El trabajo del DUELO

Un duelo superado se vive con gratitud a pesar de la gran relación afectiva que se pudo haber tenido con la persona que se fue.

Antecedentes

Pedro actualmente se ha separado de su mujer. Enrique se ha quedado sin trabajo. Los padres de Luis se han cambiado de residencia y entonces, él tendrá que ir a una nueva escuela y vivirá en otra casa. Alberto, es una persona diabética y perdió su pié derecho. El abuelo de Víctor, había pasado por una larga enfermedad y recientemente falleció. Julieta, a sus treinta y ocho años fue sometida a una operación y hoy día no podrá ser madre nuevamente. Juanita se despidió por la mañana de Antonio, por la tarde le avisaron que él tuvo un accidente de trabajo y su adorado esposo perdió la vida. En plena adolescencia Fernanda llora inconsolablemente porque su novio Edgar le dijo que terminaban y que no serían más nunca novios.

¿Qué tienen en común los personajes de todas estas historias?.

¡Están pasando por un proceso de duelo!.

¡Todos tenemos la necesidad de amar y ser amados!. Una relación con otras personas genera una cercanía emocional y afectiva llamada apego, y cuando nos desapegamos de las personas, los objetos y las ideas, esto produce dolor. La pérdida, puede ser esperada, deseada o repentina.

¿Qué es el duelo?

El duelo es la aflicción, el dolor o la tristeza que sentimos cuando enfrentamos: la pérdida de un ser querido (muerte, separación o divorcio), una condición geográfica o social (quedarse sin empleo, cambiarse de lugar de residencia o jubilarse), una condición biológica (no poder tener más hijos o la pérdida de alguna parte de nuestro cuerpo o incluso el paso de la infancia a la adolescencia).

Todos los seres vivos pasamos por una serie de etapas naturales o ciclos que tarde o temprano vivimos en carne propia: nacer, crecer, reproducirse y morir. Y cada una de ellas trae una serie de conductas y estados emocionales asociados a cada una de las fases del ciclo de la vida.

¿Qué siente una persona que está pasando por un duelo?

Las personas que están pasando por un proceso de duelo viven diferentes alteraciones físicas y psicológicas:

– Síntomas emocionales

– Tristeza, melancolía o preocupación prolongada a lo largo del día

– Sentimientos de apatía, inutilidad o culpa

– Confusión o nerviosismo

– Estrés o estrés postraumático

– Pérdida de interés en las actividades que se disfrutaban

– Problemas de concentración u olvidos al tomar decisiones

– Irritabilidad, enojo y agresividad

– Pensamientos de muerte o suicidas

– Sensación de estar o sentirse vacío

Síntomas físicos

– Dolores de cabeza, espalda y cuello

– Problemas digestivos (estreñimiento, diarrea, inflamación intestinal)

– Fatiga o cansancio

– Trastornos del sueño (insomnio, sueño excesivo o terrores nocturnos/pesadillas)

– Vértigo (sentir mareo y que las cosas nos dan vueltas)

– Cambios de peso y apetito

En ocasiones puedes sentir que necesitas ayuda y en otras que tú mismo puedes superar esto. Sin embargo, todas estas reacciones son comunes cuando estas pasando por una etapa de duelo.

En general la forma como nos afecta una pérdida tiene que ver con nuestra propia personalidad y con el tipo de relación afectiva que teníamos con la persona que se fue de forma física (muerte de un ser querido) o emocional (separación o divorcio).

Analizar el contexto de la pérdida.

No todos los duelos son iguales y cada persona va a sentir de forma diferente el impacto de la pérdida. Por ejemplo, si una persona pasaba por una grave y terrible enfermedad, la muerte del ser querido puede significar dolor y alivio al mismo tiempo para los dolientes. Sin embargo, cuando la muerte o separación llega de manera inesperada, independientemente de la edad de la persona, produce un gran dolor. Una pérdida por lo tanto puede ser: esperada, deseada o repentina, y ello también va a causar un impacto distinto al doliente.

