La santidad de los esposos

“La familia es la solución al sida en África”

Occidente parece obsesionado por salvar a África. Hasta la fecha se ha intentado de todo, o al menos eso parece: desde manifestaciones callejeras a cumbres políticas, desde preservativos a conciertos de rock. Pero da la impresión de que siempre se pasa por alto un dato: la compleja situación que atraviesa la familia africana. Desde África, en cambio, las cosas se ven de modo diferente: hay una tendencia creciente a situar a la familia en el centro de todos los esfuerzos para promover el desarrollo y erradicar el flagelo de la pobreza, y las enfermedades.

A mediados de agosto se reunieron en Nairobi (Kenia) personas de diez países africanos, junto con varios americanos y europeos, para celebrar un congreso centrado en fortalecer la vida familiar en el continente. Al final, los participantes anunciaron la creación de un nuevo grupo, “Voice of the Family”, para coordinar futuras iniciativas.

Una de las participantes más destacadas en el congreso fue la keniana Margaret Ogola, pediatra y madre de cinco hijos, uno de ellos adoptado. La doctora Ogola es la fundadora y directora médica de Cottolengo Hospice (Nairobi), centro dedicado a atender a niños huérfanos infectados por el virus del sida. Asimismo, está al frente de la Commission for Health and Family Life de la Iglesia católica en Kenia. Y en su tiempo libre, desarrolla su afición a la literatura: con su primera novela, “The River and the Source”, obtuvo el Jomo Kenyatta Prize of Literature y el Commowealth Writers’ Prize al mejor libro del año. En 2003 publicó su segundo libro, “I Swear by Apollo”.

Con motivo del congreso celebrado en Nairobi, hemos entrevistado a la doctora Ogola acerca de la situación actual de la familia africana y de sus necesidades.

Una “epidemia” llegada de Occidente

— ¿Qué influencia tiene el consumismo occidental en la familia africana?

— El problema tiene raíces profundas y se remonta probablemente a la llegada de las potencias coloniales a África. Los valores familiares tradicionales sufrieron una fuerte sacudida, que los debilitó o aun los hizo desaparecer. A pesar de que los valores cristianos han enriquecido a la familia africana, se los confundió en gran medida con la mentalidad occidental. El resultado es que, en vez de conservar los sólidos valores cristianos, que son tan parecidos a los de la familia africana tradicional, nos encontramos con valores occidentales muy consumistas que chocan de lleno con los de África, donde la familia es la unidad básica de la sociedad y la persona no se entiende al margen de la familia.

Los africanos no tenemos ese enfoque individualista según el cual cada uno va por su cuenta, y la satisfacción personal es el valor supremo. Para nosotros, el valor supremo es la contribución de cada individuo al bien común, esto es, la familia y el clan. Y esto lo hemos perdido, porque para ayudar a la familia y al clan hay que ser menos egoísta, mientras que para obtener todos los artículos de consumo que ofrece Occidente, la gente tiende a sacrificar los valores familiares. A esto se lo denomina “nivel de vida”, pero en lo relativo al desarrollo interior de la persona, con frecuencia el nivel de vida es muy bajo. Aunque parezca que la gente está muy bien desde el punto de vista material, sufre la pérdida de los valores, la fuerza y el capital social que sólo un sólido sistema de familia extensa puede proporcionar a una persona en África.

Un millón de huérfanos

— ¿Cuál es la situación actual de la epidemia del sida en Kenia?

— Probablemente no es tan mala como hace un par de años, pero todavía tenemos un elevado número de enfermos graves. Hay 2 millones de infectados y unos 200.000 necesitan medicación, pero sólo unos 40.000 tienen acceso a los medicamentos que prolongan la vida, los anti-retrovirales. Y esta importante mejora se ha logrado en los tres últimos años, gracias a programas como el Fondo Presidencial de Emergencia, de EE.UU., o el Fondo Mundial contra el Sida y la Malaria.

Al principio la epidemia fue devastadora. Perdimos 2 millones de kenianos, que dejaron 1,2 millones de huérfanos: una segunda crisis para la que tampoco estábamos preparados. Así, ahora nos encontramos con que uno de cada cinco niños no tiene quien le cuide.

No hay que olvidar que en África la seguridad social es la familia extensa. El sida ha diezmado una generación, dejando hogares asolados, donde sólo quedan abuelos y niños pequeños. Tenemos huérfanos en sentido estricto: niños que no tienen absolutamente a nadie. Esto no ocurría antes, porque si el padre fallecía, los tíos y las tías se hacían cargo del niño. Así pues, la familia extensa funcionaba como un verdadero sistema de seguridad social: por eso la epidemia del sida nos ha hecho tanto daño. En toda el África subsahariana hay 13 millones de huérfanos.

— ¿Qué ofrece Cottolengo Hospice a estos niños?

— Tenemos 50 niños, todos infectados de sida y huérfanos o abandonados sin nadie que cuide de ellos. Estas son las condiciones para que los admitamos. Al principio, les acogíamos para que tuviesen un lugar digno y seguro donde morir. Luego, con el descubrimiento de los anti-retrovirales, algunos empezaron a salir adelante; ahora el mayor tiene 18 años y estudia en el instituto. Estos medicamentos han cambiado la situación de forma drástica. Pero, por supuesto, los chicos de Cottolengo son los afortunados; hay 200.000 niños con sida a los que no se les proporciona cuidados de ningún tipo. Por el hecho de ser niños, tienen menos probabilidad de recibir ayuda, ya que muchos responsables consideran que mantener con vida a un niño no vale tanto la pena como en el caso de un adulto.

