Eduacador: lo que un joven espera de ti


Por José María Escudero
(mardepri@terra.es)

Ante un joven:

-No estés continuamente pendiente del reloj, de tus múltiples y eficientes ocupaciones…

Deja que el tiempo se escurra entre vuestras manos.

-No dirijas tu mirada a su pelo largo, descuidado o engominado, a sus pendientes, piercings o tatuajes…

Deposita más bien tu mirada en sus ojos y regálale una sonrisa de oreja a oreja.

-No estés echándole constantemente peroratas sobre Dios…

Deja que él descubra en ti al Dios amigo y fiel que tanto necesita.

-No trates de convencerle a base de tu dilatada experiencia y amplia sabiduría…

Deja que sea él quien vaya aprendiendo “escarbando en los archivos de tu corazón.”

-No le des un papel secundario en su vida, como el peón que tiene que construir un adosado…

Hazle protagonista y arquitecto de modo que descubra la catedral que lleva dentro.

-No te esfuerces demasiado en “engatusarle” con tus sabios consejos…

Pon todo tu empeño en que él crezca mediante tu ejemplo.

-No le critiques por sus malas compañías, por “sus botellones,” por “sus amores de una noche”…

Si depositas tu confianza en él, su espíritu se irá abriendo y verás como tus juicios florecen y dan mucho fruto.

-No te angusties si él no te escucha…

Cambia de estrategia, escúchale tú a él con atención, con cariño, y poco a poco conseguirás que se convierta en un hombre de encuentro y de diálogo.

-No reduzcas su persona a un boletín de notas o a una nómina que no llega…

Amplía sus horizontes, ábrele los ojos, para que descubra junto a ti, un mundo que necesita de su inteligencia, de sus capacidades, de su trabajo, de su tiempo.

-No vuelvas a mirar el reloj, se dará cuenta que él no es más que un mero trámite dentro de tu trabajo y… y eso sería terrible

Pierde el tiempo a su lado, derrochando capacidades, talento, experiencia y sobre todo, tiempo, mucho tiempo. Ganarás una vida y eso sí, eso sí que sería terrible.., terriblemente hermoso.

Saber escuchar

Aprender a conversar

“Con-versar” equivale a versar juntos sobre un mismo tema, asunto o argumento. La conversación -el diálogo- es de dos, o más. Pero juntos y sobre una misma cosa. Si hay dos o más hablando de cosas distintas ya no estamos en una conversación ni en un diálogo, sino quizá en una olla de grillos, o tal vez, más probablemente, como con su habitual buen humor señala José Luis Olaizola, estemos metidos en una tertulia de españoles.

En estos tiempos que corren suele suceder que o reúnes o te reúnen. La reunión es un deber frecuente. Y esto es muy bueno cuando de veras la reunión es lo que su nombre parece indicar: “re-unir”, unir de nuevo -es de suponer- para estar más unidos que antes. No siempre, sin embargo, se incrementa la unidad en las reuniones, incluso las pensadas para estrechar vínculos, enriquecer ideas, comprender un poco más a los otros, cooperar al bien común de la sociedad.

¿Por qué esos fracasos, al menos aparentes? No siempre, o casi nunca se debe a complejidad de los problemas que se debaten. Tengo para mí que casi siempre o muchas veces se debe a la complejidad de las conciencias.

El orgullo fue la causa de la confusión que se produjo en Babel. Juan Pablo II afirma que estamos en una civilización babélica. A menudo no nos entendemos, aun exponiendo ideas muy simples. Oscar Wilde decía -muy suyamente- que a ingleses y norteamericanos una misma lengua los separaba. Hablamos en el mismo idioma de cosas sencillas, y sin embargo a veces no nos entendemos. ¿Por qué?

En su divertido -pero serio- libro “Lo malo de lo bueno”, Paul Watzlawick aporta una posible respuesta: precisamente la misma lengua produce la impresión de que el otro tiene que ver la realidad evidentemente “tal como es, es decir, tal como yo la veo”. Y si sucede que no lo ve así, entonces es que está loco o es un malévolo.

