La espera aunque parezca larga

Luce Bustillo-Schott

No se pierde la esperanza por aquel a quien tanto amamos si la espera está puesta en Dios. Aunque seamos motivo de crítica, aunque nos tilden de ingenuos e ilusos. Aunque nos vean como si fuéramos seres extraños en medio de un mundo que ha cambiado el sentido al amor, porque sólo vive para satisfacer el ego, porque se contenta con la felicidad aparente de los placeres del momento, cuando en realidad lo único que hace es dañar la mente, el alma y el corazón.

El amor es un regalo de Dios para que el hombre sea feliz y haga felices a los demás. El amor verdadero consiste en amar a Dios y en amar a tu prójimo como a ti mismo. Este es el primer mandamiento. Si decimos que amamos a Dios y abandonamos a aquellos que Él nos dio a nuestro cuidado ya hemos dejado de amar.

La familia es la escuela del amor verdadero, la base de la sociedad y del mundo. Un padre o una madre de familia que dice amar a sus hijos y de la noche a la mañana abandona el hogar ni siquiera está amándose a sí mismo. Su amor se torna egoísta porque sólo piensa en satisfacer su ego buscando fuera de su hogar lo que ya tiene para ser feliz.

El amor dentro del matrimonio es donación y entrega. Es una unión de amor tan profunda que en su máxima expresión conlleva la responsabilidad de la procreación de quienes vienen a dar un sí ulterior a ese amor: los hijos. Los esposos reafirman así lo que Dios nos enseña sobre el amor y entran a participar en la mayor y más bella obra de Dios: la familia.

El amor conyugal es la unión de un hombre y una mujer bajo la bendición de Dios desde el día del matrimonio. Se forma así un triángulo indisoluble de una comunión permanente, que da testimonio de la alianza con Dios como símbolo de la salvación del hombre de acuerdo a lo revelado en la Biblia. Cualquier otra relación fuera del matrimonio es simplemente adulterio, una traición a nuestro creador y, por ende, al esposo(a) y a los hijos.

Cuando hay abandono matrimonial de inmediato se rompe esa alianza con Dios, y el hombre pierde su paz interior y la oportunidad de ser realmente feliz, al dejarse llevar por el pecado que es la separación entre el Padre y sus hijos. Pero cuando el amor ha dejado raíces fuertes en el esposo o en la esposa que permanecen fieles, cuando en los hijos existe algo maravilloso que es la esperanza de que el papá o la mamá regrese algún día a Dios y a su hogar como el hijo prodigo, entonces descubrimos un verdadero testimonio del amor verdadero, ese amor que un día Dios unió. Entonces la espera, aunque parezca larga, vale la pena, pues el regreso de aquel que tanto se ama no depende de él sino de Dios.

Hoy se habla del divorcio como algo natural, como la ruptura de una relación a la que no se le da el verdadero valor que tiene cuando se ha dado el Sacramento del matrimonio, por el que vale la pena luchar hasta la muerte.

Por más que los hombres traten de legalizar civilmente una nueva relación jamas ésta será válida a los ojos de Dios. Para Dios no hay alternativas a un matrimonio bendecido por el mismo amor divino, ni hay nuevas relaciones que puedan sustituir aquella primera en la que se ha formado una familia.

Sólo en la familia radican los valores que permiten encontrar la verdadera felicidad, como son el amor, la entrega, la armonía, la alegría, la unión, la comprensión, el aprender diario a compartir… Pero, sobre todo, está la esperanza: una esperanza de amor y perdón en la que el hombre, unido a Dios, encuentra la paz y la verdad que nos hace plenamente libres.

fuente:encuentra.com

Gran parte de los matrimonios están casados a medias

Autor: Maru Ruano

Es casi general ver tristeza o preocupación en los rostros de los matrimonios que tienen algunos años de casados

Gran parte de los matrimonios están casados a medias
Es casi general ver tristeza o preocupación en los rostros de los matrimonios que tienen algunos años de casados.
Pareciera que cuando están juntos o salen en pareja no demuestran ninguna alegría. Se aceptan, conviven con cara de pocos amigos.

Es cierto que no somos responsables de la cara que tenemos, pero si de la cara que ponemos.
Y la cara que pongo es reflejo de lo que siento y es reflejo de lo que
en mi interior, hay .

¿Estamos nosotros en esta situación?
Si así fuera, deberíamos reflexionar seriamente sobre dos preguntas que tienen que ser claves para aquellos que han decidido hacer de su vida un solo camino.

