Un acompañamiento lleno de vida

Hace poquito pude comprobar cómo el tiempo y el esfuerzo merecen la pena. Así fue cuando vimos a María, una preciosa niña que ha traído gran esperanza para sus padres y su hermano.

Su madre hace casi un año se planteo la posibilidad de abortar, ya que era fruto de algo que no estaba programado o preparado como lo fue su primer embarazo. Lo que si fue importante es que desde un principio confió en los profesionales que la atendíamos, y que su marido la quería y apoyaba para que esa vida siguiera hacia delante.

Simplemente lo que valió para este caso es la escucha activa, el soltar en la terapia las preocupaciones, el replantearse una historia de su propia vida.

Quizás todos podamos hacer esta labor con los que nos rodean y no nos damos cuenta en muchos casos. ¡Hoy por hoy hay una familia más feliz y eso merece la pena!

 

Os dejamos con una palabras de Khalil Gibran, sobre los hijos

 

Vuestros hijos no son vuestros hijos.

Ellos son los hijos y las hijas de la Vida que trata de llenarse a si misma
Ellos vienen a través de vosotros pero no de vosotros.
Y aunque ellos están con vosotros no os pertenecen.

Les podeís dar vuestro amor, pero no vuestros pensamientos.
Porque ellos tienen sus propios pensamientos.
Podeís dar habitáculo a sus cuerpos pero no a sus almas,
Pues sus almas habitan en la casa del mañana, la cual no ser puede visitar, ni tan siquiera en los sueños.
Podeís anhelar ser como ellos, pero no lucheís para hacerlos como sois vosotros.
Porque la vida no maarcha hacia atrás y no se mueve con el ayer.

Vosotros sois los arcos con los que vuestros hijos, como flechas vivientes son lanzados a la Vida.
El Gran Arquero ve la diana en el camino del infinito, y la dobla con su poder y sus flechas pueden ir rápidas y lejos.
Haced que la forma en que dobleís el arco en vuestra manos sea para alegría.
El también, además a amar la flecha que vuela, ama el arco que es estable.

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Alfonso Aguiló, “Cambiar es posible”, Hacer Familia nº 206, 1.IV.11

Ha fallecido en New York a los 84 años Bernard Nathanson, aquel famoso doctor que fue conocido como el “rey del aborto”. Lo llamaban así porque practicó más de setenta mil abortos y porque fue uno de los que más promovió los cambios legislativos a favor del aborto en Estados Unidos a comienzos de los años setenta. Nathanson estudió medicina en Montreal y allí se enamoró de Ruth, una joven y guapa judía con quien tenía planes de matrimonio. La joven se quedó embarazada y cuando Bernard le escribió a su padre para consultarle la posibilidad de contraer matrimonio, éste le envió cinco billetes de cien dólares junto con la recomendación de abortar. Bernard convenció a Ruth para que abortase. Conoció entonces el siniestro mundo del aborto y cuando acabó sus estudios se dedicó plenamente a ello. Años después, en 1968, fundó junto con otras personas una liga nacional para revocar las leyes sobre el aborto en Estados Unidos, y en 1973 ya lo habían conseguido. Él mismo describió tiempo después las tácticas que emplearon. La primera, convencer a los medios de comunicación de que la causa del aborto era propia de un liberalismo progresista. La segunda fue decir que había un millón de abortos clandestinos anuales, aunque en realidad apenas superaban los cien mil, pero repitieron esa cifra hasta que fue para todo el mundo una realidad indiscutible. La siguiente fue denigrar sistemáticamente a la Iglesia Católica, calificando de retrógradas sus ideas y señalándola como opositora principal. Por último, se esforzaron en ignorar cualquier evidencia científica de que la vida comienza con la concepción.

“He abortado —se lamentaría amargamente años después— a hijos de amigos, colegas, conocidos e incluso profesores. Llegué incluso a abortar a mi propio hijo (…) Ella quería seguir adelante con el embarazo pero me negué y yo mismo realicé el aborto”. Pero poco a poco las cosas empezaron a cambiar. Una nueva tecnología, los ultrasonidos, irrumpió en el ámbito de la medicina. Un día pudo observar el corazón del feto en los monitores electrónicos y comenzó a plantearse por vez primera “qué era lo que estábamos haciendo verdaderamente en la clínica”. Decidió reconocer su error en un artículo en la revista The New England Journal of Medicine y aquello provocó una enorme reacción. Tanto él como su familia recibieron incluso amenazas de muerte.

En 1984 Nathanson pidió a un amigo suyo, que practicaba de quince a veinte abortos diarios, que colocase un aparato de ultrasonidos sobre la madre, grabando la intervención: “lo hizo, y cuando vio las cintas conmigo, quedó tan afectado que ya nunca más volvió a realizar un aborto”. Aquello dio origen a un documental titulado “El grito silencioso”, que llenó de admiración y de horror al mundo entero. Nathanson, pese a ser ateo de formación y de convicción, fue cambiando también en esto, de modo que en 1996 se convirtió al catolicismo y fue hasta su muerte un convencido creyente.