También ofrece Watzlawick el ejemplo histórico contado por John Locke en su “Ensayo sobre el entendimiento humano”: En una reunión de médicos ingleses muy eruditos se discutió durante largo tiempo si en el sistema nervioso fluye algún “liquor”. Las opiniones divergían, se pusieron los argumentos más diversos y parecía imposible de todo punto llegar a un consenso. Entonces Locke pidió la palabra y preguntó si todos sabían con exactitud lo que entendían por la palabra “liquor”. La primera impresión fue de sorpresa: ninguno de los asistentes creía no saber en detalle lo que se estaba debatiendo y tomaron la pregunta de Locke casi por frívola. Pero al fin se aceptó la propuesta, se entretuvieron en fijar la definición del término, y pronto cayeron en la cuenta de que el debate había pasado a versar sobre el significado de la palabra. Unos entendían por “liquor” un líquido real (como agua o sangre) y por esto negaban que en los nervios fluyera algo así. Otros interpretaban la palabra en el sentido de fluido (de una energía, cosa parecida a la electricidad) y en consecuencia estaban convencidos de que por los nervios fluye un “liquor”. Se explicaron las dos definiciones, convinieron en elegir la segunda y en breve tiempo finalizó el debate con un acuerdo unánime.

También Paul Watzlawick recuerda la técnica de Anatol Raport para solucionar problemas: en caso de conflicto, en vez de que cada partido dé su propia definición del problema, el partido “A” debe exponer de un modo exacto y detallado la opinión del partido “B”, hasta que éste (B) acepte la exposición y la declare correcta. Después, el partido “B” ha de definir la opinión de “A” de un modo que resulte satisfactorio a éste (A). Dice Watzlawick que aplicando esta técnica sucede no pocas veces que una de las dos partes en litigio diga asombrada a la otra: “Nunca hubiese pensado que usted pensara que yo pienso así”.

El método quizá parezca lento. Pero ¿es más eficaz discutir sin saber exactamente cuál es el objeto del que se está hablando? ¿No convendría reimplantar los antiguos estudios de Dialéctica, en el sentido clásico de la palabra, como arte de discurrir o argumentar correctamente?

Quizá sea verdadero todavía el diagóstico de Eugenio d”Ors: “la más grande limitación de la gente hispana estriba en algo vergonzoso, en algo que es, por definición, un vicio de esclavo: en la incapacidad específica para el ejercicio de la amistad”. A ella se le añade un corolario -que de la misma enfermedad se deriva- y que llama “una suerte de trágica ineptitud para el diálogo”.

Vale la pena no arrojar la toalla y cultivar sin desmayos “el santo diálogo, hijo de las nupcias de la inteligencia con la cordialidad”. A mi me sirve de examen de conciencia el también d”orsiano “Decálogo para todo dialogante”:

I. Escucha a todos, sobre todas las cosas.

II. Honrarás la educación que has recibido.

III. No desearás atropellar la palabra de tu prójimo

IV. No te acalorarás.

V. No equivocarás.

VI. No pronunciarás palabras agresivas.

VII. No desearás tu monólogo frente al prójimo.

VIII.Celebrarás la inteligencia de los demás.

IX. No dialogarás en vano.

X. Vence en el diálogo, pero convence.

UN EJEMPLO A IMITAR (SUCEDIDO EN LA CARCEL MODELO DE MADRID)

Por contrarse con nuestro ancestral proceder, es significativo el episodio sucedido entre los años 1932 y 1933 en la Cárcel Modelo de Madrid. Allá habían ido a parar jóvenes “rebeldes” del intento de sublevación militar del 1º de agosto de 1932, protagonizada en Sevilla por el general Sanjurjo. En enero de 1933 fueron ingresados en la misma cárcel algunos anarcosindicalistas pertenecientes a unos grupos que habían asesinado a varios guardiaciviles.

