LOS HIJOS

¡Qué ilusión cuando tenemos a los hijos en brazos después de su nacimiento, son momentos inolvidables, que siempre perduran en el recuerdo lleno de emociones, de alegrías, de sensaciones nuevas, de orgullo y de vida! En esos momentos a pesar de lo mal que lo hemos pasado en el parto, solo con ver esa carita angelical se nos olvida, y es como tocar el cielo con las manos.

Una nueva vida que empieza, llena de inocencia y llena de luz, y lo único en que piensas es en guiarle, lo mejor que puedes, cuidarle y protegerle con todo tu amor, por siempre jamás, como en las películas. En esos momentos el hecho de que un día crezcan, y se hagan mayores, te parece tan lejano como ir a la luna, lejano y por el momento inalcanzable. Pero un buen día se hacen adultos y tú parece que les sigues viendo como aquel niño que un día cogiste en tus brazos al nacer, y resulta que todo ha cambiado.

Ya te dicen que saben lo que hacen; ya tienen opiniones propias acerca de su vida y de lo que quieren en ella; no quieren que les mires como niños, e incluso se enfadan, y tu en lugar de ver a tu hijo e intentar aconsejar, tiene que asistir a esa representación de la vida, como si fuera una obra de teatro, donde no tienes arte ni parte, y solo estás de espectador. Y aunque en ocasiones no te lo permitan, con el consiguiente enfado, tú siempre estás intentando guiarles, darle el mejor consejo y la mejor ayuda, pero al parecer ellos prefieren seguir su propio camino, aunque tropiecen.

En realidad es así, puedes aconsejar pero sin intentar convencerles de que tú les dices lo mejor para sus vidas, salvo en algunas excepciones de vital importancia si es aconsejable ayudarles y hacer todo lo que puedas, si en ello les va la vida.

Se van de casa, se independizan con sus novias, y lo que tendría que ser un paso maravilloso, parece convertirse en un pequeño martirio.

Y tu corazón parece que se contrae cada vez que te visitan, intentando descifrar cómo les va, a pesar de que ellos dicen que muy bien, pero tú al igual que Sherlock Holmes, sigues investigando en sus miradas, en sus palabras y en sus gestos.
Hasta que un día te levantas y te das cuenta de lo absurdo de tu comportamiento, y reaccionas al comprender que ya no son niños, que han crecido, y que cuando creces la madurez camina en nuestra vida, a través de las experiencias que son las que determinan que clase de personas somos y en que queremos convertirnos.

Tu corazón parece gritar ¡suéltale! para que vuele, ¡suéltale! para que camine, ¡suéltale! para que sea libre, ¡suéltale! para que encuentre la felicidad que todos buscamos, sin las garras de “mamá o papa” que les protegen, ¡suéltale! para que se haga un hombre fuerte en las tormentas, y sepa que dirección tomar.

Después de aquel grito desesperado de mi alma, cada vez que veo a mis hijos, pienso que están caminando por la vida de las experiencias, que Dios está en su camino alumbrando sus pasos, y que por supuesto cuando necesite el apoyo de sus padres, que ya lo tienen, aquí estaremos para darle el abrazo que necesite, sin pedir explicaciones y sin necesidad de pedir perdón de ningún tipo.

Porque de repente, también se hace la luz en tu memoria, y recuerdas que tú también dejaste el hogar materno, y lo poco o lo mucho que hayas aprendido se debe a las experiencias.

Lo cual te hace mirar a los hijos de igual a igual, y no como rivales rebeldes que parecen estar llevándote la contraria, y puedes llegar a entender que es su vida y te guste o no, hemos de aceptarla y ser compañeros de camino, en lugar de “ordeno y mando”, que lo único que trae es una guerra.

Y esto es amor, un amor que va mas allá de los sentimientos y de los abrazos, es el amor del alma que quiere que sean libres para ser ellos mismos y descubrir el tesoro en su interior y que por supuesto cada uno tiene que descubrir, y eso a su vez le llevará a ver la vida tal cual es, con momentos dulces y momentos amargos, para evitar que se hundan en la miseria más absoluta por intentar protegerlos, creyendo que eso es amor.

Lo que nos ayuda en esos momentos, que parecen difíciles de llevar, es la fee, la fe que ayuda a caminar a las personas, confiadas de que todo es para bien, y de que lo que están buscando es la felicidad de ser ellos mismos, sin conservantes que alteren el producto natural, tal y como Dios los creó y que un día nos regalo al llegar a nuestra vida.

(c)2009 Rosa Díaz Santiago

Fuente:buzoncatolico.es