La familia: cuna, escuela e iglesia

La familia, “santuario de la vida y del amor”, constituida por Dios en el principio de los tiempos como institución natural para la procreación y educación de los hijos y para el amor mutuo de todos sus miembros, es la cuna en la que el hombre nace, vive, se desarrolla, goza, sufre y muere con la dignidad de persona humana y de hijo de Dios. Es el ámbito propio y natural en el que los hijos pueden alcanzar su verdadera dimensión humana y sobrenatural. Los lazos que se crean en ella son los más fuertes y profundos y como consecuencia la persona dentro de la familia es querida por sí misma; no es considerada desde el aspecto utilitario o de valor material.

La grandeza de la familia

“La grandeza y la responsabilidad de la familia están en ser la primera comunidad de vida y amor, el primer ambiente en donde el hombre puede aprender a amar y a sentirse amado, no sólo por otras personas, sino también y ante todo por Dios. (Juan Pablo II.)

La familia es la auténtica cuna de amor, de verdad, de caridad, de libertad y de generosidad. El futuro del hombre, de la humanidad, dependen de ella. Según es la familia, así es la persona, y así será la sociedad. El futuro de la humanidad se fragua en la familia.

Decía el Papa Pío XII: “Precisamente porque la familia es el elemento orgánico de la sociedad, todo atentado perpetrado contra ella es un atentado contra la humanidad”. El ambiente en el que el niño crece favorece o dificulta la expresión y el desarrollo de todo su potencial personal. Por tanto es necesario crear un ambiente de armonía en casa que permita obtener el máximo rendimiento del talento de cada uno de los miembros de la familia, compartiendo todos un mismo proyecto de vida.

La familia modelo, guía y estímulo

Cada familia es el modelo sobre el que se proyecta el niño y la niña, el espejo en el que se mira para ir configurando día a día sus perfiles personales. Es la “guía” que le va conduciendo a lo largo de su infancia hasta conseguir la verdadera madurez humana y sobrenatural.

En la familia los padres enseñamos y educamos con nuestra propia vida, con nuestra personalidad, con nuestro cariño. Transmitimos los valores haciéndoselos asequibles a nuestros hijos. Con nuestra manera de ser y nuestra coherencia de vida les ayudamos a comprender y distinguir lo importante de lo relativo, la buena conducta de lo reprobable.

Conviviendo día a día en el seno familiar aprende, no sólo el lenguaje y el comportamiento humano, sino a ser y a vivir como persona, según el modelo que la propia familia le ofrece. Al final lo que nos hace tan diferentes no sólo se debe a la genética sino también a las diferencias de cada familia, con cuya diversidad se enriquece la sociedad.

Cuanto más costumbres propias haya en una familia, más categorías humanas alcanzarán sus miembros, mayores lazos de cohesión se formarán entre los mismos y mejor “equipados” estarán los hijos para integrarse en una sociedad compleja y competitiva como la nuestra.

Es necesario que el ambiente familiar estimule de manera armónica el desarrollo de todos y cada uno de los valores que posteriormente “adornarán” la personalidad de nuestros hijos. Dichas cualidades constituirán para siempre la verdadera riqueza que le hará feliz y hará felices a los que le rodeen.

En este camino hacia la plenitud humana de nuestros hijos no podemos olvidar la ayuda y el estímulo que necesitan para ir “sacando a la luz” todas las potencialidades del cuerpo, del espíritu y del alma, sabiendo dar su importancia a cada una de estas tres dimensiones esenciales del ser humano de tal manera que prestemos la misma atención y esfuerzo en velar por la salud y el deporte como por los aspectos relacionados con su inteligencia y voluntad, al mismo tiempo que le ayudamos a vivir un sano sentido trascendente de la vida y un trato filial con Dios como Padre. Cuando no se hace así se producen ciertas “deformaciones” en el ser humano al haberse desarrollado de manera exagerada alguno de estos aspectos esenciales de la persona y haberse quedado raquíticos otros.

De aquí que sea imprescindible la consideración de la familia como una insustituible escuela para el aprendizaje de la vida.

Manuel Caballero
Padre de familia y orientador familiar