A unos y a otros les hicieron compartir el mismo patio, cosa que disgustó profundamente a los primeros, que mantuvieron con los recién llegados una agresiva distancia. Cuenta Peter Berglar, en su interesante biografía “Opus Dei. Vida y obra del Fundador Josemaría Escrivá de Balaguer” (pp. 133-134), que el beato Josemaría iba a visitar con frecuencia a aquellos jóvenes -sin que le preocupara “significarse” y ser fichado por la policía-; conversaba con ellos, en grupos o más personalmente y en el sacramento de la penitencia, siempre a través de la reja del locutorio de presos políticos, sin hacer distinción entre personas “de derechas” y “de izquierdas”. “En contra de las tendencias reinantes -dice el historiador- que pretendían obligar “en conciencia” a todos los católicos a apoyar un determinado partido, ponía de relieve que también los católicos tienen derecho a la libertad política, siempre y cuando permanezcan fieles a la doctrina de la Iglesia” (Ibid., p. 134)

Pues bien, como consecuencia de estas conversaciones, unos y otros decidideron jugar al fútbol juntos, en equipos “mixtos”, “y jugar con ilusión y con corrección, lo que, desde el punto de vista humano, daría mejores resultados que largas discusiones en un ambiente de disputa” (Ibid., p. 134).

Era vivir a la letra el punto 953 de Forja: “Cuando el cristiano comprende y vive la catolicidad, cuando advierte la urgencia de anunciar la Buen Nueva de salvación a todas las criaturas, sabe que -como enseña el Apóstol- ha de hacerse “todo para todos, para salvarlos a todos””.

“La propaganda cristiana no necesita provocar antagonismos, ni maltratar a los que no conocen nuestra doctrina. Si se procede con caridad -“caritas omnia suffert!”, el amor lo soporta todo-, quien era contrario, defraudado de su error, sincera y delicadamente puede acabar comprometiéndose. -Sin embargo, no caben cesiones en el dogma, en nombre de una ingenua “amplitud de criterio”, porque, quien así actuara, se expondría a quedarse fuera de la Iglesia: y, en lugar de lograr el bien para otros, se haría daño a sí mismo” (Surco 939). “No se puede ceder en lo que es de fe: pero no olvides que, para decir la verdad, no hace falta maltratar a nadie” (Forja 959). “El error no sólo oscurece la inteligencia, sino que divide las voluntades. -En cambio, “veritas liberabit vos” -la verdad os librará de las banderías que agostan la caridad” (Surco 842).

Los defectos nunca son un timbre de gloria o una manifestación de “personalidad”. Al revés, son manifestación de una personalidad defectuosa o deficiente. Por eso me parece que ganamos mucho cuando vamos desprendiéndonos de la arrogancia de postura o de la intemperancia de lengua, que si bien nos han llegado con la herencia, podemos vencer con nuestra personal libertad y la ayuda de Dios, que nunca falta.
Por Antonio Orozco-Delclós

 arvo.net

La comunicación en el matrimonio

El ingrediente más importante de todo matrimonio feliz es la destreza de la comunicación. Y es que sin comunicación es imposible el conocimiento del otro, del mismo modo que sin ésta tampoco es posible que se de el amor.

Partimos del presupuesto de que la comunicación es siempre un encuentro entre personas, un salir de sí para encontrar al otro, de forma que uno se experimente compartiendo su vida con la del otro. Como bien dice Víktor Frankl “la puerta que da entrada a la felicidad se abre siempre tirando de ella hacia fuera”, porque la comunicación de cada uno enriquece la comunicación del otro, lo que conduce de alguna manera a la felicidad mutua.

Mis palabras son un regalo

Pero para esto hay que estar disponibles para acoger y permitir que las palabras del otro penetren en nosotros, es preciso atender a ellas, acogerlas, quererlas como propias. Así vemos como en la comunicación hay mucha más riqueza de la que objetivamente parece, a veces hablamos por hablar, pero nuestras palabras tienen un significado, algo que me pertenece, mi intimidad, que no es sólo para mi sino para compartir, pues el lenguaje no cobra sentido sino es para los demás. Porque con cada palabra pronunciada se da algo de uno mismo: una preocupación, una alegría, una tristeza, ilusiones, recuerdos, etc. Mis palabras son en definitiva el mejor regalo para los demás.

