Paternidad escamoteada

(Por María Calvo, La Gaceta de los Negocios, 2008-08-05)
La lucha por la igualdad ha sido, para algunas feministas radicales, una batalla contra el hombre, encontrando su culmen en el deseo de algunas mujeres de concebir hijos sin la intervención de aquel. De este modo, la ingeniería genética amenaza con su total destitución al resultar prescindibles para la reproducción de la especie. El verdadero problema surge cuando estas aspiraciones individuales superan el ámbito de lo privado para recibir reconocimiento legal.

La función del padre ha sido desprovista de valor, la sociedad no les tiene en cuenta. Como afirma García Morente, es por medio de la intervención paterna como el niño choca contra el mundo del adulto y sufre los dolores de tropiezo con una realidad –siquiera sea fragmentaria– que ya no es su propia realidad por él creada, sino “la realidad”; favoreciendo la conducción de la infancia a la hombría y evitando así que el niño vaya creciendo sin incorporarse al mundo del adulto, perdurando indebidamente en la vida pueril.

El pediatra Aldo Naouri, considera esencial la figura paterna que rompe la dependencia del niño con la madre, imponiendo el transcurso del tiempo y ubicándole fuera del universo uterino atemporal. Lo que le permite percibirse plenamente como ser vivo.

En ausencia de padre, surge una relación de pareja entre la madre y el hijo, una unión indisoluble, sin jerarquía, que perjudica el equilibrio psíquico de ambos. La relación paterno-filial se coloca en la antípoda de la madre y es esencial para que el niño asuma su propia individualidad, su identidad sexual y la autonomía psíquica necesaria para realizarse como sujeto.

La negación de la función paterna pone en peligro a toda la sociedad, pues, aquellos niños, una vez adolescentes, no tienen otro medio de probar su virilidad más que oponiéndose a la mujer-madre, incluso por medio de la violencia.

La alteridad sexual y la filiación se derivan y se fundan en el amor entre el padre y la madre. Se plantean problemas antropológicos, morales y simbólicos al otorgar un marco jurídico a una forma de reproducción que no tiene la misma naturaleza, ni finalidad que la resultante de la alianza entre un hombre y una mujer, fundamento del vínculo social.

Si se deprecia al varón, hombre, padre, se deprecia toda la condición humana. Es urgente recuperar la función paterna, que permite al niño resolver el complejo de Edipo, diferenciarse de la madre, recibir la masculinidad y, en definitiva, aceptar la realidad y crecer como un hombre libre.

Distorsionar las relaciones sexuales.

(Por P. John Flynn, L. C., Zenit, 2010-02-26)

La pornografía es una distorsión visual de la sexualidad que supone una importante amenaza para el matrimonio, afirma un informe publicado en diciembre por el Family Research Council.

Patrick F. Fagan, miembro y director del Centro de Investigación sobre el Matrimonio y la Religión del Centro, describía los efectos sociales y psicológicos de la pornografía en su estudio: The Effects of Pornography on Individuals, Marriage, Family and Community.

Contrario al argumento de que la pornografía es un placer inofensivo, Fagan hacía referencia a evidencias clínicas que muestran que ésta distorsiona de modo significativo las actitudes y percepciones sobre la naturaleza de la sexualidad.

Si son consumidores habituales de pornografía los hombres, tenderán a tener una tolerancia mayor hacia los comportamientos sexuales anormales, observaba el estudio. Es también un hábito muy adictivo, debido a la producción de hormonas que estimulan los centros de placer del cerebro.

Fagan reconocía que la energía sexual es una poderosa fuerza, pero debido a ello la sociedad necesita encauzar esta energía de una forma que fomente el bien común. El matrimonio legitima la intimidad sexual, protege a los hijos que son fruto del acto sexual, y promueve la estabilidad social.

Poner límites a la actividad sexual ayuda a los adolescentes mientras maduran a orientar de forma correcta su sexualidad. Desgraciadamente, comentaba el estudio, el desarrollo de los modernos medios ha derribado estas barreras y ha incrementado la forma en que los creadores de pornografía pueden introducirse en la vida familiar.

Consecuencias para la familia

Al tratar las consecuencias para el matrimonio, Fagan hace referencia a estudios que demuestran cómo afecta a las mujeres el consumo de pornografía de los maridos.

En muchos casos, las esposas de consumidores de pornografía sufren daños psicológicos profundos, observaba. Entre ellos, sensaciones de traición, pérdida, desconfianza y cólera. Pueden también sentirse poco atractivas o no aptas sexualmente, lo que a su vez puede llevar a la depresión tras descubrir que sus maridos ven pornografía.

Fagan añadía que los consumidores masculinos de pornografía tienden a disminuir su implicación emocional en sus relaciones sexuales, lo que tiene como efecto que sus esposas sufran que disminuye la intimidad de sus maridos. En un estudio, los maridos afirmaban querer menos a sus esposas tras largos periodos dedicados a ver pornografía.

La pornografía también tiene impacto en el lado físico de las relaciones puesto que la exposición prolongada fomenta la insatisfacción con el otro y con su comportamiento sexual.

Fagan hacía referencia a otros estudios que mostraban que los consumidores de pornografía ven cada vez más la institución del matrimonio como un confinamiento sexual y esto les lleva a dudar del valor del matrimonio como institución social.

Verdadera infidelidad

El distanciamiento emocional de las esposas y el mismo matrimonio sufren las consecuencias. Fagan observaba que el consumo de pornografía y de otras formas de contacto sexual online se considera por muchas esposas tan perjudicial para la relación como una infidelidad de verdad en la vida real.

De hecho, los hombres y las mujeres reaccionan a la pornografía de modo diferente. Un estudio llevado a cabo entre estudiantes encontró que los hombres se trastornaban más por la infidelidad sexual mientras que las mujeres, por la infidelidad emocional.

Otro estudio examinaba los diversos tipos de degradación de la pornografía. Tanto hombres como mujeres calificaban tres temas principales como los más degradantes de todos, pero con intensidades diversas: las mujeres los consideraban más degradantes que los hombres.

El impacto en las mujeres aumenta cuando sus maridos se vuelven adictos a la pornografía. Fagan citaba un estudio que revelaba que el 40% de estos adictos al sexo pierden a sus esposas. No se ha investigado mucho la relación entre pornografía y divorcio, pero citaba un estudio sobre informes de abogados de divorcios que reflejaba que en el 68% de los casos de divorcio una de las partes había encontrado un nuevo interés amoroso en internet, y en el 56% una de las partes tenía un interés obsesivo en las páginas webs pornográficas.

Las mujeres no son las únicas que sufren cuando la pornografía se convierte en adicción. El informe de Fagan observaba que el consumo adictivo de pornografía lleva una menor autoestima y a un menor capacidad entre hombres de llevar una vida social y laboral significativa. Un estudio sobre adictos a la pornografía reveló que se sentían afligidos y experimentaban cómo un importante aspecto de sus vidas estaba deteriorado como resultado de su adicción.

Ilusorio

La pornografía presenta la actividad sexual como una suerte de acontecimiento deportivo o diversión inocente, comentaba Fagan, sin ningún impacto importante en las emociones o en la salud. Argumentaba que esto simplemente no se corresponde con la realidad.

De hecho, la pornografía lleva percepciones distorsionadas de la realidad social: una percepción exagerada del nivel de actividad sexual de la población general, y una estimación que infla la probabilidad de actividad sexual premarital y extramarital. También lleva a una sobreestimación del predominio de perversiones como el sexo en grupo, la bestialidad y la actividad sadomasoquista.

