Observatorio del Foro de la Familia sobre ideología de género

El Observatorio sobre el Adoctrinamiento de Género es una iniciativa del Foro Español de la Familia que ha nacido como consecuencia de la entrada en vigor de la Ley Orgánica 2/2010 sobre “Salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo”.

Dicha Ley, entre otras cosas, constituye una intromisión ilegítima en el derecho de los padres a educar a sus hijos según sus propias convicciones (art. 27.3 de la Constitución Española) e impone una visión de la sexualidad basada en la Ideología de Género.

La ideología de género es contraria a nuestras tradiciones jurídicas y filosóficas y es gravemente perjudicial para la salud de nuestros hijos, por cuanto trivializa las relaciones sexuales y confunde a la juventud con un supuesto “sexo seguro”.

Por estas razones, se ha hecho necesario divulgar, denunciar, formar e informar a los padres y educadores, y la sociedad en general, sobre las consecuencias de la entrada en vigor de esta Ley y sobre la mejor forma de paliar sus efectos y hacer frente a la desinformación y hábitos que quiere inducir en la sociedad. Con estos fines nace este Observatorio.

El Observatorio sobre Adoctrinamiento de Género (OAG) tiene los siguientes objetivos:

a) Vigilar los contenidos de las asignaturas que se cursen, sean de esta materia o de otras.

b) Denunciar ante las instancias administrativas y/o judiciales, aquellos contenidos que atenten contra el legítimo derecho de los padres a la educación de sus hijos, al amparo del artículo 27.3 de la Constitución Española y de la sentencia del Tribunal Supremo de fecha 11 de febrero de 2009.

c) Fomentar la formación de padres y educadores en los contenidos implícitos y explícitos de la ley 2/2010 para que conozcan su verdadero alcance y consecuencias.

d) Fomentar una sana educación afectivo-sexual en la escuela donde se respete la libertad ideológica y el pluralismo, sin imposiciones propias de regímenes totalitarios.

e) Ofrecer la ayuda necesaria a aquellos padres que encuentren alguna dificultad en cómo educar a sus hijos en esta materia.

fuente. www.adoctrinamientodegenero.org

Ser provida

La familia favorece la libertad auténtica

George Weigel, biógrafo de Juan Pablo II y experto estadounidense en temas de doctrina social, intervino este jueves en el congreso que organiza la Iglesia en Italia sobre “Familia, sujeto social”.
Para Weigel, actualmente existen respuestas equivocadas a la demanda de libertad del hombre contemporáneo, pues se rigen sobre todo por el utilitarismo pragmático, para el que todo es un contrato, como por del “Islam activista”, que no admite la libertad religiosa.
-¿Qué papel tiene la familia en este contexto?
-George Weigel: En respuesta al utilitarismo pragmático, la doctrina social católica enseña que la familia no es un simple acuerdo contractual dirigido a satisfacer las necesidades individuales. Es una alianza que consiste en hacer promesas y mantenerlas. La esencia de la vida familiar es comprender cómo podemos ser un don para los otros. En la escuela aprendemos a comprender qué es la libertad. Tenemos necesidad de la familia para generar hombres que sean verdaderamente libres. Por esto se puede decir que el futuro de la familia tiene mucho que ver con el futuro de la búsqueda de la libertad humana auténtica.
-¿Hay algún signo de que esta concepción pueda ser acogida en el mundo contemporáneo?
-George Weigel: Los estudiosos de las ciencias sociales están de nuevo empezando a reconocer el papel crucial desempeñado por la familia en el desarrollo humano. Investigaciones realizadas recientemente en Estados Unidos sobre los efectos deformantes del divorcio en el crecimiento y la educación de los niños están causando una revisión de la legislación sobre el divorcio y se empieza a pensar que lo que se había despreciativamente liquidado como “familia tradicional”, tiene mucho puntos a su favor. Pero este nuevo despertar del sentido moral tiene todavía que penetrar en la vida pública de modo continuado para que pueda conducir a realizar cambios en la
legislación.
-¿Qué acogida ha tenido en Estados Unidos la “Familiaris Consortio”, el documento más importante de Juan Pablo II sobre este tema, publicado hace exactamente 20 años?
-George Weigel: El marco es complejo. Su mensaje moral ha sido acogido en algunos sectores. Pero no hemos visto este nuevo realismo moral aplicado a la ley. Tenemos todavía una terrible ley de aborto y el sistema fiscal no ayuda a la familia. Hay mucho trabajo por hacer.
-¿Ha cambiado algo en el mundo juvenil?
-George Weigel: Los jóvenes, que deben afrontar los daños provocados por la revolución sexual y la desestructuración de la familia en los últimos cuarenta años, son mucho más abiertos a la enseñanza de la Iglesia que sus padres. Lo he podido constatar al hablar en las universidades sobre el magisterio del Santo Padre sobre la teología del cuerpo.
-¿Cómo afrontar el desafío de la globalización?
-George Weigel: La globalización no es un hecho que se puede evitar. Sucede. El problema es cómo sucede. ¿Se da en un modo que haga crecer a las familias de los países pobres y las ponga en condiciones de ejercer su creatividad económica? El problema crucial es la corrupción de las instituciones políticas en el tercer mundo que impide esto. Hay que reformar las leyes que obstaculizan la creatividad económica de las familias pobres. La doctrina social de la Iglesia llama la atención sobre la reforma de las instituciones políticas corruptas que impiden a las familias pobres del tercer mundo liberarse de sí mismas.

Fuente:Zenit.org

El amor como elección y los dos objetos del amor

by Ramon Acosta Peso – Master CC Matrimonio y Familia – 3 hijas

Hasta ahora hemos visto cómo el amor es fundamentalmente una pasión, algo que se padece y que uno no elige. Pero el amor implica también nuestra libertad: esto es, puede ser vivido como una elección en la que la persona se implica a sí misma. Para ello es preciso conocer el bien que nos atrae y la comunión a la que nos llama. El amante asume un protagonismo definitivo pues con su libertad es él quien quiere amar, vincularse, entregarse. El amor pasa entonces a ser también un acto de la voluntad. 

Indudablemente nuestro amor se dirige a la persona: queremos a la persona. Pero cuando amamos nuestra intención implica un doble objeto que tiende a dos cosas. Aristóteles lo había definido así: « Amar es querer a alguien un bien ». En el mismo acto de amor se tiende a la persona con la que se desea entrar en comunión real, y al bien que queremos para ella y que constituye la mediación real necesaria del amor en el obrar. Por tanto, el amor propiamente dicho es el amor de comunión, el amor de amistad, que busca al amigo no por el propio provecho o interés egoísta, sino por sí mismo, por su propia dignidad y virtud. Nuestro amor a las personas (por sí mismas) es esencialmente diferente de nuestro amor a las cosas. Las cosas en realidad, en sentido propio, no las amamos, sino que las apreciamos en la medida que nos sirven. A las personas a las que amamos tendemos a comunicar nuestros bienes, mientras que de las cosas tendemos a adquirir lo que nos falta.

