El amor conyugal, la generación humana y la educación de los hijos

Una parte importante de las familias, están sufriendo en la actualidad unas quiebras enormemente importantes.

Juan Pablo II decía que la familia es el futuro de la humanidad. Hay que hacer brillar el plan maravilloso de Dios sobre:

 

-El amor conyugal.

-La generación.

-La educación de los hijos.

 

Amor conyugal.- La mejor forma de hacerlo brillar es mostrarlo con la propia vida, con el propio testimonio. Se trata de reconstruir la sociedad a través de la familia. Los cristianos tenemos que evangelizar a través de la familia.

¿Por qué es tan importante?

Los hombres somos hijos de Dios, somos la creación predilecta de Dios. Toda la creación está hecha para el hombre, y solo el hombre tiene vida espiritual. Es una criatura maravillosamente amada por Dios.

 

La generación humana, es un designio paternal. Dios se sirve de un cauce maravilloso: la paternidad y la maternidad, para tener hijos. Dios tiene hijos en nosotras. Esto nos permite enfocar la familia con una luz muy alta.

El ser humano recibe su condición biológica, su condición humana y su condición espiritual germinalmente, y tiene un tiempo de desarrollo para llegar a plenitud. La humanidad potencial, hay que educarla.

La condición espiritual hay que llegar a desarrollarla. Una vez recibida su condición de hijo de Dios por el Bautismo, hay que desarrollar la condición de hijo de Dios. El ámbito en el que se desarrolla todo esto, es en la familia. Este es el ambiente propicio en el que el ser humano ha llegado a su plenitud.

Requiere unas condiciones preestablecidas por Dios para que pueda suceder esto. Dios ha establecido un modo concreto de tener hijos. Dios es Padre y tiene un plan. Los hijos no se “echan” al mundo. La plenitud del ser humano  -y por tanto de la sociedad-, es la que respeta el plan de Dios.

 

Un segundo apartado: hay que mirar a Jesucristo, no a ningún código. Para configurar una familia, hay que fijarse en su Familia: la Sagrada Familia.

Sabemos muchísimo de la Sagrada Familia, pues está explicitada perfectamente en el Evangelio. Para tener un modelo, no hay más que mirar el hogar de Nazaret.

Primera luz: el amor esponsal. Cuando María recibió al Arcángel San Gabriel, Ella estaba con un verdadero compromiso matrimonial, aunque S. José y Ella no cohabitaran. No eran una pareja de hecho. Se nos muestra a un José amando profundamente a la Virgen.

Jesús amaba a José y a María. El Evangelio nos muestra que vivían juntos. Es un espacio de amor, de generosidad, de valentía, de responsabilidad… Nos muestra el Señor unas características esenciales, y otras no esenciales.

No esenciales: el relieve social, la comodidad, la seguridad anclada en circunstancias humanas…Vete a Egipto –le pidió Dios- y se fue. No le dijo: pregunta por Jesua y te dará trabajo…Tampoco son obstáculos las dificultades, ni el dolor, ni la enfermedad, ni la muerte. Eso tampoco rompe el camino de plenitud.

 

El matrimonio y la familia como vocación divina.

 

Dios tiene un plan para cada uno. Cada uno somos hijos únicos de Dios. Cada ser humano tiene un camino diseñado por Dios desde toda la eternidad.

En una vida, los elementos fundamentales que me han sido dados, son vocacionales. Por ej, la artrosis. Hay otras que -desde que las acepto-, son vocacionales. Por ej, el marido. Es o con él, o con nadie… Por querer de Dios que ha pasado por mi libertad, eso es mi camino de plenitud. No se puede desesperar porque no se alcanzan aspiraciones. Las estructuras vocacionales son las cosas inmutables, El camino divino es de transformación. La felicidad es un don que se nos ofrece y que hay que saber recibir, cambiando mi propia manera de ser. Cuando uno va al matrimonio esperando recibir, lo que hay que hacer es cambiar. El amor es asimétrico, y nos empeñamos en hacerlo simétrico. Uno da “x”, y espera “x” o dos “x”.