“De este modo las creencias que se forman en la mente del espectador de pornografía están bastante lejos de la realidad”, observaba Fagan. “Un ejemplo es que la visión repetida de pornografía induce a enfermedad mental en materia sexual”.

Entre las distorsiones creadas por la pornografía están tres creencias: (1) las relaciones sexuales en la naturaleza son algo recreacional, (2) los hombres son en general sexualmente dominantes, y (3) las mujeres son objetos o mercancías sexuales.

En consecuencia, Fagan describía cómo la pornografía fomenta la idea de que la degradación de las mujeres es algo aceptable. Además, puesto que los varones utilizan la pornografía con mucha más frecuencia que las mujeres, su predominio conduce a la idea de que las mujeres son objetos para el sexo o mercancías sexuales.

Fagan observaba que una gran cantidad de pornografía es de contenido violento. Un estudio de los diferentes medios pornográficos encontró violencia en casi una cuarta parte de las escenas de revistas, en más de una cuarta parte en las escenas de vídeo, y en más del 40% de la pornografía online.

Los estudios sugieren que hay una conexión entre la exposición a la pornografía y las agresiones sexuales, añadía. Incluso el consumo de pornografía no violenta aumenta la voluntad en los hombres de forzar a sus parejas sexuales cuando estas no consienten.

El consumo de pornografía se asocia también a delitos sexuales, afirmaba Fagan. Citaba un estudio de delincuentes sexuales en internet, condenados, que informaba que habían pasado más de 11 horas a la semana viendo imágenes pornográficas de niños en internet.

Otro estudio comparado de agresores sexuales y de personas que no lo eran revelaba diferencias significativas en el uso de la pornografía como adolescentes. Una gran proporción de violadores y acosadores habían visto pornografía dura en su adolescencia.

Adolescentes

La pornografía por tanto no sólo daña los matrimonios, sino que también tiene un fuerte impacto en los adolescentes. Un estudio sobre adolescentes mostraba que el consumo habitual de pornografía suele llevar a no tener fidelidad a sus novias. De igual forma, el uso de pornografía aumentaba después su infidelidad matrimonial en más de un 300%.

Fagan describía cómo los adolescentes que ven pornografía se desorientan durante la fase de desarrollo en la que están aprendiendo a afrontar su sexualidad y cuando son más vulnerables a la incertidumbre sobre sus creencias sexuales y sus valores morales.

Un estudio sobre adolescentes encontró que el contenido explícitamente sexual en internet aumentaba de modo significativa sus incertidumbres sobre la sexualidad. Otro estudio hallaba que los adolescentes expuestos a altos niveles de pornografía tenían un nivel más bajo de autoestima sexual.

Existe también una significativa relación entre ver con frecuencia pornografía y sentimientos y sensación de soledad, incluyendo graves depresiones.

El alto consumo de pornografía en la adolescencia está relacionado con un significativo aumento de actos sexuales con amigos no románticos y puede ser un factor de importancia en los embarazos adolescentes……….

LA FAMILIA, UNA TAREA PARA LOS HOMBRES Y LAS MUJERES DE HOY

 

Entrevisa a Jutta Burggraf, doctora en Pedagogía y en Teología.

Autor: Francisca R. Quiroga

Publicado en Arvo: marzo 2001

ENTREVISTA A JUTTA BURGGRAF

Uno de los cambios más revolucionarios que se han operado en el siglo que acabamos de cerrar, es el creciente protagonismo de las mujeres en la vida pública y social. ¿Qué variaciones introduce esta nueva situación en la dinámica del matrimonio y la familia?

Jutta Burggraf es alemana, Doctora en Teología y Pedagogía, autora de numerosas publicaciones, la última titulada VIVIR Y CONVIVIR EN UNA SOCIEDAD MULTICULTURAL. Experta en la temática de la familia, contesta a nuestras preguntas sobre los desafíos que presenta la vida en común en la sociedad actual.

NUEVAS PROBLEMÁTICAS

Con frecuencia leemos resultados de encuestas, entrevistas y sondeos, que parecen indicar que la familia está en crisis, ¿piensas que se trata de una figura social en extinción?

«A pesar de todos los pronósticos desfavorables, hoy en día la familia sigue siendo apreciada, porque satisface necesidades tan elementales en el hombre como el anhelo de sentirse protegido y de tener confianza. Pienso que su existencia no puede ser puesta en duda porque está íntimamente ligada a la felicidad del hombre».

¿Por qué hoy nos parece más difícil sacar adelante una familia que en otras épocas?

«Es verdad que actualmente se dan circunstancias que generan problemas que no se presentaban antes. Pero esto no quiere decir que antes no hubo dificultades: había otra situación con otros problemas, quizá menos manifiestos. En siglos pasados, muchas veces eran los padres quienes elegían a quienes habían de casarse con sus hijos, y lo hacían según aspectos objetivos: la clase social, la situación económica, la religión, etc. La comunidad matrimonial era considerada como una gran empresa. Todos, varones y mujeres, solían trabajar juntos en la granja, en el taller, en la tienda. Y educaban juntos a los niños, que crecían bajo los cuidados de muchos parientes».

«A partir de la industrialización, se produjo un profundo cambio en la vida familiar. El hombre se fue retirando de las obligaciones familiares a favor de actividades lucrativas fuera de casa, donde la mujer quedó sola con los hijos. Poco a poco también ella se fue integrando a la vida profesional, ganando dinero y haciéndose cada vez más autónoma. De ahí resultan nuevas cargas para el matrimonio».

¿Piensas que la autonomía de que gozamos hoy las mujeres es una causa de los actuales problemas de la familia?

«No creo que la independencia de la mujer sea el problema de hoy. Al contrario, es una suerte que exista, porque sólo quien es interiormente libre e independiente puede amar y entregarse verdaderamente a los demás».

¿Por qué entonces la situación actual es realmente difícil?

«Dos personas se casan hoy, en general, por simpatía y amor; es decir, más por motivos subjetivos que por motivos objetivos. Esto me parece muy bien. Pero hay que llegar a un acuerdo acerca de las grandes cuestiones de la existencia Creo que el amor es la única razón aceptable para contraer matrimonio, pero si faltan casi todos los motivos objetivos, la fidelidad matrimonial se hace sumamente difícil».

PARA LA BUENA MARCHA DE LA VIDA EN COMÚN

Se habla a veces de una crisis de comunicación entre los esposos de hoy, ¿a qué se puede atribuir?

«Hoy es frecuente que los esposos tengan distintos campos de acción, ya sea en la familia, ya sea en una profesión fuera del hogar. No se ven durante muchas horas al día. Pero sí tienen contacto con muchas otras personas, hombres y mujeres; y con ellos comparten sus intereses e ilusiones profesionales. Cuando vuelven cansados a casa, ya no tienen fuerzas para dialogar o hacer planes. Así puede pasar que crezca una distancia cada vez más grande entre los esposos».

«Además, actualmente el matrimonio es mucho más largo que en otros tiempos. Muchas personas llegan a los ochenta, noventa, incluso a los cien años. Antiguamente las mujeres morían con frecuencia después de haber dado a luz muchos hijos. Hoy los ven crecer, y cuando ellos se van de casa, suelen vivir todavía treinta, cuarenta o cincuenta años».

