Debate planetario sobre el matrimonio
Rafael Navarro-Valls-Religión en libertad, 1 de junio 2011.
02-06-2011
Las grandes contiendas jurídicas no son simplemente nacionales: son planetarias. Así ocurrió, por ejemplo, con los debates en torno a la codificación. Y así está ocurriendo ahora con la nota de heterosexualidad del matrimonio.
La tensión se percibe entre dos tendencias opuestas. La primera es lo que en términos de derecho internacional se llama “efecto dominó”. Es decir, la propensión expansiva de una institución jurídica, cuando es adoptada por un sistema político de cierta influencia sobre otros. La especial gravedad de que España aceptara – con fuertes oposiciones, todo hay que decirlo, por parte de los órganos jurídicos españoles de mayor relieve – el llamado matrimonio entre personas del mismo sexo, radicó en que produjo como reacción que algún país latinoamericano (por ejemplo Argentina, o, más limitadamente en el estado de Mexico D.F., que representa tan sólo el 8% de la población de la república de México) alteraran profundamente la estructura configurativa del matrimonio, aceptando el matrimonio entre homosexuales. En otros países (Chile, Ecuador, Perú et c) solamente se planteó a nivel político o jurídico, pero sin cambios apreciables en la configuración del matrimonio.
Junto a esta tendencia expansiva, la adopción por algunos sistemas jurídicos del matrimonio entre personas del mismo sexo, ha producido una reacción contraria. Lo que he llamado en alguna ocasión “efecto blindaje”, esto es, la defensa del matrimonio heterosexual a través de la constitucionalización de la nota de heterosexualidad. El último ejemplo en Europa de esta tendencia ha sido Hungría. Hace menos de un mes (25 de abril) se aprobó en el Parlamento húngaro por 262 votos contra 44 (bastante más de los dos tercios exigidos) una nueva Constitución, que elimina los últimos residuos comunistas de la antigua de 1990. En lo que respecta al matrimonio, expresamente se establece la protección de la “institución del matrimonio, considerado como la unión natural entre un hombre y una mujer y como fundamento de la familia”. Anteriormente, la Constitución polaca de 1997 (artículo 18) definió el matrimonio exclusivamente como “la unión entre un hombre y una mujer”. En fin, la constitución de Lituania (1992) establece que “el matrimonio debe ser efectuado con el consentimiento mutuo y libre del hombre y la mujer”, definiendo su Código civil el matrimonio como “el acuerdo voluntario entre un hombre y una mujer”.
¿Cuál de ambas tendencias progresa con mayor rapidez ? Contra lo que pudiera creerse, la realidad es que existe un equilibrio inestable modelado por reacciones y contra-reacciones que dibujan, en mi opinión, un panorama más cercano a la defensa del matrimonio heterosexual que al avance del matrimonio entre personas del mismo sexo.
Prescindiendo de la algarabía mediática de uno u otro signo, conviene circunscribirnos a los hechos. Un rápido “tour d´horizon” probablemente avalará lo que digo. Volviendo a Europa, la verdad es que si Países Bajos (2001), Bélgica (2003), España (2004), Noruega (2009), Suecia (2009) y Portugal (2010) han regulado el matrimonio entre personas del mismo sexo, la corriente mayoritaria se muestra concesora de diversos efectos a las uniones civiles de personas del mismo sexo, pero no demasiado receptiva a transformar esas uniones en verdaderos matrimonios. Ya hemos visto la tendencia de los países del Este de Europa a constitucionalizar la nota de heterosexualidad. En otros países europeos (Francia, Italia, Alemania etc), aunque el debate se plantea con mayor o menor intensidad, la posición de los órganos legislativos o jurisprudenciales mantiene una posición de equilibrio que no se inclina h acia la concesión “tout court” del estado matrimonial a las uniones civiles. Así, por ejemplo, en febrero de este mismo año, el Consejo Constitucional francés consideró que la prohibición del matrimonio homosexual, tal y como lo recoge el Código Civil, es conforme a la Constitución francesa.
Latinoamérica es un ámbito jurídico en el que las reacciones se producen con rapidez ante modelos distintos. Un ejemplo. Acabo de regresar de México, donde he debido viajar por cuestiones académicas a varios estados. El único de ellos en que se ha aprobado el matrimonio entre personas del mismo sexo es Ciudad de México. La reacción fue inmediata. Los estados de Jalisco, Morelos, Sonora, Tlaxcala y Guanajuato plantearon ante la Corte Suprema cuestión de inconstitucionalidad. Aunque esta declaró constitucionales los matrimonios aprobados en Ciudad de México (naturalmente sin imponerlos a los demás estados), inmediatamente el Congreso del estado de Baja California reformó el artículo 7 de la Constitución estatal, definiendo el matrimonio exclusivamente como “la unión entre un hombre y una mujer”. Esta tendencia a “blindar” las constituciones estatales está encontrando eco en algunos otros estados mexicanos, centroamericanos y sudamericanos.
En Estados Unidos, el matrimonio entre personas del mismo sexo es reconocido a nivel estatal por seis Estados: Massachusetts (2004), Connecticut (2008), Iowa, Vermont, New Hampshire y Distrito de Columbia (estos cuatro en 2009). Sin embargo, como reacción ante la tendencia expansiva, antes o después de esas fechas, más de 20 estados alteraron sus constituciones para definir el matrimonio como una unión entre hombre y mujer. Es decir, para blindarse frente a la tendencia expansiva.
Hace unos días, Obama ha cursado órdenes al Departamento de Justicia para que deje de apoyar ante los tribunales la ley federal aprobada en 1996 durante la Administración Clinton, en la que se define el matrimonio como la unión legal entre un hombre y una mujer. Esta “ley de defensa del matrimonio” (DOMA) , por la que ningún estado está obligado a reconocer como matrimonio una relación entre personas del mismo sexo reconocida como matrimonio en otro estado, se aprobó en su momento una amplia mayoría bipartidista en ambas cámaras del Congreso. La reacción ha sido inmediata. El presidente de la Cámara de Representantes anunció que iba a reunir a un grupo de asesoramiento legal formado por miembros de ambos partidos para defender la DOMA. “Es de lamentar –dijo– que la Administración Obama haya abierto esta cuestión tan polémica en un momento en que los americanos quie ren que sus líderes se centren en el empleo y en los problemas económicos. La constitucionalidad de esta ley debe ser decidida por los tribunales, no por el presidente de modo unilateral, y esta decisión de la Cámara quiere garantizar que la cuestión se afrontará de modo conforme con la Constitución”.
El balance final es que de los 192 países reconocidos ante la ONU (más 10 de facto, no integrados oficialmente en dicha organización) solamente reconocen el matrimonio entre personas del mismo sexo un total de 10 países, más algunos estados aislados de México y Estados Unidos. Entre ellos, no se cuenta ningún país asiático y ninguno africano (salvo Sudáfrica), y solamente un latinoamericano, y parte de otro. Comparando la demografía de ese pequeño grupo de países con la de todo el planeta que rechaza el modelo de matrimonio entre personas del mismo sexo, la anomalía jurídica está todavía localizada. Desde luego es una localización con tendencia a la expansión, pero al parecer la mayoría de la corriente sanguínea del organismo jurídico tiende a defenderse, buscando otras fórmulas que equilibren la concesión de algunos efectos a las uniones entre personas d el mismo sexo con el derecho de mantener en su real configuración las instituciones jurídicas, entre ellas el matrimonio como unión entre hombre y mujer.
Desde luego, la prevalencia del sentido común y jurídico en esta importante materia exige –en especial a los juristas – esa cualidad tan propia de los hombres dedicados a la defensa de la justicia que consiste en mantener la firmeza de una roca en las convicciones, moderándola con la flexibilidad de un junco en sus aplicaciones.
fuente:
“El matrimonio cambia nuestra identidad para siempre”
The Family Watch, 6 de julio 2009.
08-07-2009
Maggie Gallagher es una conocida periodista norteamericana, que publica su columna sobre temas familiares en más de 30 periódicos norteamericanos -entre los que se encuentra The New York Times, The Weekly Standard, and the Wall Street Journal- y ha escrito tres libros de gran éxito sobre el matrimonio, en los que aboga por lo que ya se conoce como el “Movimiento por un nuevo matrimonio”. El más reciente se titula “The Case for Marriage: Why Married People Are Happier, Healthier, and Better-Off Financially”. Es conocida su actitud de nunca rechazar una invitación para hablar del matrimonio, lo que le ha llevado a innumerables debates de televisión -entre los que destaca su participación en el programa de Larry King o en los principales programas de la NBC- y de radio, a numerosas universidades y entidades públicas y privadas, así como a intervenir repetidas veces como experta en el Senado de los EE UU y en varias cámaras legislativas estatales. Hace algunos años creó el Institute for Marriage and Public Policy, del que es presidenta y cuya misión es realizar la investigación y la acción educativa necesarias para que la legislación y las políticas públicas protejan y refuercen el matrimonio como institución social.
Con ocasión de su participación en un Encuentro The Family Watch en Madrid, ha respondido a nuestras preguntas. La entrevista también puede verse grabada en vídeo aquí.
¿Cómo se puede explicar a los más jóvenes la importancia del matrimonio?
Voy con frecuencia a dar conferencias a universidades norteamericanas y los estudiantes me suelen preguntar cómo se puede evitar el divorcio, porque todos entienden que es algo duro y doloroso. Nadie se casa ni nadie se mete en una relación pensando en que la otra parte puede romperla un día y terminar mal, nadie se casa porque quiere terminar divorciándose. Así que, cuando me hacen esa pregunta, siempre respondo lo mismo: “¿que cómo evitar el divorcio? No yendo ninguno de los dos al juzgado para pedirlo, esa es la forma más segura de que nunca suceda”.
Entonces vuelven a levantar la mano y dicen que lo que querían preguntar realmente es cómo ser felices en el matrimonio. Les digo que es una buena pregunta y una noble intención, pero que es algo distinto, que eso se refiere al fundamento mismo del matrimonio y que, para contestarla, hay que preguntarse qué es para mí el matrimonio, si no es más que la celebración de una relación sentimental o se trata de algo que va a cambiar mi identidad para siempre.
