Autoestima vs Cristo-estima: El escándalo de los “Locos de la Cruz”

Marino Restrepo destruye la falacia del “Pensamiento positivo” en esta mini-conferencia de 6 minutos, que necesariamente será signo de contradicción. El “pensamiento positivo” no produce nada, absolutamente nada. Lo que produce es la voluntad de Dios. Nada viene a nosotros si Dios no lo quiere. Todo es don de Dios. El mundo predica: Autoestima, Pensamiento positivo, realización personal, pero el evangelio no habla de autoestima, sino de Cristo-estima. El evangelio dice: “Cristo es mi fuerza”, Cristo es mi estímulo, Cristo es todo para mí. No necesito autoestima, necesito a Cristo, ¡CRISTO-ESTIMA!

En vez de “realización personal”, que es lo que enseña un mundo decadente, el evangelio nos enseña “Morir a sí mismo”, disminuir para que Cristo crezca.

fuente:www.psicologoscatolicos.es

AMOR TRIUNFAL DE DOS PERSONAS SEXUADAS

Por Tomás Melendo*
1. Acrecentar el cariño.
2. Fomentar la atracción.
3. Tú y solo tú.

Hablar de castidad en pleno siglo XXI puede parecer chocante y anacrónico. Tal vez porque, erróneamente, ese término suele aludir a un conjunto de negaciones del todo ajenas al amor, hasta acabar por identificarse con la pura y simple abstención del trato corporal. Para san Josemaría Escrivá, por el contrario, la castidad conyugal era una virtud tremendamente afirmativa, “una triunfante afirmación del amor”, como recoge el título de este artículo. Y lo explicaba así: “La castidad -no simple continencia, sino afirmación decidida de una voluntad enamorada- es una virtud que mantiene la juventud del amor en cualquier estado de vida”.

Refiriéndola a los casados, y con palabras que recuerdan las antes citadas, la castidad conyugal sería la virtud que hace posible y facilita que a los quince, veinte, veinticinco o muchos más años de matrimonio, cada esposo se encuentre tan enamorado del otro y éste le resulte tan atractivo, en todos los sentidos del término, como aquel día ya lejano en que los dos quedaron recíprocamente prendados; o mejor, porque es más cierto, mucho más amable y arrebatador que entonces, por cuanto el cariño prolongado le ha conducido a descubrir y ahondar en su riqueza personal y en su hermosura más real y certera.

La castidad, por consiguiente, es algo grande, excelso, positivo, que no se limita o resuelve en un conjunto de prohibiciones y que va mucho más allá de los dominios de la mera genitalidad. Su objeto propio, como el de toda virtud, es el amor: En este caso, el amor de dos personas sexuadas -varón y mujer- y justo en cuanto tales. Y su fin, hacer que se despliegue y fructifique ese cariño en todas y cada una de sus dimensiones, no sólo en las directamente relacionadas con el trato corporal ni genital. De esto continuaré hablando en próximos artículos.

Acrecentar el cariño

Se entiende entonces que el principal y más definitivo acto de esta virtud consista en fomentar positivamente, con las mil y una finuras que el ingenio enamorado descubre, el amor hacia el otro cónyuge.

Por eso, para vivirla en toda su grandeza, es oportuno que cada miembro del matrimonio dedique expresamente todos los días unos minutos a decidir aquel o aquellos detalles de cariño y delicadeza con los que dará una alegría al otro y elevará la calidad y la temperatura del amor mutuo; como también que ponga todos los medios a su alcance para que esas manifestaciones de afecto decidido lleguen a cumplirse, teniendo en cuenta que si no se empeña en darles vida es muy posible que el trabajo y las demás ocupaciones las dejen en simple “buena intención”.

De manera similar, un marido enamorado tiene que estar dispuesto a repetir muchas veces al día a su esposa, junto con otras manifestaciones de afecto, que la quiere. ¡Claro que ella ya lo sabe! Pero necesita de forma casi perentoria que semejante confirmación gozosa le entre por los oídos muy a menudo: es una delicadeza aparentemente mínima, pero que la reconforta y le da vigor para seguir en la brega, a veces ingrata, de sacar adelante con bríos renovados el hogar y la familia. Y el varón, por su parte, además de agradecer también en muchos casos la declaración paralela de su esposa, necesita pronunciar esas palabras para reforzar, mediante la afirmación expresa y materializada, los quilates de su amor y de su fidelidad.

Además, y por poner otro ejemplo, marido y mujer han de esforzarse asimismo con frecuencia por sorprender a su pareja con algo que ésta no esperaba y que revela su aprecio e interés por ella. No sólo en los días señalados, en los que esas manifestaciones “ya se suponen”, sino justo en aquellos otros en los que no existiría ningún motivo para tener una atención especial… ¡excepto el cariño enamorado de los cónyuges, siempre vivo y siempre creciente! Teniendo en cuenta, por otro lado, que lo importante es ese fijar la mirada en el otro, dedicarle tiempo y atención, y no necesariamente el valor material de lo que se ofrenda.

