Los buenos modales

Niños de 7 a 12 años

Es muy bueno que los niños aprendan idiomas, computación, deportes…, pero, ¿qué hay de ese joven a la hora de sentarse a la mesa?, ¿cómo recibe y despide a sus visitas? Y ¿qué tal es su conversación con sus padres y adultos?

Un segundo de distracción cuando el semáforo se ha puesto verde, basta para que los motorizados se cuelguen a la bocina o griten todo tipo de improperios con gestos ad hoc.

En el metro y en las microbuses los hombres, al ver subir a una mujer, se sumergen con pasión en su lectura o miran decididamente el paisaje -el túnel en el caso del metro- con tal de no dar el asiento.

Los jóvenes hablan a garabatos y el que no lo hace simplemente está “out”. Y para qué decir de la “sentada”. Ellas han olvidado que las piernas abiertas no son aconsejables cuando se viste falda y ellos creen que es normal que sus compañeras de estudio se sienten sobre sus piernas en vez de darles el lugar.

Existe consenso: hacen falta los buenos modales. No se trata de que añoremos un mundo de pompas y venias. Nada semejante. Consiste simplemente en que los actualmente poco ponderados buenos modales constituyen un pasaporte al éxito, porque tras el buen comer, correcto hablar y preciso comportamiento se disfraza el quid de la convivencia: el respeto a los demás.

DAR EJEMPLO

Está claro que junto con la llegada de la adolescencia, los hijos se ponen rebeldes y adoptan un aire de suficiencia. Esto es natural y demuestra el crecimiento que están viviendo al reafirmar su personalidad. Sin embargo, como parte de ese proceso es necesario que asuman tres actitudes:

– Los valores esenciales no se cambian por moda o por edad.

– Criticar es natural en estos años, pero proponer soluciones positivas es siempre mejor.

– Ponerse en el lugar del otro.

Sin estos ingredientes, los adolescentes crecerán sin haber aprendido a manejarse bien socialmente. Carecerán de lo que se ha denominado “inteligencia social” -que es saber llegar a las personas en el momento adecuado y en la forma oportuna- tan útil en la vida personal y profesional.

La adolescencia es un período en que los jóvenes necesitan cerca a sus padres y los requieren como tales: en el papel de guías y dando ejemplo. ¿Qué sacan los padres con exigir buenas maneras si “pelan” descarnadamente a otros, pelean a gritos o mienten al no querer recibir una llama- da telefónica que no se atreven a enfrentar?.

Un caso patético, ocurrió en Reñaca hace un tiempo, cuando un potente auto se desvió a propósito de su pista para golpear y volcar a una moto -conducida por una pareja joven- que lo molestaba. El auto, conducido por un padre con cinco hijos a bordo, se dio a la fuga…

TRANSAR EL” ARITO”, NO EL RESPETO

Juanita Balmaceda, encargada de la Unidad Técnica Pedagógica del Colegio Villa María Academy y profesora en esa institución, señala: “Es importante que los papás distingan entre lo que es una terquedad propia de la etapa, y lo que es ser mal educado. El aspecto estético de si usan el pelo más largo o un arito, puede disgustar, pero éstos son asuntos transables, comprendiendo que es propio de la juventud. Lo que no se debe transar nunca es el respeto a los demás. Porque en definitiva eso constituye el fondo de los buenos modales: la sensibilidad hacia los otros”.

Una experta en el tema es Sylvia Gubbins de Bustamante, embajadora de Perú en Chile hasta el año 1985. Narra su experiencia: “Soy una convencida de que los niños no nacen conociendo la buena educación y es un deber de los padres instruirlos en ella. Creo que consiste básicamente en mostrarles la manera de tratar a la gente, a todos con igual consideración, desde un rey a un mendigo. En esto, hay forma y fondo, porque el saber agradecer, comportarse y conversar con los otros, demuestra cultura y respeto hacia el prójimo”.

Juanita Balmaceda señala “Sin duda hemos vivido un cambio impresionante en los últimos años. Notamos un problema concreto: los niños no son formados en los buenos modales por sus familias, ante lo cual los colegios hemos tenido que ir asumiendo un rol que nunca antes nos había tocado y que incluye hasta el cómo comen los alumnos. Los papás deben poner atajo a los malos modales. Tienen que entender que ellos son conductores de sus hijos. Esto, además de ser una experiencia excepcional, también significa estar dispuesto a llevarse el mal rato y no sólo a ser siempre el compadre, sino un orientador”.