Cuando sé que no piensan como yo, les digo que lo que creo de mi matrimonio y trato de transmitir a mis hijos es paralelo a lo que creo de la maternidad: ser esposa es como ser madre, en el sentido de que ser madre es algo muy intenso y satisfactorio, muy gratificante y que aporta amor a una relación, pero no es ese amor ni esa relación lo que define la unión con mi hijo, sino su nacimiento. Mi hijo es mi hijo siempre y, aunque en algún momento me cueste o me duela aceptarlo, no puedo ir a un juzgado y pedir que se revoque mi maternidad.
Es decir, pienso que uno de los aspectos que la nueva cultura del matrimonio debe entender es que el consentimiento que damos realmente nos cambia. Convertirse en marido o mujer supone una transformación fuerte y permanente de la realidad y de mi identidad, de manera semejante a lo que todos entendemos que supone convertirse en madre o padre.
En realidad, se trata de saber si nuestro amor es fiable, o si se trata sólo de una serie de sensaciones interiores que hacen que termine cuando se acaban. Este es el reto al que se enfrenta hoy la vida familiar y su centro es precisamente el concepto de matrimonio, qué significa para mí, cómo lo vivo, si merece la pena y si es mejor o peor que sus alternativas. Precisamente en esas alternativas encontramos la mejor defensa del matrimonio, porque lo más profundo del corazón humano necesita dar y recibir un amor que sea fiable, que sea causa de un amor renovado constantemente.
Además, el matrimonio es el mejor modo de que el amor entre un hombre y una mujer salga del contexto de lo pasajero, de lo prescindible, y adquiera una realidad pública y permanente. Eso es lo que ha hecho que el matrimonio sea diferente del simple enamoramiento y de la mera amistad, lo que lo convierte en algo admirable y digno de ser vivido.
¿Cuál es el papel del padre en la familia?
La mujer, la madre, cumple un papel clave en la relación entre padre e hijo, porque aporta información y contraste a las opiniones del hombre, del padre. Por eso, cuando ambos no se ven como partes de una misma familia, la participación del padre en la relación con su hijo se ve afectada.
Y también hay que tener en cuenta que cuando padre y madre se separan no permanecen solos, sino que tienden a buscar nuevas relaciones, que compiten con las anteriores. La nueva compañera del antiguo marido quizá no vea con hostilidad su relación con los hijos, pero le estará quitando tiempo y atención. Esos conflictos pueden manejarse mejor o peor, pero siempre están ahí.
En los ámbitos sociales donde las rupturas se han desarrollado del todo, como los ambientes más urbanos de Norteamérica, se comprueba que hay más pobreza, que los niños sufren un perjuicio económico, y también que hay una constante rotación de relaciones superficiales. ¿Cómo se puede pedir a alguien que sea un buen padre, si a sus 25 años ya tiene 3 hijos de mujeres diferentes que viven en lugares distintos, y quizá está estrenando una nueva relación que le pone mala cara cuando va a ver a las anteriores? Es fácil entender que eso no funciona, que no es un sistema familiar sostenible.
No dar importancia al valor del matrimonio significa no dársela tampoco a que los hijos puedan crecer en un ambiente adecuado, a que puedan tener un padre y una madre accesibles, a la familia como unidad, como idea, como concepto. En resumen, significa que estamos poniendo por delante de la familia otras muchas cosas.
El matrimonio nunca es un sistema totalmente perfecto y hay que estar siempre pendientes de los niños y la familia, pero si queremos tomarnos en serio el bienestar del niño, su calidad de vida y su futuro, tenemos que cuidarlo.
¿Qué cometido tienen las entidades como The Family Watch en la sociedad actual?
En los últimos cinco años, han surgido unos cuantos think tanks en distintos países. Lo único malo es que su nacimiento se debe a un problema que se ha generalizado. En el mundo desarrollado, en los lugares donde la sociedad humana crece porque se consolida el estado de derecho y la sociedad de las oportunidades, han surgido al mismo tiempo problemas para el desarrollo de la familia.
Mientras la tribu africana más pequeña sabe como lograr que hombre y mujer se unan para dar origen a la siguiente generación, en nuestras sociedades, que son tan buenas para tantas cosas, algo tan sencillo se ha convertido en un auténtico problema. Sin embargo, lo positivo es que, en vez de aceptarlo como algo inevitable, estamos tratando de establecer nuevas estrategias, porque nos damos cuenta de que hemos creado unas sociedades modernas que son hostiles a la familia de forma desconocida hasta ahora. No queremos renunciar a los beneficios del progreso, sino afrontar esta situación para encontrar nuevas formas de entender lo que pasa y encontrar soluciones para recuperar la familia.
Lo que The Family Watch está haciendo es muy importante, entre otras cosas porque formáis parte de una red mundial que no sólo abarca España. En todo el mundo hay gente que sabe hacer buenos coches, descubrimientos científicos y otros avances, pero ¿estamos siendo capaces de aportar lo que la sociedad necesita para acoger a los niños y hacer que el amor entre un hombre y una mujer sea estable y forme un hogar? Esto resulta cada vez más difícil, y por eso me alegra que no sea sólo en EE UU donde podemos decir que, cuando se detecta un problema, no encogemos los hombros y pensamos que no hay solución, sino que nos ponemos a trabajar para resolverlo, porque siempre hay formas de hacer que las cosas mejoren o, al menos, que no empeoren.
¿Y qué consejo nos daría?
Mi consejo es que fortalezcáis mucho las redes de intelectuales, que son extremadamente importantes, y que logréis que cada vez haya más jóvenes licenciados valiosos que se interesen por temas como la familia, el divorcio, el matrimonio, los niños que crecen sin su padre…
No podemos dejar que los intelectuales se aíslen, porque no es el genio individual el que triunfa, sino la labor de equipo. Por eso, necesitamos crear grupos selectos de personas que sean capaces de pensar sobre los problemas, definirlos y aplicar el método científico y la investigación a sus causas, de forma que propongan posibles soluciones. Creo que este es servicio importantísimo para la sociedad.
Y mi otro consejo para que esto funcione es que consigáis que haya familias sanas, para lo que necesitamos encontrar la forma, en medio de las actuales circunstancias adversas, de que haya entornos en los que la vida familiar pueda desarrollarse, en las que el matrimonio siga siendo un ideal de vida, en las que se respete el concepto de lo que significa ser marido y mujer, padre y madre, y donde estos ideales se transmitan de forma efectiva a nuestros hijos.
Si somos capaces de hacerlo, en pocas generaciones cambiaremos la cultura, porque el futuro ciertamente pertenece a los que tienen hijos: el futuro será lo que nosotros hagamos.
fuente:www.thefamilywatch.org
¿Dejarías el amor a la suerte?
Tras el sacramento del matrimonio, los novios viven una transformación que les capacita para amar a un nivel muy superior al de antes de la boda
Por Isabel Molina E.
El matrimonio es la gran aventura de nuestra vida, tan impredecible como fascinante. La cultura actual nos bombardea con señales de alerta para no dar el paso de la boda, sin embargo, poco se nos habla de los beneficios de casarse… ¿Qué añade ese “sí” definitivo ante el altar al amor de dos personas que se quieren?
EL PRÓXIMO 29 de abril tendrá lugar la boda del príncipe Guillermo de Inglaterra con su prometida, Kate Middleton. Los británicos han anunciado un gran día de fiesta nacional, y esperan ansiosos el evento que los pondrá en la primera plana de los principales medios del mundo. Una lluvia de elogios caerá sobre esta joven pareja que se presenta ante el altar para sellar su unión.
Más allá de eventos como este, que tienen sabor a cuento de hadas, el matrimonio, hoy en día, no goza del mejor prestigio social ni mediático. En 2005 se modificó el Código Civil en España para permitir las uniones entre personas del mismo sexo. Desde entonces, la realidad esponsal (marido y mujer) dejó de existir para ser reemplazada por la de cónyuge A y cónyuge B. En el mismo año, se aprobó el divorcio exprés para facilitar a las personas la disolución legal de su matrimonio al poco tiempo de presentar la demanda de divorcio. Los efectos de estos cambios legislativos no se han hecho esperar: según las estadísticas del Instituto de Política Familiar, entre 1998 y 2008 España fue el país de la Unión Europea 27 (UE27) con mayor crecimiento cuantitativo y cualitativo de divorcios (con un promedio de 73.000 divorcios más al año). Con la aceptación social del divorcio, algunos han decidido saltarse la boda y optar por irse a vivir juntos para evitar desastres. Otros, salvando grandes temores, se atreven a casarse pero, poco a poco, van perdiendo el interés y la confianza para luchar por mantener el vínculo.
¿Quiere decir entonces que el matrimonio está destinado a desaparecer? La respuesta la dan las nuevas generaciones. El informe Jóvenes españoles 2010, de la Fundación Santamaría –el cual sondea los valores de los jóvenes españoles de entre 15 y 24 años– anota que la mayoría de jóvenes sigue pensando en institucionalizar su relación de pareja. Para conseguirlo, optaría como primera opción por el matrimonio por la Iglesia y, como segunda, por la convivencia con o sin papeles. En EE UU, un estudio realizado por el Pew Research Center (noviembre de 2010) muestra también que los jóvenes estadounidenses sí valoran el matrimonio –el 95 por ciento de quienes no han cumplido los 30 años tiene planes de casarse– el problema es que han perdido la fe en él.
Para superar la disyuntiva entre el velo negro que se teje sobre la institución matrimonial y los deseos reales de las personas, Tomás Melendo, filósofo y metafísico, dice que a nuestra cultura le hace falta acabar de entender lo que es el matrimonio. Frases tan sonadas como “el matrimonio no es más que una cuestión de papeles” o “yo no necesito la confirmación de un cura para querer a mi pareja”, indican que se ha reducido el matrimonio a una ceremonia, un contrato o una alianza y, aunque el matrimonio engloba estas cosas, es mucho más.
