Servicio Social: Ni flojo ni hiperactivo
No seas flojo, decídete a ayudar. Aquí te decimos como.
Por Jesús Salazar, Filósofo (Universidad Panamericana).
Hay quienes tienen el grave defecto de no ayudar nunca a nadie, y se la pasan todo el tiempo admirándose su propio ombligo, sin dar la mano a quien lo necesita. Son una especie peligrosísima porque ni pichan ni cachan ni dejan batear… y además, sacan provecho de su estado vegetal inmóvil –perdón a los vegetales por la ofensa.
Pero ese no es el único defecto: si hay los que se pasan de flojos pensando en su propia inmortalidad todo el tiempo, también hay los que tienen una rara enfermedad llamada “ayuditis”, y que no pueden estar con alguien sin querer ayudarlo y pasarle la sal en la mesa, que no cargue ni su propia mochila, y que hartan porque están encima de ti todo el tiempo sin dejarte respirar.
El flojo es molesto porque es un autista voluntario, y su imaginación es tan escasa que sólo tiene lugar para una persona: él mismo. El hiperactivo harta porque no se le ha cruzado por la mente la idea de que no es necesario ayudar a toda la gente en todo momento: los demás pueden solos con muchas de las cosas que hacen en la vida.
Si encontraste una descripción de ti en uno de estos párrafos, ¡cuidado!, más vale que lo pienses dos veces.
No hay recetas: la ayuda no se mide solo por el tiempo que tardas ayudando; tampoco por la cantidad de cosas que cargaste; ni por la sola intención sin haber sido llevada a la práctica. No hay un manual que diga cuándo, cómo, cuánto y porqué ayudar a la gente. Pero eso sí, estamos de acuerdo en que hace falta, es más, en que es bueno ayudar a alguien, o a muchos, según sea lo conveniente.
Y aunque es cierto que no hay ningún recetario que se llame “Sepa cómo ayudar a los demás y no morir en el intento”, entonces… qué crees… que tienes que sacar a relucir todo lo inteligente que eres, y de paso, darle un vistazo a tus intenciones y tu buena disposición.
Y por si fuera poco, hace falta algo más: ayudar es como nadar: se aprende a ayudar ayudando, tal como se aprende a nadar nadando. Es posible que puedas ser torpe al principio… no te preocupes, a todos nos pasa… pero no te desanimes, seguro que pronto irás siendo más sensible a la gente y a las ocasiones en que las puedes ayudar.
Si lo ves de esta manera, no sólo el servicio social sino cualquier favor que te pidan o cualquier ayuda que quieras dar saldrá mejor… ¡y no terminarás perjudicando a alguien que querías ayudar!.
Fuente:encuentra.com
EL BOMBARDEO SEXUAL DESATA LA VIOLENCIA DE LOS MENORES
Coquetean con el alcohol y las drogas y hablan de sexo con sus amigos. Con 13 años, los niños y niñas españoles reciben desde revistas, series, películas y campañas gubernamentales mensajes que frivolizan la sexualidad, pero nadie les habla de responsabilidad, de límites ni de control. El resultado: una juventud que no sabe, o no quiere, discernir entre bien y mal.
En menos de 20 días, dos niñas de 13 y 12 años han sido amedrentadas, amenazadas y violadas en Andalucía. Sólo uno de los 13 implicados, de 22 años, ha sido sometido a la justicia adulta. Los otros 12, uno por ser discapacitado psíquico y el resto por no alcanzar la mayoría de edad, están ahora internados en centros de tutela o en sus casas, como si nada hubiera pasado.
Se les aplica la Ley Orgánica 8/2006, de 4 de diciembre, que regula la Responsabilidad Penal de los Menores, según la cual los menores de 14 años son inimputables – no responden ante la Justicia- y los menores de entre 14 y 18 años deben ser castigados de acuerdo con las penas establecidas en la ley, que nunca contemplan la cárcel.
Casos como el de las niñas violadas en Andalucía, la muerte de Marta del Castillo -violada y asesinada presuntamente a manos de un menor de edad- o la tortura y asesinato de Sandra Palo reabren siempre el mismo debate: ¿debe reformarse la ley?, ¿deben responder ante la justicia en casos de delitos graves como asesinato o violación, los menores de 13 años? Paralela al debate discurre casi siempre la misma reflexión de expertos: no se puede reformar la ley por casos concretos; no se debe legislar con la carga emocional que implican hechos tan trágicos y, sobre todo, no se puede buscar la solución a esta terrible realidad en un castigo de mayor gravedad, sino en la prevención de unas conductas incomprensibles en chicos de esa edad.
¿Cuáles son las causas?