En la misma línea, para vivir la plenitud del amor que aquí estamos considerando, resulta imprescindible que los cónyuges sepan encontrar ratos para estar, conversar y descansar a solas, en las mejores condiciones posibles, venciendo la pereza inercial que a veces pudiera acosarles. Sin hacer de esto un absoluto, sino a modo de simple sugerencia, una tarde o una noche a la semana dedicada en exclusiva al matrimonio, además de facilitar enormemente la comunicación, constituye uno de los mejores medios para que la vida de familia -y, por tanto, el cariño hacia los hijos- progrese y se consolide, hasta dar frutos sazonados de calidad personal. Por eso, la solicitud y el mimo a la propia pareja debe anteponerse a las obligaciones laborales y sociales y, si valiera la contraposición un tanto paradójica, incluso al cuidado “directo” de los niños… que quedará potenciado por el amor mutuo de sus padres.

Fomentar la atracción

A la vista de cuanto estamos viendo, resulta fácil comprender que es un acto de virtud -de la virtud de la castidad, en concreto- hacer cuanto esté en nuestras manos para aumentar la atracción, también la estrictamente sexual, a y de nuestro cónyuge.

Particularmente, parece manifestación de buen sentido aprovechar el gozo entrañable que Dios ha unido al abrazo amoroso personal e íntimo para resolver pequeñas discrepancias o desavenencias surgidas durante el día, para poner fin a una situación de tirantez, o para relajarse en momentos en que la vida profesional o familiar de uno u otra generan especiales tensiones. Como consecuencia, entre otras cosas, ambos tendrán que prestar atención a su aspecto físico.

Como también resulta imprescindible, y estamos ahora ante una cuestión más de fondo y de conjunto, que ambos esposos sepan presentarse y contemplarse, a lo largo de toda su vida, por lo menos con el mismo primor y embeleso con que lo hacían en los mejores momentos de su etapa de novios. Obrar de otra manera, dejar que el amor se enfríe o se momifique, equivale a poner al cónyuge en el disparadero, propiciando que busque fuera del hogar el cariño y las atenciones que todo ser humano necesita la cualquier edad!… y que nunca deben darse por supuestos.

Situada en este horizonte vital, la mujer debe estar persuadida de que la fecundidad embellece y de que su marido posee la suficiente calidad humana para apreciar la nueva y gloriosa hermosura derivada de la condición de madre.

Ciertamente, la maternidad reiterada suele “romper las proporciones materiales” que determinados y superficiales cánones de belleza femenina pugnan por imponernos. Pero el menos perspicaz de los maridos, si se encuentra de veras enamorado, advierte el esplendor que esa “desproporción” lleva consigo; reconoce que su mujer es más hermosa -e incluso sexualmente más atractiva- que quienes se pavonean con un remedo de belleza reducido a “centímetros” y “contornos”. A poca sensibilidad que posea, un varón descubre embelesado en el cuerpo de su mujer, acaso menos vistoso: I) el paso de su propio amor de marido y padre; II) la huella de los hijos que ese cariño ha engendrado; III) la tarjeta de visita del Amor infinito de todo un Dios creador, que les demos! tró su confianza al dar vida y hacer desarrollarse en el seno de la esposa a cada una de esas criaturas… ¡Cómo no habría de sentirse cautivado por semejantes enriquecimientos!

Después de bastantes años de casado y de trato con otros matrimonios, en ocasiones experimento la necesidad de pedir a las esposas que se “conformen” con gustar a sus maridos… y gocen plenamente con ello. Que, sobre todo con el correr del tiempo, no pretendan “gustarse a sí mismas” son sus críticas más feroces- ni admitan comparaciones con sus amigas o con otras personas de su mismo sexo… y mucho menos con las más jóvenes. Que crean a pies juntillas a sus esposos cuando éstos le digan que están muy guapas, sin oponer siquiera en su interior la más mínima reserva… Toda mujer entregada -esposa y madre- debe tener la convicción inamovible de que incrementa su hermosura radicalmente humana en la exacta medida en que va haciendo más actual y operativa la donación a su esposo y a sus hijos.

Tú y solo tú

La otra cara de la virtud de la castidad, aparentemente negativa, pero derivada de la misma necesidad de hacer crecer el cariño mutuo, podría concretarse en la obligación gustosa de evitar todo lo que pudiera enfriar ese amor o ponerlo entre paréntesis, aunque fuera por unos minutos. Por tanto, el sentido de esa renuncia es eminentemente positivo: de lo que se trata, también ahora, es de que el amor conyugal madure y alcance su plenitud. No debería olvidarse este extremo si se quiere comprender a fondo el verdadero significado de la virtud de la castidad, su valencia de tremenda afirmación.

Si nos atenemos a quienes se hallan unidos en matrimonio, que son los que aquí estamos contemplando, esa afirmación, tomada en serio, se constituye en criterio claro y delicadísimo de amor al cónyuge. Para el hombre casado no puede existir otra mujer, en cuanto mujer, más que la suya. Obviamente, ese varón (y lo mismo, simétricamente, se podría afirmar de su esposa) se relacionará con personas del sexo complementario: compañeras de trabajo, secretarias, alumnas, coincidencias en viajes… Y la educación y el respeto le llevará comportarse con ellas con delicadeza y deferencia. Pero a ninguna la tratará en cuanto mujer -poniendo en juego su condición de varón, que ya no le pertenece-, sino exquisitamente en cuanto persona.