Aníbal Cuevas, orientador familiar y autor del blog SerAudaces.com, compara lo que está sucediendo con el matrimonio con lo que ocurre cuando nos miramos en un espejo roto: “Podemos reconocernos, pero no es realmente nuestro rostro lo que vemos; son piezas cuarteadas que no encajan exactamente”. Es por eso, explica, que hoy “se acierta a intuir lo que es el matrimonio, pero no es visto en su unidad”.
Un estudio del National Marriage Project de la Universidad de Virginia y el Centro para el Matrimonio y la Familia del Instituto para los Valores en América,When marriage disappears (Cuando el matrimonio desaparece, 2010) concluye que el modelo de matrimonio como “institución” –que integraba el sexo, la paternidad, la cooperación económica y la intimidad emocional en una unión permanente– ha sido sustituido por un modelo de matrimonio que denomina de “almas gemelas”, en el cual el matrimonio se considera un medio para el crecimiento personal, la intimidad emocional y el consumo compartido. Bajo este “modelo”, la supervivencia del matrimonio dependerá de que ambos cónyuges sean felices. Además, el sexo y la crianza de los hijos son circunstanciales y pueden darse por igual fuera o dentro de la institución matrimonial. El matrimonio no se entiende como el inicio de algo que los esposos habrán de construir juntos, sino como una meta en sí misma. Por eso, para poder casarse, los novios tienen que haber alcanzado cierta independencia económica y emocional.
“Estamos en las antípodas de lo que es el matrimonio cristiano”, afirma monseñor Juan Antonio Reig Pla, presidente de la Subcomisión para la Familia y la Defensa de la Vida de la Conferencia Episcopal Española. “¿Qué es lo que ha pasado? El primer fenómeno que ha conducido a esta situación es la desacralización del matrimonio y de la vida humana. No se mira el matrimonio más que como respuesta a los propios deseos y satisfacciones; no se lo ve como algo a lo que Dios llama y, por tanto, como un estado de vida que nos trasciende”.
¿Casarse o vivir juntos?
Ante la dificultad de cumplir los requisitos para casarse, el número de parejas de hecho ha aumentado significativamente en las últimas cinco décadas. Se ha popularizado la creencia de que vivir juntos antes de casarse es una buena forma de determinar si en realidad los novios se van a entender y si, por lo tanto, podrán evitar un posible divorcio. Sin embargo, When marriage disappears (Cuando el matrimonio desaparece, 2010), señala que no hay ningún estudio que demuestre la veracidad de esta creencia. Por el contrario, hay evidencias de que aquellos que viven juntos antes de casarse, tienen más posibilidades de acabar en una ruptura matrimonial cuando se casen.
Un amor incondicional, es la aspiración del corazón humano. Muchos se sienten capaces de amar así, sin necesidad de casarse; sin embrago, cuando desaparece el sentimiento, aseguran que “se les acabó el amor”.
Casarse y convivir no son equiparables. Para comenzar, “el matrimonio blinda jurídica, religiosa y moralmente la alianza conyugal”, explica Patricia Martínez, profesora de Psicología de la vida matrimonial y familiar del Curso de Experto en Matrimonio y Familia de la Fundación DIF (www.fundaciondif.org). “Es lo mismo que ocurre con cualquier institución humana, cuyo contrato social se protege para mayor seriedad y estabilidad de unos usos y formas sociales que le dan credibilidad”, añade. Pero la principal diferencia, de acuerdo con Aníbal Cuevas, es el compromiso. Al casarse, “los contrayentes no se comprometen a seguir sintiendo lo que sienten en ese momento durante toda la vida, se comprometen a quererse en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, en los buenos y malos momentos”.
Tomás Melendo va aún más allá. Señala que la entrega, por la cual los cónyuges se dan libremente el uno al otro en exclusiva y para siempre, es del todo necesaria, pues el “sí” de la boda todo lo transforma. A partir de ese momento, los novios ya son otros. Pasan a ser esposos, es decir, “personas capaces de amar a un nivel muy superior”. Decirse “sí” –enfatiza Melendo– es un acto profundísimo, inigualable, por el que se fortalece la voluntad y se la habilita para querer a otro nivel.
Esto no quiere decir que al casarse ya esté todo dado, sino que, con la boda, los esposos emprenden la aventura de “aprender a amar”. “Puede sonar utópico –insiste el mismo Melendo–, pero quien ve el matrimonio como una gran aventura logra entenderlo. Lo propio de una aventura es que quienes la emprenden se pongan una meta alta, en apariencia inalcanzable, pero que vale la pena, aunque no tienen ninguna seguridad de que vayan a alcanzar su objetivo. Una vez que la inician, no permiten que las dificultades y los contratiempos sofoquen la ilusión inicial. Y, al mantener la mirada fija en el fin, en el triunfo, renuevan las energías y la valentía para seguir adelante”.
Vínculo sacramental
El catecismo de la Iglesia católica nos recuerda que, a pesar de las numerosas variaciones que ha podido sufrir el matrimonio a lo largo de los siglos en las diferentes culturas, estructuras sociales y actitudes espirituales, no es una institución puramente humana. Dios es su autor. La alianza matrimonial fue elevada por Cristo a la dignidad de sacramento.
Al casarse, además de una capacidad nueva para amarse plenamente, los esposos reciben una gracia especial de Dios que hace viable ese tipo de amor que el corazón humano tanto desea: la gracia de estado. ¿En qué consiste esta gracia? Según monseñor Reig Pla es como una cuerda que nos permite subir al segundo piso de una vivienda cuando la puerta está cerrada. Alguien desde arriba nos lanza una cuerda. Uno se coge a ella y sube. “Justo esto es lo que hace la gracia de Dios: darnos la posibilidad de alcanzar lo que deseamos y no podemos por nuestras fuerzas”, añade. Rafael Real, que lleva 33 años de matrimonio, asegura que ha experimentado esta gracia de forma viva en muchas ocasiones, incluso a los pocos días casarse. “A la vuelta de nuestro viaje de novios, pasamos por mi pueblo a ver a mis abuelos. Nos encontramos con que mi madre tenía una molestia en un ojo y unos meses después había perdido la vista. Mis padres tuvieron que venirse a vivir con nosotros. Yo tenía mucho miedo de que el cariño que tenía por mi madre fuera a interferir con el amor a mi esposa, entonces le dije a mi mujer: ‘Rosa, ayúdame, que yo solo no puedo’”. Desde ese momento Rafael, notó en Rosa una capacidad especial para llevar la convivencia con sus suegros.
Al recibir el sacramento del matrimonio, los esposos adquieren como esa especie de seguro para proteger su amor. Muchos matrimonios han logrado superar crisis aparentemente insalvables cuando recuerdan que entre ellos hay un tercero, que muchas veces los espera en silencio. “Jesucristo es quien da a los esposos la posibilidad de amarse, de perdonarse, de regenerar todo lo que se destruye dentro de ellos –como las propias heridas en la vida matrimonial–, y de hacer posible todo lo que a lo largo de su historia pudieran estropear en el proyecto de Dios”, explica monseñor Reig Pla.
Amarse más
Casarse entonces, ¿para qué? Para quererse más. Solo el compromiso libre de los esposos que se deciden a amarse sin reservas, para siempre, hace posible ese amor total, plenamente humano, fiel, exclusivo y fecundo, que caracteriza el amor entre los esposos.
Amor plenamente humano: como en todo lo humano, hay caídas, fracasos y errores. Hay discusiones. Hay momentos de absoluta incomprensión y, ante esta situación, ¿qué hacemos? Patricia Martínez comenta que es posible superarlo todo, pues “el corazón humano no es solo un músculo físico, sino un fuego capaz de reavivar desde las propias cenizas, aunque parezca que se están apagando”.
Amor total: en el matrimonio se entrega la persona entera, sin reserva alguna. Esto es posible pues es el único amor donde se da la unión sexual. En los demás amores es posible comunicar pensamientos, afectos e intenciones, pero no se da ese encuentro corporal que simboliza la unidad anímica. La entrega corpórea sella el amor matrimonial.
Amor fiel y exclusivo: uno con una y para siempre. ¿Significa que no me sentiré atraído por otra persona? Y si alguien distinto a mi cónyuge me atrae, ¿cómo afrontar esta situación? ¿Podré aguantar toda la vida a su lado? La fidelidad puede ser difícil, pero es fuente de felicidad duradera y profunda. Además, es siempre posible. Patricia Martínez indica que para lograrla “debemos cuidar y preservar la intimidad conyugal como el velo que protege el vínculo de pertenencia a otro en su singularidad”. Y añade que “la fidelidad es la mejor garantía de unidad en la vida conyugal, pues al haber sido libres para elegir nos hemos comprometido libremente con otro, lo que exige exclusividad, no solo de los cuerpos, sino de las mentes y los corazones”.
Amor fecundo: uno de los grandes miedos actuales es el rechazo a la fecundidad propia del amor matrimonial. Incluso se difunde la idea de que, una vez casados, conviene aplazar la llegada de los hijos para conocerse mejor y disfrutar el matrimonio. María Luisa Estrada, cofundadora del programa de educación para el amor Protegetucorazón, asegura que estas ideas debilitan la unión, pues los hijos son la tuerca del amor. “Cuando un tornillo se afloja y no tiene tuerca, se cae y la máquina se estropea. De igual manera, los hijos traen alegría, al mismo tiempo que ayudan a olvidarse de uno mismo, y los esposos empiezan a mirar juntos en esa dirección porque ser padres exige ser un espejo en el cual pueden mirarse los hijos”. Los hijos son el don más excelente del amor.
¿CUESTIÓN DE SUERTE O DE TEMPLE?