De este modo, podemos hablar de una verdad del amor, que supera la simple sinceridad de los sentimientos, y que radica en la verdad del bien que deseamos para tal persona. Querer a la persona por sí misma implica necesariamente querer aquellos bienes que le permiten subsistir en sí misma. Sin la mediación de estos bienes el amor a la persona se convierte en un sentimiento vacío.

LAS DIMENSIONES DE LA EXPERIENCIA AMOROSA

Para vivir plenamente el amor conyugal es fundamental que los novios reconozcan la dinámica afectiva que lo motiva, pero también todas las dimensiones de la persona — en este caso dos personas– que ponen en juego. En el análisis de las diversas dimensiones que implica la atracción entre el hombre y la mujer nos preguntaremos cinco cuestiones: cuál es la reacción propia de cada nivel; qué la motiva; qué finalismo implica; cuál es su acto propio; y qué repercusión subjetiva comporta, así como reconocer cuál es el riesgo de absolutizar esta dimensión[1].

Dimensión corporal-sensual
REACCIÓN: Con una «excitación corporal»
MOTIVACIÓN: La apreciación de los «valores corporales-sexuales», de Marta en cuanto complementarios de los suyos.
FINALIZA:«Al cuerpo y a los órganos» de Marta.
ACTO PROPIO:La «unión sexual».
REPERCUSIÓN SUBJETIVA: Una satisfacción sensual, el «placer carnal».
RIESGO DE ABSOLUTIZARLA: Olvida a la persona. Acaba tratándola como un objeto a utilizar.

Dimensión afectivo-psicológica
REACCIÓN: «Emocionándose».
MOTIVACIÓN: Los «valores humanos ligados al hecho de ser varón o mujer».
FINALIZA A: la «mutua presencia interior» de Marta dentro de sí mismo.
ACTO PROPIO: «La unión de sentimientos»
REPERCUSIÓN SUBJETIVA: Pepe se «complace» en Marta.
RIESGO DE ABSOLUTIZARLA: Puede olvidar la realidad de sus valores e idealizarla

Dimensión personal
REACCIÓN: La «admiración».
MOTIVACIÓN: La «persona misma» de Marta.
FINALIZA: A la «promoción de la persona» de Marta.
ACTO PROPIO: El «don de sí recíproco»
REPERCUSIÓN SUBJETIVA: El «gozo».
RIESGO DE ABSOLUTIZARLA: Perder la simpatía del afecto, el carácter lúdico de saber esperar en la entrega

Dimensión trascendental
REACCIÓN: El «estupor»
MOTIVACIÓN: el «misterio de Dios y de su amor presentes en Marta»
FINALIZA: «en la comunión con Marta vivir la comunión con Dios»
ACTO PROPIO: La «alabanza» y la «acción de gracias»
REPERCUSIÓN SUBJETIVA: el «gozo de los bienaventurados»
RIESGO DE ABSOLUTIZARLA: Vivir la comunión con Dios sin tener en cuenta verdaderamente a Marta, procurando vivirla por separado o imponiendo su propia vivencia espiritual

[1] Cf. J. Noriega, El destino del eros, Palabra, Madrid 2005, 42-47. 144-145

fuente: bpf.laiconet.es

APRENDICES DE POR VIDA

por José María Escudero Fernández
(mardepri@terra.es)

“Si somos capaces de prepararnos concienzudamente
en aprender a educar a nuestros hijos, entonces sí,
entonces éstos vendrán con uno, tres o media docena
de panes debajo del brazo”

Educar no consiste en dar a luz un buen día a un hijo…
Educar consiste en alumbrar su vida todos los días, incluso cuando la noche se torna desmesuradamente oscura.

Educar no consiste en conseguir el mejor colegio y los mejores profesionales para nuestro hijo…
Educar consiste en conseguir día a día que el niño crezca en el mejor hogar posible.

Educar no consiste en suprimir al niño toda libertad para tranquilidad y comodidad nuestra…
Educar consiste en renunciar a parte de nuestra tranquilidad en pos de ayudar al niño a que utilice responsablemente su libertad.

Educar no consiste en castigar a un niño como desahogo a nuestro cansancio, estrés o malhumor…Educar consiste en castigar siempre que sea necesario y ayudar al niño a que reflexione sobre una conducta o un comportamiento erróneo.

Educar no consiste en encerrar a un niño en su habitación para que estudie…
Educar consiste en “encerrarte” tú con él, y de esta manera estudiar los dos juntos.

Educar no consiste “en montar el numerito” poniendo el grito en el cielo cada vez que el niño trae el boletín de notas…
Educar consiste “en montar el numerito” todos los días valorando, preguntando, recriminando, elogiando e interesándose por el trabajo del niño

Educar no consiste en regalar un juguete a un niño…
Educar consiste en “gastar tu tiempo” jugando con él.

Educar no consiste en quejarnos eternamente por los errores que hayamos podido cometer con nuestro hijo…
Educar consiste en aprender de los errores y no tirar nunca la toalla, pues no es un combate el que perdemos sino la vida de un ser humano.

Educar no consiste simplemente en tener buenas intenciones y mejor voluntad…
¿Educar?… es un arte, un oficio y como tal requiere un largo tiempo de aprendizaje, muy probablemente toda nuestra vida.

fuente: buzoncatolico.es

LA LIBERTAD, «ALMA DE NUESTRA ALMA»

Por Antonio Orozco Delclós

Sobre la libertad, a la cual nos llama la gracia del Salvador, no debe hablarse de paso y negligentemente, dice San Agustín. Y consejo de hombre de tanta autoridad intelectual no es bueno que caiga en saco roto. La libertad es, en efecto -según el decir de Cervantes- uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida; y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres . Gabriel Marcel lo dijo de un modo poético: la libertad es el alma de nuestra alma . Sin ella no habría pensamiento ni voluntad, ni creatividad, ni por consiguiente ese extraño y formidable bípedo implume llamado hombre.

Además, del uso de la libertad de cada persona depende su felicidad temporal y la eterna. Es justo, pues, que San Agustín diga que no se debe tratar de ella de un modo superficial, frívolo, negligente o demagógico. Procuraremos seguir su consejo. De la libertad conviene hablar muy en serio: con admiración, con respeto y hasta con un cierto temblor, puesto que en ella tocamos las fibras y las raíces más hondas de nuestro ser; y con ella nos labramos nuestro ser y nuestro haber definitivos.