«El hecho de que alguien me ha prometido quedarse a mi lado hasta el fin de la vida, significa para mí el grave deber de abrirme a las nuevas situaciones, y no negarme a mejorar y madurar. El matrimonio, en cierto sentido, es un proceso que se origina en la promesa de andar juntos por el camino de la vida. En cuanto tal no sólo exige el “permanecer juntos”, sino también el “caminar”. Los cónyuges se invitan mutuamente a buscar, encontrar, aprender y desarrollarse juntos. Y, en el mejor de los casos, llegan juntos a la madurez espiritual».

¿Cómo evitar la alienación conyugal?

«Es bastante normal que haya momentos duros en la vida común y, en principio, no es aconsejable que se intente a toda costa eludir cualquier conflicto. Si los cónyuges se acostumbran a callarlo todo, previa conformidad tácita, tal vez puedan presumir durante un tiempo de una aparente paz; pero pagarán finalmente un precio muy alto por ella, pues pronto se aburrirán mutuamente con sus conversaciones superficiales. Tal vez huyan de sí mismos y de su pareja hacia los hijos, el trabajo o alguna aventura».

¿CÓMO SUPERAR LAS CRISIS?

¿Son estas dificultades las que llevan a algunas parejas a rechazar de lleno el matrimonio?

«Creo que en bastantes ocasiones no condenan el matrimonio , sino un tipo de matrimonio lleno de mentira y traición, escondido detrás de una imagen respetable. Lo que se desaprueba es una exageración de la importancia de la dimensión jurídica, unas exigencias morales diferentes para el hombre y para la mujer, la comodidad y la falta de apertura a los demás».

¿Qué respondes a los que sostienen que el matrimonio es un modelo de convivencia ya superado?

«El matrimonio no es anacrónico, pero esto no quiere decir que haya de vivirse de un modo que podemos llamar “burgués”, con estrechez de miras, con mentira y falsedad, mirando más bien al aspecto externo que al amor verdadero entre las personas que lo componen. Hoy en día existen muchas parejas que viven su matrimonio de una manera atractiva; que ponen de manifiesto que la fidelidad es posible, y que es garantía de felicidad para ellos mismos y para toda la familia, en la juventud, en la madurez y en la ancianidad».

¿Basta el amor entre marido y mujer para el éxito del matrimonio?

«Hay que ver lo que se entiende por amor. Un matrimonio en el que el marido y la mujer vivan pendientes sólo el uno del otro, y en sus vidas no haya lugar para nadie más, acabará por amargarse. Un matrimonio verdaderamente feliz descubre continuamente nuevos horizontes; está abierto a otras personas, también a una futura descendencia. Tiene el valor de transmitir la vida, de conservarla, de amarla y de velar por su desarrollo».

¿Ves el matrimonio exclusivamente en función de los hijos?

«El matrimonio se vive como una comunión corporal, psíquica y espiritual del ser humano y, en todos lo planos significa, para los cónyuges, una unión entrañable. El otro es aceptado en la totalidad de su persona, esto es, también en su fertilidad y en su posible paternidad o maternidad. Sin embargo, si la unión sexual se entendiera únicamente como la procreación de descendientes, se utilizaría y denigraría al cónyuge como un simple medio; se abusaría de él. Como también se degrada al otro cuando se lo considera simplemente como objeto de placer. En el amor matrimonial auténtico se encuentran integrados tanto el deseo de tener hijos como la búsqueda de la unión sexual».

LOGRAR UNA VIDA FAMILIAR SATISFACTORIA

¿Cómo podrías describir una buena relación entre los esposos?

«En un matrimonio sano existe una relación activa, interés del uno por el otro, participación en la vida del otro. Una relación entre dos personas no consiste en tiranizar, exigir y mandar, sino, ante todo, en pedir, en dar, en ayudar y en responder el uno al otro. Consiste en alegrarse de todo corazón con el otro y también en poder sobrellevar juntos los momentos difíciles; aceptar al otro tal como es, así como uno se acepta a sí mismo con sus defectos y debilidades. De tal manera, los esposos tampoco llegan a exigirse demasiado mutuamente, con pretensiones egoístas o con unas expectativas infantiles de ser mimados como en los tiempos de la niñez».

«Una buena relación implica comprender que cada uno necesita más amor que “merece”; es más vulnerable de lo que parece; y todos somos débiles y podemos cansarnos».

¿Ves posible que se enfrenten con realismo y serenidad las crisis que se presentan en todos los matrimonios?

«Nadie puede hacernos tanto daño como los que debieran amarnos. “El único dolor que destruye más que el hierro es la injusticia que procede de nuestros familiares”- suelen decir los árabes. Hay, realmente, situaciones, en las que el matrimonio y la familia pueden llegar a ser un tormento. Donde se ama, se da y la persona se abre al otro, es fácil ser herido. Pero, a pesar de eso, una crisis no es una catástrofe».

«Todo matrimonio pasa por situaciones difíciles, igual que toda persona humana, cuando crece, experimenta sus crisis de desarrollo. Es muy normal que haya momentos duros en la vida. Conflictos y divergencias de opiniones existirán siempre allí donde varias personas vivan en estrecho contacto. Uno nota monotonía, desazón, quizá la falta de una plena realización profesional; ve que los planes se derrumban y que los hijos son muy distintos de lo que se deseaba. A veces, con los años, crece el remordimiento de no haber dado al otro todo lo que se le podía haber dado… Lo decisivo es la actitud que se adopta ante estas situaciones: aprovechar la oportunidad para estrechar los lazos de unión y, superando juntos las dificultades, buscar el camino de reconciliación. A menudo, esta disposición de perdonar es la única esperanza de marchar hacia un nuevo comienzo. Toda crisis trae consigo un cambio, y puede ser un cambio hacia una madurez mayor, hacia una confianza más plena».

HACIA UNA MEJOR CALIDAD DE VIDA

¿Qué función ocupa el hogar en la sociedad actual?

«Hoy en día, en que la mayoría de las personas realizan su trabajo en fábricas, empresas, administraciones, oficinas y tiendas, necesitan un hogar que les espere a la vuelta. La labor más importante, y a la vez la más difícil, de un ama de casa consiste en crear ese ambiente de hogar. Para la serenidad de una familia es importante que alguien tenga tiempo, que no esté siempre agobiado y con cosas más importantes en la cabeza que el simple saber escuchar, tranquilizar, consolar o animar; hay que deshacer tensiones, amortiguar las desilusiones, compartir uno con otro los éxitos y discutir los problemas ¡Qué bien, cuando existe para todo esto un punto de apoyo!».

Pero el trabajo de la casa, ¿no es muy monótono?

«La profesión de ama de casa –porque así puede ser considerada cuando se desarrolla con competencia- no es necesariamente una ocupación monótona y aburrida. Tiene sus ventajas. Una muy agradable es que ella se puede organizar el horario y el trabajo a su manera. Toda mujer puede decidir en su casa lo que va a hacer en cada momento –aunque no siempre, sí al menos en proporción mucho mayor que en las demás profesiones. Esto confiere libertad y autonomía».

«Si el trabajo del hogar se identifica con limpiezas pesadas, con fregotear suelos o ir de cabeza por cada motita de polvo que se descubre, es lógico que se le atribuya una connotación negativa. Ciertamente el aburrimiento, la rutina y las manías acechan el trabajo del ama de casa, pero en cualquier profesión existen trabajos repetitivos. El presidente de una compañía, por ejemplo, tiene que estampar su firma cientos de veces al día; seguramente no lo envidiamos por esa tarea, pero no dejamos de pensar que su ocupación es valiosa y apetecible».