¿Por qué ante la pérdida de una persona amada hay tantas versiones de la realidad?

“No vemos las cosas como son, sino como somos”. Es bastante común que cuando una persona se va, cada uno de quienes le conoció tenga muy distintos puntos de vista sobre sus experiencias en común, los cuales están mediados por diferentes mecanismos de defensa.

Estas historias no reflejan la verdad, sino nuestra interpretación sobre ella.

“Era tan bueno (idealización)”, “no se fue, vive en nuestros corazones (negación), tuvo sus tropiezos pero en el fondo era realmente buena persona (transformación de lo contrario), “nunca le pude decir lo tanto que le amaba (represión)”. Y ello nos pone frente una lucha con el pasado. Decidimos: huir del pasado, vivir en el pasado o enfrentar el pasado.

Etapas del duelo

La médica psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross (1926-2004) creo toda una obra sobre la muerte y el acto de morir en donde describe diferentes fases del enfermo según va llegando su muerte, se conoce con el nombre de modelo Kübler-Ross: negación, ira, regateo, depresión y aceptación.

De ese modelo inicial, se han derivado múltiples propuestas para describir y enfrentar el duelo. Algunos otros autores sintetizan estas etapas del proceso en las siguientes fases:

“Negación”, la cual consiste en no creer la consumación del evento. En ocasiones se confunde con un mal sueño o una pesadilla, con la ilusión de que las cosas son temporales y van a mejorar.

“Frustración” acompañado de sentimientos o acciones agresivas hacia el otro, o hacia uno mismo, o hacia quién perceptualmente propicio la disolución del vínculo. Este estado sentimental, en ocasiones va acompañado de la pérdida del sentido espiritual o la “fe”, del propio sistema de creencias.

“Sustitución”, en esta etapa el doliente es capaz de ir adquiriendo nuevas habilidades sociales y ello le prepara para la fase de …

“Aceptación o resolución del conflicto”, es donde se aprende a vivir la pérdida con gratitud.

¿Cuándo un duelo si está superado y cuando no?

Un duelo no esta superado cuando las personas expresan su relación con la persona que se fue, y está cargada de dolor, llanto, tristeza, odio, indiferencia, impotencia, depresión y más. Si un duelo aún se vive con dolor, simplemente sigue atorado. Una persona puede pasar incluso “toda la vida” sin superarlo.

Un duelo superado se vive con gratitud a pesar de la gran relación afectiva que se pudo haber tenido con la persona que se fue.

Tratamiento

Existen muchas estrategias de tratamiento, cada una de ellas va a estar dirigida a ir haciendo conscientes las diferentes etapas del duelo hasta llegar a la aceptación del acontecimiento, en las cuales se manejan las emociones y los apegos del paciente.

Particularmente, lo que hago es analizar el contexto y la relación del doliente con la persona que se fue. Posteriormente, les invito a escribir una carta dirigida a la persona ausente dividida en tres partes:

1) lo bueno,

2) lo malo y

3) una despedida.

La carta se escribe con el corazón y no con la cabeza, por lo tanto alguien puede ser sublime en lo bueno, muy mal hablado en lo malo y en la despedida se hace de la forma más sincera, todo ello implica un trabajo puramente emocional. El en caso de los duelos por separación o divorcio, “no se necesita la presencia de la persona que se fue”.

Es importante que esto se haga en la compañía de un terapeuta, pues ésta persona sabrá ayudarte a sacar todas las emociones atoradas, las culpas y todos los deseos inconscientes buenos y malos relacionados con la persona que se fue.

Psic. Juan Antonio Barrera Méndez

Director de Atención y Tratamiento Psicológico

Autor: FAMILIAE Psicoterapia- Fecha: 2008-04-23

La prueba del dolor

«Yo siempre he sido considerado en mi ambiente profesional —me decía no hace mucho un viejo amigo— como una persona muy exigente. Me he exigido siempre mucho a mí mismo y he exigido también siempre mucho a los demás.

