Encender el hogar

Hace poco tiempo leí una noticia que me sacudió como un latigazo. A estas alturas de la vida no hay sorpresas posibles, pero le invito a leer esta escueta información y detenerse un momento a pensar.

La Generalitat Valenciana puso en marcha con carácter experimental una escuela para padres maltratados y ha sido tal el éxito, que ya prepara la apertura de otras siete, atendidas por psicólogos que impartirán sesiones orientadas a progenitores que han sufrido violencia familiar por parte de sus hijos.

¿Qué le ha parecido? Es posible que si el lector dedica un momento a buscar las causas de este fenómeno, con el solo enunciado, podría llenar unos cuantos folios. Sin duda podríamos hacer un coro de plañideras o despotricar de lo mal que están las cosasPersonalmente prefiero ahora dejar a los expertos psicólogos que buceen en las profundidades de los sentimientos para que descubran la inmensa fauna que puede albergar cualquier ser humano.

Hoy y ahora lo que me interesa es ver que podemos hacer cada matrimonio con los hijos que tenemos entre manos. Que sea algo sencillo y que esté al alcance de cualquiera. Me gustaría detenerme hoy en un aspecto muy simple que resumiré en una pregunta. Que nuestros hijos tienen padres es algo evidente, pero ¿tienen casa? ¿El techo bajo el que se cobijan y donde comen y duermen, es un hogar? De lo contrario estarán asilvestrados.

Antonio Vázquez

Si oteamos un poco el panorama, anotamos que, a la hora del desayuno, el mal humor de despertar se potencia con las prisas para llegar cada uno a su destino. Al llegar la tarde, si todavía son escolares, con mucha frecuencia, cuando van su padre o su madre a buscarles, no es extraño que antes de volver para cenar, se hagan compras, encargos o cualquier distracción. Me olvido también de las clases de inglés, yudo, etc.

Sí, ya sé que por lo general hay que volver pronto a casa para hacer las tareas escolares pero el lector no me negará que después del encierro de tantas horas, padre, madre e hijos, quieren airearse y procuran que no se les caiga la casa encima. Claro que para que no suceda tal eventualidad ya hay urbanizaciones con entornos de juego donde se les puede soltar para que retocen y den menos la lata a sus padres.

Situémonos en el caso más favorable: a las siete de la tarde los chicos están en casa con alguno de los dos cónyuges y se van a su cuarto a estudiar….o lo que sea. A las nueve hay que cenar. ¿Y la TV? Una pregunta capciosa con mala idea. ¿Cuántos aparatos hay? Tomemos el mejor de los casos de que solo existe uno en el cuarto de estar que utilizan todos. ¿Qué hacer? ¿Hablamos, nos contamos las aventuras que cada uno ha podido tener durante el día, o encendemos la caja tonta? Lo más pronto posible a la cama porque hay que madrugar.

¡Ah! Pero está el sábado y domingo. ¿Se duerme hasta las tantas? ¿Se marcha cada uno por su lado a hacer deporte? ¿Hay invitaciones para ir a casa de un amigo? ¿Cuántas ganas de huir tienen unos y otros, con cualquier pretexto?

Todas estas preguntas pueden ser más o menos retóricas la clave está en si promovemos situaciones en las que estamos todos juntos y aprovechamos esas circunstancias para darnos cuenta de cómo está cada uno, para poderle echar una mano en sus pequeños dramas.

Soy consciente de que estoy hablando con padres de hijos escolares, pues los mayores son harina de otro costal, pero en cualquier caso hay que lograr un ambiente de hogar tan atractivo que, la vuelta a casa sea lo que más desean. De lo contrario, repito,en cuanto les pasen pocos años por encima de nuestros hijos los tendremos asilvestrados.

Hay que encender el hogar y darle calor. Esas paredes, mejor o peor decoradas, tienen que oler a leña de hogar aunque los radiadores se calienten con una caldera de gas. Los troncos de madera son los padres los que han de acarrearlos. Es muy cierto que todos, hasta los más pequeños tienen que llevar su astilla, pero los leños potentes los acercan los cónyuges y son ellos los encargados de poner la chispa para que se esté confortable y no haya humos. ¿Suena demasiado bucólico? No lo sé pero la noticia de la Generalitat valenciana me ha sonado a película de terror.

Insisto en que tampoco hay que rasgarse las vestiduras y nada hay nuevo bajo el sol. En el primer tercio del siglo pasado Chesterton escribía algo que es una premonición: Si en otros siglos los aventureros conquistaban un pedazo de tierra para sus reyes y patronos, hoy por hoy, el descubrimiento consiste en cerrar la puerta y con las zapatillas o sin ellas, como a uno le de la gana, poner la bandera de la familia en la sala de estar o en la cocina y quedarse dentro.

Alrededor de nuestros hijos hay en estos momentos muchos más ambientes depredadores que en la época de Chesterton. Lo único que complementaría al autor inglés es que no me gusta cerrar la puerta de nada. Los hijos han de alimentarse en ese hogar para salir a la calle con suficientes calorías para que no se les lleve el primer vendaval

Hacer familia Diciembre de 2005

La empresa llamada ‘hogar’

 

El hogar es toda una empresa donde se tienen que administrar diferentes fuentes de ingresos, gastos e imprevistos. Pero para hacerlo exitosamente, se necesita que los cónyuges establezcan de común acuerdo las reglas que regirán la economía de su hogar y le den la importancia que se merece para lograr el máximo rendimiento. 

Aunque no es una tarea fácil, manejar el hogar como una empresa  puede traer a la familia grandes satisfacciones. Si se es organizado con las finanzas y el ahorro, habrá más posibilidades de que los miembros de la familia se beneficien en áreas como recreación, educación, deporte, cultura y salud.

Sin embargo es necesario contar con las habilidades de ambos cónyuges y las de los hijos, quienes pueden aportar  excelentes ideas, para lograr éxito en los planes que se tracen. Al determinar quién de los cónyuges es el mejor para las finanzas y quién puede administrar el dinero con mayor eficiencia, se pueden distribuir las responsabilidades. Eso sí,  la buena comunicación y una total transparencia son vitales en el éxito de esa empresa llamada hogar.

Las áreas de atención

En el hogar no se trata de tener o no tener, de gastar o ahorrar. Los bienes materiales son sólo medios para ayudar al proceso de la perfección de la persona y en el tipo de convivencia de la familia que busca alcanzar la felicidad y el bien común.