Y esto, que de entrada podría presentarse como en exceso teórico e incluso artificial y alambicado, tiene una traducción muy clara y operativa: todo lo que yo hago con mi mujer justamente por ser mi mujer debo evitarlo al precio que fuere con cualquier otra: lo que comparto con ella por ser mi esposa no puedo compartirlo con nadie más.

Aunque estemos ante personas aparentemente maduras, en este punto es muy fácil ser ingenuos. Pues, en principio, y después de unos cuantos años de tratar a diario con nuestra pareja en los momentos de alza y en los de bancarrota, cualquier otra mujer o cualquier otro varón se encuentran en mejores condiciones que los propios para presentar ante nosotros “intermitentemente” -en los aislados espacios de trato mutuo- su cara más amable. No nos los encontramos sin arreglar, recién levantados o levantadas, cuando podría incluso decirse que “simplemente no son ellos/as”; ni suelen estar cansados o cansadas, ni tienen que resolver con nosotros los problemas planteados por los hijos o los quebraderos de cabeza de una economía no muy boyante… Arreglado o arreglada, dispuesto casi por instinto y con la más limpia de las intenciones a gustar y caer bien, pueden dar de sí lo mejor que poseen, sin que exista el contrapeso de los momentos duros y de flaqueza que por fuerza se comparten ! en el interior del matrimonio. Además, él o ella suelen ser más jóvenes y más comprensivos (entre otras cosas, porque no nos conocen a fondo), y se encuentran pasajeramente adornados con muchas prendas que, de manera un tanto artificial, engalanan su figura y su personalidad ante nuestra mirada -en esos momentos no del todo perspicaz-… y que el trato continuado y duradero sin duda devolvería a sus auténticas dimensiones.

Para redondear esta idea, y para ir terminando lo que de otro modo resultaría inacabable, añadiré que es bastante difícil que una mujer distinta de la propia deje de comprender los problemas que sufrimos en nuestro hogar y en nuestro matrimonio y de experimentar, al conocerlos, una sincera compasión por nosotros. Como también es improbable -aunque por motivos muy distintos- que un varón deje de entender los de una mujer casada si cede a que se los explique. En los dos casos es menester una categoría hoy por desgracia no muy frecuente para quedar mal y rechazar de manera educada pero decidida ese tipo de confidencias.

Y todo ello resulta, sin embargo, necesario para no enredar con la dicha propia y ajena y poner a nuestros “hijos” en un brete, vendiendo la grandeza profunda de una vida de familia vivida en plenitud por el superficial embeleso de unos momentos de satisfacción egocéntrica. El amor que empapa nuestro hogar nos llevará a eludir esas gratificaciones aparentes, con objeto de robustecer los cimientos de nuestra felicidad en el matrimonio.

* Tomás Melendo Granados
Catedrático de Filosofía (Metafísica) Director Académicos de los Estudios Universitarios sobre la Familia
Universidad de Málaga (UMA), España
tmelendo@eresmas.net
www.masterenfamilias.com

Mercedes Aroz, ex senadora socialista: “Mi hijo rezó así por su madre, y la fe entró en mi vida”

La conversión de mi hijo aconteció dentro de su proceso de búsqueda, no exento de riesgos, cuando ya vivía de forma independiente… Como madre, acogí con respeto sus creencias y con alivio su nueva vida, pues supuso una transformación admirable. Pasó a ser un gran testimonio de vida cristiana….Sin embargo, nunca imaginé ni me planteé seguir sus pasos”
10 de septiembre de 2010.- ( Mercedes Aroz / Escuchar la Voz del Señor) La fe es un don gratuito de Dios. Sólo así puedo comprender lo que me aconteció inesperadamente hace pocos años, y que ha supuesto pasar de la increencia y de una ideología marxista materialista, sobre la que construí mi vida y la de mi familia, a la fe cristiana. Pero este don llegó primero a mi hijo menor que me precedió varios años en el camino de la fe, lo que lleva a plantear la relación de ambos hechos.

Tengo dos hijos. Toda la vida, en casa, los eduqué en los valores de la izquierda y del marxismo. Mi hijo menor, siendo estudiante, en una comuna, estaba en una situación delicada. Él conoció a los Hermanitos del Cordero y se convirtió al cristianismo. Mi hijo ha sido… es difícil recordar esto ahora… ha sido un proceso de… ¡la Gracia de Dios!

Sin embargo, la fe es un acontecimiento personal que viene de fuera de uno mismo, y a la vez es profundamente interiorizado. Ésta es mi propia experiencia. La fe se inicia cuando Dios irrumpe en la vida y toca lo más íntimo del corazón. Y es a partir de ese momento cuando se implica la razón y toda la persona en la búsqueda y conocimiento de Dios, conllevando un cambio radical de vida. A través de la razón y la reflexión se puede llegar a creer en la existencia de Dios, pero la fe como experiencia y relación con Él es una verdadera gracia.
La conversión de mi hijo aconteció dentro de su proceso de búsqueda, no exento de riesgos, cuando ya vivía de forma independiente. Dios puso en su camino los medios, las personas y las intuiciones decisivas para llegar a la fe cristiana que dio sentido a su vida. Y el buen puerto que es la Iglesia católica le dio estabilidad y el lugar para vivir la fe. Como madre, acogí con respeto sus creencias y con alivio su nueva vida, pues supuso una transformación admirable. Pasó a ser un gran testimonio de vida cristiana, lo que supuso para mí una mejor aceptación del fenómeno religioso; sin embargo, nunca imaginé ni me planteé seguir sus pasos.

