Educación y familia (I)

 

 

 

Estamos presenciando en los últimos meses, y sobre todo en estas últimas semanas, un continuo debate sobre la educación y sus problemas. Padres, profesores, instituciones educativas, políticos, jueces y fiscales, nos encontramos ante un problema muy importante porque está afectando a nuestros hijos y jóvenes. Esto que está ocurriendo es algo que no ha salido por generación espontánea sino que es algo que se veía venir desde hace años, casi podemos decir que es crónica de una muerte anunciada, la del sistema educativo en su planteamiento actual.

Hagamos una breve reflexión sobre el momento actual para reconocer que tenemos más posibilidades técnicas, que ha aumentado la esperanza de vida y mejorado su calidad. Tenemos más medios materiales y formativos, mejores y más rápidos medios de comunicación, disfrutamos de una sanidad universal y gratuita en una continua mejora, conocemos mejor nuestro cuerpo y nuestra mente y sabemos más del mundo que habitamos. Avances que en muchas ocasiones nos producen perplejidad y confusión, con grandes interrogantes éticos aún sin resolver.

También nos encontramos realidades que nos están empobreciendo en nuestra condición de personas, con una clara influencia entre nuestros niños y jóvenes. Entre ellas podemos mencionar la pérdida de valores, de creencias, de sentido de la propia vida, quedándonos encerrados en nuestra limitada condición humana. El abuso al que hemos sometido a la naturaleza, con todos los problemas ecológicos planteados a nivel mundial y que somos incapaces de solucionar. Las diferencias sociales y económicas cada día mayores, mientras unos vivimos mejor, una mayoría creciente viven en la pobreza.

Los conflictos bélicos, el tan cuestionado y mal llamado proceso de paz, las luchas entre unos y otros, los pelotazos urbanísticos. Hemos dejado que se instaure un cierto estilo de vida basado en la violencia, tanto en sus versiones domésticas y que las leyes se muestran incapaces de solucionar, como en las escuelas y en las calles. Hay más personas que padecen problemas de soledad, de ahí el auge de la comunicación virtual, que cuando es la única desvirtúa el encuentro interpersonal. Y qué decir de la droga y del alcohol.

¿Qué hacemos?

Ante todo esto, no nacido desde el pesimismo, sino desde la observación de lo que ocurre, debemos preguntarnos qué hacer.

Y lo primero y fundamental es volver la mirada a la familia, como realidad que sustenta a la Sociedad, si queremos solucionar muchos de los problemas planteados. No me voy a detener en los cambios que se han producido en el modelo de familia en los últimos treinta años, no por no considerarlo importante, sino porque no es el momento para ello. Sea como fuere, es cierto que la familia ha de seguir siendo o debería seguir siendo la responsable de formar adultos generosos, comprensivos, respetuosos, tolerantes, trabajadores.

Y ello a través de la educación como proceso que se extiende a toda la vida y consiste en la expansión máxima de la personalidad en la doble perspectiva individual y social. Es aprender a dar respuestas adecuadas y apropiadas a las distintas situaciones que se nos van presentando. El fin de este proceso de educar es ser feliz, es tener las necesidades físicas, emocionales e intelectuales satisfechas.

Punto de partida

El punto de partida de este largo y complicado proceso es el sentirse querido. Un niño que se siente sanamente querido será, con alta probabilidad, un adulto maduro, otro, sin embargo, rodeado de cuidados materiales sin afecto será, también con mucha probabilidad, un adulto desconfiado e inseguro.

En este proceso de educar ha habido grandes cambios. Hemos pasado de un autoritarismo ciego a un dejar hacer, de límites rígidos y no razonados al todo vale, se ha llegado a una exaltación enfermiza y neurotizante de una libertad mal entendida.

Otro cambio ha sido o es, el creer que todo lo nuevo es válido en sí mismo. La sociedad acepta, con excesiva frecuencia y poca reflexión, lo nuevo y joven como bueno en sí y llegamos a una renuncia apriorística de patrones tradicionales y a la búsqueda de la eterna juventud, cayendo en una inmadurez extrema. Lo nuevo nos ha aportado mejoras, como la supresión de tabúes viejos y enfermizos, o el esfuerzo por mejorar nuestra capacidad de diálogo o por comprender los puntos de vista del otro. Ahora bien, nunca hemos tenido padres tan tolerantes y tampoco niños tan necesitados de un apoyo seguro, de directrices claras y de normas razonables para ordenar sus vidas.

José María Fernández Chavero
Psicólogo
chavero@correo.cop.es