Eduacador: lo que un joven espera de ti


Por José María Escudero
(mardepri@terra.es)

Ante un joven:

-No estés continuamente pendiente del reloj, de tus múltiples y eficientes ocupaciones…

Deja que el tiempo se escurra entre vuestras manos.

-No dirijas tu mirada a su pelo largo, descuidado o engominado, a sus pendientes, piercings o tatuajes…

Deposita más bien tu mirada en sus ojos y regálale una sonrisa de oreja a oreja.

-No estés echándole constantemente peroratas sobre Dios…

Deja que él descubra en ti al Dios amigo y fiel que tanto necesita.

-No trates de convencerle a base de tu dilatada experiencia y amplia sabiduría…

Deja que sea él quien vaya aprendiendo “escarbando en los archivos de tu corazón.”

-No le des un papel secundario en su vida, como el peón que tiene que construir un adosado…

Hazle protagonista y arquitecto de modo que descubra la catedral que lleva dentro.

-No te esfuerces demasiado en “engatusarle” con tus sabios consejos…

Pon todo tu empeño en que él crezca mediante tu ejemplo.

-No le critiques por sus malas compañías, por “sus botellones,” por “sus amores de una noche”…

Si depositas tu confianza en él, su espíritu se irá abriendo y verás como tus juicios florecen y dan mucho fruto.

-No te angusties si él no te escucha…

Cambia de estrategia, escúchale tú a él con atención, con cariño, y poco a poco conseguirás que se convierta en un hombre de encuentro y de diálogo.

-No reduzcas su persona a un boletín de notas o a una nómina que no llega…

Amplía sus horizontes, ábrele los ojos, para que descubra junto a ti, un mundo que necesita de su inteligencia, de sus capacidades, de su trabajo, de su tiempo.

-No vuelvas a mirar el reloj, se dará cuenta que él no es más que un mero trámite dentro de tu trabajo y… y eso sería terrible

Pierde el tiempo a su lado, derrochando capacidades, talento, experiencia y sobre todo, tiempo, mucho tiempo. Ganarás una vida y eso sí, eso sí que sería terrible.., terriblemente hermoso.

El arte de educar

 

Decía el gran filósofo Aristóteles que la realidad está constituida por los individuos concretos que nos rodean en un lugar y momento determinado, formando parte del mundo sensible y material. En ellos existe el componente físico o material y las cualidades específicas o forma para que una cosa sea lo que es. Estos dos componentes, materia y forma, sólo se pueden separar teóricamente, nunca en la vida real, es decir, sin madera no puede haber mesa. Esas sustancias se transforman, aparecen y desaparecen, ninguna es inmune al paso del tiempo y es explicada por cuatro causas. Si miramos una estatua de Zeus distinguiremos la materia de la que está hecha, en este caso el mármol, la forma es el modelo, la finalidad es el honrar al dios Zeus y también se encuentra el artista que la ha realizado.

Valga esta larga introducción para hablar de cómo llegamos a ser lo que somos, de cómo ese niño recién nacido se convierte en el joven y en el adulto deseado. En cuanto a la materia hay que decir que son muy variadas, los hay tranquilos e inquietos, inteligentes y con dificultades en el aprendizaje, cariñosos y distantes, simpáticos y tímidos, graciosos y serios y un ilimitado etcétera. En cuanto a la forma, queremos esculpir buenas personas, tolerantes con los demás y que sean colaboradores, sensibles y trabajadores, que intenten ser cada día mejores y para eso hay que potenciar las cualidades y capacidades y aceptar las limitaciones que no puedan superarse.

En cualquier obra de arte son importantes las habilidades y destrezas del artista y en el caso que nos atañe, la de moldear niños y jóvenes bien desarrollados y obtener una sociedad más justa e igualitaria, son la familia y los maestros y profesores.

Los padres

La familia se representa fundamentalmente en los padres. Son esas personas que realizan continuos esfuerzos para transmitir principios, creencias y valores de la vida, por enseñar lo que saben y por proporcionar los medios adecuados para aprender incluso lo que ellos desconocen o han olvidado y eso a costa de vivir con austeridad personal y de pareja. Son los que prestan cuidados en las enfermedades, consuelos en las pesadillas, protecciones en los miedos, besos y abrazos, muchas renuncias y algunos consejos nacidos del amor y de la experiencia. Esperan al hijo que se retrasa o no llega, acompañan en las alegrías y consuelan en las penas. También cometen errores, como castigos no justificados, imposiciones no dialogadas, criterios no compartidos, valores no adaptados a los tiempos, cabezonerías o visiones trasnochadas sobre cuestiones actuales. Y así van modelando esa materia que llamamos hijos.