Aníbal Cuevas indica que la base del matrimonio está en hacer una buena elección. Compartir los mismos principios y creencias sobre la sexualidad, los sentimientos, los hijos, la fe, –apunta– garantiza en gran medida esa elección. Sin embargo, esta base no es suficiente. También hace falta que los novios se preparen con lo que exige la vida matrimonial. El estudio When marriage disappears (Cuando el matrimonio desaparece, 2010), demostró que los matrimonios más estables en EE UU son los de quienes tienen mayor formación académica, pues desde pequeños a estos jóvenes se les ha trazado un camino de éxito muy claro: si quieren llegar lejos, tendrán que dar una serie de pasos, en un orden concreto. En otras palabras, lograr el famoso “sueño americano” no es un tema de suerte, muy por el contrario, exige posponer la recompensa, forjar la disciplina necesaria para concentrarse en la educación y ejercitarse en virtudes como la templanza y la moderación, entre otras. Esto no indica que para casarse haga falta un título universitario, lo que intenta demostrar es que el mismo autocontrol y capacidad de trabajo que hacen posible un grado universitario en EE UU ha entrenado para el éxito matrimonial a quienes hoy en ese país tienen las uniones más sólidas. Por el contrario, quienes no han recibido este entrenamiento, optan con frecuencia por el sexo prematrimonial, viven más embarazos adolescentes, una historia de vida compartida con diferentes parejas, de promiscuidad sexual, de abuso de drogas y de matrimonios a muy temprana edad.
TIEMPO COMPARTIDO
Se ha vuelto muy frecuente ver que los matrimonios hagan planes de manera independiente, cada uno por su lado. María Luisa Estrada explica que este estilo de vida es muy mal síntoma. “Al casarse se hace una elección llena de aspectos maravillosos, que también conlleva renuncias. El tiempo se vuelve compartido. Hay que aprender a manejarlo de otro modo. Debe existir interacción, comunidad de vida y amor”. Es ese tiempo compartido el que permite a los esposos crecer en el conocimiento mutuo, madurar en el amor y hacer feliz, mucho más feliz, al otro. “Es mejor involucrarse en las cosas del otro, acompañarse siempre que sea posible, sin que eso implique perder una independencia natural y necesaria para actividades más personales, también indispensables para el propio crecimiento y descanso. No quiere decir que no haya algunos momentos para estar solos, pero el matrimonio conlleva estar juntos, hacer cosas juntos, disfrutar juntos”, añade Estrada.
fuente:revistamision.com
La espera aunque parezca larga
Luce Bustillo-Schott
No se pierde la esperanza por aquel a quien tanto amamos si la espera está puesta en Dios. Aunque seamos motivo de crítica, aunque nos tilden de ingenuos e ilusos. Aunque nos vean como si fuéramos seres extraños en medio de un mundo que ha cambiado el sentido al amor, porque sólo vive para satisfacer el ego, porque se contenta con la felicidad aparente de los placeres del momento, cuando en realidad lo único que hace es dañar la mente, el alma y el corazón.
El amor es un regalo de Dios para que el hombre sea feliz y haga felices a los demás. El amor verdadero consiste en amar a Dios y en amar a tu prójimo como a ti mismo. Este es el primer mandamiento. Si decimos que amamos a Dios y abandonamos a aquellos que Él nos dio a nuestro cuidado ya hemos dejado de amar.
La familia es la escuela del amor verdadero, la base de la sociedad y del mundo. Un padre o una madre de familia que dice amar a sus hijos y de la noche a la mañana abandona el hogar ni siquiera está amándose a sí mismo. Su amor se torna egoísta porque sólo piensa en satisfacer su ego buscando fuera de su hogar lo que ya tiene para ser feliz.
El amor dentro del matrimonio es donación y entrega. Es una unión de amor tan profunda que en su máxima expresión conlleva la responsabilidad de la procreación de quienes vienen a dar un sí ulterior a ese amor: los hijos. Los esposos reafirman así lo que Dios nos enseña sobre el amor y entran a participar en la mayor y más bella obra de Dios: la familia.
El amor conyugal es la unión de un hombre y una mujer bajo la bendición de Dios desde el día del matrimonio. Se forma así un triángulo indisoluble de una comunión permanente, que da testimonio de la alianza con Dios como símbolo de la salvación del hombre de acuerdo a lo revelado en la Biblia. Cualquier otra relación fuera del matrimonio es simplemente adulterio, una traición a nuestro creador y, por ende, al esposo(a) y a los hijos.
Cuando hay abandono matrimonial de inmediato se rompe esa alianza con Dios, y el hombre pierde su paz interior y la oportunidad de ser realmente feliz, al dejarse llevar por el pecado que es la separación entre el Padre y sus hijos. Pero cuando el amor ha dejado raíces fuertes en el esposo o en la esposa que permanecen fieles, cuando en los hijos existe algo maravilloso que es la esperanza de que el papá o la mamá regrese algún día a Dios y a su hogar como el hijo prodigo, entonces descubrimos un verdadero testimonio del amor verdadero, ese amor que un día Dios unió. Entonces la espera, aunque parezca larga, vale la pena, pues el regreso de aquel que tanto se ama no depende de él sino de Dios.
Hoy se habla del divorcio como algo natural, como la ruptura de una relación a la que no se le da el verdadero valor que tiene cuando se ha dado el Sacramento del matrimonio, por el que vale la pena luchar hasta la muerte.
Por más que los hombres traten de legalizar civilmente una nueva relación jamas ésta será válida a los ojos de Dios. Para Dios no hay alternativas a un matrimonio bendecido por el mismo amor divino, ni hay nuevas relaciones que puedan sustituir aquella primera en la que se ha formado una familia.
Sólo en la familia radican los valores que permiten encontrar la verdadera felicidad, como son el amor, la entrega, la armonía, la alegría, la unión, la comprensión, el aprender diario a compartir… Pero, sobre todo, está la esperanza: una esperanza de amor y perdón en la que el hombre, unido a Dios, encuentra la paz y la verdad que nos hace plenamente libres.
fuente:encuentra.com
¿Es plena la unidad y la relación sexual en el matrimonio?
El encuentro personal en el matrimonio permite trenzar las posibilidades de la propia vida con las de otra persona a la que se le ama, se le considera valiosa y se desea hacer feliz; a la vez que, permite experimentar todo cuanto suceda en la interrelación entre ambos durante el proceso de desarrollo biográfico compartido y continuo que desean tener. Es dar y recibir, es descubrir y mostrar, es don y acogida de todo lo que somos y seremos. Por lo tanto, el encuentro personal será tanto más elevado y fecundo cuánto más ricas y maduras sean las personas involucradas y más dispuestas estén a comprometerse entre sí.
El encuentro personal es un acontecimiento relacional, que nace de la propia naturaleza social del hombre y que se manifiesta en la interacción activa de los esposos. El encuentro personal no se da automáticamente, como fruto de la mera vecindad. Debe ser creado esforzadamente, mediante el cumplimiento de ciertas exigencias ineludibles: diálogo sincero y continuo, equilibrio entre la fusión y el alejamiento, generosidad, apertura de espíritu, respeto, ayuda, confianza, agradecimiento, paciencia, admiración, sobrecogimiento, comprensión, simpatía, amabilidad, cordialidad, fidelidad, alegría, ternura, lealtad, mutuas, etc. etc. etc. Es decir, que sólo podrán ser capaces de relacionarse así quienes actúen con madurez.
No es lo mismo relacionarse con un objeto que con un ámbito personal, porque los objetos se yuxtaponen o chocan entre sí, en cambio, los ámbitos personales pueden trenzarse, relacionarse y enriquecerse mutuamente hasta profundidades inimaginables, hasta niveles de unidad que sólo los seres espirituales logran.
Por lo tanto, el encuentro personal implica intercambiar posibilidades, y posibilidades sólo puede ofrecerlas y recibirlas un hombre o una mujer que sea capaz de descubrirse como un ser corpóreo-espiritual y que pueda vivir al mismo tiempo en varios niveles de realidad. Un ejemplo sería, cuando dos esposos se saludan tras una jornada de separación; al saludar, el esposo vive, experimenta, varios niveles de la realidad: el físico, el fisiológico, el psíquico, el afectivo-espiritual, el simbólico, el sociológico, el cultural… etc. y la esposa, que recibe el saludo puede contestar viviendo los mismos niveles y contestando en el mismo sentido, provocando un ámbito de relación mucho más profundo y rico en significados y posibilidades que el que nos ofrecen las simples cosas.
Por eso, para fundar un modo de unidad elevado es necesario ensamblar modos de realidad diversos y complementarios: varón y mujer como entidades corpóreo-espirituales pueden unirse intensamente gracias a esa doble condición sexual que ofrece posibilidades de crear formas únicas, estéticas y creativas de relacionarse. El matrimonio por ensamblar en sí diversos modos de realidad tiene el poder de manifestarse como dotado de posibilidades riquísimas. Esa manifestación resulta muy atractiva para quien desea casarse, ya que invita a establecer una relación de entrelazamiento de los cónyuges entre sí y de sus posibilidades, que se estiman valiosas y bellas.
Siempre que un cónyuge se trenza, es decir, que se une de forma biográfica y comprometida con el otro, es porque ha visto en el matrimonio una oferta de posibilidades para actuar con sentido y de forma coherente con su naturaleza: para amarse mutuamente, para ayudarse, para formar una familia, para emprender un proyecto biográfico compartido. Cuando este contenido se pierde de vista, el matrimonio se convierte en una institución que no ofrece nada y en consecuencia, muchos jóvenes deciden no casarse o temen hacerlo, porque están confundidos y desconocen la riqueza y posibilidades del amor conyugal y del matrimonio.
Si se reduce la relación matrimonial al uso sexual del otro, se desvirtúa, se le roba el valor que encierra; además se trata de forma denigrante al otro como ámbito personal al usarlo como objeto para unos fines, y quien actúa de este modo egoísta no actúa de acuerdo a su dignidad y debido a su comportamiento empobrece su desarrollo personal y bloquea su propia felicidad. De esta forma, se instrumentaliza al matrimonio y a la persona para fines personales; por lo tanto, el matrimonio, quien instrumentaliza y quien es usado, pierden toda su capacidad de ofrecer y recibir las riquezas que les son propias y pueden aportar como ámbitos de interacción vital. La persona egoísta se empobrece, se esclaviza al compromiso de libertad sin sentido que tiene consigo mismo y de su autocomplacencia que lo acorralan en una triste soledad.
Muchas veces constatamos cómo alguien elije casarse teniendo una concepción deteriorada de la persona, reduccionista, que considera al ser humano como objeto, o al matrimonio como forma de institucionalizar el placer o el deseo, a ese ser humano se le podrá tocar externamente, pero nunca será posible adentrarse en su mundo interior y potenciar las posibilidades de la interrelación personal y por lo tanto, su matrimonio tarde o temprano fracasará.