Pero la misericordia del Señor es grande, y su poder conmueve el corazón más endurecido y da luz a la mente más ofuscada. Como creyente, he podido comprobar la fuerza de la oración cuando no hay motivaciones egoístas, viendo la respuesta amorosa de Dios ante nuestras súplicas más fervientes. Mi hijo rezó así por su madre, y la fe entró en mi vida.

En verano del año 2000 fueron las Jornadas de la Juventud en Roma. Mi hijo estuvo allí; los Hermanitos del Cordero le ayudaron en su proceso, pero realmente él se convirtió de la mano de Juan Pablo II. Miientras mi hijo estaba en Roma con el Papa Juan Pablo II, nuestros caminos de fe se entrecruzaron. Aquel importante evento eclesial que convocó a dos millones de jóvenes me abrió los ojos sobre el vacío de las ideologías, y poco después, en la soledad del Pirineo, decidí ponerme en camino hacia el Dios de Jesucristo y la Iglesia católica. El camino ha sido largo y muy difícil, pero ha valido la pena.

Ese verano leí un artículo de una periodista de izquierda, que ponía el foco en los encuentros de Roma, la afluencia de jóvenes. ¿Qué le pasaba a la izquierda, nuestros ideales dónde estaban, por qué no teníamos capacidad de convocatoria? Ese artículo me hizo reflexionar sobre mis ideales. A finales de ese año recibí la llamada de Dios. ¡Bueno, Mercedes, ya está bien! ¡Yo no recordaba ni el Padrenuestro! Empezó ahí mi proceso. Me formé, básicamente, leyendo libros de Ratzinger.

En 2005 me encuentro el proyecto de ley para equiparar jurídicamente las uniones.del mismo sexo con el matrimonio. Yo no sabía como argumentar en contra jurídicamente. Tomé entonces conciencia de la contradicción entre el proyecto socialista y el compromiso cristiano, que no es una ideología. Me pareció que no sólo debía votar en contra sino dar argumentos. Ahí fue el divorcio con el proyecto socialista. También voté después contra las leyes de manipulación genética. Y ya al final de mi etapa de senadora voté contra la ley de Memoria Histórica, no contra las familias que buscan a sus muertos, sino por su preámbulo de ideología discriminatoria, sin objetivos de reconciliación ni de verdadera memoria.

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Este testimonio ha sido tomado del escrito por Mercedes Aroz en Alfa y Omega del jueves 2 de septiembre de 2010 y se ha completado con declaraciones testuales realizada por ella en respuesta a un periodista en el año 2008 en el transcurso del Congreso Católicos y Vida Pública

Ama a losque te rodean

Texto:

“Que nuestro amor no sea solamente de palabra, sino que se demuestre con hechos.”
(1ª San Juan 3, 18)


Vivimos en la sociedad de las palabras. Algunos dicen que padecemos una inflación de la palabra… Nos hemos acostumbrado a usar palabras sin hechosy por eso hay tanta palabra vacía que no nos llena…

Con la palabra podemos decir te quiero a alguien y alegrarle el día, pero también podemos mantenerla callada y dejar a los otros desconcertados.

Tenemos miedo a las palabras porque son un arma que nos puede ayudar o atacar, depende el cómo se use. La mejor palabra es la que se dice para iniciar o respaldar lo que hacemos. No es bastante decir a los demás “te quiero”, hay que demostrarlo con la vida.

Quien más alegrías y problemas nos causan son precisamente los que nos rodean, los que tenemos cerca. Un desconocido nos dejará indiferente. Las alegrías y las penas nos la producen los que tenemos a nuestro alrededor. No nos debe de extrañar en momentos concretos que sean ellos los que producen nuestras heridas más internas y nuestras alegrías más profundas.

El amor no es sólo para decirlo, hay que demostrarlo, incluso, y aunque parezca extraño con los más cercanos. No vale aquello que dicen muchos: “ya él/ella, sabe que la quiero…” La mejor manera es decirlo… y demostrarlo con hechos…

Hay personas que están tan preocupadas en querer y ayudar a los demás, que se olvidan de querer y ayudar a los que tienen más cerca…

Tarea de la semana:

* Identifica a las personas cercanas (familia, amigos, etc.) que más quieres.
* Pregúntate qué muestras de cariño y ternura has tenido con ellos…
* Ten algún gesto de cariño hacia ellos: una llamada para saber cómo están…, regalar un pequeño detalle…, decir palabras de ánimo…

Quiera Dios que esta tarea que comienzas esta semana la vivas cada día el resto de tu existencia.

©2003 Mario Santana Bueno.

