Familias por el Reino de Cristo

Familias por el Reino de Cristo (FRC) nació en 1.991 de la voluntad de unas familias que, perteneciendo a Jóvenes por el Reino de Cristo (JRC) antes de su matrimonio, deseaban continuar la misma espiritualidad del Apostolado de la Oración y se encontraban “fuera de lugar” en los encuentros de JRC.
Jesús Marcos y Teresa Arroyo de Zaragoza, promotores de tal idea, acudieron al entonces Director del apostolado de la oración, Padre Mendizábal, S.J., para exponerle la nueva propuesta. El Padre Mendizábal comprendió rápidamente el problema y acordaron reunir durante un fin de semana las familias donde alguno de sus miembros hubiese sido de JRC.
Este encuentro se realizó en una casa de religiosas en los alrededores de Madrid y asistieron unas ocho familias. Una vez expuesto el proyecto a todas las familias, los sacerdotes (P. Mendizábal, P. Sayés, etc.) llevaron a cabo unas charlas de formación espiritual y humana, para ayudar a las familias a seguir el camino de Cristo, siempre contemplado desde la espiritualidad del apostolado de la oración.
Finalizado el encuentro se acordó organizar, al estilo de JRC, un encuentro de Familias por el Reino de Cristo anual, con la vocación de “acoger” a las familias “salidas” de JRC.
Estos encuentros se han venido celebrando, cada año, con familias de diversa procedencia, siempre con gran fruto espiritual y alrededor de la fiesta de San José, dado que en el primer encuentro fue unánime el acuerdo de ponernos bajo la protección del Patriarca de la Sagrada Familia.
La asistencia a los encuentros ha sido muy variable en número, aunque en el último organizado de forma semi-conjunta con JRC en Salamanca a raíz de la celebración de veinticinco aniversario de la fundación de JRC, alcanzamos la cifra record de 41 familias formadas por 71 adultos y 77 niños.

Fuente: www.jrcfrc.org

Resumen de los Encuentros de Familias Invencibles en Valencia

“El matrimonio cambia nuestra identidad para siempre”

The Family Watch, 6 de julio 2009.

08-07-2009

Maggie Gallagher es una conocida periodista norteamericana, que publica su columna sobre temas familiares en más de 30 periódicos norteamericanos -entre los que se encuentra The New York Times, The Weekly Standard, and the Wall Street Journal- y ha escrito tres libros de gran éxito sobre el matrimonio, en los que aboga por lo que ya se conoce como el “Movimiento por un nuevo matrimonio”. El más reciente se titula “The Case for Marriage: Why Married People Are Happier, Healthier, and Better-Off Financially”. Es conocida su actitud de nunca rechazar una invitación para hablar del matrimonio, lo que le ha llevado a innumerables debates de televisión -entre los que destaca su participación en el programa de Larry King o en los principales programas de la NBC- y de radio, a numerosas universidades y entidades públicas y privadas, así como a intervenir repetidas veces como experta en el Senado de los EE UU y en varias cámaras legislativas estatales. Hace algunos años creó el Institute for Marriage and Public Policy, del que es presidenta y cuya misión es realizar la investigación y la acción educativa necesarias para que la legislación y las políticas públicas protejan y refuercen el matrimonio como institución social.

Con ocasión de su participación en un Encuentro The Family Watch en Madrid, ha respondido a nuestras preguntas. La entrevista también puede verse grabada en vídeo aquí.

¿Cómo se puede explicar a los más jóvenes la importancia del matrimonio?
Voy con frecuencia a dar conferencias a universidades norteamericanas y los estudiantes me suelen preguntar cómo se puede evitar el divorcio, porque todos entienden que es algo duro y doloroso. Nadie se casa ni nadie se mete en una relación pensando en que la otra parte puede romperla un día y terminar mal, nadie se casa porque quiere terminar divorciándose. Así que, cuando me hacen esa pregunta, siempre respondo lo mismo: “¿que cómo evitar el divorcio? No yendo ninguno de los dos al juzgado para pedirlo, esa es la forma más segura de que nunca suceda”.
Entonces vuelven a levantar la mano y dicen que lo que querían preguntar realmente es cómo ser felices en el matrimonio. Les digo que es una buena pregunta y una noble intención, pero que es algo distinto, que eso se refiere al fundamento mismo del matrimonio y que, para contestarla, hay que preguntarse qué es para mí el matrimonio, si no es más que la celebración de una relación sentimental o se trata de algo que va a cambiar mi identidad para siempre.
Cuando sé que no piensan como yo, les digo que lo que creo de mi matrimonio y trato de transmitir a mis hijos es paralelo a lo que creo de la maternidad: ser esposa es como ser madre, en el sentido de que ser madre es algo muy intenso y satisfactorio, muy gratificante y que aporta amor a una relación, pero no es ese amor ni esa relación lo que define la unión con mi hijo, sino su nacimiento. Mi hijo es mi hijo siempre y, aunque en algún momento me cueste o me duela aceptarlo, no puedo ir a un juzgado y pedir que se revoque mi maternidad.
Es decir, pienso que uno de los aspectos que la nueva cultura del matrimonio debe entender es que el consentimiento que damos realmente nos cambia. Convertirse en marido o mujer supone una transformación fuerte y permanente de la realidad y de mi identidad, de manera semejante a lo que todos entendemos que supone convertirse en madre o padre.
En realidad, se trata de saber si nuestro amor es fiable, o si se trata sólo de una serie de sensaciones interiores que hacen que termine cuando se acaban. Este es el reto al que se enfrenta hoy la vida familiar y su centro es precisamente el concepto de matrimonio, qué significa para mí, cómo lo vivo, si merece la pena y si es mejor o peor que sus alternativas. Precisamente en esas alternativas encontramos la mejor defensa del matrimonio, porque lo más profundo del corazón humano necesita dar y recibir un amor que sea fiable, que sea causa de un amor renovado constantemente.
Además, el matrimonio es el mejor modo de que el amor entre un hombre y una mujer salga del contexto de lo pasajero, de lo prescindible, y adquiera una realidad pública y permanente. Eso es lo que ha hecho que el matrimonio sea diferente del simple enamoramiento y de la mera amistad, lo que lo convierte en algo admirable y digno de ser vivido.

¿Cuál es el papel del padre en la familia?
La mujer, la madre, cumple un papel clave en la relación entre padre e hijo, porque aporta información y contraste a las opiniones del hombre, del padre. Por eso, cuando ambos no se ven como partes de una misma familia, la participación del padre en la relación con su hijo se ve afectada.
Y también hay que tener en cuenta que cuando padre y madre se separan no permanecen solos, sino que tienden a buscar nuevas relaciones, que compiten con las anteriores. La nueva compañera del antiguo marido quizá no vea con hostilidad su relación con los hijos, pero le estará quitando tiempo y atención. Esos conflictos pueden manejarse mejor o peor, pero siempre están ahí.
En los ámbitos sociales donde las rupturas se han desarrollado del todo, como los ambientes más urbanos de Norteamérica, se comprueba que hay más pobreza, que los niños sufren un perjuicio económico, y también que hay una constante rotación de relaciones superficiales. ¿Cómo se puede pedir a alguien que sea un buen padre, si a sus 25 años ya tiene 3 hijos de mujeres diferentes que viven en lugares distintos, y quizá está estrenando una nueva relación que le pone mala cara cuando va a ver a las anteriores? Es fácil entender que eso no funciona, que no es un sistema familiar sostenible.
No dar importancia al valor del matrimonio significa no dársela tampoco a que los hijos puedan crecer en un ambiente adecuado, a que puedan tener un padre y una madre accesibles, a la familia como unidad, como idea, como concepto. En resumen, significa que estamos poniendo por delante de la familia otras muchas cosas.
El matrimonio nunca es un sistema totalmente perfecto y hay que estar siempre pendientes de los niños y la familia, pero si queremos tomarnos en serio el bienestar del niño, su calidad de vida y su futuro, tenemos que cuidarlo.