Para tratar de prevenir y frenar esta violencia sexual en los menores hay que ahondar en las causas. Ya en 2008 la Memoria de la Fiscalía alertaba del aumento de la delincuencia juvenil y se refería a la “desestructuración de las familias”, a la influencia de los “medios de comunicación que inciden en la adquisición de valores en los que la violencia es un recurso aceptable socialmente” y a la “ausencia de límites y control parental” como causas.
Señala también la “permisividad e inconsistencia de pautas educativas” y la “falta de transmisión de valores pro sociales”, las “actitudes tolerantes y las reformas legales que socavan la autoridad de los padres en el ejercicio razonable de la necesaria corrección y sanción a los hijos” y recuerda que la cultura del todo vale, en ocasiones “incitadora o justificadora de la violencia”, está vez cada vez más presente en la juventud.
Además los menores viven hoy en una sociedad mediatizada por el sexo. Experimentan un auténtico bombardeo de mensajes que frivolizan las relaciones sexuales desde series de televisión, campañas de salud sexual, revistas adolescentes y un largo etcétera. El sexo se presenta como algo normal entre niños de 13 o 14 años. Se habla del preservativo, pero no de las implicaciones emocionales que supone mantener relaciones sexuales e incluso alguna revista ofrece pistas para gozar del «sexo sin compromiso».
Una juventud sexualizada y a la que no se ha inculcado responsabilidad ni autocontrol es caldo de cultivo para actos violentos. Si se añade que los menores consumen alcohol desde edades muy tempranas y consideran normal fumar porros, según señala la Fiscalía, empieza a entenderse que las páginas de sucesos se llenen de noticias como las de Huelva y Córdoba. En 2004 más de 200 menores (de 14 a 18 años) fueron condenados por delitos contra la libertad sexual; esta cifra aumentó en 2005, año en que la Fiscalía conoció más de 1.300 cuestiones criminales de este tipo. En 2007, últimos datos oficiales de la Fiscalía y el INE, 109 menores fueron condenados por los mismos delitos y se produjeron, en total, 1.500 agresiones contra la libertad sexual.
¿Qué ha llevado a esos chicos a cometer delitos tan graves?, se pregunta el Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid, Arturo Canalda, en el diario El Mundo. “A lo mejor nos damos cuenta de que la falta de valores, la banalización de las relaciones sexuales y la violencia que día a día ven nuestros hijos en las series de televisión, el relativismo moral y la falta de atención por parte de los padres tienen algo que ver en todo esto”, señala Canalda. “¿Qué ocurre para que los menores tengan valores tan dislocados?”, decía el ministro de Educación, Ángel Gabilondo, quien también apelaba a una mejor educación, pero que insiste en imponer una asignatura como Educación para la Ciudadanía, gran trivializadora del sexo. “A lo mejor es el momento de que, como padres y como sociedad en general, digamos basta ante tanto desatino. Las reformas legales vendrán luego”, concluye Canalda.
Todos coinciden; ahora falta actuar.
Rosa cuevas-Mons
fuente:sontushijos.org
Elección de la carrera
Jaime Balmes
1. Vago significado de la palabra “talento”
Cada cual ha de dedicarse a la profesión para la que se siente con más aptitud. Juzgo de mucha importancia esta regla y abrigo la profunda convicción de que a su olvido se debe el que no hayan adelantado mucho más las ciencias y las artes. La palabra “talento” expresa para algunos una capacidad absoluta, creyendo, equivocadamente, que quién está dotado de felices disposiciones para una cosa, lo estará igualmente para todas. Nada más falso; un hombre puede ser sobresaliente, extraordinario, de una capacidad monstruosa para un ramo, y ser muy mediano, y hasta negado, con respecto a otros. Napoleón y Descartes son dos genios y, sin embargo, en nada se parecen. El genio de la guerra no hubiese comprendido al genio de la filosofía y, si hubiesen conversado un rato, es probable que ambos habrían quedado poco satisfechos. Napoleón no le habría exceptuado entre los que con aire desdeñoso apellidaba “ideólogos”.
Podría escribirse una obra de los talentos comparados, manifestando las profundas diferencias que median aun entre los más extraordinarios. Pero la experiencia de cada día nos manifiesta esta verdad de una manera palpable. Hombres oímos que discurren y obran sobre una materia con acierto admirable, al paso que en la otra se muestran muy vulgares y hasta torpes y desatentados. Pocos serán los que alcancen una capacidad igual para todo, y tal vez pudiérase afirmar que nadie, pues la observación enseña que hay disposiciones que se embarazan y se dañan recíprocamente. Quien tiene el talento generalizador, no es fácil que posea el de la exactitud minuciosa; el poeta, que vive de inspiraciones bellas y sublimes, no se avendrá sin trabajo con la acompasada regularidad de los estudios geométricos.
