El próximo Encuentro Mundial de las Familias, dentro de dos años en Milán
27-09-2010
Esta mañana antes de mediodía, en la Sala de Prensa de la Santa Sede, ha tenido lugar la conferencia de presentación de la carta del Papa con motivo del VII Encuentro Mundial de las familias que se celebrará en la ciudad italiana de Milán del 30 de mayo al 3 de junio de 2012, con la presencia de Benedicto XVI y bajo el tema: “La familia: el trabajo y la fiesta”.

Radio Vaticano, 24 de septiembre 2010.
Intervinieron en la presentación el cardenal Ennio Antonelli, presidente del Consejo pontificio para la Familia y sus colaboradores del dicasterio, junto a Mons. Erminio De Scalzi, obispo auxiliar de la archidiócesis de Milán y delegado de su arzobispo, el cardenal Dionigi Tettamanzi para la organización de este evento.
En la carta dirigida al cardenal Ennio Antonelli, Benedicto XVI escribe que “el trabajo y la fiesta están íntimamente relacionados con la vida de las familias, porque condicionan sus elecciones, influyen las relaciones entre los cónyuges y entre los padres y los hijos, a la vez que inciden sobre la relación de la familia con la sociedad y con la Iglesia. “La Sagrada Escritura –recuerda el Papa- nos dice que familia, trabajo y día festivo son dones y bendiciones de Dios para ayudarnos vivir una existencia plenamente humana”.
El Papa señala asimismo que en nuestros días, lamentablemente, la organización del trabajo, pensada y actuada en función de la competencia del mercado y del máximo beneficio, y la concepción de la fiesta como ocasión de evasión y de consumo, contribuyen a disgregar a la familia y a la comunidad y a difundir un estilo de vida individualista.
Por esta razón afirma el Pontífice: es necesario “promover una reflexión y un empeño tendentes a conciliar las exigencias y los tiempos del trabajo con los de la familia y recuperar el sentido verdadero de la fiesta, especialmente del domingo, pascua semanal, día del Señor y día del hombre, día de la familia, de la comunidad y de la solidaridad”.
Del próximo Encuentro Mundial de las Familias, Benedicto XVI subraya que constituye una “ocasión privilegiada para reflexionar sobre el trabajo y la fiesta en la perspectiva de una familia unida y abierta a la vida, bien insertada en la sociedad y en la Iglesia; atenta a la calidad de las relaciones, además de la economía del mismo núcleo familiar”. Y añade que este evento, para que sea verdaderamente fructuoso, no debería permanecer aislado, sino colocarse en un adecuado recorrido de preparación eclesial y cultural.
Por esta razón, el Papa desea que ya en el curso del año 2011, 30° aniversario de la Exhortación apostólica Familiaris consortio, “carta magna” de la pastoral familiar, se pueda emprender un válido itinerario con iniciativas a nivel parroquial, diocesano y nacional, a fin de destacar las experiencias de trabajo y de fiesta en sus aspectos más verdaderos y positivos, con particular atención a la experiencia concreta de las familias. El Santo Padre desea que las Familias cristianas y las comunidades eclesiales de todo el mundo se sientan interpeladas e implicadas y se pongan en camino hacia “Milán 2012”.
Por último, el Papa explica que este Encuentro Mundial de la Familia en Milán tendrá, como en los precedentes, una duración de cinco días y culminará el sábado por la tarde con la “Fiesta de los testimonios”, mientras el domingo se celebrará la misa solemne conclusiva. Celebraciones, ambas que presidirá Benedicto XVI.
Fuente:www.thefamilywatch.org
¿Conviene educar al niño en alguna religión? G. K. Chesterton
He aquí una frase que oí el otro día a una persona muy agradable e inteligente, y que cientos de veces he oído a cientos de personas. Una joven madre me dijo: «No quiero enseñarle ninguna religión a mi hijo. No quiero influir sobre él; quiero que la elija por sí mismo cuando sea mayor.» Ése es un ejemplo muy común de un argumento corriente, que frecuentemente se repite, y que, sin embargo, nunca se aplica verdaderamente. Por supuesto que la madre siempre estará influyendo sobre su hijo. De la misma manera, la madre podría haber dicho : «Espero que escogerá sus propios amigos cuando crezca; por eso no quiero presentarle ni a primas ni a primos.»
Pero la persona adulta en ningún caso puede escaparse a la responsabilidad de influir sobre el niño; ni siquiera cuando se impone la enorme responsabilidad de no hacerlo. La madre puede educar al hijo sin elegirle una religión; pero no sin elegirle un medio ambiente. Si ella opta por dejar a un lado la religión, está escogiendo ya el medio ambiente; y además, un medio ambiente funesto y contranatural.
La madre, para que su hijo no sufra la influencia de supersticiones y tradiciones sociales, tendrá que aislar a su hijo en una isla desierta y allí educarlo. Pero la madre está escogiendo la isla, el lago y la soledad; y, es tan responsable por obrar así como si hubiera escogido la secta de los mennonitas o la teología de los mormones.
Es completamente evidente, dicen, para quien piense durante dos minutos, que la responsabilidad de encauzar la infancia pertenece al adulto, por la relación existente entre éste y el niño, completamente aparte de las relaciones de religión e irreligión. Pero la gente que repite esta fraseología no la piensa dos minutos. No intentan unir sus palabras con una razón, con una filosofía. Han oído ese argumento aplicado a la religión, y nunca piensan en aplicarlo a otra cosa fuera de la religión.
Nunca piensan en extraer esas diez o doce palabras de su contexto convencional y tratar de aplicarlas a cualquier otro contexto. Han oído que hay personas que se resisten a educar a los hijos aun en su propia religión. Igualmente podría haber personas que se resistieran a educar a los hijos en su propia civilización.
Si el niño cuando sea mayor, puede preferir otro credo, es igualmente cierto que puede preferir otra cultura. Puede molestarse por no haber sido educado como un buen sueco burgués; puede lamentar profundamente no haber sido educado como un Sandzmanian. De la misma manera puede lamentar haber sido educado como un caballero inglés y no como un árabe salvaje del desierto. Puede (con la ayuda de una buena educación geográfica), mientras examina el mundo desde China al Perú, sentirse envidioso por la dignidad del código de Confucio o llorar sobre las ruinas de la gran civilización incaica.
Pero, evidentemente, alguien ha tenido que educarlo para llegar a ese estado de lamentar tal o cual cosa; y la responsabilidad más grave de todas es tal vez la de no guiar al niño hacia ningún fin.
Charlas, II, Acerca de las nuevas ideas (Obras completas I, Ed. Plaza Janés, p. 1099-1100).
Fuente: www.encuentra.com
Mercedes Aroz, ex senadora socialista: “Mi hijo rezó así por su madre, y la fe entró en mi vida”
La conversión de mi hijo aconteció dentro de su proceso de búsqueda, no exento de riesgos, cuando ya vivía de forma independiente… Como madre, acogí con respeto sus creencias y con alivio su nueva vida, pues supuso una transformación admirable. Pasó a ser un gran testimonio de vida cristiana….Sin embargo, nunca imaginé ni me planteé seguir sus pasos”
10 de septiembre de 2010.- ( Mercedes Aroz / Escuchar la Voz del Señor) La fe es un don gratuito de Dios. Sólo así puedo comprender lo que me aconteció inesperadamente hace pocos años, y que ha supuesto pasar de la increencia y de una ideología marxista materialista, sobre la que construí mi vida y la de mi familia, a la fe cristiana. Pero este don llegó primero a mi hijo menor que me precedió varios años en el camino de la fe, lo que lleva a plantear la relación de ambos hechos.
Tengo dos hijos. Toda la vida, en casa, los eduqué en los valores de la izquierda y del marxismo. Mi hijo menor, siendo estudiante, en una comuna, estaba en una situación delicada. Él conoció a los Hermanitos del Cordero y se convirtió al cristianismo. Mi hijo ha sido… es difícil recordar esto ahora… ha sido un proceso de… ¡la Gracia de Dios!
Sin embargo, la fe es un acontecimiento personal que viene de fuera de uno mismo, y a la vez es profundamente interiorizado. Ésta es mi propia experiencia. La fe se inicia cuando Dios irrumpe en la vida y toca lo más íntimo del corazón. Y es a partir de ese momento cuando se implica la razón y toda la persona en la búsqueda y conocimiento de Dios, conllevando un cambio radical de vida. A través de la razón y la reflexión se puede llegar a creer en la existencia de Dios, pero la fe como experiencia y relación con Él es una verdadera gracia.