El secreto está en saber administrar los bienes y el dinero. Por esto, como en toda empresa, el hogar tiene diferentes áreas a las que hay que prestarle atención. Estas son las principales:

 
  • Área  administrativa
  • Área financiera y legal
  • Área de salud e higiene
  • Área de educación
  • Área de planeación del tiempo libre
  • Área de relaciones públicas
  • Área de compras
  • Área de nutrición
  • Área de mantenimiento

En cada una de estas áreas debe haber planeación tanto en el presupuesto como en la ejecución. Por ello es importante hacer de la planeación un hábito familiar. Al tratarse de una pequeña empresa, debe haber apoyo incondicional en la estrechez, así como alegría y satisfacción al conseguir los logros soñados por ambos cónyuges para su familia.

En muchas ocasiones se ha visto cómo matrimonios aparentemente sólidos y armoniosos sufren dificultades, angustias y fricciones por no poner en claro sus objetivos económicos, y por carecer de una buena comunicación que les permita  manejar las cuentas claras.

Pautas para planeación

La regla de oro es  entradas = salidas. Por ello se debe saber cuáles son los ingresos de la familia y cuáles lo gastos.  

Lo segundo es establecer cuáles son los gastos fijos y cuáles los gastos variables. En los momentos de crisis, se deben reducir los gastos variables, y se evalúa que gastos fijos no son imprescindibles, hasta definir qué porcentaje del presupuesto está comprometido con los gastos fijos.

Estas son algunas pautas para tener en cuenta en la economía familiar:

  • El pago de la vivienda (alquiler o cuota) no debe exceder el 25% de los ingresos.
  • Si le queda dinero para ahorrar, es mejor que lo haga a principio de mes. Lo ideal es el 10% de su salario.
  • Al hacer mercado, siempre lleve lista y aténgase a ella.
  • La deuda es una herramienta que debe utilizarse de manera inteligente, pues de lo contrario puede salirse de sus manos.
  • Si puede, cancele mensualmente sus saldos por uso de tarjetas de crédito.

Si se debe pedir dinero prestado, averigüe todo lo relacionado con el préstamo, incluyendo tasas de interés, honorarios y multas por pago atrasado o pago por adelantado.

Fuente: lafamilia.info

El colegio no debe ser un segundo hogar

Comienza el curso y, aparte de hacer cálculos para afrontar los gastos escolares, también hay que cuadrar horarios para que los niños no estén desatendidos. Los centros ofrecen fórmulas, pero a costa de renunciar a pasar más tiempo con ellos.
A los padres trabajadores les quedan básicamente dos salidas si quieren aspirar a esa quimera –al menos en nuestro país– conocida como la conciliación entre vida familiar y laboral: echar mano de los “abuelos canguros”, que acaban estando más tiempo con sus hijos que ellos mismos, o prolongar su jornada escolar, de tal forma que los niños pasen entre ocho y nueve horas en el colegio. Esta última opción, elegida por muchas familias, provoca que el aula sea la segunda casa de estos menores. ¿O termina siendo la primera? “Es aberrante dejar a un niño de tres o cuatro años desde las nueve de la mañana hasta las seis de la tarde”, comenta a este diario la psicóloga Isabel Menéndez Benavente. ¿El motivo? Se crea un “desapego” en los menores.
El comedor y el horario ampliado serán las herramientas que, en este nuevo curso, utilizarán de nuevo muchos padres. Alrededor de dos millones de niños –el 25 por ciento– comerán en el colegio, mientras que cerca de 300.000 pasarán en el aula más horas de las habituales. No sólo se trata de salir más tarde de clase; hay centros que abren antes sus puertas para facilitar la tarea a aquellos padres que van a trabajar temprano.
El comedor es utilizado principalmente por los alumnos de Infantil y en menor medida por los de Primaria. Este servicio lo ofrece el 57 por ciento de los centros públicos y cerca del 75 por ciento de los privados. Mientras, los horarios ampliados los pone a disposición de los padres uno de cada cuatro centros. De nuevo aquí, son los alumnos de Infantil los principales usuarios.
Con todo, como recuerdan desde la Confederación Española de Asociaciones de Padres y Madres de Alumnos (Ceapa), se trata de servicios extra, no facilitados por las administraciones y que, salvo las ayudas específicas de algunas comunidades, han de pagarlos aparte los padres.
“Todo lo que hay fuera de las cinco horas habituales lo organizan los centros o las asociaciones de padres. Las horas que pasan los niños en las aulas fuera del horario lectivo son como actividades extraescolares y, por tanto, se pueden dedicar a idiomas, deportes, etc.”, comenta a este diario Pedro Rascón, presidente de Ceapa.
Así, “los padres son los que piden este horario ampliado a los centros por la necesidad de conciliar, pues no se pueden hacer cargo de los niños”. Ahora bien, estos servicios, ¿suponen más una ayuda para los padres o un perjuicio para sus hijos? “Los niños tienen que tener su vida en su casa, necesitan su espacio, estar rodeados de sus cosas, sus juguetes, sus hermanos…”, asegura la psicóloga Menéndez Benavente. “Sí, en el colegio pueden tener muchas actividades lúdicas, pero no el necesario contacto afectivo que han de tener, si no con los dos progenitores, sí al menos con uno de ellos”, añade.
¿Años perdidos?
La experta argumenta que, “durante los primeros cinco o seis años de vida es fundamental la figura de los padres, sobre todo la materna. Si no, es un descontrol total”. Y es que “una profesora no puede suplir” a una madre. ¿Los riesgos? Que se produzca un “desapego afectivo” de los pequeños, que acaban “viendo a sus padres media hora al día”. Y lo que es peor: “Muchos padres compensan ese tiempo perdido comprándoles a sus hijos todo lo que quieren”.
Por supuesto, hay causas de fuerza mayor que justifican el estiramiento de la jornada escolar, como es el hecho de que muchos padres trabajan muy lejos de los colegios de sus hijos, o con horarios imposibles de equilibrar. Eso sí, la psicóloga ve un “afán de comodidad” en muchos progenitores. “Algunos ni siquiera trabajan, y dejan a sus hijos en el comedor”, asegura. De hecho, “es preferible que los niños se queden comiendo en casa, en su entorno, aunque sea con una chica que los cuide, que pasar en el colegio más de ocho horas diarias”. O acogerse a una jornada reducida en el trabajo para pasar más tiempo con ellos.
Pedro Rascón considera que es necesario un debate amplio sobre los tiempos escolares y que los expertos digan claramente “qué es mejor para los chavales”. Sobre todo, porque “imponer jornadas de tipo laboral” para los pequeños es una “barbaridad”.

fuente: www.thefamilywatch.org

Reciedumbre… virtud para triunfar

La reciedumbre es una de las virtudes humanas que debe poseer el hombre que aspire a la perfección y, por tanto, una de las que hemos de inculcar a los hijos para que lleguen a ser hombres maduros, íntegros y responsables.

