¿Es distinto el amor de novios que el amor de esposos?

Ricardo Sada Fernández

Curso pre-matrimonial

A veces se comparan los cambios del amor entre el noviazgo y el matrimonio a aquello que realizó Jesús un día que fue invitado a una boda, en la ciudad de Caná. Lo que hizo Jesús en las bodas de Caná fue convertir el agua en vino. Otro tanto ocurre cada vez que se celebra un matrimonio en presencia de Jesús: el amor humano se convierte en amor sobrenatural.

Conviene que los novios sepan dos cosas respecto a su futuro amor matrimonial, las dos muy importantes. La primera, que el sacramento del matrimonio no crea el amor, simplemente transforma el que ya existía. Jesús en Caná no creó vino, sino que se limitó a convertir en vino el agua que había dentro de las tinajas.

En segundo lugar, tu novio(a) y tú no han de temer nada de esa transformación. Lejos de desvirtuar su mutuo amor humano o de hacerlo palidecer, el amor sobrenatural viene a enriquecerlo. Así él(ella) y tú adquirirán nuevas energías para seguir queriéndose, para superar la rutina o el fastidio, para poder perdonarse setenta veces siete.

Al fin y al cabo, todo pecado es una forma de egoísmo y el egoísmo es un impedimento para el amor mutuo. Por el contrario, cuanto más cerca de Cristo están quienes se aman, más próximos se hallan el uno del otro, de la misma manera que dos radios se aproximan entre sí a medida que se acercan al centro de la circunferencia.

Tras la recepción del sacramento, permanecerán inalterables todos los atractivos, gracias y alicientes que hacen deseable el amor humano. Exactamente lo mismo que sucede con el pan y el vino en la Misa. Cuando se consagran en pan y el vino, sigue sabiendo a vino y a pan. Así sucede con nuevo amor (amor sobrenatural) que comienza en el sacramento: conserva íntegro todo el sabor del amor carnal, pero ha quedado sublimado. Podrás decirle a Jesús, luego de experimentar su presencia en tu nuevo hogar, que ‘ha reservado el mejor vino para el final’, es decir, que el amor humano compartido con Jesús es incomparablemente mejor que el solo amor humano.

Y no tendrás sino motivos de agradecimiento porque Él quiso un día, en Caná, bendecir con su Amor divino el amor humano de los esposos.

fuente:encuentra.com

La integralidad de la sexualidad

Por Claire de Mézerville

La sexualidad humana es el don que Dios le ha dado a los esposos para establecer una comunicación íntima entre ellos y a partir del amor que se profesan, dar vida. Así pues, la sexualidad es un todo, un conjunto de expresiones integrales que se complementan entre sí, por tanto, la sexualidad no se limita a la genitalidad, abarca un espectro mucho más amplio. Este es el sentido del presente artículo.

Intimidad y sexualidad

Intimidad es la capacidad de superar el aislamiento no solo del cuerpo, sino también de las ideas, creencias, emociones y necesidades, así como establecer un vínculo de confianza y pertenencia con la otra persona. Es una vinculación de la personalidad, en lo emocional y lo espiritual.

La intimidad en la pareja es una manifestación muy completa del afecto. En las miradas cómplices entre un hombre y una mujer ya se puede apreciar la afectividad cargada de erotismo; la búsqueda de una relación exclusiva y comprometida, la cual es la antesala para un lazo no solo físico, sino también de amistad erótica, de comprensión mutua y de unión emocional. El sexo es una oportunidad maravillosa para desarrollar intimidad. Es una dimensión en la cual pueden expresarse añoranza, mimos, urgencia, pasión y ternura.

No obstante, aunque la desnudez, el deseo y el placer así como los tabúes que frecuentemente los acompañan- son parte cotidiana en la vida de muchas parejas, la triste realidad es que para muchos de ellos no existe una intimidad profunda. Es triste que una intimidad sana y enriquecedora se quede en añoranzas en la vida de muchas parejas, rara vez concretándose como una realidad.

La satisfacción sexual es un elemento que muchas personas desean y que genera importantes expectativas y fuertes temores. Otras veces, también significa un forzado silencio y mucha vergüenza. Algunas personas, en su relación de pareja, se limitan a sí mismas, pensando que no son merecedoras de placer a menos que tengan cuerpos perfectos, o pensando que ambos deben vivir las etapas del encuentro sexual en forma simultánea, telepática y alcanzando la totalidad del orgasmo en todas las ocasiones.

Si bien una vida sexual satisfactoria es importante y valiosa, no debe ser el centro absoluto de la vida de la persona. El placer sexual es una dimensión del matrimonio importante y que puede durar muchos años, siempre y cuando se construya sobre los fundamentos del compromiso, el amor, el compañerismo y, en algunos casos, inclusive el sentido del humor. La sexualidad no se limita a la genitalidad: abarca un espectro mucho más amplio de caricias, besos, compañía agradable y palabras de afecto. La intimidad, la honestidad y la confidencia sobreviven las marcas de la piel, los cambios que los años naturalmente traerán sobre el cuerpo y los períodos en los que sea más difícil alcanzar los más altos potenciales de placer físico.

Aunque la relación sexual no siempre satisfaga todos los deseos físicos, el encuentro, las caricias y la confianza recíproca brindan placer emocional y fortalecen la intimidad.

La sexualidad que no puede ser genitalidad

Hablar sobre sexualidad es hablar sobre vida, sobre metas, sobre ilusiones y proyecto vital. Hablar sobre sexualidad es identificar cómo se relaciona la persona consigo misma y con los demás, en particular con el sexo opuesto. ¿Se caracterizan estas relaciones por el aprecio, la consideración, el respeto? Hoy en día se apuesta cada vez menos por una sexualidad sana. Se deja de lado la posibilidad integral de comunicación con nuestros semejantes.

La sexualidad no se limita a las relaciones sentimentales: implica las relaciones familiares, de amistad y de compañerismo. Cuando la persona no está comprometida en una relación de matrimonio, es importante que pueda explotar su vida afectiva por medio de vínculos genuinos de amistad y una convicción profunda del valor de su cuerpo y del cuerpo de los demás. Esta convicción es muy importante para vivir, con integridad, las etapas de la vida en las que la sexualidad no se manifiesta por medio de relaciones sexuales genitales. No por eso deben descuidarse las relaciones humanas: ¡todos necesitamos sentirnos apreciados y capaces de apreciar a nuestros semejantes! Es por esto que, en su dimensión afectiva, es fundamental desarrollar la ternura como medio de intercambiar cariño.

Muchas manifestaciones de la ternura se caracterizan por la renuncia o postergación de la gratificación física personal. La ternura ayuda al hombre y a la mujer a mantener el intercambio afectivo, por medio de detalles, gestos de cariño, como tiempos de soledad apacible, apreciación del arte, practicar deportes juntos y cultivar amistades significativas, aún en períodos en los que las relaciones sexuales no son totalmente satisfactorias, o simplemente no pueden darse.

En ambas dimensiones, tanto en la sensualidad como en la ternura, las personas necesitan administrar sus impulsos y necesidades con equilibrio y autodominio aún cuando la presión emocional sea fuerte, tomando en cuenta los valores humanos más centrales. Esto no es sencillo. Sin embargo, la convicción profunda de que las relaciones sexuales ameritan una entrega enmarcada en un contexto de convicciones, ternura y compromiso, puede hacer más llevadera la decisión de postergar la gratificación física personal.

