CAMINANTE NO HAY CAMINO

Hablemos de valores

 

Acabamos de iniciar un nuevo año. Entramos en una nueva década. Llevamos mucho tiempo en que demasiada gente habla y habla de valores y la mayoría de las veces sin saber de qué va la cosa. De ahí que yo me haya hecho la siguiente pregunta, ¿qué son los valores? Está de plena actualidad hablar de ellos. Se dice que en esta sociedad faltan valores. Que la escuela ya no enseña valores. Que en muchas familias tampoco se quiere saber nada de valores. Y cuando se habla de  valores siempre se recurre a la solidaridad, la amistad, la caridad, la libertad…. Y muy poco más. Pero empecemos por el principio. ¿Sabemos de verdad qué son los valores? ¿Existen con realidad propia o son creación de nuestra fantasía?

Educar en valores

Los valores no son algo únicamente objetivo ni algo únicamente subjetivo, sino ambas cosas a la vez. Los valores no existen con independencia de las cosas. Podemos designar como valor aquello que hace bueno a las cosas, aquello por lo que las apreciamos. Dicho con más claridad, educar en valores es lo mismo que educar moralmente o, sencillamente, “educar”, porque son los valores los que enseñan al individuo a comportarse como hombre. Los valores auténticos, si los asumimos con libertad, nos permiten establecer con claridad los objetivos que nos hemos marcado en nuestra vida, al tiempo que nos ayudan a comprender y estimar a los demás. La carencia de un sistema de valores bien definido, sitúa al sujeto en el vacío y le deja a merced de criterios y pautas ajenas. Instaurar en nuestra sociedad una Pedagogía de los valores es educar al hombre para que se oriente por el valor real de las cosas. Hablar de valores humanos significa aceptar al hombre como supremo valor entre las realidades humanas. Los valores nos pueden ayudar a conseguir el objetivo fundamental al que todos aspiramos: la felicidad.

Establecidas estas primeras pautas sobre la identidad de los valores, debemos recordar que la lista de valores es amplísima. Aquí os presento una pequeña muestra de ellos: Alegría, Amabilidad, Altruismo, Amistad, Autenticidad, Autocontrol, Autoestima, Austeridad, Bondad, Calma, Compasión, Comprensión, Confianza, Cordialidad, Creatividad; Criterio, Diálogo, Delicadeza, Dignidad, Diligencia, Disciplina, Disponibilidad, Eficacia, Elegancia, Entusiasmo, Esfuerzo, Equilibrio, Esperanza, Espiritualidad, Éxito, Familiaridad, Fe, Felicidad, Firmeza, Gratitud, Hospitalidad, Humildad, Humor, Lealtad, Madurez, Mayores (respeto que merecen), Paciencia, Tiempo, Tolerancia, Urbanidad, Valentía, Voluntad,…

Pues bien, de algunos de ellos, porque de todos es imposible, iremos tratando en sucesivos artículos.

La generosidad

Hoy me vais a permitir unas breves notas sobre uno de ellos, sobre un valor que hoy está casi ausente en nuestras relaciones sociales y hasta familiares diría yo: la generosidad. Me he decidido por este valor porque considero que poniéndolo en práctica de verdad, tendremos un largo camino recorrido. Quizás sea uno de los valores de los que todos estemos más necesitados. Dar no significa despojarse de cosas, sino enriquecer al otro con los propios valores. El que cuando da se da a sí mismo, no solamente no se empobrece sino que al mismo tiempo se enriquece con la alegría de su generosidad. Nadie es tan pobre que no tenga la oportunidad de dar algo. Una palabra ante la soledad, una mano tendida ante la dificultad o una palabra de cariño ante el dolor son formas concretas de mostrar nuestra generosidad. Hemos de aprender a ser generosos y hemos de enseñar a nuestros hijos a hacerlo con delicadeza y respeto hacia aquellas personas necesitadas que nos ofrecen la oportunidad de poder compartir nuestras cosas, sentirnos útiles y vencer nuestro egoísmo. Pero hay que aprender a dar, a compartir, acompañando lo que damos con nuestra ternura y nuestro afecto. La generosidad y entrega a los demás nos hace sentir la alegría de pasar por el mundo haciendo el bien y sintiéndonos en plenitud. Si repasamos la historia, observamos que los auténticos grandes son aquellos que pasaron dándose a los demás: Jesús de Nazaret, Gandhi, Teresa de Calcuta o san Vicente de Paúl, entre otros muchos, hicieron de su existencia diaria un servicio y entrega a los demás.