¿Entre nosotros hay encuentro, sabemos encontrarnos?
¿Entre nosotros hay amistad? ¿Sabemos mantener esa relación profunda y abierta de todas nuestras cosas?

Gran parte de los matrimonios están casados a medias.
¿Qué quiere decir, estar casados a medias?
Se encuentran sus cuerpos pero no se encuentran sus almas.
Se usan, se desahogan pero no crecen en espíritu.
No crecen en ser persona en unidad con el otro.

Y cuando esto ocurre, aparece en su vivir el egoísmo, el encerrarse en un montón de actitudes.
¿Dónde quedó aquel inicio tan hermoso, dónde quedó aquella luna de miel que eran nuestros primeros años de casados?

La luna de miel se acaba cuando chocan los dos egoísmos.
La luna de miel continúa cuando me preocupo por lo que quiere el otro.
Hay que aprender a vivir con el otro ser humano.
Hay que aprender sus vicios, sus virtudes, sus defectos y caprichos, sus alegrías y sus malos humores.
Sus días de mala luna, como se dice por ahí.

La vida de un hombre y una mujer está hecha de pequeños momentos cotidianos, está hecha de pequeñas incomprensiones, olvidos, gestos dulces y amargos, diálogos cálidos y también enojosos.

La vida de los esposos, hay que entenderlo bien, es la historia de su vida compartida, hecha en la responsabilidad común. Cada uno aceptando al otro. Y al hacerlo harán crecer su ser personal y el del otro.

Eso si, la comunión entre varones y mujeres no puede hacerse en un instante, en un momento. Se necesita de su tiempo.
Por creer esto fracasa muchas veces la experiencia de la pareja.
No se puede amar a otra persona sin tener en cuenta su propia historia, cuyo conocimiento iremos descubriendo poco a poco.
La comunión se edifica día a día, compartiendo, dando, recibiendo.

Lo justo en esto de vivir juntos sería –si no pueden evitar los malos momentos– que cada uno de los cónyuges tuviese por turno riguroso sus días de mal humor.
Por desgracia, sucede a veces, que uno de los dos detenta el monopolio del mal humor.
En tal caso………en tal caso al otro no le queda más remedio que armarse de valor y tratar de tener otro monopolio: ¡el monopolio de la paciencia!

En toda vida de a dos hay y habrá obstáculos. Veamos algunos:
“nuestro pobre corazón” tan versátil e imprevisible.

El cónyuge prudente sabe que es preciso mantenerlo bajo control.
A veces, sin embargo, hay quien se engaña.
Cree poder descuidar un tanto la vigilancia y permitirse alguna distracción.
La tan común llamada “cañita al aire”
La familia se fue de vacaciones, uno va los fines de semana y de lunes a viernes es fácil la tentación. Estoy sólo, sabré controlarme.

Y se dice: ¡es solo un momento! ¡No saldré de mis limites!
El momento se convierte en una hora y la hora en traición.
Dice San Francisco de Sales: nadie despierta voluntariamente el amor sin hacerse su prisionero.

En este juego, el que atrapa es atrapado.
El fuego del amor es más activo y poderoso de lo que parece; uno cree que le ha tocado solamente una chispa y uno se queda estupefacto viendo que, como un rayo, se ha incendiado el corazón, reduciendo a cenizas aquel propósito y en humo nuestra reputación, nuestra fidelidad.

Conocemos los grandes navegantes de la mitología griega. Estos prometían a sus amigas y amantes volver a casa, después de algún tiempo de aventuras y trabajos, pero nunca volvían. En el mar, escuchaban los cantos de las sirenas, quedaban fascinados y cambiaban de rumbo para estar con ellas. Las mujeres no los veían nunca más.
Pero hubo uno -Ulises- que previó el peligro. Quiso que sus compañeros le ataran al mástil de la nave. Cuando pasaron por la isla de las sirenas, también él escuchó su canto maravilloso, también él se quedó fascinado, pero no podía seguir las voces y los cantos de las sirenas, ya que estaba atado. Así, las sirenas no pudieron seducirle. Fue el único que volvió a casa.
Ser precavido como Ulises da buenos resultados
Toda persona -incluso el más acérrimo crítico del matrimonio- anhela, si es sincero consigo mismo, tener alguien en quien poder abandonarse completamente, alguien que siempre esté con él, pase lo que pase, que confíe en él también cuando todo está en contra suya; también cuando sufre fracasos y enfermedades, cuando se hace mayor y más débil.
“La edad no protege contra el amor, más el amor, en cierta medida, protege contra la edad” (Jeanne Moreau)

Los celos son también un obstáculo que aparece en algunos matrimonios.
Los celos no ennoblecen el amor –como a veces se dice y se cree– sino que lo humillan y corrompen.
Los celos son ciertamente indicio de la fuerza del afecto, pero no de su calidad, ni de su pureza y perfección.

