias de los amigos que de casa o la televisión. Es cierto que se retrasa la adolescencia, pero se debe a una estructura educativa que lleva diez años en reformas y ha bajado los niveles de calidad. Atribuirlo a los audiovisuales es una simplificación excesiva.” Su crítica a los contenidos mediáticos es por su “desmesurada inflación de programas del corazón y de chismorreo”.

Según el sociólogo Salvador Cardús, “la estadística no cambia nada. Escandalizarse por las cifras es farisaico, porque los índices de audiencia señalan lo que desean ver los adultos, y los maestros miran tanta tele como los demás ciudadanos”. Cardús detecta “una fobia contra los medios audiovisuales, a los que se culpa de todos los males de nuestra existencia. La cuestión no es saber cuántas horas pasan los menores ante las pantallas, sino cómo las pasan”.

Begoña Odrazola es terapeuta familiar y pesimista. “Las estadísticas son parecidas a las de hace 20 años, no se avanza y nos jugamos el futuro de una juventud más violenta”, dice. Por su consultorio pasan padres agobiados por el trabajo, hijos pasivos y sedentarios, personas solitarias e incomunicadas, abuelas que hacen de canguro y “adolescentes con falta de límites, que no valoran las cosas, no soportan una negativa y son más impulsivos”. Tiene casos tan preocupantes como el de una mujer que se ha quedado en el paro, se ha enganchado a la playStation y se pasa cuatro horas diarias jugando. Pero siempre hay alguno peor: “Un niño tenía la habitación llena de ordenadores y no salía nunca. Cumplió 18 años y no quería trabajar ni estudiar. Ha llegado a los 28 años encerrado en su cuarto y ahora ya hay un mandato judicial de alejamiento del hogar instado por los padres.”

Joan Salinas-Rosés es profesor de psicoanálisis en la Universidad del País Vasco. Según él, “lo que está en debate son síntomas contemporáneos que todo sujeto recibe de modo masivo. El problema de fondo no es de cifras y horas, sino de personas indefensas ante unos medios que tienden hacia la uniformidad y el pensamiento único, en línea con la globalización y una colonización de las mentalidades cada vez más sutil”. En cuanto a la afirmación del CAC de que mirar una pantalla “no es natural”, estima que “tampoco es natural beber refresco de cola o té. Es en función de una cultura que algo se convierte en hábito natural, y son los padres quienes transmiten estos hábitos”. Lo que parece claro es que cada vez se practican menos aquellos tres mandamientos de los medios que decían: “Informar, formar y entretener.”

Fuente:arvo.net

El valor del afecto en la salud de los niños

El déficit afectivo conduce a los niños a inmadurez en el desarrollo como persona

Doctor Juan Casado, jefe de Pediatría del Hospital Niño Jesús de Madrid

El afecto es un sentimiento imprescindible para los humanos, especialmente para los más frágiles, aquéllos que están en los extremos de la vida, las personas mayores y los niños. Para ellos es tan necesario que sin afecto enferman, y no sólo del alma con disfunciones psicológicas y del comportamiento; también con enfermedades físicas, de sus órganos. La falta crónica de afecto produce disminución de la inmunidad y en consecuencia más infecciones, también malnutrición y talla baja.

En el pasado, estos efectos perniciosos eran claramente visibles en los niños de orfanatos porque sufrían una intensa y permanente deficiencia de cariño y estímulos. En la actualidad, las consecuencias de la falta de cariño son menos evidentes en el desarrollo físico, pero continúa siendo una causa de talla baja.

El déficit afectivo conduce además a los niños a inmadurez en el desarrollo como persona, dificultad para relacionarse de adultos y adolescentes, inadaptación social y quizás a la delincuencia. El afecto también reduce el estrés, la ansiedad y los síntomas psicosomáticos.

La falta de cariño facilita los accidentes, tanto dentro como fuera del hogar, porque la vigilancia y cuidados disminuyen, aumentando las intoxicaciones y accidentes, causas importantes de enfermedad e incluso de muerte. Como los niños aprenden sobre todo imitando (no con sermones ni consejos), pueden reproducir en su edad adulta este modelo poco afectivo, distante y frío de conducta, que luego puede tener repercusiones sobre las relaciones personales de adultos.

El afecto es como una vacuna que previene contra múltiples enfermedades, una medicina barata, accesible a todo el mundo y sin efectos secundarios, para la que no se necesita receta, manual de instrucciones ni conocimiento alguno. La mayoría de los animales lo aplican con sus crías, miles de millones de humanos ricos o pobres, cultos o incultos, inteligentes o no, lo han empleado desde siempre con sus hijos.

