Padre y madre

Padre y madre son expresiones inequívocas de la realidad dual del ser humano; dualidad que la ideología de género aspira a destruir

Por Juan Manuel de Prada, escritor y articulista vasco, uno de los autores más jóvenes y galardonados de España, ganó el premio Planeta de 1997 con «La tempestad», el premio Primavera de Novela de 2003 y el premio Nacional de Literatura 2004 en la modalidad de Narrativa con «La vida invisible». Su labor como articulista le ha hecho merecedor de los premios Julio Camba, el de Periodismo de la Fundación Independiente, el José María Pemán y el González Ruano.

Contra la naturaleza

Se van a sustituir en las inscripciones del Registro Civil los sustantivos «padre» y «madre» por un eufemismo que elimine la naturaleza dual de la filiación. Algunos pardillos han pensado que esta reforma semántica es una mera concesión grotesca a la corrección política. Sin embargo, se oculta detrás de ella una implacable operación de ingeniería social. Los ideólogos de género pretenden que entre hombres y mujeres sólo existe una banal diferencia fisiológica (subsanable, por lo demás, en el quirófano); y que, por tanto, cualquier otra peculiaridad psicológica o afectiva es un mero producto cultural que conviene erradicar. Así, sostienen que cada cual puede elegir sus preferencias sexuales, que de este modo ya no serían una inclinación inscrita en los genes, sino una mera opción que cada persona puede inventar, modelar, rectificar e intercambiar a su antojo. Las diferencias entre los dos sexos se convierten en convenciones elaboradas por una cultura represora contra la que cualquier persona puede –y debe– rebelarse, adscribiéndose al «género» que le pete: heterosexual, homosexual, bisexual o cualquier otra variante que se le pase por el caletre.

Ahora estará mal visto

No se requiere una inteligencia privilegiada para intuir la operación de ingeniería social que se oculta detrás de tan estrafalario derecho a «inventarse» a uno mismo. Feminidad y masculinidad se convierten en entidades automáticamente perseguibles. Se niega la existencia del instinto materno; también, por supuesto, la posibilidad de que los afectos que un padre y una madre entablan con sus hijos sean diversos. La familia tradicional se convierte ipso facto en una forma de organización social obsoleta, de un estatismo indeseable; las relaciones naturales surgidas en su seno, entre las que la filiación ocupa un lugar primordial, deben ser combatidas. Y es que la filiación no se elige: presupone un padre y una madre que no son aleatorios, sino establecidos por un acto procreador. Padre y madre son expresiones inequívocas de la realidad dual del ser humano; dualidad que la ideología de género aspira a destruir. Para ello, se presenta en primer lugar el matrimonio como una unión de carácter puramente contractual, configurable, modificable y rescindible a gusto de los cónyuges (que ya no habrán de ser nunca más marido y mujer). Los ideólogos de género saben que la familia con padre y madre infunde a los hijos la noción -tan natural, por lo demás- de que hombres y mujeres somos diferentes; para borrar esta noción del disco duro de las nuevas generaciones, la ideología de género ha habilitado un sofisma tan burdo como eufónico: «Diferencia significa desigualdad». Al anular las diferencias –nos venden–, al evitar que padres y madres se comporten como tales, instauraremos una idílica sociedad igualitaria.

Poder del lenguaje

Desde el momento en que la multiforme inclinación sexual del individuo se antepone sobre su dualidad biológica, ya no tiene demasiado sentido sostener la división entre hombres y mujeres, mucho menos entre padres y madres. Seamos todos progenitores (A y B y C y D y los que hagan falta), fundidos en la amalgama diseñada por la ideología de género, que no pretende –aunque así lo pregone, para disfrazar sus fines aberrantes– la promoción de la mujer, sino la anulación de lo femenino y lo masculino como expresiones de la naturaleza humana. Esta desnaturalización comienza a consagrarse a través del lenguaje, mediante el cual se designa y se conforma, se moldea y manipula la realidad. De ahí estas reformas semánticas, que algunos ilusos despachan con chascarrillos, pensando que sólo obedecen a un ridículo prurito de corrección política. Pero no, queridos pardillos: son el primer paso para indiferenciar a los seres humanos, para sovietizar y uniformizar los afectos, para otorgar carta de naturaleza a la anomalía, sobre la que esperan construir su nuevo «mundo feliz».

fuente: ABC.es

La voz de la madre

Los primeros días de vida del bebé no es extraño que sólo la madre sea capaz de calmarlo cuando llora o cuando está inquieto. El padre se afana, pero parece que el bebé es menos sensible a sus cuidados. Entonces, de pronto, la suegra se lo quita de los brazos y en un santiamén lo tranquiliza. ¿Por qué la voz de la madre (y la voz de la tía, y de la abuela) tiene esa influencia sobre el bebé, pero no la voz del padre?

