Sexualidad y vocación esponsal de la persona

La sexualidad es una cualidad esencial de la persona humana. La sexualidad modula el ser de la persona humana en sus tres constitutivos principales: corpóreo, psíquico y espiritual, según la dualidad varón-mujer. Esta modalidad capacita a la persona humana para realizar la vocación personal de una manera específica. La sexualidad es ante todo una dotación humana que posee cada persona y la cualifica para ser amada y amar a los demás. La sexualidad es una riqueza humana que posee para ser ofrecida, entregada y al mismo tiempo para ser recibida por el otro como un valor personal. La sexualidad engloba un conjunto de valores humanos destinados a la comunicación y a la entrega mutua que se hace fecunda en ese ámbito de comunión profunda propio del matrimonio.

Las cualidades humanas propias de la masculinidad y la feminidad constituyen además una capacitación específica para el desempeño de determinadas tareas en los diversos ámbitos del tejido social: profesional, cultural, etc. La mujer posee ordinariamente, en virtud de su feminidad, un conjunto de cualidades –elegancia, tacto humano, delicadeza, sensibilidad estética, etc.– que la capacitan de manera superior al varón en el desempeño de determinadas tareas en el ámbito de las relaciones sociales; por poner un ejemplo, en la atención de enfermos, clientes, pasajeros…

Vamos a ceñirnos en los aspectos más básicos de la sexualidad, en referencia a las relaciones de amistad, matrimonio y familia. Desde la pubertad se despierta en las personas el impulso sexual hacia las personas del otro sexo. Se despierta la atracción emocional y pasional; se descubre en las personas del otro sexo virtualidades atrayentes, complementarias. El hombre admira a la mujer y viceversa. Se desea la compañía del otro, la comunicación, el afecto, la ternura… Poco a poco nace el enamoramiento. El enamoramiento significa el descubrimiento de una dimensión fundamental de la vida. La compañía del otro otorga a la vida un valor y significado preponderante.

Al estudiar la naturaleza del matrimonio hemos considerado las bases conceptuales precisas para afrontar ahora el estudio del sentido moral de la sexualidad. El matrimonio y la familia constituyen el ámbito propio para que las capacidades sexuales se desarrollen en orden a la realización integral, armónica y moral de la persona. La sexualidad, como hemos visto, incluye fenómenos somáticos y psíquicos que no son voluntarios sino autónomos, automáticos. Por lo general, cada persona aprende a percibir cada vez mejor la naturaleza de los sentimientos, emociones, pasiones y deseos de tipo sexual que se despiertan en determinadas circunstancias y el tipo de conducta que le impulsan a realizar. Cada persona puede aprender asimismo a ejercer un cierto dominio sobre esos impulsos: incitarlos, fomentarlos, mitigarlos, evadirlos, etc., a fin de comportarse de la manera que le parece más apropiada. Cada persona sabe que debe educar su comportamiento sexual y configurar su conducta de manera autónoma, según un criterio personal, voluntariamente elegido.

La sexualidad constituye un patrimonio humano destinado al amor. El modo de orientar esa dotación en la vida práctica puede contribuir a su desarrollo o a su degradación. La sexualidad se desarrolla correctamente cuando la persona orienta esas capacidades hacia el verdadero amor. Se degrada cuando la capacidad de amar se pervierte por el egoísmo del sujeto que busca solo una satisfacción sensible. Toda acción humana que afecta de alguna manera a la dimensión sexual de la persona es laudable desde el punto de vista ético si contribuye a la realización personal de cada hombre y es detestable si la dificulta o impide.

El juicio ético sobre un acto de tipo sexual ha de tener en cuenta la vocación personal del sujeto agente. La Antropología personalista pone de manifiesto que la persona se realiza en el ejercicio de su vocación al amor esponsal, ordinariamente en el matrimonio. Orientar toda la capacidad personal de amar hacia la realización del cónyuge como persona, como esposo, requiere una esmerada educación de las pasiones, sentimientos, afectos, sentidos, imaginación, mente, inteligencia y voluntad… a fin de dirigir estas capacidades –todo el ser de la persona– día tras día, hacia el fortalecimiento y consistencia de la vida matrimonial; de una vida matrimonial que mira a la plenitud humana del cónyuge y les capacita al mismo tiempo para ser engendradores y educadores de nuevas criaturas: para ser buenos padres de familia si los condicionamientos físicos lo permiten.

La Antropología de raigambre judeo-cristiana corrobora esta tesis al afirmar que el hombre está llamado a la fecundidad; a colaborar en el proyecto creador de Dios por medio de la capacidad procreadora, e intervenir en el desarrollo de la familia humana de acuerdo al mandato: “creced y multiplicaos”. La dualidad sexual de la persona humana está orientada a este fin. El matrimonio y la familia constituye el baluarte fundamental para llevar a cabo el proyecto divino de la creación humana.

La sexualidad humana juega un papel muy relevante en las relaciones humanas más íntimas y profundas requeridas para verificar la donación y fecundidad inherentes a la realización de la vocación esponsal de la persona. El modo de orientar la sexualidad tiene una repercusión considerable en la configuración ética de una persona. El juicio ético sobre la sexualidad debe atender al modo en que ésta se orienta hacia el matrimonio y la familia.

La persona que orienta la sexualidad con una tendencia prioritaria hacia búsqueda de experiencias placenteras contradice el verdadero sentido antropológico de la sexualidad: tiende a degradar la consideración del otro según la capacidad que tiene de proporcionar sentimientos de placer, se instrumentaliza la relación personal; se tiende a rebajar al otro a objeto de placer, se empobrece progresivamente la relación humana, se deteriora la capacidad de entrega y sacrificio por el verdadero bien del otro.

Si no se modera y se somete la tendencia al placer hacia el bien integral de la persona se deteriora la capacidad de adquirir compromisos estables de amor incondicionado y fecundo, se incapacita para amar a la persona como valor absoluto, para la constitución de una verdadera familia, de un verdadero matrimonio; se pierde por ello la capacidad de vivir una existencia verdaderamente personal y realizar la propia vocación personal.

La sexualidad tiene una implicación importante en la realización personal de cada hombre. La sexualidad humana no puede cabalgar por unos derroteros diferentes al de la vocación y realización de la persona en el amor-donación salvaguardado en el matrimonio, en el compromiso estable, indisoluble e incondicionado y fecundo del matrimonio. El motivo es que la sexualidad humana constituye un todo único con la persona, y está destinada desde sus aspectos somáticos, psíquicos y espirituales a la constitución de ese proyecto de comunión de vida y amor que denominamos matrimonio y familia.

Cabe distinguir una doble actitud moral ante los impulsos de la sexualidad:

—Someter el ejercicio de las capacidades sexuales hacia los requerimientos de la vocación esponsal de la persona.

—Destinar la capacidad y ejercicio de la sexualidad hacia la búsqueda de placer sexual al margen de los requerimientos de la vocación esponsal.