Todos somo un poco niños

Aprender a divertirse

Antonio Vázquez

Una lectora me pide que hable sobre el modo de divertirse a cualquier edad, pues asegura haberme leído que el aburrimiento es una de las tumbas del matrimonio.

Por alusiones, tengo que matizar la frase que se me atribuye y de la que reafirmo la paternidad. ¡Guerra al aburrimiento en cualquier aspecto del matrimonio! ¿Dónde está el matiz? En que el aburrimiento lo llevamos puesto: no está fuera. Lo llevamos a cuestas con nuestro modo de ver la vida. Conozco personas que no se aburren jamás aunque les coloques en medio del Sahara. Todos los que tenemos hijos mayores conservamos la experiencia de cómo a alguno de ellos, al volver a casa, siempre le ha ocurrido algo digno de contarse, mientras a otro jamás le sucede nada. ¿Qué ha pasado?

Que para el primero cualquier acontecimiento vulgar tiene sentido y se siente interpelado por él, mientras al segundo tienen que sobrevenirle hechos extraordinarios que tendrían que ocupar la primera página de cualquier periódico. Llegamos así a una consecuencia que merece ser anotada, aunque parezca chocante: nos aburrimos porque queremos. Porque tenemos que educar nuestra sensibilidad de tal forma que la vida nos diga algo.

Hay una novela de Miguel Delibes, escrita cuando salió del duró latigazo recibido al morir su mujer, Ángeles, a los cuarenta y ocho años. Es una narración autobiográfica que es una delicia, “Mujer de rojo sobre fondo gris”. Allí se describe lo que es un amor humano bien trabado. En uno de sus pasajes se detiene en un momento, al parecer insulso, después de la comida.

Por los cerros de Úbeda

“ Las más de las veces callábamos. Nos bastaba mirarnos y sabernos. Nada importan los silencios, el tedio de las primeras horas de la tarde. Estábamos juntos y era suficiente. Cuando ella se fue todavía lo vi más claro: aquellas sobremesas sin palabras, aquellas miradas sin proyecto, sin esperar grandes cosas de la vida eran sencillamente la felicidad” ¿Se ve ahora que el aburrimiento es un problema de finura de espíritu?

Mi amable comunicante puede decir que me he ido por los cerros de Úbeda. Y tiene razón pues Úbeda es muy bonito y los cerros que la circundan aún más. Bromas aparte, tenemos que profundizar un poco en el “por qué“ de las cosas, pues de lo contrario nos quedamos en el puro síntoma, que nos llevará a tomarnos una aspirina que sólo nos servirá para las tres horas siguientes en que tenemos que volver en busca de otra, hasta desgarrarnos el estómago.

Efectivamente es distinto el modo de encontrar diversión a unas edades que a otras pero, como dice Chesterton, el niño que sabe inventarse distintas figuras en las llamas de una hoguera, no tendrá que hartarse de ver televisión. Pobrecito.

Ya sé que mi interlocutora me habla de la tan traída y llevada rutina, pero la rutina es andar por un camino trillado y en el amor cada día se recorre un nuevo panorama aunque sea por la misma senda. Lo que no se puede pretender es que esa ruta sea Disneylandia donde vamos a buscar cada vez mayores emociones.

¡Aprovecha cualquier ocasión!

Dicho todo esto, ¡aprovecha cualquier ocasión para sorprender al cónyuge! Hay que subirse en la oportunidad de un viaje profesional, aunque uno de ellos tenga que pasar todo el día deambulando por la ciudad esperando que lleguen las nueve de la noche, en que se ha terminado la última gestión, para irse a cenar juntos.

Conozco a alguna mujer, a la que he dado más de una broma, que si su marido tenía que ir a un entierro, con distancia de cien kilómetros por medio, se iba con él porque le compensaba las dos horas de conversación en el viaje. Sorprender al otro pidiéndole que le lleve a un restaurante exótico. O comprar unas aceitunas que tanto le gustan y subirlas a casa para tomarse una cerveza juntos. Se trata de poner algo de sal y pimienta a la vida, pero ¡ojo! Con sal y pimienta no hay quien se alimente.

