Tiempo para contemplar, tiempo para dar

(Por Fernando Pascual, Colaborador de Mujer Nueva, 2008-12-23)
“Cuando te preocupas de otro es cuando empiezas a descuidarte de ti mismo”, dijo un filósofo hace muchos siglos. Alguno, entonces, podrá pensar lo siguiente: “Cuando te despreocupas de los demás empiezas a preocuparte de ti mismo”. ¿Será verdad que los otros son un obstáculo para el cuidado de nosotros mismos? ¿Ocuparse de mi prójimo implica descuidar mi propia vida?

Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos nos sentimos divididos entre cientos de reclamos y de exigencias. A veces son los demás quienes nos piden una ayuda, un consejo, un rato de compañía. Otras veces somos nosotros quienes pedimos a los demás que vengan con nosotros a ver una película, a hablar con el médico o a salir de paseo con los niños.

En medio de tantas peticiones y de las ocupaciones habituales, hay momentos en los que querríamos tener unos minutos para pensar en cómo va nuestra vida, en lo que hacemos. Cuando conseguimos un rato para la meditación, para reflexionar, nuestra mente se ve turbada por los pequeños o grandes problemas que surgen en nuestro trato continuo con los demás, o, también, por los recuerdos, las preocupaciones o los deseos que más llevamos en el corazón. El tiempo pasa, volvemos a la misma vida de siempre, y casi no tenemos tiempo para reflexionar.

Entonces, ¿hemos de romper con todos, dejar nuestros deberes y dedicarnos, de verdad, a nosotros mismos? Es posible encontrar una respuesta si nos damos cuenta de que los otros y yo no estamos en conflicto permanente. Más aún: a veces el mejor camino para ocuparnos de nosotros mismos consiste en ocuparnos de los demás. Muchas neurosis nacen precisamente cuando estamos totalmente volcados sobre nuestros problemas, sufrimientos, dificultades, trabajos. En cambio, la alegría del dar, del servir, del ayudar a otros, lleva a un crecimiento profundo del corazón, que descubre lo que uno puede hacer por los demás, lo que vale la vida cuando no nos encerramos en la concha del propio egoísmo.

Esto no quita el que busquemos tiempo para meditar un poco, para asomarnos al Corazón de Dios y preguntarle qué piensa de nuestras aventuras y esperanzas. Llenarse de trabajos, de amigos, de fiestas, y no tener un rato de reflexión o de descanso es peligroso. Tener unos instantes para la contemplación nos ayuda a darnos con más ilusión y alegría a los que viven a nuestro lado.

El mejor modo de ser feliz es no querer serlo. La felicidad, decía un psicólogo austríaco, Viktor Frankl, cuanto más se persigue más se aleja de nosotros. El mejor modo para llenar nuestra vida de sentido es darnos a los demás, y acoger su amor.

Quien desee ser feliz hará felices a todos, en el tiempo y en la eternidad, si da, si se da, sin límites, solamente por amor.

“Después de Amar, te amaré”