Quién está celoso, duda de la fidelidad de la persona amada, duda de la fidelidad del otro.
Los celos terminan por destrozar la sustancia del amor, porque producen disputas y discrepancias.
Disputas y discrepancias no son tierra fértil para que el amor crezca.

Jutta Burggraf piensa que el humor, el reírse o al menos sonreírse es importante para un buen clima hogareño.
La mejor educación es la convivencia familiar alegre y armónica.

“Cuando hayas estado un día entero sin reír, habrás perdido totalmente ese día”. Este lema es muy importante precisamente para la vida cotidiana de la familia. Las personas carentes de humor e incapaces de reír llevan una vida poco atractiva. Los matrimonios y las familias, que han dejado de reír, están perdidas.

En cambio, el que tiene sentido del humor, puede olvidarse de sí mismo, y de este modo está libre para los demás. Todos tendemos a veces a plantearnos problemas existenciales por cosas insignificantes, y esto afecta a las relaciones entre los hombres. Debemos esforzarnos por no contemplar las múltiples cosas pequeñas de la vida cotidiana desde su aspecto negativo. Cada cosa, como es sabido, tiene dos caras, y vale la pena centrar la vista en aquella cara de la que podemos reírnos a gusto, o al menos sonreír.

Pablo Neruda escribió: Podrán cortar todas las flores, pero nada impedirá la llegada de la primavera.
Igual sucede en los que se aman.
Habrá obstáculos, habrá discrepancias, habrá malos momentos, podrá haber infidelidades, pero el amarse hace posible que siempre llegue una primavera.

Que siempre llegue un nuevo brotar, una nueva primavera en nuestra vida.
Simplemente porque se aman.
Y en toda primavera si algo se necesita, si algo sobra es el amor
Y desde el amor todo es superable.

Si no existiera el amor no habría primavera. ¡Existen primaveras! en la vida de todos, porque es amando que uno llena en profundidad toda su vida si somos capaces de volver amar
Salvador Casadevall
salvadorcasadevall@yahoo.com.ar
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REFLEXIONES DESDE LA FAMILIA………..para acompañar a vivir
Galardonado con la Gaviota de Oro-Mar del Plata 2007 Programa “Día Internacional de la Mujer”
Galardonado con la Rosa de Plata-Buenos Aires 2007 Programa “Navidad”
Galardonado con la Gaviota de Oro-Mar del Plata 2006 Programa “Día del Niño”
Mención especial Premio Magnificat-Buenos Aires 2005 Programa “Adultos Mayores”

Los cuatro primeros libros sobre estas Reflexiones están disponibles y son vendidos por correo certificado de entrega.

fuente:catholic.net

“La castidad matrimonial”

 

 El amor conyugal puede considerarse como la cúspide del amor de amistad. En él, la entrega del amante es total, sin reservas: encuentra la propia felicidad en hacer feliz al otro con el don de sí mismo (cfr. Humanae vitae, 9). «De ahí la absoluta necesidad de la virtud de la castidad…, energía espiritual que sabe defender al amor de los peligros del egoísmo y promoverlo hacia su plena realización» (Familiaris consortio, 33).

El matrimonio, cauce para expresar la donación total

La institución natural que garantiza la estabilidad necesaria para el amor, protegiendo sus derechos y deberes, es la familia basada en el matrimonio: un acuerdo entre hombre y mujer para compartir en exclusiva la vida entera. Aun con diferentes fórmulas jurídicas, todos los pueblos han reconocido la familia y el matrimonio como elementos básicos de su cultura.

El matrimonio es el ámbito donde las relaciones sexuales resultan lícitas y honestas (cfr. Gaudium et Spes, 49). Fuera de él, la moral cristiana desaprueba tales relaciones, aunque exista un cariño sincero y una intención futura de contraer matrimonio.