¿Qué cometido tienen las entidades como The Family Watch en la sociedad actual?
En los últimos cinco años, han surgido unos cuantos think tanks en distintos países. Lo único malo es que su nacimiento se debe a un problema que se ha generalizado. En el mundo desarrollado, en los lugares donde la sociedad humana crece porque se consolida el estado de derecho y la sociedad de las oportunidades, han surgido al mismo tiempo problemas para el desarrollo de la familia.
Mientras la tribu africana más pequeña sabe como lograr que hombre y mujer se unan para dar origen a la siguiente generación, en nuestras sociedades, que son tan buenas para tantas cosas, algo tan sencillo se ha convertido en un auténtico problema. Sin embargo, lo positivo es que, en vez de aceptarlo como algo inevitable, estamos tratando de establecer nuevas estrategias, porque nos damos cuenta de que hemos creado unas sociedades modernas que son hostiles a la familia de forma desconocida hasta ahora. No queremos renunciar a los beneficios del progreso, sino afrontar esta situación para encontrar nuevas formas de entender lo que pasa y encontrar soluciones para recuperar la familia.
Lo que The Family Watch está haciendo es muy importante, entre otras cosas porque formáis parte de una red mundial que no sólo abarca España. En todo el mundo hay gente que sabe hacer buenos coches, descubrimientos científicos y otros avances, pero ¿estamos siendo capaces de aportar lo que la sociedad necesita para acoger a los niños y hacer que el amor entre un hombre y una mujer sea estable y forme un hogar? Esto resulta cada vez más difícil, y por eso me alegra que no sea sólo en EE UU donde podemos decir que, cuando se detecta un problema, no encogemos los hombros y pensamos que no hay solución, sino que nos ponemos a trabajar para resolverlo, porque siempre hay formas de hacer que las cosas mejoren o, al menos, que no empeoren.

¿Y qué consejo nos daría?
Mi consejo es que fortalezcáis mucho las redes de intelectuales, que son extremadamente importantes, y que logréis que cada vez haya más jóvenes licenciados valiosos que se interesen por temas como la familia, el divorcio, el matrimonio, los niños que crecen sin su padre…
No podemos dejar que los intelectuales se aíslen, porque no es el genio individual el que triunfa, sino la labor de equipo. Por eso, necesitamos crear grupos selectos de personas que sean capaces de pensar sobre los problemas, definirlos y aplicar el método científico y la investigación a sus causas, de forma que propongan posibles soluciones. Creo que este es servicio importantísimo para la sociedad.
Y mi otro consejo para que esto funcione es que consigáis que haya familias sanas, para lo que necesitamos encontrar la forma, en medio de las actuales circunstancias adversas, de que haya entornos en los que la vida familiar pueda desarrollarse, en las que el matrimonio siga siendo un ideal de vida, en las que se respete el concepto de lo que significa ser marido y mujer, padre y madre, y donde estos ideales se transmitan de forma efectiva a nuestros hijos.
Si somos capaces de hacerlo, en pocas generaciones cambiaremos la cultura, porque el futuro ciertamente pertenece a los que tienen hijos: el futuro será lo que nosotros hagamos.

fuente:www.thefamilywatch.org

Cómo soportar el desempleo sin deprimirse

Las colas del paro forman parte del día a día de muchos desempleados.

Óscar Monzón

El suicidio de un padre de familia que, tras haber sido desahuciado, decidió ahorcarse la semana pasada en un parque de Barcelona, es de esas gotas que colman el vaso. Aunque, afortunadamente, casos tan extremos como éste son los menos, sí que ponen en evidencia el tremendo impacto que tiene la actual crisis económica no sólo en los bolsillos de los ciudadanos sino también sobre su salud mental.

“Los estudios observacionales indican que las personas desempleadas cuentan con un riesgo de suicidio entre dos y tres veces mayor”, indica un documento publicado el año pasado en ‘The British Medical Journal’. Sin embargo, esta relación, como aclara José Luis Ayuso, catedrático de Psiquiatría de la Universidad Autónoma de Madrid, “no es directa”, depende de factores como la personalidad (con su influencia genética y ambiental) y la cobertura social de cada país.

“En Psicología, cualquier pérdida (como la del trabajo) conlleva un duelo. Ante esto, hay personas que desarrollan trastornos adaptativos (no tanto patológicos) como ansiedad, estrés o depresión”, declara Iñaki Eguiluz, jefe del servicio de Psiquiatría del Hospital de Cruces (Bilbao). Estos síntomas son los más comunes y muy pocas veces son sinónimo de suicidio. “Los casos más extremos van acompañados de trastornos de la personalidad previos, que no habían dado la cara hasta entonces, o de un cuadro clínico de depresión. Además, suelen ser personas que no toleran la frustración que les provoca esta situación de crisis”, aclara este profesor de la Universidad del País Vasco.

Junto con las características personales, las estructuras sociales en las que se mueve cada sujeto marcan mucho su comportamiento. Como explica el doctor Ayuso, que también es miembro del Instituto de Investigaciones Sanitarias del Hospital de la Princesa (Madrid), para afrontar la crisis son esenciales “los programas de protección, que ayudan al desempleo o que intentan favorecer la incorporación al trabajo”. La existencia de una cobertura sanitaria universal también resulta básica. Pero es algo que no ocurre en todos los países, como es el caso de Estados Unidos, donde a la tragedia de quedarse en paro se suma la de perder el seguro médico.

Consejos
Ante una situación de estrés, como lo es perder el trabajo, Eguiluz aconseja mantener la serenidad, ya que “como todo duelo, se puede salir, y hay que hacerlo”.

Por si eso no fuera suficiente, en España juega a nuestro favor la alta sociabilidad que nos caracteriza. Las relaciones personales o los vínculos familiares –cada vez más debilitados, todo sea dicho– pueden ayudar. Lo contrario sucede con el aislamiento, que agudiza la sensación de soledad. “Llevar una vida ordenada y contar con la familia o los amigos son factores muy estabilizadores”, recalca el psiquiatra vasco.

Dentro de estas estructuras sociales, la religión también puede cumplir un papel protector, “al promover creencias que reafirman la vida”, según los autores de un estudio aparecido en ‘Social Psychiatry and Psychiatric Epidemiology’. Todo ello, sin olvidar el apoyo profesional.

“La gente no suele buscar este tipo de ayuda. Casi el 50% de las personas con depresión está sin diagnosticar”, matiza José Luis Ayuso.