SENSATEZ y SENTIMIENTOS

El adolescente tiende a vivir apasionadamente, pero hay que encauzar toda esa energía. Ellos en ocasiones, con- funden la filosofía con que se toman la vida con la mediocridad. Por eso resulta apropiado ayudarles a llenar la vida con algo que les dé sentido, útil para ellos mismos y la sociedad. Todo lo contrario a una vida arrastrada y vulgar.

Sin duda, cada día la espontaneidad cobra un rol más preponderante en todo el proceso social. Gracias a ella, padres e hijos están más próximos, las generaciones se han acercado y comprendido mejor, e incluso es un valor que ayuda a la formación del propio carácter: hoy se considera fundamental moverse en un clima de confianza. Pero no es menos cierto que a veces, escudados en el “ser uno mismo”, se atropella a los otros, sus sentimientos y su espacio. De ahí el sabio consejo: “Conviene añadir sensatez a la sinceridad para no caer en la idiotez sincera, que no por ser sincera, deja de ser idiota”.

Lo anterior, en términos de diccionario, significa moderación, reflexión, cautela, ponderación… es decir, usar el sentido común y simplemente, ponerse en el lugar del otro. En otras palabras, el equilibrio del carácter exige una cuidadosa compensación entre los extremos.

Hay modales que se han hecho humo:

– Saludar con respeto a una persona mayor, lo que implica ponerse de pié cuando ésta entra a donde estamos.

– Dar el asiento a las personas mayores o mujeres embarazadas.

– Estar limpios a la hora de comer y comer bien, usando servilletas y cubiertos como se debe.

– Saber escuchar y no interrumpir a alguien cuando habla.

– Respetar la autoridad del profesor.

– No secretearse en público ni comentar las intimidades de la familia.

– Golpear ante una puerta cerrada.

– Colocar la televisión o la radio a volumen moderado.

– Ofrecer ayuda.

Fuente:

EL ARTE DE EDUCAR
Adolescencia, solos frente al camino
Fundación Hacer Familia
Santiago-Chile
2a. edición

Padres: el ejemplo vale más que mil palabras

¿Cómo exigir algo a los hijos, cuando los mismos padres hacen todo lo contrario? El mayor deseo de un padre, es que sus hijos sean personas rectas e íntegras, por eso las incesantes enseñanzas sobre valores y virtudes, las cuales requieren ser reforzadas con grandes dosis de buen ejemplo, de lo contrario, será difícil que los hijos interioricen las normas o acaten los llamados de atención.

Aprendizaje por imitación

Todo proceso educativo se encuentra constituido por una parte de comunicación verbal y otra de no verbal. Ambas igualmente importantes, pues una sirve de soporte a la otra y viceversa. Así surge el aprendizaje por imitación, una de las vías más utilizadas por el cerebro humano durante las primeras edades.

El niño hace un permanente y exhaustivo trabajo de observación de lo que a su alrededor se encuentra, sea positivo o negativo, para luego repetir la información que ha absorbido; de ahí que el buen o mal ejemplo de los padres sea tan determinante.

Predicar con el ejemplo

El ejemplo es la conducta que sirve de modelo para que otros asimilen una lección. Es la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, su gran influencia en la transmisión de normas y valores, lo convierten en una de las claves de la formación de los hijos. Su efecto es tan arrollador, que puede echar al piso todas las buenas intensiones de un solo tiro.

Una situación cotidiana de cualquier familia, puede ser aquella cuando se presenta rivalidad entre hermanos, en la que los padres deben intervenir y darles a sus hijos una plática sobre el buen trato que debe haber entre ellos. No obstante, estas palabras caen en saco roto, cuando una vez culminada la conversación, los padres se agreden e irrespetan entre sí.

Por tanto, poco o nada sirven las charlas y sermones que no van de la mano de actos acordes a lo que se predica. Los hijos necesitan ver en sus referentes principales –los padres-, modelos que sirvan de inspiración, para poder así validar las enseñanzas que se les brindan. Cuando esto no sucede, se despierta en los chicos una postura crítica y/o rebeldía, debido a que no hallan relación alguna entre lo que se les reclama y lo que observan.

De esta manera, se dice que enseñar mediante el ejemplo, puede implicar mayor esfuerzo por parte de los educadores, ya que hablar es relativamente fácil, de cierta forma las palabras son “libres”, pero los actos no.