La conversión de mi hijo aconteció dentro de su proceso de búsqueda, no exento de riesgos, cuando ya vivía de forma independiente. Dios puso en su camino los medios, las personas y las intuiciones decisivas para llegar a la fe cristiana que dio sentido a su vida. Y el buen puerto que es la Iglesia católica le dio estabilidad y el lugar para vivir la fe. Como madre, acogí con respeto sus creencias y con alivio su nueva vida, pues supuso una transformación admirable. Pasó a ser un gran testimonio de vida cristiana, lo que supuso para mí una mejor aceptación del fenómeno religioso; sin embargo, nunca imaginé ni me planteé seguir sus pasos.
Pero la misericordia del Señor es grande, y su poder conmueve el corazón más endurecido y da luz a la mente más ofuscada. Como creyente, he podido comprobar la fuerza de la oración cuando no hay motivaciones egoístas, viendo la respuesta amorosa de Dios ante nuestras súplicas más fervientes. Mi hijo rezó así por su madre, y la fe entró en mi vida.
En verano del año 2000 fueron las Jornadas de la Juventud en Roma. Mi hijo estuvo allí; los Hermanitos del Cordero le ayudaron en su proceso, pero realmente él se convirtió de la mano de Juan Pablo II. Miientras mi hijo estaba en Roma con el Papa Juan Pablo II, nuestros caminos de fe se entrecruzaron. Aquel importante evento eclesial que convocó a dos millones de jóvenes me abrió los ojos sobre el vacío de las ideologías, y poco después, en la soledad del Pirineo, decidí ponerme en camino hacia el Dios de Jesucristo y la Iglesia católica. El camino ha sido largo y muy difícil, pero ha valido la pena.
Ese verano leí un artículo de una periodista de izquierda, que ponía el foco en los encuentros de Roma, la afluencia de jóvenes. ¿Qué le pasaba a la izquierda, nuestros ideales dónde estaban, por qué no teníamos capacidad de convocatoria? Ese artículo me hizo reflexionar sobre mis ideales. A finales de ese año recibí la llamada de Dios. ¡Bueno, Mercedes, ya está bien! ¡Yo no recordaba ni el Padrenuestro! Empezó ahí mi proceso. Me formé, básicamente, leyendo libros de Ratzinger.
En 2005 me encuentro el proyecto de ley para equiparar jurídicamente las uniones.del mismo sexo con el matrimonio. Yo no sabía como argumentar en contra jurídicamente. Tomé entonces conciencia de la contradicción entre el proyecto socialista y el compromiso cristiano, que no es una ideología. Me pareció que no sólo debía votar en contra sino dar argumentos. Ahí fue el divorcio con el proyecto socialista. También voté después contra las leyes de manipulación genética. Y ya al final de mi etapa de senadora voté contra la ley de Memoria Histórica, no contra las familias que buscan a sus muertos, sino por su preámbulo de ideología discriminatoria, sin objetivos de reconciliación ni de verdadera memoria.
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Este testimonio ha sido tomado del escrito por Mercedes Aroz en Alfa y Omega del jueves 2 de septiembre de 2010 y se ha completado con declaraciones testuales realizada por ella en respuesta a un periodista en el año 2008 en el transcurso del Congreso Católicos y Vida Pública
Benedicto XVI: “De matrimonios santos florecen y maduran las vocaciones”
Autor: Benedicto XVI 31 de agosto de 2009.- Al presidir ayer al mediodía el rezo del Ángelus dominical, el Papa Benedicto XVI resaltó que cuando los esposos “se dedican generosamente a la educación de los hijos, guiándolos y orientándolos en el descubrimiento del plan de Amor de Dios, preparan el terreno fértil en donde florecen y maduran las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada”. Por su interés ofrecemos el texto integro de la intervención del Santo Padre.
Queridos hermanos y hermanas:
Hace tres días, el 27 de agosto, celebramos la memoria litúrgica de Santa Mónica, madre de San Agustín, considerada modelo y patrona de las madres cristianas. Sobre ella, su hijo nos da muchas informaciones en el libro autobiográfico “Las confesiones”, obra maestra entre las más leídas de todos los tiempos. Aquí aprendemos que San Agustín bebe el nombre de Jesús con la leche materna y fue
educado por su madre en la religión cristiana, cuyos principios mantendrá impresos en él también en los años de desliz espiritual y moral. Mónica no deja nunca de rezar por él y por su conversión, y tuvo el consuelo de verlo volver a la fe y recibir el bautismo. Dios recompensa las oraciones de esta santa mamá, a la que el obispo de Tagaste había dicho: “Es imposible que un hijo de tantas lágrimas se pierda”. De hecho, San Agustín no sólo se convirtió, sino que decidió abrazar la vida monástica y, al volver a África, fundó él mismo una comunidad de monjes. Conmovedores y edificantes son los últimos coloquios espirituales entre él y su madre en la tranquilidad de una casa de Ostia, a la espera de embarcarse para África. En aquel momento, Santa Mónica se convertía, para su hijo, en “más que madre, la fuente de su cristianismo”. Su único deseo había sido durante años la conversión de Agustín, a quien en ese momento veía orientado incluso hacia una vida de consagración al servicio de Dios. Podía por tanto morir contenta y efectivamente murió el 27 de agosto del 387, a los 56 años, después de haber pedido a los hijos no preocuparse por su sepultura sino acordarse de ella, donde quiera que se encontrara, en el altar del Señor. San Agustín repitió que su madre lo había “engendrado dos veces”.
La historia del cristianismo está llena de innumerables ejemplos de padres santos y de auténticas familias cristianas que han acompañado la vida de generosos sacerdotes y pastores de la Iglesia. Piénsese en los santos Basilio Magno y Gregorio Nacianceno, ambos pertenecientes a familias de santos. Pensamos, muy cerca de nosotros, en los cónyuges Luigi Beltrame Quattrocchi y Maria Corsini, que vivieron entre el final del siglo XIX y la mitad del 1900, beatificados por mi venerado predecesor Juan Pablo II en octubre de 2001, coincidiendo con los veinte años de la Exhortación Apostólica Familiaris consortio. Este documento, además de ilustrar el valor del matrimonio y las funciones de la familia, solicita a los esposos un particular compromiso en el camino de santidad, que, sacando gracia y fuerza del sacramento del matrimonio, les acompaña a lo largo de toda su existencia (cf. N. 56). Cuando los cónyuges se dedican generosamente a la educación de los hijos, guiándoles y orientándoles en el descubrimiento del plan de amor de Dios, preparan ese fértil terreno espiritual en el que florecen y maduran las vocaciones a
l sacerdocio y a la vida consagrada. Se revela cuán íntimamente están ligadas y se iluminan mutuamente el matrimonio y la virginidad, a partir de su común arraigo en el amor esponsal de Cristo.
Quer idos hermanos y hermanas: en este Año Sacerdotal oramos para que, “por intercesión del Santo Cura de Ars, las familias cristianas se conviertan en pequeñas iglesias, en las que todas las vocaciones y todos los carismas, dados por el Espíritu Santo, puedan ser acogidos y valorados” (de la oración del Año Sacerdotal). Nos obtenga esta gracia la Virgen María, que ahora juntos invocamos.
El próximo martes, 1 de septiembre, se celebrará en Italia la Jornada para la salvaguarda de lo creado. Es un acontecimiento significativo, de relevancia también ecuménica, que este año tiene como tema la importancia del aire, elemento indispensable para la vida. Como lo hice en la Audiencia general del miércoles pasado, exhorto a todos a un mayor compromiso por la tutela de lo creado, don de Dios. En particular, animo a los países industrializados a cooperar responsablemente por el futuro del planeta y para que no sean las poblaciones más pobres las que paguen el mayor precio del cambio climático.
Acojo con gozo a los peregrinos de lengua francesa reunidos para la oración del Ángelus. La liturgia de este domingo nos invita a escuchar con atención la Palabra de Dios para mantenernos fieles en la puesta en práctica cada día. Ella es para
nosotros fuente de sabiduría, de luz, de inteligencia y de vida. Vamos entonces a tomar tiempo para acoger esta Palabra y para meditarla para que ella pueda arraigarse en lo más profundo de nuestra vida cotidiana. Entonces nuestra existencia podrá dar fruto y expresar el amor de Dios por todos. ¡Que el Señor os acompañe cada día de vuestra vida!