El nivel de conocimientos o de entrenamiento para dar afecto a los niños, es ninguno. Sólo se precisa disponibilidad y tiempo. Por desgracia, muchos padres actuales, inteligentes, incluso bien situados social y profesionalmente no tienen tiempo para ‘aplicar’ a sus hijos esta vacuna que no se puede adquirir en el mercado, y que sólo ellos pueden aplicar. Compaginar las legítimas aspiraciones personales y profesionales de los padres con el tiempo necesario para aplicar este eficaz medicamento es, desde mi punto de vista, imprescindible.

El afecto se inicia nada más nacer, reconociendo con la mirada, las caricias y el tacto, al bebé, incluso a los recién nacidos prematuros. En las siguientes semanas, arrullándoles, hablándoles, alimentándoles y acariciándoles. El contacto directo piel contra piel es sedante y gratificante para padres e hijos. Más tarde, el afecto se expresa espontáneamente gracias al vínculo afectivo establecido por el roce, el contacto y el reconocimiento de esas personas como cercanas.

En los siguientes meses y años, el afecto que los niños necesitan de sus padres se administra mediante el juego, porque el mejor juguete del niño pequeño es su madre o su padre. El juego es vital para los niños, representa su principal actividad, y puede afirmarse que sin juego no hay salud: mientras un niño juega está sano.

En la edad escolar, el afecto y el cariño consiste en escuchar al niño, respetar sus opiniones y entender sus intereses. Para todo esto se necesita tiempo, más en calidad que en cantidad. Sin tiempo no hay roce, no hay contacto físico, verbal, ni visual; y sin roce no hay cariño.

Aunque los padres dispongan de poco tiempo, realidad difícil cuando no imposible de modificar en muchos casos, por favor dedica el poco tiempo a cubrir afectivamente a tus hijos, no a leer el periódico, ver la televisión o descansar. Juega, achucha, habla y respeta a tu hijo. Su salud mental y física te lo agradecerán. Cuanto antes apliques la vacuna del afecto mejor; unos años más tarde, no será tan efectiva. Te recomiendo una vacuna de afecto todos los días.

Autor: FAMILIAE Psicoterapia- Fecha: 2011-03-24

El valor del afecto en la salud de los niños

El déficit afectivo conduce a los niños a inmadurez en el desarrollo como persona

Doctor Juan Casado, jefe de Pediatría del Hospital Niño Jesús de Madrid

El afecto es un sentimiento imprescindible para los humanos, especialmente para los más frágiles, aquéllos que están en los extremos de la vida, las personas mayores y los niños. Para ellos es tan necesario que sin afecto enferman, y no sólo del alma con disfunciones psicológicas y del comportamiento; también con enfermedades físicas, de sus órganos. La falta crónica de afecto produce disminución de la inmunidad y en consecuencia más infecciones, también malnutrición y talla baja.

En el pasado, estos efectos perniciosos eran claramente visibles en los niños de orfanatos porque sufrían una intensa y permanente deficiencia de cariño y estímulos. En la actualidad, las consecuencias de la falta de cariño son menos evidentes en el desarrollo físico, pero continúa siendo una causa de talla baja.

El déficit afectivo conduce además a los niños a inmadurez en el desarrollo como persona, dificultad para relacionarse de adultos y adolescentes, inadaptación social y quizás a la delincuencia. El afecto también reduce el estrés, la ansiedad y los síntomas psicosomáticos.

La falta de cariño facilita los accidentes, tanto dentro como fuera del hogar, porque la vigilancia y cuidados disminuyen, aumentando las intoxicaciones y accidentes, causas importantes de enfermedad e incluso de muerte. Como los niños aprenden sobre todo imitando (no con sermones ni consejos), pueden reproducir en su edad adulta este modelo poco afectivo, distante y frío de conducta, que luego puede tener repercusiones sobre las relaciones personales de adultos.

El afecto es como una vacuna que previene contra múltiples enfermedades, una medicina barata, accesible a todo el mundo y sin efectos secundarios, para la que no se necesita receta, manual de instrucciones ni conocimiento alguno. La mayoría de los animales lo aplican con sus crías, miles de millones de humanos ricos o pobres, cultos o incultos, inteligentes o no, lo han empleado desde siempre con sus hijos.

El nivel de conocimientos o de entrenamiento para dar afecto a los niños, es ninguno. Sólo se precisa disponibilidad y tiempo. Por desgracia, muchos padres actuales, inteligentes, incluso bien situados social y profesionalmente no tienen tiempo para ‘aplicar’ a sus hijos esta vacuna que no se puede adquirir en el mercado, y que sólo ellos pueden aplicar. Compaginar las legítimas aspiraciones personales y profesionales de los padres con el tiempo necesario para aplicar este eficaz medicamento es, desde mi punto de vista, imprescindible.