Los maestros

Otros artistas en el tallado de nuestras personalidades son los maestros y profesores. Saben mezclar en dosis adecuadas el aprendizaje de conocimientos y destrezas con el desarrollo afectivo, teniendo en cuenta el período evolutivo en el que se encuentra el niño, y son expertos en transmitir entusiasmo por los contenidos proporcionando explicaciones claras en un ambiente sereno en el que se potencie la participación y el respeto. Aquellos que mezclan paciencia y seriedad con sonrisas sacan del alumno lo mejor de él. Los hay que intentan ser colegas y generan mucha inseguridad porque dejan la clase sin referente y los que se ponen a la misma altura que los educandos en momentos de tensión y conflictos con voces o faltando al respeto. Los buenos maestros son artistas que escuchan antes que castigan y cuando lo hacen saben medirlo para no generar situaciones injustas. Ayudan con la palabra que anima, con el gesto aprobatorio de una conducta adecuada y con la corrección cariñosa del fallo. 

Si un buen mármol es fundamental para una magnífica estatua, no lo son menos, las manos y la mente del artista. Al material debemos adaptarnos, pero procuremos ser habilidosos artesanos que sacan lo mejor de lo que tienen delante y para ello habrá que ampliar los aspectos positivos y eliminar pobrezas y limitaciones.

José María Fernández Chavero
Psicólogo Clínico y Máster en Bioética
consulta@josemariafernandezchavero.es

 Fuente: Semanario iglesia en Camino

Cómo corregir

Cuando algo marcha mal en una institución casi nadie puede decir que está libre de culpa

Todos los chicos, chicas y adultos hacen cosas que no son correctas o se equivocan. En algunas ocasiones tanto en el centro educativo como en la familia es necesario hacer una corrección a un chico por una acción que no se corresponde con las normas aceptadas por todos.

Pero esta corrección, para ser positiva y educativa debe cumplir cuatro reglas:

La primera es que el educador que corrige debe reconocer también los aspectos positivos del que recibe la corrección. Si el profesor o padre sólo ven lo negativo no tendrán nada positivo en donde apoyarse para ayudar al desarrollo personal del otro.
La segunda regla consiste en que ha de corregirse con afecto y aprecio, como lo haría un amigo o un médico que cura una herida de un paciente, ha de hacerse con delicadeza y seriedad, evitando el sarcasmo y la ironía. El afecto y el aprecio hacia el otro han de estar dirigidos a conseguir una mejora personal del otro.
La regla tercera consiste en que el educador que corrige, ya sea profesor o padre, ha de examinarse para descubrir qué parte de responsabilidad tiene en el acto negativo del otro. Cuando algo marcha mal en una institución casi nadie puede decir que está libre de culpa. Cuando el educador se siente corresponsable de una falta o error, se corrige de otra forma: puede comentar las circunstancias del hecho y el corregido no verá la corrección como una agresión externa.
La cuarta regla se refiere a la forma de llevar a cabo la corrección:
Se ha de realizar cara a cara y en privado, nunca en público.

Hay que evitar las comparaciones con otros chicos o chicas, diciendo: ‘fíjate en tu primo, qué buenas notas saca’.

Los hechos de la corrección deben estar bien comprobados, no corregir sobre suposiciones o rumores, pues se puede caer en una clara injusticia.

Centrarse en una o dos conductas negativas y evitar las generalizaciones como siempre o nunca.

Y por último elegir el momento oportuno, en el que los dos estén serenos y tranquilos pues si uno de los dos estuviera nervioso o alterado se perdería una buena oportunidad de resolver el problema.

Haciendo una corrección acertada se evita la crítica destructiva que siempre es más fácil que la constructiva.

Autor: FAMILIAE Psicoterapia- Fecha: 2010-08-23

CONOCIMIENTO DE LOS HIJOS

Para saber educar es necesario el conocimiento propio y el conocimiento de los hijos. Todos tenemos cualidades y defectos, también reaccionamos de forma distinta según con quien tratamos.