Saludo cordialmente a los peregrinos de habla inglesa y visitantes en este Ángelus, incluyendo a los seminaristas de primer año del Colegio Pontificio Norte Americano. Que vuestro tiempo aquí en Castel Gandolfo y en Roma os haga profundizar en vuestra comprensión integral de nuestra fe y fortalezca en vosotros el deseo de ser coherentes de palabra y obra, siguiendo el corazón y la mente de nuestro Señor. ¡Para cada uno de vosotros aquí presentes y vuestras familias, invoco la bendición del Dios de la paz y la alegría!
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, en especial a los fieles de la Diócesis de Tortosa. En el evangelio proclamado este domingo vemos cómo la gente, asombrada ante las palabras y los hechos de Jesús, decía de Él: “Todo lo ha hecho bien”. Pidamos por intercesión de la Virgen María poder gozar igualmente de una experiencia viva y real del misterio y de la Persona de Cristo, que nos colma de su amor y su vida a través de la liturgia, la Palabra Divina y la oración. Muchas gracias y feliz domingo.
El vídeo del Angelus
El Bautismo, derecho del recién nacido
El Bautismo es el sacramento que nos inicia en la vida cristiana y nos hace Hijos de Dios y miembros de la Iglesia. Por esto, los padres tienen la obligación de hacer que los hijos sean bautizados en sus primeras semanas de vida, así como es derecho de los hijos el recibir todos los dones y valores para su desarrollo humano y cristiano.
Como todos sabemos, los hombres nacemos con el “pecado original” que cometieron nuestros primeros padres, Adán y Eva. Ello conlleva a que el ser humano nazca separado de Dios, es decir, “muerto a la vida de Dios”. Solo se nace al Cristianismo, a la vida espiritual, al recibir el Bautismo.
Como todos los otros sacramentos, el Bautismo fue instituido por Cristo, quien le dio el mandato a los apóstoles de “ir y bautizar” a todas las criaturas. El ministro normalmente es el sacerdote, pero en caso de necesidad, o sea, cuando un niño o un adulto se encuentra en peligro de muerte y no es posible que el sacerdote esté presente, lo puede administrar cualquier persona, siempre y cuando tenga la intención de hacerlo y use la materia y la forma correspondiente. En dicho caso se debe notificar a la parroquia para que quede registrado y, en caso de que viva, para que pueda recibir la ceremonia del Bautismo solemne.
¿Cuáles son los requisitos para el Bautismo?:
En caso de adultos, manifestar su deseo de bautizarse y asistir a pláticas de preparación.
Si es un niño, presentar el acta de nacimiento ante el sacerdote o su representante y asistir a las pláticas prebautismales tanto los papás como los padrinos.
¿Quienes son los Padrinos?
Son aquellos que presentan en la Iglesia al bautizado, contestan en su nombre y asumen la responsabilidad de la educación cristiana del bautizado si faltan sus padres. En caso de los niños, se requiere de un padrino y una madrina. Mientras que en el caso de un adulto debe ser uno solo, para que vigile que el bautizado lleve una vida cristiana. Ser padrinos no implica asumir responsabilidades materiales.
¿Cuáles son los requisitos para ser padrino?
Ser bautizado y tener la intención de asumir las responsabilidades de la educación cristiana del bautizado si faltan sus padres; tener uso de razón, haber cumplido 16 años, estar confirmado, haber hecho su Primera Comunión y llevar una vida de fe. Los padrinos han de ser solteros o casados por la Iglesia. No pueden vivir en unión libre, ya que deben de ser modelos de vida cristiana para los ahijados.
| Los símbolos y el rito del Bautismo:
Símbolos:· El agua: es símbolo de limpieza y vida. Limpieza, porque se nos borra el pecado original. Vida, porque recibimos la vida de Dios. El Espíritu Santo es quien nos limpia y nos da la vida de Dios. · El cirio Pascual: Es una vela grande que se bendice el Sábado Santo. Es símbolo de Cristo y luz del mundo, que nos ilumina para que a la vez podamos iluminar a los demás. En el Bautismo el celebrante toma el cirio y dice “Reciban la luz de Cristo” y entonces un familiar prende la vela. Como esta vela es muy importante, debemos de tratar de guardarla, para utilizarla en otros Sacramentos como la Primera Comunión, la Confirmación o el Matrimonio. · La ropa blanca: Significa la vida de gracia. · Óleo de los catecúmenos: Es un aceite mezclado con perfumes, bendecido el Jueves Santo por el Obispo. El rito:
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Fuentes: Catholic.net y wikipedia.org
Jóvenes, ¡ustedes han vencido!… [El blog de Martín Valverde]
Dice el discípulo joven de Jesús en su carta, cuando se dirige a los jóvenes:
“Jóvenes, les he escrito porque son fuertes, y la Palabra de Dios permanece en ustedes, y ustedes han vencido al Maligno”. 1 de Juan 2, 14b
Ciertamente a nadie le gusta que le digan el final de un libro o de una historia que está leyendo o escuchando, pero para este caso y para estos fines juveniles de la fe, creo que es muy bueno hacer la excepción y pasarles este interesante dato que nos mandan desde el cuartel general de la Fe (el mismo corazón de Jesús), en boca del más joven de sus discípulos.
Decirle a los jóvenes de hoy y de siempre, (y a ti que estás leyendo esto) que les felicitamos sinceramente porque han vencido al maligno. (entiéndase con claridad, al mismo Diablo y todo lo que representa de maldad) es un verdadero riesgo, pero hay que correrlo porque se trata de una noticia inusitada, y por extraña, llamativa.
El ejemplo de este loco mensaje podría aplicarse a que estés jugando en un partido de fútbol y tu equipo se va al medio tiempo con una goleada en contra de 5 a 0, todo parece que en la segunda parte será otra media decena la que van a coleccionar; mientras en los vestidores resulta que alguien de los directivos de la institución llega para hablarles; todos con seguridad saben que se trata de una regañada, o de una amenaza de despido si no cambian las cosas en el segundo tiempo.
Pero la sorpresa es que éste ejecutivo de parte de los dueños del equipo llega con una cara esperanzadora y les dice, “los quiero felicitar porque ustedes son fuertes y ya han vencido al enemigo’, da para pensar que llegó en estado etílico (o sea… borracho), o que por lógica, se equivocó de vestidor y de equipo.
Se puede entender que queramos ser optimistas ayudados por la fe, pero muchas veces la realidad juvenil nos cae encima como una loza muy pesada que no permite que podamos ver más allá de las narices, y mucho menos andar con esperanzas infundadas y falsas.
Se puede entender que para muchos jóvenes el escuchar algunas de las predicaciones de nuestra Iglesia les suene más ficticio y fantasioso que la serie de Héroes, o sea más creíble el anti-cuento de Shrek con sus críticas a los cuentos de hadas que palabras de fe y de ánimo que decimos cuando hablamos del Poder o del Amor de Dios.
Obvio es que no estoy escribiendo estas letras para jóvenes perfectos y buenos, bien decoraditos, tan peinados que parecen que los lamió un león,(¡Wácala!) y que de paso pueden haber caído en la trampa de que cumpliendo algunas reglas evidentes y externas, se puede salvar la parte escondida del alma que necesita rendirse frente a Dios para poder vencer verdaderamente al malo.
Quiero acercar estas letras a los jóvenes que día a día siguen en la lucha de amar, y cuyas derrotas son internas, en su alma. Se proponen grandes cosas en su corazón y el Maligno solo tiene que mover un par de tuercas internas de nuestros daños, pequeñeces que nos hacen caer en tristeza, en depresión, en gritar un “¡no se puede!”; a menos que claro, prefieras engañarte y hacer como que nada pasa en tu interior.
No se olviden de la receta de Santiago (eso es otro artículo) para que el Diablo huya la resistencia consiste en: someterse a Dios…
“Sométanse a Dios; resistan al demonio, y él se alejará de ustedes”. Santiago 4,7
Esta noticia de vencer en la Fe, todos la podemos recibir, pero decirles esto en medio de la lucha, en la tentación, y en la estadística de todos los días cuando nuestros jóvenes pierden una batalla tras otra, por mil carencias y daños, es una verdadera maravillosa forma arriesgada de poner la esperanza y la fe a caminar contra la corriente, a pruebas de las buenas.