Yo te quiero porque te quiero, no te quiero porque me quieres. He invertido mi libertad y mi capacidad de amar, en ti. Supone una transformación en capacidad de amar porque me he comprometido a amarte. Si no puedes todavía, esperaré. Hay que creerse que el matrimonio es un camino de santidad. El abc del amor, es el desinterés. Dejar que la gracia de Dios macere mi corazón para transformarme. Santa Mónica estaba casada con un sinvergüenza, y después de llorar y rezar toda su vida, consiguió que se convirtiera en su lecho de muerte. Ante el defecto de la felicidad, la respuesta no es apartarse sino conformarse. Tengo derecho a la felicidad, pero no la voy a encontrar en otra parte. La felicidad máxima está en lo vocacional. El sentimiento no es una fuente que mana siempre. La lealtad es fundamental para el amor. Cuando nos ponemos en el centro de todo, se echa todo a perder.

El matrimonio es cosa de tres: es un compromiso de Dios con los hombres para enseñarnos a amarnos siempre. Entre una piscina olímpica y una fuente, es mejor una fuente. El amor de unión de hecho, es amor piscina. El amor cristiano, es un amor fuente. Mi amor a Dios, se convierte en amor a mi marido. Dos personas casadas que están cerca de Dios, tienen mucha garantía. En la medida en que mi amor espiritual mejora, mejora el amor a mi marido.

 

Construir el amor conyugal

Algo tan grande no es gratis. Nada de lo que es fácil vale mucho, por tanto el amor hay que cultivarlo. Dios quiere que nos queramos, que se cultive el amor mutuo. Hay que ir reconstruyendo el amor.

Hay que defender el amor mutuo. El amor lo pueden robar, es frágil. Hay que mantener al marido enamorado, y mantenerse enamorada del marido. Quien pierde el enamoramiento, no lo ha defendido culpablemente, pero todo tiene arreglo

Cuando pensamos que lo más importante es el amor a los hijos, estamos equivocados. La primera necesidad de los hijos, es ver el amor entre su padre y su madre.

Tener realismo: a este marido es al que tengo que amar. No seré capaz de amar verdaderamente, nada más que a este, a esta…Eso sí, arreglada. A veces tenemos gastritis por no conformarme con lo que me ha tocado.

Buscar siempre un proyecto común, buscar lo que une.

Aprender a compartir el cuerpo como expresión de amor a otro. A cualquier edad, sabiendo otorgar la corporalidad desde el punto de vista de la necesidad del otro. Se trata de donación, de compartir. Esto tiene un papel muy importante en el plan de Dios

Amor a los hijos.

Pensar en el término de mi maternidad, ¿tiene una dimensión espiritual? Llevo a término mi maternidad, cuando les he enseñado el camino del cielo. Hoy falta deseo de transmitir el amor de Dios a los hijos. O lo enseña una madre, o no se aprende ni se transmite la fe.

La familia y la necesidad de políticas familiares

Blanca Mijares

Todos procedemos de familias. Muchos de nosotros tenemos o tendremos nuestra propia familia. “El futuro de la humanidad se fragua en la familia”.

Juan Pablo II.

¿Qué es la familia?

Cada uno de nosotros posee una historia familiar, que es genealógica. Esta historia, corporal y espiritual, nos une a otras historias personales y el vínculo familiar surge de las relaciones humanas conectadas entre si, que expresan la verdad e identidad de cada uno de nosotros.

La familia es esencial al hombre y surge de la alianza, por la que un varón y una mujer, constituyen entre si un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, (CIC, n. 1055,1) que se comprometen de forma libre, se funda en el amor y se orienta al servicio a la vida.

De ésta forma, se construye un modelo originario de familia que aunque ha convivido en las distintas épocas y culturas, con diversos modelos sociológicos de familia, permite la realización plena del hombre y su misión humanizadora en el mundo.