Javier Vidal-Quadras; Ediciones Internacionales Universitarias, Madrid 2004, 144 pp.
¿Por qué este título: “Después de Amar, te amaré”? Ante un mundo de falta de amor, el Autor, abogado, casado y con siete hijos, muestra un poco lo que lleva dentro, descubre algunos “secretos y voces” suyos, animado con este pensamiento: “allá donde tú te descubras, se descubrirán tus lectores. No tengas miedo” (p. 18). Quiere desenmascarar los fantasmas que difuminan el amor: “estabas enamorado, sí, pero… ¿de ella… o de la emoción?, ¿de la persona o del sentimiento? ¿No es verdad que, a veces, te sentías enamorado de estar enamorado?” (p. 19). Es una falta de madurez estancarse en la etapa de pensar que lo importante es “sentirme” enamorado: es un egoísmo que llevaría a que si ésta persona no me llena ya, “habrá que reemplazarla” (p. 19). A través de 27 capítulos cortos hay una línea argumental: meterse en la piel del lector para despertar en medio de tantos engaños que adormecen al único amor por el que merece la pena vivir. ¿Cuál es ese amor auténtico?: amar para siempre, y pase lo que pase: “casarse para siempre (¿hay otra forma de casarse? es un exceso de libertad. Por eso hay gente que no se atreve… porque no es libre hasta el extremo de poseerse a sí mismo y a su futuro de modo absoluto, y le da miedo comprometerse a algo que no abarca su libertad” (p. 23).
La entrega es la otra cara de la libertad: “¿Casarse sólo por amor? Uno no se casa sólo porque ama, sino porque quiere amar” (p. 23), es decir, uno no puede fundar un matrimonio con el pensamiento de que el amor es algo que se puede acabar, sino “con la firme voluntad… puede decidir amar siempre y pase lo que pase: muchos lo han hecho a lo largo de la historia. La razón de casarse no es amar, sino querer amar. Amar es una premisa necesaria (o muy conveniente), pero no suficiente. No me caso porque amo, sino para amar… por eso, amar es importante, pero más lo es querer amar. Quien no ha pensado en eso, más vale que no se case, porque, aunque lo piense, no está contrayendo matrimonio… y casarse para no casarse es un contrasentido. Así pues: no me caso porque amo, sino porque amaré” (p. 24).
Esta entrega no puede tener límites, para que sea real: “Ella es para siempre. Y él también. Y ellos, cuando nazcan, también serán para siempre. Así son las personas: para siempre. No caducan. Un día morirán, es cierto…, aunque yo creo que seguirán viviendo, y una mejor vida… las personas son… para toda la vida” (p. 25). Y el amor no depende de las circunstancias, ni siquiera de la correspondencia: “no amo para que me ames: amo porque mi naturaleza es amar, y para que tú también puedas amar, para que mi amor te complete como persona, te desborde y puedas darlo a otros…” (p. 27).
Algunas circunstancias pueden ser muy duras, amar puede llegar a ser difícil, pero eso no es motivo de decir: “la amaré mientras ella…” porque entonces “ya no la amamos a ella, nos amamos a nosotros. Ya no buscamos su felicidad, que es nuestrocompromiso en el amor, buscamos la nuestra” (p. 27). Empeñarse en la propia felicidad es billete seguro a la frustración, “vejez” del alma, aburrimiento… la vida es para amar, y como de rebote nos encontramos felices. Entonces, la cabeza y el corazón se llenan de amor pues uno se llena de aquello a lo que tiende. Y no habrá escapes, grietas: “el agrietado va regalando trozos de intimidad al primero que se acerca… y se va vaciando… y se puede caer en la tentación de ir a llenarse otra vez a esas fuentes nuevas y no a las de siempre” (p. 58). Otro efecto del egoismo es el victimismo: “su vida es… una suma de dolores” (p. 61), todo es motivo de queja que siembra amargura, y provoca rechazo a su alrededor. En cambio, cuando hay amor, hay buen humor, una chispa que inventa siempre formas de contagiarse a los demás.
El amor tiene también sus jerarquías, saber priorizar: “lo más importante, lo absolutamente imprescindible que tienen que hacer los padres para educar a sus hijos es quererse fiel, leal y progresivamente más entre ellos dos” (p. 75), receta con Melendo. Los conflictos no se resuelven echando la culpa al otro: “empezó él/ella”. Sirve la receta de S. Juan de la Cruz: “donde no hay amor, pon amor y sacarás amor”, y la de S. Agustín: “procurad adquirir las virtudes que creéis que faltan en los demás y no veréis sus defectos, porque no los tendréis vosotros” (p. 79). Cuando después de cada tropiezo hay una reconciliación, “uno parece renacer de sus propias cenizas y la relación se refuerza tras el perdón recíproco” (p. 82). En cambio, “cuando estoy convencido de que mi mujer llega tarde para fastidiarme” (p. 96) y tantas valoraciones falsas “cuando todo lo pongo en relación conmigo, la paranoia está a la vuelta de la esquina” (p. 96); es el “ego, ego, ego, ego… / y va balando el borrego”, el “yo” que desquicia, y amar hace feliz, como dice Kierkegaard: “la puerta de la felicidad se abre hacia fuera, hacia los otros” (p. 97).
¿Qué hacer cuando el abundante trabajo fuera de casa llena nuestra agenda? Poner en ella lo más importante, la familia. El binomio de “más trabajo, más dinero” si no se regula no acaba nunca, esclaviza, y ya sabemos sus “efectos colaterales” nefastos… pues “sin libertad no se puede amar” (p. 110). “El que resta tiempo a su cónyuge (a su familia) por razón del dinero es un mercenario. Y si se lo roba por el prestigio, es un pelele. Y si lo hace por temor, un cobarde” (p. 111). Por eso, los hijos no son “estorbo”, y añade el autor: “unos amontonan cosas; nosotros preferimos formar personas. Cuestión de gustos… (aunque) no es cuestión de gustos, sino de amor…” (p. 119)
¿Y cuando densos nubarrones ciegan toda luz, y se ve el matrimonio como un túnel sin salida, cuando amar “duele”?: “Sabes que el único camino es el perdón: el perdón o el vacío. Ascender o despeñarse. La ascensión será dura, muy dura; presientes un terreno áspero, luchando siempre contra tus tendencias, pero la disyuntiva es el abismo” (p. 123); además, entonces no se es objetivo: se distorsiona todo cuando uno está amargado, y hay que pensar en mis errores, que tampoco son pocos… y de ese abismo nace otra vez el perdón: “¡Es posible el perdón! ¡Siempre es posible el perdón!” (p. 124).
En fin, “si uno cuenta con Dios, el compromiso matrimonial es más fácil… se convierte con Él en vocación, es decir, llamada y encuentro, camino de santidad” (p. 127) y este amor no tiene fin: “no hasta la muerte…, después de la muerte y hasta siempre… ¡Parece tan poco una vida para amar”!” (p. 132).
Llucià Pou Sabaté