Sólo pueden relacionarse a profundidad las personas que se consideran ámbitos de riqueza y posibilidades, dueñas de sí mismas, con sentido en la vida, con ilusión de vivir, con una vida interior rica y profunda, con vida personal plena y libre, con capacidad de amar generosa e incondicionalmente, de comprometerse y de comunicarse con el otro. Cualidades que facilitan la formación de una común uniidad de vida y amor. Esto es así porque, casarse no significa tenerse como objetos para hallarse en vecindad, yuxtaponerse, chocar, dominarse o manejarse.
Casarse significa entrelazarse íntima y fuertemente con la otra persona para crear una nueva realidad, cuya belleza y perfección dependerá de la acción activa, generosa, delicada, intencionada, libre y amorosa de los cónyuges. Es mucho más que estar presente, es una aventura, un reto a la creatividad para poder intercambiar el mayor y más bello números de posibilidades, para crear una trenza muy hermosa y bien hecha, sin desbalances o chipotes. Por lo tanto, implica saber claramente para qué se casa uno, qué significa ser persona, qué cualidades y defectos poseen ambos y de este modo poder elegir el matrimonio libremente y realizarlo de la mejor forma posible, a través del esfuerzo amoroso, comprometido, generoso y continuado de ambos.
Así como con la simple sonrisa, nos sale al encuentro toda la persona del amigo y puede darse un entrelazamiento incipiente de ambos como ámbitos personales, el encuentro corporal entre los cónyuges es un fenómeno dual típico de las realidades expresivas porque integra en sí dos modos distintos de realidad: la relación sexual -que no se reduce a una unión de cuerpos, aunque la implique- y sobre todo, la presencia de toda la persona del que ama. Quien ama es la persona entera, no el cuerpo solamente, la persona no pude separar lo que es. En la unidad corporal matrimonial los esposos se revelan toda su persona, la unidad que son y todo el amor que se tienen. Los esposos son capaces de verse con amor en cuerpo y alma, y descubrir hasta lo más íntimo de su ser. En el matrimonio dos planos de realidad distintos (material y espiritual) logran su máxima integración potenciándose mutuamente. El punto de máxima expresión de ese fenómeno impresionante que llamamos unidad de dos, ser una misma carne, se realiza en ese momento. Es un encuentro que expresa de forma sublime la capacidad unitiva del ser humano. Los animales nunca podrán amarse de esa forma, que ve a los ojos y descubre al ser humano en su totalidad y en su grandeza. Cuando varón y mujer se encuentran íntimamente; la corporalidad expresa la interioridad, el lugar donde solo podemos estar con nosotros mismos y con Dios, es cuando nos instalamos en el otro y estamos con el otro como cuando estamos solo con nosotros mismos. Es experimentar lo infinito del amor en un segundo, es realizar la plenitud del amor que nos es propia y de la que somos capaces los seres humanos. Es amor que nos proyecta a la eternidad y nos da fuerza y sentido para afrontar el presente. Es el orgasmo pleno y verdaderamente humano, aquel que es conforme a su naturaleza espiritual y corporal.
Fuente: encuentra.com
Inseparabilidad entre matrimonio y sacramento
Dios no impone el matrimonio, pero si dos bautizados deciden casarse y lo hacen, sólo pueden casarse en el Señor, y por lo tanto recibir el sacramento.
Autor: Miguel Ángel Torres-Dulce Lifante
Juez del Tribunal Archidiocesano de Madrid.
Artículo relacionado: Naturaleza sacramental del matrimonio entre bautizados.
Documento relacionado: Discurso del Papa Juan Pablo II a la Rota Romana de 2003.
Entre bautizados no puede haber contrato matrimonial válido que no sea por eso mismo sacramento. Esta afirmación contenida en el c. 1055, 2 del Código de Derecho Canónico, idéntica a la reseñada en el Código precedente, recoge la doctrina magisterial de la Iglesia.
Sobre la sacramentalidad fue precisa una declaración dogmática en el Concilio de Trento, frente a la negación protestante de lo que era una tradición implícita en la fe de la Iglesia.
La inseparabilidad es doctrina católica próxima a la fe, expresamente declarada a partir del Papa Benedicto XIV, que no quiso definirla. Pío IX condena la proposición contraria (Syllabus, 66), donde se señala que negar la inseparabilidad entre matrimonio y sacramento para los cónyuges bautizados es resultado de un error herético sobre la sacramentalidad del mismo. León XIII desarrolla el tema de la inseparabilidad en la encíclica Arcanum, así como Pío XI en la Casti connubii, Pío XII en la encíclica Humani generis.
Se considera que es sacramento el matrimonio entre dos bautizados, y también si se bautiza el cónyuge no bautizado, o los dos si no lo estaba ninguno En estos casos se recibe ipso facto el sacramento.
Se ha discutido si es sacramento el matrimonio entre un bautizado y un no bautizado. La praxis seguida por la Iglesia y por la mayor parte de los autores -casi la unanimidad- es contraria: el matrimonio es signo de la unión de Cristo con la Iglesia. El signo no lo constituye uno sólo de los cónyuges, sino la unidad. El matrimonio no se instaura por la sola voluntad de uno de los cónyuges y tampoco surge la sacramentalidad por el bautismo de sólo uno de ellos. No puede darse una sacramentalidad parcial en el matrimonio -en un esposo sí y en otro no- porque se considera por su propia naturaleza algo indiviso (una caro) y, es evidente que no sería sacramento para el cónyuge infiel.
Intentos de separación
1. Doctrinas no católicas
1.1 Ortodoxos. El sacramento se recibe con la bendición nupcial del ministro celebrante. Si faltase, habría matrimonio pero no sacramento.
1.2 Protestantes. Niegan que el matrimonio entre bautizados sea verdadero sacramento. Queda reducido a un contrato.
2. En el ámbito católico (posiciones minoritarias)
2.1 Autores que afirman la separación respecto de los matrimonios informes (el Beato Juan Duns Scoto, entre otros). En algunos casos -matrimonio por poderes, de mudos, por escrito- algunos autores entendieron que no se cumple la doctrina agustiniana sobre la validez de los sacramentos: faltaría la forma sacramental, las palabras (verba): aunque hubiese matrimonio, no surgiría el sacramento. El error procede de una interpretación literal y rigorista de los textos de S. Agustín.
2.2 Otros (como Melchor Cano) dieron valor esencial a la bendición nupcial, que consideraban la forma propia de este sacramento, de modo que si falta hay matrimonio, pero no sacramento.
Reflexiones sobre la inseparabilidad
Dejando a un lado los posicionamientos regalistas o laicistas, según los cuales la Iglesia carece de jurisdicción sobre el matrimonio -lo consideran un contrato exclusivamente civil-, podemos analizar algunas consecuencias de la doctrina sobre la inseparabilidad y estudiar algunas propuestas actuales, unas en consonancia y otras derivadas quizá de una inexacta comprensión de los postulados, unidas a un deseo “pastoralista” de atender ciertas demandas de los fieles.
Entre bautizados el matrimonio es siempre per se sacramental, con independencia de su fe o de su intención sobre la sacramentalidad, porque el sacramento no depende de la voluntad de los contrayentes, sino de la de Cristo. De la voluntad de los contrayentes depende querer casarse o recibirlo fructíferamente, pero no pueden cambiar el ser del matrimonio. El matrimonio, por ejemplo, entre protestantes es también sacramental, aunque no crean en ello; es fuente de gracia por la misericordia del Señor, aunque ellos lo ignoren.
La razón teológica de que todo matrimonio entre bautizados sea sacramento radica precisamente en su bautismo. Por el bautismo los contrayentes viven en Cristo, se casan en Cristo. “Mediante el bautismo, el hombre y la mujer se insertan definitivamente en la Nueva y Eterna Alianza, en la Alianza esponsal de Cristo con la Iglesia. Y debido a esta inserción indestructible, la comunidad íntima de vida y amor conyugal, fundada por el Creador, es elevada y asumida en la caridad esponsal de Cristo, sostenida y enriquecida por su fuerza redentora” (Exhortación Apostólica Familiaris consortio, 13).
El consentimiento matrimonial expresado por un hombre y una mujer bautizados hace el sacramento. Los ministros son los propios esposos, la materia la donación de su conyugalidad, la forma el consentimiento. La sacramentalidad en el matrimonio no añade nada esencial, lo que hace es incorporar el pacto conyugal al orden de la gracia. Los esposos bautizados no pueden afirmar “quiero el matrimonio, pero no el sacramento”. La voluntad es inviolable, pero no omnipotente, pues está limitada por el orden real de las cosas. Si dos bautizados quisieran un matrimonio sin sacramento, querrían algo imposible porque no está en sus manos suprimir el carácter bautismal.
La exigencia de una forma canónica ordinaria -emitir el consentimiento ante un testigo cualificado y dos testigos comunes- no es de índole teológica, sino eclesiástica. Es una ley positiva conveniente por la relevancia social y eclesial del matrimonio, pero constituye una conveniencia, elevada a exigencia jurídica invalidante al margen de la sacramentalidad. No deben confundirse la forma canónica (jurídica) o ritual (litúrgica) con la forma sacramental. Como se ha referido, esta se limita a la mutua manifestación del consentimiento conyugal.
Para la validez de un sacramento se requiere la intención en el ministro de hacer lo que hace la Iglesia. Algunos apoyándose en esta premisa concluyen que si los esposos -ministros de su matrimonio- a pesar de estar bautizados no tienen esa intención, o más aún si lo rechazan, se casarían pero no habría sacramento, con la consecuencia añadida de que estarían sólo sujetos a la legislación civil.
La premisa referida hay que entenderla adecuadamente. El matrimonio es un sacramento único. Es el único sacramento en el que la Iglesia no tiene nada que hacer, en el plano esencial, para su realización. Como también se ha indicado ya, el rito o la forma canónica no son esenciales. Una cosa es que el consentimiento sea inválido sin la forma canónica por imperativo legal y otra que la forma legal venga exigida por ley natural. De hecho el propio ordenamiento canónico reconoce plena validez al sólo consentimiento de los esposos en ciertos casos (forma extraordinaria).