Autor: FAMILIAE Psicoterapia- Fecha: 2010-12-19

La espera aunque parezca larga

Luce Bustillo-Schott

No se pierde la esperanza por aquel a quien tanto amamos si la espera está puesta en Dios. Aunque seamos motivo de crítica, aunque nos tilden de ingenuos e ilusos. Aunque nos vean como si fuéramos seres extraños en medio de un mundo que ha cambiado el sentido al amor, porque sólo vive para satisfacer el ego, porque se contenta con la felicidad aparente de los placeres del momento, cuando en realidad lo único que hace es dañar la mente, el alma y el corazón.

El amor es un regalo de Dios para que el hombre sea feliz y haga felices a los demás. El amor verdadero consiste en amar a Dios y en amar a tu prójimo como a ti mismo. Este es el primer mandamiento. Si decimos que amamos a Dios y abandonamos a aquellos que Él nos dio a nuestro cuidado ya hemos dejado de amar.

La familia es la escuela del amor verdadero, la base de la sociedad y del mundo. Un padre o una madre de familia que dice amar a sus hijos y de la noche a la mañana abandona el hogar ni siquiera está amándose a sí mismo. Su amor se torna egoísta porque sólo piensa en satisfacer su ego buscando fuera de su hogar lo que ya tiene para ser feliz.

El amor dentro del matrimonio es donación y entrega. Es una unión de amor tan profunda que en su máxima expresión conlleva la responsabilidad de la procreación de quienes vienen a dar un sí ulterior a ese amor: los hijos. Los esposos reafirman así lo que Dios nos enseña sobre el amor y entran a participar en la mayor y más bella obra de Dios: la familia.

El amor conyugal es la unión de un hombre y una mujer bajo la bendición de Dios desde el día del matrimonio. Se forma así un triángulo indisoluble de una comunión permanente, que da testimonio de la alianza con Dios como símbolo de la salvación del hombre de acuerdo a lo revelado en la Biblia. Cualquier otra relación fuera del matrimonio es simplemente adulterio, una traición a nuestro creador y, por ende, al esposo(a) y a los hijos.

Cuando hay abandono matrimonial de inmediato se rompe esa alianza con Dios, y el hombre pierde su paz interior y la oportunidad de ser realmente feliz, al dejarse llevar por el pecado que es la separación entre el Padre y sus hijos. Pero cuando el amor ha dejado raíces fuertes en el esposo o en la esposa que permanecen fieles, cuando en los hijos existe algo maravilloso que es la esperanza de que el papá o la mamá regrese algún día a Dios y a su hogar como el hijo prodigo, entonces descubrimos un verdadero testimonio del amor verdadero, ese amor que un día Dios unió. Entonces la espera, aunque parezca larga, vale la pena, pues el regreso de aquel que tanto se ama no depende de él sino de Dios.

Hoy se habla del divorcio como algo natural, como la ruptura de una relación a la que no se le da el verdadero valor que tiene cuando se ha dado el Sacramento del matrimonio, por el que vale la pena luchar hasta la muerte.

Por más que los hombres traten de legalizar civilmente una nueva relación jamas ésta será válida a los ojos de Dios. Para Dios no hay alternativas a un matrimonio bendecido por el mismo amor divino, ni hay nuevas relaciones que puedan sustituir aquella primera en la que se ha formado una familia.

Sólo en la familia radican los valores que permiten encontrar la verdadera felicidad, como son el amor, la entrega, la armonía, la alegría, la unión, la comprensión, el aprender diario a compartir… Pero, sobre todo, está la esperanza: una esperanza de amor y perdón en la que el hombre, unido a Dios, encuentra la paz y la verdad que nos hace plenamente libres.

fuente:encuentra.com

La familia y yo

Reflexión sobre el valor de nuestra familia.

LA FAMILIA Y YO

OBJETIVO:

Reflexionar sobre el valor de nuestra familia. ¿Cómo es?, ¿cómo nos gustaría que fuera?, ¿qué podemos hacer nosotros para lograr que se asemeje a ese ideal?

Comprender y perdonar, en vez de juzgar.

MATERIAL:

Plumones y tres hojas de papel para cada uno.

DINÁMICA:

Esta dinámica consta de tres pasos…. nuestra relación con papá, con mamá y con nuestros hermanos. En los tres pasos, vamos a contestar las mismas preguntas que aquí sugieren. Pedir mucha sinceridad. Si se juzga conveniente, al terminar, se eligen por parejas y se comenta lo que escribieron y dibujaron. Respetar a quien no quiera platicarlo.

1. ¿Cómo siento mi relación con papá? ¿Por qué?
¿Estoy contenta con ella?
¿Siento que me quiere, que me comprende, que me respeta?
¿Puedo platicar con él? ¿Lo conozco realmente?
¿Y yo, lo quiero, lo comprendo, lo respeto, me intereso por él?
¿Cómo me gustaría que fuera mi relación con papá?
¿Qué puedo hacer yo para mejorarla?
(Dibuja ahora a tu papá y a ti, según sientas tu relación actual con él…. de la mano, distantes, abrazados, dando órdenes, platicando, etc.)

2. ¿Cómo siento mi relación con mamá? ¿Por qué? (continuar el cuestionario)

3. ¿Cómo siento mi relación con mis hermanos? (continuar cuestionario)

Como esta dinámica es muy profunda, hay que dar el tiempo suficiente, no presionar. Si es necesario, la información del tema se deja hasta la próxima clase.

Tradicionalmente hemos esperado que la familia sea ese lugar donde podemos encontrar amor, comprensión y apoyo, aún cuando todos los demás nos fallen; el lugar donde podemos refrescarnos y cargarnos de energía, para poder enfrentarnos al mundo y sus problemas. Ese lugar donde somos amados y aceptados, no por lo que hacemos y por qué tan bien lo hacemos, sino simplemente por ser, por haber nacido, por ser personas.

Si en la dinámica, nosotros descubrimos que vivimos todo eso, bien, tu trabajo será mantener y acrecentar la riqueza de esa relación familiar.

Sin embargo, es probable que muchos de nosotros no estemos muy satisfechos con nuestra relación familiar actual, que, al menos en algunos aspectos, quisiéramos que fuera diferente. Y esto no es difícil de explicar. Si tomamos en cuenta que nuestra familia está formada por personas que tenemos algo en común, que es la sangre, pero que somos totalmente diferentes, pues no existen dos personas iguales, con distinta manera de pensar, de sentir, de ser, con necesidades personales que satisfacer y que van cambiando con la edad y la realidad que vive cada quien, con derechos y obligaciones, con expectativas diferentes, y conviviendo juntos casi las 24 horas, vemos por qué esa relación que debería ser lo máximo, es tan difícil, qué diferente es aceptar a una amiga por una o dos horas, que a un hermano todo el día.

La pregunta aquí es, ¿creemos que la familia es necesaria? ¿qué pasaría si no tuviéramos familia? ¿Qué sentiríamos si un día, al regresar de la escuela, nos encontráramos con la noticia de que todos habían muerto en un accidente? A veces es bueno pensar en esto, pues nadie sabe lo que tiene hasta que lo ha perdido.

Por tanto, si consideramos que la familia es necesaria, ¿valdrá la pena estar todos los días renegando, deseando que todos sean diferentes, envidiando a otras familias, o habrá otra forma de vivir más en paz y feliz? Es cierto que nosotros no escogimos a nuestra familia… ellos tampoco pudieron escoger a sus hijos o hermanos… fue en esta familia que Dios quiso que naciéramos…. y si queremos ser felices, conviene que aprendamos a florecer donde hemos sido plantados.