Te copio unas palabras de C.S. Lewis que lo explica mejor que yo: Pero si decidís hacer de las emociones fuertes vuestra dieta habitual e intentáis prolongarlas artificialmente, se volverán cada vez más débiles y cada vez menos frecuentes, y seréis viejos aburridos y desilusionados, durante el resto de vuestra vida. Precisamente porque hay tan poca gente que comprenda esto, encontramos muchos hombres y mujeres de mediana edad lamentándose de su juventud perdida a la edad misma en que los horizontes deberían aparecérseles y nuevas puertas deberían abrirse a su alrededor.

Quizá amable lectora tu me pedías algunas formulas para divertirte mucho y tengo que defraudarte al no darte ninguna. Intento señalarte dondeestá la manantial para que encuentres todo el agua que buscas, con la única condición de profundizar un poco, o un mucho, en tu amor. Yo sé que por la calle también hay charcos para chapotear, pero esos están sucios y pronto se secan.

Permíteme que, sin alusión al caso que planteas, coja el rábano por las hojas y me refiera a un tema del que ya me duelen los oídos de escuchar.Se trata del aburrimiento de las relaciones intimas conyugales después de veinte años de matrimonio. Ante todo hay que puntualizar que eso no es una diversión, ni es un circo donde se trata de lograr el más difícil todavía.

Es una unión maravillosa y enormemente placentera que los años nohacen otra cosa que mejorar en todas sus dimensiones. Cuando esto no ocurre, está por el medio el egoísmo, la torpeza y siempre la falta de finura de espíritu. Un ser con cuerpo y alma, que se compromete en una entrega, sólo encuentra los límites cuando se reduce a la animalidad y corta las alas de su espíritu.

Algunas veces pienso que mis lectoras me calificarán por una parte de visionario, a la vez que de poco concreto. A lo mejor los defraudo si les digo que es exactamente lo que busco. Pretendo describir un matrimonio que funcione. Los hay, los conozco, de mi edad y con veintitantos años. Y mejores…¡tanto que no soy capaz de recogerlo en letras de molde! Ya sé que me objetarán que no es frecuente por estos pagos, pero además de haberlos en mayor medida de lo que se piensa, escribo precisamente para que se multipliquen.

Tengo poca vocación de médico y no aspiro a mirar el mundo por el agujero de la patología. Muy seguro estoy que existen y que a medida que pasan los años nuestro historial clínico puede ser largo, pero lo importante es superar las expectativas de vida. Con menos no me conformo. En cuanto a lo de concretar: no me va. Me interesan poco los “como” y me interesan sobre todo los “que”, pero de eso hablaré otro día.

Colaboración Hacer Familia

Abril 2003

EL PRECIO DE LA NOCHE

Fuente: arvo.net

Por Javier Láinez

No son pocos los jóvenes que opinan que la libertad es un bien tan grande que nada merece la pena si hay que sacrificarla. Libertad sin fin y sin límites. Y al que le pique, que se rasque. Sin embargo, cuando hemos elegido, nos hacemos responsables de la felicidad o infelicidad que provoca mi elección.

Lamentos tardíos.

Laura me contaba que, cuando sale los sábados por la noche, siempre tiene en cuenta que no puede gastar todo el dinero que lleve. Ha de reservar lo suficiente para el taxi que la devuelva a casa, pues vive en una zona residencial y le da miedo volver en autobús y andar sola por la calle a esas horas. «Pero, le pregunté, ¿no te acompaña Borja a casa?» Borja es el chico con el que Laura está saliendo, van a la misma clase y viven en la misma urbanización. «No, yo tengo que volver a la una como tarde y a él le dejan hasta las dos», fue su natural respuesta.

A uno ya no le sorprende nada, pero no deja de ser sorprendente que a Laura y a Borja no les sorprenda esta incoherencia. Quizá algunos sigamos pensando con esquemas medievales, pero más allá de la cortesía, parece lógico esperar que Borja sacrifique una hora de diversión para acompañar a casa a su novia y ahorrarle la congoja de tener que pedirle al taxista que espere a que ella haya abierto la puerta de su casa para marcharse. Todos los años nos enteramos de los más espantosos crímenes cometidos a chicas que regresaban solas a casa. A veces fueron sólo unos centenares de metros de caminar solitario, y después el novio o quien sea se lamenta de no haber tenido los reflejos suficientes para acompañar a la muchacha. ¡Ah, los lamentos tardíos! No pretendo extenderme sobre el miedo a los psicópatas, sino más bien –en un tono de mayor normalidad- al sacrificio que hace falta para dar paz a otra persona.