¿Qué es la reciedumbre? Podríamos definirla como la virtud que lleva a abrirse paso hacia el bien, luchando enérgicamente por superar las dificultades que aparecen en el camino con voluntad, dureza, señorío y dominio del propio yo.

Sin embargo, no hemos de confundir la fortaleza con la temeridad o la insensatez. El fuerte no busca ser herido por propia voluntad. Sin prudencia no puede haber fortaleza. No se trata, pues, de una exposición necia al peligro, sino de una prudente y decidida determinación, si llega el caso, de exponer lo que sea necesario para la consecución del bien.

Es penoso encontrar personas que no han sido preparadas para afrontar la vida con reciedumbre. En circunstancias normales esta falta de fortaleza puede pasar inadvertida para un espíritu poco observador. Pero queda claramente de manifiesto ante circunstancias más o menos desagradables, dolorosas o trágicas.

Son los fuertes, los que hacen lo que deben, cueste lo que cueste; sin escatimar esfuerzos; los que hondamente han encontrado el fin de su vida y a él se dirigen sin vacilar; los que saben situarse por encima de una serie de circunstancias adversas que a un pusilánime le desviarían de su meta; los que no temen al calor, ni al frío, ni al hambre o la sed; los que en la batalla tienen miedo pero no lo parece; los que lloran a solas y momentos después sonríen a su mujer; aquellos que saben mucho de responsabilidad; los que no se dejan traicionar por el egoísmo o la ambición.

Cómo enseñar reciedumbre en el hogar

El hogar es un buen ambiente para educar la reciedumbre en los hijos. Estas son lagunas ideas de las que pueden valerse los padres:

Establecer un horario para levantarse, acostarse y de estudio.
Repartir encargos habituales para cada hijo.
Distribuir entre los chicos trabajos físicos y manuales por ejemplo: regar las plantas, cortar el césped, lavar el coche.
En ausencia de servicio doméstico, repartir el trabajo entre los hijos.
Tender la cama, al menos por temporadas.
Embetunar los zapatos.
No permitir radio o televisión mientras estudian.
No permitir que los niños coman a cualquier hora, sino a las horas convenidas y que observen las normas de la urbanidad.
Ducha fría y diaria en estaciones cálidas.
Que coman todo lo que se les sirve.
Exigir orden en su habitación y closet.
Reducir asignaciones en dinero, cuando dañan algo por descuido.
Si quieren algo extra, que se lo ganen realizando ciertos trabajos en el hogar, o en la empresa del papá o en otro sitio.

Padres perezosos, hijos…

Como en cualquier otra virtud que se pretenda fomentar en el joven, es de capital importancia el ejemplo de los padres.

El ejemplo ha de darse, más en concreto, en los pequeños detalles que queremos que el muchacho viva. ¿Quién es capaz de conseguir que un muchacho se levante diligentemente por la mañana, si su madre, en excelente estado de salud, se levanta tarde y perezosamente?.

Si los padres son virtuosos en este caso recios, los jóvenes lo serán también, a no ser que erróneamente se les quiera dar una vida facilona y cómoda..

Plan de vida

Es importante que los jóvenes se acostumbren a tener un Plan de vida, es decir, un horario sensatamente confeccionado, al que se ajustarán con la mayor disciplina posible. Esto fortalecerá su voluntad, porque frecuentemente les apetecerá hacer una cosa distinta a la prevista, y al hacerla, con esfuerzo, aumentará su fortaleza.

Los padres pueden dar cauce a muchas iniciativas e inculcar en los niños múltiples aficiones que llenarán gran parte de su día: trabajos manuales, montañismo, fotografía, pintura, etc.

Vemos que, en el fondo, se trata de evitar el ocio, siempre mal compañero y peor educador. Si no fomentamos en él estas cosas terminará aburrido de leer bobadas o de vagabundear por la calle sin rumbo fijo.

Asimismo, el deporte es un medio magnífico para fomentar la fortaleza en los muchachos. Exige esfuerzo y afán de superación. Acarrea cansancio, fatiga, pequeños accidentes a los que tampoco hay que tener un excesivo temor.

El joven que hace deporte suele estar sano física y espiritualmente; al menos, tiene más posibilidades de que así sea.

Test de reciedumbre

Con este test usted y su familia pueden evaluar el nivel de reciedumbre en que se encuentran y a su vez crear objetivos para fomentar esta virtud:

1. ¿Te levantas inmediatamente cuando te llaman o suena el despertador?
2. ¿Comes lo que te ponen sin protestar, aunque no te guste o no esté bueno lo que te agrada aquel día?
3. Si una lección o un trabajo te resulta árido o desagradable, ¿sueles afrontarlo en lugar de eludirlo cómodamente?
4. Si pasas frío o calor, ¿te sueles quejar mucho?
5. ¿Haces mimos o te constituyes en el centro de la atención cuando has sufrido un pequeño accidente?
6. En un momento que estás cansado, ¿Irías con buena cara a un recado que en el que te toque caminar un buen rato?
7. Cuando estás estudiando, ¿sueles esforzarte seriamente para no distraerte?
8. Si has de subir varios pisos y está estropeado el ascensor, ¿subes las escaleras con espíritu deportivo y sin darle la menor importancia?
9. ¿Buscas intencionadamente y de modo habitual el sitio más cómodo para sentarte?
10. Ante una reprimenda o castigo merecido, ¿lo aceptas con una entereza responsable?
11. Imagina que estás durmiendo en una habitación a treinta grados.¿Protestas si no hay ventilador?
12. Haces pequeños sacrificios cristianos, como renunciar a algunos refrescos y helados, tomar el postre que menos te agrada, etc?
13. Si has de tomar una medicina amarga o dolorosa, ¿haces ver o notar lo que “sufres”?
14. ¿Tienes fuerza de voluntad para estudiar las horas necesarias?

 

fuente: lafamilia.info

Una de las claves del éxito profesional: equilibrar trabajo y hogar

(Por Carlota de Barcino, Mujer Nueva, 2010-08-06)
El libro, con un título tan llamativo como “Los siete secretos de la mujer de éxito”, al momento captó mi atención. Su autora muestra bastante experiencia en temas de organización empresarial relacionada con la mujer [1]. Después de varios estudios y entrevistas a mujeres con puestos de alta responsabilidad en el mundo empresarial, reconoce siete elementos comunes que las han conducido al éxito.