La asistencia católica

— Según tengo entendido, Cottolengo está patrocinado por la Iglesia católica. ¿Qué otras cosas hace la Iglesia por afrontar la crisis del sida en África?

— Cottolengo es una de las muchas instituciones asistenciales creadas por la Iglesia católica, que en Kenia proporciona alrededor del 40% de la atención sanitaria. En los 410 centros de salud católicos vemos unos diez millones de casos al año –la mitad de ellos por complicaciones del sida–, un número elevado, teniendo en cuenta que la población del país es de 30 millones de habitantes. La Iglesia lleva a cabo todo eso con muy poca ayuda económica, debido a la hostilidad que hay hacia ella por ciertos principios que mantiene. No recibimos nada del gobierno de Kenia y muy poco de donantes privados, que al parecer consideran injustificada y falta de realismo, por ejemplo, nuestra postura sobre los preservativos.

Distribuimos anti-retrovirales gratis en 15 de nuestros hospitales. Llevamos a cabo programas para prevenir la transmisión del virus de la madre al hijo. También tenemos programas formativos para jóvenes, con los que les enseñamos a resistir a la presión para tener relaciones sexuales precoces. Estamos preparando programas de educación en la abstinencia para impartir en nuestras escuelas, pues la Iglesia católica es uno de los mayores proveedores de enseñanza en África, con más de 5.000 escuelas. A ello hay que añadir la labor de formación que hacemos tanto con profesionales de la salud como con profesores. Por último, hemos puesto en marcha programas destinados a jóvenes que quieren aprender a transmitir valores positivos a sus compañeros.

Hay otra área en la que todavía podemos hacer más; me refiero a la situación de la mujer africana. El sida empezó como una epidemia masculina, pero ahora el 53% de los infectados son mujeres y chicas adolescentes de 15 a 25 años, y su riesgo de infección es tres veces más alto que el de sus parejas masculinas. Un problema añadido es que estas jóvenes están en edad fértil, con lo cual es probable que sus hijos nazcan infectados por el virus.

Las razones principales de las malas condiciones en las que vive la mujer africana son la pobreza y su situación de desventaja. Por eso, los programas de prevención del sida deberían situar a las mujeres en el centro, no sólo para ayudarles a decir “no”, sino también para ofrecerles alternativas. Esto supone prestar más atención a la pobreza que sufre nuestro país, donde más del 57% de la población vive con menos de un dólar al día. La mayoría de los pobres son mujeres, y en concreto mujeres jóvenes, porque socialmente no se las considera iguales a los hombres; por tanto, tienen un menor acceso a la educación y a cualquier otro recurso. Su situación debe ser afrontada de una manera integral, de forma que no sólo se fomentan los valores familiares sino que también se les brinde oportunidades para salir adelante sin recurrir al comercio sexual, en el que caen tantas chicas jóvenes por pura pobreza.

Preservativos no, gracias

— ¿La familia es la solución para el sida en África?

— ¡En África, la familia es la solución para todo! Todos nuestros esfuerzos y estrategias para controlar la epidemia del sida pasan por recuperar los valores familiares y la capacidad de cada familia para salir adelante, viviendo todos juntos de manera civilizada y sin que ninguno se vea tentado a traer el virus al seno de la familia.

Es un reto muy fuerte, porque nadie se imaginaba que en un periodo tan corto de tiempo –apenas 20 años– perderíamos a 2 millones de chicos y chicas jóvenes, con los que contábamos para trabajar. Nunca derrotaremos al virus del sida hasta que no hagamos ver a nuestros jóvenes que lo más hermoso que tienen es su familia. Antes, el deber principal del joven africano que salía de la familia era formar la suya y defenderla. Debemos recuperar este valor de nuevo.

Además, la idea de la separación y el divorcio era extraña para nosotros, porque una vez celebrado el matrimonio era impensable que se pudiera deshacer. A pesar de que existía la poligamia, ni la ruptura familiar ni la frivolidad con que se trata ahora el vínculo matrimonial eran tradiciones africanas. El matrimonio era el bien más alto para la familia y el clan. Las familias presentaban a los jóvenes al matrimonio y tenían interés en ayudarles a permanecer juntos. Este es otro valor que tenemos que recuperar.

— ¿Qué necesita hoy del resto del mundo la familia africana?

— ¡No queremos más preservativos! Lo que necesitamos ha quedado claramente fijado en los Objetivos del Milenio adoptados por la ONU; y lo primero que figura en esa lista es erradicar la pobreza. Si reducimos la pobreza, el sida disminuye de manera exponencial, porque el sida es una enfermedad favorecida por la pobreza. La pobreza no causa el sida, pero lo empeora y crea las condiciones para que se extienda. Los pobres están más expuestos al virus que el resto de la gente: por eso debemos atajar la pobreza –especialmente entre las mujeres– y elaborar leyes que hagan posible llevar una vida honrada y razonable. Tengo muy claro que la lucha contra la pobreza es el objetivo prioritario.

Sin duda, se trata de un asunto económico complejo porque hay muchos factores que contribuyen a empobrecer a los agricultores africanos. No pueden competir en igualdad de condiciones con los agricultores occidentales, que cuentan con fuertes subsidios. La sabiduría popular lo ha reflejado en un dicho lleno de realismo: “Es mejor ser una vaca en Europa que un agricultor en África”.

Creo que Occidente tiene que tomarse en serio los Objetivos del Milenio y ayudar a África a conseguirlos. Además de la pobreza, hay objetivos que se refieren a la salud, como reducir la mortalidad materna, las enfermedades como la malaria y la mortalidad infantil.