Torturado por la dictadura.

El prof. Lorda pone en uno de sus libros un ejemplo clarividente. Un día nos encontramos por la calle a un amigo al que conocimos en el extranjero. Sabemos que su país ha sufrido recientemente duras convulsiones políticas. Mientras tomamos café en un bar, nos cuenta su tragedia. Ha sido perseguido y torturado por sus ideas políticas. Perdió su trabajo y su familia saltó por los aires. No quería renunciar a sus ideales y su vida se convirtió en una pesadilla sin salida. Al escuchar su relato, nos embarga una ola de simpatía y de compasión. Es humano solidarizarse con quien ha sido tan duramente castigado. Pero, cuando nos hacemos cargo de la situación, no deja de asombrarnos una cosa. «Y, ¿cómo has podido salir de allí?», preguntamos a bocajarro. Nuestro amigo baja la vista. «Ya no podía resistir más. Había llegado a mi límite». Y nos cuenta, entre lágrimas, que para que la policía le dejara en paz no tuvo más remedio que delatar a sus compañeros. Toda nuestra simpatía se viene al suelo.

¿Se puede obligar a alguien a ser un héroe? Realmente, no. No parece que exista una obligación absoluta de sacrificarse hasta más allá de un límite. Pero, por dentro, algo nos lleva a clamar por una actitud más generosa. Parece que no es de recibo construir mi felicidad o mi liberación sobre el sufrimiento de otros. Tal vez no sabríamos explicarlo con palabras, pero pensamos que el ser humano reclama este tipo de heroismos. Mientras tecleo estas líneas, estoy escuchando una canción de Luz Casal que repite incansable un estribillo: «Quiéreme aunque te duela».

Movidas y dolores.

Una gran cantidad de adolescentes mantiene ásperas discusiones con sus padres a cuenta de las horas de regreso a casa los fines de semana. La mejor definición de esta edad agitada e insegura se la oí a un tiarrón de 16 años:«La adolescencia es la época de la vida en que los padres se vuelven insoportables». Desde su punto de vista, los padres no eran más que unos maniáticos fascistoides que no hacían otra cosa que poner pegas y trabas a la libertad de los jóvenes. Los padres no entienden, no quieren entender, que los modos de divertirse hoy día no son ni pueden ser los de sus abuelos y punto. Todo les da miedo: la discoteca, los amigos, la litrona, los porretes, o el jugueteo sexual a cuenta de los preservativos. Imaginan una selva siniestra más allá de las puertas de su casa y querrían tener a sus polluelos bajo sus alas hasta el día de la boda. Por su parte, parece que los chicos no entienden ni quieren entender que a sus padres todo les parezca horripilante, que la noche les preocupe y que no acepten que es normal salir de casa a las doce o la una, después de haber dormido toda la tarde, para pasearse por las calles hasta bien entrada la mañana siguiente.

Puede que entre todos hayamos de ceder y que la cosa no tenga remedio. Pero vale la pena detenerse en un punto que tiene que ver alguna de las cosas dichas anteriormente. Me refiero a la felicidad que se busca sin traer a consideración el sufrimiento que provoca. Rubén es un buen chico, estudioso y normal en muchos aspectos. Pero la noche de los viernes es sagrada para él y tras muchas peleas ha conseguido que nadie le dé la brasa cuando sale. Su padre pone gesto de enfado, pero ya no le sermonea. Claramente ha tirado la toalla. Mamá, en cambio, sigue intentándolo por la vía de la ternura. Pone carita de cordero degollado cuando le ve salir y le suplica a veces que vuelva pronto. Pero Rubén es duro y pasa de ella. «Nunca lo entenderá», piensa. Lo curioso es que Rubén sabe que su madre le esperará despierta hasta que vuelva. Notará las ojeras y el rastro de las lágrimas a la mañana siguiente. Pero no se dejará conmover, porque sería el hazmerreír de todos si deja a la peña colgada para que su mamá no llore y pueda dormir.

Bailar con la más fea.