Para que la sexualidad pueda desarrollarse en forma integral, es necesario que involucre la vida interior del hombre y de la mujer. La intimidad entendida como la sensibilidad ante los procesos de la pareja, la seguridad de la aceptación del otro y, por ende, el fortalecimiento de la autoestima, puede bien existir aún en relaciones platónicas, como la amistad y la fraternidad. Aunque es cierto que cobra una fuerza especial en la relación de pareja donde la unión de los cuerpos es un ingrediente importantísimo en la comunión (“común unión”) del hombre y la mujer, todas las personas, tanto las que son sexualmente activas como las que no, necesitan procurar su desarrollo humano y afectivo pleno, en un marco de respeto, de dignidad y de estima propia.

Publicado por: enfoquealafamilia.com

Consejos para vivir la paz en el matrimonio

La vida cotidiana de una pareja es terreno abonado para que surjan malentendidos y conflictos entre ambos cónyuges. Muchas veces, el estrés que produce el trabajo y la educación de los hijos son motivo de discordia entre los esposos. Los matrimonios que saben sortear estas dificultades, son aquellos que manejan una comunicación asertiva y no caen en pequeñeces, manteniendo siempre en perspectiva el amor y la unión conyugal.

Consejos para vivir la paz en el matrimonio

A continuación enunciamos algunas situaciones que pueden dañar la paz del matrimonio, pero que si se manejan sabiamente superarán los malentendidos y conservarán la paz del matrimonio:

No vuelva tragedia detalles que le molestan de su cónyuge en la vida cotidiana. Simplemente exprese su molestia sin que suene a “cantaleta”.
Cuando se trata de la intimidad, recuerde que la mujer para el hombre y el hombre para la mujer. No obligue a su cónyuge a hacer lo que no quiere, ¿por qué imponer leyes personales cuando existen las leyes de Dios?
El matrimonio tiene unos fines. El olvido de ellos o la inversión del orden establecido es causa de trastornos físicos, psíquicos y morales. La paz en el matrimonio tiene unos caminos trazados; los que salen de él corren peligro de perderse.
Esa discusión por “el bien de los hijos”, ¿no tendrá sus raíces en el deseo de imponer el criterio propio? Desear el bien de los otros no es discutir, es unir fuerzas y sacrificios.
Las enfermedades, las molestias pequeñas o grandes, son algo común. Aumentar las nuestras y hacernos primeras figuras a base de lamentaciones suele ser causa de incomodidades familiares.
Amor

Al amor no se le pueden quitar los detalles. Al amor no se le pueden quitar las palabras. Al amor no se le pueden quitar los cimientos de atracción y de ilusión que lo crearon.
Querer de verdad y de corazón es amar los defectos del otro. No tiene raíces profundas el amor cuando pretendemos obligarle a entrar en nuestros propios moldes.
La fidelidad en el matrimonio en importantísima. Dado por supuesto que existe en lo grande, ser fiel en lo pequeño pensamientos, miradas, palabras, actitudes, puede ser trabajo de toda la vida.
Es admirable la mujer que se arregla con ilusión para estar en casa y para recibir a su marido. “Una mujer compuesta quita al hombre de otra puerta”.
La moda, escogida con acierto, puede hacer milagros si se sigue con sentido común, sentido de la estética y sentido de la decencia.
Entre marido y mujer se puede hablar con claridad, pero claridad no es grosería.
Si por aquello de la confianza, él y ella han suprimido frases como “por favor”, “gracias”, etcétera, convendría que las incorporaran rápidamente a su vocabulario.
Respeto

En ocasiones, las bromas pueden resultar insulto; en ese caso es mejor callarse. Se agradece más una constante y agradable serenidad que una alborotada alegría de las que terminan por herir.
Poner la misma fuerza de voluntad para no decir cosas desagradables aunque se hable con verdad y en verdad que la que se pone para ocultar años y defectos. Se avanzaría mucho en la conquista de la paz.
Respetar exige mucho amor y mucha comprensión. Para respetar la personalidad ajena es preciso tener personalidad propia.
No porque la casa sea propia, se destruye. No porque el carro sea propio, se usa indebidamente. Porque el marido o la mujer sean propios, no se desprecian.
Fortaleza

Las dificultades económicas son una dura prueba. Si en vez de separara a los que se quieren, los une para el esfuerzo, pueden ser “desgracias” positivas.
La queja constante, aunque haya motivo, convierte a un hombre en un ser insoportable.
A ella le gusta la playa y a él la montaña. Hasta ahora, todo es natural. No lo son el desprecio y la repulsa sistemática hacia la playa o hacia la montaña.
Para ponerse de acuerdo dos personas es preciso que uno de los dos sepa ceder. No es bueno creerse siempre en posesión de la verdad. Muchas veces esa verdad es subjetiva y velada por el agotamiento, por el mal humor o por la terquedad.
Generosidad

El egoísmo es el gran enemigo de la paz. Pensar en el gusto propio, en la manera propia, en el propio estilo, en la propia conveniencia, es perder el camino.
Generosidad al dar y generosidad al gastar. Los problemas serán menos y el equilibrio mayor.
Comunicación

Para que haya comunicación debe haber, en primer lugar, voluntad de tener una actitud de diálogo. Es tan difícil dialogar, sobre todo porque el hombre y la mujer ¡son tan distintos!
Para lograr una verdadera comunicación debe existir también el respeto, o sea, el valor que merece la pareja, la persona que se eligió para compartir el resto de la vida.
Muchas veces las parejas dialogan pero sólo para soltar un montón de reproches. De eso no se saca nada más que ofensas, porque cuando se reprocha, no se escucha, sólo se ve lo malo que ha sido el otro.
Las parejas que no dialogan, que no se conocen profundamente, no podrán tener una vida sexual plena. Tal vez sí exista el placer físico, pero éste es pasajero, no trasciende, será el encuentro de dos cuerpos pero no de dos seres.
Fuentes: Los Cerros, revista 1.984, masalto.com

E. La Misa Nupcial: Liturgia de la Eucaristía

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Señor,
acepta nuestra ofrenda
por esta pareja recién casada, N. y N.
Por tu amor y providencia tú los has unido;
ahora bendícelos todos los días de sus vidas matrimoniales.

Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.

Señor,
acepta estas ofrendas que te ofrecemos
en este día feliz.

En tu amor paternal
Mira y protege a N. y N.
que se han unido en matrimonio.

Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.

o:

Señor,
escucha nuestras oraciones
y acepta las ofrendas que te hacemos por N. y N.

Hoy los has hecho uno solo en el sacramento del Matrimonio.

Que el misterio del amor desinteresado de Cristo,
que celebramos en esta Eucaristía,
aumente su amor por ti y de uno al otro.

Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor

LITURGIA DE LA EUCARISTÍA

Se sigue el orden de la Misa, con los siguientes cambios. Durante el ofertorio, los novios pueden llevar el pan y el vino al altar.

PREFACIO DEL MATRIMONIO 1

Padre, todopoderoso y eterno Dios,
te alabamos siempre y en todo lugar para darte gracias.

Por este sacramento tu gracia une al hombre y a la mujer
en un lazo indisoluble de amor y paz.

Tu has diseñado el amor casto de esposo y esposa
para que aumente tanto en la familia humana
como en tu propia familia nacida en el bautismo.

Tú eres el padre amoroso del mundo de la naturaleza;
Tú eres el padre amoroso de la nueva creación de la gracia.

En el matrimonio Cristiano tú unes las dos órdenes de la creación;
el don de la naturaleza de los hijos enriquece al mundo
y tu gracia enriquece también a tu Iglesia.

Por Cristo los coros de ángeles
y todos los santos
oran y bendicen tu gloria.

Que nuestras voces se unan a las de ellos
así como nosotros nos unimos en su himno interminable;
Santo, santo, santo es el Señor, Dios poderoso y misericordioso,
cielos y tierra están llenos de tu gloria
Hosana en las alturas,
Bendito es el que viene en nombre del Señor.