Esperanza para África

— Su vida debe de ser muy intensa, con un trabajo de tanta responsabilidad al que hay que sumar el Cottolengo Hospice, las conferencias, y la dedicación a su marido y a sus cuatro hijos. ¿De dónde saca tiempo para escribir?

— Bueno, en realidad, tenemos cinco hijos. Mi marido y yo adoptamos una niña, y ahora estamos a punto de adoptar a otros dos huérfanos de mi familia extensa. Con la muerte de tres primos míos y de sus mujeres, nos hemos tenido que repartir diez huérfanos entre los demás parientes. Así que pronto tendremos seis niños en casa (no cuento a una hija que estudia en Sudáfrica). ¡Como ve, sigo criando niños a mi edad! Y esta es la historia de tantos en Kenia: cuidar a huérfanos porque no tienen a nadie a quien acudir.

Trabajo parte de la jornada en el Cottolengo Hospice para que no se oxiden mis conocimientos clínicos. Lo que más tiempo me lleva es dirigir los servicios sanitarios promovidos por la Iglesia católica en Kenia.

Respecto a los libros, para mí escribir es una forma de descansar. Y como duermo poco, acostumbro a escribir por la noche mientras los demás están en la cama. De todos modos, cuando escribí “The River and the Source” mis hijos eran más jóvenes y yo tenía más tiempo.

No tengo formación de escritora. Sólo cursé literatura hasta cuarto grado, pero en mi familia siempre ha existido la tradición de contar historias. Creo que la heredé de mi madre. The River and the Source es un mosaico de algunas historias que le ocurrieron a mi madre cuando era niña, y que no son muy distintas de la historia de cualquier mujer africana. Quizá por eso hubo tanta gente que se identificó con el libro, convirtiéndolo en un éxito literario. Ni el editor ni yo nos hemos repuesto todavía del susto. Después he escrito un par de libros más, pero no han funcionado tan bien.

— ¿Tiene esperanzas en que África y sus familias logren superar sus grandes problemas?

— Sí, tengo esperanza. En los últimos años ha habido muchos cambios. El mundo se ha hecho consciente de las necesidades de África. Hay buena voluntad, y empieza a llegar dinero no solo para repartir condones, sino para lo que verdaderamente hace falta: atención médica, alimentos y ropa para niños… Con la aportación de todos, sin duda el ingenio humano puede vencer el virus.

Autor: FAMILIAE Psicoterapia- Fecha: 2007-11-05

¿VALE LA PENA CASARSE?

Bastantes jóvenes aseguran hoy que no ven razón alguna para contraer matrimonio. Se quieren, y en ello encuentran una justificación sobrada para vivir juntos. Estimo que están equivocados, pero los comprendo perfectamente.

Por Tomás Melendo (*)

Y es que las leyes y los usos sociales han arrebatado al matrimonio todo su sentido: a) la admisión del divorcio elimina la seguridad de que se luchará por mantener el vínculo; b) la aceptación social de «devaneos» extramatrimoniales suprime la exigencia de fidelidad; y c) la difusión de contraceptivos desprovee de relevancia y valor a los hijos.

¿Qué queda, entonces, de la grandeza de la unión conyugal?, ¿qué de la arriesgada aventura que siempre ha sido?, ¿con qué objeto «pasar por la iglesia o por el juzgado»? Vistas así las cosas, a quienes sostienen la absoluta primacía del amor habría que comenzar por darles la razón… para después hacerles ver algo de capital importancia: que es imposible quererse bien, a fondo, sin estar casados.

Hacerse capaz de amar

Aunque pueda suscitar cierto estupor, lo que acabo de sostener no es nada extraño. En todos los ámbitos de la vida humana hay que aprender y capacitarse. ¿Por qué no en el del amor, que es a la par la más gratificante y difícil de nuestras actividades? Jacinto Benavente afirmaba que «el amor tiene que ir a la escuela». Y es cierto. Para poder querer de veras hay que ejercitarse, igual que, por ejemplo, hay que templar los músculos para ser un buen atleta.

Pues bien, la boda capacita para amar de una manera real y efectiva. Nuestra cultura no acaba de entender el matrimonio: lo contempla como una ceremonia, un contrato, un compromiso… Algo que, sin ser falso, resulta demasiado pobre. En su esencia más íntima, la boda constituye una expresión exquisita de libertad y amor. El sí es un acto profundísimo, inigualable, por el que dos personas se entregan plenamente y deciden amarse de por vida. Es amor de amores: amor sublime que me permite «amar bien», como decían nuestros clásicos: fortalece mi voluntad y la habilita para querer a otro nivel; sitúa el amor recíproco en una esfera más alta. Por eso, si no me caso, si excluyo ese acto de donación total, estaré imposibilitado para querer de veras a mi cónyuge: como quien no se entrena o no aprende un idioma resulta incapaz de hablarlo.

A su joven esposa, que le había escrito: «¿Me olvidarás a mí, que soy una provincianita, entre tus princesas y embajadoras?», Bismark le respondió: «¿Olvidas que te he desposado para amarte?». Estas palabras encierran una intuición profunda: el «para amarte» no indica una simple decisión de futuro, incluso inamovible; equivale, en fin de cuentas, a «para poderte amar» con un querer auténtico, supremo, definitivo.

Casarse o «convivir»

No se trata de teorías. Cuanto acabo de exponer tiene claras manifestaciones en el ámbito psicológico. El ser humano sólo es feliz cuando se empeña en algo grande, que efectivamente compense el esfuerzo. Y lo más impresionante que un varón o una mujer pueden hacer es amar. Vale la pena dedicar toda la vida a amar cada vez mejor y más intensamente. En realidad, es lo único que merece nuestra dedicación: todo lo demás, todo, debería ser tan sólo un medio para conseguirlo.

