Educar a los hijos en la sobriedad, San Josemaria (Opus Dei)

Discusiones matrimoniales: nunca frente a los hijos

 

Es difícil que en una relación matrimonial no haya discusiones, y por más insignificantes que puedan ser, se debe procurar elegir el momento y lugar adecuado, de forma que los hijos queden al margen de la situación.

Aunque no lo crea, en las primeras edades, los niños también perciben lo que sucede a su alrededor y poco a poco van desarrollando la sensibilidad para distinguir entre un ambiente familiar tenso o armonioso. Cuando los hijos son espectadores continuos de las peleas entre sus padres, pueden manifestar su inconformismo de distintas maneras:

En los más pequeños se pueden presentar rabietas o regresiones (como volver al uso de pañales, pedir nuevamente el chupete o biberón, etc.) con el fin de llamar la atención.

En los escolares es usual que haya un comportamiento agresivo y rebelde en el colegio, tal como peleas con los compañeros, desacato de las normas, y fracaso escolar; pero en casa su conducta es opuesta, se muestran apáticos.

En los adolescentes las reacciones son diferentes, como es propio de esta edad lo usual es que se muestren indiferentes y prefieran la evasión, refugiándose en actividades que sirvan de escape: chat, salidas con amigos, alcohol, música, entre otras.

Ante este tipo de reacciones, los padres “muchas veces llevan los niños al psicólogo, como si fueran problemas de los pequeños, y finalmente uno se da cuenta que las disfunciones son de la familia; y a veces ni si quiera de ésta, sino de la pareja en particular” aclara Tania Donoso Niemeyer académica de Psicología de la Universidad de Chile (padresok.com).

De modo que en todas las edades, las peleas reiterativas de los padres son perjudiciales para el desarrollo emocional de los hijos, tanto que en algunos casos pueden provocar huellas difíciles de borrar.

Recomendaciones a los esposos

Puede que hasta hoy nunca se haya puesto a pensar en esto y ni siquiera había caído en cuenta que sus hijos estaban ahí, en medio de los conflictos con su cónyuge. La psicóloga infanto juvenil Andrea Palacios, recomienda a los papás que “tomen conciencia de la importancia de hacerse cargo de las diferencias y trazar estrategias para tener estos desacuerdos sin que generen perturbaciones en el desarrollo de los hijos, factor que debe primar en importancia: no se trata de evitar el conflicto, sino de buscar el momento más apropiado para enfrentarlo”.

Por tanto, es necesario aplicar las sugerencias descritas a continuación:

Tener las discusiones fuera del alcance de los niños, para así evitar todo tipo de duda y dolor. Los problemas de pareja deben de discutirse en privado, sin que los escuchen. Por esto se recomienda esperar que estén dormidos o salir a otro lugar.

No hacer que el hijo tome partido por algunos de los dos.

No transformar a sus hijos en su fuente de apoyo. Si necesita a alguien, debe buscar a un adulto quien entenderá realmente lo que sucede.

Si el niño pregunta, debe explicarle que es natural la discusión. Pero que hay ciertas maneras de hacerlo.

Estar atento a las actitudes (como portazos, caras de enojos), ya que los pequeños perciben todos los detalles.

Cuando una pareja tiene mucha insatisfacción, conviene buscar la forma de resolver los problemas a tiempo. Busque apoyo terapéutico, porque una vida de separación o de desunión emocional dentro del matrimonio provoca mucho dolor y no es calidad de vida para los adultos, y por supuesto, menos para los niños.

A las parejas puede costarles dificultad en un primer momento, pero con esfuerzo seguro lo lograrán, ¡todo vale por nuestros hijos!

www.lafamilia.info

Fortaleza y esfuerzo

Para alcanzar un objetivo o para realizar un proyecto, son imprescindibles la fortaleza y el esfuerzo: fortaleza para acometer con decisión el proyecto y esfuerzo para resistir las molestias y los obstáculos que, al inicio y durante su desarrollo, siempre nos acompañarán.

En la base del fracaso en los estudios y en el trabajo de muchos de nuestros jóvenes, y no tan jóvenes, se encuentra una ausencia de esfuerzo y de fortaleza. Y en muchos casos, este déficit supone el mayor lastre para las relaciones humanas y para el propio desarrollo personal.