Sabemos que hacia los cinco meses de gestación, tal vez antes, el feto comienza a desarrollar el sentido de la audición, una audición que apenas puede diferenciarse todavía de los otros sentidos, como el sentido del tacto, pero que le permite entrar por primera vez en contacto con el mundo exterior. Hay que tener en cuenta que allá dentro, el mundo exterior se reduce a los ruidos producidos en el cuerpo de la madre, en particular, el latido del corazón (que es una presencia constante y poderosa pero también regular e indistinta) y la voz de la madre (una presencia sonora igualmente constante y poderosa, pero sumamente cambiante, distinta cada vez). Aunque la madre ni lo sabe, porque ella habla para otros, su bebé la escucha narrar, cantar, preguntar, ordenar, quejarse, reír…

Es decir, el primer contacto del bebé con el mundo exterior, aun mucho antes de nacer, es la voz de la madre. No es de extrañar, por tanto, que la voz de la madre tenga ese efecto especial sobre el bebé, y que sea el primer vínculo de unión entre ambos: antes de ver su cara, antes de oler su piel, antes aún de necesitarla para comer y para moverse, la voz de la madre es el cordón umbilical que les une y que les unirá para siempre.

La audición intrauterina

Nuestra voz se produce cuando expulsamos el aire de los pulmones y lo hacemos pasar por un estrechamiento de la tráquea, las cuerdas vocales (que, por cierto, no son “cuerdas” sino unos pliegues cartilaginosos). Al pasar por entre los pliegues vocales, el aire comienza a vibrar y se produce una especie de zumbido: nuestra voz (que todavía es irreconocible como voz humana). Del mismo modo que las cuerdas de una guitarra necesitan la caja de resonancia para sonar “como una guitarra”, la voz generada en la laringe tiene que pasar por una serie de “cajas de resonancia” para sonar como voz humana: estas cajas de resonancia son la faringe, la boca, la cavidad nasal, pero también toda la caja craneana e incluso nuestra columna vertebral. Cada vértebra, en efecto, es una pequeña caja de resonancia de nuestra voz (lo que es fácil de comprobar si le tocamos la espalda a alguien que está hablando).

Pues bien, cuando la madre embarazada habla, su voz resuena a lo largo de su columna vertebral, especialmente en las vértebras que quedan a la altura del vientre. Inmerso en el líquido amniótico, el feto puede oír la voz de la madre “por dentro”: todo el líquido amniótico vibra con la voz de la madre, el propio niño vibra, y escucha, y “toca” la voz. Él aún es incapaz de producir ningún ruido, así que apenas puede diferenciar entre la voz de su madre y él mismo.

Por eso, durante el embarazo, el feto se mueve especialmente cuando la madre habla. Por ejemplo, si la madre ha estado sola en casa toda la mañana (seguramente, en silencio), cuando habla por teléfono o cuando llega una visita, de pronto, el bebé se mueve: es decir, reacciona al estímulo (que es un estímulo muy fuerte) y se mueve. Se trata de la primera comunicación real madre-hijo.

Desde luego, es un error muy común no hablar al feto pensando (falso) de que no nos oye, de que no es nadie, sólo porque aún no ha nacido: nos oye, cada semana que pasa nos oye mejor, y responde a nuestra voz. La mejor demostración de que nos oye es que da una patadita cuando la madre habla (también se mueve ante otros estímulos, por ejemplo, cuando le empujamos, cuando tocamos el vientre de la madre, cuando lo incomodamos haciendo una ecografía, etc.). En una gestación avanzada, la madre puede incluso reconocer cuándo el feto está dormido y cuando se ha despertado: la mejor manera de despertarlo, hablarle; de dormirlo, cantarle.