Pues bien, cuando me caso establezco las condiciones para consagrarme sin reservas a la tarea de amar. Por el contrario, si simplemente vivimos juntos, y aunque no sea consciente de ello, todo el esfuerzo tendré que dirigirlo, a «defender las posiciones» alcanzadas, a no «perder lo ganado».

Todo, entonces, se torna inseguro: la relación puede romperse en cualquier momento. No tengo certeza de que el otro se va a esforzar seriamente en quererme y superar los roces y conflictos del trato cotidiano: ¿por qué habría de hacerlo yo? No puedo bajar la guardia, mostrarme de verdad como soy… no sea que mi pareja advierta defectos «insufribles» y decida no seguir adelante. Ante las dificultades que por fuerza han de surgir, la tentación de abandonar la empresa se presenta muy cercana, puesto que nada impide esa deserción…

En resumen, la simple convivencia sin entrega definitiva crea un clima en el que la finalidad fundamental y entusiasmante del matrimonio —hacer crecer y madurar el amor y, con él, la felicidad— se ve muy comprometida.

¿Amor o «papeles»?

Todo lo cual parece avalar la afirmación de que «lo importante» es quererse. Me parece correcto. El amor es efectivamente lo importante. No hay que tener miedo a esta idea. Pero ya he explicado que no puede haber amor cabal sin donación mutua y exclusiva, sin casarse. Los papeles, el reconocimiento social, no son de ningún modo lo importante… pero, en cuanto confirmación externa de la mutua entrega, resultan imprescindibles.

¿Por qué?

Desde el punto de vista social, porque mi matrimonio tiene repercusiones civiles claras: la familia es -¡debería ser!- la clave del ordenamiento jurídico y el fundamento de la salud de una sociedad: es indispensable, por tanto, que se sepa que otra persona y yo hemos decidido cambiar de estado y constituir una familia.

Pero, sobre todo, la dimensión pública del matrimonio -ceremonia religiosa y civil, fiesta con familiares y amigos, participaciones del acontecimiento, anuncio en los medios si es el caso, etc.- deriva de la enorme relevancia que lo que están llevando a cabo tiene para los cónyuges. Si eso va a cambiar radicalmente mi vida para mejor, si me va a permitir algo que es una auténtica y maravillosa aventura… me gustará que quede constancia: igual que anuncio con bombo y platillo las restantes buenas noticias. Igual, no. Mucho más, porque no hay nada comparable a casarse: me pone en una situación inigualable para crecer interiormente, para ser mejor persona y alcanzar así la felicidad. ¿Cómo no pregonar, entonces, mi alegría?

¿Anticipar el futuro?

Es verdad que, a la vista de lo expuesto, bastantes se preguntan: ¿cómo puedo yo comprometerme a algo para toda la vida, si no sé lo que ésta me deparará?, ¿cómo puedo estar seguro de que elijo bien a mi pareja?

A todos ellos les diría, antes que nada, que para eso esta el noviazgo: un período imprescindible, que ofrece la oportunidad de conocerse mutuamente y empezar a entrever cómo se desarrollará la vida en común.

Después, si soy como debo ya sé bastante de lo que pasará cuando me case: sé, en concreto, que voy a poner toda la carne en el asador para querer a la otra persona y procurar que sea muy feliz. Y si ese propósito es serio, será compartido por el futuro cónyuge: el amor llama al amor. Podemos, por tanto, tener la certeza de que vamos a intentarlo por todos los medios. Y entonces es muy difícil que el matrimonio fracase.

Observar y reflexionar

Ciertamente, esa decisión radical de entrega no basta para dar un paso de tanta trascendencia. Hay que considerar también algunos rasgos del futuro cónyuge. Por ejemplo, si «me veo» viviendo durante el resto de mis días con aquella persona; también, y antes, cómo actúa en su trabajo, trata a su familia, a sus amigos; si sabe controlar sus impulsos sexuales (porque, de lo contrario, nadie me asegura que será capaz de hacerlo cuando estemos casados y se encapriche con otro u otra); si me gustaría que mis hijos se parecieran a él o a ella… porque de hecho, lo quiera o no, se van a parecer; si sabe estar más pendiente de mi bien (y del suyo) que de sus antojos…

En definitiva, atender más a lo que es; después, a lo que efectivamente hace, a cómo se comporta; y en tercer lugar, a lo que dice o promete, que sólo tendrá valor cuando concuerde con su conducta.

Relaciones anti-matrimoniales

Y aquí suele plantearse una de las cuestiones más decisivas y sobre las que impera una mayor confusión. La necesidad de conocerse, de saber si uno y otra congenian, ¿no aconseja vivir un tiempo juntos, con todo lo que esto implica?

Se trata de un asunto muy estudiado y sobre el que cada vez se va arrojando una luz más clara. Un buen resumen del status quaestionis sería el que sigue: está estadísticamente comprobado que la convivencia a que acabo de aludir nunca -nunca!- produce efectos beneficiosos. Por ejemplo: a) los divorcios son mucho más frecuentes entre quienes han convivido antes de contraer matrimonio; b) las actitudes de los jóvenes que empiezan a tener trato íntimo empeoran notablemente y a ojos vista… desde ese mismo momento: se tornan más posesivos, más celosos y controladores, más desconfiados e irritables…

La causa, aunque profunda, no es difícil de intuir. El cuerpo humano es, en el sentido más hondo de la palabra, personal; y quizá muy especialmente sus dimensiones sexuales. En consecuencia, la sexualidad sólo sabe hablar un idioma: el de la entrega plena y definitiva.