Hosana en las alturas.

PREFACIO DEL MATRIMONIO II

Padre, todopoderoso y eterno Dios,
te alabamos siempre y en todo lugar para darte gracias
por Jesucristo nuestro Señor,
Por quien tú hiciste un nuevo pacto con su gente
Tu restableciste al hombre la gracia en el misterio salvador de la redención.

Le diste una parte en la vida divina
por esta unión con Cristo.

Lo hiciste heredero de la gloria eterna de Cristo.

Este caudal de amor en el nuevo pacto de gracia
es simbolizado en el contrato matrimonial
que sella el amor de esposo y esposa
y refleja tu divino plan de amor.

Y así, con los ángeles y todos los santos del cielo
proclamamos tu gloria
y nos unimos a su interminable himno de oración:

Santo, santo, santo es el Señor, Dios todopoderoso,
cielos y tierra están llenos de tu gloria.

Hosana en las alturas,
Bendito es el que viene en nombre del Señor.

Hosana en las alturas.

PREFACIO DEL MATRIMONIO III

Padre, todopoderoso y eterno Dios,
te alabamos siempre y en todo lugar para darte gracias.

Tú creaste al hombre en amor para compartir tu divina vida.

Vemos su destino elevado en el amor de esposo y esposa,
que lleva el sello de su propio amor divino.

El amor es de origen humano,
el amor es el llamado constante,
el amor es su satisfacción en el cielo.

El amor de hombre y mujer
se santifica en el sacramento del matrimonio,
y se convierte en espejo de tu amor eterno.

Por Cristo los coros de ángeles
y de todos los santos
oran y bendicen tu gloria.

Que nuestras voces se unan a las de ellos
como nos unimos en su himno interminable:

Santo, santo, santo es el Señor, Dios todopoderoso
cielos y tierra están llenos de tu gloria.

Hosana en las alturas
Bendito es el que viene en nombre del Señor.

Hosana en las alturas

Cuando se emplea la Oración Eucarística I, se dice la forma especial de Padre, acepta esta ofrenda. Si se desea pueden omitirse las palabras entre corchetes y paréntesis.

Padre, acepta estas ofrendas
de toda la familia
y de N. y N. por quienes oramos ahora.

Tú que los has traído en el día de su boda;
concédeles (el don y la alegría de los hijos y)
una vida longeva y feliz juntos.
[por Cristo nuesotro Señor, Amén]

BENDICIÓN NUPCIAL

Después de la oración del Señor, se omite la oración Envíanos. El sacerdote frente a los novios dice las siguientes bendiciones sobre ellos.

Si uno o ambas partes no van a recibir la Comunión, pueden omitirse las palabras
por el Sacramento del cuerpo y la sangre de Cristo.

Queridos amigos, regresemos a Dios y oremos
que él bendiga con su gracia a esta mujer (o N.)
que ahora se casa en Cristo con este hombre (o N.) y que (por el sacramento del cuerpo y la sangre de Cristo,)
una en el amor a la pareja que él ha unido
en su unión sagrada.

Todos rezan en silencio por un breve tiempo. Luego el sacerdote extiende sus manos y continúa con la siguiente oración.

Si se desea pueden omitirse dos de los primeros tres párrafos, conservando sólo el párrafo que corresponde a la lectura de la Misa.

Padre,
por tu poder has hecho todo de la nada.

En el principio tú creaste el universo
e hiciste a la humanidad a semejanza tuya.

Le diste al hombre la ayuda constante de la mujer
así que hombre y mujer ya no deben ser dos,
sino una sola carne
y tú nos enseñas que lo que tú has unido
no puede ser separado.

o:

Padre, tu has hecho la unión de hombre y mujer tan sagrado
un misterio
que simboliza el matrimonio de Cristo y de su Iglesia.

o:

Padre, por tu plan hombre y mujer están unidos,
y se ha establecido el matrimonio
como la bendición que no fue perdida por el pecado original

o:

WASHED AWAY ON THE FLLOD

Mira con amor a esta mujer, tu hija,
que se une hoy a su esposo en el matrimonio
Te pide tu bendición.

Dale la gracia del amor y la paz
Que siga siempre el ejemplo de las mujeres santas
cuyas alabanzas son cantadas en las escrituras.

Que su esposo confíe en ella
y reconozca que ella es su igual
y heredera con él de la vida de la gracia.

Que él la respete y la ame
como Cristo ama a su esposa, la Iglesia.

Padre,
mantenlos siempre fieles a tus mandamientos.

dales la fe en el matrimonio
y que vivan como ejemplos de vida Cristiana.

Dales la fuerza que viene del Evangelio
para que puedan ser testigos de Cristo a otros.

(Bendícelos con hijos
y ayúdales a ser buenos padres.

Que vivan para ver a los hijos de sus hijos).

Y, después de una larga vida feliz
concédeles abundancia de vida con los santos
en el reino del cielo.

Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.

R. Amén

En el último párrafo de esta oración, pueden omitirse las palabras entre paréntesis cuando las circunstancias lo sugieran, por ejemplo, si la pareja es de edad avanzada.

En la siguiente oración, puede omitirse el párrafo de Padre Santo, tú creaste la humanidad, o puede omitirse el párrafo Padre, para revelar el plan de tu amor, dejando sólo el párrafo que corresponde a la lectura de la Misa. El sacerdote frente a los novios, con las manos juntas, dice:

Oremos al Señor por N. y N.
que vienen al altar de Dios al iniciar
sus vidas matrimoniales
para que siempre estén unidos en el amor de uno al otro
(como ahora comparten en el cuerpo y la sangre de Cristo).

Todos oran en silencio por un breve tiempo. Luego el sacerdote extiende sus manos y continúa:

Padre Santo, tú creaste la humanidad a tu propia imagen
e hiciste que el hombre y la mujer estuvieran unidos como marido y mujer
en unión de cuerpo y corazón para que cumplan con su misión en este mundo.

Padre, para revelar el plan de tu amor,
tú hiciste la unión de marido y mujer
una imagen del pacto que existe entre tú y tu gente

Para cumplir con este sacramento,
el matrimonio de hombre y mujer Cristianos
es un signo de matrimonio entre Cristo y la Iglesia.

Padre, extiende tu mano, y bendice a N. y a N.

Señor, concédeles que empiecen a vivir este sacramento
que compartan los dones de tu amor
y sean uno de corazón y mente
como testigos de tu presencia en el matrimonio,
Ayúdalos a que formen juntos un hogar
(y dales hijos para que sean formados por el evangelio
y tengan un lugar en tu familia).

Bendice a N., tu hija,
para que sea una buena esposa (y madre),
que cuide su hogar,
fiel en amor por su marido,
generosa y amable.

Bendice a N., tu hijo,
para que pueda ser un esposo fiel
(y un buen padre)

Padre, concédeles que acudan juntos a tu mesa
en la tierra,
Para que un día tengan la dicha de compartir tu fiesta
en el cielo.

Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.

R. Amén.

o:

El sacerdote se pone frente a los novios y, con sus manos juntas, dice:

Queridos amigos, pidamos a Dios
su bendición sobre este novio y esta novia (o N. y N.)

Todos oran en silencio por un momento, Luego el sacerdote extiende sus manos y continúa:

Padre Santo, creador del universo,
que hiciste al hombre y a la mujer a tu imagen,
fuente de bendiciones para la vida matrimonial,
humildemente te pedimos por esta mujer
que hoy se une a su marido en este sacramento del matrimonio.

Envía tus bendiciones sobre ella y su esposo
para que juntos disfruten de tus dones del amor matrimonial
(y enriquezcan tu Iglesia con sus hijos).