Ha habido y hay muchos errores acerca de lo que debe entenderse por libertad.

¿QUE SIGNIFICA SER LIBRE?

Lo más simple, inmediato y fácil es decir: “ser libre es poder hacer lo que quiera”. Y esto es verdad. Lo que no es tan fácil es hacer realmente lo que realmente quiero. A no ser que se confunda lo que quiero con hacer lo que me place o apetece en cada momento, lo que me da la gana, sea lo que sea, aunque sea comerme un plato de setas muy sabrosas cuando a la vez son muy venenosas.

Pero sigue siendo verdad que “es libre quien puede hacer siempre lo que quiere sin ser impedido por ninguna coacción exterior y que goza por tanto de plena independencia” (Así lo ha expresado el Magisterio de la Iglesia).

Vayamos por partes.

¿QUÉ SIGNIFICA PODER HACER LO QUE QUIERA?

Analicemos un poco el significado de la frase “ser libre es poder hacer lo que se quiera”. Si significa que para actuar libremente es preciso poder hacer lo que quiera, todo es correcto.

Ahora bien, ¿basta hacer lo que quiera para considerarme libre?

Bastaría si habláramos de la libertad del simio, o del ratón. Pero la libertad del ratón es libertad i-racional, in-voluntaria, in-consciente, es decir, muy poco libre, por no decir nada- libre.

Si tenemos un ratón hambriento ante un queso, el ratón saldrá flechado al queso sin remedio. El ratón no puede dejar de querer el queso, si tiene hambre. Su “querer” no es libre, sino necesario.

También sucede que nosotros queremos ser felices y lo queremos necesariamente. Lo queremos con gran fuerza, pero no libremente. Por tanto: no basta querer algo y hacerlo o conseguirlo para afirmar la libertad personal.

El “querer” solo, sin más, no define la libertad. Hace falta algo más, para ser personalmente libre, es decir, para afirmar el dominio y señorío de la persona sobre sus actos. En realidad sólo es libre el que es dueño de sus actos, es decir, el que los pone o los omite porque quiere. Pero hace falta -insistamos todavía- algo más que el simple querer, para ser dueño de los propios actos. ¿Qué más hace falta?

Para ser personalmente libre ante todo, hace falta poder querer -o no querer- el querer. ¡Hace falta ser dueño del querer mismo!

Cabe decir que el ratón hambriento “quiere” el queso. Pero al querer necesariamente, no es libre de no querer su querer. Por tanto, no es libre de ninguna manera.

Para ser dueño del propio querer hay que poder querer-querer. Lo cual sólo es posible cuando el ser es espiritual y por ello goza de capacidad de reflexión.

El ojo ve, pero no ve que ve (el que ve que ve soy yo), porque es un órgano material. Sólo una facultad espiritual, además de entender, puede entender que entiende. Y entonces, no sólo puede querer, sino también querer querer. Puede:

querer su querer

no querer su querer

querer su no querer

no querer su no querer.

En consecuencia, para ser libre no sólo en potencia, sino en acto, ejerciéndo en la práctica mi libertad personal es necesario:

1. Hacer lo que quiero.

2. Poder querer o no querer el propio querer (querer o no querer mi querer-hacer-esto-que-quiero).

Pero todavía se requiere algo más.

REQUISITOS GNOSEóLOGICOS DE LA LIBERTAD

Fijémonos en lo que le pasa al loco suelto. Hace lo que quiere y quiere lo que hace, pero no le concedemos que sea personalmente libre: está enajenado, fuera de sí: su cerebro y su razón no funcionan bien, están averiados, no puede juzgar con objetividad: no es una persona responsable de sus actos: no tiene dominio sobre sus actos. Aunque ande suelto por las calles, no es una persona libre: padece una íntima y tremenda esclavitud que no desearíamos a nuestro peor enemigo. El loco no sabe lo que se hace.

Por tanto, para vivir la libertad personal se requiere:

3. Saber lo que me hago (que es lo que no sabe el loco).

Resumiendo: para ejercer en acto la libertad personal, se debe poder:

1) Hacer lo que se quiere

2) querer lo que se hace

3) saber lo que (uno) se hace

Pues bien, para que se cumpla esta última condición, a su vez se requieren otras condiciones más.

No basta saber qué es lo que me hago, es decir, la naturaleza y el valor de lo que hago (El que habla en sueños no sabe el valor real de lo que hace, ni es responsable, no es libre), sino también:

3.1. Saber para que lo hago,

es decir, conocer la finalidad natural de lo que hago. Para saber qué son las cosas -un ojo, por ejemplo- necesito saber para qué son, para qué sirven. Si conozco muy bien la anatomía, la fisiología, etcétera, del ojo, pero no sé que sirve para ver, en realidad tampoco sé lo que es un ojo.

Si yo no sé a qué me llevan mis actos, a dónde, a qué situación, si no conozco su finalidad natural, tampoco sé lo que me hago.

Si yo no sé por qué me muevo y por qué decido, mi movimiento no tiene su origen en mí yo, sino en alguna fuerza ajena: entonces, más que moverme, soy movido por alguna fuerza distinta, extraña al yo. No soy libre en acto.

Si yo no supiera el porqué ni el para qué de mis actos estaría inmerso en la filosofía del absurdo (como el mitológico personaje llamado Sísifo, rey de Corinto).

Actuar, decidir, comportarse libremente

supone el ejercicio de la razón que se pregunta el por qué y el para qué de las cosas: su finalidad, su sentido.

3.2. Saber las consecuencias naturales de lo que hago.

Si me como unas sabrosas setas sin saber que son venenosas, he hecho lo que he querido (comerme las setas), pero no he querido lo que he hecho (morirme por envenenamiento).

Hice lo que quería. Pero no quería lo que hice.

Por lo tanto, es necesario, para que mi libertad sea verdaderamente personal, actual y eficaz, que conozca al menos las consecuencias más importantes de lo que me hago.

Espontaneidad, amor y castidad conyugal

La idea de que la libertad y el amor exigen una completa espontaneidad, hasta el punto de que la existencia de una norma o criterio regulador haría desaparecer tanto el verdadero amor como la auténtica libertad, es una idea relacionada con el voluntarismo.