http://familiaenconstruccion.blogspot.com/

Pijama para dos

El amor y el desarrollo de la pareja constituyen uno de los principales asuntos de la vida, y en consecuencia, de la producción literaria y ensayística. En esta ocasión, el periodista Alfonso Basallo y su esposa, Teresa Díez, expresan su propia idea del amor en Pijama para dos, un libro que recoge el título de aquella película de Rock Hudson y Doris Day (Lover Come Back, 1961).

Los autores han buscado un estilo juvenil, y para delimitar los epígrafes y capítulos, a veces se emplean títulos de películas recientes o de canciones pop. Al mismo tiempo, citan a Chesterton, Cormac McCarthy, Julián Marías, C.S. Lewis y Tolstói. Con esta mezcla difícil de encajar van comentando ciertos aspectos de la vida de pareja, entre los que destacan sobre todo la importancia de la comunicación y de la entrega al otro. Llama la atención la diversidad de registros, tonos y ritmos en el texto, así como una cierta falta de sistematización. Sin embargo, se percibe un hilo conductor evidente en torno a un concepto clásico de la sexualidad, la fidelidad conyugal y el sacramento del matrimonio.
Pijama para dos se define como inconformista y rebelde, pues no duda en criticar la promiscuidad juvenil, el miedo al compromiso pasados los treinta, y el aburguesamiento del “matrimonio-pantufla”. Por otra parte, el libro traza perfiles excesivamente rectilíneos acerca de cuestiones complejas como el flirteo, la complicidad, las caricias o las formas de relacionarse con terceras personas. En general, los autores han optado por centrarse en la relevancia de la voluntad, lo que dota al libro de un talante demasiado estoico e incluso rígido.

José María Sánchez Galera
Fecha: 24 Junio 2008
www.aceprensa.org

Proteger el amor matrimonial

El amor verdadero no busca la independencia; no busca la “liberación” de todos los vínculos y responsabilidades. Al contrario, impulsa a actuar justo al revés: se entrega, y no anhela nada más que atarse para siempre a quien quiere ¡y no dejarle nunca más!

 Alianza objetiva

           Estos son los grandes deseos, los grandes impulsos naturales del amor. Sin embargo, todos conocemos las flaquezas de nuestra naturaleza: hoy, sentimos gran pasión por una persona; mañana, quizá, por otra. Por eso, no bastan los deseos de fidelidad; no bastan las promesas secretas o clandestinas. Hace falta llegar a una alianza objetiva: comprometerse también cara a la sociedad, lo que se traduce en este caso en contraer un matrimonio.

           Esta alianza es una protección del amor. Es como decir a otra persona: “Yo te quiero verdaderamente, y siempre quiero quererte. No sé todo lo que pasará a lo largo de la vida. A lo mejor, hay tentaciones y conflictos. Pero tengo la voluntad de superarlas, y para probártelo, te doy una promesa oficial.”

           Conocemos los grandes navegantes de la mitología griega. Estos prometían a sus amigas y amantes volver a casa, después de algún tiempo de aventuras y trabajos, pero nunca volvían. En el mar, escuchaban los cantos de las sirenas, quedaban fascinados y cambiaban de rumbo para estar con ellas. Las mujeres no los veían nunca más…

           Pero hubo uno -Ulises- que previó el peligro. Quiso que sus compañeros le ataran al mástil de la nave. Cuando pasaron por la isla de las sirenas, también él escuchó su canto maravilloso, también él se quedó fascinado, pero no podía seguir las voces y los cantos de las sirenas, ya que estaba atado. Así, las sirenas no pudieron seducirle. Fue el único que volvió a casa.