La vida está llena de luchas, y si esto lo está leyendo algún joven que tiene broncas con alguna de las batallas en el alma y el espíritu, puede que me vea y me lea muy de lejos, pensando que le escribo a otros. Pero es para ti, y de paso para mí, así quedó para siempre en el testamento de las letras de la Biblia para los jóvenes de todos los tiempos.
Juan, el discípulo joven es el que escribe esto, es también el discípulo amado, y se ahorra muy astutamente el animarnos o el convencernos para luchar y seguir; ¡hace trampa de vocabulario felicitándonos por haber vencido al mismo Diablo!. Sea cual sea tu lucha: soledad, carácter, odio, miedo, y todos los matices propios del tema: droga, sexo, doble moral, etc., ¡Dios se atreve a decirte que al final vencerás, que al final la victoria va a ser tuya!. Implica que debe de haber un factor “X”, una carta escondida, que finalmente es Jesús mismo.
Antes de llegar a la felicitación total y final por vencer al Malo, leyendo despacito dice Juan a los jóvenes que:
1. “Son fuertes”.
La juventud sin duda es sinónimo de fuerza, en mil sentidos, en especial el físico, sea deportes, sea la misma guerra; un país no manda a sus viejos o a sus niños a pelear a menos que ya esté perdiendo la batalla.La mezcla divina aquí es que tomes tu juventud y a esa fuerza nata, propia de tu edad (por lo tanto no eterna), y la unas a la fuerza de Dios.
Curiosamente cuando la Biblia habla de fortaleza lo hace en función de fuerza para soportar los sufrimientos que la vida conlleva. OJO, no hablo de resignación cristiana, hablo de fortaleza cristiana.
No es que los jóvenes de hoy no tengan fuerza, es que la están desperdiciando en cosas que solo hacen por vaciarlos, por debilitarlos, así cuando la vida les pasa la factura no tienen la fuerza (ni propia, ni de Dios) para poder levantarse.
Es para mí uno de los más perfectos toques maestros del enemigo de Dios, que los jóvenes usen su misma fuerza para destruirse a sí mismos, y sin saberlo, es diabólicamente genial.
Déjenme para esta parte regalarles un versículo de la Biblia que aprendí a los días de haber tenido mi encuentro con el Señor, hoy solo quiero subrayar algo que en su momento cuando lo leí de chaval (de joven) ni vi pasar, pues, valga la ironía, mi propia juventud no me dejaba ver la posibilidad de llegar a cansarme, y menos con las fuerzas que tenía en esos días de total vigor.
Lo que quiero que leas bien es el hecho de que Dios me adelantaba el dato de que Él sabe que aún los jóvenes se cansan, se tropiezan y…se caen.
Él fortalece al que está fatigado
y acrecienta la fuerza del que no tiene vigor.
Los jóvenes se fatigan y se agotan
los muchachos tropiezan y caen.
Pero los que esperan en el Señor
renuevan sus fuerzas,
despliegan alas como las águilas;
corren y no se agotan,
avanzan y no se fatigan.
Isaías 40, 20-31
¿Viste el orden?,
Nos cansamos, valga el dato, de todo, hasta de hasta de pecar, nos cansamos de no poder cumplir nuestros sueños, de las injusticias que hay por todas partes, nos cansamos de ser perfectos, de aparentar no caer, que no nos pasa nada por dentro, nos cansamos de que Dios siga confiando en nosotros a pesar de nuestras caídas, en fin, agrega tú mismo la lista de tus propios cansancios.
Tropezamos, pues nuestra propia juventud nos hace correr sin poner bien los pies a cada paso. Tropezamos porque no sabemos ver trampas, y pensamos que la fuerza juvenil es la solución, tropezamos porque no nos tomamos la molestia de ver hacia el corazón y reconocer lo que necesitamos. (ojo, Dios sí lo sabe, pero lo ve desde el amor, vamos a coincidir con Él en el diagnóstico, pero nos va a superar en el tratamiento y la solución).
Y caemos.
El que no haya caído, puede dejar de leer estas letras, nada de lo que está escrito aquí es para ti, nada.
Pero los que de ustedes hayan caído, en lo que sea, (no te auto-juzgues, Dios no necesita esa ayuda de ti), entonces alégrense, Dios lo sabe, y no se aleja por eso, al contrario, se acerca por eso.
Es curioso que a los jóvenes de la calle que evangelizamos de buenas a primeras, esto de “caer” no les es tanto problema, pues lo tienen claro en el hecho. Son los chicos “buenos” o los que van a la Iglesia los que se auto-flagelan con esto que es un gusto, pues piensan que Dios es un banco crediticio que a la primera deuda corta toda su confianza y su crédito para con ellos.
Dios no espera que caigas, pero sabe que puedes caer, y necesita que estés claro para cuando eso te pase, tu reacción más sabia sea querer levantarte y no quedarte derrotado al medio tiempo del partido. Para todos sigue siendo una noticia muy extraña que Juan, el discípulo amado, el que recibió a María en su casa, tenga esta claridad sobre el final de nuestra lucha: que venceremos a pesar de todo.
2.”La Palabra de Dios permanece en ustedes”.
Te paso otro maravilloso pasaje de la Biblia para afianzar esta afirmación de Juan, es una promesa, para que la aceptes y la reclames, te va a ayudar a llegar al final del partido, es de otro joven de la Biblia:
“¿Cómo podrá el joven llevar una vida limpia?,
¡Viviendo conforme a tu Palabra”.
Salmo 119,9
Recuerda que esto se escribió cuando lo último que había eran Biblias impresas por todas partes, la Palabra en ese entonces se aprendía pasándola de una generación a otra, y cuidando los escritos originales como lo más valioso en la fe.
Podría pedirte que leyeras la Biblia, pero más allá te pido que te acerques a la Palabra, que la vayas haciendo tuya, que en especial las Palabras de Jesús vayan haciendo pie de playa en tu mente y en tu corazón. Para no darte todo un sermón de esto, te recuerdo que Jesús es La Palabra, y que al leer, o escuchar, o compartir Su Palabra, el Espíritu tiene alas libres para hacer que cada letra de ellas tome vida en ti. Ya lo veremos en otro pasaje pero bueno, al buen entendedor, pocas palabras.
Al decir Juan que la Palabra de Dios permanece en ustedes los jóvenes, hace directa referencia a que Jesús vive en ustedes, eso explica como y por qué se puede vencer al Maligno, pues vive en ti el Único que lo venció, y lo hizo en la ridícula fragilidad de la Cruz.
En la misma carta de esta felicitación también deja claro el porque de la acción de Jesús en nuestras vidas:
Precisamente para esto ha venido el Hijo de Dios:
para deshacer las obras del diablo.
1 de Juan 3,8b
Porque la fuerza de Dios está en ti, porque Su Palabra habita en ti, se puede ir adelantando que al final vas a vencer al Maligno. JESÚS es lo que le da sentido a esa felicitación tan fuera de serie de Juan a ti y a todos los jóvenes.
La parte espiritual, la batalla de tu alma, ya la peleó y la ganó Jesús por ti; pero eso significa que en tus batallas de todos los días tienes que ir haciendo acopio de las armas de Dios para seguir peleando cada una de ellas, hasta ganar la guerra final, y esa promesa ya la tienes. Parece trampa, pero es información clasificada que debías saber para poder continuar en la lucha con esperanza, y por cierto hacerle llegar a otros soldados en tu misma lucha.
En especial apodérate de este pasaje de felicitación anticipada, en medio de tus grandes pruebas, las que te hacen sentir mal y menos; las luchas que hacen que estas palabras de Juan suenen simplemente ridículas y equivocadas, y hasta como una broma de mal gusto.
Hay dos riesgos inminentes al decir y compartir esta felicitación, esta información de guerra espiritual:
La primera es que yo que te lo digo, o tú que lo compartes con otro, paguemos el impuesto de vernos mal, ridículos y fuera de lugar. Pero de eso se trata la fe, y se trata justo de información para jóvenes, los únicos capaces de poder arriesgarse a creerlo.
La segunda es la parte del que lo oye, del que lo recibe, también debe de arriesgarse a creer estas noticias del frente de batalla, directamente dadas por unos de los grandes generales de la fe.