Por eso, es responsabilidad de las mismas familias cristianas, en este momento de profundo cambio cultural, saber construir un modelo nuevo de vida cristiana, “Familia, conviértete en aquello que eres” (FC 17). Este es el empeño que han de asumir los creyentes en este momento histórico, porque la identidad de la familia cristiana será tanto más eficaz cuanto más se mantenga viva la memoria de un pasado rico de testimonios de familias santas, que han anclado sus vidas en la fe en una Palabra que se mantiene viva en el curso de los siglos (Hb 4,12).

A imagen de la Santísima Trinidad

La Iglesia nos invita a que cada uno de nosotros refleje, en nuestra familia, el amor vivificador de la Santísima Trinidad. El matrimonio es una institución creada por Dios, por eso, la concepción cristiana posee gran poder, belleza y verdad.

Para nosotros muchos de los aspectos de la Trinidad son un misterio: Dios es una comunión de Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Cada Persona de la Trinidad es plenamente Dios. Y somos capaces de diferenciarlos gracias a la relación que existe entre ellos. Desde la Eternidad, el Padre engendra al Hijo por medio de su amor que se entrega. El Hijo, a imitación del Padre, se entrega a El, donándose a sí mismo. Y el vínculo entre ellos es más que un espíritu de amor; constituye, en sí mismo, la Persona del Espíritu Santo. La propia vida íntima de Dios de entrega total crea una comunidad íntima de amor y vida. Dios no es sólo amable; sino que es la esencia del amor. (1 Jn 4,8). Es fuente de toda la vida.

Tres Personas en un solos Dios; esta familia de amor y vida creó al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza. Fueron bendecidos y llamados a dar fruto al convertirse en amantes que dan vida. Fueron creados para reflejar la vida íntima y el amor de Dios, individualmente y en el matrimonio.

Dios unió al hombre y a la mujer en alianza matrimonial, que constituye un intercambio de personas y la existencia de ambos se realiza en una unidad tal que forma “una sola carne”. A ambos se les pide que dejen a su padre y a su madre para crear una nueva unidad, que aparece a sus ojos como una forma de vida creada exclusivamente para ellos. La dimensión del don como dimensión primera del amor emerge con gran fuerza, sin la gratuidad es imposible entrar en la lógica del amor.

El matrimonio como compromiso personal, asegura a cada uno, su sitio verdadero en el interior de la familia y asegura a la familia su estabilidad, convirtiéndose en garantía de dicha y de equilibrio. Gracias a esta elección libre de los esposos, también el sentido del ejercicio de la sexualidad adquiere un significado profundo. La sexualidad de cada cónyuge se confirma y es llamada a abrirse a los mayores bienes: de los esposos y de los hijos.

La generosidad natural de los cuerpos hecha propia de manera responsable y la libertad en el compromiso remiten el uno al otro, porque el amor humano vivido en el marco del matrimonio, unifica y armoniza los dos aspectos. Esta es la razón por la que la fidelidad e indisolubilidad no se sobreañaden, sino que son exigencias contenidas de por si en el pacto conyugal.

El matrimonio les confiere dignidad a los esposos, puesto que llega a ser un medio para que los cónyuges asuman su responsabilidad, uno frente al otro, ante sus hijos y ante toda la sociedad.

Una de las grandes problemáticas familiares actuales

Los grandes cambios de la economía moderna impone gravosas obligaciones a las familias, desde el punto de vista económico. Sin embargo, la amplitud y profundidad de las transformaciones demuestran que el espacio para avanzar se limita cuando no se otorga a las familias un papel conforme a sus grandes posibilidades. La comprensión de ésta realidad es un gran paso que se debe convalidar con un análisis, que debe de dar paso a una auténtica política familiar (política de la familia), vista no como un cúmulo de medidas de asistencia, sino con características que consigan transformar en sentido humano el desarrollo económico contemporáneo.