Dentro del matrimonio, las relaciones íntimas son fuente y manifestación del amor: «significan y fomentan la recíproca donación con la que (los esposos) se enriquecen mutuamente» (Ibid., 9). Llevadas a cabo con rectitud, favorecen las virtudes básicas de la vida cristiana e impulsan la madurez humana y espiritual de la persona. Esta rectitud interior, sin embargo, marca también unos límites a la propia conciencia: como en tantos otros ámbitos de la vida, no todo lo que se puede hacer, se debe hacer. La castidad, en su aspecto conyugal, ayuda a delimitar lo que es propiamente acto virtuoso de lo que no lo es.

Los actos conyugales, como expresión de donación y amor generoso, deben anteponer siempre el bien y la voluntad ajena a la propia (cfr. HV, 9). En este sentido, cada cónyuge tiene la obligación en justicia de acceder a la petición razonable del otro. Negarse sistemáticamente, o hacer muy difícil la relación, es un pecado contra la justicia debida a quien tiene el derecho –por contrato conyugal– sobre el propio cuerpo.

Dios está presente en todas las relaciones humanas, también en las conyugales. Quiere esto decir que no será lícito aquello que ofenda a Dios por atentar contra su voluntad, que en este caso se manifiesta a través de la naturaleza propia de la sexualidad humana y de sus condiciones anatómicas y fisiológicas. Contradice la ley de Dios, por tanto, todo acto hecho contra-natura: de forma no adecuada al modo natural de ejercitar la sexualidad. La razón estriba en que ese acto no estaría guiado por el amor, sino por un egoísmo capaz de anteponer el capricho personal al bien natural establecido por Dios. Por eso iría contra la virtud de la castidad.

Vida familiar y relaciones conyugales

La vida familiar es compleja. El amor esponsal no se reduce a las relaciones íntimas entre cónyuges. El día a día de la convivencia familiar está hecho de pequeños detalles que pueden acrecentar o consumir el amor. El trato delicado, el respeto hacia el otro, la memoria de sus gustos, evitar lo molesto…, contribuye a que el amor discurra por cauces pacíficos y saludables. Por el contrario, las intemperancias, los desprecios y, en casos extremos, la violencia verbal o física, hacen difícil la continuidad del amor.

¿Tienen algo que ver estas actitudes con la virtud de la castidad? Un refrán castellano dice: «en la mesa y en el juego se conoce al caballero». Puede aplicarse en mayor medida a las relaciones conyugales. No se trata aquí ya de una moral minimalista –de lo que es pecado o no–, sino de ver cómo esas relaciones pueden enriquecer el amor matrimonial. Por principio, el amor se expresa y crece en la mutua relación y donación; pero si ésta reúne determinadas condiciones, el progreso será señaladamente mayor.

Hay que tener en cuenta que en cualquier acto conyugal intervienen dos personas, con las diferencias psíquicas y caracteriológicas correspondientes. Será imprescindible, pues, articular la relación sobre la generosidad: no buscar tanto la propia satisfacción, sino la de la persona que se ama. Y decir “satisfacción” no se refiere sólo al placer físico, sino a un conjunto numeroso de condiciones que contribuyen a la felicidad ajena: la delicadeza, el respeto por su libertad, el conocimiento de sus gustos, la perspicacia para captar su estado de ánimo, etcétera.

Unas relaciones conyugales así vividas no sólo unen más a los esposos, sino que influyen positivamente en toda la vida familiar. La comprensión mutua, el deseo de ayudarse unos a otros, el esfuerzo por superar el propio egoísmo, etcétera, mejorarán paralelamente al progreso de la generosidad en las relaciones íntimas del matrimonio.

La castidad, por tanto, no atañe sólo a las cuestiones relativas al uso de la sexualidad, sino, antes, a tantos detalles menores que conducen «al que la practica a ser ante el prójimo un testigo de la fidelidad y ternura de Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica (CCE), 2.346). Caridad y castidad crecen siempre de la mano.

Un camino de santidad

El matrimonio –con todo lo que incluye– es un camino cierto de santidad cristiana. El sacrificio es uno de los ingredientes del seguimiento de Cristo, y se da en el matrimonio cada vez que uno de los cónyuges se olvida de sí mismo (sus gustos, sus intereses) para atender las necesidades del otro o de los hijos.

En las relaciones matrimoniales se encontrarán no pocas ocasiones de mortificar las propias apetencias para preocuparse del otro. Serán sacrificios habitualmente menudos, ordinarios, pero no por ello menos importantes en orden a la santidad de los fieles cristianos corrientes.

