La impotencia del Amor

 Muchos cristianos han comenzado a desconfiar de la eficacia del amor y piensan que ya no basta con cambiar los cora­zones y sueñan en otras acciones más «útiles», más «eficaces».

Esta desconfianza no es cosa de hoy. Primero se enseñó que la inteligencia, el doble juego, la mano izquierda iban más derechas al objetivo que el pobre cora­zón. Y se saltó de ahí, fácilmente, a proclamar que hay una violencia digna de censura: la que des­truye, y otra digna de elogio: la que construye. Es fácil entender que todos piensan que constru­ye aquella que ayuda a sus intereses.

Luego se ironizó sobre una caridad convertida en limosna que conseguía siempre los frutos contrarios a los que pretendía. ¡Tiremos, pues, a la basura el viejo corazón compasivo y sustituyámosle con la inteligencia inteligente!

Pero lo verdaderamente dramático llega cuan­do son los cristianos los que se inscriben en las filas de los desconfiados del amor y los que apuestan por la fría eficacia conseguida sin él.

Esta mentalidad suele funcionar sobre lo que yo llamo «los falsos dilemas» o la «apuesta por un presunto mal menor». Como consideran inefica­ces ciertas formas antiguas de supuesto amor, en lugar de tratar de curar y mejorarlo, optan por pensar que en el futuro, si no queremos caer en la indeferencia, debemos poner la agresividad donde ayer poníamos la caridad. Y yo me pregunto, ¿por qué nos obligan a elegir entre la indiferencia y la violencia? ¿Por qué no podríamos excluir a las dos y optar por el trabajo, por el amor, por el colocarnos al lado del que sufre?

¿Por qué elegir entre la sangre del asesinato y el agua de Pilato? Porque entre las manos lavadas de Pilato y las ensangrentadas del asesino o del guerrillero están las manos ter­cas y humildes de Ghandi, las manos piadosas y caritativas de la madre Teresa, las manos firmes y exigentes de Martin Luther King, la manos ensan­grentadas —pero de la propia sangre— de mon­señor Romero, las manos orantes de una carmeli­ta desconocida, las manos de una madre, las manos de un obrero. ¿Quién no preferiría cualquiera de éstas? ¿Quién no aceptaría que las manos de un cristiano son las que trabajan o mueren y no las que duermen, las que hacen vio­lencia de cualquier forma, o las que asesinan? Entre los dormidos y los que avasallan están los que caminan. Entre las cruzadas de izquierda o de derecha están los que, humildemente, hacen cada día su trabajo y ayudan a ser felices a cuatro o cinco vecinos.

Este es el gran problema: volver a creer en la eficacia del amor. En la l-e-n-t-a eficacia del amor. Una eficacia que tiene poco que ver con todas las de este mundo, sean del signo que sean. Una eficacia que con frecuencia es absolu­tamente invisible.

Jesús conoció en su vida esa tristeza de la aparente inutilidad del amor. Nadie ha entendido esto tan bien como Endo Shusaku, el primer biógrafo de Jesús en japonés: «Jesús —dice— se daba cuenta de una cosa: de la impotencia del amor en la realidad actual. El amaba a aquella gente infortunada, pero sabía que ellos le traicionarían en cuanto se dieran cuenta de la impotencia del amor. Porque, a fin de cuentas, lo que los hom­bres buscaban eran los resultados concretos. Y el amor no es inmediatamente útil en la realidad concreta. Los enfermos querían ser curados, los paralíticos querían caminar, los ciegos ver, ellos querían milagros y no amor. De ahí nacía el tormento de Jesús. El sabía bien hasta qué punto era incomprendido, porque él no tenía por meta la eficacia o el triunfo; él no tenía otro pensamiento que el de demostrar el amor de Dios en la concreta realidad.»

Tal vez los ilustres le mataron porque les estorbaba. La multitud dejó que le mataran porque ya se habían convencido de que era un hombre bueno, pero «ineficaz». Arreglaba algunas cosillas, pero el mundo seguía con sus problemas y vacíos. No servía.

Veinte siglos después van aumentando los hombres que están empezando a sospechar que la picardía, los codos, las zancadillas son más úti­les que el corazón. Cientos de miles de cristianos buscan otras armas más eficaces que el amor. En el amor hoy ya sólo creen los santos y unas cuantas docenas de niños, de ingenuos o de locos. Pero si un día también éstos dejaran de creer en ello habríamos entrado en la edad de hielo.

J. L. Martín Descalzo