En la actualidad vemos que la necesidad de diálogo es una de las cosas que más se habla. Tenemos necesidad de explicarnos, de que alguien nos comprenda, necesidad de ser comprendidos o incluso sentirnos comprendidos. Y es que uno de los fracasos más comunes de algunos matrimonios de hoy es la progresiva incomunicación: dos se casan, se aíslan de sus antiguos amigos y compañeros, se hacen voluntariamente estériles, se desentienden de sus mayores y se encierran en sí mismos, etc. Vemos bastantes matrimonios en que la comunicación primero se da por supuesta. Se suprime el coloquio personal y se silencian o eluden los problemas. Los espacios vacíos los llena entonces la televisión, el periódico, internet, el teléfono, etc. Esto es lo que llamó Kierkegaard “soledad de dos en compañía”.

A veces los problemas de comunicación radican en las mismas diferencias que se encuentran entre hombres y mujeres: los hombres esperan que las mujeres piensen, se comuniquen y reaccionen como ellos, y las mujeres esperan que los hombres sientan, se comuniquen y respondan en la forma en que lo hacen ellas. Pero el amor no es mágico, las buenas intenciones no son suficientes. Tenemos que crecer en el amor, día a día, conociendo nuestras diferencias y trabajando en ellas.

Consejos concretos

Y para esto conviene seguir unas pautas para una buena comunicación en la pareja:

– Ante todo la escucha activa, porque no es lo mismo oír que escuchar, porque escuchar es poner atención, mostrar interés colocarse en el lugar del cónyuge para mejor comprenderle, adoptar en todo momento una actitud positiva, tener paciencia y no interrumpir.

– Intercambiar formas de comunicación más claras y directas para expresar opiniones, pensamientos, sentimientos y deseos de manera que hablen de uno mismo, obviando las acusaciones o referencias al otro.

– Que cada miembro de la pareja exponga sus ideas. El cónyuge debe pensar en lo que el otro dijo, no en lo que el mismo quiso decir.

– Aclarar el mensaje recibido antes de responder.

– No dar consejos no solicitados para solucionar un conflicto, sin ayudar al otro a encontrar su verdad.

– Evitar generalizaciones. Términos absolutos de todo o nada, siempre o nunca sofocan la comunicación respondiendo a un estado anímico de enfado.

– Compartir temas de conversación. Hablar de cuáles son las metas ayuda a redefinirlas y evaluarlas. Qué hace feliz en la pareja y en qué se puede cambiar para llevarla acabo. Escuchar los miedos del otro, sin burlarse, reírse o minimizarlos.

– Cuidar los aspectos no verbales de la comunicación. Como diría Watlawick, uno de los principales teóricos de la comunicación, es imposible no comunicarse, en este sentido los gestos, el tono de voz, son esenciales y hay que cuidarlos.

– Reservar momentos para dedicarse el uno al otro. Es necesario que la pareja busque y reserve determinados mo-mentos, en los que puedan dedicarse el uno al otro sin interrupciones. Estos ratos pueden ser breves o más largos. Es importante su frecuencia.

Como vemos la comunicación es de vital importancia en las relaciones de pareja, es un instrumento fundamental para la convivencia, el ajuste social, personal y de resolución de conflictos. Así mismo, las investigaciones indican que hay una correlación positiva entre comunicación y satisfacción conyugal, ya que constituye un medio excelente que tienen los esposos a su alcance para lograr hacer de sus dos vidas una sola; para conseguir una sintonía sin sombras ni secretos que les permita mirar juntos, hacia el futuro sobre la base de un pasado y un presente compartidos.

María del Carmen González Rivas
Psicóloga
mcarmengr@cop.es