Señor, que te alaben cuando estén felices
y acudan a ti en sus aflicciones.

Que se alegren por tu ayuda en su trabajo
y que sepan que tú estarás con ellos en sus necesidades.

Que te dediquen sus oraciones en la comunidad de la Iglesia,
y que sean tus testigos en el mundo

Que lleguen a la ancianidad en compañía de sus amigos,
y finalmente vayan al reino del cielo.

Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.

R. Amén.

SIGNO DE PAZ

A las palabras de démonos la paz, la pareja casada y todos los presentes se dan la paz y amor entre sí en una forma adecuada.

COMUNIÓN

La pareja casada puede recibir la comunión en dos formas.

(Ver las indicaciones para la Comunión en el próximo capítulo)

ORACIÓN PARA DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Señor,
en tu amor
nos has dado esta Eucaristía
para unirnos entre nosotros y contigo.

Como has hecho con N. y N.
uno en el sacramento del Matrimonio
(y al compartir el pan y el vino)
hazlos ahora uno en el amor de uno por el otro
te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.

Señor,
nosotros que hemos compartido el alimento de tu mesa
oramos por nuestros amigos N. y N.
que se han unido en matrimonio.

Mantenlos cerca de ti siempre.
Que el amor de uno por el otro
proclame a todo el mundo
su fe en ti.

Te lo pedimos por Cristo Nuestro Señor

o:

Todopoderoso Dios,
que el sacrificio que hemos ofrecido
y la Eucaristía que hemos compartido
fortalezca el amor de N. y N.,
y concédenos a todos tu ayuda paternal.

Te lo pedimos por Cristo Nuestro Señor.

BENDICIÓN SOLEMNE

Antes de bendecir a los presentes al final de la Misa, el sacerdote bendice a los novios, usando una de las siguientes formas:

Señor eterno Padre mantenlos en amor de uno al otro,
para que la paz de Cristo esté con ustedes
y esté siempre en su hogar

R. Amén

Que (sus hijos los bendigan),
sus amigos los consuelen
y todos los hombres vivan en paz con ustedes.

R. Amén.

Que siempre sean testigos del amor de Dios en este mundo
para quye los afligidos y los necesitados
encuentren en ustedes amigos generosos
y sean recibidos en la alegría del cielo.

R. Amén.

Que Dios todopoderoso los bendiga,
en el nombre del Padre, del Hijo, + y del Espíritu Santo.

R. Amén.

Que Dios, Padre misericordioso,
les de la gracia
y los bendiga (en sus hijos)

E. Amén

Que el Hijo único de Dios tenga misericordia de ustedes
y les ayude en lo próspero y en lo adverso.

R. Amén

Que el Espíritu Santo de Dios
siempre llene sus corazones de amor

R. Amén

Y que Dios misericordioso bendiga a todos ustedes,
en el nombre del Padre, y del Hijo, + y del Espíritu Santo

R. Amén.

o:

Que el Señor Jesús, que fue invitado a las bodas de Caná,
los bendiga a ustedes y a sus familiares y amigos.

R. Amén.

Que Jesús, que amó a su Iglesia hasta el fin,
siempre llene sus corazones con su amor.

R. Amén.

Que les conceda que, porque creen en su resurección,
puedan esperarlo en júbilo y esperanza.

R. Amén.

Y que el misericordioso Dios bendiga a todos ustedes,
en el nombre del Padre, y del Hijo, + y del Espíritu Santo.

R. Amén

o:

En las diócesis de Estados Unidos puede emplearse la siguiente forma:

Que Dios misericordioso, con su palabra de bendición, una sus corazones en la unión eterna de amor puro.

R. Amén.

Que sus hijos les traigan felicidad, y que su generoso amor por ellos sea correspondido.

R. Amén.

Que la paz de Cristo viva siempre en sus corazones y en su hogar.

Que sus verdaderos amigos estén junto a ustedes, tanto en la alegría como en la tristeza.

Que ustedes estén dispuestos y deseosos de ayudar y confortar a los que acudan a ustedes en sus necesidades.

Y que las bendiciones prometidas a los compasivos les llegue en abundancia.

R. Amén

Que encuentren felicidad y satisfacción en su trabajo. Que los problemas diarios nunca les causen ansiedad exagerada, ni el deseo de posesiones terrenales dominen sus vidas. Sino que el primer deseo de sus corazones sea siempre el bienestar que les espera en la vida celestial.

R. Amén.

Que el señor los bendiga con muchos años de felicidad juntos, para que disfruten de los premios de una vida buena.

Y después que se hayan servido de su lealtad en su reino de la tierra, sean bienvenidos a su reino eterno en el cielo.

R. Amén.

Y que Dios Todopoderoso los bendiga,

en el nombre del Padre, y del Hijo, + y del Espíritu Santo.

R. Amén
Pbro. Pablo Arce Gargollo y James P. Socías

Fuente: www.encuentra.com

Una receta para un matrimonio feliz

El sacramento del matrimonio

Sacramento do Matrimônio from Ajuda à Igreja que Sofre on Vimeo.

Los esposos y sus padres

(Por Fernando Pascual, Colaborador de Mujer Nueva, 2009-09-28)

Después de un camino más o menos largo para reflexionar y dialogar, el amor lleva al gran día del matrimonio. Desde ese momento, inician una serie de ajustes y de cambios en muchas dimensiones para la pareja. También en lo que se refieren a las relaciones entre las dos nuevas familias.

El esposo entra en relación con los padres de la esposa y, si los hay, con sus hermanos. La esposa también entra en relación con los padres del esposo y sus hermanos. Vale la pena fijarnos en las relaciones con los padres, por la importancia que tienen en la vida de cada matrimonio.

El amor matrimonial culmina y se perfecciona en la donación completa al otro, a la otra. A la vez, los esposos siguen siendo hijos, con deberes de gratitud y de asistencia hacia los respectivos padres vivientes.

Es frecuente que surjan conflictos y tensiones entre estos dos niveles de relación, esponsal y parental. La casuística puede ser enorme, y existen muchas maneras de afrontarla.

Pensemos, por ejemplo, en algunas situaciones. En la primera, el esposo, o la esposa, o los dos en formas más o menos parecidas, no acaban de romper el cordón umbilical respecto de los propios padres. Ello lleva a mantener vivo un continuo interés, a veces excesivo, a lo que hacen, a lo que sienten, a lo que ocurre a los propios padres. Se acude con frecuencia a visitarlos, no faltan continuas llamadas telefónicas, o se les invita un día sí y otro también a comer en el hogar de la nueva familia.

Vivir de esta manera puede ser peligroso para la maduración de la pareja. Porque en el hogar el influjo de los padres de uno (o de los dos) no siempre compagina bien con los deseos del yerno o de la nuera, y entonces se generan tensiones, malentendidos, discusiones, incluso altercados. Además, la esposa le reprocha al esposo (o al revés, o los dos mutuamente) el que siga tan apegado a sus padres, incluso a veces descuidando detalles de cariño y obligaciones propias de quien se ha unido, por amor, a otra persona a través del matrimonio.

No es fácil superar este tipo de problemáticas, sobre todo si él o ella no perciben la excesiva dependencia que le encadena a sus padres, o si no capta el daño que produce a la otra parte por seguir excesivamente aferrado a la familia de origen.

Aunque existirán libros buenos para afrontar esta situación, desde el punto de vista cristiano será siempre una ayuda muy grande el fomentar un sano espíritu de diálogo para escuchar a la otra parte, para ver si la relación con los propios padres es excesiva, para planear, con delicadeza, maneras de cortar (nunca del todo, pero sí lo necesario) el “cordón umbilical” y así mejorar la relación de pareja.