Fuente: buzoncatolico.es

La gracia y la dignidad de ser hijos de Dios. El regreso a la casa del Padre acaba siempre en una fiesta llena de alegría.

Cuando escuchamos o leemos esta lectura, irremediablemente tratamos de ponernos en el lugar de algunos de los personajes: los padres con respecto a sus hijos, saben y entienden perfectamente y además sienten la alegría del reencuentro, la felicidad de ver al hijo que habían perdido.

Los “balas perdidas” esperan ansiosos la oportunidad que sus padres les dan cuando están arrepentidos, pero la mayoría de nosotros sentimos cierta reconocimiento, e incluso ternura por el hijo mayor porque somos un poco como él.

Porque estamos allí siempre, en los malos y en los buenos momentos, porque cuidamos de nuestras familias, sin pensar en nosotros, y cuando algunos de estos miembros de la familia, que no ha movido ni un dedo nunca, y encima más, ha “traicionado” a la familia, se ha dedicado a vivir solo y para ellos, sin pensar en nadie más; cuando éstos vienen, el mundo gira a su alrededor, y no hay nadie más importante, que quienes estaban perdidos y vuelven.

Qué difícil es el borrón y cuenta nueva, cuando estamos anclados en el pasado. Pero qué fundamental en una familia es vivir mirando al futuro, sin prejuicios, sin pensar en lo que fue, sino en lo bueno que queda por vivir juntos, dando oportunidades y alegrándose porque el amor siempre termina triunfando.

Que pensemos siempre como padres, como madres, como abuelos, porque también ellos perdonan, quieren mucho y justifican a sus nietos como nadie. Vivamos el amor, no el rencor y aceptemos siempre el perdón en la familia, como hizo el Padre bueno, el padre misericordioso.

Lectura del santo evangelio según san Lucas 15, 1-3. 11-32

“Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido”

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: “Ése acoge a los pecadores y come con ellos.”

Jesús les dijo esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.” El padre les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.

Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.

Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.”

Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo.

Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. ”
Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.”

Y empezaron el banquete.

Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba.

Éste le contesto: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.”

Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.

Y él replicó a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.”

El padre le dijo: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.”

Matrimonio-2 hijos-trabajan ambos-pertencen a comunidad cristiana

Fuente: bpf.laiconet.es

La oración de los abuelos

Querido Papá DIOS:

Te llamo así porque mis abuelos me han enseñado que TÚ eres mi papá grande, que estás en el Cielo.

Dentro de unos días, me han dicho en la “guarde” que va a ser el día de los ABUELOS ; por eso quiero pedirte ayuda para que entre los dos, les hagamos un buen regalo. Yo los quiero mucho porque cuidan de mí cuando mis padres no están, ya que trabajan; me llevan al cole, juegan conmigo, atan los cordones de los zapatos, me dan de comer, me sacan de paseo y a veces cuando no me porto bien, me regañan con dulzura. Me cuentan muchas historias sobre tí y también sobe tu mamá ; dicen ellos, que una vez te fuistes sin decirles nada y les distes un buen susto te regañaron lo mismo que hace mi máma cuando no le obedezco.

Cuando llega la Navidad, mis abuelos están pendientes de que todos estemos reunidos porque que va a nacer tu HIJO, como el hermanito que está esperando mi mamá; en sus caras veo una gran alegría y creo que el mejor regalo de esas fechas, es el estar con ellos.

En la Semana Santa, me llevan a ver las procesiones y me explican qué significa cada trono y lo que representa; a mí me encanta tocar la campanilla, dice mi abuelo que el año que viene voy a salir, pero no lo sé ya que soy pequeña.

Por todo esto, yo te pido que los cuides siempre como a todos los abuelos . Ayúdame para que yo les dé muchas alegrías, sería el mejor regalo ¿ qué te parece? Y esto que dure muchos años.

Te doy gracias por tenerlos, porque sé que tú tambien los quieres.

 Cristobal Albandea y Esperanza Moreno abuelos pastoral prematrimonial

Fuente:bpf.laiconet.es

¿Dios tiene un plan para la sexualidad?

Por ALMAS

A lo largo de la historia, el hombre, se ha cuestionado el sentido y fin último de la vida, de la existencia, del tiempo, del amor, del bien y el mal, y también de la sexualidad. Sobre todo pareciera que últimamente, más que cuestionarse otras cosas, se cuestiona sobre la sexualidad. Basta con ver los grandes avisos en las avenidas, los comerciales en televisión, abrir cualquier revista y encontrar algo sobre la sexualidad. Desafortunadamente no buscamos información sobre sexualidad con el Creador de la misma, sino con otros aprendices que sólo tienen “verdades a medias”, por no decir “mentiras completas”. Que incluso nos hacen pensar que Dios no tiene nada que ver con la sexualidad y creemos que “otros” pueden tener una mejor explicación de la misma.

Pero no es así, podemos ver actualmente dos posturas extremistas y equivocadas sobre la sexualidad:

En un extremo se encuentra la postura hedonista y utilitarista en donde el único objetivo es satisfacer los impulsos y los sentidos, lo más importante es el placer y la gratificación física, y el que YO me sienta bien. Lo más grave de esta postura es reducir a las personas a simples objetos sexuales y medios de bienestar.
En el otro extremo nos encontramos con la postura que ve la sexualidad como un tabú, como algo que causa vergüenza, que es sucio e indigno, y que solamente se puede tolerar, para la procreación, algo así como un mal necesario.