Mas en las circunstancias que estamos considerando esa total disponibilidad resulta contradicha por el corazón y la cabeza, que, con mayor o menor conciencia, la rechazan, al evitar un compromiso de por vida. Surge así un ruptura interior en cada uno de los novios, que se manifiesta psíquicamente por un obsesivo y angustioso afán de seguridad, cortejado de recelos, temores, suspicacias… que acaban por envenenar la vida en común.

De ahí que a este tipo de relaciones, en contra del uso habitual, prefiera llamarlas «anti-matrimoniales».

Para conocerse de veras

Por otro lado, resulta ingenua la pretensión de decidir la viabilidad de un matrimonio por la «capacidad sexual» de sus componentes: ¡como si toda una vida en común dependiera o pudiera sustentarse en unos actos que, en condiciones normales, suman unos pocos minutos a la semana!

Pero es que la mejor manera de conocer a nuestro futuro cónyuge en ese ámbito consiste, como antes sugería, en observarlo en los demás aspectos de su vida, y tal vez principalmente en los no se relacionan directamente con nosotros: reflexionar sobre el modo cómo se comporta en su familia, en el trabajo o estudio, con sus amigos o conocidos. Si en esas circunstancias es generoso, afable, paciente, servicial, tierno, desprendido…, puede asegurarse, sin temor al engaño, que a la larga esa será su actitud en las relaciones íntimas. Mientras que la «comprobación directa», e incluso la forma de tratarnos, por responder a una situación claramente «excepcional» -el noviazgo- no sólo no proporciona datos fiables sobre su vida futura, sino que en muchos casos más bien los enmascara.

¿Probar a las personas?

Pero se puede ir más al fondo: no es serio ni honrado «probar» a las personas, como si se tratara de caballos, de coches o de ordenadores. A las personas se las respeta, se las venera, se las ama; por ellas arriesga uno la vida, «se juega -como decía Marañón- a cara o cruz, el porvenir del propio corazón».

Además, la desconfianza que implica el ponerlas a prueba no sólo crea un permanente estado de tensión difícil de soportar, sino que se opone frontalmente al amor incondicionado que está en la base de cualquier buen matrimonio.

A lo que cabe añadir otro motivo, todavía más determinante: no se puede (es materialmente imposible, aunque parezca lo contrario) hacer esa prueba, porque la boda cambia muy profundamente a los novios; no sólo desde el punto de vista psicológico, al que ya me he referido, sino en su mismo ser: los modifica hondamente, los transforma en esposos, les permite amar de veras: ¡antes no es posible hacerlo!, como ya apunté.

Pero esta es una cuestión de tanta trascendencia que quizá merezca, íntegro, un nuevo escrito.

(*) Tomás Melendo

Catedrático de Metafísica (Filosofía)

Universidad de Málaga

e-mail: tmelendo@eresmas.net

Colaborador de Arvo.

Este artículo ha sido publicado en ESCRITOS ARVO.

El matrimonio

La definición del consentimiento matrimonial (Primera entrega de “El bien de los cónyuges”)

 

Comenzamos a publicar hoy un artículo titulado “El bonum coniugum objeto del consentimiento matrimonial” que publiqué hace años en lengua italiana en la revista Ius Ecclesiae, 6 (1994), pp. 117-158. Aunque la bibliografía habrá quedado con toda seguridad anticuada, el tema puede seguir siendo de actualidad para los que no son especialistas en la materia y me parece que las posiciones doctrinales no han cambiado sustancialmente.

Primera parte. El objeto del consentimiento matrimonial: status quaestionis.

1. La definición del consentimiento matrimonial.

Tanto el Código de derecho canónico (a partir de ahora CIC) en el canon 1057, 2, como el Código de las Iglesias orientales en el canon 817, 1, usan una fórmula idéntica(1) al definir el consentimiento matrimonial: “El consentimiento matrimonial es el acto de voluntad por el cual el varón y la mujer se entregan y aceptan mutuamente en alianza irrevocable para constituir el matrimonio”. Podemos afirmar por tanto que nos encontramos ante una definición del consentimiento matrimonial particularmente consolidada, precisamente por que tiene un alcance universal al haber sido aceptada por los dos Códigos de derecho canónico vigentes en la Iglesia. Por otra parte, dicha definición adquiere un valor especial desde el momento que se inspira en el texto conciliar: “Así, del acto humano, por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente, nace, aun ante la sociedad, una institución confirmada por la ley divina. Este vínculo sagrado, en atención al bien, tanto de los esposos y de la prole como de la sociedad, no depende de la decisión humana” (Gaudium et spes, 48).

Son muy conocidas las diferencias entre esta fórmula – sese mutuo tradunt et accipiunt, se dan y se reciben mutuamente- y la usada por el legislador del Código piobenedictino (c. 1081 CIC 1917), que empleaba una expresión iuscorporalista: (ius in corpus perpetuum et exclusivum, derecho sobre el cuerpo, perpetuo y exclusivo). Hoy todos los canonistas concuerdan en admitir sin lugar a dudas que tanto el Concilio como los citados cánones de los códigos vigentes han tomado una posición de tipo personalista (2) o por lo menos no iuscorporalista.

Pero si quisieramos hacer una comparación más precisa entre el texto conciliar y la fórmula usada por los vigentes Códigos de derecho canónico, deberíamos admitir que existe una sutil diferencia, sobre la cual queremos dirigir la atención del lector. En efecto, en los citados cánones no se dice únicamente que “coniuges mutuo sese tradunt et accipiunt”, sino que se añade también que dicho acto de voluntad – es decir, el consentimiento- debe dirigirse hacia la constitución del matrimonio mismo. Los esposos por lo tanto deben quererse recíprocamente el uno al otro, pero -y aquí está la diferencia respecto al texto conciliar- “ad constituendum matrimonium”, para constituir el matrimonio.