El sacramento lo hacen los propios contrayentes, o dicho de un modo más teológico, puesto que todo sacramento es acción de Cristo, hacen que el Señor otorgue la gracia vivificadora a su alianza a partir de su consentimiento matrimonial.
La Exhortación Apostólica Familiaris consortio (nº, 68) afirma que “cuando a pesar de los esfuerzos hechos, los contrayentes dan muestras de rechazar de manera explícita y formal lo que la Iglesia propone al celebrar el matrimonio de los bautizados, el pastor de almas no puede admitirlos a la celebración”. Para aplicarlo debidamente conviene subrayar en primer lugar, que ya no se utiliza la expresión “lo que hace la Iglesia”, sino lo que propone, y la Iglesia lo que pide básicamente, como hemos venido comentando, es que tengan verdadera intención de casarse, siendo esta la intención mínima requerida para admitirlos a la celebración, como se señala también en el número citado de la Exhortación Apostólica Familiares consortio. Nunca se ha exigido una expresa intención sacramental, religiosa o eclesial.
Debe procurarse que los contrayentes posean una fe conscientemente vivida para una unión santa y santificadora, pero esta conveniencia no es una condición de validez del sacramento, ni la falta de fe constituye un nuevo impedimento matrimonial.
Desde esta perspectiva debe entenderse la afirmación del texto del Concilio Vaticano II contenido en la Constitución Dogmática Sacrosanctum Concilium, 59 sobre la liturgia: “los sacramentos presuponen la fe”. Se trata de una directriz pastoral, no teológica. Para vivir los sacramentos se precisa la fe. También como virtud infusa inherente al bautismo, pero no como fe actual. En no pocas ocasiones debe además tenerse en cuenta que los fieles que han dejado, quizá desde hace largo tiempo, la práctica de la fe influidos por el secularismo, dan poco o nulo valor a la ceremonia religiosa del matrimonio, sin que ello equivalga a que hayan dejado de creer en el matrimonio en sí, que es lo que esencialmente les pide la Iglesia a nivel constitutivo.
La sacramentalidad del matrimonio no es tampoco una propiedad esencial de la alianza matrimonial, sino el mismo matrimonio. Sí son propiedades esenciales la indisolubilidad o la unidad. El sacramento del matrimonio es el mismo matrimonio contemplado en el plano de la gracia.
La sacramentalidad es un don divino, y no puede verse como una imposición. Dios no impone el matrimonio, pero si dos bautizados deciden casarse y lo hacen, sólo pueden casarse en el Señor, y por lo tanto recibir el sacramento: las gracias correlativas o un “derecho” a ellas, según sean sus disposiciones.
“La importancia de la sacramentalidad del matrimonio, y la necesidad de la fe para conocer y vivir plenamente esta dimensión, podría también dar lugar a algunos equívocos, tanto en la admisión al matrimonio como en el juicio sobre su validez. La Iglesia no rechaza la celebración del matrimonio a quien está bien dispuesto, aunque esté imperfectamente preparado desde el punto de vista sobrenatural, con tal de que tenga la recta intención de casarse según la realidad natural del matrimonio. En efecto, no se puede configurar, junto al matrimonio natural, otro modelo de matrimonio cristiano o con requisitos específicos” (Juan Pablo II, Discurso a la Rota de 2003, n. 8).
Fuente.encuentra.com
Familia y bienestar, relaciones íntimas
Algunos estudios revelan las ventajas sociales del matrimonio
El impacto social del matrimonio se encuentra en el centro del debate en muchos países. Los matrimonios del mismo sexo, el divorcio, las madres solteras y otros temas dividen a la opinión pública. La revista The Future of Children dedicaba su número de verano al tema «Matrimonio y Bienestar del Hijo» y da luz sobre los problemas.
En su introducción a la materia, la revista, publicada por la Escuela de Asuntos Públicos e Internacionales Woodrow Wilson de la Universidad de Princeton y por la Brookings Institution, indicaba que la mitad de todos los niños de Estados Unidos nacidos hoy se espera que vivan lejos de uno de sus padres antes de cumplir los 18 años. El número es incluso mayor entre los niños afroamericanos.
La decadencia de las familias con los dos padres está íntimamente ligada al aumento de la pobreza infantil, afirmaba la revista. Además, los cambios en el matrimonio y la familia «parece privar a los niños de las ventajas documentadas del matrimonio como una salud física y emocional mejor y mayores logros socioeconómicos».
El nexo entre familias e ingresos se examina en el artículo «¿Para el Amor y el Dinero? El Impacto de la Estructura Familiar sobre los Ingresos Familiares», de Adam Thomas e Isabel Sawhill. Los autores son, respectivamente, profesor adjunto en la Escuela John F. Kennedy de Gobierno, en la Universidad de Harvard, y la directora del programa de Estudios Económicos en la Brookings Institution.
Concluyen que el aumento de la maternidad y paternidad en soltería ha reducido el bienestar económico de los niños. Además, los niños en los hogares en cohabitación, aunque tienden a ir mejor económicamente que aquellos en hogares de un solo progenitor, se encuentran en peor situación que aquellos en hogares con padres casados.
Bonificación en el sueldo
Aunque algunos progenitores en solitario, el 38% en el 2001, reciben apoyo económico del progenitor ausente, esta situación se haya bastante lejos de la suma de dinero que un esposo o esposa casado traería a casa para la familia.
El artículo también observaba el fenómeno de la «bonificación en el sueldo» para los hombres casados. Un estudio demostró que, tras controla características tales como experiencia laboral y educación, los sueldos semanales de los hombres casados son entre un 16% y un 35% más altos que los de los hombres separados, divorciados o que nunca se casaron.
Una parte de esta diferencia puede explicarse por el hecho de los hombres con mayor poder adquisitivo son más atractivos como parejas para el matrimonio. Pero otros estudios indican que sólo la mitad se debe a este factor. La revisión de muchos estudios lleva a la conclusión de que el matrimonio sube directamente los sueldos de los hombres entre un 5% y un 10%.
Thomas y Sawhill también encontraron una gran cantidad de evidencia que demuestra que los niños nacidos de madres no casadas tienen más probabilidades de ser pobres que otros jóvenes. Esto sigue siendo verdad incluso después de tener en cuenta la raza, el trasfondo familiar, la edad, la edad y el estatus laboral.
Los estudios han valorado hasta qué punto el descenso de matrimonios y la extensión de la paternidad y maternidad en soltería durante ha contribuido en un espacio de tiempo al aumento de la pobreza infantil. Con algunas excepciones, estos estudios encuentran generalmente que la mayor parte, en algunos casos la totalidad, del aumento en la pobreza infantil durante los últimos 30 ó 40 años puede explicarse por los cambios en la estructura familiar.
Castigo impositivo
Las ventajas económicas podrían ser incluso mayores, si no fuera por el sistema fiscal que, en muchos casos, penaliza a las parejas casadas. Este punto lo aborda Adam Carasso, investigador asociado en el Urban Institute, y C. Eugene Steuerle, codirectora del Centro de Política Fiscal Urban-Brookings.
En su artículo, «El Castigo al Matrimonio a que se enfrentan Muchos Hogares con Hijos», observaban que cuando un progenitor soltero que gana el salario mínimo se casa con otro trabajador que gana el salario mínimo, pierden varios miles de dólares en beneficios por la cartilla alimentaria. Este «castigo impositivo» actúa de diversas formas, incluyendo la pérdida de beneficios médicos, o ser empujado a un escalón impositivo más alto.
Carasso y Steuerle concluyen que la mayoría de hogares con hijos que tienen unos ingresos inferiores a los 40.000 dólares se ven penalizados de modo significativo cuando se casan. En consecuencia, «la cohabitación se ha convertido en el paraíso fiscal de los pobres». Cambiar esta situación no será fácil, añadían, debido a la multitud de leyes que rigen las ventajas sociales y los impuestos. En los últimos años, el Congreso ha hecho algunos cambios para reducir el castigo al matrimonio, pero queda mucho por hacer.
Paul Amato, profesor de sociología en la Universidad Estatal de Pennsylvania, considera algunos aspectos sociales relacionados con el matrimonio. En su artículo, «El Impacto del Cambio en la Formación Familiar sobre el Bienestar Cognitivo, Social y Emocional de la Próxima Generación», considera el impacto del divorcio en los hijos.
El bienestar de los hijos
Abunda el debate sobre la diferencia de resultados en los estudios sobre esta área, observa. Pero un meta análisis reciente hecho por Amato, basado en 67 estudios llevados a cabo durante los años 90, encontró que los hijos con padres divorciados, de media, puntúan, de modo significativo, más bajo en diversas mediciones de bienestar que los jóvenes con padres que continúan casados.
Las diferencias entre los dos grupos fueron más modestas que amplias, comentaba. Este ha sido también el caso en décadas pasadas. No obstante, indicaba que los meta análisis más recientes revelaban que el impacto negativo del divorcio sobre los niños ha seguido en los noventa, cuando el divorcio se había hecho común y ampliamente aceptado. Otros análisis también revelan que las diferencias en el bienestar persisten en la edad adulta.
Los niños nacidos fuera del matrimonio han sido estudiados con menos frecuencia que los hijos de divorciados. Pero los datos muestran que los primeros tienen más probabilidades de experimentar problemas cognitivos, emocionales y de comportamiento que los niños que viven con sus padres casados.
Otra cuestión es si volverse a casar mejorará la situación para los hijos. Añadir un padrastro al hogar suele mejorar el standard de vida de los hijos, admitía Amato. Pero los estudios indican de modo consistente que los hijos en familias con un padrastro o una madrastra muestran más problemas que los que lo hacen con sus padres que se mantuvieron casados y tienen el mismo número de problemas que los niños con un solo progenitor.
Amato concluía observando que la sociedad envejecida se volverá cada vez más dependiente de un número de adultos jóvenes cada vez más reducido. En este contexto es urgente dar pasos para aumentar el número de niños bien adaptados que crecen en con sus dos padres casados.