Ambas posturas son equivocadas, ya que la concepción recta de la sexualidad (por llamarla de una forma), es la que la da su justo valor como un don de Dios, dado al hombre para hacerlo co-partícipe de la creación por medio de la fecundidad que surge de la entrega de amor esponsal entre el varón y la mujer.

La sexualidad va de acuerdo con el plan de Dios cuando respeta sus dos fines: UNITIVO y PROCREATIVO.

Unitivo: es decir, cuando la sexualidad es un medio para expresar amor. Por ejemplo los esposos cuando ejercen su sexualidad, es un acto de entrega y por tanto es bueno y lícito, que gocen del placer que la relación sexual conlleva. De hecho este placer físico también es una capacidad que Dios ha dado al hombre y que tiene como fin la unión de los esposos.

Procreativo: quiere decir que estar abierto a la vida. Tener la conciencia de que el amor en sí mismo es fecundo.

En este sentido la sexualidad en sí misma no puede considerarse como algo “malo”, por el contrario, desde su origen proviene de Dios y por naturaleza es BUENA; incluso por estar unida a la fecundidad podríamos llamarla sagrada. Sin embargo, no debemos olvidar el hecho de que por la naturaleza caída del hombre y como consecuencia de pecado original, la sexualidad cuando no es correctamente entendida y no está encausada e integrada en el amor, puede llegar a convertirse en una ocasión de pecado, es decir, puede lesionar la relación de amor entre Dios y el ser humano. Pero vale la pena recordar que aunque “la carne es débil” todo hombre posee la facultad de la libertad, la voluntad y la inteligencia que le permiten vivir la sexualidad conforme al plan de Dios.

Si tenemos alguna duda sobre el plan de Dios para la sexualidad, podemos tomar como guía el sexto y el noveno mandamiento de la ley de Dios, para que de esta manera descubramos que la sexualidad es parte de nuestra naturaleza, es una forma de ser persona y que el acto sexual, exclusivo del matrimonio, es un regalo de Dios para el amor, que por si fuera poco lleva implícito el don de la fecundidad. Por lo tanto, la sexualidad es BUENA por que nos asemeja a nuestro Creador, nos hace ser realmente imagen de a un Dios que AMA y que da VIDA.

ALMAS (Asociación de Laicos por la Madurez Afectiva y Sexual, A.C.)

¿Cuántas perdidas has hecho hoy a Dios?

Pues eso. ¿Cuántas? ¿Y a tu novia o a tu mujer o a tu amigo? La comparación puede que nos deje en evidencia y nos dé apuro contrastar la realidad; la comparación nos puede ayudar a hacernos una ligera idea de donde se encuentra nuestro corazón. Y sin contar las llamadas, los mensajes, los correos. Venga, ¿cuántas veces hoy hemos dirigido un breve pensamiento a Dios, nos hemos acordado de Él? Seamos sinceros. ¿Cero pelotero? Bueno, bueno, puede que un par de veces. O a primera hora, que me he visto en un atolladero o repentina niebla. Vamos a ver, que no nos enteramos. Dios tiene móvil. Un móvil de una capacidad de memoria impresionante. Y de misericordia (eso sí que es “tecnología” punta). Le llega de todo. No se le escapa una frecuencia de alma. Su secreto no es la nanotecnología, es más bien el Amor infinito, salvífico. Y responde siempre. Dios tiene Alma-móvil, como nosotros. Y llama, nos llama, con una autonomía eterna, y con paciencia divina, y delicadeza extrema. Otra cosa es que nos hagamos los suecos (u otro tipo de gente no siempre escandinava), o tengamos la nuestra -el alma- en silencio, o apagada, o medio lela. Despertemos, puede que sea hora de espabilar de esa modorra espiritual en la que no sacamos nada en limpio. Que ya vamos teniendo experiencia y somos mayorcitos.

Mi mujer recibe del orden de veinte perdidas al día. (En otros casos es la novia, el novio o el marido o una hija, etcétera). Está claro: la quiero. Me robó el corazón y, pese a los misterios femeninos -o precisamente por ellos-, la quiero, le hago saber que estoy aquí, que la recuerdo, que es lo primero, que me tiene loco, que no me acostumbro, que ya no sé que hacer para decirle todo lo que siento y cómo siento mis meteduras de pata, y que quisiera estar ahí, con ella. Juntos. Siempre. ¿Qué sentido tiene que no esté con ella? Es el amor que sólo quiere unidad, saber del otro, por mínima que sea la señal. Pues Dios igual. No, igual no, mucho más. ¿A qué esperamos para soltar el lastre de la desidia y de una absurda vergüenza? Busquemos Su Nombre en la agenda. Las cosas cuanto antes. No tardaremos en escuchar Su voz. Nadie se queda sin respuesta. Puede que al principio nos cueste y andemos descreídos, puede que no sepamos identificar Su voz en esas palabras de un amigo o en un suceso inesperado que nos hace reflexionar. O puede que no acabemos de entender o que nos parezca que es todo en balde. Pero hay que perseverar. El amor es también perseverancia, insistir en esas llamadas, en esas perdidas, con la seguridad de que somos escuchados y queridos como no nos podemos hacer idea.