El objetivo principal de este estudio consiste en exponer tanto el significado como el alcance de esta expresión que los cánones añaden al texto conciliar. Porque según cuál sea la interpretación que se atribuya a la locución ad constituendum matrimonium el contenido y el valor de los cánones 1057 CIC y 817 CCEO difieren en modo esencial. Por el momento nos limitaremos a exponer un resumen de las dos principales posiciones doctrinales. Comenzaremos haciendo una breve referencia a los autores que han subrayado la importancia de la expresión “ad constituendum matrimonium” para ocuparnos más tarde de aquellos que prefieren poner el acento sobre el hecho de que el Concilio habla antes que nada de la mutua donación de las personas.

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(1) Se trata de un dato particularmente relevante, porque no se ha conseguido llegar a un acuerdo en cuanto se refiere a la función que debe cumplir el consentimiento en el interior del sistema matrimonial. El parágrafo segundo del canon 817 oriental dice solamente que “consensus matrimonialis nulla humana potestate suppleri potest”.

(2) Sobre el contenido y alcance del término personalismo deberemos volver más adelante. De momento será suficiente con decir que el personalismo por todos aceptado es de contenido más amplio que el del iuscorporali

http://familiaenconstruccion.blogspot.com/2008/05/la-definicin-del-consentimiento.html

El matrimonio: por Martín Valverde

El libro del matrimonio. Esa misteriosa unión

El libro del matrimonio. Esa misteriosa unión

Autor: José Pedro Manglano

Planeta. Barcelona (2010). 416 págs. 19 €.

Firmado por Juan Meseguer Velasco en Aceprensa

Fecha: 19 Mayo 2010

Durante los últimos años, han proliferado los libros con consejos prácticos para vivir un matrimonio con éxito, que sirven y gustan a mucha gente. Pero los recetarios –por muy probados que estén– también tienen su riesgo: el de encerrar algo tan complejo y personal como es una relación amorosa en una casuística agotadora.

En El libro del matrimonio, el filósofo y teólogo José Pedro Manglano ha optado por un enfoque distinto: “Esa seguridad de lo que se puede y no se puede hacer, de la respuesta aprendida de memoria, ¿no es posible que en muchos casos esculpa vidas resignadas, en lugar de espíritus libres y conscientes, capaces de contagiar y crear una nueva cultura?”.

La pregunta que plantea Manglano es un disparo en la línea de flotación de una de las sospechas más extendidas de nuestra época: ¿son compatibles el matrimonio y la libertad?; ¿es bueno el matrimonio para mí o tan sólo un mal menor por el que pierdo libertad a cambio de otras compensaciones?

Creo que éste es uno de los grandes aciertos del libro. En un momento en el que la cultura actual se está preguntando “¿para qué casarse?”, no basta con ofrecer un puñado de ideas manidas. Es preciso ponerse en la piel del otro y tratar de averiguar por qué el matrimonio sigue pareciendo a tantos (casados o no) una estrecha “cárcel del amor”.

El autor ya se había planteado el dilema entre libertad y matrimonio en dos libros anteriores: Construir el amor y El amor y otras idioteces. Pero en este nuevo libro ha hecho hincapié en una perspectiva novedosa: entender el matrimonio –sobre todo, el matrimonio cristiano– como un misterio capaz de modelar vidas genuinamente libres.

Este enfoque le lleva a indagar cómo eran las cosas en el origen, conectando así con la sugerente teología del cuerpo desarrollada por Juan Pablo II. De hecho, Adán y Eva son uno de los matrimonios protagonistas de la primera parte del libro, junto a Saint-Exúpery y Consuelo, Balduino y Fabiola o Eloísa y Abelardo.

Tras realizar este esfuerzo de comprensión –“saber actuar exige previamente saber pensar”–, entonces sí, Manglano aterriza en el terreno concreto de la vida matrimonial con diagnósticos y terapias sugerentes. Otro acierto del libro es el estudio histórico de las bodas, del que el autor se sirve para discernir los aspectos esenciales del matrimonio de los que no lo son.

El lugar donde amo

 

Posted on Abril 15th, 2010 in Familias Cristianas by Ramon Acosta Peso – Master CC Matrimonio y Familia – 3 hijas

LA SOMBRA: La dificultad de amar y ser esposos La crisis de la fidelidad.

Son muchas las heridas que dejan las tragedias familiares. Asistimos a un dramático incremento de los divorcios, de la violencia en las relaciones humanas, de la debilidad y del miedo al compromiso.

Uno de los motivos principales de la crisis actual de la comprensión del matrimonio como entrega, reside en el olvido en muchos cristianos de la vocación bautismal, y de aquí procede el hecho de no entender el matrimonio como un auténtico camino de santidad. Desgajado del bautismo como elección primera y radical de Dios, todo se centra en la elección humana que pasa a considerarse la medida del matrimonio. Según esta concepción, el matrimonio sería una institución simplemente “natural”, en todo caso, ajena a lo genuinamente cristiano. Es como si se hubiera querido bendecir el matrimonio “desde fuera” como si necesitara un permiso divino para ser aceptable.

Es un caso paradigmático de la separación entre fe y vida que afecta a tantos cristianos con efectos desastrosos para la fe (VS, 88).