Tampoco ha de presumirse que los padres sean seres perfectos, ajenos a las equivocaciones. La misión del ser humano es buscar su propia realización personal sin percatarse de que otros lo tengan en la mira, es más una cuestión de rectitud. Lo mismo sucede con el ejemplo que se le debe proveer a los hijos, no se hace para que ellos crean que sus padres son superhéroes, sino para que imiten las bondades que los llevarán a actuar y proceder positivamente ante diferentes situaciones que la vida los pondrá a prueba. De otro lado, también es muy sabio aceptar los errores y disculparse ante los hijos, además hacerles expresa la decisión de remediar la falta. Esto les enseña el valor de la humildad y en ningún momento se ve perjudicada la autoridad.

10 puntos en los que los padres deben dar ejemplo

El buen ejemplo es el gran aliado de los padres a la hora de emitir conceptos y enseñanzas, para ello Francisco Gras, autor de Micumbre.com propone los siguientes puntos:

1. En el cuidado, respeto y cariño demostrado a sus padres (abuelos).
2. En las exquisitas relaciones con su esposa e hijos.
3. En su comportamiento de visión y liderazgo familiar, religioso y social, a plazo corto, medio y largo.
4. En su comportamiento con los amigos y con la sociedad.
5. En su comportamiento cívico al respetar las leyes y las costumbres de donde se vive.
6. En su comportamiento religioso, poniendo por delante en su vida, las prácticas religiosas y el ejercicio de las virtudes y valores humanos.
7. En su continua formación humana, profesional e intelectual.
8. En el mantenimiento responsable de su salud.
9. En su entrega al prójimo.
10. En la forma de hacer negocios o cumplir con sus obligaciones laborales y profesionales.

Fuente:lafamilia.info

Echa una mirada a tu vida

 

 El ejemplo noble

hace fáciles

los hechos más difíciles.

Goethe

La importancia del ejemplo

Si es doloroso ver cómo se pierde un chico por una mala compañía, quizá lo sea aún más ver cómo se deteriora –de forma lenta y sutil, pero igualmente destructora– cuando sus padres no pueden servirle de guía por carecer de virtudes, puesto que nadie da lo que no tiene.

Nada es más triste que un padre o una madre que, cuando pretende enseñar, tiene que decir que no se fijen en la vida de quien habla.

El niño tiende enormemente a la imitación, también en esta edad. Imita la forma de hablar de su padre, la forma de escribir del profesor en la pizarra, el modo de vestirse de un compañero, las reacciones de su hermano mayor ante algo que le ha contrariado, los gestos y expresiones de un cantante famoso en la televisión…, todo.

Atribuirá a las cosas el valor y la importancia que les den las personas a quienes más aprecia, que son el modelo en que se mira: normalmente, su familia. Es cierto que sobre el chico recaen también otras muy poderosas influencias, pero los padres cuentan desde el principio con un gran prestigio y un mayor ascendiente, porque son el modelo natural más cercano y querido que tienen.

Algunos padres deberían fiar más en el ejemplo, y menos en sus palabras, en esos manidos discursos sobre cómo se hacían las cosas “cuando yo tenía tu edad”. Son las dichosas experiencias de los padres sabelotodos que tanto cansan a los chicos. Padres que hablan demasiado, que agotan a sus hijos con reflexiones trasnochadas, pero que difícilmente pueden mostrar un ejemplo de su vida actual que arrastre a nadie. La educación no entra a voces en las personas, sino –como la semilla– sin hacer ruido al caer en tierra.

Todas estas páginas tienen como telón de fondo la decisiva importancia de la influencia del ejemplo, que es uno de los medios más poderosos con que cuentan los padres. Si supieran mucha ciencia de la educación, o mucha pedagogía, pero no participaran personalmente de aquello que quieren transmitir, será realmente difícil que tengan éxito.

Cuando se trata de formar, lo que vale es lo que somos, y lo que nos esforzamos en ser, más que lo que decimos.

Importa mucho

dar ejemplo también de

esforzarse por mejorar.

Pero… ¿basta con el ejemplo? El caso de Oscar

—Con lo que dices, parece que el ejemplo lo es todo, y ya no hace falta hacer más.

El ejemplo no lo es todo. Es de gran importancia, pero no basta con el ejemplo sólo. Recuerdo una anécdota que viene muy al caso.