En una segunda situación, que puede darse simultáneamente con la anterior o no, son los padres de él o de ella quienes no renuncian a “perder” al hijo, a la hija. Lo sienten suyo, incluso hasta el extremo de sentir celos hacia el yerno o la nuera. Otras veces lo consideran inmaduro, lo rodean de consejos, de mensajes, de intervenciones en la vida cotidiana de la nueva familia.

El hijo (o la hija, o los dos) puede agobiarse ante tantas presiones, y también la otra parte, que siente cómo el espacio familiar se convierte poco a poco más en una especie sucursal de la anterior familia que en una familia que está iniciando un nuevo camino.

Los hijos no son para estar siempre bajo la custodia de sus padres, ni la nueva casa es una especie de nido a proteger a toda costa. Más bien, hay que entender que la hija o el hijo acaban de iniciar un nuevo camino, en el que los padres pueden dar (y serán muchas veces muy útiles) consejos y recomendaciones, pero siempre con el máximo respeto y sin deseos de imposición, sobre todo porque las decisiones de un matrimonio son competencia exclusiva de los esposos, no de los suegros.

Quienes, como hijos, descubren la presencia de un padre o de una madre invasivos, han de encontrar caminos para dialogar y hacer entender que el hecho de estar en otro hogar no disminuye para nada su cariño, pero que ahora han iniciado una nueva familia: son ellos quienes ahora tienen que avanzar por el arduo y bello camino del amor como esposos y, si Dios les bendice, también como padres.

Desde luego, el trato con los propios padres debería ser llevado adelante por el propio hijo (o hija), pues no es fácil, y a veces parece violento, que el yerno (o la nuera) sea quien hable con los padres de otra parte para pedir un mayor respeto a la autonomía legítima del nuevo matrimonio.

Una tercera problemática consiste en una actitud brusca y excesiva de corte hacia los propios padres, a los que se margina casi de modo injusto y fuerte de la vida que el hijo o la hija inician a partir de su matrimonio.

Este corte brusco a veces es debido a un malsano deseo de independencia, como si el casarse fuese una especie de permiso para olvidar el cuarto mandamiento. Otras veces se llega a esta situación por presiones del cónyuge: la esposa (o el esposo) insiste una y otra vez para que la otra parte corte por completo con sus padres, a veces incluso a través de amenazas más o menos sutiles (“si los vuelves a llamar por teléfono te dejo”, etcétera).

Es triste llegar a actitudes tan negativas hacia quienes son, por designio de Dios, los propios padres. Habrán sido mejores o peores, cariñosos o exigentes (las dos cosas no se oponen entre sí, vale la pena recordarlo), ricos o pobres, instruidos o con pocos estudios. Pero son siempre los propios padres, hacia los que cualquier hijo tiene una enorme deuda de gratitud y una serie de obligaciones que no desaparecen después del día del matrimonio.

Se podrían añadir aquí otros casos y circunstancias. Pensemos, por ejemplo, en lo que ocurre si los padres de él (o de ella) están en la misma ciudad de los esposos, mientras que los otros padres están más o menos lejos. O en el caso de hostilidad de los suegros hacia él o hacia ella porque nunca acaban de aceptar que su hijo se haya casado con tal persona. O en el caso de enfermedades que exigen un cuidado continuo hacia el padre o la madre y ponen en peligro la convivencia esponsal si la otra parte se siente marginada a causa de esta situación.

En cualquier caso, en medio de circunstancias más o menos difíciles, los esposos católicos pueden recurrir a la gran ayuda de la oración para abrirse a Dios, para pedir fuerzas y luz, para dejarse aconsejar. Además, como ya dijimos al inicio, es muy importante un diálogo de pareja franco y sereno sobre lo que cada uno siente y lleva en su corazón respecto de sus propios padres y respeto de los padres del esposo o de la esposa.

No hemos de dejar de lado un camino de santificación que consiste en ceder, en lo que sea legítimo y justo, respecto de los propios deseos y “derechos” para condescender con el esposo o la esposa que viven todavía una mayor dependiente de los propios padres.

Se trata de ceder en cosas que sean honestas, no en aspectos esenciales de la vocación al matrimonio que exige a los esposos amarse mutuamente.

Espontaneidad, amor y castidad conyugal

 

La idea de que la libertad y el amor exigen una completa espontaneidad, hasta el punto de que la existencia de una norma o criterio regulador haría desaparecer tanto el verdadero amor como la auténtica libertad, es una idea relacionada con el voluntarismo.

El Dr. Ángel Rodríguez Luño, Prof. de Teología Moral en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (Roma), Profesor de Moral en el «Instituto Juan Pablo II para Estudios sobre el Matrimonio y la Familia» de la Pontificia Universidad Lateranense de Roma y Consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Esta mañana (29.11.2003) ha pronunciado una comunicación en el Congreso Internacional de Teología Moral celebrado en UCAM (Universidad Católica de Murcia), de gran calado doctrinal (UNIVERSALIDAD E INMUTABILIDAD DE LOS PRECEPTOS DE LA LEY NATURAL. LA EXISTENCIA DE UNA MORALIDAD INTRÍNSECA ABSOLUTA). Con esta ocasión, recordamos uno de sus textos, en los que se implican conceptos tan importantes como libertad, espontaneidad y castidad conyugal.

por Angel Rodriguez Luño

La idea de que la libertad y el amor exigen una completa espontaneidad, hasta el punto de que la existencia de una norma o criterio regulador haría desaparecer tanto el verdadero amor como la auténtica libertad, es una idea relacionada con el voluntarismo. Encontramos una formulación explícita en el Comentario a las Sentencias de Guillermo de Occam: «Aquello que es propiamente libre se hace también espontáneamente, de donde parece que no puede distinguirse la libertad y la espontaneidad» (Comentario a las Sentencias I, dist. X, q. 2, H), Libertad y espontaneidad son la misma cosa, ¿pero cuál es el significado preciso de espontaneidad? Intentemos responder a esta pregunta.

El análisis de los textos hace pensar que se considera espontáneo un acto o un proceso en el que la posición del querer o del impulso es anterior a toda intervención de la razón. Se actúa espontáneamente cuando se actúa porque sí, inmotivadamente, si por motivo entendemos un principio o un fin racional. Habla ahora Duns Scoto: «Quare voluntas voluit hoc, nulla est causa, nisi quia voluntas est voluntas» (Opus oxoniense I, dist. VIII, q. 5, a. 3, n. 24). El querer o el apetecer es un primum [lo que se considera de primera importancia] la verdad en cambio tiene una importancia muy secundaria.

Voluntad espontánea significa voluntad anterior a la razón, voluntad en cuya determinación el conocimiento y la verdad no tienen un papel importante. Voluntad espontánea es un impulso radical, que se desencadena por sí mismo y desde sí mismo, que no tiene otra causa que sí mismo. En el interior de este modo de concebir el dinamismo y el actuar del hombre no hay sitio para la finalidad, para la causa final. Y con la finalidad es excluida la característica específica de todo proceso racional en cuanto racional. Desde este momento toda la explicación causal consiste en el estudio de las condiciones iniciales que dan origen al movimiento o, si se quiere, en el estudio de la situación o del estado inmediatamente anterior en el tiempo. Se entiende fácilmente que en el fondo se adopta la causalidad material (causa ex qua) como único modelo de explicación causal.