Fijémonos en un aspecto concreto de esta dificultad de amar:

La crisis de la fidelidad. Esta crisis se presenta como la incapacidad de dar continuidad en el tiempo a lo que implicó en su vida el acontecimiento gozoso del afecto; cada vez es más raro encontrar un amor capaz de durar en el tiempo, de construirse un hogar y una morada habitable. Aquí tiene cabida la llamada interpretación romántica del amor, cuya verdad propia se mide exclusivamente por su intensidad, lo que interesa es el estado afectivo del momento, perdiendo su valor en cuanto promesa de una comunión. Se pone el acento en el propio estado de ánimo y no en la construcción de una vida.

Esta crisis de la fidelidad es la conclusión lógica de un individualismo, donde predomina el egoísmo, el “yo” y el “yo”, en el que la persona es incapaz de encontrarse y de darse al otro; es por eso una crisis del amor.

LA LUZ: Ser esposo: encontrar de nuevo la capacidad del don de sí.

Todos podemos reconocer en nuestra misma experiencia las conocidas palabras de Juan Pablo II al referirse que nadie puede vivir sin amor. Nuestros jóvenes sólo llegarán a comprender lo que son y a descubrir un sentido para su vida cuando se les revele el amor, cuando se encuentren con él, cuando lo experimenten y lo hagan propio, cuando participen en él vivamente.

Pero centrémonos ahora no en el amor recibido que hemos analizado antes, sino en el amor que se entrega: Ser esposos.

Hay algo más que me constituye que el ser hijo, la identidad humana no se agota en este primer hecho. El sentido de mi propia identidad me proyecta a una plenitud que no sólo recibo, sino que también construyo. La plenitud de la propia vida no se descubre verdaderamente sino en un don de sí, en una entrega personal.

“El hombre que es la única criatura en la tierra que Dios ha querido por sí misma, no puede encontrarse plenamente a sí mismo, sino en el sincero don de sí” (Gaudium es spes, 24).

Hemos de ir ofreciéndoles las “herramientas” necesarias para que vayan construyendo y alcanzando su propia plenitud en la unidad de dos. En esta “unidad de los dos”, los esposos estamos llamados desde el principio no sólo a existir “uno al lado del otro”, o simplemente “juntos”, sino que lo somos a crear una comunión de personas llegando a ser una sola carne. Aquel amor recibido ahora quiere ser entregado mediante el “ser para”, en el sentido de la entrega y no sólo de la elección de un proyecto.

Para toda la vida. El sueño de Morfeo

El valor de la fidelidad

 

D. Alfonso López Quintás, catedrático emérito de filosofía en la Universidad Complutense (Madrid) y miembro de la Real Academia Española de Ciencias Morales y Políticas, ha resaltado en varias de sus obras el carácter creativo de la fidelidad. Queremos rogarle que clarifique un poco la idea de fidelidad, que juega un papel decisivo en nuestra vida de interrelación.

-¿Es la fidelidad actualmente un valor en crisis? ¿A qué se debe el declive actual de la actitud fiel?

-A juzgar por el número de separaciones matrimoniales que se producen, la fidelidad conyugal es un valor que se halla actualmente cuestionado. Entre las múltiples causas de tal fenómeno, deben subrayarse diversos malentendidos y

Se confunde, a menudo, la fidelidad y el aguante. Aguantar significa resistir el peso de una carga, y es condición propia de muros y columnas. La fidelidad supone algo mucho más elevado: crear en cada momento de la vida lo que uno, un día, prometió crear. Para cumplir la promesa de crear un hogar con una persona, se requiere soberanía de espíritu, capacidad de ser fiel a lo prometido aunque cambien las circunstancias y los sentimientos que uno pueda tener en una situación determinada. Para una persona fiel, lo importante no es cambiar, sino realizar en la vida el ideal de la unidad en virtud del cual decidió casarse con una persona. Pero hoy se glorifica el cambio, término que adquirió últimamente condición de “talismán”: parece albergar tal riqueza que nadie osa ponerlo en tela de juicio. Frente a esta glorificación del cambio, debemos grabar a fuego en la mente que la fidelidad es una actitud creativa y presenta, por ello, una alta excelencia.

Si uno adopta una actitud hedonista y vive para acumular sensaciones placenteras, debe cambiar incesantemente para mantener cierto nivel de excitación, ya que la sensibilidad se embota gradualmente.

Esta actitud lleva a confundir el amor personal -que pide de por sí estabilidad y firmeza- con la mera pasión, que presenta una condición efímera.

De ahí el temor a comprometerse de por vida, pues tal compromiso impide el cambio. Se olvida que, al hablar de un matrimonio indisoluble, se alude ante todo a la calidad de la unión. El matrimonio que es auténtico perdura por su interna calidad y valor. La fidelidad es nutrida por el amor a lo valioso, a la riqueza interna de la unidad conyugal. Obligarse a dicho valor significa renunciar en parte a la libertad de maniobra -libertad de decisión arbitraria- a fin de promover la auténtica libertad humana, que es la libertad para ser creativo. La psicóloga norteamericana Maggie Gallagher indica, en su libro Enemies of Eros, que millones de jóvenes compatriotas rehuyen casarse por pensar que no hay garantía alguna de que el amor perdure. Dentro de los reducidos límites de seguridad que admite la vida humana, podemos decir que el amor tiene altas probabilidades de perdurar si presenta la debida calidad. El buen paño perdura. El amor que no se reduce a mera pasión o mera apetencia, antes implica la fundación constante de un auténtico estado de encuentro, supera, en buena medida, los riesgos de ruptura provocados por los vaivenes del sentimiento.

-Si la fidelidad se halla por encima del afán hedonista de acumular gratificaciones, ¿qué secreto impulso nos lleva a ser fieles?