El Dr. Ángel Rodríguez Luño, Prof. de Teología Moral en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (Roma), Profesor de Moral en el «Instituto Juan Pablo II para Estudios sobre el Matrimonio y la Familia» de la Pontificia Universidad Lateranense de Roma y Consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Esta mañana (29.11.2003) ha pronunciado una comunicación en el Congreso Internacional de Teología Moral celebrado en UCAM (Universidad Católica de Murcia), de gran calado doctrinal (UNIVERSALIDAD E INMUTABILIDAD DE LOS PRECEPTOS DE LA LEY NATURAL. LA EXISTENCIA DE UNA MORALIDAD INTRÍNSECA ABSOLUTA). Con esta ocasión, recordamos uno de sus textos, en los que se implican conceptos tan importantes como libertad, espontaneidad y castidad conyugal.

por Angel Rodriguez Luño

La idea de que la libertad y el amor exigen una completa espontaneidad, hasta el punto de que la existencia de una norma o criterio regulador haría desaparecer tanto el verdadero amor como la auténtica libertad, es una idea relacionada con el voluntarismo. Encontramos una formulación explícita en el Comentario a las Sentencias de Guillermo de Occam: «Aquello que es propiamente libre se hace también espontáneamente, de donde parece que no puede distinguirse la libertad y la espontaneidad» (Comentario a las Sentencias I, dist. X, q. 2, H), Libertad y espontaneidad son la misma cosa, ¿pero cuál es el significado preciso de espontaneidad? Intentemos responder a esta pregunta.

El análisis de los textos hace pensar que se considera espontáneo un acto o un proceso en el que la posición del querer o del impulso es anterior a toda intervención de la razón. Se actúa espontáneamente cuando se actúa porque sí, inmotivadamente, si por motivo entendemos un principio o un fin racional. Habla ahora Duns Scoto: «Quare voluntas voluit hoc, nulla est causa, nisi quia voluntas est voluntas» (Opus oxoniense I, dist. VIII, q. 5, a. 3, n. 24). El querer o el apetecer es un primum [lo que se considera de primera importancia] la verdad en cambio tiene una importancia muy secundaria.

Voluntad espontánea significa voluntad anterior a la razón, voluntad en cuya determinación el conocimiento y la verdad no tienen un papel importante. Voluntad espontánea es un impulso radical, que se desencadena por sí mismo y desde sí mismo, que no tiene otra causa que sí mismo. En el interior de este modo de concebir el dinamismo y el actuar del hombre no hay sitio para la finalidad, para la causa final. Y con la finalidad es excluida la característica específica de todo proceso racional en cuanto racional. Desde este momento toda la explicación causal consiste en el estudio de las condiciones iniciales que dan origen al movimiento o, si se quiere, en el estudio de la situación o del estado inmediatamente anterior en el tiempo. Se entiende fácilmente que en el fondo se adopta la causalidad material (causa ex qua) como único modelo de explicación causal.

Aunque esta concepción pueda parecer, inicialmente, bastante rara, ha tenido una notable importancia, incluso fuera de los estudios sobre la voluntad. Se puede sostener que este concepto de espontaneidad está presente en la mecánica clásica, es decir, en la de Newton. Es característico de la concepción newtoniana del mundo el concepto específico de fuerza. En la fuerza, en las diversas fuerzas de las que hablan los científicos, se encuentra la causa del desencadenarse de los procesos. El movimiento de los cuerpos no necesitaría de otra explicación que ésta, su movimiento es ciertamente espontáneo, en el sentido explicado, gracias al cambio del estado inercial inicial, sin siquiera referencia a la finalidad.

Este modelo explicativo es adoptado también por algunas psicologías. Se habla mucho entre ciertos psicólogos de libertad y de espontaneidad; se habla incluso de liberación de tabúes de las normas éticas, etc. Pero entonces ya no se encuentra la libertad. Estos psicólogos escuchan al paciente con la convicción de que todo hecho relatado por otra persona es el resultado de un mecanismo, que él, el psicólogo, debe descubrir y sacar a la luz. Consideran al hombre como un autómata guiado por diversos mecanismos, movido por diversas vis a tergo (fuerzas mecánicas), pero son incapaces de considerar al hombre como autor, como protagonista, como causa de algo original. Aunque estos psicólogos hablen de espontaneidad, más aún, justo porque hablan de espontaneidad, niegan la libertad del hombre.

En otro orden de cosas, piénsese en Lutero, fiel seguidor de Occam. Afirma Lutero: «Profesamos que a la fe deben seguir las buenas obras, más aún, que deben seguir, pero que se siguen espontáneamente, como el árbol bueno no debe dar buenos frutos sino que los da espontáneamente» (Luthers Werke (ed. Weimar), t.39/I, 46). Emplea Lutero con toda claridad el concepto de espontaneidad como modelo explicativo, es decir, piensa que toda la causalidad y todo el valor del actuar deba buscarse en la situación ex qua ésa procede. Por eso Lutero añade: «No sólo las obras buenas hacen al hombre bueno, es el hombre bueno el que hace sus obras buenas. No sólo las obras malas hacen al hombre malo, sino el hombre malo es el que hace malas sus obras» (Ibid, t. 7, 32). Significa esta afirmación que las acciones singulares no gozan de una verdadera libertad respecto al estado fundamental del que proceden, sino que son una simple consecuencia o manifestación exterior más o menos importante. Llegados a este punto no se le escapa a nadie cuán semejantes son estas posturas aquí estudiadas a algunas teorías modernas como, por ejemplo, ciertas interpretaciones de la opción fundamental.

Llega el momento de la valoración crítica. ¿Es plausible esta idea de la libertad como espontaneidad? Quisiera hacer observar, antes que nada, que la espontaneidad implica una renuncia a la comprensión de la libertad y del amor, renuncia que termina en el irracionalismo. No sin razón escribía Hegel: «Los intereses espontáneos, los que no pueden ser entendidos por la razón, todo eso es exactamente la locura». Si la voluntad y el impulso son un prius respecto a la inteligencia, la comprensión de la voluntad y del impulso se nos presenta como un absurdo lógico, ya que comprender la voluntad sería poner la razón por encima del querer y del impulso, para regularlos según su verdad. Por tanto, la posición inicial (voluntad como un primum absoluto) cae en contradicción.

Otra observación mostrará lo no plausible de la espontaneidad entendida como espontaneismo. Y es ésta: la espontaneidad es el grado mínimo de libertad, porque es el grado mínimo de dominio y de autoposesión. El dominio sobre los procesos espontáneos es solamente inicial; las consecuencias y los desarrollos finales escapan a todo control. En los procesos espontáneos, donde no hay una posesión intencional del fin que hay que alcanzar, solamente hay consecuencias preterintencionales. Para entender intuitivamente cómo todo eso repugna a los conceptos de libertad y de amor baste pensar en el acto divino de la creación. Siendo obra del amor de Dios, la creación tiene efectos queridos, pero no tiene consecuencias preterintencionales. Decir lo contrario sería lo mismo que afirmar que Dios no conoce y no domina todo lo que sigue a su acto creador, o decir que de su actuar derivan hechos no previstos por Él y por Él no queridos, hechos que escapan a su Sabiduría, a su Amor y a su Potencia. Como si la creación fuera el desarrollo espontáneo de una especie de ciego instinto cósmico desencadenado en un determinado momento. La creación no es espontánea porque es obra de la libertad y del amor de Dios.