Aunque esta concepción pueda parecer, inicialmente, bastante rara, ha tenido una notable importancia, incluso fuera de los estudios sobre la voluntad. Se puede sostener que este concepto de espontaneidad está presente en la mecánica clásica, es decir, en la de Newton. Es característico de la concepción newtoniana del mundo el concepto específico de fuerza. En la fuerza, en las diversas fuerzas de las que hablan los científicos, se encuentra la causa del desencadenarse de los procesos. El movimiento de los cuerpos no necesitaría de otra explicación que ésta, su movimiento es ciertamente espontáneo, en el sentido explicado, gracias al cambio del estado inercial inicial, sin siquiera referencia a la finalidad.

Este modelo explicativo es adoptado también por algunas psicologías. Se habla mucho entre ciertos psicólogos de libertad y de espontaneidad; se habla incluso de liberación de tabúes de las normas éticas, etc. Pero entonces ya no se encuentra la libertad. Estos psicólogos escuchan al paciente con la convicción de que todo hecho relatado por otra persona es el resultado de un mecanismo, que él, el psicólogo, debe descubrir y sacar a la luz. Consideran al hombre como un autómata guiado por diversos mecanismos, movido por diversas vis a tergo (fuerzas mecánicas), pero son incapaces de considerar al hombre como autor, como protagonista, como causa de algo original. Aunque estos psicólogos hablen de espontaneidad, más aún, justo porque hablan de espontaneidad, niegan la libertad del hombre.

En otro orden de cosas, piénsese en Lutero, fiel seguidor de Occam. Afirma Lutero: «Profesamos que a la fe deben seguir las buenas obras, más aún, que deben seguir, pero que se siguen espontáneamente, como el árbol bueno no debe dar buenos frutos sino que los da espontáneamente» (Luthers Werke (ed. Weimar), t.39/I, 46). Emplea Lutero con toda claridad el concepto de espontaneidad como modelo explicativo, es decir, piensa que toda la causalidad y todo el valor del actuar deba buscarse en la situación ex qua ésa procede. Por eso Lutero añade: «No sólo las obras buenas hacen al hombre bueno, es el hombre bueno el que hace sus obras buenas. No sólo las obras malas hacen al hombre malo, sino el hombre malo es el que hace malas sus obras» (Ibid, t. 7, 32). Significa esta afirmación que las acciones singulares no gozan de una verdadera libertad respecto al estado fundamental del que proceden, sino que son una simple consecuencia o manifestación exterior más o menos importante. Llegados a este punto no se le escapa a nadie cuán semejantes son estas posturas aquí estudiadas a algunas teorías modernas como, por ejemplo, ciertas interpretaciones de la opción fundamental.

Llega el momento de la valoración crítica. ¿Es plausible esta idea de la libertad como espontaneidad? Quisiera hacer observar, antes que nada, que la espontaneidad implica una renuncia a la comprensión de la libertad y del amor, renuncia que termina en el irracionalismo. No sin razón escribía Hegel: «Los intereses espontáneos, los que no pueden ser entendidos por la razón, todo eso es exactamente la locura». Si la voluntad y el impulso son un prius respecto a la inteligencia, la comprensión de la voluntad y del impulso se nos presenta como un absurdo lógico, ya que comprender la voluntad sería poner la razón por encima del querer y del impulso, para regularlos según su verdad. Por tanto, la posición inicial (voluntad como un primum absoluto) cae en contradicción.

Otra observación mostrará lo no plausible de la espontaneidad entendida como espontaneismo. Y es ésta: la espontaneidad es el grado mínimo de libertad, porque es el grado mínimo de dominio y de autoposesión. El dominio sobre los procesos espontáneos es solamente inicial; las consecuencias y los desarrollos finales escapan a todo control. En los procesos espontáneos, donde no hay una posesión intencional del fin que hay que alcanzar, solamente hay consecuencias preterintencionales. Para entender intuitivamente cómo todo eso repugna a los conceptos de libertad y de amor baste pensar en el acto divino de la creación. Siendo obra del amor de Dios, la creación tiene efectos queridos, pero no tiene consecuencias preterintencionales. Decir lo contrario sería lo mismo que afirmar que Dios no conoce y no domina todo lo que sigue a su acto creador, o decir que de su actuar derivan hechos no previstos por Él y por Él no queridos, hechos que escapan a su Sabiduría, a su Amor y a su Potencia. Como si la creación fuera el desarrollo espontáneo de una especie de ciego instinto cósmico desencadenado en un determinado momento. La creación no es espontánea porque es obra de la libertad y del amor de Dios.

Vemos pues que el concepto de actuar espontáneo no se adecúa al actuar de Dios, y tampoco al actuar del hombre, porque la persona humana vive, ella misma, como causa eficiente, y, en un cierto sentido, como causa final de sus actos; el hombre se hace autor de algo conocido y querido con anterioridad. Fuera de este conocimiento se puede hablar de instinto, pero no de libertad. «La autodeterminación —se lee en Persona y acto— se identifica con el decidir consciente. En cambio la espontaneidad —o instintividad de la acción— se puede explicar como la orientación del impulso conjunto con la potencialidad del cuerpo o también con una cierta facilidad emotiva. Entonces el decidir consciente es limitado o, a voces, casi anulado» (K. WO]TYLA, Persona e atto (Lib. Ed. Vaticana, 1982), p. 149).

Para mí no hay duda de que el concepto de espontaneidad estudiado hasta aquí está presente con frecuencia en el modo de entender la realidad conyugal. Adviértase que no faltan quienes hablan de un hijo como de una consecuencia, y no como de un fruto, querido conscientemente, de su amor. Eso quiere decir que los cónyuges que hablan así han actuado espontáneamente, sin pensar y sin aceptar la finalidad inmanente de ciertos actos y de ciertos procesos. Han sido llevados por un impulso afectivo o sentimental pero no han actuado buscando un bien o un valor. Han sido víctimas de una especie de mecánica psíquica o biológica, que tanto Newton como ciertos psicólogos estudiarían con gusto. Lo peor no es que hayan sido víctimas una vez, sino que todavía lo son, ya que el dominio implicado en el concepto mismo de libertad sólo es posible gracias a la posesión intencional del fin del obrar: gracias al conocimiento y aceptación de la finalidad es como ésta se convierte en motivadora.

Hemos visto que no se puede hablar de consecuencias a propósito de Dios Creador; entre los cónyuges en cambio es consecuencial en tanto que no sean conscientes y acepten su papel de partícipes del poder creador de Dios en la transmisión de la vida, aspecto que, como sabemos, constituye uno de los significados y valores de la vida conyugal. Y si entre esos cónyuges todo es consecuencial, debemos afirmar entonces que su grado de libertad y de dominio sobre el propio actuar es mínimo.

Intentemos sacar conclusiones. E1 análisis hecho hasta este momento demuestra que las objeciones contra la castidad no son válidas. Esa objeción presupone que la existencia del verdadero amor va unida a la libertad entendida como espontaneidad. Pero hemos visto que la espontaneidad es el grado mínimo de libertad, en cuanto es el grado mínimo de autoposesión, y por eso el grado mínimo de autodeterminación y de autotrascendencia, ya que no se puede disponer ni dar de lo que no se posee. E1 amor concebido como desarrollo espontáneo de ciertas condiciones afectivas es simplemente impulso sin verdadera trascendencia, porque el otro es en este contexto un objeto de placer y de satisfacción subjetiva.