¿Piensas que las mujeres deberían volver al “dulce hogar”?

«Pienso que la tarea de compaginar el trabajo fuera de casa con las exigencias de la familia compete tanto a los hombres como a las mujeres. A todas las personas se les debe dar la posibilidad de hacer libremente lo que creen que es bueno, sin tener que estar siempre suscitando nuevas polémicas».

«Cada familia es original y única. En la situación concreta, el amor de los esposos puede originar situaciones muy distintas, y hasta contrarias. Ni hay soluciones hechas para la organización individual de la vida familiar cotidiana, ni es apropiado juzgar desde fuera sobre una situación concreta».

¿Familia o profesión? ¿Qué aconsejas a las mujeres?

«En primer lugar, no es importante lo que la persona hace sino cómo lo hace. Ni el trabajo ni la familia son soluciones en sí mismas para los problemas individuales o interpersonales, y ambos conllevan ventajas y riesgos».

«El trabajo de una mujer fuera de casa podrá, efectivamente, redundar de muy diversas maneras en beneficio de la familia, en primer lugar porque esto facilita el diálogo abierto y la comprensión con el marido y los hijos. Hoy en día, no sólo se requieren madres que sepan llevar perfectamente la casa, sino ante todo madres que sean capaces de ser amigas».

El nuevo libro de Jutta Burggraf toca una variedad de temáticas, actuales y eternas, pero siempre desde una perspectiva original, que conduce a encontrar nuevas respuestas.

Francisca R. Quiroga

 arvo.net

El nuevo sexo discriminado

 

(Por Aceprensa / Mercatornet.com, , 2008-05-09)

Barbara Kay es una conocida comentarista del National Pos, uno de los principales diarios de Canadá. En una reciente conferencia en la McGill University, resumida aquí, subrayó la necesidad de superar el viejo feminismo de la confrontación con los hombres1.

Kay comenzó contando algunas experiencias vitales que enmarcan sus ideas. En primer lugar, habló de su padre, hombre carismático y emprendedor que, tras haber sufrido extrema penuria en su juventud, estaba obsesionado con dar seguridad económica a su mujer y a sus tres hijas. Su vida de trabajo extenuante le llevó a una muerte prematura. Kay dice que su padre fue un héroe para ella, y que en su vida ha conocido otros hombres magníficos, entre los que cuenta a su marido, con el que lleva casada 42 años, a su hijo y a su yerno.

Así, dice, “estoy bien dispuesta hacia los hombres, a no ser que vea buenas razones en contra”. Su experiencia le ha permitido comprobar que “los hombres normales, psicológicamente sanos, educados en una sociedad respetuosa de las mujeres, como la canadiense, en su relación con las mujeres se rigen por el instinto de protegerlas, no de hacerles daño”.

El segundo elemento biográfico que menciona Kay es su condición de judía. “Crecí en una época de creciente aceptación de los judíos como iguales en la sociedad, consecuencia directa del movimiento mundial de compasión hacia los judíos tras el Holocausto”. La historia del pueblo judío inspiró a Kay una “desconfianza instintiva hacia cualquier grupo –ya sea una raza, una etnia, una religión o un sexo– que recurre a planteamientos maniqueos y usa a una colectividad entera de chivo emisario para explicar los fracasos de sus propios miembros”.

En las últimas décadas, Kay ha observado un cambio. Antes el ambiente era favorable a la diversidad intelectual y empezaba a serlo también a las mujeres. La época actual, dice, se ha vuelto desfavorable a la diversidad intelectual y no muy favorable a los hombres no homosexuales, pero extraordinariamente favorable a las mujeres. De todos esos nuevos fenómenos escribe en el National Post desde el año 2000.

Libertinaje

Al principio se ocupó a menudo de la “moda de la chica mala”. Escribió, por ejemplo, un artículo sobre la aparición de niñas vestidas de manera provocativa, como si fueran show girls de Las Vegas, con el consentimiento y aun el estímulo de sus madres; más tarde, publicó otro sobre mujeres educadas en universidades de elite que ponían en marcha revistas pornográficas; también unos cuantos sobre la degradante promiscuidad sexual. En esos artículos sostenía que “lo que para las mujeres comenzó como liberación sexual había degenerado en un libertinaje sexual irresponsable y adormecedor de la intimidad, que constituía una tendencia insana para las mujeres y para la sociedad”.

Para Kay, este fenómeno tuvo su icono cinematográfico en El diario de Bridget Jones, que supuestamente era una puesta al día de Orgullo y prejuicio. Pero mientras en la novela de Jane Austen “Elizabeth Bennet, gracias a su marcada personalidad, su integridad y su inteligencia, cautiva el corazón del estirado y cortés Mr. Darcy”, Bridget Jones es “una zángana impulsiva, fumadora empedernida, que no da muestra de inteligencia ni de comprensión de la naturaleza humana, totalmente volcada al sexo y disponible para cualquier hombre de buena apariencia que se cruza en su camino”.

Curiosamente, anota Kay, el Mark Darcy de la película es una fiel recreación del Mr. Fitzwilliam Darcy de Austen: un hombre inteligente, refinado, de buen gusto, discreto y templado. Por eso la película es inverosímil, pues en la vida real un hombre así no tomaría en serio a una joven como Bridget. De modo que la película, comenta Kay, “ilustra una extraña diferencia de géneros en materia de modelos morales, pues el caballero sigue siendo un caballero, pero la dama se ha convertido en una golfa”.

Feminismo y demografía

Después Kay se interesó para sus artículos en “las dramáticas consecuencias demográficas del feminismo”. “Las feministas promovieron la igualdad con los hombres en materia de carrera profesional y fomentaron la experimentación sexual, en vez de alentar a comprometerse joven y ser fiel; a consecuencia de todo eso, las mujeres tienen menos hijos y más tarde, y muchas no tienen ninguno”.

Ahora no pocas mujeres descubren que les gustaría tener hijos, pero se dan cuenta cuando ya es demasiado tarde. “Ni las clases de Estudios sobre la Mujer ni las comentaristas feministas les avisaron que la fertilidad alcanza su máximo en torno a los 25 años, ni que los embarazos a edad tardía entrañan más riesgo, ni que los abortos provocados aumentan la probabilidad de partos prematuros en embarazos posteriores”.

“El aborto es ahora tan común aquí que se ha convertido en el último recurso para el control de la natalidad. En los últimos diez años, la tasa de abortos en Quebec casi se ha multiplicado por dos: el 16% de los embarazos en 1998, el 30% hoy. No hace falta ser un cristiano fervoroso para considerar preocupante ese dato”.

De la misoginia a la misandria

Kay también se ha interesado por las consecuencias del feminismo en los hombres. Una de ellas es la extensión de la misandria o aversión a los hombres (la actitud inversa a la misoginia; la misantropía, como aclara la propia Kay, es la aversión al trato humano), que “hoy está arraigada en nuestro discurso público, en nuestro sistema educativo y en los servicios sociales”. Sin embargo, “la misandria no es detectada por la mayor parte de nosotros, porque nos hemos amoldado a aceptar teorías que no tienen nada que ver con la realidad, así como al lenguaje que acompaña a esa tendencia”.

Podemos ver un ejemplo de la misandria dominante, dice Kay, en el favoritismo hacia la mujer que se ha asentado en el derecho de familia. “La misandria en el derecho de familia es fruto de una ideología que considera a los niños como propiedad de las mujeres, pese a que muchos estudios muestran que los niños quieren y necesitan a sus dos progenitores, y ni uno solo permite concluir que sea beneficioso para el niño estar a cargo de la madre sola”.