Dice Yela: “Es a partir del conocimiento de nuestras propias limitaciones, de la aceptación de las que son ineludibles y del esfuerzo para superarlas de donde irradia la labor del educador”. Nos encontramos, pues, con tres elementos importantes para el tema que tratamos: conocimiento, aceptación y mejora personal, que deberíamos aplicar a nosotros y a nuestros hijos.

Hemos de reconocer que cuando vamos acelerados por el trabajo tenemos menos posibilidades de vivir la empatía; podría ser que al pensar demasiado en las propias ocupaciones, dejáramos de lado los que primero nos necesitan. “Miramos por la ventana el ruido de la calle y nos olvidamos de alguien que está a nuestro lado y necesita nuestra compañía”, nos recuerda el filósofo André Frossard.

Ante todo no podemos olvidar, que desde la vertiente de persistir en el esfuerzo por comprender a los demás, hace falta no estar pendientes de nuestro estado de ánimo sino del de los que nos rodean, en este caso, y en primer lugar el de nuestros hijos. La realidad es que si esperáramos a tener buen humor para ser empáticos, nos costaría encontrar el momento para tener una actitud de disponibilidad que reclama el tema que tratamos. Llegamos a la conclusión, después de probar toda clase de “recetas” educativas que, dedicar tiempo y saber escuchar son las llaves de esta cualidad.

Me parece interesante, en el tema que tratamos, reflexionar en que puede perjudicar la empatía el hecho de que, en alguna ocasión podemos encontrarnos con hijos nuestros que tienen una extremada timidez y nos cuesta entender que les pasa. Es la timidez, como un miedo a demostrar cómo se es, inquietarse preocupándose que podrán decir de ellos o como les juzgaran los demás. Y para estos hijos según como sea la mirada de padres o profesores ante sus actuaciones les puede resultar verdaderamente amenazadora. No pretendo dar la culpa a los padres pero si que, con la intención de poner remedio, me parece que esta timidez puede venir de haberles dado más responsabilidades de las que podían asumir y que no eran adecuadas a su edad ni temperamento y esto habría propiciado el quedar decepcionados por no poderlas cumplir. O bien por una sobreprotecció excesiva que no los haya dejado tener iniciativas para poder valorar lo que han hecho, evidentemente de manera positiva.

Todas las dificultades de nuestros hijos las podemos mejorar con la empatía hacia ellos. Tenemos que tomar la resolución de tener una buena disposición para sentir lo que ellos sienten. Los ejemplos anteriores de pedir más de las responsabilidades que puedan asumir o bien de la sobreprotección se acentúan cuando nos encontramos con niños muy vergonzosos que lo son por temperamento, y de forma innata tienden a la timidez, pero pueden aprender pronto a superarla, como sugeriremos en el siguiente párrafo.

Tienen los hijos un ámbito adecuado para sobreponerse a esta vergüenza: es la escuela y la tenemos que saber potenciar. Por ejemplo, si tienen de recitar una lección en público o participar en el aula oralmente delante del profesor y varios compañeros, poco a poco, aprenderán que no los ha pasado nada, que lo pueden hacer bien, y con esta experiencia irán cogiendo confianza y llegar a ser personas seguras.

Es importante que los niños y los adolescentes vayan, también, solucionando todos los problemas cotidianos y ordinarios de conflictos que tengan en el hogar y en la escuela, sin una intervención directa de los padres, a no ser que viéramos que fuera necesaria por tratarse de conflictos extraordinarios.

Es también una buena ayuda que tenga alguna actividad de tiempo libre, que les guste, para conocer más niños y relacionarse. Al mismo tiempo enseñarle a compartir, invitando amigos a casa y hacer que se interese por las cosas de los demás, especialmente si no tiene muchos hermanos. Todas las formas de sociabilidad ayudan a pequeños y a adultos a llevar a la práctica la empatía. Y desde luego recibir siempre a los hijos, principalmente a la vuelta del colegio, con una actitud alegre y sonriente por facilitar su confidencia y a la vez ejercitar todos los sentidos para adivinar y entender que les sucede.

Victoria Cardona Romeu

Profesora y educadora familiar