Afirma el profesor David Isaac, en su libro “La educación de las virtudes humanas”, que la fortaleza es lo que hace que una persona en situaciones ambientales perjudiciales para una mejora personal, resista las influencias nocivas, soporte las molestias y se entregue con valentía a vencer las dificultades y a cometer empresas grandes.

Resistir y acometer

De esta manera, se subraya que las capacidades a educar y desarrollar para conseguir una personalidad fuerte y recia son las capacidades de resistir y de acometer.

En la familia hay que apoyar con la autoridad paterna los esfuerzos de los hijos para desarrollar estos buenos hábitos que les ayuden a saber renunciar a lo que les perjudica y resistir las molestias que con frecuencia conlleva el hacer lo que les beneficia.

Es necesario evitar las excesivas quejas que suelen crear un ambiente en contra del sentido de la fortaleza, aceptando lo que sucediere con deportividad, con deseos de sacar algo bueno de las situaciones difíciles e incluso las más dolorosas.

Y es que la fortaleza es la gran virtud de aquellos que, por un ideal que vale la pena, son capaces de arrastrar los mayores trabajos y los mayores riesgos. Es la virtud de los enamorados que se sienten capacitados para realizar grandes esfuerzos y mayores sacrificios por la persona amada. Al contrario del pusilánime, del egoísta, del comodón aquel que en una carta prometía a su novia atravesar los mares y arrojarse al fuego para salvarla si fuese necesario, pero que al despedirse, escribía: “posdata: “el sábado, si no llueve, iré a verte”.

La heroicidad ordinaria

La mayor fortaleza no está en realizar actos heróicos -que a veces no se presentan nunca en la vida- sino en hacer en el momento las cosas pequeñas necesarias en servicio de los que nos rodean. Cosas pequeñas que, al realizarlas por amor, se convierten en algo grande. No es poca la fortaleza que se necesita para cumplir el deber y las obligaciones de cada día con optimismo, constancia y sentido de solidaridad: es decir, con espíritu cristiano. Este esfuerzo supone siempre una fuente de alegría para quien lo hace.

Esta virtud ofrece la gota de esfuerzo diario para hacer las cosas un poco mejor cada día; sabiendo que, al estar llenos de miserias y limitaciones, si no aportamos ese esfuerzo, cada día nos hundiríamos más en nuestro propio egoísmo, encerrándonos en sí mismo y cegando nuestra propia felicidad.

De aquí se concluye la importancia de que los padres eduquen a sus hijos en el esfuerzo, enseñándoles a dominar el carácter, a rechazar lo que les perjudica aunque resulte atractivo, y ayudándoles a elegir lo que es bueno, lo que vale la pena, por lo que merece luchar. De otro modo se acabarán buscando lo que les hace daño, aunque no sea nada más que porque le supone menos esfuerzo y dificultad y es más placentero.

Esa categoría humana y personal que todos deseamos para nuestros hijos se adquiere en el ejercicio de lucha contra los obstáculos de cada día: a la hora de levantarse a punto para no llegar tarde al colegio o al trabajo, a la hora de ponerse a realizar las tareas encomendadas, cuando hay que apagar la TV porque es hora de irse a la cama, cuando al terminar de comer en lugar de tendernos en el sofá ­que es lo que a todos nos apetece más­ ayudamos a quitar la mesa y meter los cubiertos en el lavavajillas, por sentido de colaboración con las personas de nuestra familia.

La adversidad y el dolor que para algunos es motivo de crispación, de maldición y de pataleos, para otros se presentan como una oportunidad de medirse con las dificultades de la vida, de la que se deduce una experiencia positiva y muy útil.

La adversidad nos descubre

Ante la adversidad que la vida nos proporciona con frecuencia, los padres hemos de dar siempre ejemplo de serenidad. Horacio decía: “En la adversidad suele descubrirse al genio, en la prosperidad se oculta”

Se dice con razón que la valía de las personas suele ir en función inversa a las facilidades que han recibido en sus vidas. El fuerte se crece ante los obstáculos y las dificultades; el débil se encoge, se amilana, se descompone y pierde los papeles.

Síntoma del fuerte es que no se deja vencer fácilmente en la lucha por conseguir lo que se ha propuesto. El que no da por perdido el partido hasta que no pita el final el árbitro.