II. Instinto que nos indica la carrera que mejor se nos adapta
El Criador, que distribuye a los hombres las facultades en diferentes grados, les comunica un instinto precioso que les muestra su destino; la inclinación muy duradera y constante hacia una ocupación es indicio bastante seguro de que nacimos con aptitud para ella, así como el desvío y repugnancia, que no puede superarse con facilidad, es señal de que el Autor de la Naturaleza no nos ha dotado de felices disposiciones para aquello que nos desagrada. Los alimentos que nos convienen se adaptan bien a un paladar y olfato, no viciados por malos hábitos o alterados por enfermedad, y el sabor y olor ingratos nos advierten cuáles son los manjares y bebidas que por su corrupción u otras calidades podrían dañarnos. Dios no ha tenido menos cuidado del alma que del cuerpo.
Los padres, maestros, los directores de los establecimientos de educación y enseñanza deben fijar mucho la atención en este punto, para precaver la pérdida de un talento que, bien empleado, podría dar los más preciosos frutos, y evitar que no se le haga consumir en una tarea para la cual no ha nacido.
El mismo interesado ha de ocuparse también en este examen; el niño de doce años tiene, por lo común, reflexión bastante para notar a que se siente inclinado, qué es lo que le cuesta menos trabajo, cuáles son los estudios en que adelanta con más facilidad, cuáles las faenas en que experimenta más ingenio y destreza.
III. Experimento para discernir el talento peculiar de cada niño
Sería muy conveniente que se ofreciesen a la vista de los niños objetos muy variados, conduciéndolos a visitar establecimientos donde la disposición particular de cada uno pudiese ser excitada con la presencia de lo que mejor se le adapta. Entonces, dejándolos abandonados a sus instintos, un observador inteligente formaría, desde luego, diferentes clasificaciones. Exponed la máquina de un reloj a la vista de una reunión de niños de diez a doce años, y es bien seguro que si entre ellos hay alguno de genio mecánico muy aventajado se dará a conocer, desde luego, por la curiosidad de examinar, por la discreción de las preguntas y la facilidad en comprender la construcción que está contemplando. Leedles un trozo poético, y si hay entre ellos algún Garcilaso, Lope de Vega, Ercilla, Calderón o Meléndez, veréis chispear sus ojos, conoceréis que su corazón late, que su mente se agita, que su fantasía se inflama bajo una impresión que él mismo no comprende.
Cuidado con trocar los papeles: de dos niños extraordinarios es muy posible que forméis dos hombres muy comunes. La golondrina y el águila se distinguen por la fuerza y ligereza de sus alas, y, sin embargo, jamás el águila pudiera volar a la manera de la golondrina, ni ésta imitar a la reina de las aves.
El “tentate diu quid ferre recusent, quid valeant humeri” que Horacio inculca a los escritores, puede igualmente aplicarse a cuantos tratan de escoger una profesión cualquiera (3) .
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3.
Un hombre dedicado a una profesión para la cual no ha nacido es una pieza dislocada: sirve de poco y muchas veces no hace más que sufrir y embarazar. Quizá trabaja con celo, con ardor; pero sus esfuerzos o son impotentes o no corresponden ni con mucho a sus deseos. Quien haya observado algún tanto sobre este particular habrá notado fácilmente los malos efectos de semejante dislocación. Hombres muy bien dotados para un objeto se muestran con una inferioridad lastimosa cuando se ocupan de otro. Uno de los talentos más sobresalientes que he conocido en lo tocante a ciencias morales y políticas le considero mucho menos que mediano con respecto a las exactas, y, al contrario, he visto a otros de feliz disposición para adelantar en éstas y muy poco capaces para aquéllas.
Y lo singular en la diferencia de los talentos es que, aun tratándose de una misma ciencia, los unos son más a propósito que los otros para determinadas partes. Así se puede experimentar en la enseñanza de las matemáticas que la disposición de un mismo alumno no es igual con respecto a la aritmética, álgebra y geometría. En el cálculo unos se adiestran con facilidad en la parte de aplicación, mientras no adelantan igualmente, ni con mucho, en la generalización; unos adelantan en la geometría más de lo que habían hecho esperar en el estudio de álgebra y aritmética. En la demostración de los teoremas, en la resolución de los problemas, se echan de ver diferencias muy señaladas: unos se aventajan en la facilidad de aplicar, de construir, pero deteniéndose, por decirlo así, en la superficie, sin penetrar en el fondo de las cosas; al paso que otros, no tan diestros en lo primero, se distinguen por el talento de demostración, por la facilidad en generalizar, en ver resultados, en deducir consecuencias lejanas. Estos últimos son hombres de ciencia, los primeros son hombres de práctica; a aquéllos les conviene el estudio, a éstos el trabajo de aplicación.