Crimen y familia
Los recientes artículos de la revista The Future of Children son sólo parte de una gran cantidad de material de investigación que muestra cuán importantes son para la sociedad el matrimonio y la familia. Un estudio, publicado el 21 de septiembre por el Institute for Marriage and Public Policy con sede en Washington D. C., examinaba la relación entre estructuras familiares y crimen. El documento, «¿Pueden los Padres Casados prevenir el Crimen?», revisaba 23 estudios recientes en Estados Unidos publicados entre el año 2000 y junio del 2005.
La investigación ha revelado que todos menos tres estudios han encontrado efectos de la estructura familiar sobre el crimen o la delincuencia. La investigación sugiere, de forma fundada, que tanto los adultos jóvenes como los adolescentes que han crecido en hogares con un solo progenitor tienden a cometer crímenes.
Otro ejemplo reciente es el estudio publicado el 24 de octubre por el Institute for American Values con sede en Nueva York. «Las Consecuencias del Matrimonio para los Afroamericanos» es un informe basado en la revisión de 125 artículos de ciencias sociales y un análisis estadístico de los datos de una encuesta nacional.
El estudio halló que el matrimonio tiene altamente benéfico para los varones negros a lo largo de su vida. Las mujeres negras también parecen sacar beneficios muy importantes del matrimonio, aunque menos que los varones, según el comunicado de prensa que anunciaba el estudio.
Otro hallazgo es que el matrimonio es profundamente importante para el bienestar de las familias negras, significando con frecuencia la diferencia entre vivir por debajo o por encima de la línea de pobreza. Todas buenas razones para que los gobiernos, las iglesias y la sociedad hagan todo lo que puedan para promover el matrimonio y la familia.
Fuente: catholic.net
El presidente de Chile defiende el matrimonio auténtico
26, 05, 2011 12:00 am
(Emol/InfoCatólica) Fuerte molestia en la comunidad homosexual causaron las declaraciones del Presidente Sebastián Piñera, quien al anunciar la entrega del bono por las «bodas de oro» confirmó su postura a favor del matrimonio. «Creo mucho en el matrimonio, en el matrimonio como debe ser, entre un hombre y una mujer, que se casan para compartir un proyecto de vida, para generar una nueva familia, para recibir los hijos que Dios nos mande», expresó el Mandatario, quien llamó precisamente a «fortalecer la familia, porque es, después de Dios, lo más importante que tenemos en este mundo».
Sus palabras surgieron un día después de que los senadores de la UDI Pablo Longueira y Andrés Chadwick presentaran una reforma constitucional para establecer que el matrimonio sólo puede ser contraído entre un hombre y una mujer, con el fin de ratificar que no se abrirá la puerta al enlace homosexual cuando se discuta un proyecto que regule las uniones de hecho.
La iniciativa parlamentaria fue retirada en las últimas horas debido al rechazo que generó tanto en las redes sociales como en sectores de la oposición y en el Movimiento de Integración y Liberación Homosexual (Movilh).
Esta última agrupación fue la encargada también de manifestar su malestar por las declaraciones del presidente. “Tenemos una profunda diferencia con Piñera en torno al matrimonio homosexual, pues oponerse a la igualdad legal para todas las personas es impresentable en un país democrático. (…) Lo que repudiamos con especial fuerza es que sea regresivo en torno a la concepción de familia. No puede ser que una vez asumido como Presidente cambie de postura sobre esta materia”, recalcó el Movilh.
La entidad dirigida por Rolando Jiménez lamentó además que “el Presidente de la República diga o más bien imponga cómo debe ser el matrimonio”.
“Al decir a la par que el matrimonio es sólo entre un hombre y una mujer y vincular sólo a esta unión a la familia y los hijos, se excluye de manera horrorosa una realidad. Gays, lesbianas y bisexuales y transexuales que conviven sí son familia, más aún si tienen hijos”, subrayó el Movilh a través de un comunicado.
fuente: infocatolica
¡Claro que el amor es «lo que importa»!
Tomás Melendo
A modo de introducción: Bodas “de etiqueta” y bodas de “Sí, quiero” (Por Marta Román)
Qué manía le ha dado a todo el mundo con poner etiquetas a las bodas y a lo que de ellas se deriva, es decir, a las familias. Hoy en día se reducen a dos: “Tradicional”, que me suena a “aburrimiento”, y “Nueva”, que me suena a “guay”.
En este artículo, Tomás Melendo me rompe ese esquema y me da otra visión más real y, sobre todo, más profunda de lo que supone decir “Sí, quiero” en la vida de dos personas. Lo expresa como un “acto único” que, dicho “en cristiano”, significa lanzarse a la aventura, perder el miedo o algo así. La boda es la acción concreta que marca un antes y un después, y el verdadero “sí, quiero” es el que capacita a dos personas para hacer posible lo imposible.
La verdadera boda no tiene etiqueta y es propia de la gente de hoy o de antes, pero gente lanzada, abierta a nuevas experiencias y aventurera: que apuesta al “todo o nada”, que cree que el amor es lo importante, que arriesga, que desafía miradas de hipocresía ante la llegada de un nuevo hijo y con franca sonrisa dice —y se dice— “a su casa viene”. Gente que lo mismo va vestida de marca, que de Zara, que de hippy. Que lo mismo lleva rastas que se plancha el pelo.
Porque toda ella, con sus variados estilos de vida, se mueve en un plano invisible con una idea común sobre el matrimonio: que la felicidad tiene mucho que ver con encontrar una persona con la que andar la aventura de la vida.
Es verdad que existen bodas de etiqueta o bodas de “mero trámite”, que intentan planificar un futuro en el que todo está predicho y en el que el amor, de haberlo, cuenta lo justo para justificar esa unión. Pero pensar en ellas me parece muy aburrido, tanto si se celebraron hace tres siglos como el sábado pasado.
Qué mala soy…
El amor sí es lo que importa
Más de una vez he oído explicar la grandeza del amor que se pone en juego en el momento de la boda haciendo ver que no se trata de un acto de amor como cualquier otro, sino de algo especialísimo, realmente grandioso, porque lleva consigo la osadía de hacer obligatorio el amor futuro: si antes de la boda los novios se amaban de forma radicalmente gratuita, sin compromiso alguno, en el preciso momento del “sí” se aman tanto, con tal locura e intensidad, que son capaces de comprometerse a amarse de por vida.
Siendo esto verdad, no lo es menos algo que con frecuencia ni tan siquiera se nombra… A saber: que el sí matrimonial es capaz de originar la obligación gozosa de amarse para siempre, en las duras y en las maduras, porque simultáneamente hace posible esa entrega incondicionada.
Y “eso”, ¿no es una locura?
La reflexión sobre los excesivos fracasos matrimoniales que observamos en la actualidad, y más todavía la mayor frecuencia con que rompen los lazos quienes se han unido en convivencia cuasi-matrimonial pero sin casarse, me han llevado a advertir que la pretensión de obligarse a amar de por vida a otra persona, con total independencia de las circunstancias por las que una y otra atraviesen, si no fuera acompañada de un robustecimiento de la recíproca capacidad de amar, resultaría, en el fondo, una soberana ingenuidad, casi una demencia.
En parte para atraer la atención de quienes me escuchan, y sobre todo porque estimo que el ejemplo es correcto, aunque atrevido, suelo ilustrar ese deber-capacitación con el mandamiento máximo y máximamente nuevo que Jesucristo impuso a sus discípulos en la Última Cena.
Y añado, con todo el respeto posible y una pizca de humor, que semejante pretensión sería una auténtica chifladura si el Señor, en el momento de establecer el precepto, no incrementara de manera casi infinita la capacidad de amar del cristiano, o previera los medios para fortificarla y hacerla crecer.
¿Cómo, si no, pedir a unos simples hombres que quieran a los demás como el mismísimo Dios los ama: «Como Yo os he amado»?
Pues algo análogo, no idéntico, sucede en el momento de la boda, también la que se sitúa en el ámbito natural. En el mismo momento en que pronuncian el sí de manera libre y voluntaria, los nuevos cónyuges no solo se obligan, sino que sobre todo se tornan mutuamente capaces de quererse con un amor situado a una distancia casi infinita por encima del que podían ofrecerse antes de esa donación total. Por el contrario, sin ese sí que los “hace aptos”, la pretensión de obligarse resultaría casi absurda.
Lo importante
Cuando mis amigos o alumnos afirman, con más o menos agresividad y “buscándome las cosquillas”, que lo importante para llevar a buen puerto un matrimonio es el amor, les respondo sin titubear que sin ninguna duda: estoy mucho más convencido que cualquiera de ellos.
(Es más, considero que el haber centrado la clave de la vida conyugal en el amor mutuo, dejando de lado otras razones menos fundamentales, es una de las ganancias o conquistas teóricas más relevantes de los últimos tiempos respecto al matrimonio).
Pero inmediatamente añado que, para poder amarse con un amor auténtico y del calibre que exige la vida en común para siempre, es absolutamente imprescindible haberse habilitado para ello; y que semejante capacitación es del todo imposible al margen de la entrega radical que se realiza al casarse.
Con otras palabras: lo importante, desde el punto de vista antropológico, no son ni “los papeles” ni “la bendición del cura”.
(Personalmente, considero una inaceptable usurpación y, por eso, me niego en rotundo a que me case ningún funcionario del Estado ni sacerdote alguno: me caso yo —y mi mujer— y justo y solo porque quiero y quiere ella; ningún otro está capacitado para hacerlo por mí; solo el libre consentimiento de los cónyuges realiza esa unión, con todos los efectos antropológicos que lleva aparejados).
Sin embargo, para que lo importante —el amor— sea efectivamente viable resulta del todo necesaria la acción de libre entrega por la que los cónyuges se dan el uno al otro en exclusiva y para siempre.
Estamos, lo digo especialmente para los conocedores de la filosofía, aunque todos podamos entenderlo, ante un caso muy particular del nacimiento de un hábito bueno o virtud: que, para más inri, es justamente la virtud de la “castidad conyugal”, tan denostada.
Virtud… ¡qué aburrimiento!
No quiero insistir en que el hábito y la virtud tienen mucha menos relación con la repetición de actos, que a menudo conduce a la rutina o incluso a la manía, que con la potenciación o habilitación de la facultad o facultades que vigorizan.