Relación con papá y mamá, nuestra primera relación al nacer, fue con ellos. Ellos nos enseñaron a caminar, a hablar y todas aquellas cosas que nos fueron ayudando a crecer. Sin su cuidado, sin su cariño, no habríamos podido vivir. La vida misma la recibimos a través de ellos. ¿Por qué pues es a veces tan difícil esta relación? Hay varios por qués… Estamos creciendo, y hemos descubierto que papá y mamá son seres humanos, con necesidades y limitaciones, con conductas que no nos agradan, y no los seres omnipotentes que creíamos que eran.

Estamos buscando ser independientes, romper el cordón umbilical que nos une a ellos. Nos molesta que nos cuiden tanto, que no comprendan que queremos más libertad, más permisos.

Esperamos mucho de ellos. Como que el hecho de habernos traído al mundo, los obliga a hacernos y a darnos todo. Nuestra necesidad de amor, de comprensión, de ser importantes para ellos, es insaciable.

Nos deslumbra y emociona tanto el mundo exterior, los amigos, las nuevas experiencias, que la casa y la familia nos ahogan.

Todo esto es bien natural, es parte de nuestro crecimiento.
Así pues, tenemos dos opciones: vivir en guerra con ellos, o buscar formas para vivir en armonía. Una cosa tenemos que tener bien clara…. si nuestra felicidad depende de que papá y mamá cambien y sean como nosotros queremos que sean, hemos decidido ser infelices, pues nosotros podemos cambiar nuestro mundo, pero no el mundo de los demás, si ellos no quieren. ¿Estaríamos dispuestos a cambiar a como cada miembro de la familia quiera? ¿Podríamos darle gusto a todos?

¿Qué se requiere en una familia para que haya armonía y paz? Se requiere comprensión, comunicación, respeto y sobre todo, amor.

a) COMPRENSIÓN. Nuestra canción favorita es que nadie nos comprende, que papá y mamá son unos anticuados, que no comprenden que ya no somos niños, que queremos más libertad, que los tiempos han cambiado, etc. Todo eso es cierto…. más, ¿nos comprendemos nosotros a nosotros mismos? Pedimos que nos comprendan cuando nosotros no nos comprendemos. Y, ¿qué tanto comprendemos nosotros a mamá y a papá? ¿hemos tratado de entender su manera de ser? ¿nos hemos puesto en sus zapatos? Si por ejemplo, no nos gusta que papá tome, ¿nos hemos puesto a pensar por qué lo hace?, le hemos preguntado con interés y cariño, ¿por qué toma? Si mamá anda seguido de mal humor, ¿qué le pasa? Es tan fácil convertirnos en jueces y criticar. Si nosotros queremos ser comprendidos, tenemos también que comprender.

b) COMUNICACIÓN. La única manera de que nuestros papás y hermanos sepan realmente cómo nos sentimos y qué pensamos, es comunicándoselos. La única manera de conocer a fondo a papá y mamá y a nuestros hermanos, es platicando con ellos de lo que sienten, piensan y el por qué de algunas conductas que a nosotros no nos gustan. Comprender no es aprobar. Si no estamos de acuerdo en algunas cosas, como por ejemplo permisos, hay que dialogar, para tratar de llegar a un acuerdo. Lo que pasa es que cuando nos niegan algo, en lugar de hablarlo con serenidad, nos enojamos, damos portazos o levantamos la voz y con eso estamos demostrando que no somos dueños de nuestras emociones y que posiblemente no somos responsables como para obtener el permiso deseado.
Muchas veces pensamos: ni para qué intento hablar con ellos, nunca me escuchan. No es conveniente adelantarnos a juzgar y cerrar la oportunidad de dialogar. Escojamos el momento oportuno y vayamos abiertos a escuchar también su punto de vista. Si nosotros estamos convencidos de que lo que pedimos es bueno para nosotros, es casi seguro que lograremos convencer a nuestros papás.

Los papás aprenden a ser padres a través de sus hijos y de lo que de ellos aprenden. Qué triste que en muchos casos la única comunicación que existe entre papás e hijos, son órdenes y regaños, o cuando hay que pedir permisos o dinero.

c) RESPETO. ¿Qué significa para nosotros “Honrar a tu padre y a tu madre”? ¿Será llevar serenata y regalos el diez de mayo? ¿o el Día del padre?
Honrar quiere decir: respetar, considerar.
Respetar a nuestros papás es respetar su manera de ser, de pensar de sentir, de actuar. Es no ponernos en plan de jueces. Respetar su unicidad. Es no burlarnos de sus fallas o tratarlos en forma grosera. Es ayudarlos y motivarlos en su tarea de papás. Es hacer florecer en nosotros todo lo bueno que han sembrado. Así como nosotros nos sentimos felices aquella vez en la escuela, que sembramos un frijol y que germinó y brotó una nueva plantita, así se sienten felices y recompensados los papás, cuando ven que sus hijos van creciendo y superándose. Respetar es cuidar de ellos cuando enferman o envejecen, y no hacerlos un lado porque estorban.

Si nosotros queremos que nos respeten nuestra manera de ser, necesitamos respetar.

Posiblemente algunos de nosotros nos preguntemos, ¿cómo puedo yo sentir respeto hacia alguien que me ha hecho daño? ¿o que me abandonó cuando era yo un niño? ¿o que nunca me ha demostrado cariño? Etc., etc.
Aquí la pregunta es: ¿y sirve de algo guardar enojo y resentimiento contra ellos? Ya hemos hablado de lo que es un resentimiento. Cómo hace pesada la vida, cómo nos priva de la felicidad. Aún cuando no entendamos el por qué de ciertas conductas, hay que aprender a perdonar…. el perdón nos hace libres para disfrutar la vida y para respetarlos, aunque no aprobemos lo que hacen. Ellos no van a cambiar, si no quieren. Aprendamos a respetar, procurando que no nos afecten y lastimen.

Y, si nos hemos dado cuenta, que ser papás es una misión muy bella, pero que implica gran responsabilidad por lo mucho que los papás influyen y afectan a sus hijos, hagamos el propósito de prepararnos lo mejor posible para ser buenas mamás y buenos papás el día de mañana.

De nuestros papás tomemos todo lo bueno que tienen. Así como cuando una persona se cambia de casa, escoge las cosas mejores para llevarlas consigo y regala o tira lo que ya no quiere o no le sirve, así también nosotros podemos tomar lo que más nos gusta de nuestros papás y hermanos, y no imitar aquéllo que nos lastima o desagrada.

d) AMOR. El comprender, el compartir, el respetar, eso es amar. El amor es el sentimiento más maravilloso que podemos sentir. Y necesita ser demostrado, ya sea con caricias, palabras alentadoras, sonrisas, etc. ¿Les decimos nosotros a papá y a mamá lo que los queremos? ¿y a nuestros hermanos? No llevemos flores a los panteones. Hay que hacérselo saber y sentir, ahorita que están vivos.

e) OBEDIENCIA. El respetar a nuestros papás significa también obedecerlos. ¿Obedecer siempre? ¿Obedecer en todo? Cuando fuimos pequeños nuestra experiencia de la vida era muy escasa. Necesitábamos que papá y mamá nos marcaran el camino a seguir. Ahora que hemos crecido, nos molesta que nos digan qué hacer. Casi siempre nos rebelamos ante sus mandatos, como los hemos etiquetado de anticuados, ni siquiera reflexionamos si lo que nos están pidiendo es lógico y conveniente.