El parto sónico
Desde el punto de vista auditivo, el nacimiento es un momento traumático: el bebé sale de un mundo líquido, de sonidos familiares de altas frecuencias, y entra en contacto con el aire, un mundo poblado de bajas frecuencias y voces extrañas. El bebé incluso se extraña de su propia voz, que oye por primera vez. Instalado en el vientre de la madre, el bebé sólo podía ver algo de luz, igual que después del nacimiento, ya que su visión no es mucho mejor: apenas ve más allá de unos centímetros, y solo reconoce la luz. Sin embargo, su audición es perfecta, y se encuentra sumido de golpe en un mundo nuevo de ruidos. A veces, se ha llamado a este momento traumático el “parto sónico”. Una buena manera de minimizarlo es el parto acuático, traer al mundo al bebé en un medio líquido.

Entonces, la voz de la madre es un remanso de paz, como una vuelta al útero, un lugar sonoro feliz y tranquilizador. Después, durante toda nuestra vida, la voz de la madre será igualmente un oasis de consuelo. Incluso hay técnicas terapéuticas basadas en este fenómeno: el “Método Tomatis”, por ejemplo, toma como base el poder de la voz de la madre en el psiquismo del paciente, como vehículo idóneo para el condicionamiento audio-vocal.

Además de las frecuencias propias de la voz de la madre, durante el embarazo el feto está en constante contacto auditivo con el ritmo cardiaco de la madre, y con su ritmo de respiración; después del nacimiento, la voz de la madre mantiene y transmite estos ritmos, que refuerzan el efecto de la propia voz, especialmente en los prolongados abrazos que el bebé reclama (durante la lactancia, mientras lo acuna, etc.).

Por cierto, durante la lactancia es muy curioso observar que si la madre comienza a hablar el bebé interrumpe la succión y se gira hacia ella: hasta ese punto la voz de la madre es un elemento de atracción poderoso para él.

La voz del padre
En cambio, la voz del padre, de entrada, pertenece exclusivamente al mundo exterior. Nunca antes la había oído, y es por tanto un ruido extraño, irreconocible. No ocurre lo mismo con la voz de la tía o la abuela materna, que se parece mucho a la voz de la madre (proceden, podríamos decir, de la misma “factoría”), y por tanto son muy familiares desde el mismo día del nacimiento. Por eso la hermana de la madre y la abuela materna tienen tantos puntos ganados con el bebé, y por eso son tan tranquilizadoras para él: son lo más parecido a su mamá, incluso en buena parte de su voz, justo las frecuencias más altas, las que él oía mejor en el útero.

La comunicación con el bebé
Durante toda nuestra vida, buscamos el contacto auditivo “interno” con las personas queridas: hablar abrazados permite oír la voz del otro resonando en nuestro propio cuerpo, y es la mejor manera de establecer una relación afectiva.

Por tanto, para el padre es una buena idea hablar con el feto a menudo, abrazando a la madre, e incluso dirigiéndose a él hablándole al vientre: así la voz del padre puede entrar a formar parte, de algún modo, de su mundo sonoro, y luego no será una presencia totalmente extraña.

Una vez ha nacido, cantar al bebé es una buena manera de crear lazos afectivos y asociar la voz del padre con algo agradable y gozoso, pero, sobre todo, es una buena manera de aunar los ritmos (cardíacos y respiratorios) del padre y el bebé.

En el caso de la madre es una manera óptima de fortalecer los lazos afectivos, porque lo importante no es la música en sí, sino la voz. Una idea excelente es cantar juntos, papá y mamá, la nana favorita después de la cena: así en el bebé se asocian ambas voces, con lo que la voz del padre gana en credibilidad.

Con todo, la influencia de la voz de la madre no se reduce al embarazo y a los primeros meses de vida del bebé, sino que se extiende durante toda la vida. Incluso mucho después, ya de adultos, el remanso de consuelo más seguro siempre será la voz de la madre, y un susurro, una orden o un piropo de la madre son palabras mágicas para nosotros.