»Me costaba mucho comprender que había gente a la que no le era posible seguir mi ritmo, y a veces, tengo que reconocerlo, los maltrataba. Y en casa me pasaba un poco igual. Echaba en cara las cosas a mi mujer y a mis hijos con muy poca consideración.

»Y tuvo que venir la enfermedad, y luego aquellos problemas serios en el trabajo, para que empezara a entender que la vida no era tan simple como yo me la había planteado.

»La verdad es que he funcionado siempre como un triunfador, rebosante de salud y de éxito profesional, y sin darme casi cuenta menospreciaba a los demás. Pensaba que si ellos no lograban lo que lograba yo, era simplemente porque a ellos no les daba la gana esforzarse como yo lo hacía.

»Pensaba así hasta que empecé a sentir en mis carnes todo ese sufrimiento, a notar en mi vida el peso de esa carga: fue entonces cuando comencé a reparar en que los demás también sufrían, que en la vida hay mucho sufrimiento de muchas personas. Y comprendí que pasar sin consideración por delante de ese dolor es algo realmente indigno.

»He empezado a dormir mal, y ahora tengo mucho tiempo para pensar. Al principio me enfadaba, pero pronto me di cuenta de que con pataleos no arreglas nada: ni te duermes, ni resuelves lo que te preocupa. Es curioso, pero antes yo era muy irascible, y ahora en cambio me he vuelto bastante sereno y comprensivo. Creo que esto que me ha pasado ha marcado como una nueva etapa en mi vida.

»A mí, el dolor me ha curtido el alma, me ha hecho entender un poco mejor a los demás. Antes, yo apenas había tenido problemas serios, y juzgaba a los demás con dureza y frialdad. Ahora, todo lo veo de modo distinto. Ya no grito a mi secretaria ni me peleo con mi mujer o mis hijos.»

Recordando el relato de aquel joven y brillante ejecutivo, pensaba en el distinto modo en que reciben las personas el dolor. En cómo a unos les mejora, y a otros, en cambio, les desespera. Y pensaba en la enseñanza que esta persona obtuvo: que hay que comprender mejor a la gente, pues quienes nos rodean son personas que también sufren, y eso siempre es duro; y que hay gente que lo pasa mal —y quizá en parte por culpa nuestra—, y que todo hombre debiera detenerse siempre junto al sufrimiento de otro hombre, y hacer lo posible por remediarlo.

El dolor es una escuela en donde se forman en la misericordia los corazones de los hombres. Una escuela que nos brinda la oportunidad de curarnos un poco de nuestro egoísmo e inclinarnos un poco más hacia los demás. Nos hace ver la vida de una manera especial, nos muestra un perfil más profundo de las cosas.

El dolor nos lleva a reflexionar, a preguntarnos por el sentido que tiene todo lo que sucede a nuestro alrededor. El hombre, al recibir la visita del dolor, vive una prueba dentro de sí: es como un pellizco que detiene el curso normal de su vida, como un parón que le invita a reflexionar. Por eso se ha dicho que toda filosofía y toda reflexión profunda adquiere una especial lucidez en la cercanía del dolor y de la muerte.

El dolor, si se sabe asumir, advierte al hombre del error de las formas de vida superficiales, ayuda al hombre a no alejarse de los demás, a no arrellanarse en su egoísmo. El dolor nos vuelve más comprensivos, más tolerantes, nos va curando de nuestra intransigencia, nos perfecciona. Es, además, una realidad que llega a todo hombre y que por tanto, en cierto sentido —como ha señalado Enrique Rojas—, conduce a una suerte de fraternización universal, ya que iguala a todos por el mismo rasero.

Lo que hace feliz la vida del hombre no es la ausencia del dolor, entre otras cosas porque se trata de algo imposible. La vida no puede diseñarse desde una filosofía infantil que quisiera permanecer ajena al misterio de la presencia del dolor o del mal en el mundo. Y enfadarse o escandalizarse ante esa realidad no conduce a ninguna parte. Aprender a convivir con el dolor, aprender a tolerar lo malo inevitable, es una sabiduría fundamental para vivir con acierto.

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