Vale la pena esperar

La espera aunque parezca larga

Luce Bustillo-Schott

No se pierde la esperanza por aquel a quien tanto amamos si la espera está puesta en Dios. Aunque seamos motivo de crítica, aunque nos tilden de ingenuos e ilusos. Aunque nos vean como si fuéramos seres extraños en medio de un mundo que ha cambiado el sentido al amor, porque sólo vive para satisfacer el ego, porque se contenta con la felicidad aparente de los placeres del momento, cuando en realidad lo único que hace es dañar la mente, el alma y el corazón.

El amor es un regalo de Dios para que el hombre sea feliz y haga felices a los demás. El amor verdadero consiste en amar a Dios y en amar a tu prójimo como a ti mismo. Este es el primer mandamiento. Si decimos que amamos a Dios y abandonamos a aquellos que Él nos dio a nuestro cuidado ya hemos dejado de amar.

La familia es la escuela del amor verdadero, la base de la sociedad y del mundo. Un padre o una madre de familia que dice amar a sus hijos y de la noche a la mañana abandona el hogar ni siquiera está amándose a sí mismo. Su amor se torna egoísta porque sólo piensa en satisfacer su ego buscando fuera de su hogar lo que ya tiene para ser feliz.

El amor dentro del matrimonio es donación y entrega. Es una unión de amor tan profunda que en su máxima expresión conlleva la responsabilidad de la procreación de quienes vienen a dar un sí ulterior a ese amor: los hijos. Los esposos reafirman así lo que Dios nos enseña sobre el amor y entran a participar en la mayor y más bella obra de Dios: la familia.

El amor conyugal es la unión de un hombre y una mujer bajo la bendición de Dios desde el día del matrimonio. Se forma así un triángulo indisoluble de una comunión permanente, que da testimonio de la alianza con Dios como símbolo de la salvación del hombre de acuerdo a lo revelado en la Biblia. Cualquier otra relación fuera del matrimonio es simplemente adulterio, una traición a nuestro creador y, por ende, al esposo(a) y a los hijos.

Cuando hay abandono matrimonial de inmediato se rompe esa alianza con Dios, y el hombre pierde su paz interior y la oportunidad de ser realmente feliz, al dejarse llevar por el pecado que es la separación entre el Padre y sus hijos. Pero cuando el amor ha dejado raíces fuertes en el esposo o en la esposa que permanecen fieles, cuando en los hijos existe algo maravilloso que es la esperanza de que el papá o la mamá regrese algún día a Dios y a su hogar como el hijo prodigo, entonces descubrimos un verdadero testimonio del amor verdadero, ese amor que un día Dios unió. Entonces la espera, aunque parezca larga, vale la pena, pues el regreso de aquel que tanto se ama no depende de él sino de Dios.

Hoy se habla del divorcio como algo natural, como la ruptura de una relación a la que no se le da el verdadero valor que tiene cuando se ha dado el Sacramento del matrimonio, por el que vale la pena luchar hasta la muerte.

Por más que los hombres traten de legalizar civilmente una nueva relación jamas ésta será válida a los ojos de Dios. Para Dios no hay alternativas a un matrimonio bendecido por el mismo amor divino, ni hay nuevas relaciones que puedan sustituir aquella primera en la que se ha formado una familia.

Sólo en la familia radican los valores que permiten encontrar la verdadera felicidad, como son el amor, la entrega, la armonía, la alegría, la unión, la comprensión, el aprender diario a compartir… Pero, sobre todo, está la esperanza: una esperanza de amor y perdón en la que el hombre, unido a Dios, encuentra la paz y la verdad que nos hace plenamente libres.

fuente:encuentra.com

La Cita

John se levantó del banco, arreglando su uniforme, y estudió la multitud de gente que se abría paso hacia la Gran Estación Central. Buscó la chica cuyo corazón él conocía pero cuya cara nunca había visto, la chica de la rosa. Su interés en ella había comenzado 13 meses antes en una Biblioteca de Florida. Tomando un libro del estante, se encontró intrigado, no por las palabras del libro sino por las notas escritas en el margen. La escritura suave reflejaba un alma pensativa y una mente brillante. En la parte del frente del libro descubrió el nombre de la dueña anterior, la señorita Hollys Maynell.

Con tiempo y esfuerzo localizó su dirección. Ella vivía en Nueva York. Él le escribió una carta para presentarse y para invitarla a corresponderle. Al día siguiente, John fue enviado por barco para servir en la Segunda Guerra Mundial. Durante un año y un mes, los dos se conocieron a través del correo, y un romance fue creciendo.

John le pidió una fotografía, pero ella se negó. Sentía que si a él de verdad le importaba, no importaría cómo ella fuera. Cuando por fin llegó el día en que él regresaría de Europa, ellos arreglaron su primer encuentro: a las 7:00 pm en la Gran Estación Central de Nueva York.

“Tú me reconocerás por la rosa roja que llevaré en la solapa”. Dijo ella.
Así que a las 7:00hs, John estaba en la estación buscándola.
El mismo cuenta así lo que sucedió:

“Una joven mujer vino hacia mi, su figura alta y esbelta. Su cabello rubio y rizado se encontraba detrás de sus delicadas orejas; sus ojos eran azules como flores. Sus labios y su mentón tenían una gentil firmeza y en su traje verde pálido era como la primavera en vida. Yo comencé a caminar hacia ella sin darme cuenta que no llevaba la rosa. Mientras me movía, una pequeña y provocativa sonrisa curvó sus labios: “¿Vas por mi vía, marinero?” Murmuró ella.

Casi incontrolablemente di un paso hacia ella…. y entonces vi a Hollis Maynell. Estaba parada casi directamente detrás de la chica. Una mujer, ya pasada de sus 40, con cabello grisáceo bajo un sombrero gastado. Era más que regordeta, sus pies con gruesos tobillos descansaban en zapatos de suela baja. La chica en el traje verde se iba rápidamente. Sentí como si me partieran en dos:

Mi deseo tan agudo de seguirla, y a la vez tan profundo mi anhelo por la mujer cuyo espíritu me había acompañado y apoyado, y ahí estaba ella. Su pálida y rolliza cara era gentil y sensible. Sus ojos grises tenían un brillo cálido y amigable. No vacilé. Mis dedos apretaron la pequeña y usada copia de cuero del libro que era para que ella me identificara.

Esto no sería amor, pero sería algo preciado, algo quizá mejor que el amor, una amistad por la que había y debía estar siempre agradecido. Cuadré mis hombros, saludé y le ofrecí el libro a la mujer, aunque mientras hablaba me sentí ahogado por la amargura de mi decepción.
Soy el Teniente John Farrel, y usted debe ser la Srta. Maynell. Estoy muy contento de que al fin nos conozcamos. ¿La puedo llevar a cenar? La cara de la mujer se ensanchó en una sonrisa tolerante.
-No sé de qué se trata esto hijo- respondió-, pero la señorita en el traje verde, que se acaba de ir, me rogó que usara esta rosa en mi abrigo. Y dijo que si usted me invitaba a cenar yo le dijera que lo está esperando en el restaurante de enfrente. Que era una especie de prueba!-

No es difícil de entender y admirar la sabiduría de la Srta. Maynell. La verdadera naturaleza de un corazón se ve en su respuesta a lo que no es atractivo.

Dime a quien amas,y te diré quién eres”.