El afecto se inicia nada más nacer, reconociendo con la mirada, las caricias y el tacto, al bebé, incluso a los recién nacidos prematuros. En las siguientes semanas, arrullándoles, hablándoles, alimentándoles y acariciándoles. El contacto directo piel contra piel es sedante y gratificante para padres e hijos. Más tarde, el afecto se expresa espontáneamente gracias al vínculo afectivo establecido por el roce, el contacto y el reconocimiento de esas personas como cercanas.

En los siguientes meses y años, el afecto que los niños necesitan de sus padres se administra mediante el juego, porque el mejor juguete del niño pequeño es su madre o su padre. El juego es vital para los niños, representa su principal actividad, y puede afirmarse que sin juego no hay salud: mientras un niño juega está sano.

En la edad escolar, el afecto y el cariño consiste en escuchar al niño, respetar sus opiniones y entender sus intereses. Para todo esto se necesita tiempo, más en calidad que en cantidad. Sin tiempo no hay roce, no hay contacto físico, verbal, ni visual; y sin roce no hay cariño.

Aunque los padres dispongan de poco tiempo, realidad difícil cuando no imposible de modificar en muchos casos, por favor dedica el poco tiempo a cubrir afectivamente a tus hijos, no a leer el periódico, ver la televisión o descansar. Juega, achucha, habla y respeta a tu hijo. Su salud mental y física te lo agradecerán. Cuanto antes apliques la vacuna del afecto mejor; unos años más tarde, no será tan efectiva. Te recomiendo una vacuna de afecto todos los días.

Autor: FAMILIAE Psicoterapia- Fecha: 2011-03-24

Adopciones: buscar lo mejor para los niños

La adopción no se trata de dar un hijo a unos padres, sino de dar unos padres, esperando que sean buenos padres

Adopciones: buscar lo mejor para los niños
En el tema de la adopción de niños huérfanos, abandonados o en situaciones de grave dificultad, se entrecruzan dos perspectivas que no siempre llegan a armonizar entre sí. Por un lado, la búsqueda de lo que sea mejor para los niños. Por otro, lo que desean los candidatos a la adopción.

En general, las asociaciones que gestionan quiénes y cómo adoptan a los niños, así como las leyes de numerosos países, tienen como punto de mira prioritario trabajar por el mayor bien del menor. En función de tal bien, existen normas más o menos severas que establecen requisitos bastante exigentes a la hora de escoger quiénes pueden adoptar a los niños.

Esas normas buscan evitar el riesgo de abusos; sería trágico que los niños pudiesen ser “adoptados” por delincuentes o por quienes desean explotarlos como trabajadores, pordioseros o esclavos sexuales. Al mismo tiempo, las normas aspiran a ofrecer aquellas situaciones familiares, sociales, económicas, que más favorezcan un normal desarrollo de los pequeños.

Pero las normas quedan en el aire si olvidamos a los candidatos a la adopción, es decir, a aquellas personas que piden y que se ofrecen a adoptar a los niños huérfanos o abandonados.

En muchos casos, tales personas son matrimonios que no tienen hijos, después de haber transcurrido varios años de casados, y que esperan ofrecer un buen hogar a los niños necesitados de una familia. También hay casos de matrimonios con hijos que piden ser considerados como candidatos para la adopción. Igualmente, encontramos a personas en otras situaciones (solteros, viudos, parejas de hecho) que manifiestan su voluntad de ser adoptantes.

Los problemas surgen cuando los criterios según los cuales se busca el mejor interés del hijo llevan a excluir como potenciales adoptantes a muchas parejas (casadas o sin casar) o a personas que viven solas.

En concreto, suelen ser excluidas las parejas que tienen un bajo rédito económico y no garantizarían un mínimo decoro para los niños, o las parejas que tienen mayor edad (no siempre es fácil establecer a partir de qué edad unos esposos no serían, al menos según la ley, buenos adoptantes), o a quienes viven en una gran inestabilidad emocional y familiar que implicaría para el niño quedar expuesto a una difícil situación de tensiones y conflictos.

También son excluidas, como adoptantes, en la mayoría de las normas vigentes, quienes viven solos (hombres o mujeres no casados o viudos), aunque sean relativamente jóvenes y tengan una buena situación económica.