No hay que irnos a los extremos: rebeldes o totalmente sumisos. El mismo Jesús nos da un claro ejemplo de cómo actuar. En su edad adolescente, toma una decisión independientemente de sus padres; es su misión la que está en juego y debe cumplirla, y así que se los hace comprender a sus padres, extrañados y desconcertados. Pero no produce ruptura en sus relaciones familiares, no se afirma destruyendo, sino que, tras el diálogo y explicación, perdura la unión, la integración y la colaboración obediente.

Relación con nuestros hermanos. ¿Por qué casi siempre estamos como perros y gatos? ¿Por qué con los amigos mostramos nuestra mejor cara, y con los hermanos ni nos sonreímos?

Es probable que para valorar lo que es un hermano, necesitaríamos meternos en los zapatos de alguien que es hijo único, para sentir la soledad. Cómo se comparten las alegrías y las tristezas y hasta el trabajo de la casa, cuando son varios hermanos.

ILUMINACIÓN CRISTIANA DE LA REALIDAD

La paternidad y la maternidad es un signo Eucarístico.
En la Eucaristía, Jesús se nos presenta en forma de una mamá, puede decir lo mismo. Ella se ha gastado levantándose desde muy temprano para hacer el lunch, para tenernos ropa limpia, para asear la casa, para servirnos la comida caliente.

Un día, esos papás serán ancianos, estarán acabados….. y sus hijos, nosotros, estaremos en la plenitud de la vida, con todo el vigor en nuestro cuerpo.

Cuántas cosas podía haber hecho papá con su dinero, si no hubiera tenido que mantenernos. Cuánto descanso y tiempo para hacer lo que quisiera, hubiera tenido mamá, si no tuviera que cuidar de nosotros. Más ellos, gustosamente, gastaron su vida, para darnos la vida. Un acto de amor constante, sin vacaciones.

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Fuente:
Pastoral Juvenil Coyuca.

http://pjcweb.org

¡No te metas en mi vida!

Familia y bienestar, relaciones íntimas

Algunos estudios revelan las ventajas sociales del matrimonio

El impacto social del matrimonio se encuentra en el centro del debate en muchos países. Los matrimonios del mismo sexo, el divorcio, las madres solteras y otros temas dividen a la opinión pública. La revista The Future of Children dedicaba su número de verano al tema «Matrimonio y Bienestar del Hijo» y da luz sobre los problemas.

En su introducción a la materia, la revista, publicada por la Escuela de Asuntos Públicos e Internacionales Woodrow Wilson de la Universidad de Princeton y por la Brookings Institution, indicaba que la mitad de todos los niños de Estados Unidos nacidos hoy se espera que vivan lejos de uno de sus padres antes de cumplir los 18 años. El número es incluso mayor entre los niños afroamericanos.

La decadencia de las familias con los dos padres está íntimamente ligada al aumento de la pobreza infantil, afirmaba la revista. Además, los cambios en el matrimonio y la familia «parece privar a los niños de las ventajas documentadas del matrimonio como una salud física y emocional mejor y mayores logros socioeconómicos».

El nexo entre familias e ingresos se examina en el artículo «¿Para el Amor y el Dinero? El Impacto de la Estructura Familiar sobre los Ingresos Familiares», de Adam Thomas e Isabel Sawhill. Los autores son, respectivamente, profesor adjunto en la Escuela John F. Kennedy de Gobierno, en la Universidad de Harvard, y la directora del programa de Estudios Económicos en la Brookings Institution.

Concluyen que el aumento de la maternidad y paternidad en soltería ha reducido el bienestar económico de los niños. Además, los niños en los hogares en cohabitación, aunque tienden a ir mejor económicamente que aquellos en hogares de un solo progenitor, se encuentran en peor situación que aquellos en hogares con padres casados.

Bonificación en el sueldo

Aunque algunos progenitores en solitario, el 38% en el 2001, reciben apoyo económico del progenitor ausente, esta situación se haya bastante lejos de la suma de dinero que un esposo o esposa casado traería a casa para la familia.

El artículo también observaba el fenómeno de la «bonificación en el sueldo» para los hombres casados. Un estudio demostró que, tras controla características tales como experiencia laboral y educación, los sueldos semanales de los hombres casados son entre un 16% y un 35% más altos que los de los hombres separados, divorciados o que nunca se casaron.

Una parte de esta diferencia puede explicarse por el hecho de los hombres con mayor poder adquisitivo son más atractivos como parejas para el matrimonio. Pero otros estudios indican que sólo la mitad se debe a este factor. La revisión de muchos estudios lleva a la conclusión de que el matrimonio sube directamente los sueldos de los hombres entre un 5% y un 10%.

Thomas y Sawhill también encontraron una gran cantidad de evidencia que demuestra que los niños nacidos de madres no casadas tienen más probabilidades de ser pobres que otros jóvenes. Esto sigue siendo verdad incluso después de tener en cuenta la raza, el trasfondo familiar, la edad, la edad y el estatus laboral.

Los estudios han valorado hasta qué punto el descenso de matrimonios y la extensión de la paternidad y maternidad en soltería durante ha contribuido en un espacio de tiempo al aumento de la pobreza infantil. Con algunas excepciones, estos estudios encuentran generalmente que la mayor parte, en algunos casos la totalidad, del aumento en la pobreza infantil durante los últimos 30 ó 40 años puede explicarse por los cambios en la estructura familiar.

Castigo impositivo

Las ventajas económicas podrían ser incluso mayores, si no fuera por el sistema fiscal que, en muchos casos, penaliza a las parejas casadas. Este punto lo aborda Adam Carasso, investigador asociado en el Urban Institute, y C. Eugene Steuerle, codirectora del Centro de Política Fiscal Urban-Brookings.

En su artículo, «El Castigo al Matrimonio a que se enfrentan Muchos Hogares con Hijos», observaban que cuando un progenitor soltero que gana el salario mínimo se casa con otro trabajador que gana el salario mínimo, pierden varios miles de dólares en beneficios por la cartilla alimentaria. Este «castigo impositivo» actúa de diversas formas, incluyendo la pérdida de beneficios médicos, o ser empujado a un escalón impositivo más alto.

Carasso y Steuerle concluyen que la mayoría de hogares con hijos que tienen unos ingresos inferiores a los 40.000 dólares se ven penalizados de modo significativo cuando se casan. En consecuencia, «la cohabitación se ha convertido en el paraíso fiscal de los pobres». Cambiar esta situación no será fácil, añadían, debido a la multitud de leyes que rigen las ventajas sociales y los impuestos. En los últimos años, el Congreso ha hecho algunos cambios para reducir el castigo al matrimonio, pero queda mucho por hacer.

Paul Amato, profesor de sociología en la Universidad Estatal de Pennsylvania, considera algunos aspectos sociales relacionados con el matrimonio. En su artículo, «El Impacto del Cambio en la Formación Familiar sobre el Bienestar Cognitivo, Social y Emocional de la Próxima Generación», considera el impacto del divorcio en los hijos.