Oscar era un chico de doce años, inteligente y buen muchacho, a quien tuve oportunidad de tratar más de cerca en un campamento, durante las vacaciones escolares. En este régimen de vida queda muy de manifiesto la forma de ser de cada uno, y Oscar enseguida se reveló como personaje caprichoso, que se enfadaba continuamente en el deporte y en los juegos, no quería ayudar a recoger las mesas, resultaba bastante antipático a sus compañeros, se las arreglaba para hacer siempre lo menos posible…; en fin, un desastre.

En contra de lo que pudiera pensarse, sus padres eran excelentes personas. Un auténtico contraejemplo de la premisa básica que acabamos de enunciar sobre el valor ejemplar de la figura de los padres.

Hablé con ellos. Me decían: “Mira, Oscar es un chico excelente, con muy buenos sentimientos, está lleno de valores positivos por dentro. Por el corazón te lo ganas siempre que quieras…”.

La glosa sobre su carácter era quizá algo optimista para lo que yo había podido ver, pero no quise interrumpirles. Sus palabras discurrían en un tono sorprendentemente alabador.

Al hablarles, con enorme delicadeza, de lo que en el campamento se había visto, se mostraron contrariados y apenas admitían que tuviera ninguno de esos defectos que tan patentes resultaban. La defensa que hacían de sus supuestas virtudes era demasiado vehemente. Ver lo positivo de un hijo es algo natural, y bueno, pero se trataba de encontrar el modo de ayudarle, y estaban poco abiertos a admitir nada distinto de lo que ellos pensaban.

Al final bajamos al detalle de cómo actuaba en casa. Fueron saliendo cuestiones concretas muy reveladoras. Por ejemplo:

• Habitualmente era papá quien ponía la mesa mientras Oscar veía la televisión.

• Era mamá quien dejaba la plancha para acercarse a abrir la puerta porque el chico estaba muy atareado con sus juegos en el ordenador.

• Suspendía habitualmente varias asignaturas, pero achacaban esos resultados a injusticias de los profesores y a la mala suerte.

• Comía a su capricho, y con pocas excepciones.

• Cuando llegaba a casa dejaba todo tirado. Para recogerlo estaba la atenta solicitud materna.

• Ellos casi siempre cedían sin apenas resistencia.

• Tanto papá como mamá le hacían frecuentes consideraciones sobre su reprobable actitud, pero –insistían– “no podemos forzar al chico, tiene que salir de él”.

Hablando sobre la posibilidad de ser algo más firmes, a la vista del fracaso del sistema, su padre me decía: “Mira, yo soy jefe del departamento de atención al cliente de mi empresa; tengo mucha experiencia sobre como hay que tratar a la gente. Si el chico hiciera las cosas forzado, crecería con un espíritu retorcido, lleno de resentimientos, y así no se consigue nada. Nuestro sistema va dando sus frutos; de vez en cuando tiene unos detalles que compensan con creces lo otro.”

Sus palabras contenían toda una filosofía muy razonable pero mal llevada a la práctica. Ciertamente eran unos padres sacrificados, daban un buen ejemplo continuo a su hijo y estaban preocupados por hacer nacer en él ideas positivas y motivarle. Pero su excesiva permisividad era un error grave, casi tan grande como su ingenuidad. Por los frutos podía evaluarse la eficacia del método. Una idea de fondo buena, pero aplicada incorrectamente.

Es preciso dar ejemplo a los chicos, motivarles y hacer nacer en ellos ideas positivas, sí. Pero eso no equivale a consentirles todo mientras se espera la llegada de esas iniciativas. No se trata de introducir en la casa una disciplina militar, pero no es formativo que de modo habitual no ayude en nada, que nunca pueda hacer pequeños recados, o darle siempre la razón, o permitir que haga siempre lo que le dé la gana. Tan equivocado es ser excesivamente severos como excesivamente tolerantes.

Es mejor plantear esa batalla en términos positivos: que sea él mismo –que bien puede ya a esta edad– quien se haga la cama, se cepille los zapatos, ayude a poner o quitar la mesa, pase el aspirador por su habitación, ordene su armario, o trabajos por el estilo. Son cosas que influyen mucho en la consolidación de un buen carácter y que repercuten siempre de modo favorable en el ambiente familiar.

Es verdad que quien no vive lo que enseña, no enseña nada. Y que hay que esforzarse en la mejora personal para así servirles de modelo, pero también hay que aprender cómo actuar para educarlos bien.

Es cierto que

educamos por lo que somos,

pero también

por lo que hacemos.