Enunciaré cada uno de esos elementos, deteniéndome en aquél que más me llamó la atención, y el único no estrictamente relacionado con la dinámica organizativa de una empresa.

El libro recomienda a la empresaria tener un mentor o tutor en la empresa, que la forme, la apoye y aconseje, indicando el camino y los obstáculos con que se encontrará en el desarrollo de su trabajo. En segundo lugar, que su trabajo sea visible, que desarrolle iniciativas abiertamente, mostrando con naturalidad su preparación. Otro de los secretos es desarrollar una red de trabajo efectiva, lo que significa establecer contactos con personas que puedan enriquecer nuestro trabajo, o con las que se pueda mantener cualquier tipo de colaboración o intercambio de información. La cuarta clave es saber comunicarse con efectividad (con los cargos superiores, los compañeros del departamento, en juntas de trabajo y negociaciones). Asimismo, es preciso desarrollar la capacidad de asumir riesgos inteligentes y comprender las políticas de la organización donde se trabaja.

Sin embargo, quien es capaz de poner en práctica todos estos elementos, todavía no puede ser considerado una persona de éxito en los términos en que la autora lo presenta. Falta un requisito fundamental, que relaciona la eficacia en la empresa con la vida personal: el equilibrio entre trabajo y familia. Dos son, en mi opinión, los pasos que hay que dar para conseguirlo: primero, reconocer que el trabajo no lo es todo, y que necesitamos disfrutar del tiempo libre; segundo, que la familia es, a la vez, fuente de ocio y de obligaciones, y que ambos aspectos deben ser compartidos por la pareja. Si se dan estos dos pasos, hombres y mujeres disfrutaremos de la familia como nuestro mejor tiempo de ocio.

Con relación al primer paso (la necesidad del tiempo libre), en una entrevista realizada por la revista Men’s Health [2] acerca del equilibrio entre vida privada y profesional, un gran número de hombres se quejaban de tener que hacer auténticos actos de malabarismo para conciliar el trabajo y el tiempo libre. Comentando este tema un grupo de mujeres, se rieron… ¿Tiempo libre? Eso ni siquiera entraba en sus actos de malabarismo… ¡Las responsabilidades diarias relacionadas con el hogar y los hijos, absorbían toda su dedicación fuera del tiempo de trabajo!

Ciertamente, los hombres empiezan a mostrar una mayor tendencia a lo que en Estados Unidos se conoce como “downshifting”. Especialmente los ejecutivos de nivel superior e intermedio, se dan cuenta de que los horarios exhaustivos de trabajo, la tensión continua por ganar más éxito y dinero, la competencia feroz con sus compañeros, no les hacen felices. Y a menudo optan por una mejor calidad de vida que les permita recuperar el tiempo dedicado a su familia, a actividades creativas, o al simple disfrute de la naturaleza, aunque ello conlleve reducir el ritmo de vida y ciertas comodidades a que estaban acostumbrados. Y declaran disfrutar más un picnic que una cena en el restaurante más lujoso de la ciudad, el turismo rural en lugar de un crucero por el Caribe, la compañía de sus hijos en vez de esas largas veladas con compromisos profesionales.

Así pues, la calidad de vida no siempre se mide por el nivel de bienestar material de que dispongamos. También es la capacidad de realizar actividades con el simple fin de disfrutarlas (o de disfrutarlas en compañía de las personas más queridas) [3]. Jugar con los niños, hacer deporte, bordar, pintar, cocinar, leer, pueden reducir la tensión, la ansiedad y la frustración; llevan a relaciones más saludables, a mayor creatividad y confianza; a desarrollar con naturalidad nuestra personalidad, siempre y cuando no nos tomemos todo como un reto o como un deber más. Conozco mucha gente que tiene dificultades para hacer algo que le parece “improductivo” y sin resultados cuantificables que justifiquen el tiempo dedicado.

Pero, ¿qué pasa con la mujer? Mientras los hombres empiezan a buscar ese tiempo libre, ellas piden horarios flexibles de trabajo, no para disfrutar de la lectura, el deporte o la naturaleza, ni siquiera para disfrutar de la familia; parece bastarles el tiempo suficiente para poder atender las necesidades de sus hijos, de su casa y de su marido: la compra, las citas en el colegio, la visita al médico… Realmente, no parece que hombres y mujeres tengamos las mismas aspiraciones, y sin embargo, el ocio resulta indispensable para el éxito, no sólo como profesional, sino también, como madre y esposa.

Las mujeres de hoy nos estamos convirtiendo en los hombres de las generaciones pasadas: sufrimos más ataques cardíacos, fumamos más, tenemos más depresiones, y experimentamos una mayor tensión en todos los aspectos de nuestra vida. Precisamente, porque todo en nosotras está relacionado: mi rendimiento en el trabajo desciende cuando sé que mi hijo está en cama con fiebre en manos de una niñera, o que en ese momento está actuando en la representación teatral del colegio y me busca entre el público; y sufro cuando tengo que salir de viaje varios días y sólo podré escuchar el relato diario de sus actividades escolares por teléfono, sin poder ayudarle con los deberes…

El primer paso para solucionar esta situación, ya lo ha dado un gran número de hombres, que reconocen que el trabajo no lo es todo, y que la vida debe disfrutarse más. ¡Estupendo! Por el contrario, para que una madre se lo llegue a plantear, es necesario que el hombre, una vez reajustados sus horarios para permitirse mayor tiempo libre, lleve a cabo en este tiempo una parte de las obligaciones familiares que, hasta ahora, han recaído casi exclusivamente en la mujer. Y ése es el segundo paso que todavía muchos hombres no han dado.

Sé que la mayoría de las lectoras desearían que sus hijos las vieran más a menudo disfrutando con ellos, y menos, trabajando en la casa o exigiéndoles sus deberes. Pero, ¿cómo hacerlo? Mi primera respuesta sería: programa tu semana junto a tu marido, de modo que el tiempo fuera del horario laboral esté equitativamente repartido (o, mejor, compartido: hacer las tareas domésticas a la vez, permite poder disfrutar del ocio simultáneamente).

He aquí el segundo paso: compartiendo las responsabilidades familiares, hombre y mujer podremos disfrutar en familia ese tiempo libre que descansa, renueva y equilibra a la persona.

Por otra parte, si es cierto que nuestra familia necesita que se le dedique el tiempo libre, a veces puede llegar a necesitarnos en el horario de trabajo. ¿Qué hacer en esos casos? El libro ofrece una respuesta muy sencilla: reconoce que necesitas ayuda, y hazlo saber en tu entorno laboral.