           Toda persona -incluso el más acérrimo crítico del matrimonio- anhela, si es sincero consigo mismo, tener alguien en quien poder abandonarse completamente, alguien que siempre esté con él, pase lo que pase, que confíe en él también cuando todo está en contra suya; también cuando sufre fracasos y enfermedades, cuando se hace mayor y más débil.

 Nuevos retos

           Cada uno desea, en el fondo de su corazón, tener una persona segura, de confianza, a su lado. ¿Porqué, entonces, experimentamos hoy, que tantos hombres y mujeres rechazan de lleno el matrimonio? Muchos de ellos, quizá, no rechacen el matrimonio “en sí”, sino un tipo de matrimonio lleno de mentira y de traición tras una imagen respetable. Rechazan a los matrimonios que se cierran, ponen barreras, no tienen amigos, viven una vida cómoda y aburguesada. Hay quienes buscan nuevos caminos, más interioridad y autenticidad, y -por desgracia-terminan frecuentemente en la confusión.

           La crítica es dura, pero nos puede servir para plantear de nuevo la vida matrimonial. Es decir, el matrimonio no es anacrónico, pero tampoco debemos vivirlo de un modo que llaman “burgués”, con estrechez de miras y falsedad, mirando más el aspecto externo que el amor verdadero entre las personas que lo componen.

           Uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo consiste en demostrar que el matrimonio es atractivo, también para los hombres y las mujeres de nuestro tiempo. Y que, realmente, es el amor el que reina entre los esposos. Conviene demostrar, en definitiva, que la fidelidad matrimonial es posible y que lleva a una felicidad mucho mayor que el amor “espontáneo”: éste puede ser muy apasionante, pero queda inmaduro, si huye de la entrega definitiva. Hoy en día, hacen falta parejas que sean un ejemplo de que el matrimonio, como vida en común indisoluble, es la mejor garantía para la felicidad de toda la familia, y para ellos mismos, en la juventud, en la madurez y en la ancianidad.

           El matrimonio no es anacrónico en absoluto. Pero es un reto -hoy más que nunca- mantenerse unidos uno al otro, también en tiempos de crisis o de poca comprensión. Todo matrimonio pasa por crisis, igual que toda persona, cuando crece, experimenta sus crisis de desarrollo. Es muy normal, que haya momentos duros en la vida. Uno nota monotonía, desazón, quizá la falta de una plena realización profesional; ve que los planes se derrumban y que los hijos son muy distintos de lo que se deseaba. A veces, con los años aparece el remordimiento de no haber dado al otro todo lo que se le podía haber dado… Pero, toda crisis trae consigo un cambio, y puede ser un cambio hacia una madurez mayor, hacia una confianza más plena.

           El día de la boda no es la última estación, sino al contrario, es el comienzo de la verdadera aventura de la vida del amor. Si se tiene la conciencia clara de que el matrimonio dura hasta la muerte, entonces se esfuerza uno mucho más para hacer de él una empresa atractiva.

 Consejos concretos

           ¿Cómo se puede llegar a superar las dificultades? ¿Cómo se puede conseguir que el matrimonio sea feliz? No hay recetas fijas. Pero podemos reflexionar sobre lo que puede facilitar la vida cotidiana.

           1. Amor decidido. Si, al contraer matrimonio, los cónyuges son conscientes de que toman una decisión de por vida y tienen la firme voluntad de permanecer unidos hasta el final, pase lo que pase, en tiempos de sol y de lluvia, de nieve, hielo y tormenta, entonces pueden desarrollarse libremente, en un clima de seguridad y de confianza.

           Conviene perder el miedo a las crisis. Conflictos y divergencias de opiniones existirán siempre allí donde varias personas viven en estrecho contacto. Lo decisivo es la actitud que se adopta ante aquellas situaciones difíciles: aprovechar la oportunidad de estrechar los lazos de unión, superando juntos las dificultades, buscar el camino de la reconciliación. A menudo, esta disposición a perdonar es la única esperanza en el camino hacia un nuevo comienzo. Con los años un cónyuge va amando al otro más y más porque quiere amarle, porque se ha decidido por el otro de por vida, y está dispuesto a soportar desilusiones.