Vemos pues que el concepto de actuar espontáneo no se adecúa al actuar de Dios, y tampoco al actuar del hombre, porque la persona humana vive, ella misma, como causa eficiente, y, en un cierto sentido, como causa final de sus actos; el hombre se hace autor de algo conocido y querido con anterioridad. Fuera de este conocimiento se puede hablar de instinto, pero no de libertad. «La autodeterminación —se lee en Persona y acto— se identifica con el decidir consciente. En cambio la espontaneidad —o instintividad de la acción— se puede explicar como la orientación del impulso conjunto con la potencialidad del cuerpo o también con una cierta facilidad emotiva. Entonces el decidir consciente es limitado o, a voces, casi anulado» (K. WO]TYLA, Persona e atto (Lib. Ed. Vaticana, 1982), p. 149).

Para mí no hay duda de que el concepto de espontaneidad estudiado hasta aquí está presente con frecuencia en el modo de entender la realidad conyugal. Adviértase que no faltan quienes hablan de un hijo como de una consecuencia, y no como de un fruto, querido conscientemente, de su amor. Eso quiere decir que los cónyuges que hablan así han actuado espontáneamente, sin pensar y sin aceptar la finalidad inmanente de ciertos actos y de ciertos procesos. Han sido llevados por un impulso afectivo o sentimental pero no han actuado buscando un bien o un valor. Han sido víctimas de una especie de mecánica psíquica o biológica, que tanto Newton como ciertos psicólogos estudiarían con gusto. Lo peor no es que hayan sido víctimas una vez, sino que todavía lo son, ya que el dominio implicado en el concepto mismo de libertad sólo es posible gracias a la posesión intencional del fin del obrar: gracias al conocimiento y aceptación de la finalidad es como ésta se convierte en motivadora.

Hemos visto que no se puede hablar de consecuencias a propósito de Dios Creador; entre los cónyuges en cambio es consecuencial en tanto que no sean conscientes y acepten su papel de partícipes del poder creador de Dios en la transmisión de la vida, aspecto que, como sabemos, constituye uno de los significados y valores de la vida conyugal. Y si entre esos cónyuges todo es consecuencial, debemos afirmar entonces que su grado de libertad y de dominio sobre el propio actuar es mínimo.

Intentemos sacar conclusiones. E1 análisis hecho hasta este momento demuestra que las objeciones contra la castidad no son válidas. Esa objeción presupone que la existencia del verdadero amor va unida a la libertad entendida como espontaneidad. Pero hemos visto que la espontaneidad es el grado mínimo de libertad, en cuanto es el grado mínimo de autoposesión, y por eso el grado mínimo de autodeterminación y de autotrascendencia, ya que no se puede disponer ni dar de lo que no se posee. E1 amor concebido como desarrollo espontáneo de ciertas condiciones afectivas es simplemente impulso sin verdadera trascendencia, porque el otro es en este contexto un objeto de placer y de satisfacción subjetiva.

Pero ésta no es la verdadera realidad del amor conyugal. Leamos como ejemplo lo que dice la Humanae vitae «Por medio de la recíproca donación personal, propia y exclusiva, los esposos tienden a la comunión de sus seres en orden a un mutuo perfeccionamiento personal, para colaborar con Dios en la generación y en la educación de nuevas vidas» (PABLO VI, Enc. Humanae vitae, n. 8. en Colección Folletos mc, n. 72). E1 amor conyugal mira al mutuo perfeccionamiento y a la generación y educación de nuevas vidas, el amor tiene, pues, un sentido bien definido, una finalidad, no es simplemente una espontaneidad. Por tanto, la libertad que sostiene el amor sólo es posible en cuando está fundada en el conocimiento de estos valores; la libertad va precedida y guiada por el conocimiento. En el caso concreto del amor conyugal, la libertad va precedida del conocimiento de los valores de la persona, sea de la persona del cónyuge que de las posibles nuevas personas. El valor de la persona es el criterio-guía. «La conciencia de esta verdad despierta la necesidad de integrar el amor sensual, exige que la reacción sensual y afectiva hacia el ser humano de sexo opuesto sea elevado al nivel de la persona» (Familiaris consortio, n. 33). La castidad es la virtud que realiza esta integración del amor sensual en el amor personal, evitando que la relación amorosa entre los cónyuges se convierta en una relación de utilidad, en la que uno o ambos se sirven del otro para satisfacer las necesidades no dominadas por no ordenadas. «La castidad —se afirma en la Familiaris consortio— no significa ni rechazo ni desestima de la sexualidad humana: significa más bien energía espiritual, que sabe defender el amor de los peligros del egoísmo y de la agresividad, y sabe elevarlo hasta su plena realización» (FC, n. 33) La castidad no daña el amor, sino que lo defiende y eleva. Eleva el amor que, como se afirma en la Humanae vitae, «es en primer lugar amor plenamente humano, es decir, al mismo tiempo sensible y espiritual. No es pues simple manifestación de instinto y de sentimiento, sino también y principalmente acto de la voluntad libre, destinado a mantenerse y a crecer en las alegrías y dolores de la vida cotidiana, de modo que los esposos lleguen a ser un solo corazón y una sola alma, y alcancen juntos su perfección humana» (HV. n. 9).

«No hay amor humano neto franco y alegre en el matrimonio si no se vive esa virtud de la castidad, que respeta el misterio de la sexualidad y lo ordena a la fecundidad y a la entrega. (…) Con respecto a la castidad conyugal, aseguro a los esposos que no han de tener miedo a expresar el cariño: al contrario, porque esa inclinación es la base de su vida familiar. Lo que les pide el Señor es que se respeten mutuamente y que sean mutuamente leales, que obren con delicadeza, con naturalidad, con modestia. (…) Cuando la castidad conyugal está presente en el amor, la vida matrimonial es expresión de una conducta auténtica, marido y mujer se comprenden y se sienten unidos; cuando el bien divino de la sexualidad se pervierte, la intimidad se destroza, y el marido y la mujer no pueden ya mirarse noblemente a la cara» (Mons. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Es Cristo que pasa, n. 25).

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(Del libro La paternidad responsable, Ed. Palabra.)

fuente:arvo.net

El valor de la espera

Ignasi Garcia Rafanell

Antes de empezar mi artículo reconozco cierta soledad al afrontar este tema, no tanto en sus pautas generales, sino en el detalle concreto de las actuaciones de los jóvenes, que configuran concepciones de relación muy diferentes.