Es importante describir de forma precisa lo que es la familia y defenderla, favorecerla, para preservar la posibilidad de un futuro que sea respetuoso del hombre y de todo lo que concierne al hombre. La familia, como lugar de reciprocidad entre los sexos y entre las generaciones se ha convertido en una meta que se debe conquistar para el bien de los individuos y de la sociedad. Es “una obligación y un desafío”, como se lee en la Carta a las familias, de Juan Pablo II.

Familia y sociedad

Una familia fuerte, sana, bien organizada, humanamente abierta, disponible en el sentido humano de encuentro interpersonal, es algo que fortalece a toda la sociedad. La familia, entendida en sentido amplio, es una realidad social presente en todas las sociedades conocidas, aunque en modalidades y formas distintas. Alrededor de la alianza entre varón y mujer, y la comunidad de vida entre padres e hijos, existen una gran variedad de valores, usos, costumbres, normas y leyes que la configuran no sólo como un grupo social característico, sino como una institución social fundamental.

La familia es expresión primera y fundamental de la naturaleza social del hombre. «En el matrimonio y la familia se constituyen un conjunto de relaciones interpersonales -relación conyugal, paternidad, maternidad, filiación, fraternidad- mediante las cuales toda persona humana queda introducida en la «familia humana» y en la «familia de Dios» que es la Iglesia (FC 15).

El Magisterio de la Iglesia, con frecuencia ha utilizado analogías tomadas de la biología para expresar la relación y la importancia de la familia en la sociedad. Pío XII denominó a la familia «”célula vital” de la sociedad» (LS 124). En términos parecidos se expresó Juan XXIII al considerarla «como la semilla primera y natural de la sociedad humana» (PT 265). Posteriormente, el Concilio Vaticano II afirmaría que «la familia ha recibido de Dios la misión de ser la célula primera y vital de la sociedad» (AA 11) al tiempo que proclamaba que «constituye el fundamento de la sociedad » (GS 52). Pablo VI y Juan Pablo II han seguido utilizando esta analogía y también el Catecismo de la Iglesia católica, que califica a la familia como «célula original de la vida social» (CCE 2207).

La comparación de la familia con una célula resulta sugerente, ya que la familia, como la célula en un organismo vivo, es el elemento más simple, primario y fundamental de la sociedad. Las células crecen, generan nuevas células y aportan sus cualidades al organismo al que pertenecen. Así también la familla está llamada a facilitar el crecimiento humano de sus miembros, es el lugar adecuado para generar nuevas vidas humanas y desarrollar su humanidad y con su existencia y actividad, contribuye al bien de la entera sociedad.

En la familia, los esposos «se ayudan y se sostienen mutuamente, adquieren conciencia de su unidad, y la logran cada vez más plenamente» (GS 48). Y algo parecido ocurre con los hijos. El amor a quienes forman parte de la familia exige entrega y sacrificio, lo cual ayuda a crecer en humanidad y a desarrollar virtudes humanas. Es en el seno de la familia donde «el hombre recibe las primeras nociones sobre la verdad y el bien; aprende qué quiere decir amar y ser amado, y por consiguiente qué quiere decir en concreto ser una persona» (CA 39). La familia es, en cierto modo, «una escuela de las mejores virtudes humanas» (GS 52). Es, además, «una encrucijada de varias generaciones que se ayudan entre sí para adquirir una sabiduría más honda y para armonizar los derechos de las personas con las exigencias de la vida social» (GS 52).

La familia es el lugar adecuado para la transmisión de la vida y para la educación más fundamental por cuanto ofrece un clima propicio de afecto, estabilidad familiar, basada en un sólido compromiso y en la comunión de personas, junto a la complementariedad que ofrecen el padre y la madre. En la familia cada uno es amado por lo que es y, de este modo, se aprende de un modo práctico qué es el amor.

Favoreciendo el desarrollo humano por la dedicación a los demás y, sobre todo, por la formación de ciudadanos en valores y virtudes, la familia contribuye en gran medida al bien de la sociedad. La doctrina social de la Iglesia remarca algo bien conocido: «la familia es escuela del más rico humanismo» (GS 50) y «la primera escuela de virtudes sociales, que todas las sociedades necesitan» (GE 3).