Y esta, finalmente mi querido joven lector, es tu parte…¡Ah!, por cierto, FELICIDADES, HAS VENCIDO AL MALIGNO, te mandan decir.
Martín Valverde
Fuente: blogdemartinvalverdejca.wordpress.com
JESÚS Y LOS NIÑOS
CARDENAL ANTONIO CAÑIZARES
Prefecto de la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos
Reflexión con motivo del centenario del decreto “Quam singulari Christus amore” (8 de agosto de 1910) de san Pío X –el Papa beatificado en 1951 y canonizado en 1954–
Hace cien años, Pío X anticipaba la edad para la primera comunión
L’Osservatore Romano, 15 de agosto de 2010
Se cumplen ahora cien años de la promulgación del decreto “Quam singulari”, del Papa san Pío X, por el que, siguiendo fielmente las enseñanzas del concilio IV de Letrán y las de Trento, estableció la primera comunión y primera confesión de los niños a la edad del uso de razón, es decir, en torno a los siete años.
Esta disposición del santo Papa suponía un cambio muy importante en la práctica pastoral y en la concepción habitual de entonces, que por diversas razones, habían retrasado a edades posteriores este acontecimiento tan trascendental para el hombre.
Con este decreto, san Pío X, el gran Papa de la piedad y de la participación eucarística, con el deseo de renovación eclesial que inspiró su pontificado, enseñó a toda la Iglesia el sentido, lugar, valor y centralidad de la sagrada comunión para la vida de todos los bautizados, incluidos los niños.
Con este gesto al mismo tiempo, destacaba y recordaba a todos el amor y la predilección de Jesús por los niños, que además de hacerse niño, manifestó su amor hacia ellos con gestos y palabras hasta el punto de decir: “Si no sois como niños no entraréis en el reino de los cielos”; “Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis, porque de ellos es el reino de los cielos”. Ellos son siempre amigos muy especiales del Señor.
Con la misma predilección, con la misma mirada amorosa y con la misma atención y solicitud singular, mira, atiende, cuida y se preocupa la Iglesia de los niños. Por esto, ella, como madre amorosa, quiere para sus hijos pequeños, los primeros en el reino de Dios, que, con las debidas disposiciones participen pronto en lo mejor y más grande que Jesús nos ha dejado en memoria suya: su Cuerpo y su Sangre, el Pan de la vida. Por la sagrada comunión, Jesús en persona, Hijo de Dios, entra dentro de la vida de quien lo recibe y pone su morada en él. No cabe mayor amor, ni mayor regalo. Esto es un don de amor que vale más que todo el resto que pueda darse a la vida de cada hombre. Estar con el Señor; que el Señor esté en nosotros, dentro de nosotros; que nos alimente y sacie; que nos tome de la mano y nos guíe; que nos vivifique y permanezcamos fielmente en comunión y amistad con él: es sin duda lo más grande, lo más gratificante, lo más gozoso que le puede suceder a uno.
¿Cómo retrasar, pues, a los niños, este encuentro con Jesús, que son sus mejores amigos, los especialmente queridos por Dios, el Padre, objeto de especial cuidado de la Iglesia, madre santa?
La primera comunión de los niños es como el inicio de un camino junto a Jesús, en comunión con él: el inicio de una amistad destinada a durar y fortalecerse toda la vida con él; comienzo de un camino, porque con Jesús, unidos sin separarnos, procedemos bien y la vida se hace buena y dichosa; con él dentro de nosotros podemos ser sin duda personas mejores. Su presencia entre nosotros y con nosotros es luz, vida y pan en el camino. El encuentro con Jesús es la fuerza que necesitamos para vivir con alegría y esperanza. No podemos, retrasando la primera comunión, privar a los niños –al alma y al espíritu de los niños– de esta gracia, obra y presencia de Jesús, de este encuentro de amistad con él, de esta participación singular de Jesús mismo y de este alimento del cielo para poder madurar y llegar así a la plenitud.
Todos, especialmente los niños, tenemos necesidad del Pan bajado del cielo, porque también el alma debe nutrirse y no bastan nuestras conquistas, la ciencia, las cosas técnicas, por muy importantes que sean. Necesitamos a Cristo para crecer y madurar en nuestras vidas. Esto es más importante todavía en los momentos que vivimos y lo es de modo especial para los niños, frecuentemente objeto, por desgracia, de manipulación y de destrucción de su grandeza, pureza, simplicidad, “santidad”, capacidad de Dios y de amor que les constituye. Los niños viven inmersos en mil dificultades, envueltos en un ambiente difícil que no les favorece ser lo que Dios quiere de ellos, muchos, víctimas de la crisis de la familia. En ese clima aún les es más necesario el encuentro, la amistad, la unión con Jesús, su presencia y su fuerza. Son, por su alma limpia y abierta, los mejor dispuestos, sin duda, para ello.
El centenario del decreto “Quam singulari” es una ocasión providencial para recordar e insistir en el tomar la primera comunión cuando los niños tengan la edad del uso de razón, que hoy, incluso, parece anticiparse. No es recomendable, por ello, la práctica que se está introduciendo cada día más de alargar la edad de la primera comunión. Al contrario, es aún más necesario el adelantarla.
Ante tantas cosas que están acaeciendo con los niños, y el ambiente tan adverso en el que crecen, no los privemos del don de Dios: puede ser, es la garantía de su desarrollo como hijos de Dios, engendrados por los sacramentos de la iniciación cristiana en el seno de la santa madre Iglesia. La gracia del don de Dios es más poderosa que nuestras obras y que nuestros planes y programas. Cuando san Pío X adelantó la edad de la primera comunión, también insistió en la necesidad de una buena formación, de una buena catequesis. Hoy debemos acompañar este mismo adelanto en la edad con una nueva y vigorosa pastoral de iniciación cristiana. Las líneas marcadas por el Catecismo de la Iglesia católica y el Directorio general para la catequesis son guía imprescindible en esta pastoral nueva o renovada de la iniciación cristiana tan fundamental para el futuro de la Iglesia, la madre que, con el auxilio de la gracia del espíritu, engendra y madura a sus hijos por los sacramentos de la iniciación, por la catequesis, y por toda la acción pastoral que acompaña. Así pues, no cerremos hoy nuestros oídos a las palabras de Jesús: “Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis”. Él quiere estar en ellos y con ellos, porque “de los niños y de los que son como ellos es el reino de Dios”.
Fuente: encuentra.com
¿POR QUÉ SE DEBE IR EL DOMINGO A MISA?
La respuesta a esta pregunta frecuente podría ser brevísima para un católico de fe viva: porque así lo manda la iglesia. La Iglesia tiene autoridad recibida del mismo del mismo Jesucristo para dictar leyes que ayuden a los fieles a conquistar la vida eterna. Conviene recordar que la obediencia tiene un altísimo valor salvífico, redentor, sobrenatural y humano. La vida entera de Jesús se puede resumir en la obediencia (1); se entregó a la muerte de Cruz cumpliendo un mandato de su Padre. Así nos redimió del pecado que, entre otras cosas, es desobediencia. Por eso, la única manera de vencerlo en su raíz, es obedecer sin condiciones a nuestro Creador y Padre, Dios.
¿Por qué la Iglesia manda ir el domingo a Misa?
La respuesta a esta segunda cuestión es más compleja, pero no debemos soslayarla, porque, en lo posible, debemos procurar comprender las razones de lo que Dios y la Iglesia mandan. La fe católica no es ciega, en el sentido de irrazonable, es razonable, aunque Dios nos haya revelado ciertos misterios que superan nuestra capacidad de comprensión. ¿Qué razones tiene la Iglesia para gravar la conciencia de los fieles con el precepto de asistir a Misa precisamente los domingos, o los sábados por la tarde (incohación litúrgico festiva del domingo)? Ciertamente son razones poderosas. Para comprenderlas es preciso tener en cuenta lo siguiente.
1. La ley moral natural exige, en otros términos más claros, el ser humano necesita «santificar las fiestas», es decir, dedicar ciertos días a un trato con Dios más continuado e íntimo y también, por Dios, a un trato más generoso con los demás, sobre todo los más «prójimos» (próximos).
Ese trato con Dios, ¿no podría hacerse en privado y cualquier otro día?
