Peter Pan y la familia actual

El primer rasgo que parece definir a la juventud actual es la tendencia a retrasar la edad de emancipación con respecto a la familia de origen. Los sociólogos llaman a este fenómeno el Síndrome de Peter Pan.

Igual que este curioso personaje literario, creado a principios de siglo por el escritor James M. Barrie, que, a la semana de su nacimiento, huyó de la casa de sus padres para refugiarse en un país de hadas en el que le fuera posible conservar eternamente la niñez, muchos jóvenes (y no tan jóvenes) ofrecen una fuerte resistencia para incorporarse al mundo adulto. Les cuesta en exceso asumir las responsabilidades que ello implicaría.

Dan Kiley, acuñador del síndrome de Peter Pan explica que “las características de un Peter Pan incluyen rasgos de irresponsabilidad, rebeldía, cólera, narcisismo, dependencia, negación al envejecimiento (llegando al extremo de iniciar estudios universitarios ya superados los 50 años para ´labrarse un futuro´), manipulación, y la creencia de que está más allá de las leyes de la sociedad y las normas”.

Algunas explicaciones

Tal hecho no se puede explicar al margen de circunstancias económicas y sociales de innegable importancia. La carestía de la vivienda y las dificultades para encontrar un trabajo estable son, por ejemplo, datos objetivos que darían razón, en buena medida, de la cada vez más tardía emancipación de los chicos actuales del hogar paterno.. Pero no totalmente. Es justo prestar también atención al pavor que parecen experimentar muchos jóvenes a “hacerse mayores”,asumiendo las lógicas responsabilidades que el crecimiento implica. Es como si no acabaran de entender que la juventud es un periodo, relativamente breve, de tránsito entre la infancia y el mundo adulto. Parecen, más bien, aspirar a una eterna adolescencia desvinculada de los grandes compromisos, medrosa ante el riesgo y de espaldas a una dosis razonable de responsabilidad, fuera de la cual no le es posible a ningún hombre alcanzar la categoría de persona madura y cabal.

Observando a muchos jóvenes y familias españolas, no puede uno evitar la sensación de que no pocos se han instalado en una burbuja de fantasía e inconsistencia. Como si hubieran renunciado a “encontrarse” consigo mismos o a “enterarse de sí mismos”, que, tal y como decía Ortega, es la primera categoría de una vida humana. Van y vienen, hablan, gesticulan. Creen estar bien despiertos y son, quizás, solo niños entregados a sueños inconsistentes; presumen de buena vista, pero no aciertan a ver el mundo que se les viene encima; fingen fino oído y no perciben, entretenidos en sus juegos, el fuerte rumor de la vida que les urge a la responsabilidad y a la verdadera autonomía.

Ayudar a despertar

Por eso una de las grandes tareas de los adultos pudiera consistir en ayudar a los más jóvenes a despertar, a abrir sus oídos, a desprenderse de los velos que nublan sus miradas. Deben hacerse conscientes de que vivirán en un mundo de complejidad creciente, que los tiempos que se anuncian van a serlo más de exigencias que de frivolidades y que quienes se nieguen a responder a aquéllas para entregarse a éstas serán, con toda probabilidad, marginados en las cunetas de la vida social.

Volviendo al mundo imaginario de Barrie, junto a Peter Pan existía su fiel Wendy, que como “madre sobreprotectora” le liberaba de todas sus responsabilidades y asumía sus obligaciones. ¡Cuántos padres y madres asumimos hoy en día el papel de Wendys! Manteniendo indefinidamente a nuestros respectivos “peterpanes” en una situación de sobreprotección, educándoles entre montañas de algodones que eviten el roce del tiempo y creando la artificiosa sensación de seguir recostados en la cuna que les meció en la infancia. Les cueste más o menos, tengan más o menos interés en enterarse, tienen que saber que lo de Peter Pan es simplemente un cuento.

José Teófilo Martín Losada
Presidente de la Asociación Internacional del Teléfono de la Esperanza en Extremadura
badajoz@telefonodelaesperanza.org