Son muchos los valores y las virtudes adquiridos en la vida familiar que después se manifiestan en la vida social. «La autoridad, la estabilidad y la vida de relación en el seno de la familia constituyen los fundamentos de la libertad, de la seguridad y de la fraternidad en el seno de la sociedad. La familia es la comunidad en la que, desde la infancia, se pueden aprender valores morales, se comienza a honrar a Dios y a usar la libertad. La vida de familia es iniciación a la vida en sociedad» (CCE 2207) y también el ámbito de educación para el trabajo: «Trabajo y laboriosidad condicionan (…) todo el proceso educativo dentro de la familia» (LE 10).

Puede asegurarse que «el bienestar de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligado a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar» (Cf. GS 47). Ciertamente, «en la familia encuentra la nación la raíz natural y fecunda de su grandeza y potencia» (LS 123). La calidad de las familias condiciona la calidad moral de quienes forman un país. De aquí que pueda afirmarse con Juan Pablo II: « ¡El futuro de la humanidad se fragua en la familia!» (FC 86).

Políticas familiares

La familia es, ante todo, una realidad humana con serias implicaciones éticas para el desarrollo humano y para el bien común de la sociedad. Por eso, la urgencia de adoptar políticas familiares. Estas políticas constituyen la manera ética y concreta de resolver las crisis de las sociedades y de garantizar un porvenir a la democracia. La promoción y la ayuda de la familia en el seno de la sociedad pueden contribuir y ciertamente contribuirán a mejorar la eficacia del sector público y a asegurar de este modo el progreso del desarrollo social.

Concebir políticas de este tipo no es fácil. En efecto, tienen que mantener un justo equilibrio con el principio de la subsidiariedad, en virtud del cual, «el Estado no puede ni debe substraer a las familias aquellas funciones que pueden igualmente realizar bien, por sí solas o asociadas libremente, sino favorecer positivamente y estimular lo más posible la iniciativa responsable de las familias» (Juan Pablo II, FC, n. 45). Por otra parte, las políticas familiares y las legislaciones, en las que estas políticas toman forma, deben responder a un deber de justicia, inspirándose en el principio de solidaridad entre los diferentes sectores de la sociedad y entre las generaciones. La exigencia de solidaridad, que ya inspira las políticas relativas al desempleo, a la salud y a las jubilaciones, debe respetarse igualmente por lo que se refiere a las políticas familiares que no pueden reducirse a políticas fiscales de redistribución de los ingresos, ni a políticas de asistencia pública.

Inspirándose en estos dos principios los responsables pueden afrontar con éxito los desafíos que plantea la integración social de las categorías más débiles de la sociedad: entre los que se encuentran los jóvenes, las personas ancianas, los discapacitados. A la luz de estos dos principios las legislaciones a favor de la familia pueden respetar el derecho de esta última a beneficiarse de medidas sociales que tengan en cuenta sus necesidades, en particular, cuando la familia tiene que soportar cargas suplementarias a causa de la vejez, de discapacidades físicas o psíquicas de sus miembros, o de la educación de los niños.

Hoy más que nunca la familia tiene necesidad de una protección especial por parte de las autoridades públicas. Los Estados tienen la responsabilidad de defender la «soberanía» de la familia, pues esta última constituye el núcleo fundamental de la estructura social. En definitiva, defender la soberanía de la familia es contribuir a la soberanía de las naciones. De este modo, el reconocimiento de los derechos de la familia constituye un aspecto fundamental de la promoción de los derechos del hombre

fuente:encuentra.com

Los golpes de la vida

William Shakespeare dejó escrito que no hay otro camino para la madurez que aprender a soportar los golpes de la vida.

Porque la vida de cualquier hombre, lo quiera o no, trae siempre golpes. Vemos que hay egoísmo, maldad, mentiras, desagradecimiento. Observamos con asombro el misterio del dolor y de la muerte. Constatamos defectos y limitaciones en los demás, y lo constatamos igualmente cada día en nosotros mismos.