No debemos olvidar que el ser humano no es un ostra, es un ser naturalmente social: «La misma naturaleza social del hombre exige que éste manifieste exteriormente los actos internos de culto a Dios, que se comunique con otros en materia religiosa, y que profese su religión de forma comunitaria» (2). Para cumplir este deber social de culto público, se precisa una determinación autorizada del modo y del tiempo en que debe realizarse. En el Antiguo Testamento, Dios mismo estableció el sábado y otras fechas conmemorativas (3) «El que lo profane – dijo Dios del sábado – será castigado con la muerte»(4), por lo que se echa de ver la gravedad que Dios mismo quiso imponer al precepto. Estamos pues tratando de una materia grave. Los profetas -Isaías, Jeremías, Oseas, Amós, Miqueas- subrayarán que una de las causas de la ira de Dios es la inobservancia de los sábados, por lo que queda manifiesto que así no se respeta a Dios ni se obedecen sus sabios mandatos. El sábado era también, para el pueblo hebreo, el último día de la semana, que les recordaba el «día» en que Dios concluyó la obra de la Creación y «descansó» (5).
2. El domingo es el «Día del Señor»
Nuestro Señor Jesucristo realiza un nuevo Sacrificio e instaura un nuevo culto: tenemos un nuevo Sacerdote y se ofrece una nueva Víctima. Las leyes ceremoniales que determinan el tercer precepto del Decálogo en la ley mosaica, ceden su lugar a las que convienen a la ley evangélica. Pero Jesucristo no ha venido a abrogar «la Ley», sino a llevarla a su perfección (6). Los preceptos de la ley natural recogidos en el Decálogo, no sólo no caducan, sino que son confirmados por Cristo, que expone además su contenido más profundo y su sentido interior. Al quedar superado el sábado se hace necesario una nueva determinación positiva. «Por esta razón determinaron los Apóstoles consagrar al culto divino el primero de los días de la semana, y le llamaron «domingo» (7). El «domingo» – «dia del Señor»- es el día en que Nuestro Señor Jesucristo resucitó y descansó de su obra redentora en el tiempo.
3. Se trata de una tradición apostólica.
Lo recuerda el Conc. Vaticano ll: «La Iglesia, por una tradición apostólica que trae su origen en el mismo día de la Resurrección de Jesucristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en la fecha que es llamada con razón día del Señor o domingo. En este día, los fieles deben reunirse a fin de que, escuchando la palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recuerden la pasión, la resurrección y la gloria del Señor Jesús (…) Por eso el domingo es la fiesta primordial, que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles, de modo que sea también día de alegría y de descanso del trabajo» (8).
Es obvio que una tradición apostólica -por tanto «mediatamente divina»- es de gran valor para los cristianos de todos los tiempos. Lo cual permite suponer que no sufrirá variación. El fundamento apostólico y el enlace directo con el día que Jesús resucitó, muestran que el precepto dominical no es una mera determinación positiva de una norma de la ley natural sobre la que la autoridad humana – eclesiástica o civil – podrían decidir a su arbitrio. El domingo es el Día del Señor y debemos santificarlo como El ha dispuesto, reconociendo gozosos la soberanía absoluta de su amabilísima Voluntad.
4. El precepto de asistir a Misa
Según la Sagrada Escritura, toda fiesta en honor de Dios debía culminar con la oblación de un sacrificio. Jesucristo instituyó la Santa Misa para perpetuar su Sacrificio en la Cruz, ordenando a sus Apóstoles: «Haced esto en memoria mía» (9). Nos consta, en efecto, que desde la época apostólica, las reuniones litúrgicas tuvieron como centro la Sagrada Eucaristía (10). El precepto eclesiástico actualmente vigente se remonta a esa tradición. En un documento del año 100-150, ya aparece la celebración del domingo como mandato (11). Los especialistas observan que los primeros cristianos daban gran importancia al precepto dominical y permanecían fieles a él, a pesar de las calumnias que sobre ello circulaban entre los paganos, y a pesar de las persecuciones que sufrían. Un ejemplo de reciedumbre, de fe y de amor a Dios que todos hemos de mirar con agradecimiento e imitar con generosidad.
El precepto dominical sólo se cumple con la participación en el Sacrificio de la Misa (Cfr. C.I.C., can. 1248). Ninguna otra celebración – aunque fuese litúrgica- llenaría el sentido del precepto; no cumpliría los requisitos necesarios – entre ellos el del Sacrificio- por el culto perfecto tal como ha sido establecido por Dios mismo, para ser realizado por sus ministros actuando in persona Christi. Por lo demás, es necesario hacerlo según el rito y lugar oportunos (Cfr. C.I.C., can. 1249; por eiemplo, no se cumple el precepto siguiendo la misa por la televisión, aunque esto sea bueno si no se puede presenciar de otra manera). La omisión de la Misa dominical, o de parte importante de ella constituye una falta importante. Lo cual se comprende si se tiene en cuenta que en el precepto dominical se reúnen:
a) una ley natural (que es divina),
b) una ley eclesiástica de origen mediatamente divino, que determina los dias de fiesta, y el modo de celebrarlos.
c) la santidad del domingo, como día reservado al Señor,
d) el holocausto realizado por Jesucristo en la Cruz en honor del Padre y en favor nuestro, que se hace presente en la Misa,
e) la posibilidad de incorporarnos a ese Sacrificio de valor infinito, dando así valor sobrenatural, eterno, a toda nuestra vida.
Despreciar todo esto, o quedar indiferente, es obviamente, una grave falta de fe, de amor y de obediencia.
Por lo demás, cuando se sabe bien lo que es la Misa, la cuestión que se plantea es más bien la siguiente: ¿Me resulta suficiente participar en la Misa sólo los domingos? Es suficiente para cumplir el tercer mandamiento de la Ley de Dios. Pero no basta para saciar el hambre de Eucaristía, el afán de adorar, de agradecer, de reparar y de impetrar que tiene un cristiano de fe bien formada. Por eso, además de los domingos, éste, va a Misa siempre que le resulta posible.
En este punto, el Catecismo de la Iglesia Católica y la Carta Apostólica de Juan Pablo II Dies Domini (31-V-1998), nº 46, no han hecho más que confirmar la enseñanza apostólica. Leamos los párrafos que de este documento se refieren a nuestro asunto (aunque abarca otros importantes aspectos del Día del Señor):
El precepto dominical (Carta Apostólica Dies Domini)
[n. 46]. Al ser la Eucaristía el verdadero centro del domingo, se comprende por qué, desde los primeros siglos, los Pastores no han dejado de recordar a sus fieles la necesidad de participar en la asamblea litúrgica. « Dejad todo en el día del Señor —dice, por ejemplo, el tratado del siglo III titulado Didascalia de los Apóstoles— y corred con diligencia a vuestras asambleas, porque es vuestra alabanza a Dios. Pues, ¿qué disculpa tendrán ante Dios aquellos que no se reúnen en el día del Señor para escuchar la palabra de vida y nutrirse con el alimento divino que es eterno? ».(75) La llamada de los Pastores ha encontrado generalmente una adhesión firme en el ánimo de los fieles y, aunque no hayan faltado épocas y situaciones en las que ha disminuido el cumplimiento de este deber, se ha de recordar el auténtico heroísmo con que sacerdotes y fieles han observado esta obligación en tantas situaciones de peligro y de restricción de la libertad religiosa, como se puede constatar desde los primeros siglos de la Iglesia hasta nuestros días.
San Justino, en su primera Apología dirigida al emperador Antonino y al Senado, describía con orgullo la práctica cristiana de la asamblea dominical, que reunía en el mismo lugar a los cristianos del campo y de las ciudades (76). Cuando, durante la persecución de Diocleciano, sus asambleas fueron prohibidas con gran severidad, fueron muchos los cristianos valerosos que desafiaron el edicto imperial y aceptaron la muerte con tal de no faltar a la Eucaristía dominical. Es el caso de los mártires de Abitinia, en Africa proconsular, que respondieron a sus acusadores: « Sin temor alguno hemos celebrado la cena del Señor, porque no se puede aplazar; es nuestra ley »; « nosotros no podemos vivir sin la cena del Señor ». Y una de las mártires confesó: « Sí, he ido a la asamblea y he celebrado la cena del Señor con mis hermanos, porque soy cristiana ».(77)
[47]. La Iglesia no ha cesado de afirmar esta obligación de conciencia, basada en una exigencia interior que los cristianos de los primeros siglos sentían con tanta fuerza, aunque al principio no se consideró necesario prescribirla. Sólo más tarde, ante la tibieza o negligencia de algunos, ha debido explicitar el deber de participar en la Misa dominical. La mayor parte de las veces lo ha hecho en forma de exhortación, pero en ocasiones ha recurrido también a disposiciones canónicas precisas. Es lo que ha hecho en diversos Concilios particulares a partir del siglo IV (como en el Concilio de Elvira del 300, que no habla de obligación sino de consecuencias penales después de tres ausencias) (78) y, sobre todo, desde el siglo VI en adelante (como sucedió en el Concilio de Agde, del 506).(79) Estos decretos de Concilios particulares han desembocado en una costumbre universal de carácter obligatorio, como cosa del todo obvia.(80)
El Código de Derecho Canónigo de 1917 recogía por vez primera la tradición en una ley universal.(81) El Código actual la confirma diciendo que « el domingo y las demás fiestas de precepto los fieles tienen obligación de participar en la Misa ».(82) Esta ley se ha entendido normalmente como una obligación grave: es lo que enseña también el Catecismo de la Iglesia Católica.(83) Se comprende fácilmente el motivo si se considera la importancia que el domingo tiene para la vida cristiana.