A las mujeres nos cuesta especialmente reconocer que no podemos con todo lo que se nos encomienda, y callamos para evitar dar la impresión de incompetencia o falta de experiencia. Así pues, lo primero es aprender a pedir ayuda (en el caso de puestos de base o intermedios) o delegar de manera efectiva (en los cargos directivos).

Una característica común de todas las madres ocupando con éxito puestos directivos es su capacidad para delegar, estableciendo muy bien las líneas de actuación y supervisando con eficacia. Otra, es que han determinado bien sus prioridades. El libro narra ejemplos de ejecutivas de muy alto nivel en multinacionales, cuya prioridad número uno es la familia, y manifiestan abiertamente sus ausencias por temas familiares, negociando eficazmente una flexibilidad que les permita trabajar por resultados o recuperar de otro modo ese tiempo. Y sus empresas les apoyan. Ciertamente, han sabido ganarse esa confianza y su valía profesional es reconocida.

Las mujeres en cargos no directivos, también necesitan a menudo tomar algún tiempo de trabajo por causa de la familia. Es necesario establecer una comunicación fluida con el jefe. Si éste pertenece al cada vez más reducido grupo de empresarios que no reconocen la importancia de la familia, pueden surgir situaciones difíciles. Sería muy útil discutir el tema, de manera que se puedan hacer arreglos alternativos por adelantado (programar la agenda para llegar más temprano, trabajar tarde, o incluso llevar trabajo a casa en ciertos casos).

Si los directivos masculinos, en la recta final de su carrera profesional, empiezan a decir que se arrepienten de no haber pasado más tiempo con su familia, ¿vamos a esperar a estar en la misma situación para constatarlo? ¡Aprendamos de los errores de nuestros compañeros, y empecemos ya mismo a marcar esas prioridades! Y, por favor, ¡dejemos de ver nuestra maternidad como un cúmulo de responsabilidades y consideremos el tiempo con la familia como el más satisfactorio de todos los que conforman nuestra jornada!

Si honestamente constatamos que el tiempo libre que nos queda al final de la jornada laboral es excesivamente reducido, o que no contamos con la flexibilidad suficiente para atender necesidades familiares, entonces deberíamos plantearnos: ¿Es la familia mi prioridad? ¿Estoy dispuesta a detenerme en el umbral del cargo directivo, a cambio de más tiempo de calidad fuera del trabajo? ¿Soy consciente del valor de una persona que aporte serenidad y equilibrio al crecimiento de los hijos y la vida de pareja? [4]

Hace unos años, tras un grave terremoto en Los Ángeles, la mayoría de las carreteras de acceso a la ciudad quedaron seriamente dañadas. Como consecuencia, el trabajo a distancia se convirtió en una necesidad instantánea. Las empresas no tuvieron tiempo de realizar estudios de factibilidad, y el cambio de organización se llevó a cabo de un día a otro. Sorprendentemente, un gran número de empresas se dieron cuenta de que su productividad no disminuyó. De hecho, muchos de sus empleados prefirieron este estilo de trabajo y mostraron su viabilidad.

La lengua china es muy sabia: crisis y oportunidad son la misma palabra. Aprovechemos la crisis de tantos trabajadores masculinos que, al final de carreras llenas de éxito, vuelven su mirada y lamentan tantas horas robadas a esos hijos que ya son padres y madres y que, recordando la ausencia de su padre, se han propuesto no reproducir esas pautas. ¿Tendremos que esperar muchos años para llegar a la misma conclusión? ¿Contaremos con la ayuda de los hombres –en el trabajo y en el hogar- para que la familia sea nuestra mayor fuente de satisfacción? De nosotras depende: establezcamos prioridades y defendámoslas.

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NOTAS

[1]“Los siete secretos de la mujer de éxito”, de Donna y Lynn Brooks, Editorial McGraw-Hill, 1997. La autora es experta en desarrollo de adultos y organizacional, y vicepresidenta ejecutiva en EEUU de la European Women’s Management Development Network, con sede en Bruselas.

[2] Men´s Health Magazine, 8 (3), 8 (1995).

[3] P. Roberts: “The art of goofing off”, Psychology Today, 28 (4), 1996.

[4] A. McGee-Cooper: “You don´t have to go home from work exhausted”, Bantam, New York 1990.

España: Los daños colaterales del divorcio

 

En España un total de 71.472 menores se unieron al drama de los 137.510 hogares que se rompieron en 2007. Los padres se distancian, pero ¿y los niños? ¿Qué pasa con ellos?

(La Gaceta, España, )

En España un total de 71.472 menores se unieron al drama de los 137.510 hogares que se rompieron en 2007. Los padres se distancian, pero ¿y los niños? ¿Qué pasa con ellos? La nueva etapa vital a la que se enfrentan, plagada de situaciones fragmentadas en las que viven sólo con uno de sus padres, les pasa factura y no perdona.

Un equipo conjunto de investigadores de la Universidad Miguel Hernández de Elche y de la Universidad de Murcia así lo revela.

El trabajo, titulado Trastorno de ansiedad por separación en hijos de padres divorciados, analiza los síntomas de ansiedad que se derivan para los menores tras una separación o divorcio. Para ello toma una muestra de 95 escolares de 8 a 12 años, que compara con otros de edades y géneros similares cuyos padres no se han separado.

El resultado es claro: “Los niños que han vivido una ruptura conyugal presentan niveles de ansiedad más elevados que los niños cuyos padres permanecen unidos”, señala el estudio.

Reveses para los hijos

El texto revela también, que las principales consecuencias de esa angustia que sufren los menores se manifiesta sobre todo en factores psicofisiológicos. “Cuando los menores no permanecen con sus padres”, apunta el trabajo, “sienten molestias físicas, como dolor de cabeza o barriga, tienen ganas de llorar y tratan de evitar la separación física con ellos, telefoneándoles o tratando de retrasar su marcha”.

La separación brusca del niño de las figuras afectivas es, a juicio de los autores del estudio, uno de los factores que pueden contribuir a la aparición de la ansiedad de los niños tras la separación de los padres. Al producirse una ruptura familiar, explica el estudio, suele ser común que el niño viva con uno de los padres, con mayor frecuencia la madre y permanezca de forma eventual con el padre.

Sin embargo, en los periodos vacacionales el menor se traslada al hogar del padre, pasando a ser el contacto con la madre muy esporádico e incluso inexistente cuando la relación entre la pareja separada ha sido conflictiva. En esos casos, “la marcha de la madre puede condicionar la ansiedad del niño en ocasiones futuras y aumenta su vulnerabilidad a reaccionar de forma ansiosa ante cualquier separación de la vida cotidiana”.