Esto incide en una cualidad fundamental de la castidad cristiana: no se trata de un ejercicio ascético de renuncia; en su esencia es un don de Dios. Ciertamente supone lucha, como toda virtud moral; pero es gracia que el Espíritu Santo concede en el bautismo y en el sacramento del matrimonio (cfr. CCE, 2.345). De ahí la necesidad absoluta de la oración humilde para pedir a Dios la virtud de la castidad (cfr. Juan Pablo II, Enchiridion familiae, V, 4197).

Los hijos, fruto de la donación total

Cuando el amor y sus manifestaciones son rectos, el fruto natural son los hijos. La apertura a los hijos es la garantía de licitud de todo acto conyugal. Lo cual no quiere decir lógicamente que cada acto sea generador, sino que no se deben poner obstáculos intencionados para evitarlo.

Así planteado, surge la cuestión acerca del número de hijos que debe aceptar un matrimonio. En recuadro anexo se habla con detalle de la paternidad responsable. Aquí recordamos que los hijos son un don de Dios: premio a la generosidad del amor de los padres y vehículo para que éstos reflejen la paternidad divina (cfr. FC, 14).

Criar y educar a los hijos tiene sus dificultades, como cualquier cometido; pero también sus grandes satisfacciones. No es cierto que sea más fácil educar a un hijo que a muchos; ni que se le haga más feliz al proporcionarle más juguetes que hermanos. Las familias numerosas suelen ser, con mucho, las más alegres –aunque quizá dispongan de menos cosas materiales–; de tal manera que es bastante habitual que una casa con muchos hijos sea centro de atracción de numerosos amigos y amigas, que encuentran allí ese algo especial que tienen las familias numerosas.

Las dificultades

Las particularidades del mundo actual fomentan el egoísmo: hedonismo, consumismo, etcétera. Alcanzar en este contexto un amor generoso que lleve a dar y a darse sin buscar recompensa, presenta ciertamente obstáculos nada despreciables.

Vivir la castidad en las relaciones conyugales entre las constantes incitaciones actuales al erotismo (películas, conversaciones, relaciones sociales), siendo fiel al propio cónyuge sin dar cabida –ni de pensamiento– a la infidelidad matrimonial, tampoco es fácil. Lo mismo que no lo es resistir las fuertes campañas oficiales organizadas –con excusas sanitarias engañosas– a favor de sistemas contraconceptivos de diverso tipo.

En todos estos casos, vivir la castidad –fuera y dentro del matrimonio– supone caminar contra-corriente de las modas y estilos imperantes. El entorno social es, en muchas ocasiones, la primera fuente de prejuicios o escarnios; por ejemplo, ante un número elevado de hijos. Lo cual se suma a las dificultades económicas que frecuentemente conlleva una familia numerosa.

Los obstáculos existen, pues, y sería una ingenuidad ignorarlos. Ante ellos la solución es aumentar la confianza en Dios y pedir con constancia la ayuda de su gracia. En el terreno práctico, esta actitud conduce a reforzar la vida cristiana (oración y sacramentos); a mejorar la propia formación en la fe (estudio y dirección espiritual); a luchar en los pequeños detalles (imaginación, curiosidad, pudor) que, sin llegar quizá a pecado, fomentan la sensualidad desordenada; a buscar un ámbito o comunidad de referencia –parroquia, instituciones– que ayuden a la familia a sentirse acompañada y apoyada por quienes participan del mismo ideal de santidad, etcétera.

Toda virtud se fortalece ante las dificultades. La castidad también. Con la ayuda de Dios, esos obstáculos se convierten en ocasión de acrisolar la santidad personal a la que estamos llamados por cristianos. n

EL SIGNIFICADO DE LA SEXUALIDAD HUMANA

El hombre es espíritu encarnado: no se da en abstracto, sino en forma masculina o femenina. La sexualidad es una característica esencial: sólo se es persona siendo varón o mujer. Por ello, en cierto sentido, cada persona está creada para ser en comunión con otra de sexo diferente. Esto no significa que los solteros o célibes sean incompletos como persona, sino que la plenitud de la unidad humana se alcanza en el darse y recibir del amor. Ahora bien, al no ser sólo cuerpo, el don de sí es don de la entera persona, no sólo de su dimensión sexuada.