No soy ningún iluso y sé que mis palabras no incitaran una fácil ovación, pero estoy convencido de que algunos pueden identificarse con mi propuesta. En este tema también “es estrecha la puerta y angosta la vía que conduce a la vida, y pocos son quienes la encuentran.” (Mat., 7, 14.) . En el entorno de esta frase empiezo mi reflexión :

· ¿Creemos realmente que la puerta es estrecha y ciertamente no la encuentra todo el mundo, o estamos en medio de una gran plaza donde es igual ir arriba abajo a derecha o izquierda?

· ¿Creemos en una minoría abierta a todo el mundo, que pretende ‘ser’ luz y testimonio vivo de la gran propuesta de Amor a la que todos estamos invitados?

Quisiera animarte a vivir la felicidad en libertad huyendo de nuestros apegos que en este tema son muchos.

Análisis actual

La inestabilidad en las relaciones de pareja, provoca problemas de convivencia. Por una parte asistimos a un tipo de relación francamente mejorable sin dar criterios válidos a nuestros jóvenes y por el otro nos lamentamos de sus actuaciones. ¿Cuántos jóvenes vuelven a casa insatisfechos porque intuyen que su relación se deteriora e incluso los esclaviza?

Muchos jóvenes desean ser de una manera pero sus actividades de cada día van en sentido contrario. Se dan por aceptadas unas doctrinas y más tarde se promueven actividades contrarias a los idearios. Los padres desean un estilo de vida para sus hijos, pero permiten acciones en sentido contrario para complacerlos. Nos falta a todos honradez para admitir que en el momento de consentir unos actos estamos aceptando sus consecuencias. “Todos estamos de acuerdo en no querer romper el vidrio, pero irreflexivamente no paramos de tirarle piedras hasta romperlo” (A. Orozco).

Junto a este desfase entre lo que deseamos y los medios para obtenerlo, a menudo olvidamos que una relación de amor puede ser buena o mala según cuándo y cómo se vive. Si bien el agua es buena cuando cae poco a poco en tierras secas, puede ser cruel cuando cae sobre mojado y fuera de tiempo. Vivimos en una sociedad que acepta sin reservas una relación de pareja sin preguntarse cómo y cuándo debería llevarse a cabo.

El esfuerzo, camino válido

Llegados aquí y sin más preámbulos quisiera desde la lógica y el convencimiento hablar de las relaciones prematrimoniales entre jóvenes y de la continencia con pequeñas excursiones al plano de la Fe. No hay ningún valor importante en la vida que no implique esfuerzo. También la relación de pareja lo exige.

La cara y la cruz están en la misma moneda y formando parte de la misma vida. Supongo que todo el mundo entiende que el ‘flechazo’ dura relativamente poco y que cualquier relación requiere cierta voluntad. Se me ocurre aquí la frase del Cardenal R. M. Carles “Vivir honradamente es poner la voluntad allí donde reposa el corazón”.

Que no te engañen, no hay cara sin cruz. Muchos toman la cara y dejan la cruz enriquecedora y paradójicamente toda la vida se convierte en otra cruz insufrible. En lugar del amor, crece en ellos el aburrimiento y la angustia, patrimonio de las filosofías y actitudes que excluyen el esfuerzo. “Amor es sacrificio- decía Pemán – y para gozar de la felicidad es necesario el esfuerzo de mirar las flores sin arrancarlas”. En caso contrario, al cabo de un tiempo encontrarás en tus manos una flor muerta, sin color, sin aroma sin encanto,…… sin misterio.

Amor valor espiritual que controla

Pues bien, si la cara de la pareja todo el mundo la conoce, porqué se esconde y se ignora la cruz, y si no hay cruz de qué hablamos, de una actividad humana que libera y perfecciona el hombre o hablamos de una relación animal y / o genital. Dar la mano no es dar el pie. Dar la mano es un acontecimiento espiritual, de amistad, lealtad. No es dar un trozo de carne. Dar la mano es algo que forma parte del núcleo de la persona y que significa algo más que un contacto carnal. En definitiva, es un acto espiritual que se manifiesta a través de la donación de la mano. Ni que decir tiene que dar el cuerpo es más que dar la mano.

Dar el cuerpo es el acontecimiento espiritual de amor entre una pareja que se encarna con la donación corporal plena, natural, profunda, unitiva, sin reservas y por lo tanto definitiva. Por lo tanto, el amor tiene un contenido espiritual primero y segundo su manifestación corporal, pero no lo contrario. Desgraciadamente, muchos dan la mano sin amistad y el cuerpo sin amor.

Víctor Frankl, sufridor en los campos de concentración nazis, uno de los más grandes psiquiatras de Europa, en su obra Psicoanálisis y existencialismo dice que el amor entre los dos sexos, lo corporal y sexual, no es el factor primario, un fin en sí mismo, sino simplemente un medio de expresión.

Amor es dar y no poseer. Lo contrario es propio y exclusivo del instinto. No conozco parejas que hayan consolidado definitivamente su relación accediendo a peticiones posesivas. Máximo se alarga una situación que al final se acaba, porque aquel que renuncia a un amor espiritual esta renunciando al derecho de ser tratado y amado como persona humana.

Porqué la continencia

Con la continencia controlamos y orientamos los impulsos de carácter sexual. En realidad, no se opone a las relaciones corporales de la pareja de forma abstracta y aislada con un voluntarismo desfasado en el tiempo, sino que aplazando para más tarde la satisfacción del impulso sexual -no el qué sino el cuándo y cómo- se consigue que la dimensión espiritual del amor se sitúe por encima de cualquier apego.

Esta prioridad enseña a amar con el alma, la mente y la voluntad. Esto quiere decir amar para siempre el núcleo del otro -Tú- independientemente de lo que el otro ofrece o tiene, que será siempre mejorable o caduco.

Decía Paul Chauchard que la libertad era el control de nuestros determinismos, entre ellos el instinto sexual. La libertad no nos la conceden sino que la ganamos desde dentro.

Las relaciones sexuales que se adelantan a la dimensión espiritual, buscando el placer en primer lugar, vuelven al hombre insensible ante el verdadero amor que necesita ser prioritario para existir. Como decía antes, son muchos los que están en la plaza sin entender mi propuesta y sin ilusión se les hace de noche antes de que llegue la tarde, pierden su encanto antes de encontrarlo o renuncian a ser hombres y a ser tratados como tal.

Los detalles de cada día

Decía Juan Pablo II que “La persona para llegar a controlar el impulso y la excitación, tiene que esforzarse con una progresiva educación en el autocontrol de la voluntad, los sentimientos y las emociones a partir de los gestos más sencillos donde resultará más fácil llevar a cabo esta decisión interior”.