También hay diferencias significativas en la tranquilidad de los hijos. “Los niños con padres separados se muestran más intranquilos cuando sus padres se marchan de viaje, cuando tienen que hablar con ellos por teléfono o se levantan por la mañana para ir al colegio”. En cuanto a la edad, entre los 8 y 9 años es el momento crítico. En esa franja, los niños con padres separados presentan más ansiedad que los que son mayores que ellos.

Necesidad de cooperación

El trabajo concluye apelando a la necesidad de cooperación entre la pareja y el abandono de las discusiones a pesar de la ruptura producida. “La cooperación entre los ex cónyuges y la ausencia de desavenencias entre ellos”, señala el estudio, “reducen el temor en los niños ante la ausencia de figuras de apego y fomentan su confianza y autonomía”.

Mayores problemas durante el desarrollo educativo y psicológico

A conclusiones similares al estudio conjunto de las universidades Miguel Hernández de Elche y la de Murcia, llega otro trabajo realizado por la profesora de la Universitat Pompeu Fabra, Anna Garriga y el profesor de la Abat Oliba, Jorge Martínez Lucana. Este matrimonio decidió hacer un recorrido sistemático por la profusa documentación que la sociología inglesa, americana y escandinava tiene sobre el divorcio y sus consecuencias.

El resultado del análisis es el estudio ‘Divorcio y malestar. Lo que la sociología empírica nos puede decir hoy sobre los efectos del divorcio’, publicado recientemente.

La conclusión del trabajo es que, estadísticamente, los hijos de padres divorciados muestran una mayor tendencia a tener problemas en su desarrollo educativo y psicológico. En el aspecto pedagógico las secuelas se reflejan en bajos rendimientos académicos. Y en el desarrollo de la psique, los efectos negativos que se producen son depresión y problemas de autoestima.

Aunque en este último punto se señala, “curiosamente, que las secuelas no tienen por qué manifestarse en los años siguientes a la ruptura. Y emergen bastante tiempo más tarde, en forma de “una mayor probabilidad de vivir otro divorcio, menores posibilidades de casarse, menor contacto con los padres o menor bienestar psicológico”.

Los investigadores del trabajo no se quedan sólo en constatar unos hechos sino que proponen soluciones. A su juicio, los poderes públicos y la sociedad no deben plantear el divorcio como única alternativa ante los problemas conyugales, sino que deben facilitar los medios para reconducir la situación.

Autor: FAMILIAE Psicoterapia- Fecha: 2008-10-29

¿Dónde empieza el amor?

 Madre Teresa de Calcuta

 La paz y la guerra comienzan en el hogar. Si de verdad queremos que haya paz en el mundo, Empecemos por amarnos unos a otros en el seno de nuestras propias familias. Si queremos sembrar alegría en derredor nuestro, precisamos que toda familia viva feliz.

Algunos padres están llenos de amor y de ternura hacia sus hijos. Recuerdo el ejemplo de una madre que tenía doce hijos. La más pequeña de todos, que era niña, estaba afecta de una profunda minusvalía. Me resulta difícil describir su aspecto, tanto desde el punto de vista físico como emocional. Cuando se me ocurrió brindarme a acoger a la niña en uno de nuestros hogares, donde teníamos otros en condiciones parecidas, la madre prorrumpió en sollozos: –¡Por Dios, Madre Teresa, no me diga eso! Esta criatura es el mayor regalo que Dios ha hecho a mi familia. Todo nuestro amor se centra en ella. Si se la lleva, nuestras vidas carecerán de sentido.(…)

No deberíamos vivir en las nubes, en un nivel de superficialidad. Deberíamos empeñarnos en comprender mejor a nuestros hermanos y hermanas. Para comprender mejor a aquellos con quienes convivimos, es necesario que antes nos comprendamos a nosotros mismos”(…

Autor: FAMILIAE Psicoterapia- Fecha: 2009-02-25

«FAMILIA, SÉ LO QUE ERES»

Tomás Melendo bucea en la esencia humana y nos sumerge en las profundidades de la vida familiar para mirar, con ojos nuevos, una verdad por desgracia manoseada y desvalorada: el amor es el núcleo de donde emana el tejido familiar y social. La solución a las crudas realidades sociales que vivimos depende de cómo cada quien, desde la vida familiar, desarrolle su personalidad con este ingrediente.

Por Tomás Melendo Granados

Arvo Net

13 de abril de 2005

Jugando un poco con las palabras y los conceptos, diría que el objetivo de estas líneas es orientar a los orientadores —sean profesionales o simples ejecutores de este papel en la familia—, para que ellos, a su vez, orienten a quienes les piden ayuda o, simplemente, para mejorar el tono y la calidad de la vida en su hogar.

Es preciso definir el núcleo de la existencia familiar, pues es el punto en el que habremos de incidir para elevar el nivel y la eficacia de las actividades de cualquier familia que aspire a ser lo que por esencia le corresponde.

En principio, determinar la sustancia y el objetivo de la institución familiar no parece complejo. Juan Pablo II los ha señalado con insistencia y claridad: «En una perspectiva que además llega a las raíces mismas de la realidad, hay que decir que la esencia y el cometido de la familia son definidos en última instancia por el amor. Por esto la familia recibe la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor».

El amor, por tanto, define y fundamenta la institución familiar; y el amor en su acepción más noble: de amistad o benevolencia. Pero, ¿entre quiénes?

EL NÚCLEO PRIMORDIAL

Primero los padres

Es frecuente que los padres no sientan la necesidad de formarse mejor hasta que alguno de los hijos plantea dificultades que los superan. Acuden entonces al centro educativo para hablar con el preceptor o se inscriben en un curso de orientación familiar. El «problema», por decirlo con dramatismo, es el hijo.

Aquí, los cónyuges deben comprender que toda su actividad paterna resultará inútil hasta que, en el seno de la familia, no dirijan su mirada e influjo renovador hacia ellos mismos: son los padres quienes deben cambiar en primer término para provocar un perfeccionamiento en sus hijos.

Cualquier progreso en la vida familiar es fruto de una modificación en la vida de los cónyuges, que se implican más, y más decididamente, en el seno del propio hogar. Sin ese radical compromiso, todo resulta inútil.

La familia es insustituible para la maduración y existencia de la persona en cada uno de sus niveles de desarrollo: desde la indigencia absoluta del recién concebido, pasando por la inseguridad y las dudas del niño o el adolescente, hasta la aparente firmeza autónoma del adulto, la plenitud del hombre y la mujer, y la fecunda pero frágil riqueza del anciano.