La consumación de la sexualidad, por sí misma, se abre al hijo, que no es tanto el solo resultado de un acto físico, sino «sacramento –fruto visible– del don del amor» (Livio Medina, en Amor conyugal y santidad). La fecundidad, al no ser debida, es un don: la bendición de Dios a la entrega plena de los cónyuges. El amor alcanza así la cualidad oblativa propia del amor más noble.

La entrega sexual entre hombre y mujer sólo debe tener lugar en el ámbito del matrimonio, único y para siempre. «Dejará el varón a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne» (Gen 2,24). Se trata de una entrega tan completa que debe verse amparada por una institución natural que la proteja. Lo contrario dejaría desguarnecido ese amor que, por su misma naturaleza, es definitivo: no cabe amar de verdad por una temporada, ni compartir tal amor con otros; esto desvirtuaría las relaciones conyugales, reduciéndolas a un mero pasatiempo corporal.

La unidad de cuerpo y espíritu conduce a que el amor entre varón y mujer se exprese corporalmente. Esto tiene una contrapartida importante: no es posible hacer un uso frívolo de la sexualidad sin comprometer la parte superior y trascendente del hombre (cfr. FC, 11).

Quien plantea el sexo como un juego, acaba esterilizando las fuentes más hondas del amor. Si no se corrige, su capacidad de amor de amistad y de benevolencia irá progresivamente agostándose. Sólo desarrollará el amor de concupiscencia; y el egoísmo que éste multiplica le impedirá alcanzar la felicidad que busca al fomentar el solo placer.

La virtud de la castidad, al integrar la sexualidad en el conjunto de la persona, defiende la unidad interior del hombre (cfr. CCE, 2.337) y se muestra como una escuela de crecimiento en la caridad, resumen de todo deber del hombre con Dios y con su prójimo.

A PROPÓSITO DE LA PATERNIDAD RESPONSABLE

En no pocos matrimonios la cuestión de la castidad conyugal se vincula subjetivamente al número de hijos que están dispuestos a tener. La licitud en la limitación de los hijos, primeramente, y los métodos para conseguirlo, en segundo lugar, provocan los mayores interrogantes morales a los esposos católicos. También las discordantes respuestas que encuentran a veces en algunos teólogos y sacerdotes, les producen no pequeño desconcierto.

Enseña el Magisterio de la Iglesia: «La paternidad responsable se pone en práctica ya sea con la deliberación ponderada y generosa de tener una familia numerosa, ya sea con la decisión, tomada por graves motivos y en el respeto a la ley moral, de evitar un nuevo nacimiento durante algún tiempo o por tiempo indefinido» (Humanae vitae, 10).

Paternidad responsable no coincide, pues, con paternidad reducida o escasa. Puede ser igualmente responsable la paternidad numerosa: depende de las circunstancias. No obstante, es frecuente que un matrimonio se pregunte: ¿podemos limitar –de acuerdo con la moral católica– el número de hijos a uno, dos, tres?

La constante advertencia de la Iglesia es que el amor auténtico es siempre generoso y que «todo acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida» (HV, 11), que «es siempre un don espléndido del Dios de la bondad» (FC, 30). «Esta doctrina, muchas veces expuesta por el Magisterio, está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador» (HV, 12).

La decisión sobre el número de hijos

La Iglesia, como madre que es, hace suyas las dificultades de algunos esposos para criar y educar un número elevado de hijos (cfr. Carta a las Familias, 12). En los casos difíciles es legítima una paternidad restrictiva, si se encauza respetando lo indicado sobre la inseparabilidad entre la dimensión unitiva y procreativa del acto conyugal.

La decisión de limitar el número de hijos es algo que sólo compete a los mismos esposos, con una elección que deberá ser recta –sin egoísmos que la desfiguren–, conforme a los criterios morales, y valore con justicia las razones que les mueven a esa limitación.

Tales razones no pueden ser banales. Deben existir «graves motivos» (HV, 10), o «razones justificadas» (CCE, 2.368), que aconsejen el retraso de un nuevo nacimiento. Además de la autenticidad del amor conyugal, está en juego la vida de una persona humana, y eso es algo muy serio: «sólo la persona es y debe ser el fin de todo acto» (Carta a las Familias, 12). No es suficiente, por tanto, un superficial convencimiento subjetivo; los padres «deben cerciorarse de que su deseo no nace del egoísmo, sino que es conforme a la justa generosidad» (CCE, 2.368); y esto requerirá habitualmente el consejo experimentado de alguien conocedor de las circunstancias y de la alta vocación a la santidad a que son llamados los fieles cristianos y sus familias.