Francisco José Cantero Serena
Profesor del Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura
Director del Laboratorio de Fonética Aplicada de la Universidad de Barcelona

Fuente:solohijos.com

Amor de madre

La realización de la mujer

(Por Bosco Aguirre, Colaborador de Mujer Nueva, 2010-05-14)

Todos queremos “realizarnos”. Pero no resulta fácil decir cuándo un ser humano ha conquistado la realización completa, verdadera, en su propia vida.

“Realizarse” implica, por una parte, descubrir cuál es la meta profunda de nuestra condición humana. ¿Cuál podrá ser? ¿Consistirá tal vez en trabajar mucho, en ganar dinero, en divertirse, en satisfacer los propios caprichos, en estar siempre con los amigos, en aparecer en los medios de comunicación, en gozar de una oscura y “dorada” mediocridad?

Notamos en seguida que existe una enorme diferencia entre la “realización objetiva” y las “realizaciones” empobrecidas que dependen de modas sociales o de caprichos personales.

Un joven desearía dedicarse a fondo a la vida deportiva. Sus padres, sus profesores, la sociedad, le imponen una serie de estudios y de reglas que le alejan de la soñada meta. Pero no podemos excluir que ni los planes del joven ni las imposiciones sociales corresponden siempre a algo más profundo que se oculta en cada ser humano, a una fuerza íntima que pide una oportunidad para salir a la luz, para “realizarse”.

Lo anterior vale para todos: niños y grandes, ricos y pobres, occidentales y orientales, europeos, americanos, asiáticos y africanos. Vale, también, para los hombres y para las mujeres.

De modo especial, la mujer de nuestro tiempo vive bombardeada por presiones y por slogans que la orientan, casi la obligan, a buscar ciertas “realizaciones”, algunas de las cuales llegan casi a ahogar bienes olvidados, o incluso a provocar comportamientos abiertamente peligrosos e innaturales.

Noticias recientes nos han puesto en guardia, por ejemplo, ante la búsqueda de la delgadez como si fuera un absoluto. Tal obsesión invade a miles de adolescentes y no tan adolescentes por “conservar la línea”, con degeneraciones que llevan a la anorexia y a la muerte de personajes famosos o a la ruina de adolescentes en el umbral de la vida.

No es tan noticia, aunque cada vez tomemos más conciencia de ello, que millones de mujeres desearían casarse jóvenes y acoger en seguida a uno o varios hijos. Viven, sin embargo, prisioneras de un sistema económico y de una cultura que ha dado un valor absoluto a la conquista de un buen nivel de vida, hasta el punto de llevarlas año tras año a retrasar el matrimonio y la maternidad.

Y cuando nace un hijo, surgen entonces tensiones profundas. ¿La casa o el trabajo? ¿El hijo, los hijos, o la realización profesional?

No hemos de tener miedo a buscar, seriamente, la respuesta a la pregunta: ¿cuál es la realización profunda de la mujer? No podemos decir que sea algo que depende de los distintos contextos sociales, de los niveles de educación, de las elecciones individuales. La mujer, como el varón, tiene una estructura íntima y profunda que busca “realizarse”, salir a la luz, más allá de los caprichos del momento, por encima de las modas impuestas por sociedades muchas veces obsesionadas por la producción y deshumanizadas respecto de lo que embellece la vida humana.

La realización de una mujer requiere mirar hacia el propio corazón para, desde allí, notar una llamada primitiva y profunda (ineliminable, como el bulbo raquídeo, como el ciclo menstrual con su fecundidad fascinante), a darse, a servir, a dejar de lado sueños de modelo o conquistas de igualitarismos no siempre liberatorios para ser ella misma. Así será posible abrirse a la bellísima tarea de amar y dar vida. Una tarea a la que también estamos llamados los hombres, pero que no podemos descubrir ni aprender si no es a través de la ayuda y el ejemplo que nos dan las mujeres que viven a nuestro lado.

Habrá buenos trabajadores, buenos padres, buenos esposos, si hay mujeres que sean plenamente mujeres: promotoras de justicia y de paz, de alegría y de esperanza, de amor y de vida (esposas madres junto a esposos padres). Mujeres realizadas plenamente, porque han roto con esquemas reductivos que las aprisionaban, porque se han abierto a riquezas íntimas que embellecen los corazones y producen sonrisas fascinantes.

Bosco Aguirre

fuente:mujernueva.org