Un cambio tan meridiano como el de Bernard Nathanson es una muestra de que toda persona, por muy inmersa que esté en el error, puede cambiar. Todos podemos mejorar, podemos salir de cualquier error, aunque sea muy grave y de muchos años. La naturaleza siempre emite señales que nos lo advierten, y cualquiera, por muy obcecado que esté en determinados momentos, puede captar esos mensajes y, si hay la suficiente honestidad personal, abrirse al cambio. Además, quien más metido está en el error sabe mejor que nadie sus tristes consecuencias, la sordidez en que nos envuelve, las cadenas con que nos esclaviza. Y quizá por eso quienes salen de lo profundo de un error tienen más fácil luego advertir a los demás de sus engaños.

Bernard Nathanson cambió porque supo ser fiel a la voz de su conciencia aunque se sintiera prisionero de la inercia de una vida llena de tantos errores. Y cambió también porque hubo quienes tuvieron el valor de mantener la comunicación con él pese a lo equivocado de sus posturas y supieron tenderle la mano. Esta es otra importante enseñanza: hemos de procurar no perder la paciencia con nadie, por equivocado que esté, y hemos de esforzarnos por hacernos entender mejor, por entenderles a ellos, por superar las barreras que impiden ese cambio que quizá está más cerca de lo que pensamos.

fuente: interrogantes.net

La voz de la madre

Los primeros días de vida del bebé no es extraño que sólo la madre sea capaz de calmarlo cuando llora o cuando está inquieto. El padre se afana, pero parece que el bebé es menos sensible a sus cuidados. Entonces, de pronto, la suegra se lo quita de los brazos y en un santiamén lo tranquiliza. ¿Por qué la voz de la madre (y la voz de la tía, y de la abuela) tiene esa influencia sobre el bebé, pero no la voz del padre?

Sabemos que hacia los cinco meses de gestación, tal vez antes, el feto comienza a desarrollar el sentido de la audición, una audición que apenas puede diferenciarse todavía de los otros sentidos, como el sentido del tacto, pero que le permite entrar por primera vez en contacto con el mundo exterior. Hay que tener en cuenta que allá dentro, el mundo exterior se reduce a los ruidos producidos en el cuerpo de la madre, en particular, el latido del corazón (que es una presencia constante y poderosa pero también regular e indistinta) y la voz de la madre (una presencia sonora igualmente constante y poderosa, pero sumamente cambiante, distinta cada vez). Aunque la madre ni lo sabe, porque ella habla para otros, su bebé la escucha narrar, cantar, preguntar, ordenar, quejarse, reír…

Es decir, el primer contacto del bebé con el mundo exterior, aun mucho antes de nacer, es la voz de la madre. No es de extrañar, por tanto, que la voz de la madre tenga ese efecto especial sobre el bebé, y que sea el primer vínculo de unión entre ambos: antes de ver su cara, antes de oler su piel, antes aún de necesitarla para comer y para moverse, la voz de la madre es el cordón umbilical que les une y que les unirá para siempre.

La audición intrauterina

Nuestra voz se produce cuando expulsamos el aire de los pulmones y lo hacemos pasar por un estrechamiento de la tráquea, las cuerdas vocales (que, por cierto, no son “cuerdas” sino unos pliegues cartilaginosos). Al pasar por entre los pliegues vocales, el aire comienza a vibrar y se produce una especie de zumbido: nuestra voz (que todavía es irreconocible como voz humana). Del mismo modo que las cuerdas de una guitarra necesitan la caja de resonancia para sonar “como una guitarra”, la voz generada en la laringe tiene que pasar por una serie de “cajas de resonancia” para sonar como voz humana: estas cajas de resonancia son la faringe, la boca, la cavidad nasal, pero también toda la caja craneana e incluso nuestra columna vertebral. Cada vértebra, en efecto, es una pequeña caja de resonancia de nuestra voz (lo que es fácil de comprobar si le tocamos la espalda a alguien que está hablando).

Pues bien, cuando la madre embarazada habla, su voz resuena a lo largo de su columna vertebral, especialmente en las vértebras que quedan a la altura del vientre. Inmerso en el líquido amniótico, el feto puede oír la voz de la madre “por dentro”: todo el líquido amniótico vibra con la voz de la madre, el propio niño vibra, y escucha, y “toca” la voz. Él aún es incapaz de producir ningún ruido, así que apenas puede diferenciar entre la voz de su madre y él mismo.

Por eso, durante el embarazo, el feto se mueve especialmente cuando la madre habla. Por ejemplo, si la madre ha estado sola en casa toda la mañana (seguramente, en silencio), cuando habla por teléfono o cuando llega una visita, de pronto, el bebé se mueve: es decir, reacciona al estímulo (que es un estímulo muy fuerte) y se mueve. Se trata de la primera comunicación real madre-hijo.