Pero hoy, en las causas matrimoniales, cuando no hay acuerdo sobre la custodia de los hijos, en el 90% de los casos los jueces la conceden exclusivamente a la mujer, por mediocre madre que sea ella y por buen padre que sea él, y aunque el resultado sea que los niños pasen el día entero al cuidado de canguros o en la guardería. También, dice Kay, ella puede acusarlo falsamente de conducta violenta para que le prohíban acercarse a sus hijos, pues “sin necesidad de pruebas, cualquier denuncia o aun simple expresión de temor de malos tratos por parte de una mujer provocará la actuación inmediata de la policía y de los tribunales, sin que el hombre pueda defenderse”. O si ella impide al padre ejercer el derecho de visita, nunca será castigada.

A la inversa, si él deja de pasar la pensión, aunque se haya quedado sin trabajo y no tenga más recursos para pagar, será condenado, y si va a la cárcel, como muy bien puede suceder, cumplirá una condena más larga que un traficante de cocaína.

“Y sin embargo, todos los estudios sociológicos dignos de crédito que se conocen muestran sin lugar a dudas que si existe un indicador seguro de éxito en la vida adulta, es la presencia del padre desde que el niño o la niña tiene edad bastante para salir a la calle. Si existe un indicador seguro de fracaso (abandono de los estudios, drogas, promiscuidad, delincuencia), no es la pobreza: es la ausencia del padre en la última fase de la infancia y en la adolescencia”.

Kay concluye recordando una frase de Oscar Wilde: “Hace cien años, el amor homosexual era el amor que no se atrevía a decir su nombre. Hoy el amor homosexual ruge, y es la virilidad la que susurra en las sombras. (…) No necesitamos silenciar las voces de los hombres para que se oigan las de las mujeres. Necesitamos más conversación y menos monólogo. (…) El humanismo lleva al respeto y a la confianza entre los sexos. Y la colaboración entre los sexos lleva al ‘dorado árbol de la vida’ [Goethe] que todos debemos esforzarnos por alcanzar: una sociedad sana”.

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(1) La versión original íntegra está disponible en MercatorNet

¿Entienden igual la sexualidad los varones y las mujeres?

 

Varón y mujer somos iguales en dignidad. Pero la diferencia de sexos nos hace diferentes no sólo físicamente, sino también sentimentalmente, funcionalmente, intelectualmente, espiritualmente.

Porque varón y mujer resultan complementarios. Lo específico de cada sexo hace el equilibrio, la balanza del otro. Por tanto, el amor de pareja, el amor conyugal, sólo puede florecer en dos seres a la vez distintos y complementarios, cuyas características se refuercen y se perpetúen en un nuevo ser, distinto de ellos pero con caracteres y funciones de uno y otro.

Dentro de una relación, el varón será siempre más impulsivo. Dada su naturaleza activa, tenderá a la relación inmediata. La mujer, por sus características, será siempre más receptiva, esperará que se le considere y valore en todo lo que ella vale. El hombre será siempre potente y arrojado.

La mujer desarrollará su capacidad magnética, pasiva. Desde las células germinales aparece esta característica: el espermatozoide es luchador, combativo, activo, emprendedor. Afanoso, va en busca de su complemento. El óvulo, por el contrario, espera; se caracteriza por su tranquilidad receptora, se deja querer. Sabe que el esperma lo necesita para lograr su fin, y parece que no le corre ninguna prisa.

El impulso sexual entre varón y mujer es, pues, diferente, y habrá que tenerlo en cuenta para que la relación conyugal sea armónica y no una fuente de conflictos.

En la mujer predomina la afectividad sobre la sensualidad, por lo que para ella será más importante la seguridad de saberse amada que la unión corporal. De ahí que la unión entre los esposos deba comenzar por la unión de sus corazones; de este modo, la unión de sus cuerpos vendrá a ser la culminación de aquello que ha comenzado en el interior de cada uno.

Fuente: P. Ricardo Sada Fernández (www.encuentra.com)

Riquezas de la sexualidad humana

 

La sexualidad humana se construye sobre un binomio muy concreto: hombre y mujer. Las diferencias entre ambos polos inician con una base genética que, en la gran mayoría de los casos, fundamenta las diferencias entre hombres y mujeres en los niveles genital, hormonal, fisiológico y psicológico.

La sexualidad, sin embargo, no es sólo algo biológico: se encuadra en el contexto de la cultura. La historia nos muestra cómo las relaciones entre hombres y mujeres han variado enormemente a lo largo de los siglos. Han existido situaciones de poligamia o de poliandria. Algunos pueblos han defendido el valor de la castidad premarital, mientras otros han despreciado tal valor. Muchos han aceptado el divorcio o lo han defendido como algo normal, mientras otros lo han condenado o han puesto numerosas barreras para limitar su difusión. Se ha castigado el adulterio o ha sido tolerado, aceptado o incluso promovido. Ha habido pueblos que han visto como algo normal, incluso como necesario, el que exista la prostitución, mientras otros la han perseguido. Se ha castigado cualquier violación, o la violación ha sido vista como algo de poca importancia; se ha llegado incluso al extremo de instigar a violar a mujeres como si se tratase de un castigo contra pueblos o grupos vencidos. Hay quienes han condenado las relaciones homosexuales y quienes las han admitido como algo aceptable. Se ha promovido el uso de medios anticonceptivos o abortivos para evitar hijos no deseados, o se ha condenado socialmente el recurso a estos métodos.

La lista podría alargarse, lo cual nos muestra que la sexualidad humana no ha sido vivida de una manera igual a lo largo de los siglos ni entre las distintas culturas o grupos humanos. Podemos, entonces, preguntarnos: ¿alguna de esas maneras puede ser vista como más correcta que las demás, o todas pueden colocarse como igualmente “aceptables” según las diferentes épocas y culturas?

La mayoría (no todos, por desgracia) rechazaría aquellos usos de la sexualidad que impliquen violencia, engaño, desprecio o “uso” denigrante del otro o de la otra. Este punto, pues, resulta un patrimonio aceptable por quien quiera ser verdaderamente respetuoso de los demás: nadie puede ser usado como objeto, nadie puede ser reducido a simple instrumento para el placer de otros.

Pero podríamos dar un paso ulterior: existe una relación sexual que va más allá de la simple búsqueda del placer y que se encuadra en una relación personal mucho más profunda y rica. Se trata de una vida sexual integrada en un proyecto de amor en el que él y ella se aceptan y se dan mutuamente en el pleno respeto de todas las riquezas propias del ser hombre y del ser mujer, sin rechazar ninguna dimensión (genética, física, hormonal, psicológica, espiritual). Esta aceptación implica un darse y un recibirse total, pleno, que excluiría la que consideramos actitud de rechazo de la propia fertilidad.

Esto vale no sólo para la mujer (de la que hablamos antes) sino para el mismo hombre. Su virilidad conlleva el poder fecundar, normalmente, a una mujer en una relación sexual. En la donación total, interpersonal, tal fecundidad es parte de la plenitud de aceptación, la cual se da de modo definitivo y total en el matrimonio.

El esposo acepta su riqueza sexual y la de su esposa; la esposa acepta la propia riqueza sexual y la de su marido. Tal aceptación, repetimos, se coloca en un contexto mucho más amplio, que implica la aceptación plena, total, exclusiva, del otro y de la otra, en el tiempo, hasta la muerte.