Juan Pablo II nos interpela y sugiere preguntas concretas que hay que responder en el seno de uno mismo, de las familias y centros educativos:

· ¿Es que jóvenes adolescentes que frecuentan a menudo las salas de baile hasta altas horas de la madrugada son capaces de ejercer el autocontrol de la voluntad y los sentimientos a partir de los gestos más sencillos?

· ¿Es que la facilidad con que los jóvenes de hoy se plantean el tema del amor y las relaciones físicas que mantienen permite ejercer el autocontrol de la voluntad y los sentimientos a partir de los gestos más sencillos?

· ¿Es que estas estancias en campamentos y colonias de jóvenes que comparten incluso el dormitorio son capaces de ejercer el autocontrol de la voluntad y los sentimientos a partir de los gestos más sencillos?

· ¿Es que parejas que salen solas asiduamente fines de semana con la única finalidad de divertir-se son capaces de ejercer el autocontrol de la voluntad y los sentimientos a partir de los gestos más sencillos?

Algún joven me decía que Juan Pablo II no conoce el tema. Que los hábitos actuales basados en la confianza alejan los tabúes del pasado, sus prejuicios y limitaciones. Que lo importante es vivir el Evangelio y que la moral solo sirve para discutir.

Quizás aún no hemos tocado fondo en este y otros temas y debamos esperar un tiempo para que los educadores, a la vista de los resultados, volvamos a reconsiderar unas formas que muchos han olvidado.

Autor: FAMILIAE Psicoterapia- Fecha: 2010-01-29

Aspiraciones de libertad

LA primera vez que escuché la expresión «el hombre es un lobo para el hombre» del filósofo Thomas Hobbes me quedé pensativo y algo triste porque es cierto que en no pocas ocasiones nos comportamos como enemigos de nuestros semejantes y hacemos de la agresividad nuestra carta de presentación individual y social. Basta acercarse a las noticias de actualidad de cualquier medio de comunicación para comprobar la veracidad de lo que se afirma y en esas aparecen malos tratos, guerras, violaciones, muertes violentas, robos y un sinfín de atrocidades cometidas por las personas.
Cuando la expresión fue la de «el hombre es bueno por naturaleza» del francés Jean Jacques Rousseau también me suscitó ideas, en esta ocasión, positivas y cargadas de esperanzas en el futuro de la especie humana. Son muchos los que hacen, y otros tantos que lo intentamos, de la bondad la principal vía de expresión personal. Hombres y mujeres que han dado la vida por sus seres queridos o por otros que lo necesitaban, o por el país, o por unas ideas o creencias o en el cumplimiento de su deber profesional.
Y cuando leo que «cualquier persona puede cometer un homicidio en una situación límite» algo me dice que de nuevo aparecen las generalizaciones y estas son bastante imprecisas e injustas y me explico. El comportamiento humano tiene tantas versiones y particularidades como los protagonistas de los mismos le van imprimiendo. Siempre que resumamos un conjunto o una totalidad en una expresión estaremos ganando en claridad pedagógica, pero perderemos matices que nos conducirán a errores en la interpretación práctica y nos lanzarán una vez más al eterno debate de si el hombre es libre o si está tan condicionado por la dotación genética o por su fisiología o por su capacidad intelectual o por las circunstancias ambientales que llega a estar previsiblemente establecido.
Creo que el comportamiento del hombre se mueve en un continuo entre libertad y determinismo y en medio se encuentra la totalidad de los mismos. Algunos tienen más de decisión personal y menos de condicionado y así nos movemos en las infinitas combinaciones que se puedan realizar entre ellos. Por eso nos preguntamos en qué medida alguien es libre cuando decide qué conducta va a desarrollar y los profesionales de la justicia, asesorados por los de la medicina psiquiátrica y de la psicología, se debaten continuamente en ello. Si se demuestra que se es menos libre y más prefijado entonces la responsabilidad del individuo es menor o por el contrario es mayor y la sanción también lo será.
La madurez humana va en consonancia con la capacidad que tiene el sujeto en poder tomar decisiones y comportarse ejerciendo la libertad y controlando los condicionantes que le limitan en sus posibilidades. Pienso que no todos estamos preparados ni capacitados para grandes hazañas ni que tampoco todos llegaríamos a matar a otros. Afirmar que en determinadas situaciones daríamos la vida por los demás o, por el contrario, quitaríamos la vida nos estaría anulando la responsabilidad de nuestros actos porque no habríamos sido libres ni en la decisión ni en la ejecución y, por tanto, nos convertiría en seres amorales que hagan lo que hagan siempre llegarán a las mismas conductas, nos encontraríamos con que no tendríamos nada que cambiar.
Me resisto a creer que somos lobos unos con otros, ni que nacemos buenos por naturaleza ni que cualquiera pueda llegar a la misma conducta en unas condiciones similares aunque sean extremas, porque considero que somos seres racionales con claras aspiraciones a ser cada día más libre. Este ir dotándonos de libertad es a costa de que vamos controlando nuestros determinismos e instintos, la parte menos humana y más animal, y así es como la especie humana sigue avanzando y mejorando.

12.09.2010 -

JOSÉ MARÍA FERNÁNDEZ CHAVERO
PSICÓLOGO CLÍNICO Y MÁSTER EN BIOÉTICA
Fuente: hoy.es

LA SOMBRA: La dificultad de ser padres es una crisis de la esperanza.

 

El hecho que la crisis de la paternidad que aflige de un modo verdaderamente preocupante a la sociedad occidental del bienestar en declive demográfico, tenga que ver con una crisis de la esperanza es una afirmación generalmente compartida. El eclipse de la paternidad es la expresión radical de la enfermedad de la libertad, la cual, separada del origen y los vínculos, acaba necesariamente perdiendo todo impulso hacia el futuro replegándose en el proyecto de una autorrealización individualista.

Otra razón que nos impide entender correctamente el matrimonio como un auténtico camino de santidad es la separación existente en algunas personas entre el ejercicio de la libertad humana y la verdad de la entrega de la vida como plenitud. Nos referimos a la disociación sufrida en la comprensión entre ser esposo y ser padre, ser esposa y ser madre. La dramática ruptura entre el amor de un hombre y una mujer y la fecundidad. Esta fragmentación es signo de una separación entre vocación y santidad que afecta de forma directa al matrimonio. Si la paternidad se considera electiva y a merced del arbitrio humano, entonces ha dejado de ser imagen de la Paternidad divina, de la santidad de Dios. La santidad, en todo momento es una exigencia de una paternidad, de una generosidad última, imagen de la generosidad inicial de Dios de la que no somos dueños, ni árbitros, sino sólo intérpretes.