El bienestar de los hijos

Abunda el debate sobre la diferencia de resultados en los estudios sobre esta área, observa. Pero un meta análisis reciente hecho por Amato, basado en 67 estudios llevados a cabo durante los años 90, encontró que los hijos con padres divorciados, de media, puntúan, de modo significativo, más bajo en diversas mediciones de bienestar que los jóvenes con padres que continúan casados.

Las diferencias entre los dos grupos fueron más modestas que amplias, comentaba. Este ha sido también el caso en décadas pasadas. No obstante, indicaba que los meta análisis más recientes revelaban que el impacto negativo del divorcio sobre los niños ha seguido en los noventa, cuando el divorcio se había hecho común y ampliamente aceptado. Otros análisis también revelan que las diferencias en el bienestar persisten en la edad adulta.

Los niños nacidos fuera del matrimonio han sido estudiados con menos frecuencia que los hijos de divorciados. Pero los datos muestran que los primeros tienen más probabilidades de experimentar problemas cognitivos, emocionales y de comportamiento que los niños que viven con sus padres casados.

Otra cuestión es si volverse a casar mejorará la situación para los hijos. Añadir un padrastro al hogar suele mejorar el standard de vida de los hijos, admitía Amato. Pero los estudios indican de modo consistente que los hijos en familias con un padrastro o una madrastra muestran más problemas que los que lo hacen con sus padres que se mantuvieron casados y tienen el mismo número de problemas que los niños con un solo progenitor.

Amato concluía observando que la sociedad envejecida se volverá cada vez más dependiente de un número de adultos jóvenes cada vez más reducido. En este contexto es urgente dar pasos para aumentar el número de niños bien adaptados que crecen en con sus dos padres casados.

Crimen y familia

Los recientes artículos de la revista The Future of Children son sólo parte de una gran cantidad de material de investigación que muestra cuán importantes son para la sociedad el matrimonio y la familia. Un estudio, publicado el 21 de septiembre por el Institute for Marriage and Public Policy con sede en Washington D. C., examinaba la relación entre estructuras familiares y crimen. El documento, «¿Pueden los Padres Casados prevenir el Crimen?», revisaba 23 estudios recientes en Estados Unidos publicados entre el año 2000 y junio del 2005.

La investigación ha revelado que todos menos tres estudios han encontrado efectos de la estructura familiar sobre el crimen o la delincuencia. La investigación sugiere, de forma fundada, que tanto los adultos jóvenes como los adolescentes que han crecido en hogares con un solo progenitor tienden a cometer crímenes.

Otro ejemplo reciente es el estudio publicado el 24 de octubre por el Institute for American Values con sede en Nueva York. «Las Consecuencias del Matrimonio para los Afroamericanos» es un informe basado en la revisión de 125 artículos de ciencias sociales y un análisis estadístico de los datos de una encuesta nacional.

El estudio halló que el matrimonio tiene altamente benéfico para los varones negros a lo largo de su vida. Las mujeres negras también parecen sacar beneficios muy importantes del matrimonio, aunque menos que los varones, según el comunicado de prensa que anunciaba el estudio.

Otro hallazgo es que el matrimonio es profundamente importante para el bienestar de las familias negras, significando con frecuencia la diferencia entre vivir por debajo o por encima de la línea de pobreza. Todas buenas razones para que los gobiernos, las iglesias y la sociedad hagan todo lo que puedan para promover el matrimonio y la familia.

Fuente: catholic.net

El presidente de Chile defiende el matrimonio auténtico

26, 05, 2011 12:00 am

(Emol/InfoCatólica) Fuerte molestia en la comunidad homosexual causaron las declaraciones del Presidente Sebastián Piñera, quien al anunciar la entrega del bono por las «bodas de oro» confirmó su postura a favor del matrimonio. «Creo mucho en el matrimonio, en el matrimonio como debe ser, entre un hombre y una mujer, que se casan para compartir un proyecto de vida, para generar una nueva familia, para recibir los hijos que Dios nos mande», expresó el Mandatario, quien llamó precisamente a «fortalecer la familia, porque es, después de Dios, lo más importante que tenemos en este mundo».

Sus palabras surgieron un día después de que los senadores de la UDI Pablo Longueira y Andrés Chadwick presentaran una reforma constitucional para establecer que el matrimonio sólo puede ser contraído entre un hombre y una mujer, con el fin de ratificar que no se abrirá la puerta al enlace homosexual cuando se discuta un proyecto que regule las uniones de hecho.

La iniciativa parlamentaria fue retirada en las últimas horas debido al rechazo que generó tanto en las redes sociales como en sectores de la oposición y en el Movimiento de Integración y Liberación Homosexual (Movilh).

Esta última agrupación fue la encargada también de manifestar su malestar por las declaraciones del presidente. “Tenemos una profunda diferencia con Piñera en torno al matrimonio homosexual, pues oponerse a la igualdad legal para todas las personas es impresentable en un país democrático. (…) Lo que repudiamos con especial fuerza es que sea regresivo en torno a la concepción de familia. No puede ser que una vez asumido como Presidente cambie de postura sobre esta materia”, recalcó el Movilh.

La entidad dirigida por Rolando Jiménez lamentó además que “el Presidente de la República diga o más bien imponga cómo debe ser el matrimonio”.

“Al decir a la par que el matrimonio es sólo entre un hombre y una mujer y vincular sólo a esta unión a la familia y los hijos, se excluye de manera horrorosa una realidad. Gays, lesbianas y bisexuales y transexuales que conviven sí son familia, más aún si tienen hijos”, subrayó el Movilh a través de un comunicado.

fuente: infocatolica

¡Claro que el amor es «lo que importa»!

Tomás Melendo

A modo de introducción: Bodas “de etiqueta” y bodas de “Sí, quiero” (Por Marta Román)

Qué manía le ha dado a todo el mundo con poner etiquetas a las bodas y a lo que de ellas se deriva, es decir, a las familias. Hoy en día se reducen a dos: “Tradicional”, que me suena a “aburrimiento”, y “Nueva”, que me suena a “guay”.

En este artículo, Tomás Melendo me rompe ese esquema y me da otra visión más real y, sobre todo, más profunda de lo que supone decir “Sí, quiero” en la vida de dos personas. Lo expresa como un “acto único” que, dicho “en cristiano”, significa lanzarse a la aventura, perder el miedo o algo así. La boda es la acción concreta que marca un antes y un después, y el verdadero “sí, quiero” es el que capacita a dos personas para hacer posible lo imposible.

La verdadera boda no tiene etiqueta y es propia de la gente de hoy o de antes, pero gente lanzada, abierta a nuevas experiencias y aventurera: que apuesta al “todo o nada”, que cree que el amor es lo importante, que arriesga, que desafía miradas de hipocresía ante la llegada de un nuevo hijo y con franca sonrisa dice —y se dice— “a su casa viene”. Gente que lo mismo va vestida de marca, que de Zara, que de hippy. Que lo mismo lleva rastas que se plancha el pelo.

Porque toda ella, con sus variados estilos de vida, se mueve en un plano invisible con una idea común sobre el matrimonio: que la felicidad tiene mucho que ver con encontrar una persona con la que andar la aventura de la vida.

Es verdad que existen bodas de etiqueta o bodas de “mero trámite”, que intentan planificar un futuro en el que todo está predicho y en el que el amor, de haberlo, cuenta lo justo para justificar esa unión. Pero pensar en ellas me parece muy aburrido, tanto si se celebraron hace tres siglos como el sábado pasado.