Desde este punto de vista, es imprescindible indicar a los padres que la familia es necesaria, no sólo para que sus hijos se perfeccionen; sino también, ¡y antes!, para que ellos —el padre y la madre— «se realicen» como personas (que es el objetivo terminal de cualquier existencia humana, sin cuyo logro no alcanza sentido).

La idea de la familia-refugio ha ocupado un papel preeminente en la sociedad occidental desarrollada: el ámbito familiar resultaría indispensable como remedio para la debilidad del ser humano y justo en la proporción en que sus miembros se encuentran necesitados de protección y apoyo.

Pero esto, que no carece de verdad, no es lo más serio que puede afirmarse de la familia. El hecho de que el Dios creador del Universo se nos haya revelado como familia, da una certera pista a la hora de ponderar las relaciones entre familia y persona.

Si la Trinidad personal de Dios, en quien no falta ninguna perfección, «tiene que» constituirse como familia, queda claro que ésta no deriva de indigencia alguna, sino, al contrario, de la plenitud del ser personal que, por naturaleza, está llamado al don, a la entrega, y requiere un hábitat adecuado para poder ofrendarse.

Análogamente, la persona humana está más llamada a entregarse conforme más se plenifica. Por eso, cuanto más perfecta es una persona, tanto más necesita de la familia como el ámbito en el que, sin reservas ni trabas, puede dar y darse.

Por encima de todo, la familia

Respecto a semejantes verdades, la orientación de Juan Pablo II no puede ser más diáfana: «El hombre, por encima de toda actividad intelectual o social por alta que sea, encuentra su desarrollo pleno, su realización integral, su riqueza insustituible en la familia. Aquí, realmente, más que en cualquier otro campo de su vida, se juega el destino del hombre».

Los padres pueden fácilmente caer en la cuenta de que equivocan el rumbo cuando —aun con la mejor de las voluntades— descuidan la atención directa e inmediata a los demás miembros de su familia, para dedicarse a otros menesteres, profesionales o sociales, en los que incluso alcanzan éxito absoluto.

Porque ese triunfo no es capaz de ahogar la desazón íntima que les asalta siempre, en los momentos más humanos, por desatender el círculo familiar, en el que habrían de encontrar «su realización integral, su riqueza insustituible».

Además de desatender al cónyuge, delegará en él la educación de los hijos o, cuando el otro consorte busque su propia realización fuera de casa, los encomendará a otras instituciones —colegio, club juvenil—, cuya misión es subsidiaria respecto a la de los padres y cuyo influjo eficaz en los chicos se torna limitado y epidérmico.

Los padres deben ver con claridad que la familia resulta imprescindible para el íntegro desarrollo de sus hijos, porque en primer término lo es también para él o ella como cónyuge y como padre o madre.

Un padre insatisfecho por no desarrollarse en plenitud dentro de su propio hogar, no puede aportar auténtica vida ni apoyo sólido a sus hijos, que en ese hogar encuentran también la principal palestra para su robustecimiento personal y la base ineludible para el despliegue enriquecedor en cualquier otra esfera de su vivir.

AMOR QUE SE DESBORDA

Centremos ahora nuestra atención en la necesidad que el padre y la madre tienen de la familia en función del crecimiento y la mejora de sus hijos. Con otras palabras: para cumplir sus deberes paternos, los componentes de un matrimonio no han de dirigir en primer lugar su atención hacia los hijos, sino hacia el otro cónyuge.

Y la razón es muy simple: la primera —y casi única— cosa que un hijo necesita para ser educado es que sus padres se quieran entre sí.

Se trata de una idea desarrollada con brillante sencillez por Carlos Llano: como la educación de los hijos no es sino la más genuina expresión del amor paterno, y como este amor no puede ser, a su vez, sino el despliegue del cariño entre los esposos, el que los cónyuges se amen de veras constituye la clave esencial, y casi el todo, de su misión dentro de la familia.

La marcha de la familia, en cada uno de sus componentes, está definida, casi completamente, por el amor que se ofrenden los padres. La calidad del amor familiar —del paterno-filial y del fraterno— está determinada por las características y la categoría del hábitat que origina el cariño de los cónyuges.

Fuera de ese ambiente es muy difícil, si no imposible, que un muchacho se desarrolle pertinentemente. Y el centro escolar o el club juvenil, a duras penas colmarán el déficit causado por el vacío de amor de los padres.

Dentro de este contexto, me parecen concluyentes y luminosas las convicciones expresadas por Ugo Borghello: «Cuando se trae a un hijo al mundo, se contrae la obligación de hacerlo feliz. Para lograrlo […] existe sobre todo el deber de hacer feliz al cónyuge, incluso con todos sus defectos. Para ser felices, los hijos necesitan ver felices a sus padres. El hijo no es feliz cuando se lo inunda de caricias o de regalos, sino sólo cuando puede participar en el amor dichoso de los padres. Si la madre está peleada con el padre, aun cuando luego cubra de arrumacos a su hijo, éste experimentará una herida profunda: lo que quiere es participar en la familia, en el amor de los padres entre sí. En consecuencia, engendrar un hijo equivale a comprometerse a hacer feliz al cónyuge».

El derecho esencial de los hijos

Como consecuencia de ese querer recíproco, y apoyados en él, los padres podrán enderezar un afecto profundo y vigoroso hacia cada uno de los hijos. ¿Cuáles han de ser las características de tal amor?

De acuerdo con la ya clásica descripción aristotélica, se ama a una persona cuando se procura y se le ofrenda lo que es realmente bueno para ella. No lo que viene a suplir la falta de auténtica dedicación al ser querido, sino lo que efectivamente lo hace crecer, lo mejora, lo perfecciona. A este amor nuestros hijos tienen un derecho absoluto.

Pero no tienen derecho, porque implicaría una falsificación del genuino cariño, ni al premio desmesurado por las buenas calificaciones, ni a la paga desmedida, ni a la moto o al coche cuando todavía no son responsables en otros ámbitos de su existencia, etcétera.

Porque a lo único que éstos tienen derecho es ¡a nuestra propia persona! O, si se prefiere, a lo más personal de nosotros: a nuestro tiempo, dedicación, interés, a nuestro consejo, a nuestro diálogo, al ejercicio razonado de nuestra autoridad, a la fortaleza para no flaquear cuando —por obligación inderogable— hemos de hacerles sufrir para provocar su maduración, a nuestra intimidad personal, a introducirse efectivamente en nuestras vidas…

Una hija que va creciendo —por ejemplo—, tiene derecho a que su padre le dé a conocer a su madre como mujer, a través de sus ojos de marido enamorado. Lo cual alimentará el cariño y la admiración de la joven por la madre, la confianza entre padre e hija; y también la preparará para su vida de relación con los chicos y su posible futuro como esposa y madre.