[48]. Hoy, como en los tiempos heroicos del principio, en tantas regiones del mundo se presentan situaciones difíciles para muchos que desean vivir con coherencia la propia fe. El ambiente es a veces declaradamente hostil y, otras veces —y más a menudo— indiferente y reacio al mensaje evangélico. El creyente, si no quiere verse avasallado por este ambiente, ha de poder contar con el apoyo de la comunidad cristiana. Por eso es necesario que se convenza de la importancia decisiva que, para su vida de fe, tiene reunirse el domingo con los otros hermanos para celebrar la Pascua del Señor con el sacramento de la Nueva Alianza. Corresponde de manera particular a los Obispos preocuparse « de que el domingo sea reconocido por todos los fieles, santificado y celebrado como verdadero “día del Señor”, en el que la Iglesia se reúne para renovar el recuerdo de su misterio pascual con la escucha de la Palabra de Dios, la ofrenda del sacrificio del Señor, la santificación del día mediante la oración, las obras de caridad y la abstención del trabajo ».(84)
[49]. Desde el momento en que participar en la Misa es una obligación para los fieles, si no hay un impedimento grave, los Pastores tienen el correspondiente deber de ofrecer a todos la posibilidad efectiva de cumplir el precepto. En esta línea están las disposiciones del derecho eclesiástico, como por ejemplo la facultad para el sacerdote, previa autorización del Obispo diocesano, de celebrar más de una Misa el domingo y los días festivos,(85) la institución de las Misas vespertinas (86) y, finalmente, la indicación de que el tiempo válido para la observancia de la obligación comienza ya el sábado por la tarde, coincidiendo con las primeras Vísperas del domingo.(87) En efecto, con ellas comienza el día festivo desde el punto de vista litúrgico.(88) Por consiguiente, la liturgia de la Misa llamada a veces « prefestiva », pero que en realidad es « festiva » a todos los efectos, es la del domingo, con el compromiso para el celebrante de hacer la homilía y recitar con los fieles la oración universal.
Además, los pastores recordarán a los fieles que, al ausentarse de su residencia habitual en domingo, deben preocuparse por participar en la Misa donde se encuentren, enriqueciendo así la comunidad local con su testimonio personal. Al mismo tiempo, convendrá que estas comunidades expresen una calurosa acogida a los hermanos que vienen de fuera, particularmente en los lugares que atraen a numerosos turistas y peregrinos, para los cuales será a menudo necesario prever iniciativas particulares de asistencia religiosa.(89)
Jorge Balvey
Notas:
(1) Fil 2,8; Cfr 4, 34, etc.
(2) Conc. Vat II, Decl. DH. 3
(3) Ex 20, 8, 11.
(4) Ex 31, 14
(5) Gen 2, 2
(6) Mt 5, 17
(7) Catecismo Romano p. III, c. IV, n. 7
(8) Const SC, n. 106.
(9) Lc 22, 19.
(10) Cfr. Act 20, 7; 2, 42;
(11) Didajé, 14, 1; S. JUSTINO, Apología, 1, 67, 7
(12) Conc. Vat II, LG, n. 11.
Fuente: arvo.net
ACERCAR LOS HIJOS A DIOS
Los hijos esperan recibir de sus padres, de sus abuelos, de sus hermanos, de todo el entorno familiar, las primeras luces que orienten su inteligencia, su corazón, su libertad, en los grandes campos de la formación humana, profesional, cultural, espiritual, religiosa. Ayudándoles a rezar, a elevar su corazón a Dios desde los primeros años de su vida, los padres facilitarán a sus hijos a descubrir una verdad decisiva para todos los ámbitos de su formación. Esta verdad es: la religión no es un dato más en la vida de los hombres. La actitud religiosa, el vínculo de cada uno con Dios, es la actitud radical y fundamental con que se pueden vivir, ya desde los primeros años y hasta los últimos, todos los hechos y situaciones de la vida. Este libro se ofrece a los padres, a los educadores, a cualquier lector con el deseo de ayudarles en esa tarea, la más grandiosa de las aventuras humanas, que solo puede llegar a realizarse en plenitud en el seno de una familia que anhele ser escuela de oración. Sobre este asunto escribe Ernesto Juliá en su excelente libro «Acercar los hijos a Dios» (Palabra, Madrid 2003), del cual, con la autorización del autor y editor para Arvo Net, extraemos los siguientes párrafos (pp. 73-83)< la a llama lo que Dios de voz inefable forma una atención prestar va no>
CUÁNDO comenzar
Por Ernesto Juliá (*)
Cuándo comenzar
El niño aprende ya en el seno de su madre, y apenas abre los ojos a la luz del sol, no deja de aprender. Esos médicos que han comprobado el vibrante latir del corazón de un niño de siete meses, al oír en el seno materno la voz de su madre grabada en un disco, nos han hecho un gran favor. Si oye la voz de su madre, ¿cómo no va a prestar atención de una forma inefable a la voz de Dios que lo llama a la vida?
Nos han recordado que el niño, aun antes de nacer al mundo, no solo recibe información; también la elabora. Su inteligencia está receptiva desde el primer instante en el que comienza a desarrollarse como facultad vital.
No se puede fijar con precisión ni un tiempo de comienzo del desarrollo del niño, ni un final en su proceso vital, salvo el ya señalado naturalmente por el nacimiento y la muerte. Sí se puede afirmar que el recién nacido está abierto ya a todos los horizontes.
Es algo que todos los padres saben, y “que han comprobado en cada uno de sus hijos. Los educadores, los psicólogos, los médicos que atienden a los pequeños dan plena razón a los padres. Los primeros años del bebé son cruciales. Y lo son en todos los órdenes del vivir; y por tanto, también en el espiritual, en el religioso.
El niño tiene sus gestos a través de los cuales manifiesta su búsqueda del padre, de la madre, del chupete. Manifiesta algo que lleva en el interior, y de forma no meramente instintiva; ya hay algo de su personalidad, de su «yo», en el llanto, en la sonrisa.
En su mirar entorno, el niño va apoderándose de reflejos de luz, aquí y allá. Y también todo su ser da inicio a una relación personal con un Dios a Quien no conoce, pero por Quien ha sido creado; de Quien ha recibido esa vida que él vive, y con Quien toda su persona, de formas inefables y por caminos escondidos, no deja nunca de relacionarse.
Aun antes de saber hablar, aun antes de dirigirse personalmente a Jesús o a la Virgen, por ejemplo, si su padre, si su madre, le toma la mano y le ayuda a santiguarse, el gesto, recibido con la carga amorosa de sus padres, tendrá un significado familiar, de confianza. En esos momentos, obviamente, el niño no racionaliza su acción; le queda, sin embargo grabada, y le abre la inteligencia hacia una realidad vivida con amor, con sus padres. Ya llegará el momento de decir: «En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo».
Para todos es familiar la figura de una niña de dos, tres años, arrodillada al lado de su madre en la iglesia, con las manos juntas, en gesto de adoración, que trata de concentrar su mirada en algo que hay delante de sus ojos, y hacia donde su madre parece que está dirigiendo todas sus fuerzas, en aquel momento. Al poco rato, la niña deja de mirar hacia delante, y busca la mirada de su madre, como tratando de descubrir un gesto de aprobación. Sin darse plenamente cuenta de lo que está ocurriendo en ella, la realidad es que su alma está rezando, elevando sus ojos a Dios.