Aquí viene a cuento preguntarse si uno tiene derecho a hacer lo que le viene en gana sin que le importe lo más mínimo que otros padezcan por las decisiones que uno toma. Cuando mi diversión es tan cara para otros, ¿no podría siquiera remorderme la conciencia? Hace unos días, hablaba con Jorge, un chaval de 15 años. Habían cruzado una apuesta entre varios chicos para ver si él era capaz de “enrollarse” con Mireya, una chica bastante fea pero “fácil” según el catálogo de la pandilla. Jorge sintió cuestionada su hombría y se lanzó a seducirla. No hizo falta insistir mucho. A los pocos minutos Mireya era suya, si no en alma, sí en cuerpo al menos. Lo que rompió a Jorge fue que al día siguiente toda la panda fuera al Instituto de Mireya a llamarla fea y a contarle que lo de Jorge había sido una apuesta. La broma provocó que a la chiquilla se le saltaran las lágrimas, lo que hizo que las burlas de los chicos arreciaran.

Para no se sabe muy bien quién, sacar a bailar a la más fea puede ser un acto de caballerosidad. Los mismos y las mismas que te dicen que entre sus películas preferidas están “Cyrano de Bergerac” o “El primer Caballero”, esto es, historias románticas en las que se apuesta por el amor profundo más allá de la belleza física, participan de estas bromas crueles sin que parezca importarles el sufrimiento que causan. Hay una punta de cinismo en la frivolidad, a veces verdaderamente ingeniosa, con la que nos estamos acostumbrando a tratar temas serios. El verano pasado participé en un vídeo-forum con una treintena de quinceañeros. Se trataba de una magnífica conferencia de una socióloga norteamericana sobre la sexualidad de los jóvenes. El moderador dijo el título del vídeo: «El sexo tiene un precio» y el chico que tenía delante le susurró a su compañero: «Cinco mil».

Una buena historia de amor.

La Biblia cuenta algunas historias de amor verdaderamente maravillosas. Una de ellas es la larga relación de Jacob, hijo de Isaac, con Raquel, hija de Labán. Se puede leer en el capítulo 29 del Génesis. Se enamoraron en un oasis del desierto y lo suyo fue un verdadero flechazo. Con sólo verse supieron que eran el uno para el otro. Parece el argumento de una película romántica. Pero las costumbres de la época eran otras y, Labán, el padre de la chica al conocer las pretensiones del muchacho, decidió hacérselo sudar. Le pidió nada menos que trabajase siete años gratis para él y luego le daría la mano de su hija. Jacob trabajó de balde los siete años, porque su amada los merecía. Un guionista de Hollywood llenaría la película de miradas lejanas del uno al otro en rápidas secuencias, junto al arroyo, cuando Jacob acarrea leña o ara y ella pasa cerca con un cesto de fruta sobre la cabeza. Pasado el tiempo, Labán engaña a Jacob. No le dará la mano de Raquel. Por los siete años transcurridos tiene derecho a llevarse a Lía, su hermana mayor. Sería un desaire casar a la pequeña y dejar a su hija mayor a vestir santos. Lía era tierna de ojos, pero Raquel era esbelta y hermosa, y a quien Jacob quería era a Raquel. «Pues por ella tendrás que trabajar otros siete años por la cara», le vino a decir su simpático suegro. La Biblia cuenta que Jacob aceptó el trato y que era tal su amor por Raquel que los siete años “le parecieron días, por el amor que la tenía”. Esto es, en otra versión, lo que venía a pedir Luz Casal con su «quiéreme aunque te duela». La historia acaba bien, pues Raquel dará a Jacob sus dos hijos más queridos, José y Benjamín.

Lecciones de generosidad.

Cuando se quiere algo, y más cuando se quiere a alguien, se puede y se debe exigir ese grado de heroísmo que supone sacrificarse por lo que se ama. Hay casos en los que se ha de conseguir lo que se desea aunque a otros les duela, porque merece la pena. Si unos padres se oponen cerrilmente a que su hija salga con menganito, por razones inconsistentes, la chica está en su derecho a sacar adelante el noviazgo aunque esto les haga sufrir. Pero, ¿es lícito aplicar esta regla a todas las situaciones? Si las razones por las que se oponen no son estúpidas sino que afectan a todo su sistema de valores, porque por ejemplo el tal menganito es casado o está divorciado, ¿qué? Construir mi felicidad sin pararme a pensar si eso deshace la felicidad de otros es muy duro y lo menos que se puede pedir es que se piense muy bien y muy despacio.