           2. Respeto mutuo. Hoy en día, casi nadie duda de que el hombre y la mujer se encuentran en el matrimonio uno junto al otro con la misma dignidad, para enfrentarse unidos a la vida: que son, en definitiva, de la misma altura; que tienen los mismos derechos y deberes. Hay, a veces, mucha independencia social y económica entre los cónyuges y, a la vez, una gran dependencia afectiva, que los une de un modo casi enfermizo. Pero sólo aquel que es interiormente libre y autónomo puede entregarse a los demás. Por tanto, hay que reconocer también la necesidad de mantener una sana distancia en el matrimonio. La vida en común no debe convertirse en una atadura o cárcel que restringe la libertad del otro. Un cónyuge no puede quitar al otro el aire para respirar, la posibilidad de desarrollarse y llevar adelante iniciativas propias, pensamientos o planes personales: para llegar a una profunda unidad, es necesario seguir siendo dos personas individuales.

           No se ama al otro, mientras no se le ama en sí mismo. El “tú” no es la prolon­gación del “yo”. El “tú” es el misterio del otro que pide ser afirmado en sí mismo. No existe verdadero amor entre un hombre y una mujer, si no se experimenta -incluso en este amor, que hace de ambos una sola carne- un cierto desapego.

           3. Apertura a la vida. Un matrimonio en el que el marido y la mujer viven pendientes sólo el uno del otro, y en sus vidas no hay lugar para nadie más, acabará por cansarse y amargarse. Un matrimonio verdaderamente feliz descubre continuamente nuevos horizontes, está abierto a otras personas, también a una futura descendencia. Tiene el valor de transmitir la vida, de conservarla, de amarla y de velar por su desarrollo.

           Pero, si la unión sexual se entendiera exclusivamente como la procreación de descendientes, se denigraría al cónyuge al tratarlo como un simple medio; en última instancia se abusaría de él. Esto ha sido reconocido generalmente en nuestro tiempo de manera muy clara. Más, de la misma manera se humilla al cónyuge si se hace de él un mero objeto de placer. En cambio, si están integrados en el amor matrimonial tanto el deseo de tener hijos como la búsqueda de la unión sexual, se puede considerar conseguida la relación.

           La fecundidad hace del matrimonio una familia. Por supuesto, los hijos traen consigo desorden e incomodidades para la vida de la pareja, hasta entonces tran­quila, ordenada y controlable. Pero en vez de considerar la maternidad como una esclavitud, hace falta convencerse de nuevo, de que existe una felicidad más profunda que la de la satisfacción por el dinero y el éxito; que no sólo los padres ayudan a los hijos, sino que también los hijos ayudan a sus padres a madurar espiritualmente (precisamente a través de las preocupaciones que aquellos originan). Los adultos pueden aprender mucho de sus hijos.

           4. Sentido del humor. La mejor educación es la convivencia familiar alegre y armónica. “Cuando hayas estado un día entero sin reír, habrás perdido totalmente ese día”. Este lema es muy importante precisamente para la vida cotidiana de la familia. Las personas carentes de humor e incapaces de reír llevan una vida poco atractiva. Los matrimonios y las fa­milias, que han dejado de reír, están perdidas.

           En cambio, el que tiene sentido del humor, puede olvidarse de sí mismo, y de este modo está libre para los demás. Todos tendemos a veces a plantearnos problemas existenciales por cosas insignificantes, y esto afecta a las relaciones entre los hombres. Debemos esforzarnos por no contemplar las múltiples cosas pequeñas de la vida cotidiana desde su aspecto negativo. Cada cosa, como es sabido, tiene dos caras, y vale la pena centrar la vista en aquella cara de la que podemos reírnos a gusto, o al menos sonreír.

           Una persona que se siente querida por su familia, también es capaz de amar; recibe fuerza y apoyo para la lucha diaria. Sólo el que se siente feliz, puede regalar paz, alegría y optimismo a otros; sólo quien se siente protegido, puede ofrecer apoyo y fortaleza. Únicamente quien tiene iniciativa, puede transmitirla y atreverse a cambiar el mundo. En una familia sana, los miembros serán capaces de desprenderse unos de otros y lanzarse activamente al mundo con generosidad. Están abiertos a los problemas de los demás, saben lo que es la amistad, y están dispuestos a gastarse en servicio al prójimo, desinteresadamente y sin miedo a interrumpir con ello la tranquilidad de la tarde.

Jutta Burggraf 

Doctora en Psicopedagogía. Doctora en Sagrada Teología.
Profesora Agregada de Teología dogmática.
Áreas de investigación e intereses: Teología de la creación, Teología ecuménica, Teología feminista.
Especialista en temas de familia y matrimonio.