La relación sexual fuera del matrimonio encierra un enorme número de riesgos y de errores. Quizá el mayor es el miedo a la fecundidad del otro, que, en el fondo, es rechazo de algo fundamental de la persona. De este modo, el amor no puede ser pleno, sino parcial. Un amor así no puede realizar plenamente una vida humana. A lo sumo será un momento de emoción o de placer, pero siempre existirá un cierto miedo a que asome la cabeza un hijo que nos recuerde la seriedad de la vida sexual humana.

Lo peculiar de la mujer

En este sentido, conviene subrayar otro aspecto de la vida sexual, que marca una asimetría muy particular. Hoy por hoy, en el ejercicio de su sexualidad sólo las mujeres pueden quedar embarazadas. Mientras no pueda prepararse un útero artificial o un útero trasplantado en varones con capacidades gestacionales, por ahora los niños podrán nacer sólo después de haber transcurrido diversos meses en el seno de una mujer.

Las mujeres viven con especial profundidad esta característica exclusiva. Ante ella pueden tomar diversas actitudes. Una consiste en rechazar la propia fertilidad, en verla como un obstáculo, como algo no deseado o como un peligro para ciertos proyectos personales (de ellas mismas o de otros que giran alrededor de ellas).

Tal rechazo puede ser sólo emocional, o puede llevar a decisiones concretas que impidan, de modo temporal o definitivo, cualquier concepción de un hijo en su seno, a través del recurso a métodos anticonceptivos o, incluso, por medio de una esterilización más o menos irreversible. Si fracasan los métodos anticonceptivos, o si no han sido usados y se produce el embarazo, puede sentir un deseo más o menos intenso a abortar esa vida iniciada “fuera de programa”.

Una actitud radicalmente opuesta a la anterior lleva a la aceptación de la propia fecundidad de modo maduro y consciente. La mujer vive, entonces, la posibilidad de un embarazo no como un peligro o como una amenaza, sino como una riqueza, como un privilegio. En cierto sentido, esta actitud es la que ha permitido el nacimiento de miles de millones de seres humanos, la que explica esa profunda sonrisa que irradia una mujer cuando abraza a su hijo recién nacido, la que la hace caminar en el mundo con una alegría íntima, a veces envidiable, mientras lleva un carrito con un niño que es apenas un proyecto de futuro y de esperanza.

Una mujer que vive en esta segunda actitud necesita, sin embargo, vivir su vida sexual con una seriedad particular, lo cual nos vuelve a poner ante las reflexiones anteriores. Defender la integridad de su cuerpo, defender la propia fecundidad, significa velar para que ningún hombre pueda “usarla” como instrumento de placer o como compañera de juego en unos momentos de fiesta. Significa no prestarse a ser amiga frágil de quien dice amarla sin un compromiso serio hacia la vida que pueda ser concebida en su seno. Significa pensar en el bien del hijo a la hora de escoger quién va a ser el centro de su corazón, el compañero de su vida, su esposo para siempre.

Programas de verdadera educación sexual

Sin embargo, algunos adultos creen que las chicas (y los chicos que giran alrededor de ellas) serían incapaces de reconocer el valor de la propia fecundidad. Por lo mismo, promueven la difusión entre ellas de una amplia gama de métodos anticonceptivos y abortivos, a veces llamados con una fórmula muy genérica: servicios de salud reproductiva. Este planeamiento parte de un error de base. Sólo una chica puede pensar en la “necesidad” de la anticoncepción si está dispuesta a tener relaciones sexuales y si reconoce la fertilidad propia de su condición femenina, lo cual implica un mínimo de madurez y de responsabilidad. Orientarla sólo a la negación de tal fecundidad es, en el fondo, impedirle tomar una opción seria en favor de la plena aceptación de sí misma. Es señal de desprecio hacia las chicas (y, en el fondo, también hacia los chicos) creer que no son capaces de pensar y de tomar compromisos profundos en estos temas.

Un programa de educación sexual que respete en su integridad a cada hombre, a cada mujer, no puede prescindir de estas verdades. La sexualidad no es un juego: es algo serio. No sólo porque, por desgracia, un “uso” excesivo de la misma pueda llevar a adquirir alguna enfermedad no deseada (las famosas ETS o “enfermedades de transmisión sexual”). Sino, sobre todo, por la intrínseca relación que existe entre sexualidad, amor y vida.

Si respetamos esta relación podremos lograr, sobre las riquezas y los valores de nuestros adolescentes, la promoción de una sexualidad que valore plenamente a cada ser humano, en su profundidad espiritual y en sus valores físicos. Valores físicos que incluyen ese enorme misterio y riqueza de la fecundidad que ha permitido el nacimiento de cada uno de nosotros. Una fecundidad que permitirá la venida al mundo de los hombres y mujeres del mañana, hijos de unos padres que se aman en la plena aceptación y el respeto más profundo de sí mismos y del otro.

   (Por Fernando Pascual, Mujer Nueva, 2010-07-14)

Manifestación en Argentina por el matrimonio con el apoyo episcopal

 

Convoca el Departamento de Laicos (DEPLAI) de la Conferencia Episcopal

BUENOS AIRES, martes, 22 junio 2010 (ZENIT.org-Aica).- Con el lema “Queremos mamá y papá para nuestros hijos”, el martes 13 de julio próximo, a partir de las 18.30, habrá una manifestación frente al Congreso de la Nación a favor del matrimonio entre hombre y mujer, en la víspera del tratamiento en el Senado Nacional del controvertido proyecto de ley de matrimonio entre personas del mismo sexo.

La convocatoria, efectuada por el Departamento de Laicos (DEPLAI) de la Conferencia Episcopal Argentina, conjuntamente con otras organizaciones laicales y credos, y que cuenta con el apoyo del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires y Primado de la Argentina, tiene carácter nacional.

Así como el acto central se realizará en Buenos Aires en la Plaza de los Dos Congresos, se convoca a realizar un acto ciudadano por la familia en todas las ciudades capitales del país, ya sea en las plazas, frente a las legislaturas o gobernaciones, con banderas argentinas y consignas positivas para el matrimonio varón-mujer.

El doctor Justo Carbajales, director ejecutivo del DEPLAI, explicó que “así como el pasado 8 de mayo, en la celebración del Bicentenario de la Patria en Luján, pudimos demostrar nuestra unidad como laicos con el encendido de una vela y el rezo de una oración, sugerimos que también el martes 13 de julio nos unamos otra vez a las 18.30 en todo el país.

“El motivo de la convocatoria -señaló- es que los legisladores escuchen también nuestra voz un día antes de la votación del Proyecto de Ley que incluye el matrimonio de parejas conformadas por personas del mismo sexo.”

zenit.org

Hombre y mujer: dos estilos de trabajo

El hombre y la mujer, por naturaleza, son diferentes. Ninguno es mejor que otro, fueron creados para complementarse y enriquecerse de forma recíproca, estableciendo un equilibrio entre los defectos y virtudes que ambos tienen.

Complemento necesario

Tanto el hombre como la mujer, son lo suficientemente capaces para desempeñar cualquier cargo, profesión u oficio; solo que su misma naturaleza establece los pro y los contra en determinadas funciones y/o situaciones específicas. Las semejanzas y diferencias entre hombres y mujeres, se presentan no en el tipo de trabajo que realizan, sino en la forma como enfrentan su vida profesional.