No es mal examen de conciencia para calibrar el estado en el que está mi alma, mi relación con Cristo, mi felicidad genuina. ¿Cuántas perdidas le he enviado hoy al Autor de mis días? De entrada, como decía, igual uno se asusta. Por lo necio que puedo llegar a ser, por lo desagradecido, porque puede que apenas quede rastro de fe (lo cual es cada vez más frecuente, o se trata de una fe desvaída). Puede que desde la primera comunión no tenga noticia de mí, o desde antes de las vacaciones, o desde un ataque súbito de emoción pía cuando se murió la abuela y que duró dos días, o… El cristianismo no tiene sentido si uno no está enamorado de Cristo, y lo demuestra. Todo lo demás es filfa, adorno, piruetas o puede que hasta teología. (Se ven cosas muy raras hoy en día y es que el déficit espiritual es de aúpa). Un padre del montón -o madre- está esperando como agua de mayo que su hijo le cuente, le diga, le exprese, le enumere sus sueños y aspiraciones. Venga, por Dios, ¿tanto cuesta un par de perdidas para empezar? Nada especial. “Oye, Dios, échame mano al alma, y al trabajo”. “Dios, me cuesta reconocerlo, pero te necesito ahora”. O ni eso. “Dios mío, ya sabes”. O “buenas días Jesús”. El amor necesita comunicarse, darse, anticiparse. Necesita de estos detalles, posiblemente nimios, pero detalles necesarios. ¿Dónde tenemos el corazón? Puede que hasta en un gato persa, o en unos libros, o en una colección de chapas, o en Internet, o en el coche tan limpito, o en la ropa, o en el sexo, o en la cuenta corriente. ¿No suena todo esto como muy pedestre por muy bonito, provechoso y orgásmico que sea? ¿Es eso la vida para nosotros, lo que realmente queremos? ¿Meras apariencias de vida? Apañados estamos. Y es que nos olvidamos de sintonizar el alma con Cristo. De enviarle alguna que otra perdida (que nunca se pierde). No tardaremos en recibir respuesta. Dios espera cualquier señal, por mala o pequeña que sea, para abalanzarse sobre nuestro corazón con todo Su Corazón divino. Y humano.

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Las cuatro tareas de la familia cristiana

En el designio divino la misión de la familia es custodiar, revelar y comunicar el amor de Dios por la humanidad. Bajo esta luz se definen las cuatro tareas de la familia cristiana en las que se expresa su misión y vocación.

¿Cuáles son las tareas?

1. Formar una comunidad de personas.
2. Participar en el amor de Dios y en su poder de Creador, y Educar a los hijos hasta la madurez.
3. Participar en el desarrollo de la sociedad.
4. Participar en la vida y misión de la Iglesia.
He aquí una pequeña ampliación de cada tarea:

La formación de una comunidad de personas:
Si la misión de la familia es la de custodiar, revelar y conservar el amor, será precisamente el amor el motor, la fuerza que construya esta comunidad de personas.

El amor va creando esa atmósfera de comunión y de espontánea libertad en la que se desarrolla armónicamente la personalidad humana de toda la familia: entre esposos, entre padres e hijos y demás familiares.

La primera comunión que se instaura es la de los cónyuges que hunden sus raíces en el complemento natural que existe entre el hombre y la mujer, animados por compartir lo que tienen y sobre todo lo que son. Es una comunión que se caracteriza por su unidad y por su indisolubilidad.

Transmisión de la vida y educación de los hijos:
La fecundidad es una dimensión del hombre y de su amor. Esta misión hay que verla, hay que reflexionarla, meditarla como criaturas ante nuestro Creador.

La misión de la familia de estar a favor de la vida es ahora más urgente que nunca pues ha surgido una mentalidad contra la vida que se ha difundido extensamente con la ayuda de poderosos medios económicos y de los medios de comunicación social.

El Concilio Vaticano II en la declaración sobre la educación Cristiana de la juventud nos recuerda que “puesto que los padres han dado la vida a los hijos, tienen la gravísima obligación de educar a la prole y por tanto hay que reconocerlos como los primeros y principales educadores de sus hijos. Es pues, deber de los padres crear un ambiente de familia animado por el amor, por la piedad hacia Dios y hacia los hombres, que favorezca la educación integral, personal y social de los hijos”.

Su participación en el desarrollo de la sociedad:
Si la familia es la célula primera y vital de la sociedad, sería muy perjudicial que se quedara convertida en un “Ghetto” sin proyección al exterior. El desinterés por la comunidad social acabaría por destruir a la propia familia.

El amor de la familia debe de transmitirse a la sociedad. Sobre todo en nuestra sociedad las familias cristianas deben aportar sus mejores esfuerzos para que las decisiones políticas vayan encaminadas a favor de un modelo de sociedad más humana, más justa, más honesta y más auténtica.