Por otra parte, los motivos pueden variar con el tiempo, lo que ha de llevar a los esposos a replantearse la validez de su decisión, tomada en circunstancias diferentes.

Los medios a emplear

En el caso de que una responsable paternidad oriente a un matrimonio a limitar el número de hijos, los esposos se plantean inmediatamente qué medios pueden emplear con tal fin. Sobre ello la doctrina de la Iglesia es clara y unánime. Tanto la decisión sobre el número de hijos como los medios para llevarla a cabo están definidos por la moral católica.

«Toda acción que, en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación» es intrínsecamente deshonesta (HV, 14).

Es pecaminosa, por tanto: toda interrupción voluntaria del acto conyugal; la esterilización –quirúrgica o farmacológica– de la mujer o del varón; y el uso de instrumentos –diafragmas, preservativos– o de substancias químicas que impiden el natural desarrollo del acto.

También es deshonesta toda acción dirigida, no al acto en sí, sino contra la vida que pudiera concebirse después del mismo: tanto el uso del DIU y la «píldora del día siguiente» (cuyos efectos «pueden» ser abortivos, aunque sean microabortos), como la píldora RU-486 y el llamado «aborto terapéutico» (que pretenden directamente el aborto). Cualquier aborto voluntario conculca el quinto mandamiento aún más gravemente que los pecados contra la sola castidad.

«En cambio, cuando los esposos, mediante el recurso a periodos de infecundidad, respetan la conexión inseparable de los significados unitivo y procreador de la sexualidad humana, se comportan como ministros del designio de Dios y se sirven de la sexualidad sin manipulaciones ni alteraciones» (FC, 32).

Este recurso a la infertilidad natural periódica es lícito en sí mismo y «conforme a los criterios objetivos de la moralidad» (CCE, 2.370), cuando se dan las razones serias que hemos citado. En la actualidad se ha progresado en el conocimiento y detección de esos periodos infecundos, de modo que los matrimonios pueden recurrir a ellos –sea de modo temporal o permanente– con gran certidumbre.

Una aclaración capital

La neta divergencia de licitud entre la contracepción y el recurso a los ritmos temporales de infecundidad, no deriva de que sean dos modos distintos –artificial y natural– de alcanzar un mismo fin. Se basa en la «diferencia antropológica y al mismo tiempo moral» existente entre ambos sistemas; diferencia «que implica dos concepciones de la persona y de la sexualidad humana, irreconciliables entre sí» (FC, 32).

Lo que señala la diferencia es la intencionalidad, en tanto que define el objeto del acto. Una esterilización artificial puede ser lícita cuando es necesario realizarla, por ejemplo, para curar un proceso canceroso. En cambio, una decisión tan «natural» como el coitus interruptus es ilícita por el objetivo que persigue.

El amor conyugal no es casto cuando pretende romper la unidad de los dos significados fundamentales –unitivo y procreador– del acto matrimonial. En cambio, puede ser casto si simplemente se abstiene del uso de las relaciones íntimas en determinados periodos de la fisiología femenina. Si hay razones suficientes, esta continencia es un modo de vivir la responsabilidad que Dios pide a algunos cónyuges.

La continencia periódica en el uso del derecho matrimonial, realizada con sentido cristiano, lejos de enfriar el amor entre los esposos, contribuye a acrecentarlo al compartir gozos y sufrimientos; y fomenta un diálogo personal y esponsal que acrisola su amor, purgándolo de egoísmos particulares.

La invitación de Dios a la santidad en el matrimonio comunica a los esposos la gracia necesaria para afrontar con paz y alegría las dificultades de la vida –también el esfuerzo por vivir la castidad–, y para convertirlas en ocasión de progreso espiritual y de perfeccionamiento humano.

Manuel Ordeig Corsini

Revista Palabra, nº 442-443, abril 2001

La comunicación en el matrimonio

El ingrediente más importante de todo matrimonio feliz es la destreza de la comunicación. Y es que sin comunicación es imposible el conocimiento del otro, del mismo modo que sin ésta tampoco es posible que se de el amor.

Partimos del presupuesto de que la comunicación es siempre un encuentro entre personas, un salir de sí para encontrar al otro, de forma que uno se experimente compartiendo su vida con la del otro. Como bien dice Víktor Frankl “la puerta que da entrada a la felicidad se abre siempre tirando de ella hacia fuera”, porque la comunicación de cada uno enriquece la comunicación del otro, lo que conduce de alguna manera a la felicidad mutua.