Qué mala soy…

El amor sí es lo que importa

Más de una vez he oído explicar la grandeza del amor que se pone en juego en el momento de la boda haciendo ver que no se trata de un acto de amor como cualquier otro, sino de algo especialísimo, realmente grandioso, porque lleva consigo la osadía de hacer obligatorio el amor futuro: si antes de la boda los novios se amaban de forma radicalmente gratuita, sin compromiso alguno, en el preciso momento del “sí” se aman tanto, con tal locura e intensidad, que son capaces de comprometerse a amarse de por vida.

Siendo esto verdad, no lo es menos algo que con frecuencia ni tan siquiera se nombra… A saber: que el sí matrimonial es capaz de originar la obligación gozosa de amarse para siempre, en las duras y en las maduras, porque simultáneamente hace posible esa entrega incondicionada.

Y “eso”, ¿no es una locura?

La reflexión sobre los excesivos fracasos matrimoniales que observamos en la actualidad, y más todavía la mayor frecuencia con que rompen los lazos quienes se han unido en convivencia cuasi-matrimonial pero sin casarse, me han llevado a advertir que la pretensión de obligarse a amar de por vida a otra persona, con total independencia de las circunstancias por las que una y otra atraviesen, si no fuera acompañada de un robustecimiento de la recíproca capacidad de amar, resultaría, en el fondo, una soberana ingenuidad, casi una demencia.

En parte para atraer la atención de quienes me escuchan, y sobre todo porque estimo que el ejemplo es correcto, aunque atrevido, suelo ilustrar ese deber-capacitación con el mandamiento máximo y máximamente nuevo que Jesucristo impuso a sus discípulos en la Última Cena.

Y añado, con todo el respeto posible y una pizca de humor, que semejante pretensión sería una auténtica chifladura si el Señor, en el momento de establecer el precepto, no incrementara de manera casi infinita la capacidad de amar del cristiano, o previera los medios para fortificarla y hacerla crecer.

¿Cómo, si no, pedir a unos simples hombres que quieran a los demás como el mismísimo Dios los ama: «Como Yo os he amado»?

Pues algo análogo, no idéntico, sucede en el momento de la boda, también la que se sitúa en el ámbito natural. En el mismo momento en que pronuncian el sí de manera libre y voluntaria, los nuevos cónyuges no solo se obligan, sino que sobre todo se tornan mutuamente capaces de quererse con un amor situado a una distancia casi infinita por encima del que podían ofrecerse antes de esa donación total. Por el contrario, sin ese sí que los “hace aptos”, la pretensión de obligarse resultaría casi absurda.

Lo importante

Cuando mis amigos o alumnos afirman, con más o menos agresividad y “buscándome las cosquillas”, que lo importante para llevar a buen puerto un matrimonio es el amor, les respondo sin titubear que sin ninguna duda: estoy mucho más convencido que cualquiera de ellos.

(Es más, considero que el haber centrado la clave de la vida conyugal en el amor mutuo, dejando de lado otras razones menos fundamentales, es una de las ganancias o conquistas teóricas más relevantes de los últimos tiempos respecto al matrimonio).

Pero inmediatamente añado que, para poder amarse con un amor auténtico y del calibre que exige la vida en común para siempre, es absolutamente imprescindible haberse habilitado para ello; y que semejante capacitación es del todo imposible al margen de la entrega radical que se realiza al casarse.

Con otras palabras: lo importante, desde el punto de vista antropológico, no son ni “los papeles” ni “la bendición del cura”.

(Personalmente, considero una inaceptable usurpación y, por eso, me niego en rotundo a que me case ningún funcionario del Estado ni sacerdote alguno: me caso yo —y mi mujer— y justo y solo porque quiero y quiere ella; ningún otro está capacitado para hacerlo por mí; solo el libre consentimiento de los cónyuges realiza esa unión, con todos los efectos antropológicos que lleva aparejados).

Sin embargo, para que lo importante —el amor— sea efectivamente viable resulta del todo necesaria la acción de libre entrega por la que los cónyuges se dan el uno al otro en exclusiva y para siempre.

Estamos, lo digo especialmente para los conocedores de la filosofía, aunque todos podamos entenderlo, ante un caso muy particular del nacimiento de un hábito bueno o virtud: que, para más inri, es justamente la virtud de la “castidad conyugal”, tan denostada.

Virtud… ¡qué aburrimiento!

No quiero insistir en que el hábito y la virtud tienen mucha menos relación con la repetición de actos, que a menudo conduce a la rutina o incluso a la manía, que con la potenciación o habilitación de la facultad o facultades que vigorizan.

Es decir, el hábito y la virtud, con independencia absoluta de su origen, nos tornan mejores y, de forma muy directa, nos permiten obrar a un nivel muy superior que antes de poseerlos.

La cuestión resulta muy fácil de ver en las habilidades de tipo intelectual, técnico o artístico, llamadas en filosofía hábitos dianoéticos: solo quien ha aprendido durante años a dibujar, a proyectar edificios y jardines o a interpretar correctamente al piano (y el resultado de esos aprendizajes son distintos hábitos o capacitaciones de un conjunto de facultades) es capaz de realizar tales actividades de la forma correcta y adecuada, con facilidad y gozo, y sin peligro próximo de equivocarse… a no ser que le de la gana hacerlo mal (cosa no tan infrecuente).

Lo mismo ocurre con las virtudes en sentido más estricto, que son las de orden ético. Quien ha adquirido la virtud de la generosidad, pongo por caso, no solo se desprende fácilmente de aquello —¡el tiempo, en primer lugar!— con lo que puede hacer más feliz a otro, sino que se siente inclinado a realizar ese tipo de acciones y, ¡ahí es nada!, disfruta como un enano al realizarlas.

De ahí que la vida éticamente bien vivida no sea una especie de carrera de obstáculos tediosa y sin norte, un “más difícil todavía” carente de término, sino que, precisamente a causa de a las virtudes, compone una senda de disfrute progresivo, en el que incluso el dolor y el sacrificio se tornan gozosos.

La génesis de las virtudes

Una de las diferencias que se han señalado tradicionalmente entre hábitos dianoéticos (técnicas, artes, etc.) y éticos, es que algunos de aquellos pueden lograrse con un solo acto —ahí se encuadra, por ejemplo, la tan clara como difícil de comprobar adquisición del “uso de razón”—, mientras que las virtudes propiamente dichas requieren de una repetición de actos realizados cada vez con mayor amor.

Propongo una leve corrección a esta doctrina. Por un lado, porque la experiencia demuestra que, en ocasiones, una persona adquiere el valor o pierde el miedo como resultado de una única acción, más o menos arriesgada: por ejemplo, lanzarse a la piscina después de meses de dudarlo o saltar en paracaídas por vez primera… y experimentar la emoción que inclina a volver y volver a saltar, pero ahora ya sin miedo.

Y me parece que el acto único de la entrega matrimonial consciente y decidida tiene un efecto muy parecido: otorga a quienes se casan el vigor y la capacidad para amarse de por vida a una altura y con una calidad que resultan imposibles sin esa donación absoluta.

Cosa no difícil de comprender si recordamos que el fin de toda vida humana es el amor entregado, y que la ofrenda que se realiza en el matrimonio (igual que la que se hace a Dios de forma definitiva), por encarnar de manera privilegiada esa tendencia al amor, no puede sino fortalecer la capacidad de amar, hasta el punto de situarla a una distancia casi infinita de la que los novios tenían antes de la boda.