Siguiendo esta regla, cabe aconsejar a Borja que se fastidie y acompañe a su novia a casa, aunque esto le haga perder una hora de movida; a Rubén que vuelva pronto algunos días para que su madre respire tranquila, porque su vidilla nocturna bien puede pagar el peaje de una noche de parchís con mamá y los pequeños, en lugar de volar libre con la peña por las calles… Y a Jorge, que de modo tan impetuoso entró en la vida y en las carnes de Mireya, cabe pedirle que se deje llevar por su buen «instinto» y soporte la presión de su panda porque su machada está haciendo sufrir a otra persona. Son, antes que lecciones de modales y de caballerosidad, lecciones de generosidad.

El fastidioso 0,7 Hace algunos años, toda España se maravilló de la respuesta generosa de miles de jóvenes a la convocatoria de manifestarse para presionar al Gobierno con el fin de que destinase el 0,7% del PIB a la ayuda a países en desarrollo. Nadie duda que, demagogias aparte, el mundo juvenil es generoso por naturaleza. Pero algo suena a cáscara rota en este asunto cuando hacemos compatible esa generosidad sin límites con los que están lejos con el hecho de ser incapaces de aplicarnos el cuento en los entornos más cercanos: familia, novia, amigos… Si se puede exigir ser un héroe para ayudar a los afectados por el huracán Mitch, también cabe esperar ese mismo heroísmo para soportar al abuelo que está perdidito de Alzehimer o para sonreír a la pesada de Piluca que no se resigna a que yo salga con Almudena o para prestarle los apuntes al tontaina de Julián, con quien se meten todos los de clase. Heroísmo que nace de saber quiénes somos y quiénes son los demás, en qué consiste la felicidad que puede hallarse en este mundo y cómo es imprescindible darse a los demás si uno quiere ser realmente feliz. «Sólo el que quiere servir sabe lo que es la libertad» le dice el Rey Arturo (Sean Connery) a Lanzarote (Richard Gere) en la película “El primer Caballero”.

Conviene que nos apliquemos a aprender y a enseñar a servir, que en el fondo no es otra cosa que diseñar libremente mi existencia con un sentido nuevo: aquel en el que los que nos rodean adquieren papeles protagonistas y no sólo de figurantes en la película de mi vida. Mi libertad, su libertad, la armonía de los muchos “nuestros” que se entrelazan en las vidas de todos. Por tanto, ante cualesquiera situaciones –pero de manera particular, las más trascendentales- tengo el deber de preguntarme si mi actitud contribuirá a hacer mejor el mundo y no sólo si me proporcionan a mí solito una cierta ventaja. Si sospecho que mi elección va a causar daño o pena a algún otro, he de medir seriamente si merece la pena. «Este, como dice nuestra amiga Luz en su canción Jazmín, es el precio para ser feliz. Sigue siendo así, libertad sin fin».

Valores: Diversión sana y esfuerzo

 

Siguiendo lo prometido en su día, hoy vamos a tratar dos valores que están de plena actualidad: La diversión sana y el esfuerzo.

Desde hace muchos años se vienen haciendo estudios sobre la diversión y el tiempo libre. La llamada “civilización del ocio” es un exponente claro de la importancia que actualmente se le da a la diversión y el esparcimiento. Al ocio los griegos lo llamaron “sjolé,” que en latín pasó a schola, escuela. Parece ser que cada civilización produce su propia forma de tiempo libre. En la actualidad, el tiempo libre es aquel del que podemos disponer al margen de nuestras ocupaciones.

Hoy en día la diversión y el tiempo libre juegan un papel importante en nuestras vidas. Dime como te diviertes y te diré quién eres. Necesitamos desconectar de los problemas y tensiones diarias, salir de las cuatro paredes y respirar aire libre, andar, correr… Todos necesitamos sentirnos libres y disponer de nosotros mismos como nos plazca. Cada uno de nosotros tenemos nuestra propia percepción de cuales son las necesidades que queremos satisfacer si no queremos perder nuestro equilibrio psicológico.

El tiempo libre nos permite poder reflexionar sobre nosotros. Lo importante es que el tiempo libre sea realmente compensador. El que es demasiado dinámico en su vida profesional es probable que utilice su tiempo libre realizando un sin fin de tareas. En el polo opuesto está aquel que dedica todo el tiempo libre a la distracción, no teniendo ni un solo momento para el encuentro consigo mismo. Decía Fray Francisco de Alvarado que la diversión, como la medicina, debe ser poca y a tiempo. Sea como fuere, aunque nuestro trabajo diario sea para nosotros muy grato, esa diversión en el trabajo debería alternarse con el descanso y el cambio a otras actividades que enriquezcan nuestra personalidad.