“El mundo de la empresa es un mundo complejo, y ninguno de los dos modelos de trabajo puede proporcionar una organización equilibrada sin el complemento del otro. Pero no sólo es necesario lograr un equilibrio entre las habilidades masculinas y femeninas en el seno de la organización; también es preciso que ese equilibrio se dé en cada hombre y cada mujer pues, como personas, se enriquecen mutuamente. Las mujeres humanizarán y matizarán con su sensibilidad la tendencia competitiva de ellos, y los hombres reafirmarán a sus compañeras en su trabajo animándolas a tomar decisiones, a confiar en sí mismas y a trabajar inteligentemente y con flexibilidad”, expresa Carlota de Barcino del portal Mujer Nueva.

Características del hombre y la mujer en el mundo laboral

No se puede generalizar, todos los seres humanos son únicos, habrán hombres que presenten algunas capacidades de las mujeres o viceversa, pero existe una tendencia general en ambos sexos:

Mujer

Mayor capacidad de escucha.

Habilidad de convencer y persuadir, además de su afectividad y empatía.

Puede manejar varios temas al mismo tiempo, sin perder la concentración.

Capacidad para dirigir equipos multidisciplinarios.

Percibe con facilidad el estado de ánimo de sus compañeros de trabajo.

Es más comunicativa, emocional y expresiva.

Se compromete con su trabajo y suele ser más responsable.

Es organizada y minuciosa.

Se le dificulta ser concreta y simple.

Por lo general, las críticas a su trabajo las asume como un juicio personal.

Hombre

Es más práctico y simple.

Tiene metas concretas.

Pensamiento teórico.

Más capacidad para trabajar bajo presión.

Habilidad para dirigir equipos especializados.

Establece límites entre la vida personal y laboral.

Es competitivo, muchas veces sin importar los medios para llegar a su fin.

Tendencia a buscar el control y el poder sobre los demás.

Es poco cuidadoso de los detalles (ejemplo: fechas de cumpleaños de sus compañeros)

Suele ser más dependiente de sus colaboradores, en el caso de los jefes.

Ajenos a querer formar una guerra de sexos, lo que se propone es buscar el equilibrio y llenar los vacíos que uno tiene con las virtudes del otro, de esta forma el trabajo será más efectivo, ameno y enriquecedor.

Fuentes: mujernueva.org, gestion.pe, asimet.cl

Imágenes: Getty Images

LA CRISIS DE PAREJA

 

En los últimos años parece que cada vez se da un índice desmesurado de separaciones y crisis conyugales, aunque también es verdad que cada vez mas las parejas buscan soluciones en los profesionales del comportamiento.
Publicado en http://personales.com/espana/madrid/apsired/crisis-de-pareja.htm

En la vida cotidiana en pareja todo gira siempre a torno a pequeñeces cotidianas que emergen una y otra vez intentando romper la estabilidad lograda. Hay que decir antes de nada que en toda relación de pareja sobrevienen crisis o momentos difíciles que son completamente normales y que se inscriben dentro del proceso normal de maduración conyugal. La vida en pareja tiene una serie de etapas bastante estandarizadas que pueden llevar a situaciones de riesgo, sin embargo son crisis de crecimiento, de compenetración y maduración. De un modo general podemos distinguir los siguientes periodos:

Etapa de formación de la estabilidad de la pareja. Es aquella fase inicial posterior a la fase de enamoramiento cuando se atraviesa la barrera de estar con uno mismo a pensar que se esta con una persona con la que se puede llegar a compartir la vida.

Etapa de afirmación. Es la etapa de los primeros años de la unión estable de la pareja, bajo un mismo techo. Las personalidades están madurando pero es un proceso de adaptación costoso donde cada miembro de la pareja intentara imponer sus condiciones y en esa búsqueda del equilibrio estará el triunfo de la relación. Es una etapa donde tiene que reinar la tolerancia, el saber escuchar y llegar a compromisos. Suele ser la etapa de la llegada de los hijos que suponen una fuente de estrés importante.

Etapa de la mitad de la vida. Es una etapa de análisis minucioso del tiempo vivido, una etapa de balances. Es una etapa peligrosa para la relación de pareja si esta no tiene unas bases fuertes. En esta época la pareja puede morirse por cansancio y aburrimiento entre ambos, no hay nada que decirse, no se comparten hechos, impresiones, ilusiones futuras. Por otro lado pueden aparecer relaciones extraconyugales, los miembros de la pareja se sienten impelidos por estímulos novedosos, el tercero/a en discordia, y además suele suponer una inyección para “el ego de la persona”, ya que se ve con la capacidad para atraer y seducir a alguien. Si se dan relaciones extraconyugales las consecuencias serán negativas a medio o largo plazo para la pareja.

Etapa de la vejez. En esta etapa, la pareja que se ha mantenido firme y unida se une mas estrechamente y el amor se hace mas rico, mas autentico, comprensivo y sólido. Cuando han existido rupturas, la situación se experimenta de otro modo y es habitual que asomen sentimientos de culpa, frustración o desencanto, que dan una visión negativa y triste de la vida en común.

A continuación vamos a explicar que diferentes tipos de crisis pueden afectar a las parejas a lo largo de su relación:

Desgaste de la convivencia. En todas las parejas se dan crisis por el simple hecho de vivir juntos, es un desgaste normal. Una condición básica de la pareja madura es amar al otro con sus cosas positivas y negativas, pero después de haber intentado suprimir los ingredientes negativos que mas afectan a la armonía conyugal.

Crisis de identidad. Son aquellas situaciones donde uno de los miembros de la pareja empieza a preguntarse cosas sobre su vida familiar, profesional. Al hacer balance de su vida en pareja no se siente feliz o duda sobre si es la vida que quería llevar. Podríamos hablar de comportamientos inmaduros típicos de personas que no saben lo que quiere, personas que han crecido sin un modelo de identidad, que no se conocen a si mismas, que tienen fuertes contradicciones internas y muchas veces una absoluta falta de responsabilidad.

Infidelidades. Por regla general este tipo de crisis son graves y suelen deslizarse hacia la ruptura, están teñidas de fuertes tensiones emocionales y de un acentuado deterioro de la vida en pareja. A veces se mantiene la vida de la pareja gracias a la capacidad de renuncia y sufrimiento de una de las partes, que llega a tener comportamientos verdaderamente heroicos.

Intromisión de la familia política. En este tipo de crisis lo que suele suceder es que la actuación desacertada e inoportuna de alguna parte de la familia política provoca una situación difícil y cargada de tensiones psicológicas.

Excesiva dedicación a la vida profesional. Aquí la clave va a residir en un excesivo tiempo dedicado a la vida profesional. Se da mucho mas en los hombres, sobre todo profesionales liberales que cada vez tienen menos tiempo para el y su familia puesto que su trabajo le ocupa la mayor parte del tiempo. En estas situaciones muchas veces se encuentran relaciones extraconyugales que aun complican mas la situación.

Enfermedad psíquica de uno de los miembros de la pareja. Cuando uno de los miembros de la pareja sufren trastornos psicológicos o psiquiátricos se dan crisis importantes. Aunque afortunadamente la mayoría son trastornos pasajeros (ansiedad, depresión) a veces se dan auténticos problemas de tipo psiquiátrico (paranoia, delirios, esquizofrenia) que hacen muy difícil la convivencia.

Monotonía. Es la crisis que se da cuando la vida se vuelve vacía, insípida, uniforme, aburrida, insustancial, etc. En este tipo de crisis lo que falta son recursos para evitar la rutina y su pronostico puede mejorar si ambos miembros de la pareja hacen algo por combatir el tedio.