¿Recuerdas cómo eras a los 12 años?

Para educar, es decisivo conocer muy bien. Y conocer de verdad a una persona es entender de verdad a esa persona.

Debemos pensar en cada hijo, poniéndonos en su lugar e intentando comprender cada vez mejor la complejidad y riqueza de su carácter.

A veces tenemos una capacidad sorprendente para olvidarnos de la propia infancia y borrar de un plumazo de nuestra memoria toda la rebeldía ante nuestros padres, lo poco que nos gustaba estudiar o lo que nos molestaba tal o cual actitud en los mayores.

Resulta muy útil

rememorar cómo éramos

nosotros a su edad.

y repasar un poco todos esos recuerdos infantiles para dar perspectiva histórica a nuestras ideas. Recordar cuáles eran nuestras reacciones, qué pensábamos en situaciones análogas o qué sentíamos cuando nos decían algo parecido.

Llegar a tiempo

Aníbal, aquel gran caudillo cartaginés, allá por el siglo III antes de Cristo, se decidió a atacar a los romanos en su misma tierra. Preparó la expedición a Italia con cuidado. Atravesó los Pirineos y la cordillera de los Alpes, a costa de grandes esfuerzos. Esta última travesía le llevó alrededor de un mes, y supuso la pérdida de numerosos medios, sobre todo caballos y elefantes.

A partir de ese momento, fue ya de victoria en victoria. En la batalla de Cannas (216 antes de Cristo), produjo unas setenta mil bajas a los romanos, entre los que se encontraban ochenta senadores y numerosos equites. Pero entonces, en vez de ir directamente contra Roma, se retiró a Capua, donde se le atribuye, a él y a su ejército, una vida de ocio y placeres (las famosas “delicias de Capua”).

Esto dio tiempo a los romanos para reorganizarse y acabar venciendo a Aníbal. Cuentan que el famoso general, ante su inminente derrota, se lamentaba así de su retraso en atacar la capital de Imperio: “¡Cuando podía, no quise. Y ahora que querría, no puedo!”.

—¿Y qué quieres decir con esto de Aníbal?

Pues que con la educación del chico puede repetirse la historia de Aníbal. Cuando más se podría hacer, se le consiente todo, enternecidos por su encantadora sencillez y su infantil simpatía, y no se actúa. Y cuando por fin se quiere actuar, resulta que ya es tarde.

Muchos padres son poco conscientes de la envergadura y magnitud de las fuerzas que dificultan la correcta educación de los chicos durante su adolescencia.

Hace poco leí que si un avión de cada cuatro en vuelo se estrellara, nadie tomaría un avión. Y que si un automóvil de cada cuatro vendidos tuviera la dirección estropeada, las fábricas de automóviles tendrían que cerrar. Y que, sin embargo, en el sistema educativo, que se dedica a algo mucho más importante que fabricar automóviles o aviones, fracasan uno de cada cuatro chicos…

—Oye, me estás poniendo negro el horizonte…

Bueno, no se trata aquí de presentar panoramas desoladores. Simplemente, es que casi todos los actuales jóvenes problematizados de 17, 20 ó 25 años, fueron antes uno de esos niños activos y despreocupados que jugaban felices en el patio del colegio. Pero la raíz del problema ya estaba presente entonces.

Lo que se hace o deja de hacerse en la infancia influye directamente en la mayor o menor resistencia de los chicos al ataque de todos los agentes negativos que en el futuro va a tener que soportar.

Ya hemos hablado de cómo muchos padres sólo empiezan a preocuparse ante los signos de alarma de los catorce o dieciséis años, e infravaloran la educación del niño de menos edad. Les parece, quizá, que su hijo no dará muchos problemas porque le ven con diez o doce años, aún manejable y en apariencia desproblematizado. Pero las crisis tienen su historia y su prehistoria.

Siempre es mejor

formar en la infancia

que resolver problemas

en la adolescencia.

Quizá ven a su hijo, pero no le observan en profundidad. No caen en la cuenta de la trascendencia de un detalle y otro, y se les pasan así los mejores años, casi sin darse cuenta. A lo mejor piensan que es aún una criatura sin problemas y que la etapa educativa importante vendrá después, con las “edades difíciles”. No es así.

Para educar

con una mínima garantía de acierto

hay que aprovechar muy bien

los diez primeros años.