Diversión no es pasividad

Diversión no significa permanecer pasivos. Es necesario saber qué hacer cuando no se tiene nada que hacer .El hombre de hoy día vive su actividad laboral de manera estresante, por eso se siente empujado a buscar la afirmación de su personalidad en el ocio y la diversión. Cada vez son más numerosos los jóvenes y adolescentes que regresan a sus casas a altas horas de la noche y todos nos lamentamos de los estragos que están causando el alcohol y las drogas. Todo ello unido al consumismo que nos desborda y que se está convirtiendo en la existencia de millones de personas. Nos solemos quejar de la falta de motivación y esfuerzo de nuestros jóvenes pero ¿cómo van a estar motivados si obtienen todo lo que piden al momento y sin la menor dificultad?

Ocio, el mejor negocio

Hacer del ocio el mejor negocio podemos conseguirlo siguiendo algunas pautas. En primer lugar haciendo de nuestro trabajo una actividad creativa. Haciendo que la diversión sea la alegría que nos anima a vivir y cultivando el amor a los demás como algo esencial para nuestra propia realización. Nadie puede estar verdaderamente satisfecho si no tiene una ocupación que le haga sentirse útil y provechoso. La madre Teresa de Calcuta nos lo dejó bien claro cuando nos dijo: “La vida es una oportunidad, aprovéchala; belleza, admírala; beatitud, saboréala; un sueño, hazlo realidad; un reto, afróntalo; un juego, juégalo; preciosa, cuídala; riqueza, consérvala; amor, gózala; un misterio, desvélalo; tristeza, supérala; una tragedia, doméñala; felicidad, merécela; LA VIDA ES LA VIDA, defiéndela”.

Hablemos ahora del ESFUERZO. En no pocas ocasiones las decisiones que tomamos no son la consecuencia de un acto de reflexión verdaderamente consciente. Tomamos decisiones movidos por impulsos, sentimientos de frustración, de compensación de carencias… El diccionario de la Lengua Española define el esfuerzo como “empleo energético de vigor o actividad del ánimo, para conseguir una cosa venciendo dificultades, ánimo, vigor, brío. Empleo de elementos costosos en la consecución de algún fin “. En el lenguaje coloquial empleamos el término “voluntad” como sinónimo de “esfuerzo”. A quien es capaz de hacer un gran esfuerzo se le considera como que tiene mucha voluntad.. Sin embargo eso sólo es verdad a medias, ya que el esfuerzo sólo es necesario al principio, mientras se forma la verdadera voluntad. Cuando ya se ha formado la voluntad, realizar acciones que antes nos resultaban costosas se convierten en algo fácil y a veces hasta apetitoso. De ahí la importancia que en todos los terrenos y especialmente en el educativo tenga la formación de la voluntad desde tempranas edades. Nuestra voluntad es poderosa gracias a los hábitos, por los cuales ejecutamos de forma casi automática aquello que hemos querido y decidido previamente. Seguramente todos conocemos a personas que han tenido éxito en la vida. Pues si le preguntamos nos dirán que han fracasado en diversas ocasiones y que en lugar de venirse abajo y lamentarse, ese fracaso les ha servido para reafirmarse, luchar y seguir mirando hacia delante. Es más, suelen afirmar que los reveses sufridos constituyen su capital más preciado.

Otra pregunta que también solemos hacernos es por qué fracasan personas inteligentes y capaces. Hay muchas razones. Los expertos consideran estas como las más comunes: porque no han desarrollado sus habilidades sociales, su inteligencia social. Porque no han sabido encontrar el puesto apropiado. Por falta de fe en sí mismos, por falta de autoestima o por seguir culpando a la mala suerte o a que se presentan obstáculos insalvables. Por todo lo dicho, la lección práctica que todos debemos sacar es que al ser humano desde niño se le debe enseñar y convencer que ha nacido para progresar, que está capacitado para el éxito, pero que la primera victoria la ha de librar consigo mismo. Quizás tenía razón Hemingway cuando dijo que el hombre no está hecho para la derrota. En definitiva, desarrollar la voluntad consiste en contraer hábitos de querer, pero no hay hábitos de querer sin esfuerzo.

Antonio Béjar

Maestro. Licenciado en Ciencias de la Educación