El divorcio y su efecto social

Si quisiéramos resumir la antítesis profunda entre el divorcio y el bienestar colectivo diríamos que el divorcio es hijo del egoísmo y el egoísmo es la negación de la vida social.
Desde el punto de vista social, el divorcio es un retroceso. “La evolución social camina claramente de la unión polígama a la unión monógama. Progreso, pues, es todo lo que hace más efectivo, más estrecho y más estable la unión monógama. El divorcio es un regreso disimulado a la poligamia, una reacción de los instintos polígamos” (Fogazzaro).
“El divorcio tiende a degradar el matrimonio, aproximándolo del concubinato”. (Proudhon).
La indisolubilidad no puede admitir excepciones. El divorcio disuelve los hogares mal construidos, pero también va a herir toda la institución de la familia. El divorcio es como una operación que no limita su intervención a los órganos enfermos, lleva la enfermedad a los órganos sanos. La simple previsión del divorcio tiende a esterilizar los hogares, disminuye la fuerza de resistencia de los cónyuges a las dificultades de la vida, no educa las pasiones ni purifica el amor, estimula la anarquía del instinto sexual.
Antes de entrar en su actividad separadora, la simple posibilidad del divorcio comienza a disgregar lo que se encontraba unido. La idea del divorcio crea la materia divorciable. No son sólo las piedras desarticuladas de un hogar en ruinas que ella separa, es todo el edificio de la sociedad doméstica que desestabiliza con la amplitud de un terremoto. En una palabra, para la existencia y el funcionamiento regular de la familia, la idea de la indisolubilidad es de una eficacia insustituible y el divorcio destruye esta idea. “Plantada al iniciar las nupcias o en el seno de la familia, la idea del divorcio es un veneno perenne para el matrimonio, una sospecha continua para los cónyuges, una amenaza para los hijos” (Pisanelli).
Por un deber de justicia y de caridad. Entre el mal de muchos y el mal de pocos, entre la felicidad de la familia y la felicidad de una u otra familia, la ley no puede dudar. Su razón de ser es tutelar y promover el bien general.
Toda ley, mirando el bien general, impone necesariamente privaciones particulares. No es posible abrir una excepción a la ley de la indisolubilidad porque el principio de la excepción arruinará el bien general que la ley debe defender.
Suprimir el dolor es un programa imposible. Ninguna ley evitará las infelicidades conyugales mientras existan imperfecciones humanas. El divorcio tiende a multiplicarlas; la indisolubilidad a restringirlas. Entre los dos males, el menor.
Una vez introducido el divorcio, ya no será posible limitarlo a los casos excepcionales a su acción disolvente. Existe una imposibilidad teórica y una imposibilidad práctica.
En el caso de la indisolubilidad, la ley de la familia está basada en un fundamento objetivo: la finalidad natural de la unión entre los cónyuges. Es de toda evidencia que la diversidad de los sexos tiene por función la continuidad de la especie. Sin la diferencia de sexos el casamiento no existiría. Su fin principal, es por lo tanto, la prole. Y las leyes de una institución derivan necesariamente de su finalidad. Ahora, trasmitir la vida humana y asegurar lo que es necesario a la preservación y desarrollo de este don, exige la colaboración solidaria, la unión indisoluble de los padres por toda la existencia. En su naturaleza trae, pues, el casamiento escrita la ley que lo debe regir.
El principio del divorcio invierte la jerarquía esencial de los fines. La razón de ser del matrimonio ya no es la prole sino la felicidad individual de los cónyuges. ¿Dónde encontrar entonces un terreno firme para limitar coherentemente el divorcio? Si su razón de ser es asegurar la felicidad de los cónyuges, de la propia felicidad sólo es juez competente el propio interesado. Y como el derecho a la felicidad no es menos inviolable en uno de los consortes que en el otro, es necesario facultar el divorcio no sólo cuando hay consentimiento mutuo de los esposos, sino por la voluntad de uno de ellos. Así, es dada completa libertad a los individuos de contraer y disolver los casamientos al propio arbitrio.
Lógicamente el divorcio es una fase necesariamente transitoria entre el matrimonio indisoluble y la unión libre, es decir, entre la familia y su destrucción radical. La unión libre es la animalidad, es la negación de toda responsabilidad. De ahí la variedad interminable de las legislaciones divorcistas.
No hay pues un criterio racional y coherente para trazar teóricamente los límites a la excepción divorcista. Menos aún una barrera eficaz para impedir, en la práctica, su crecer progresivo. De hecho, donde hay ley de divorcio, cada cual se divorcia cuando quiere, lo que constituye en la práctica la introducción del amor libre.
16 Oct 2009
por Acción Familia
Tema: Divorcio