Alguno podría objetar que tantas exclusiones generan frustración en cientos de personas, quizá miles, que se ofrecen cada año para adoptar a niños abandonados o necesitados. Pero si recordamos que el interés del niño tiene una importancia prioritaria, daremos la razón a quienes defienden que en la adopción no se trata de dar un hijo a unos padres, sino de dar unos padres, esperando que sean buenos padres, a un hijo.

En esto contexto podemos reflexionar sobre las diferentes peticiones de quienes piensan que tanto las parejas de hecho (personas que conviven entre sí por un tiempo más o menos prolongado) como las parejas del mismo sexo, especialmente en aquellos lugares donde su unión ha sido reconocida a nivel estatal como “matrimonio”, pueden ser candidatos aptos para la adopción de niños, con las mismas condiciones que se exigen a los demás matrimonios (estabilidad, buena economía, ausencia de conflictos emocionales graves, etc.).

Estas peticiones no pueden ser tratadas de modo diferente a como se tratan tantas otras peticiones de adopción. La pregunta esencial es siempre la misma: ¿cuál es el mejor bien del niño?

La respuesta dominante, con serios motivos a su favor, indica que lo mejor para un niño es una pareja estable (un matrimonio), de determinada edad, con cierta estabilidad económica, con garantías de armonía psicológica y con la suficiente honradez para evitar abusos.

Lo anterior no se aplica a las parejas de hecho, incluso si llevan un largo tiempo de convivencia, precisamente porque su opción de vida ante la sociedad, al renunciar a cualquier pacto matrimonial reconocido públicamente, se coloca en una situación anómala y no conveniente para el bien de los adoptandos.

En cuanto a parejas homosexuales, por ejemplo en aquellos lugares donde reciben un reconocimiento legal semejante o idéntico al del matrimonio entre un hombre y una mujer, nos encontramos ante una situación nueva, en la que dos personas biológicamente del mismo sexo piden adoptar un hijo, cuando la relación normal que ayuda a la maduración y crecimiento de los hijos es la que se da en parejas de sexos diferentes.

Por lo mismo, y en función del bien del menor, resulta oportuno mantener como un requisito (entre tantos otros) el que los padres sean una pareja heterosexual con un matrimonio jurídicamente reconocido y estable.

Afirmar lo anterior implica, ciertamente, optar por criterios de selección que pueden ser vistos como discriminatorios, pero que en realidad buscan lo mejor para el niño. No es correcto pensar, por ejemplo, que sufren una discriminación injusta aquellas parejas avanzadas en años a las que no se permite ser adoptantes, por muy intenso que sea su deseo de adoptar.

Lo principal, hay que recordarlo siempre, es el bien del niño. Ese niño necesita, en el camino de su desarrollo, encontrar un hogar que le ofrezca cariño en condiciones lo más similares posibles a las propias de una pareja sana construida sobre el binomio hombre-mujer. Es oportuno recordarlo, por el bien de los adoptandos, quienes por desgracia inician el camino de su maduración personal con la ausencia de sus verdaderos padres y que merecen encontrar la acogida por parte de familias dotadas de las mejores características para ayudarles, desde la complementariedad propia de quienes actuarán como padre y madre del niño.

fuente: catholic.net

El Día del padre: ideas para celebrarlo

¿Qué es lo que más le gusta a papá? Que le digas que le quieres todos los días, sentirse alguien muy especial para ti y ver que valores su trabajo y esfuerzo a diario. Por eso, en su día le harás aún más feliz si reúnes todas las demostraciones de cariño y le haces un pequeño homenaje.
Para hacerle ver que es una persona valiosa y fundamental para la familia, recuérdale lo mucho que le quieres y prepárale un día inolvidable con mucha imaginación y teniendo en cuenta sus gustos.

Empezar a vivir el Día del padre con buen desayuno que le saque de la rutina, hará las delicias de tu papá. Un desayuno en familia es un momento de integración, que le sacará de la rutina. Después, felicítale. Es el momento de entregarle su regalo. Cualquier cosa servirá, pero si está hecha con amor, esfuerzo y dedicación darás en el clavo. Los dibujos, las tarjetas de felicitación, los collages de fotografías, las poesías, los últimos vídeos familiares o las manualidades hechas por vosotros le llegarán al corazón. Después, una actividad compartida, una comida deliciosa, una película por la tarde y un cuento antes de dormir pueden completar un día perfecto.

Conseguir que tu papá se sienta el mejor padre del mundo es objetivo ese día. Los niños tienen la oportunidad de hacer gala de su generosidad, simpatía y cariño hacia un papá que lo es todo para ellos. Y los padres no deben dejar pasar esta excelente oportunidad para devolverles este regalo, compartiendo y trasmitiéndoles lo que significa ser padre. ¿Cómo? Tan sólo dedicando este día por completo a los niños, olvidándose de las preocupaciones y tareas diarias.