Pero ésta no es la verdadera realidad del amor conyugal. Leamos como ejemplo lo que dice la Humanae vitae «Por medio de la recíproca donación personal, propia y exclusiva, los esposos tienden a la comunión de sus seres en orden a un mutuo perfeccionamiento personal, para colaborar con Dios en la generación y en la educación de nuevas vidas» (PABLO VI, Enc. Humanae vitae, n. 8. en Colección Folletos mc, n. 72). E1 amor conyugal mira al mutuo perfeccionamiento y a la generación y educación de nuevas vidas, el amor tiene, pues, un sentido bien definido, una finalidad, no es simplemente una espontaneidad. Por tanto, la libertad que sostiene el amor sólo es posible en cuando está fundada en el conocimiento de estos valores; la libertad va precedida y guiada por el conocimiento. En el caso concreto del amor conyugal, la libertad va precedida del conocimiento de los valores de la persona, sea de la persona del cónyuge que de las posibles nuevas personas. El valor de la persona es el criterio-guía. «La conciencia de esta verdad despierta la necesidad de integrar el amor sensual, exige que la reacción sensual y afectiva hacia el ser humano de sexo opuesto sea elevado al nivel de la persona» (Familiaris consortio, n. 33). La castidad es la virtud que realiza esta integración del amor sensual en el amor personal, evitando que la relación amorosa entre los cónyuges se convierta en una relación de utilidad, en la que uno o ambos se sirven del otro para satisfacer las necesidades no dominadas por no ordenadas. «La castidad —se afirma en la Familiaris consortio— no significa ni rechazo ni desestima de la sexualidad humana: significa más bien energía espiritual, que sabe defender el amor de los peligros del egoísmo y de la agresividad, y sabe elevarlo hasta su plena realización» (FC, n. 33) La castidad no daña el amor, sino que lo defiende y eleva. Eleva el amor que, como se afirma en la Humanae vitae, «es en primer lugar amor plenamente humano, es decir, al mismo tiempo sensible y espiritual. No es pues simple manifestación de instinto y de sentimiento, sino también y principalmente acto de la voluntad libre, destinado a mantenerse y a crecer en las alegrías y dolores de la vida cotidiana, de modo que los esposos lleguen a ser un solo corazón y una sola alma, y alcancen juntos su perfección humana» (HV. n. 9).

«No hay amor humano neto franco y alegre en el matrimonio si no se vive esa virtud de la castidad, que respeta el misterio de la sexualidad y lo ordena a la fecundidad y a la entrega. (…) Con respecto a la castidad conyugal, aseguro a los esposos que no han de tener miedo a expresar el cariño: al contrario, porque esa inclinación es la base de su vida familiar. Lo que les pide el Señor es que se respeten mutuamente y que sean mutuamente leales, que obren con delicadeza, con naturalidad, con modestia. (…) Cuando la castidad conyugal está presente en el amor, la vida matrimonial es expresión de una conducta auténtica, marido y mujer se comprenden y se sienten unidos; cuando el bien divino de la sexualidad se pervierte, la intimidad se destroza, y el marido y la mujer no pueden ya mirarse noblemente a la cara» (Mons. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Es Cristo que pasa, n. 25).

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(Del libro La paternidad responsable, Ed. Palabra.)

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La educación de los hijos: un proyecto de dos.

 

 En la vida de una persona existen proyectos de diversos tipos: los hay de corta, mediana y larga duración; con diferentes niveles de compromiso entre los participantes; con distinta necesidad de seguimiento; y con diverso impacto en la vida personal. Los hay más personales, que dependen exclusivamente del individuo, y los hay comunes, que necesitan de la colaboración de todas las partes para salir adelante.

Un tipo de proyecto muy particular que abarca toda la vida con todas sus dimensiones, en el que se pone en juego la felicidad de los implicados, es el matrimonio. Este proyecto común entre dos, es el más personal que puede haber para un hombre y una mujer, y repercute no sólo en sus propias vidas, sino que da pie a la célula básica de la sociedad: la familia. Este proyecto por su dinámica propia, genera nuevos proyectos comunes para los esposos.

La formación de los hijos es uno de estos proyectos comunes que surgen naturalmente del matrimonio. El traer un hijo al mundo es tarea de dos, como lo es el prepararlo para la vida. Este nuevo proyecto, que se llama hijo, necesita de la presencia y apoyo de sus dos progenitores para desarrollarse de manera adecuada hasta que esté en condiciones de hacerse protagonista de su propia vida. El hijo nace necesitado de todo: de cariño, de alimento, de cobijo, de protección,… de todo, y es incapaz de satisfacer por sí mismo estas necesidades. Su gran seguridad está en sus papás. Si alguno de ellos le falla, su desarrollo se verá afectado.

Las estadísticas hablan por sí solas. En el Reino Unido, el 70% de los jóvenes delincuentes proceden de “familias” monoparentales. Los niños que crecen en este tipo de ambiente tienen el doble de posibilidad de sufrir desórdenes mentales que aquellos que viven con sus dos padres. Las adolescentes que provienen de hogares sin padre o que fueron hijas de adolescentes, tienen una mayor probabilidad de repetir el mismo patrón convirtiéndose en madres solteras a corta edad. (1) La sociedad paga un alto precio cuando ambos padres no se corresponsabilizan de la educación de sus hijos.

Lo que un niño necesita para crecer sanamente (en todas sus dimensiones: cuerpo sano, mente sana, etc) es principalmente cariño, constancia y estabilidad. Y es precisamente en la familia fundada en el matrimonio de los padres donde se pueden encontrar estas características.

Cariño: Este es uno de los componentes más necesarios para el desarrollo físico-afectivo de un niño pequeño y para el desarrollo afectivo de la persona en cualquier otra etapa de la vida. El hijo no sólo necesita del amor de cada padre, sino que además necesita del amor de ambos padres entre sí. Necesita sentirse fruto de un gran amor. Necesita de una madre que se sepa y sienta querida y aceptada, al igual que de un padre enamorado y respetuoso de su mujer. De estas relaciones, el hijo aprende de forma espontánea la manera de amar a los demás. Toda esta dinámica fortalece la seguridad personal afectiva del hijo. Si lo pusiéramos en números se vería más claramente:

Si le diéramos el valor de 5puntos al amor de cada uno de los padres (a y b), tenemos que un hijo que vive únicamente con uno de sus progenitores sin tener contacto con el otro recibe 5 puntos de amor.

a = Amor de la madre = 5

b = Amor del padre = 5

Si este hijo tiene un poco más de suerte y cuenta con el amor de cada uno, aunque ellos vivan separados, podríamos decir que recibe 10 puntos de amor (c).

c = Amor de la madre (5) + amor del padre (5) = 10

Ahora bien, el amor de la madre se ve potenciado por el amor que ella recibe del padre, pues ve en el hijo una muestra constante de ese sentirse amada y una manera de manifestar su amor a su marido, además de la seguridad y serenidad personal que da el saberse amada, con lo que serían 25 puntos (d), aplicándose lo mismo al amor del padre potenciado por el amor que recibe de la esposa, otros 25 puntos (e).

d = Amor de la madre (5) potenciado por el amor del padre (5) = 25

e = Amor del padre (5) potenciado por el amor de la madre (5) = 25

Ahora bien, la relación entre el padre y la madre (f) añade en sí misma al ambiente de acogida, de seguridad y de cariño del hogar, (25 puntos).

f = Amor entre el padre (5) y la madre (5) = 25

Por lo que un hijo que cuente con el amor potenciado de cada uno de sus padres (d + e), más el amor de sus padres entre sí (f), recibirá 75 puntos de amor, contra los 5 o 10 puntos que el niño que no cuente con esa dinámica familiar.

d (25) + e (25) + f (25) = 75

Pongamos ahora el caso de una viuda, por ejemplo, que se sabía amada pero que por desgracia perdió al esposo. Su hijo cuenta con los 25 puntos del amor de su madre potenciado por el amor de su marido difunto (d) (pues ella no se sintió ni usada ni traicionada, lo que es muy diferente en caso de ciertas separaciones). Además, es muy probable que el hijo conserve entre los 5 ó 25 puntos del amor potenciado del padre, dependiendo, de los recuerdos que tenga y de la manera como la madre le haga saber el gran amor que su padre le tenía. Pongamos para ser realistas unos 15 puntos (e-). Este niño recibirá unos 40 puntos de amor, por así decirlo, es decir, estará mucho mejor equipado afectivamente para la vida que uno que vivió en un ambiente en el que nunca existió una relación más estable entre sus padres.

d (25) + e- (15) = 40

Constancia y estabilidad: Estas juegan un papel muy especial en todo proceso educativo. No se adquiere ningún tipo de hábito sin la constancia. La presencia constante de los dos padres en la familia resulta una pieza clave para el desarrollo del hijo. No es lo mismo formar al hijo a diario, que hacerlo solo durante los fines de semana. No es lo mismo para el hijo recibir el mismo tipo de formación por parte de ambos padres, que el estar expuesto a un tipo de lunes a viernes, y otro muy distinto los sábados y los domingos. Lo que uno tarda en construir entre semana, el otro lo destruye en un par de días y viceversa.