No se trata de una cuestión psicológica, como algunos me han comentado o preguntado, aunque también pueda reflejarse en esos dominios; sino de algo infinitamente más serio. Estamos ante un cambio abismal, comparable por ejemplo a lo que en filosofía denominamos el primum cognitum o la llegada del “uso de razón”: aquel hábito que permite —en un momento difícil de precisar, pero sin duda existente—, conocer la realidad tal como es, con independencia de sus beneficios o desventajas para mí, y no solo, como los animales y los niños de muy poca edad, en lo que cada una supone para mi propia satisfacción o malestar.

De esta suerte, igual que puede hablarse de un hábito primero en los dominios del conocimiento, que lleva a conocer de un modo radicalmente superior al que se tiene antes de su formación (es lo que llamo primum cognitum o habitus entitatis), es legítimo referirse a un hábito muy concreto de la voluntad —lo denominaría, si no fuera una cursilada, habitus sponsalis amoris—, que hace posible amar de una forma inédita y muy ennoblecida: conyugalmente.

Hasta el extremo de que hay que afirmar que la persona que lo genera —justo en el instante y como producto de la entrega sin reservas— es capaz, en general, de fijar definitivamente el objeto de sus amores en aquel (o Aquel) a quien se ha entregado y, en el caso del matrimonio, de transformar el cuerpo sexuado en vehículo eficaz (de la culminación) de la entrega de la propia persona… cosa imposible antes de casarse.

Habilitarse… más o menos

Me explico con un poco más de detalle. A veces entendemos la respon¬sabilidad como la cuenta que habremos de dar, ¡si nos pillan!, por lo que hemos hecho mal; o del premio que recibiremos por lo bueno que hay en nuestra vida… y que nosotros nos encargamos de dejar muy claro.

De nuevo es una visión correcta, pero muy pobre. Ante cualquier acción que realizamos, nuestra persona responde de inmediato mejorando o empeorando, haciéndonos más capaces de obrar de nuevo, mejor y con más facilidad, en el mismo sentido, bueno o malo: quien se acostumbra a robar se va haciendo un ladrón; el que miente, un mentiroso; el que emprende grandes empresas en bien de los demás, una persona magnánima; quien se entrena siete horas en el gimnasio —si no perece en el intento— un auténtico “cachas”, etc.

Esa respuesta, que nos marca queramos o no, es la verdadera responsabilidad: el modo como nuestro ser responde y se modifica en función de nuestras actuaciones.

Pongámonos en el supuesto de acciones buenas. Cada una de ellas nos mejora y nos hace más capaces de realizar fácilmente, con gusto y sin equivocarnos el mismo tipo de operaciones. Pero no todas nos capacitan con la misma intensidad.

Quien presta sus apuntes a un compañero, se hace un poco más generoso; quien dedica toda una tarde a explicarle lo que no comprende, bastante más; quien, sin que se note, está constantemente pendiente —aunque a él le cueste sangre— de que sus amigos hagan lo que deben, con gracia y sin hacérselo pesar… ¡es un tío grande, maestro en generosidad y en muchas otras virtudes (no digo «tía grande», no por pusilánime, sino porque ellas se llaman a sí mismas «tío»: viva la juventud y la no-juventud que quiere parecer joven)!

Una puntualización importante

Pero todos estos ejemplos cuadrarían mejor con el incremento paulatino de la capacidad de amar que, cuando queremos bien, vamos generando en nosotros.

Hay otros casos que se sitúan más cerca del que estamos considerando, aun sabiendo que un ejemplo es solo eso: algo que, si está bien escogido, ayuda a entender la realidad que pretendemos ilustrar, pero que no se identifica con ella.

Me refiero, por concretar, y en negativo, a que quien no se decide a tirarse desde un trampolín, venciendo con ello el miedo que inicialmente lo acogota, nunca estará en condiciones de saltar de nuevo, con gusto y soltura, mejorando progresivamente la técnica y el estilo.

O, en positivo, y apurando un poco más la analogía, a la firme decisión que lleva, después de un tiempo de aprendizaje, a lanzarse por primera vez en caída libre desde un avión, gracias a un acto de valor que vence el miedo connatural a realizar ese salto; o, en una línea no muy lejana, a dar el paso definitivo para entrar a ejercer una profesión de alto riesgo en beneficio de los demás (pienso, entre otros, en los bomberos o los equipos de salvamento), haciendo caso omiso del temor que suscita el poner la propia vida en peligro con relativa frecuencia.

En estas circunstancias y en otras similares, ese notable acto de virtud, al multiplicar el vigor de las facultades respectivas, coloca a quien lo realiza en un nivel superior que antes de llevarlo a cabo, y lo faculta para irse superando en el ejercicio cada vez más perfecto de las actividades, que antes no eran posibles y ahora ya sí lo son.

La gran aventura

Y casi en el término de esa línea ascendente se sitúa el sí de la boda.

Como apuntaba, varón y mujer son seres-para-el-amor; y la culminación y mayor expresión de todo amor es la entrega. Cuando esa entrega es sincera, profunda, total y de por vida —cosa que se manifiesta en un solo acto, el sí de la boda—, ¿cómo no va a responder nuestra persona incrementando de una forma impensable su capacidad de querer?

¡Ahí se encuentra la razón antropológica más de fondo de la necesidad de casarse! El motivo más entusiasmante para decir un sí que nos permita iniciar la gran aventura del matrimonio: el camino que nos llevará hasta nuestra plenitud personal y nuestra felicidad.

¿Que eso suena demasiado utópico? ¡Qué lástima!, porque entonces no se comprende lo que es una aventura. Lo propio de ella es que:

Quienes la emprenden se pongan una meta alta, en apariencia inalcanzable, pero que vale la pena.
No tienen ninguna seguridad de que van a alcanzar su objetivo; de lo contrario, ¿dónde queda la gracia de la aventura?
Una vez que la inician, no permiten que las dificultades y los contratiempos, también los imprevistos, sofoquen la ilusión inicial ni les impidan recrearse en lo que ya han logrado.
La mirada fija en el fin, en el triunfo hace que, a cada paso, renueven las energías y las agallas para seguir adelante.
Si enfocamos de este modo el matrimonio, contando con las fuerzas que nos proporciona el habernos casado, sí será ciertamente un camino de rosas, en el que la apariencia y la fragancia de las flores logren que casi no advirtamos los pinchazos de las espinas (¡qué cursilada!, pero como no lo ha leído mi mujer…).

No lo será, sin embargo, si por ignorancia o dejadez o desprecio hemos decidido que la boda constituye un mero trámite y no nos hemos capacitado para querer con un amor relevante, aventurado y venturoso; más todavía, con ese acto-omisión nos vamos paulatinamente haciendo incapaces de amar de la forma correcta.

Por el contrario, si, mediante el matrimonio, conseguimos que lo importante sea efectivamente el amor, no cabe la menor duda de que ¡vale la pena casarse!

Málaga, 15 de febrero de 2011

Tomás Melendo
Catedrático de Filosofía (Metafísica)
Director de los Estudios Universitarios en Ciencias para la Familia
Universidad de Málaga
www.masterenfamilias.com
tmelendo@uma.es