Es un buen día para crear vivencias que tanto niños como padres recordarán con el tiempo. Los padres son “lo más” para sus hijos y gracias a su papel cada vez más activo y participativo con los niños, pueden hacer más cosas con ellos, pasar más tiempo juntos y crear familias más unidas. Los niños se fijan mucho en los mayores e imitan a los mayores, así que muy probablemente esta experiencia sea enriquecedora para vuestra relación.

Aprovecha este gran momento para contar a tus hijos una historia entrañable, que siempre recordarán y en la que ellos eran los protagonistas. Recuérdales el día en que nacieron, cómo te enteraste de que ibas a ser papá, cómo te sentiste cuando le cogiste por primera vez en brazos y lo feliz que te hizo su llegada a casa, qué pasó el primer día que tocaron la nieve o fueron a la playa. Los niños adoran escuchar historias y cuando son el eje de la narración se sienten queridos y aceptados.

Mantén los lazos de amistad y complicidad contándoles un secreto de cuando eras pequeño como ellos. Ameniza la charla con anécdotas, historias, secretos o sueños que puedas compartir y contarles de cuándo eras pequeño. Seguro que les encanta escuchar estas cosas de su padre y saber qué sentía o pensaba cuando era pequeño como él.

fuente:guiainfantil.com

Castigar a los hijos por una rabieta puede convertirles en adultos ansiosos

ABC, 9 de marzo 2011.

La manera en la que los padres reaccionan cuando su hijo tiene una rabieta puede conducir al niño a problemas de comportamiento, ansiedad o retraimiento. Y el efecto será más pronunciado si el pequeño muestra con frecuencia emociones negativas como la ira y el temor social, según revela un estudio de la Universidad de Illinois (Estados Unidos).

En este sentido, el trabajo insiste en que los niños necesitan ayuda adicional para tratar estas emociones negativas que van apareciendo en su personalidad y afirma que los progenitores son quienes tienen la principal responsabilidad en este asunto.
“Los niños, más que las niñas, necesitan la ayuda de sus padres, algo que, a menudo, manifiestan a través de las emociones, como el enfado o el temor”, señala la profesora de Desarrollo Humano del centro universitario, Nancy McElwain. En este sentido, advierte de que si los padres ridiculizan a sus hijos por tener estas actitudes, haciéndoles sentir tontos o pasar vergüenza, los pequeños pueden ocultar estas emociones, lo que perjudicará directamente su comportamiento a medida que crecen.
Para realizar el estudio, McElwain y la autora principal, Jennifer Engle, examinaron los datos recogidos a partir de observaciones en 107 niños que fueron parte de un estudio más amplio de desarrollo social y emocional infantil y de las relaciones entre padres e hijos. Así, se sometió a los padres a un cuestionario en el que se les preguntaba con qué frecuencia su hijo había mostrado enojo o miedo social en el último mes. También se les interrogó sobre cómo responderían a las emociones negativas mostradas por el niño en varias situaciones hipotéticas.

La peor reacción, castigar
Posteriormente, investigaron dos tipos de reacciones de los padres a las emociones negativas de sus hijos. Un tipo de reacción era reducir al mínimo las emociones de sus hijos con frases como ‘deja de comportarte como un bebé’. Otro tipo de reacción analizada fue la de castigar al niño por tener estas emociones, enviando al niño a su habitación para llorar, o dándoles un juguete o un privilegio como premio en el caso de que el pequeño se portase bien.
El resultado obtenido fue que, en los casos en que los padres mostraban más tendencia a castigar a sus hijos por sus miedos y frustraciones, los niños estaban más ansiosos con el tiempo. “Cuando los padres castigan a sus niños por tener rabietas o miedos, los niños aprenden a ocultar sus emociones en lugar de mostrarlas. Esto hace que vayan acumulando estos sentimientos y convirtiéndose en el futuro en personas cada vez más ansiosas e irascibles”, concluye el estudio.
Según los investigadores, los padres deben enseñar a los hijos a regular y expresar sus emociones. “Cuando los niños están molestos, es mejor hablar con ellos y ayudarles a trabajar a través de sus emociones en lugar de enviarlos a su habitación para trabajar a través de sus sentimientos por su cuenta. Los niños pequeños, especialmente los que son propensos a sentir emociones negativas intensamente, necesitan consuelo y apoyo cuando sus emociones amenazan con desbordarse”, asegura Jennifer Engle, autora principal del estudio.

fuente: www.thefamilywatch.org