La crisis de la paternidad y la maternidad

Se manifiesta en la dificultad o incluso el rechazo de asumir el peso, que se advierte como excesivamente gravoso, de dar vida a los hijos. Aumentar la familia, más allá de la pareja, no se da ya como algo que viene de por sí, no se acepta como una dinámica de desarrollo natural del amor conyugal. Hoy, más bien, se vive como una decisión a tomar, una grave decisión, y a menudo la autorrealización de la misma pareja pasa a ser el criterio prioritario de tal elección. El hijo aparece como un proyecto humano que es evitado o es, por el contrario, querido directamente, incluso a toda costa, llegando a acudir a los mediante medios artificiales para suplir la esterilidad conyugal. Evitar un hijo o producirlo, parecen dos actitudes contrarias, pero en realidad son las dos caras de una misma concepción del hijo, que pasa a ser visto como el producto de la elección de los padres.

Pero esta crisis de la esperanza va más allá. La realidad, hoy, es que impera una mentalidad “anti-vida” (Evangelium vitae, 28) que no ve la vida como una bendición, sino como un peligro del que hay que defenderse. Se ha discutido mucho sobre las causas de la disminución del número de hijos. Se habla, sobre todo, del progreso económico y de los cambios de las condiciones de vida que ese progreso ha traído consigo (recuérdese los “dinky”). Miedo, angustia, egoísmo, ignorancia, todo esto ha contribuido al nacimiento de la mentalidad anti-vida que desconoce o rechaza la inmensa riqueza espiritual de la vida humana. Pero la razón última de esta mentalidad es, como dice Juan Pablo II, la ausencia de Dios en el corazón de los hombres, cuyo amor es más fuerte que todos los miedos del mundo juntos, y los puede vencer ( Familiares consortio, 6. 30).

LA LUZ: Llegar a ser padres y madres: volver a encontrar la esperanza del futuro

Pero la esperanza no vive de sí misma, es la más sorprendente de las virtudes; para poder esperar es necesario haber recibido una gracia verdaderamente grande, es necesario ser muy feliz, decía Charles Péguy 3.

La sobreabundante fecundidad del don originario fructifica en el sacramento del matrimonio como una apertura generosa a comunicar el don recibido. “La grandiosa ley del amor ¿no es acaso la de darse el uno al otro, para darse juntamente?”. No se trata ahora de una regla impuesta extrínsecamente, sino de la dinámica inscrita en el amor. Y por tanto, la paternidad y la maternidad no se configuran ni como un proyecto puramente humano que haya de ser deliberado con cautela en orden a construirlo desde las propias fuerzas, ni como un pretencioso derecho absoluto como si el hijo fuese el objeto de una reivindicación.
Ya no se ve como algo meramente electivo del hecho de “ser esposo”, sino que son dimensiones de una misma vocación.

Nos recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 2220) que «los padres no sólo dan lugar al hijo en cuanto origen, sino que lo sostienen continuamente en el camino de la vida, lo alimentan, lo educan, lo preparan y lo conducen hacia la madurez. Y, en el caso de los padres cristianos, le transmiten la fe». Los padres son cooperadores del amor de Dios Creador y son los representantes de Dios en su paternidad y los primeros en transmitirles la experiencia de un amor incondicionado, gratuito e irrevocable, que permita a los hijos responder con gratitud y obediencia. Esta experiencia del amor gratuito de los padres conduce a la experiencia del amor gratuito de Dios.

Terminemos ofreciendo una nueva luz de esperanza sobre las familias…

LA LUZ: familia, tú eres el gozo y la esperanza

Era el 8 de octubre de 1994 cuando Juan Pablo II celebraba la vigilia de la I Jornada Mundial de la Familia y recordó el Concilio Vaticano II. A la pregunta clave de: “Iglesia, ¿qué dices de ti misma?, el Concilio afirmó que la Iglesia es “Luz de las Gentes” ( Lumen Gentium). Luego convirtió este recuerdo en desafío y preguntó a su vez: “Y tú, familia, ¿qué dices de ti misma?” La respuesta fue clara, ya indicada en el Concilio:

“Familia, tú eres Gaudium et spes!”; “¡Tú eres el gozo y la esperanza!”.

La indicación era clara: no se puede responder a esta pregunta con la solución de problemas, sino con una vida llena de gozo que genera la esperanza entre los hombres.

Querría ilustrar este tercer apartado con dos películas italianas: “La vida es bella” de Roberto Benigni (1997) y “Casomai” (Comprométete, 2002) de Alessandro D’Alatri.

1. “La vida es bella”
nos demuestra cómo en las circunstancias más adversas se puede hacer familia. Su enseñanza: el gran problema del matrimonio y la familia actualmente es que ha dejado la iniciativa a las circunstancias y a la sociedad, como esperando tiempos mejores y la consecuencia de esas circunstancias son cada vez más complejas.

La película nos invita a devolver el protagonismo a las familias. Son ellas las protagonistas de sus propios matrimonios y de sus familias. En eso no pueden delegar en nadie. Tienen su propia historia, que es una historia de amor, en la cual las circunstancias que viven no son sino verdaderas llamadas a responder con un amor siempre nuevo. Es de este modo como el plan de Dios sobre el matrimonio y la familia se entiende que no es simplemente un conjunto de exigencias, es una llamada a una vida en plenitud.

2. “Casomai” (Comprométete) podría traducirse en español como “En el caso de que sucediera”. Se trata de la ficción que un joven sacerdote recrea en la boda de unos novios, figurándose cómo podría llegar a ser su futuro. La novedad de este largometraje está en manifestar con toda crudeza que la aventura del matrimonio requiere una esperanza verdaderamente fundada, pues si es cierto que una vida sin esperanza es muy triste, aún hay algo más triste, y es tener una esperanza sin fundamento. La trama de la película va sugiriendo cómo entre los diversos fundamentos en los que se apoya la esperanza que anima la vida del matrimonio, uno imprescindible es la ayuda de la sociedad, de los amigos, de los profesionales, de la legislación. Con verdadero arte el director va mostrando paso a paso cómo un matrimonio, rico de promesas, acaba naufragando precisamente por la soledad en la que se encuentran al ver cómo la sociedad vuelve la espalda a su esperanza.

En conclusión, ninguna sombra o crisis podrá desnaturalizar la esencia de lo que es la familia. La familia es… la luz que nos guía en el camino de ser felices…santos. Por todo ello,

Es en la familia donde creo, donde amo y donde espero.

Ramon Acosta Peso – Master CC Matrimonio y Familia – 3 hijas

fuente: bpf.laiconet.es