-La fidelidad, bien entendida, brota del amor a lo valioso, lo que se hace valer por su interna riqueza y se nos aparece como fiable, como algo en lo que tenemos fe y a lo que nos podemos confiar. Recordemos que las palabras fiable, fe, confiar en alguien, confiarse a alguien… están emparentadas entre sí, por derivarse de una misma raíz latina: fid. El que descubre el elevado valor del amor conyugal, visto en toda su riqueza, cobra confianza en él, adivina que puede apostar fuerte por él, poner la vida a esa carta y prometer a otra persona crear una vida de hogar. Prometer llevar a cabo este tipo de actividad es una acción tan excelsa que parece en principio insensata. Prometo hoy para cumplir en días y años sucesivos, incluso cuando mis sentimientos sean distintos de los que hoy me inspiran tal promesa. Prometer crear un hogar en todas las circunstancias, favorables o adversas, implica elevación de espíritu, capacidad de asumir las riendas de la propia vida y estar dispuestos a regirla no por sentimientos cambiantes sino por el valor de la unidad, que consideramos supremo en nuestra vida y ejerce para nosotros la función de ideal.

-Según lo dicho, no parece tener sentido confundir la fidelidad con la intransigencia…

-Ciertamente. El que es fiel a una promesa no debe ser considerado como terco, sino como tenaz, es decir, perseverante en la vinculación a lo valioso, lo que nos ofrece posibilidades para vivir plenamente, creando relaciones relevantes. Ser fiel no significa sólo mantener una relación a lo largo del tiempo, pues no es únicamente cuestión de tiempo sino de calidad. Lo decisivo en la fidelidad no es conseguir que un amor se alargue indefinidamente, sino que sea auténtico merced a su valor interno.

Por eso la actitud de fidelidad se nutre de la admiración ante lo valioso. El que malentiende el amor conyugal, que es generoso y oblativo, y lo confunde con una atracción interesada no recibe la fuerza que nos otorga lo valioso y no es capaz de mantenerse por encima de las oscilaciones y avatares del sentimiento. Será esclavo de los apetitos que lo acucian en cada momento. No tendrá la libertad interior necesaria para ser auténticamente fiel, es decir, creativo, capaz de cumplir la promesa de crear en todo instante una relación estable de encuentro.

Así entendida, la fidelidad nos otorga identidad personal, energía interior, autoestima, dignidad, honorabilidad, armonía y, por tanto, belleza. Recordemos la indefinible belleza de la historia bíblica de Ruth, la moabita, que dice estas bellísimas palabras a Noemí, la madre de su marido difunto: “No insistas en que te deje y me vuelva. A dónde tú vayas, iré yo; donde tú vivas, viviré yo; tu pueblo es el mío, tu Dios es mi Dios; donde tú mueras, allí moriré y allí me enterrarán. Sólo la muerte podrá separarnos, y, si no, que el Señor me castigue”.

-En Iberoamérica y en España parece concederse todavía bastante importancia a la fidelidad conyugal. ¿Cómo se conjuga esto con la crisis del valor de la fidelidad?

-En estos países todavía se conserva en alguna medida la concepción del matrimonio como un tipo de unidad valiosa que debe crearse incesantemente entre los cónyuges. De ahí el sentimiento de frustración que produce la deslealtad de uno de ellos. Esto no impide que muchas personas se dejen arrastrar por el prestigio del término cambio, utilizado profusamente de forma manipuladora en el momento actual.-¿Puede decirse que lo que está en crisis actualmente son las instituciones a las que se debiera tener fidelidad? -Exige menos esfuerzo entender el matrimonio como una forma de unión que podemos disolver en un momento determinado que como un modo de unidad que merece un respeto incondicional por parte de los mismos que han contribuido a crearla. Este tipo de realidades pertenecen a un nivel de realidad muy superior al de los objetos. Hoy día vivimos en una sociedad utilitarista, afanosa de dominar y poseer, y tendemos a pensar que podemos disponer arbitrariamente de todos los seres que tratamos, como si fueran meros objetos. Esta actitud nos impide dar a los distintos aspectos de nuestra vida el valor que les corresponde. Nos hallamos ante un proceso de empobrecimiento alarmante de nuestra existencia.

Por eso urge realizar una labor de análisis serio de los modos de realidad que, debido a su alto rango, no deben ser objeto de posesión y dominio sino de participación, que es una actividad creadora. Participar en el reparto de una tarta podemos hacerlo con una actitud pasiva. Estamos en el nivel 1 de conducta. Participar en la interpretación de una obra musical compromete nuestra capacidad creativa. Este compromiso activo se da en el nivel 2. Para ser fieles a una persona o a una institución, debemos participar activamente en su vida, crear con ella una relación fecunda de encuentro -nivel 2-. Esta participación nos permite descubrir su riqueza interior y comprender, así, que nuestra vida se enriquece cuando nos encontramos con tales realidades y se empobrece cuando queremos dominarlas y servirnos de ellas, rebajándolas a condición de medios para un fin.

-Al analizar la cuestión de la fidelidad, volvemos a advertir que la corrupción de la sociedad suele comenzar por la corrupción de la mente…

-Sin duda. Es muy conveniente leer la Historia entre líneas y descubrir que el deseo de dominar a los pueblos suele llevar a no pocos dirigentes sociales a adueñarse de las mentes a través de los recursos tácticos de la manipulación. Si queremos ser libres y vivir con la debida dignidad, debemos clarificar a fondo los conceptos, aprender a pensar con rigor, conocer de cerca los valores y descubrir cuál de ellos ocupa el lugar supremo y constituye el ideal auténtico de nuestra vida.

María Ángeles Almacellas,

Doctora en Filosofía. Universidad Complutense de Madrid