Es decir, el hábito y la virtud, con independencia absoluta de su origen, nos tornan mejores y, de forma muy directa, nos permiten obrar a un nivel muy superior que antes de poseerlos.
La cuestión resulta muy fácil de ver en las habilidades de tipo intelectual, técnico o artístico, llamadas en filosofía hábitos dianoéticos: solo quien ha aprendido durante años a dibujar, a proyectar edificios y jardines o a interpretar correctamente al piano (y el resultado de esos aprendizajes son distintos hábitos o capacitaciones de un conjunto de facultades) es capaz de realizar tales actividades de la forma correcta y adecuada, con facilidad y gozo, y sin peligro próximo de equivocarse… a no ser que le de la gana hacerlo mal (cosa no tan infrecuente).
Lo mismo ocurre con las virtudes en sentido más estricto, que son las de orden ético. Quien ha adquirido la virtud de la generosidad, pongo por caso, no solo se desprende fácilmente de aquello —¡el tiempo, en primer lugar!— con lo que puede hacer más feliz a otro, sino que se siente inclinado a realizar ese tipo de acciones y, ¡ahí es nada!, disfruta como un enano al realizarlas.
De ahí que la vida éticamente bien vivida no sea una especie de carrera de obstáculos tediosa y sin norte, un “más difícil todavía” carente de término, sino que, precisamente a causa de a las virtudes, compone una senda de disfrute progresivo, en el que incluso el dolor y el sacrificio se tornan gozosos.
La génesis de las virtudes
Una de las diferencias que se han señalado tradicionalmente entre hábitos dianoéticos (técnicas, artes, etc.) y éticos, es que algunos de aquellos pueden lograrse con un solo acto —ahí se encuadra, por ejemplo, la tan clara como difícil de comprobar adquisición del “uso de razón”—, mientras que las virtudes propiamente dichas requieren de una repetición de actos realizados cada vez con mayor amor.
Propongo una leve corrección a esta doctrina. Por un lado, porque la experiencia demuestra que, en ocasiones, una persona adquiere el valor o pierde el miedo como resultado de una única acción, más o menos arriesgada: por ejemplo, lanzarse a la piscina después de meses de dudarlo o saltar en paracaídas por vez primera… y experimentar la emoción que inclina a volver y volver a saltar, pero ahora ya sin miedo.
Y me parece que el acto único de la entrega matrimonial consciente y decidida tiene un efecto muy parecido: otorga a quienes se casan el vigor y la capacidad para amarse de por vida a una altura y con una calidad que resultan imposibles sin esa donación absoluta.
Cosa no difícil de comprender si recordamos que el fin de toda vida humana es el amor entregado, y que la ofrenda que se realiza en el matrimonio (igual que la que se hace a Dios de forma definitiva), por encarnar de manera privilegiada esa tendencia al amor, no puede sino fortalecer la capacidad de amar, hasta el punto de situarla a una distancia casi infinita de la que los novios tenían antes de la boda.
No se trata de una cuestión psicológica, como algunos me han comentado o preguntado, aunque también pueda reflejarse en esos dominios; sino de algo infinitamente más serio. Estamos ante un cambio abismal, comparable por ejemplo a lo que en filosofía denominamos el primum cognitum o la llegada del “uso de razón”: aquel hábito que permite —en un momento difícil de precisar, pero sin duda existente—, conocer la realidad tal como es, con independencia de sus beneficios o desventajas para mí, y no solo, como los animales y los niños de muy poca edad, en lo que cada una supone para mi propia satisfacción o malestar.
De esta suerte, igual que puede hablarse de un hábito primero en los dominios del conocimiento, que lleva a conocer de un modo radicalmente superior al que se tiene antes de su formación (es lo que llamo primum cognitum o habitus entitatis), es legítimo referirse a un hábito muy concreto de la voluntad —lo denominaría, si no fuera una cursilada, habitus sponsalis amoris—, que hace posible amar de una forma inédita y muy ennoblecida: conyugalmente.
Hasta el extremo de que hay que afirmar que la persona que lo genera —justo en el instante y como producto de la entrega sin reservas— es capaz, en general, de fijar definitivamente el objeto de sus amores en aquel (o Aquel) a quien se ha entregado y, en el caso del matrimonio, de transformar el cuerpo sexuado en vehículo eficaz (de la culminación) de la entrega de la propia persona… cosa imposible antes de casarse.
Habilitarse… más o menos
Me explico con un poco más de detalle. A veces entendemos la respon¬sabilidad como la cuenta que habremos de dar, ¡si nos pillan!, por lo que hemos hecho mal; o del premio que recibiremos por lo bueno que hay en nuestra vida… y que nosotros nos encargamos de dejar muy claro.
De nuevo es una visión correcta, pero muy pobre. Ante cualquier acción que realizamos, nuestra persona responde de inmediato mejorando o empeorando, haciéndonos más capaces de obrar de nuevo, mejor y con más facilidad, en el mismo sentido, bueno o malo: quien se acostumbra a robar se va haciendo un ladrón; el que miente, un mentiroso; el que emprende grandes empresas en bien de los demás, una persona magnánima; quien se entrena siete horas en el gimnasio —si no perece en el intento— un auténtico “cachas”, etc.
Esa respuesta, que nos marca queramos o no, es la verdadera responsabilidad: el modo como nuestro ser responde y se modifica en función de nuestras actuaciones.
Pongámonos en el supuesto de acciones buenas. Cada una de ellas nos mejora y nos hace más capaces de realizar fácilmente, con gusto y sin equivocarnos el mismo tipo de operaciones. Pero no todas nos capacitan con la misma intensidad.
Quien presta sus apuntes a un compañero, se hace un poco más generoso; quien dedica toda una tarde a explicarle lo que no comprende, bastante más; quien, sin que se note, está constantemente pendiente —aunque a él le cueste sangre— de que sus amigos hagan lo que deben, con gracia y sin hacérselo pesar… ¡es un tío grande, maestro en generosidad y en muchas otras virtudes (no digo «tía grande», no por pusilánime, sino porque ellas se llaman a sí mismas «tío»: viva la juventud y la no-juventud que quiere parecer joven)!
Una puntualización importante
Pero todos estos ejemplos cuadrarían mejor con el incremento paulatino de la capacidad de amar que, cuando queremos bien, vamos generando en nosotros.
Hay otros casos que se sitúan más cerca del que estamos considerando, aun sabiendo que un ejemplo es solo eso: algo que, si está bien escogido, ayuda a entender la realidad que pretendemos ilustrar, pero que no se identifica con ella.
Me refiero, por concretar, y en negativo, a que quien no se decide a tirarse desde un trampolín, venciendo con ello el miedo que inicialmente lo acogota, nunca estará en condiciones de saltar de nuevo, con gusto y soltura, mejorando progresivamente la técnica y el estilo.
O, en positivo, y apurando un poco más la analogía, a la firme decisión que lleva, después de un tiempo de aprendizaje, a lanzarse por primera vez en caída libre desde un avión, gracias a un acto de valor que vence el miedo connatural a realizar ese salto; o, en una línea no muy lejana, a dar el paso definitivo para entrar a ejercer una profesión de alto riesgo en beneficio de los demás (pienso, entre otros, en los bomberos o los equipos de salvamento), haciendo caso omiso del temor que suscita el poner la propia vida en peligro con relativa frecuencia.
En estas circunstancias y en otras similares, ese notable acto de virtud, al multiplicar el vigor de las facultades respectivas, coloca a quien lo realiza en un nivel superior que antes de llevarlo a cabo, y lo faculta para irse superando en el ejercicio cada vez más perfecto de las actividades, que antes no eran posibles y ahora ya sí lo son.
La gran aventura
Y casi en el término de esa línea ascendente se sitúa el sí de la boda.
Como apuntaba, varón y mujer son seres-para-el-amor; y la culminación y mayor expresión de todo amor es la entrega. Cuando esa entrega es sincera, profunda, total y de por vida —cosa que se manifiesta en un solo acto, el sí de la boda—, ¿cómo no va a responder nuestra persona incrementando de una forma impensable su capacidad de querer?
¡Ahí se encuentra la razón antropológica más de fondo de la necesidad de casarse! El motivo más entusiasmante para decir un sí que nos permita iniciar la gran aventura del matrimonio: el camino que nos llevará hasta nuestra plenitud personal y nuestra felicidad.
¿Que eso suena demasiado utópico? ¡Qué lástima!, porque entonces no se comprende lo que es una aventura. Lo propio de ella es que:
Quienes la emprenden se pongan una meta alta, en apariencia inalcanzable, pero que vale la pena.
No tienen ninguna seguridad de que van a alcanzar su objetivo; de lo contrario, ¿dónde queda la gracia de la aventura?
Una vez que la inician, no permiten que las dificultades y los contratiempos, también los imprevistos, sofoquen la ilusión inicial ni les impidan recrearse en lo que ya han logrado.
La mirada fija en el fin, en el triunfo hace que, a cada paso, renueven las energías y las agallas para seguir adelante.
Si enfocamos de este modo el matrimonio, contando con las fuerzas que nos proporciona el habernos casado, sí será ciertamente un camino de rosas, en el que la apariencia y la fragancia de las flores logren que casi no advirtamos los pinchazos de las espinas (¡qué cursilada!, pero como no lo ha leído mi mujer…).
No lo será, sin embargo, si por ignorancia o dejadez o desprecio hemos decidido que la boda constituye un mero trámite y no nos hemos capacitado para querer con un amor relevante, aventurado y venturoso; más todavía, con ese acto-omisión nos vamos paulatinamente haciendo incapaces de amar de la forma correcta.
Por el contrario, si, mediante el matrimonio, conseguimos que lo importante sea efectivamente el amor, no cabe la menor duda de que ¡vale la pena casarse!
Málaga, 15 de febrero de 2011
Tomás Melendo
Catedrático de Filosofía (Metafísica)
Director de los Estudios Universitarios en Ciencias para la Familia
Universidad de Málaga
www.masterenfamilias.com
tmelendo@uma.es