Cada hijo es ciertamente un proyecto común de muy largo plazo que exige gran dedicación por parte del padre y de la madre, pero un proyecto que se puede convertir en el punto de encuentro y unión entre ambos, y que puede dar sentido a ese otro primer proyecto que no hay que descuidar, que es el matrimonio. Del éxito o del fracaso de este proyecto, dependerá en gran medida la felicidad de toda la familia. Todo esfuerzo que dediquemos a este proyecto será en beneficio no solo de los hijos, sino también de la familia y de la sociedad.

(Por Liliana Esmenjaud, Colaboradora de Mujer Nueva, 2010-06-25)

¡Nos casamos!

            He tenido la oportunidad de asistir durante este verano a algunas bodas de familiares y amigos. La verdad es que muchos podrían decir hoy en día que esto de casarse ya no se lleva, sin embargo aún son muchas parejas las que deciden comprometerse y dar ese paso hacia el sacramento del matrimonio. “ Yo, …, te recibo a ti, …, como esposo/a y me entrego a ti, y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida”. Estas son las palabras que se encuentran en el centro de la liturgia del matrimonio, con las cuales los novios sellan su unión. Son ellos los ministros del sacramento pues, en este caso el sacerdote es el testigo oficial del ritual de la boda, que al mismo tiempo bendice el matrimonio y preside toda la liturgia del sacramento. También son testigos, en cierto sentido, todos los participantes en el rito de la boda, y en forma oficial algunos de ellos.

El matrimonio como sacramento es sagrado, un símbolo que en las religiones, cualquiera que sean, tiene importancia capital. Casarse en un momento de la vida, es arriesgarse, de ahí conectar con su valor sagrado y experimentarlo de esa forma, ambos. Casarse implica comenzar una nueva vida, no es un sencillo acto social. Es por eso que para los cristianos el matrimonio no es un contrato sino una alianza que recuerda la alianza de amor que Dios hizo con la humanidad.

            ¿Pero qué es lo que lleva a las persona a tender a este compromiso? Son ellos los que deciden casarse y nadie les obliga. (si esta condición se diera sería causa de nulidad matrimonial) Inscrito está en el corazón del hombre -como he comentado en otras ocasiones- vincularse, comprometerse con lo que uno desea, llámese un trabajo, una dedicación… o en el caso que nos ocupa una persona. El compromiso resulta de la firme intención de dedicarse a la otra persona, serle fiel y compartir con ella actividades y bienes personales sin limitación temporal. Es el deseo y decisión de formar un nosotros y poderlo manifestar públicamente con cualquier tipo de reconocimiento oficial. A la misma vez es esta necesidad de compromiso en la relación de pareja la que le confiere sensación de seguridad y confianza. Así también lo expresa el psiquiatra Paulino Castells “Necesitamos asirnos a unos compromisos,… Nuestra razón y corazón se han de comprometer al unísono y de facto. Estar seguros de que nuestra pareja nunca nos abandonará confiere una sensación de seguridad y confianza en la relación”.

            Previamente al matrimonio consideramos que es necesario un tiempo de preparación para él. A este período se le ha dado en denominarse noviazgo y sirve para que la pareja se conozca con mayor intimidad y poder así buscar la unión de ideales para dar el paso siguiente hacia el compromiso, en el matrimonio. Visto de esta forma garantiza la posibilidad de un mejor conocimiento, ofrece la necesidad de salir de sí mismo para poder acercarse al otro y es periodo de aprendizaje de los propios límites, de posibilidades y un conocimiento real. 

            La elección en el noviazgo debe apoyarse en algo profundo antes de tomar la decisión para contraer matrimonio. Elegir pareja bajo sobre la base exclusiva de lo sensitivo (ver, oír,, tocar, gustar, etc.) o apoyar tal elección en base experiencias vividas en el pasado bien positivas o negativas no es propiamente una elección madura. Y es que si hay algo que diferencia al noviazgo del matrimonio es su condición de libertad, el noviazgo no tiene por qué terminar en el matrimonio. Lo que distingue un estado del otro, es que en uno hay libertad de decisión y en el otro la decisión ya está tomada. Precisamente los noviazgos, como decíamos, son para el conocimiento mutuo, ver similitudes, diferencias, otros puntos de vista, en definitiva ver si quiero realmente compartir mi vida con esa persona. Si durante ese período los ajustes no llegan a consolidarse entre la pareja seguir con una relación en la que uno no se encuentre cómodo, confiado, o respetado (entre otros) puede abocar a que en el paso siguiente hacia el matrimonio haya dificultades añadidas a las cuáles tendrán que enfrentarse.

            Dicho así tenemos que saber que un buen noviazgo prepara para un buen matrimonio, aunque no necesariamente este tiene que llevar a él. Y si hay algo que principalmente los diferencia es esa exclusividad y compromiso del uno con el otro. La situación del noviazgo es un tiempo de preparación y conocimiento fundamentado en la realidad de la pareja, que necesita encontrar su identidad  por lo que la sinceridad, el apoyo, el respeto, la comunicación, la superación de dificultades, el tiempo de compartir, etc. son los ingredientes básicos para sostener la relación  o bien dicho la confianza mutua. Tenemos que saber que también  durante el noviazgo es necesario que ambos miembros vean paulatinamente como crecen cómo pareja, en los momentos que comparten y en los momentos en que estén solos, decimos con esto que el noviazgo necesita oxigenarse y proyectarse hacia el exterior, vivir una exclusividad que no le compete puede asfixiar a los miembros de al pareja  y promover los celos, que son fruto de todo lo contrario, la desconfianza.

            Entre otros es importante que la pareja también reestructure sus relaciones con sus familias de origen. La familia seguirá estando presente en la vida del individuo, pero muchas decisiones y opciones futuras se van a tomar en función de la nueva relación afectiva que se ha establecido. La familia de origen, pasa a segundo plano, lo que no hay que confundir con pérdida de afecto o sentimientos de alejamiento. Éstas a su vez pueden ayudar a madurar a la pareja facilitándoles el contexto necesario para que se desmarquen, favorecer la independencia, la autonomía y menor control parental.

            En definitiva considerar un tiempo de noviazgo adecuado previo al matrimonio, favorece que la pareja decida con confianza sellar su unión en un sacramento que los unirá para siempre. Expresando juntos la promesa de fidelidad y exclusividad mutuas. Y de ahí  irradiar hacia el exterior  luz y alegría, testigos de una misma misión.

 Mª Del Carmen González Rivas

mcarmengr@cop.es

Centro de Atención psicológica y Familiar Vínculos