Mis palabras son un regalo

Pero para esto hay que estar disponibles para acoger y permitir que las palabras del otro penetren en nosotros, es preciso atender a ellas, acogerlas, quererlas como propias. Así vemos como en la comunicación hay mucha más riqueza de la que objetivamente parece, a veces hablamos por hablar, pero nuestras palabras tienen un significado, algo que me pertenece, mi intimidad, que no es sólo para mi sino para compartir, pues el lenguaje no cobra sentido sino es para los demás. Porque con cada palabra pronunciada se da algo de uno mismo: una preocupación, una alegría, una tristeza, ilusiones, recuerdos, etc. Mis palabras son en definitiva el mejor regalo para los demás.

En la actualidad vemos que la necesidad de diálogo es una de las cosas que más se habla. Tenemos necesidad de explicarnos, de que alguien nos comprenda, necesidad de ser comprendidos o incluso sentirnos comprendidos. Y es que uno de los fracasos más comunes de algunos matrimonios de hoy es la progresiva incomunicación: dos se casan, se aíslan de sus antiguos amigos y compañeros, se hacen voluntariamente estériles, se desentienden de sus mayores y se encierran en sí mismos, etc. Vemos bastantes matrimonios en que la comunicación primero se da por supuesta. Se suprime el coloquio personal y se silencian o eluden los problemas. Los espacios vacíos los llena entonces la televisión, el periódico, internet, el teléfono, etc. Esto es lo que llamó Kierkegaard “soledad de dos en compañía”.

A veces los problemas de comunicación radican en las mismas diferencias que se encuentran entre hombres y mujeres: los hombres esperan que las mujeres piensen, se comuniquen y reaccionen como ellos, y las mujeres esperan que los hombres sientan, se comuniquen y respondan en la forma en que lo hacen ellas. Pero el amor no es mágico, las buenas intenciones no son suficientes. Tenemos que crecer en el amor, día a día, conociendo nuestras diferencias y trabajando en ellas.

Consejos concretos

Y para esto conviene seguir unas pautas para una buena comunicación en la pareja:

– Ante todo la escucha activa, porque no es lo mismo oír que escuchar, porque escuchar es poner atención, mostrar interés colocarse en el lugar del cónyuge para mejor comprenderle, adoptar en todo momento una actitud positiva, tener paciencia y no interrumpir.

– Intercambiar formas de comunicación más claras y directas para expresar opiniones, pensamientos, sentimientos y deseos de manera que hablen de uno mismo, obviando las acusaciones o referencias al otro.

– Que cada miembro de la pareja exponga sus ideas. El cónyuge debe pensar en lo que el otro dijo, no en lo que el mismo quiso decir.

– Aclarar el mensaje recibido antes de responder.

– No dar consejos no solicitados para solucionar un conflicto, sin ayudar al otro a encontrar su verdad.

– Evitar generalizaciones. Términos absolutos de todo o nada, siempre o nunca sofocan la comunicación respondiendo a un estado anímico de enfado.

– Compartir temas de conversación. Hablar de cuáles son las metas ayuda a redefinirlas y evaluarlas. Qué hace feliz en la pareja y en qué se puede cambiar para llevarla acabo. Escuchar los miedos del otro, sin burlarse, reírse o minimizarlos.

– Cuidar los aspectos no verbales de la comunicación. Como diría Watlawick, uno de los principales teóricos de la comunicación, es imposible no comunicarse, en este sentido los gestos, el tono de voz, son esenciales y hay que cuidarlos.

– Reservar momentos para dedicarse el uno al otro. Es necesario que la pareja busque y reserve determinados mo-mentos, en los que puedan dedicarse el uno al otro sin interrupciones. Estos ratos pueden ser breves o más largos. Es importante su frecuencia.

Como vemos la comunicación es de vital importancia en las relaciones de pareja, es un instrumento fundamental para la convivencia, el ajuste social, personal y de resolución de conflictos. Así mismo, las investigaciones indican que hay una correlación positiva entre comunicación y satisfacción conyugal, ya que constituye un medio excelente que tienen los esposos a su alcance para lograr hacer de sus dos vidas una sola; para conseguir una sintonía sin sombras ni secretos que les permita mirar juntos, hacia el futuro sobre la base de un pasado y un presente compartidos.

María del Carmen González Rivas
Psicóloga
mcarmengr@cop.es