Y si las cosas no han ido muy bien, la edad de los diez o doce años es casi la última oportunidad de recuperar el terreno perdido con todavía bastantes posibilidades de éxito. Más adelante, el chico disminuye drásticamente su receptividad ante los padres y es bastante más difícil reconducir entonces una educación deficiente.

Lograr unos resultados

fuera de su periodo natural

más propicio

exige un mayor esfuerzo

y una fuerza de voluntad

muy superior.

No quiere decir esto que más tarde no tenga remedio. Simplemente sucede que, como con tantas otras capacidades –nadar, montar en bicicleta, jugar al fútbol, mantener el equilibrio sobre un monopatín, aprender idiomas, música, o tantas otras cosas–, o se adquieren muy al principio, durante su correspondiente periodo sensitivo, o luego no es fácil llegar a desarrollarlas bien.

El chico debe ahora salir de una etapa fuertemente influenciada por el egocentrismo. Si no se le forma bien, puede acabar dominado por un egoísmo invasor que busca la satisfacción de sus caprichos e imponer su deseo a quienes le rodean. No pensemos que el simple transcurso del tiempo resolverá este problema, porque si no se actúa, su falta de defensas le llevará a un progresivo deterioro personal.

interrogantes.net

Familia: respuesta a problemáticas sociales

 

Te levantas una mañana, lees los titulares de los periódicos en los que se publica la barbarie

en la que vive nuestra sociedad: asesinatos, secuestros, robos, conflictos políticos. Hablas con

tus amigos y conocidos. Cada uno comenta sus propias preocupaciones acerca del tema.

Incluso llegas a cuestionarte si habrá alguna solución a dichos problemas.

Tienes la esperanza de que los gobernantes pongan cartas en el asunto y cambie dicha

situación. Miras la realidad en la que vives y surge la pregunta: ¿Puedo hacer algo para

cambiar la situación de mi sociedad? Te esfuerzas en la vida diaria por hacer el bien a tu

alrededor. Reconoces que cuentas con cualidades especiales en tu ser: sensibilidad, apertura,

empatía y alegría.

Formar familias sólidas es una urgencia hoy por hoy, aquéllas en las que la comunicación sea

la característica fundamental. En donde se vivan los valores de la honestidad, el respeto, la

generosidad, el amor, la comprensión, el esfuerzo, el sentido de equipo, la fe, la gratitud, la

paciencia, entre otros valores.

Hablar de familia nos lleva a pensar en el tema de matrimonio porque ella nace de ese vínculo.

Por eso, la vivencia de dichos valores en la pareja resulta indispensable para la formación de

una familia sólida. El gran reto resulta llevarlos a la práctica en el diario vivir: ante las

diferencias en formas de pensar entre hombre y mujer, la rutina en la relación, las presiones

laborales, carencias económicas, la enfermedad en algún miembro de la familia. Toda pareja

tiene momentos de crisis. La clave es permanecer unidos, en diálogo y apertura. La psicóloga

Claudia Tarasco menciona la importancia de recordar en los momentos de dificultad cuáles

fueron las razones por las que se eligió a esa pareja, ya que en ocasiones es más común mirar

los defectos que las cualidades. Asimismo, menciona que la solución a las dificultades en las

relaciones de pareja no depende del seguimiento de una serie de pasos como en las recetas

de cocina, sino que cada situación particular tiene una solución particular. Ante esto, la ayuda

de profesionales en consejería matrimonial puede ser muy útil.

Cuánto se necesita de seres humanos íntegros: profesionistas responsables y honestos, gente

trabajadora, estudiantes esforzados que en el futuro se desempeñen en cualquier rubro de la

actividad económica y social de manera ejemplar. Que importante es tener criterios claros,

transmitirlos sólida, nítidamente a los hijos para que a pesar de los vientos y presiones del

medio ambiente elijan siempre una vida recta, conforme a criterios morales. La sociedad

necesita de seres humanos con calidad humana que enriquezcan al mundo. En las aulas se

proporciona una parte de la formación, pero es en el hogar donde se aprende la educación más

importante y se recibe mediante el ejemplo de los padres.

Si aún no eres madre, posiblemente lo serás y entonces tendrás en tus manos la posibilidad de

educar a seres humanos íntegros, honestos, de una pieza. Pero, lograrlo significa que en

principio seas tú mujer de una sola pieza, sincera contigo misma y con los demás, una mujer

coherente.

(Por: María del Rocio Rivera Ramírez, Colaboradora de Mujer Nueva, 2008-09-18)