Y ya, cuando comienzan a chapurrear un cierto lenguaje, del gesto de las manos es oportuno pasar a palabras, a frases, de las que no entenderá ciertamente el significado ni el sentido, pero que habrá recibido, insisto, como algo familiar, como una muestra de afecto materno, paterno, y es en ese amor donde las primeras oraciones adquieren todo su contenido y sentido.
Una frase dirigida a un cuadro, a una imagen de la Virgen, a un Crucificado, da lugar a que en el espíritu del niño se vayan estableciendo vínculos con Dios, vínculos naturalmente sobrenaturales, que no solo caen en tierra fecunda, sino que consiguen asentar en la inteligencia del pequeño un punto de luz, una provocación.
Todo esto, teniendo muy presente la referencia precisa de Jesucristo a los Apóstoles, para que no impidiesen que los niños se acercasen a Él: «Dejad a los niños que vengan a mí, porque de los que son como estos es el Reino de los Cielos. Después, les impuso las manos, y se fue de allí» (Mt 19, 14). Marcos, siempre el más entrañablemente humano de los evangelistas, escribe: «Y abrazaba a los niños, y los bendecía imponiendo las manos sobre ellos» (10, 16).
Además de ese texto, hay otros tres pasajes muy significativos.
El primero es de San Lucas: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y prudentes, y se las has revelado a pequeños» (10, 21). El segundo es de San Mateo: «Él llamó a un niño y lo puso en medio de ellos, y les dijo: Y el que reciba a un niño como este, en mi nombre, a mí me recibe»(18, 2 5).
El tercero es todavía más significativo a nuestro propósito. Es el versículo tercero del Salmo 8: «De la boca de los niños, y de los que aún maman, te preparaste la alabanza», que Jesús recuerda explícitamente (Mt 21, 16) a Los fariseos que se indignaban al oír a los muchachos que en el Templo ensalzaban al Señor cantando «¡Hosanna al Hijo de David!».
De estos tres párrafos queda claro que Dios no deja de enviar su luz a las mentes de los niños y que, a la vez, de la inteligencia de los niños se eleva un canto de alabanza a Dios. Un canto con alma, ni anónimo, ni manipulado. Como si Dios tuviera siempre delante de Sí, al hombre en su plenitud, independientemente de la edad de desarrollo humano que haya adquirido.
Dios cuenta con los niños
Y no como simples seres humanos en camino de ser hombres, sino en la plena realidad de su ser hombres, siendo niños.
Así se comprende que haya habido santos que han visto clara su vocación, y que han movido a sus padres para que les dejaran libres de seguirla, ya desde los cinco años, como es el caso de Santa Teresita del Niño Jesús. Que haya habido no pocos casos de niños mártires en la historia de la Iglesia, entre otros los recientemente beatificados pastores de Fátima.
Y no faltan tampoco testimonios de santos, que expresan su profundo agradecimiento a sus padres, porque de su mano comenzaron a recorrer los caminos del Señor.
La Madre Teresa de Calcuta confesaba con sencillez: «Sí, mi madre era una santa mujer. Trataba de educar a sus hijos en el amor de Dios y del prójimo. Ponía todo su esfuerzo en que creciésemos unidos y en que amásemos a Jesús. Era ella misma la que nos preparaba para la Primera Comunión. Fue nuestra propia madre quien nos enseñó a amar a Dios sobre todas las cosas».
San Josemaría Escrivá no sentía vergüenza alguna en decir que, por la mañana y por la noche, repetía las oraciones vocales que su madre y su padre le habían enseñado de niño; y que eran: «pocas, breves y piadosas». De esta forma, el recuerdo de sus padres le llevaba a Dios, y le hacía sentirse muy unido, a la vez que a su familia de sangre, a la familia de Nazaret Jesús, María y José , y a la familia del Cielo: Dios Uno y Trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Aunque se trata de una historia algo excepcional, marcada por un proceso de enfermedad que lleva a una madurez más honda, vale la pena recoger la historia de una niña italiana, Antonietta «Nennolina» Meo (15 XII 1930. 3 VII 1937).
Falleció a los seis años y medio de un osteosarcoma, diagnosticado cuando apenas tenía cinco años. Su último año fue de grandes sufrimientos «los dolores eran atroces» , declarará su médico. Y los dolores continuaron siendo atroces no obstante la amputación de una pierna, y el aparato ortopédico que le colocaron. La traumatología no había hecho todavía los grandes avances que vemos hoy en día, y la medicina de cuidados paliativos simplemente no existía. Al conocer el diagnóstico, sus padres hicieron todo lo posible para adelantar los tiempos de la Primera Confesión y de la Primera Comunión. Su madre le enseñó el Catecismo por las tardes, al regresar a casa de la escuela. Coincidiendo con el esfuerzo de ir aprendiendo preguntas y respuestas, Antonietta comenzó a escribir unas cartas las llamaba sus poesías , que cada tarde ponía bajo una imagen del liño Jesús a los pies de su cama, «para que Él de noche viniese a leerlas». La primera carta es del 15 de septiembre de 1936. Contiene muchas expresiones simples de afecto que, en su sencillez, se hace difícil comprender que hayan salido del corazón de una niña de cinco años: «Jesús amoroso, te dono mi corazón; Jesús, dame almas»; « ¡Querido Jesús, dame almas! ¡Te lo pido con mucho gusto, y Tú dame muchas, muchas! ¡Te lo pido para que Tú las hagas ser buenas! (…), porque yo quisiera que fuesen todas al Paraíso contigo». ¿Cómo era posible que su inteligencia infantil le ayudara a ver con claridad que Jesús qui , siese la salvación de todas las almas? Quizá Antonietta no hubiera sido capaz de contestar de forma precisa a la pregunta: ¿qué es la salvación? A ella le bastaba querer que aquellas almas por las que pedía llegasen a vivir con Jesús en el Paraíso. «Haré sacrificios para salvar muchas almas». «Querido Jesús Eucaristía, yo hoy Te vuelvo a ofrecer mi sacrificio de la pierna; Te doy gracias porque nos has dado la fuerza de soportar con paciencia nuestra cruz». «Querido Jesús crucificado, yo Te quiero mucho y Te amo mucho. Quiero estar en el Calvario contigo».«Querido Jesús, dame la fuerza necesaria para soportar los dolores, que te ofrezco por los pecadores». No solo la fe ha echado raíces en su espíritu; también la conciencia de que su sacrificio, su dolor, se puede unir al de Cristo en la obra redentora. Sus palabras explican mucho más que cualquier concepto teológico.
La profunda unión que expresa con el deseo salvador de Cristo y su vida redentora, se apoyan en una confianza sin límites en el amor de Dios: ¿cómo podemos explicar la capacidad de esta niña para saberse amada así por Jesucristo?: «Querido Jesús, y me quiero abandonar en Tus manos». «Jesús, ven a jugar conmigo». Todas sus cartas terminaban con abrazos, caricias y besos a sus destinatarios celestes, destilando una dulce familiaridad.
Al hablar sobre ella, su madre manifestó con toda sencillez que Antonietta rezaba sus breves oraciones de la mañana y de la tarde; que al atardecer dirigía su plegaria al Ángel Custodio; y que después de recibir la Primera Comunión, buscó acercarse a la Eucaristía con renovado amor. Las horas después de comulgar fueron siempre apacibles, como si estuvieran libres de dolores, hasta el punto que daba la impresión de haberse recuperado de su enfermedad.
Cuando ya se acercaba el final de su vida, Antonietta recibió la Unción de los Enfermos. Respondió con serenidad a todas las oraciones, recitó el acto de contrición y besó con ternura el crucifijo. Su madre, consciente de la cercanía de Dios en su hija, le pidió la bendición, y la pequeña le hizo la señal de la cruz sobre la frente. Sus últimas palabras fueron: «¡Dios!…, ¡mamá!, ipapá!».
(*) Ernesto Juliá Díaz. Licenciado en Derecho y Doctor en Filosofía. Sacerdote. Escritor. Ha desarrollado su labor sacerdotal, con todo tipo de personas, especialmente en Italia y en España; y esporádicamente en países de los cinco continentes. Autor de varios libros de literatura y de espiritualidad; además de artículos y publicaciones en periódicos y revistas de España e Italia.
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