Si estas diferencias se notan en los límites de una misma ciencia, ¿qué será cuando se trate de las que versan sobre objetos los más distantes entre sí? Y, sin embargo, ¿quién cuida de observarlas y mucho menos de dirigir a los niños y a los jóvenes por el camino que les conviene? A todos se nos arroja, por decirlo así, en un mismo molde; para la elección de las profesiones suele atenderse a todo menos a la disposición particular de los destinados a ellas. ¡Cuánto y cuánto falta que observar en materia de educación e instrucción!
En la acertada elección de la carrera no sólo se interesa el adelanto del individuo, sino la felicidad de toda su vida. El hombre que se dedica a la ocupación que se le adapta disfruta mucho, aun entre las fatigas del trabajo; pero el infeliz que se halla condenado a tareas para las cuales no ha nacido ha de estar violentándose continuamente, ya para contrariar sus inclinaciones, ya para suplir con esfuerzo lo que le falta en habilidad.
Algunos de los hombres que más se han distinguido en la respectiva profesión habrían sido probablemente muy medianos si se hubiesen dedicado a otra que no les conviniera. Malebranche se ocupaba en el estudio de las lenguas y de la historia, y no daba muestras de ninguna disposición muy aventajada, cuando acertó a entrar en la tienda de un librero donde le cayó en manos el Tratado del hombre, de Descartes. Causóle tanta impresión aquella lectura, que se cuenta haber tenido que interrumpirla más de una vez para calmar los fuertes latidos de su corazón. Desde aquel día Malebranche se dedicó al estudio que tan perfectamente se le adaptaba, y diez años después publicaba ya su famosa obra de la Investigación de la verdad. Y es que la palabra de Descartes despertó en el genio filosófico adormecido en el joven bajo la balumba de las lenguas y de la historia; sintióse otro, conoció que él era capaz de comprender aquellas altas doctrinas y, como el poeta al leer a otro poeta, exclamó: “También yo soy filósofo.”
Una cosa semejante le sucedió a Lafontaine. Había cumplido veintidós años sin dar muestras de abrigar genio poético. No lo conoció él mismo hasta que leyó la oda de Malherbe sobre el asesinato de Enrique IV. Y este mismo Lafontaine, que tan alto rayó en la poesía, ¿qué hubiera sido como hombre de negocios? Sus inocentadas, que tanto daban que reír a sus amigos, no son muy buen indicio de felices disposiciones para este género.
He dicho que convenía observar el talento particular de cada niño para dedicarle a la carrera que mejor se le adapta y que sería bueno observar lo que dice o hace cuando se encuentra con ciertos objetos. Madame Perier, en la Vida de su hermano Pascal, refiere que siendo niño le llamó un día la atención el fenómeno del diverso sonido de un plato herido con un cuchillo, según se le aplicaba el dedo o se le retiraba; y que después de reflexionar mucho sobre la causa de esta diferencia escribió un pequeño tratado sobre ella. Este espíritu observador en tan tierna edad, ¿no anunciaba ya al ilustre físico del experimento de Puy-de-Dôme confirmando las ideas de Torricelli y Galileo?
El padre de Pascal, deseoso de formar el espíritu de su hijo, fortaleciéndole con otra clase de estudios antes de pasar al de las matemáticas, hasta evitaba el hablar de geometría en presencia del niño; pero éste, encerrado en su cuarto, traza figuras y más figuras con un carbón, y desenvolviendo la definición de la geometría que había oído demuestra hasta la proposición 32 de Euclides. El genio del eminente geómetra se debatía bajo una inspiración poderosa que todavía no era él capaz de comprender.
El célebre Vaucanson se ocupa en examinar atentamente la construcción de un reloj de una antesala donde estaba esperando a su madre; en vez de juguetear, acecha por las hendiduras de la caja por si puede descubrir el mecanismo, y luego, después, se ensaya en construir uno de madera que revela el asombroso genio del ilustre instructor del “flautista” y del “áspid de Cleopatra”.
Bossuet, a la edad de dieciséis años, improvisaba en el palacio de Rambouillet un sermón que, por la copia de pensamientos y facilidad de expresión y de estilo, admiraba al concurso, compuesto de los talentos más escogidos que a la sazón contaba la Francia.
Fuente: El Criterio. Capítulo III: Elección de la carrera. Autor: Jaime Balmes Comentarios Imprimir