Ascenso profesional no compartido. Por lo general estas crisis tienen lugar porque uno de los miembros de la pareja ha tenido un importante ascenso profesional en breve tiempo, dejando a su pareja en un cierto desnivel. Generalmente se da mas en hombres; las mujeres no han seguido los pasos de ellos porque han tenido otras ocupaciones y porque el hombre cada vez hace menos vida familiar.

fuente: conyugalia

Karol Wojtyla, “Amor y responsabilidad”

De la naturaleza misma del acto sexual resulta que el hombre desempeña en él un papel activo, mientras que el papel de la mujer es pasivo: ella acepta y experimenta. Su pasividad y su falta de repulsa bastan para la realización del acto sexual, que puede darse sin que participe su voluntad e incluso encontrándose en un estado de completa inconsciencia, por ejemplo, durante el sueño, en un momento de desvanecimiento, etcétera. Así consideradas, las relaciones sexuales dependen de la decisión del hombre. Pero como esta decisión es provocada por la excitación sexual que puede no corresponderse con un estado análogo en la mujer, surge aquí un problema de naturaleza práctica de la mayor importancia, tanto desde el punto de vista médico como moral. La ética sexual conyugal ha de examinar cuidadosamente ciertos hechos bien conocidos por la sexología médica. Hemos definido el amor como una tendencia hacia el bien verdadero de otra persona, y, por lo tanto, como una antítesis del egoísmo. Y ya que en el matrimonio el hombre y la mujer se unen igualmente en el dominio de las relaciones sexuales, es necesario que también en este terreno busquen ese bien.

Desde el punto de vista del amor de la persona y el altruismo, ha de exigirse que en el acto sexual el hombre no sea el único que llega al punto culminante de la excitación sexual, que éste se produzca con la participación de la mujer, no a sus expensas. A esto se refiere el principio que hemos analizado de manera tan detallada y que, al conjugarse el amor, excluye el placer en la actitud respecto de la persona del copartícipe.

Los sexólogos constatan que la curva de excitación de la mujer es diferente de la del hombre: sube y baja con mayor lentitud. En el aspecto anatómico, la excitación en la mujer se produce de una manera análoga a la del hombre (el centro se halla en la médula S2–S3), con todo, su organismo está dotado de muchas zonas erógenas, lo cual la compensa en parte de que se excite más lentamente. El hombre ha de tener en cuenta esta diferencia de reacciones, pero no por razones hedonistas, sino altruistas. Existe en este terreno un ritmo dictado por la naturaleza que los cónyuges han de encontrar para llegar conjuntamente al punto culminante de excitación sexual. La felicidad subjetiva que experimentarán entonces tendrá los rasgos del frui, es decir, de la alegría que da la concordancia de la acción con el orden objetivo de la naturaleza. Por el contrario, el egoísmo –en este caso se trataría más bien del egoísmo del hombre– es inseparable del uti, de esa utilización en que una persona busca su propio placer en detrimento de la otra. Con todo, está claro que las recomendaciones de la sexología no pueden ser aplicadas prescindiendo de la ética.

No aplicarlas en las relaciones conyugales es contrario al bien del cónyuge, así como a la estabilidad y la unidad del matrimonio mismo. Debe tenerse en cuenta el hecho de que, en estas relaciones, la mujer experimenta una dificultad natural para adaptarse al hombre, debida a la divergencia de sus ritmos físico y psíquico. Por consiguiente, es necesaria una armonización, que no puede darse sin un esfuerzo de voluntad, sobre todo de parte del hombre, ni sin que la mujer se atenga a su pleno cumplimiento. Cuando la mujer no encuentra en las relaciones sexuales la satisfacción natural ligada al punto culminante de la excitación sexual (orgasmos), es de temer que no sienta plenamente el acto conyugal, que no comprometa en él la totalidad de su personalidad (según algunos, ésta es a menudo el motivo de la prostitución), lo cual la hace particularmente expuesta a las neurosis y es causa de «frigidez sexual», es decir, la incapacidad de excitarse, sobre todo en la fase culminante. Esta frigidez (frigiditas) es consecuencia en ocasiones de un complejo o de una falta de entrega total de la que ella misma es responsable. Pero, a veces, se trata del resultado del egoísmo del hombre, que, al no buscar más que su propia satisfacción, frecuentemente de manera brutal, no sabe o no quiere comprender los deseos subjetivos de la mujer ni las leyes objetivas del proceso sexual que en ella se desarrolla (*). La mujer empieza entonces a rehuir las relaciones sexuales y siente una repugnancia que es tanto o quizá más difícil de dominar que el impulso sexual.

Además de las neurosis, la mujer puede en tal caso contraer enfermedades orgánicas. Así, la congestión de los órganos genitales durante la excitación sexual puede provocar inflamaciones en la órbita de la pelvis si la excitación no culmina con una descongestión, que en la mujer está estrechamente ligada al orgasmo. Desde el punto de vista psicológico, estas perturbaciones dan origen a la indiferencia, que muchas veces acaba en hostilidad. La mujer difícilmente perdona al hombre la falta de satisfacción en las relaciones conyugales, que le son penosas de aceptar y que, con los años, pueden originar un complejo muy grave. Todo lo cual conduce a la degradación del matrimonio. Para evitarla, es indispensable una «educación sexual», pero que no se limite a la explicación del fenómeno del sexo. En efecto, no ha de olvidarse que la repugnancia física en el matrimonio no es un fenómeno principal sino una reacción secundaria: en la mujer, se trata de una respuesta al egoísmo y la brutalidad; en el hombre, a la frigidez y la indiferencia. Ahora bien, la frigidez y la indiferencia de la mujer es a menudo consecuencia de las faltas cometidas por el hombre que deja a la mujer insatisfecha, lo que, por lo demás, contraría el orgullo masculino. Pero en algunas situaciones particularmente difíciles el mero orgullo no puede, a largo plazo, servir de ayuda; ya se sabe que el egoísmo ciega al suprimir la ambición, o bien hace crecer a ésta desmesuradamente, de manera que, en ambos casos, impide que el hombre vea al otro. Asimismo, no puede bastar, a la larga, la bondad natural de la mujer que finge el orgasmo (así lo aseguran los sexólogos) precisamente para no humillar el orgullo masculino. Todo esto no resuelve satisfactoriamente el problema de las relaciones y sólo aporta una solución provisional. A largo plazo es necesaria una educación sexual, cuyo objetivo esencial debería ser inculcar en los esposos la convicción de que el «otro» es más importante que el «yo». Semejante convicción no nacerá de repente por sí misma sobre la base de las meras relaciones físicas, sino que debe resultar de una profunda educación del amor. Las relaciones sexuales no enseñan el amor, pero si éste es verdadera virtud, lo será también en las relaciones sexuales (conyugales).

(*) Es un hecho conocido que la buena marcha de una relación sexual se ve a menudo perturbada por una concentración egocéntrica de la atención en la propia vivencia. Los esposos deberían tener en cuenta que su relación corporal es, al mismo tiempo, un misterio espiritual de su unión en el amor y el respeto mutuo. El hecho de tener la conciencia totalmente absorta por la satisfacción sensual, sobre todo la propia, es también peligroso y nocivo para los aspectos biológico, psíquico y moral del acto.

Karol Wojtyla, “Amor y responsabilidad”, Lublin, 1960. Traducción Plaza & Janés, 1996, pág. 323.