Influencia en las vidas

En este año que acabamos de iniciar sería bueno que pusiésemos todo nuestro interés en ser generosos. Aunque parezca paradójico, dar es la manera más rápida de enriquecerse. No quisiera terminar sin recordar a dos grandes de nuestra literatura: “No hay hombre tan pobre que no tenga algo digno que dar” (Lope de Vega) y “Entregarse a los demás es desvivirnos” (Unamuno).

No permitamos que el tema de los valores sea tratado con poca seriedad y de cualquier forma. Su influencia en nuestras vidas y en la de los que nos rodean puede ser decisiva, de ahí que debamos prestarle la atención que merecen. Nosotros desde aquí lo vamos a intentar. Feliz y Generoso 2010.

Si alguno de vosotros, lectores de Iglesia en Camino, tiene interés por algún valor en concreto, puede solicitarlo a través de mi correo electrónico y encantados trataremos de complacerle.

Antonio Béjar
Maestro. Licenciado en Ciencias de la Educación

 

Enseñar a estar

 

Se habla mucho de la soledad como un estado intrínsecamente negativo porque supone no estar rodeado ni acompañado de ningún otro ser vivo, ya sea humano o animal y puede generar sentimientos de inutilidad y sensaciones de pérdida de sentido de la vida.

La soledad es muy difícil de soportar cuando no se atendió la propia existencia y cuando desaparece aquello a lo que la persona se dedicó en exclusividad, ya sea la familia, los demás, el mundo exterior o a una actividad profesional o a todas a la vez. Y siendo esa dedicación a los otros y ese salir de sí mismo una misión noble y que dignifica a quien lo hace, no es menos cierto que olvidarse de cuidar y fomentar la compañía del propio yo, en cuerpo y espíritu, nos enfrenta a un vacío vivencial difícil de aguantar.

Conocernos y querernos

No estamos solos, estamos siempre con nuestra mismidad, con nuestra propia biografía. Y en este estar con uno mismo es fundamental y de vital importancia que nos conozcamos y nos queramos, eso que ahora llamamos autoestima y autoconcepto.

Debemos aprender a vivir con el propio yo, con sus muchas grandezas y miserias, sin tener que huir a través del teléfono, de los mensajes del móvil, del ordenador y sus muchas variaciones de comunicaciones virtuales o mediante juegos informáticos o televisivos o, en el peor de los casos, a través del peligroso mundo del alcohol y la droga. Y este aprendizaje debe ser el objetivo principal de la educación dentro de la familia y en la sociedad si queremos tener hombres y mujeres comprometidos con el mundo.

¿Qué nos ocurre a las personas para que no soportemos el quedarnos con nuestra propia realidad y sintamos la necesidad de evadirnos de ella? Ya desde el principio de nuestra historia personal, fuimos óvulo fecundado que se respetó y se dejó avanzar por las fases de la vida, estamos acompañados de nuestras ideas y pensamientos, sustentados en un cuerpo que siente y orientados por unas creencias y valores.

Soledades

La soledad impuesta, como puede ser la de muchas personas mayores y la de bastantes enfermos, genera inseguridad y miedo y es importante que la combatamos mediante la familia, los amigos, los voluntarios o las prestaciones sociales. Ahora bien, no creo que esta sea la soledad que hace más daño porque puede tener soluciones como las indicadas. La soledad del que no se soporta, del que reniega de sí, del que ha perdido el sentido de su existencia, del que maldice el día de su nacimiento o ve absurda su presencia en el mundo sí es dolorosa e insoportable y supone una amenaza para el propio sujeto porque no ve salida a esa situación. A todos los que están padeciéndola les dedico mis palabras de aliento y de ánimo y mis deseos de que encuentren algún germen que pueda fructificar y proporcionar paz y sosiego a sus días.

La soledad del que se vive felizmente acompañado por sí mismo, en comunión con su entorno y abierto al encuentro con los demás y con Dios es una de las vías más importante para disfrutar del sentido de la vida y hacerlo en toda su extensión y profundidad, porque siendo finita en el tiempo y en el espacio, es infinita en sus posibilidades y expectativas. Esa soledad deja de serla porque supone el encuentro consigo y la proyección hacia la eternidad.

José María Fernández Chavero

Psicólogo Clínico y Máster en Bioética

chavero@correo.cop.es