Desde luego, es un error muy común no hablar al feto pensando (falso) de que no nos oye, de que no es nadie, sólo porque aún no ha nacido: nos oye, cada semana que pasa nos oye mejor, y responde a nuestra voz. La mejor demostración de que nos oye es que da una patadita cuando la madre habla (también se mueve ante otros estímulos, por ejemplo, cuando le empujamos, cuando tocamos el vientre de la madre, cuando lo incomodamos haciendo una ecografía, etc.). En una gestación avanzada, la madre puede incluso reconocer cuándo el feto está dormido y cuando se ha despertado: la mejor manera de despertarlo, hablarle; de dormirlo, cantarle.

El parto sónico
Desde el punto de vista auditivo, el nacimiento es un momento traumático: el bebé sale de un mundo líquido, de sonidos familiares de altas frecuencias, y entra en contacto con el aire, un mundo poblado de bajas frecuencias y voces extrañas. El bebé incluso se extraña de su propia voz, que oye por primera vez. Instalado en el vientre de la madre, el bebé sólo podía ver algo de luz, igual que después del nacimiento, ya que su visión no es mucho mejor: apenas ve más allá de unos centímetros, y solo reconoce la luz. Sin embargo, su audición es perfecta, y se encuentra sumido de golpe en un mundo nuevo de ruidos. A veces, se ha llamado a este momento traumático el “parto sónico”. Una buena manera de minimizarlo es el parto acuático, traer al mundo al bebé en un medio líquido.

Entonces, la voz de la madre es un remanso de paz, como una vuelta al útero, un lugar sonoro feliz y tranquilizador. Después, durante toda nuestra vida, la voz de la madre será igualmente un oasis de consuelo. Incluso hay técnicas terapéuticas basadas en este fenómeno: el “Método Tomatis”, por ejemplo, toma como base el poder de la voz de la madre en el psiquismo del paciente, como vehículo idóneo para el condicionamiento audio-vocal.

Además de las frecuencias propias de la voz de la madre, durante el embarazo el feto está en constante contacto auditivo con el ritmo cardiaco de la madre, y con su ritmo de respiración; después del nacimiento, la voz de la madre mantiene y transmite estos ritmos, que refuerzan el efecto de la propia voz, especialmente en los prolongados abrazos que el bebé reclama (durante la lactancia, mientras lo acuna, etc.).

Por cierto, durante la lactancia es muy curioso observar que si la madre comienza a hablar el bebé interrumpe la succión y se gira hacia ella: hasta ese punto la voz de la madre es un elemento de atracción poderoso para él.

La voz del padre
En cambio, la voz del padre, de entrada, pertenece exclusivamente al mundo exterior. Nunca antes la había oído, y es por tanto un ruido extraño, irreconocible. No ocurre lo mismo con la voz de la tía o la abuela materna, que se parece mucho a la voz de la madre (proceden, podríamos decir, de la misma “factoría”), y por tanto son muy familiares desde el mismo día del nacimiento. Por eso la hermana de la madre y la abuela materna tienen tantos puntos ganados con el bebé, y por eso son tan tranquilizadoras para él: son lo más parecido a su mamá, incluso en buena parte de su voz, justo las frecuencias más altas, las que él oía mejor en el útero.

La comunicación con el bebé
Durante toda nuestra vida, buscamos el contacto auditivo “interno” con las personas queridas: hablar abrazados permite oír la voz del otro resonando en nuestro propio cuerpo, y es la mejor manera de establecer una relación afectiva.

Por tanto, para el padre es una buena idea hablar con el feto a menudo, abrazando a la madre, e incluso dirigiéndose a él hablándole al vientre: así la voz del padre puede entrar a formar parte, de algún modo, de su mundo sonoro, y luego no será una presencia totalmente extraña.

Una vez ha nacido, cantar al bebé es una buena manera de crear lazos afectivos y asociar la voz del padre con algo agradable y gozoso, pero, sobre todo, es una buena manera de aunar los ritmos (cardíacos y respiratorios) del padre y el bebé.

En el caso de la madre es una manera óptima de fortalecer los lazos afectivos, porque lo importante no es la música en sí, sino la voz. Una idea excelente es cantar juntos, papá y mamá, la nana favorita después de la cena: así en el bebé se asocian ambas voces, con lo que la voz del padre gana en credibilidad.

Con todo, la influencia de la voz de la madre no se reduce al embarazo y a los primeros meses de vida del bebé, sino que se extiende durante toda la vida. Incluso mucho después, ya de adultos, el remanso de consuelo más seguro siempre será la voz de la madre, y un susurro, una orden o un piropo de la madre son palabras mágicas para nosotros.

Francisco José Cantero Serena
Profesor del Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura
Director del Laboratorio de Fonética Aplicada de la Universidad de Barcelona

Fuente:solohijos.com

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