Manuel Caballero
Padre de familia y orientador familiar

Educación familiar: para no llegar tarde

Ya hemos empezado a ver por nuestras calles hombres y mujeres, con su mascarilla puesta, que pretenden aliviar en lo posible las desagradables molestias de las “alergias primaverales”. Es un ejemplo insignificante de los grandes avances y éxitos que ha conseguido la “atención preventiva”. Las campañas para prevenir o detectar prontamente determinadas enfermedades están produciendo unos resultados francamente positivos.

En el ámbito educativo también se dan avances importantísimos en la atención preventiva para detectar con prontitud determinados problemas. ¡Cuánto bien están haciendo los profesionales y los equipos especializados para detectar, en los primeros momentos, posibles disfunciones en nuestros niños y adolescentes! Cuando se trata a tiempo, los procedimientos para la corrección o mejora son mucho más simples y su eficacia es muchísimo mayor. Cuando falta esta acción preventiva el problema o disfunción se complica, se enquista y, pasado el tiempo puede que sea demasiado tarde.

Pero, ya no es sólo reparar posibles anomalías o potenciar determinadas carencias en los primeros momentos, sino además se pretende fortalecer -con protocolos perfectamente diseñados- hábitos positivos en nuestros niños y niñas, aplicando una “estimulación temprana” que les facilite el aprendizaje. Y así, por ejemplo, encontramos a pequeñitos dando sus primeros pasos en un segundo idioma o identificando piezas musicales clásicas, con la facilidad con que identifican cada uno de los monstruitos que les han traído los Reyes Magos.

La conclusión es patente: la prevención de posibles problemas en nuestros hijos y la estimulación de aspectos que puedan favorecer su desenvolvimiento y madurez personal en el día de mañana no sólo es algo bueno, sino también necesario. Bien empleados están el tiempo, los medios materiales y personales en esta atención preventiva y en esta estimulación temprana. Nuestros jóvenes ya gozan de la eficacia de una educación que ha cuidado la prevención de posibles disfunciones y la estimulación en determinados campos del aprendizaje. Bendito sea Dios por estas conquistas.

Carencias

Pero, si seguimos mirando serenamente a este importantísimo colectivo de adolescentes y jóvenes, detectamos profundas carencias. Si quisiéramos calificar a nuestros jóvenes de forma breve y sencilla, diríamos que tenemos una juventud indefensa. Me atrevería a decir más: cada vez más indefensa, más débil, más manipulable.

Unos jóvenes que han crecido sobreprotegidos en el ámbito familiar, que no han aprendido a detectar las hostilidades del ambiente, que no tienen fuerzas en su interior para contrarrestar ese ambiente y, por tanto, para no sucumbir en el fango de esos entornos adversos.

Débiles por una parte y, a la vez, creando frecuentemente conflictos en la familia o en el ámbito escolar, por otra. Se les ve desorientados, empujados al atractivo irresistible de la última novedad. Debilidad que, por afectar a la estructura de su personalidad, se refleja en muchos campos, incluido el ámbito escolar. Las exigencias y niveles de calidad han bajado –dato claramente contrastado- y, a pesar de ello, existe un fracaso escolar que, superando ya el 30%, nos lleva a un callejón sin salida. La atonía, la falta de interés, la desmotivación son carencias que, tanto las familias como los gobernantes, pretenden que los educadores corrijan, sin aceptar que, en la mayoría de los casos, “ya llegamos tarde”.

Negocio con adolescentes

No digamos nada si esta mezcla explosiva de debilidad interior y de atonía y falta de motivación se entremezcla, más frecuentes de lo que se dice, con ambientes donde se respira un aire turbio de alcohol, droga o sexo o la mezcla de los tres ingredientes. Son presas fáciles de tantos embaucadores malvados que tienen montado su negocio sobre nuestros adolescentes y jóvenes.

A estas reflexiones, que he compartido con padres angustiados y con educadores preocupados, podemos ponerles rostros. Tienen nombres y apellidos. Y está comprobado que el paso del tiempo, por si sólo, no soluciona ninguna de estas profundas carencias que traen consigo tanta infelicidad, tantas lágrimas y tanta destrucción. Además, las causas que sustentan esos casos dramáticos, están presentes, de alguna manera, al acecho de nuestros niños y adolescentes. Es decir, el riesgo es a mi entender grande y también grave

¿Qué podemos hacer? Estoy convencido de que hay un camino seguro: Cuidar con esmero la educación en la familia y así, con la ayuda de Dios, no llegaremos tarde.

Mateo Blanco Cotano

Sacerdote. Doctor en Teología y Pedagogía

mblanco@unex.es