Toda esa dolorosa experiencia es algo que, si lo sabemos asumir, puede ir haciendo crecer nuestra madurez interior. La clave es saber aprovechar esos golpes, saber sacar todo el oculto valor que encierra aquello que nos contraría, lograr que nos mejore aquello que a otros les desalienta y les hunde.

¿Y por qué lo que a unos les hunde a otros les madura y les hace crecerse? Depende de cómo se reciban esos reveses. Si no se medita sobre ellos, o se medita pero sin acierto, sin saber abordarlo bien, se pierden excelentes ocasiones para madurar, o incluso se produce el efecto contrario. La falta de conocimiento propio, la irreflexión, el victimismo, la rebeldía inútil, hacen que esos golpes duelan más, que nos llenen de malas experiencias y de muy pocas enseñanzas.

La experiencia de la vida sirve de bien poco si no se sabe aprovechar. El simple transcurso de los años no siempre aporta, por sí solo, madurez a una persona. Es cierto que la madurez se va formando de modo casi imperceptible en una persona, pero la madurez es algo que se alcanza siempre gracias a un proceso de educación —y de autoeducación—, que debe saber abordarse.

La educación que se recibe en la familia, por ejemplo, es sin duda decisiva para madurar. Los padres no pueden estar siempre detrás de lo que hacen sus hijos, protegiéndoles o aconsejándoles a cada minuto. Han de estar cercanos, es cierto, pero el hijo ha de aprender a enfrentarse a solas con la realidad, ha de aprender a darse cuenta de que hay cosas como la frustración de un deseo intenso, la deslealtad de un amigo, la tristeza ante las limitaciones o defectos propios o ajenos…, son realidades que cada uno ha de aprender poco a poco a superar por sí mismo. Por mucho que alguien te ayude, al final siempre es uno mismo quien ha de asumir el dolor que siente, y poner el esfuerzo necesario para superar esa frustración.

Una manifestación de inmadurez es el ansia descompensada de ser querido. La persona que ansía intensamente recibir demostraciones de afecto, y que hace de ese afán vehemente de sentirse querido una permanente y angustiosa inquietud en su vida, establece unas dependencias psicológicas que le alejan del verdadero sentido del afecto y de la amistad. Una persona así está tan subordinada a quienes le dan el afecto que necesita, que acaba por vaciar y hasta perder el sentido de su libertad.

Saber encajar los golpes de la vida no significa ser insensible. Tiene que ver más con aprender a no pedir a la vida más de lo que puede dar, aunque sin caer en un conformismo mediocre y gris; con aprender a respetar y estimar lo que a otros les diferencia de nosotros, pero manteniendo unas convicciones y unos principios claros; con ser pacientes y saber ceder, pero sin hacer dejación de derechos ni abdicar de la propia personalidad.

Hemos de aprender a tener paciencia. A vivir sabiendo que todo lo grande es fruto de un esfuerzo continuado, que siempre cuesta y necesita tiempo. A tener paciencia con nosotros mismos, que es decisivo para la propia maduración, y a tener paciencia con todos (sobre todo con los tenemos más cerca).

Y podría hablarse, por último, de otro tipo de paciencia, no poco importante: la paciencia con la terquedad de la realidad que nos rodea. Porque si queremos mejorar nuestro entorno necesitamos armarnos de paciencia, prepararnos para soportar contratiempos sin caer en la amargura. Por la paciencia el hombre se hace dueño de sí mismo, aprende a robustecerse en medio de las adversidades. La paciencia otorga paz y serenidad interior. Hace al hombre capaz de ver la realidad con visión de futuro, sin quedarse enredado en lo inmediato. Le hace mirar por sobreelevación los acontecimientos, que toman así una nueva perspectiva. Son valores que quizá cobran fuerza en nuestro horizonte personal a medida que la vida avanza: cada vez valoramos más la paciencia, ese saber encajar los golpes de la vida, mantener la esperanza y la alegría en medio de las dificultades.

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