De igual forma, desde muy pronto y más conforme pasan los años, los hijos se verán enriquecidos cuando los hagamos partícipes de nuestros problemas personales no sólo en la medida en que estén capacitados para conocerlos, sino cuando sinceramente les pidamos su opinión y consejo.

Esta rigurosa relación interpersonal, en la que, por expresarlo de algún modo, «bajamos la guardia», les es asimismo debida en justicia, por cuanto resulta imprescindible para su crecimiento eficaz.

Todo lo que sea «intercambiar» esa entrega comprometida por regalos o concesiones irresponsables, equivale, en el sentido más fuerte y literal de la expresión, a comprar a nuestros hijos y, como consecuencia, a prostituirlos, tratándolos como cosas y no como personas.

Esto, dicho sea de paso, destruye cualquier ambiente familiar, porque la lógica del «intercambio», del do ut des mercantilista e interesado, es lo más opuesto a la gratuidad del amor que debe imperar en el hogar.

Confiar sin fingimientos

Lo que el cariño hacia los hijos exige es que nos pongamos personalmente en juego, que estemos dispuestos a sufrir para poder amar y cumplir el cometido esencial que por naturaleza nos corresponde.

Son muchísimas las personas que aseguran en la teoría y en la práctica esta ley fundamental: en la actual condición del ser humano, el sufrimiento, el dolor, es un medio imprescindible para purificar nuestro amor.

Tenemos un ejemplo paradigmático en Jesucristo. Baste con añadir estas palabras de Juan Pablo II: «En la intención divina los sufrimientos están destinados a favorecer el crecimiento del amor y, por esto, a ennoblecer y enriquecer la existencia humana. El sufrimiento nunca es enviado por Dios con la finalidad de aplastar, ni disminuir a la persona humana o impedir su desarrollo. Tiene siempre la finalidad de elevar la calidad de su vida, estimulándola a una generosidad mayor».

  arvo.net

Transmitir lo importante en casa

 

En tiempos pasados, la fe estaba íntimamente unida a la vida diaria, de manera que entre ambas no había frontera. Así, pues, la transmisión de las creencias se llevaba a cabo de forma natural a través de la rica vivencia familiar.

El padre Tomás Morales, jesuíta formador de laicos, que estuvo unos años en Badajoz, con su peculiar estilo austero, recoge en su obra “Laicos en Marcha” la siguiente anécdota: “Quirófano de un hospital. Operación peligrosa a una niña de corta edad. El cirujano le dice que empiece a contar. ¿Para qué?, pregunta. Para que te duermas. La niña: Entonces, rezaré como todas las noches. Y lentamente comenzó a decir el Ave María. Días adelante el médico comentaba: Después de muchos años, ante aquel ejemplo, volví a rezar. Y como yo, con lágrimas en los ojos, todos los que me ayudaban”. La anécdota no es sino el compendio de la fe transmitida y vivida en el seno de la familia. La oración fue el Ave María, como pudo ser el “Jesusito de mi vida”.

A simple vista

No hace falta ser muy observador para darse cuenta de que esto ha cambiado. Hace unos años, un compañero me decía que había elegido un prestigioso colegio para sus hijos “porque allí los educan muy bien”. Esta opinión se extendió desafortunadamente durante una época que, creo y deseo, está hoy ampliamente superada. Pero ha dejado huella en muchos padres, y su cicatriz aún muestra algunas tendencias actuales a ceder en otras instituciones la transmisión de lo importante y, peor aún, en dejarse seducir por propuestas “educativas” desquiciantes por parte de la Administración pública.

Si fuéramos conscientes de la radical importancia de lo que llamo “la transmisión de lo importante” me atrevería a decir que en gran medida, agentes formativos tan adecuados, apreciados y, sin duda, imprescindibles hoy, como son los catequistas, no serían necesarios al menos durante la catequesis de iniciación del niño, pues habría sido “transmitida” por la madre, el padre, los hermanos y hasta los abuelos.

“Porque en estas vivencias amasamos ternura” decía Isabel Mairal en una ponencia de “La Familia a Debate”, organizada por la CONCAPA en 1994, Año Internacional de la Familia. La infancia es etapa de aprendizaje a través de la ternura, imprescindible en el ser humano. Pocos sitios indicados para ello como la familia, en donde “aprendemos día a día, a dar y a recibir sin pasarnos factura de las ganancias o las pérdidas… y en donde la autoridad es entendida como servicio”.

Autoridad como servicio

Solo en una sociedad basada en el amor es posible entender la autoridad como servicio. El momento de decir ¡no! a nuestros hijos es duro muchas veces. Pero cuando se dice, hay que mantenerlo… con amor, que es lo que hace funcionar el sistema. “La acción de Dios inunda el alma sin apenas advertirlo, como un susurro… con un movimiento tan suave como el de una fuente tranquila”, decía don Luis Zambrano (Antorcha, 31) de la Providencia divina. La “providencia familiar” ha de ser la base de nuestra educación, un susurro que permite que lo esencial cale en profundidad. ¿Quién sabe cuándo surgirá la semilla sembrada? Lo digo por esos padres y madres en dificultades graves para educar a sus hijos en plena rebeldía adolescente. No tengamos miedo al fracaso. Ese temor es el monstruo latente que bloquea gran parte de nuestras iniciativas. ¿Estoy educando correctamente? ¿Soy demasiado severo? ¿Demasiado blando? A veces los padres no tenemos altura de miras para captar lo que hay más allá de nuestros ojos, en la profundidad del corazón del hijo. Quisiéramos acortar y allanar su camino de lucha, que es camino propio y exclusivo de él y, así, verlo siempre radiante de “felicidad” y apaciguado… y eso no es la realidad.

Aprovechemos el tiempo de verano. Aunque parezca lo contrario, ellos necesitan de nuestra presencia, no de nuestros sermones. Presencia constante y siempre abierta a la respuesta prudente; tal vez al silencio de la escucha paciente. Generalmente nos interpelará en el momento más inoportuno, pero cuando surge, la confidencia del joven es única e irrepetible: tal vez no habrá una segunda oportunidad. Y que conste que lo digo por propia experiencia.

Juan Santiago Garrido Moreno

www.iglesiaencamino.com

La familia escuela de virtudes 3/3