No olvidemos que el futuro del mundo y de la Iglesia pasa por la familia.

Participación en la vida y misión de la Iglesia:
La familia cristiana está llamada, como una de sus tareas fundamentales, a la edificación del reino de Dios en la Historia. ¿Cómo? Participando en la vida y misión de la Iglesia. La unión y la semejanza entre la familia y la Iglesia son estrechísimas: La familia cristiana es como una “Iglesia en miniatura”, “Iglesia pequeña”, “Iglesia doméstica”.

La familia recibe el amor de Cristo y está llamada a transmitir este mismo amor que salva a los hombres. Recibir y transmitir. Por eso la familia está llamada a evangelizar acogiendo y anunciando la palabra de Dios. La futura evangelización depende en gran parte de la Iglesia doméstica.

Son muchas las familias y hombres que hay que ayudar:

A los que buscan la verdad.
A los que se han alejado.
A las familias que no creen.
A las familias cristianas que no viven coherentemente la fe recibida.

Fuente: laverdadcatolica.org

ACERCAR LOS HIJOS A DIOS

 

Los hijos esperan recibir de sus padres, de sus abuelos, de sus hermanos, de todo el entorno familiar, las primeras luces que orienten su inteligencia, su corazón, su libertad, en los grandes campos de la formación humana, profesional, cultural, espiritual, religiosa. Ayudándoles a rezar, a elevar su corazón a Dios desde los primeros años de su vida, los padres facilitarán a sus hijos a descubrir una verdad decisiva para todos los ámbitos de su formación. Esta verdad es: la religión no es un dato más en la vida de los hombres. La actitud religiosa, el vínculo de cada uno con Dios, es la actitud radical y fundamental con que se pueden vivir, ya desde los primeros años y hasta los últimos, todos los hechos y situaciones de la vida. Este libro se ofrece a los padres, a los educadores, a cualquier lector con el deseo de ayudarles en esa tarea, la más grandiosa de las aventuras humanas, que solo puede llegar a realizarse en plenitud en el seno de una familia que anhele ser escuela de oración. Sobre este asunto escribe Ernesto Juliá en su excelente libro «Acercar los hijos a Dios» (Palabra, Madrid 2003), del cual, con la autorización del autor y editor para Arvo Net, extraemos los siguientes párrafos (pp. 73-83)< la a llama lo que Dios de voz inefable forma una atención prestar va no>

CUÁNDO comenzar

Por Ernesto Juliá (*)

Cuándo comenzar

El niño aprende ya en el seno de su madre, y apenas abre los ojos a la luz del sol, no deja de aprender. Esos médicos que han comprobado el vibrante latir del corazón de un niño de siete meses, al oír en el seno materno la voz de su madre grabada en un disco, nos han hecho un gran favor. Si oye la voz de su madre, ¿cómo no va a prestar atención de una forma inefable a la voz de Dios que lo llama a la vida?

Nos han recordado que el niño, aun antes de nacer al mundo, no solo recibe información; también la elabora. Su inteligencia está receptiva desde el primer instante en el que comienza a desarrollarse como facultad vital.

No se puede fijar con precisión ni un tiempo de comienzo del desarrollo del niño, ni un final en su proceso vital, salvo el ya señalado naturalmente por el nacimiento y la muerte. Sí se puede afirmar que el recién nacido está abierto ya a todos los horizontes.

Es algo que todos los padres saben, y “que han comprobado en cada uno de sus hijos. Los educadores, los psicólogos, los médicos que atienden a los pequeños dan plena razón a los padres. Los primeros años del bebé son cruciales. Y lo son en todos los órdenes del vivir; y por tanto, también en el espiritual, en el religioso.

El niño tiene sus gestos a través de los cuales manifiesta su búsqueda del padre, de la madre, del chupete. Manifiesta algo que lleva en el interior, y de forma no meramente instintiva; ya hay algo de su personalidad, de su «yo», en el llanto, en la sonrisa.

En su mirar entorno, el niño va apoderándose de reflejos de luz, aquí y allá. Y también todo su ser da inicio a una relación personal con un Dios a Quien no conoce, pero por Quien ha sido creado; de Quien ha recibido esa vida que él vive, y con Quien toda su persona, de formas inefables y por caminos escondidos, no deja nunca de relacionarse.

Aun antes de saber hablar, aun antes de dirigirse personalmente a Jesús o a la Virgen, por ejemplo, si su padre, si su madre, le toma la mano y le ayuda a santiguarse, el gesto, recibido con la carga amorosa de sus padres, tendrá un significado familiar, de confianza. En esos momentos, obviamente, el niño no racionaliza su acción; le queda, sin embargo grabada, y le abre la inteligencia hacia una realidad vivida con amor, con sus padres. Ya llegará el momento de decir: «En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo».

Para todos es familiar la figura de una niña de dos, tres años, arrodillada al lado de su madre en la iglesia, con las manos juntas, en gesto de adoración, que trata de concentrar su mirada en algo que hay delante de sus ojos, y hacia donde su madre parece que está dirigiendo todas sus fuerzas, en aquel momento. Al poco rato, la niña deja de mirar hacia delante, y busca la mirada de su madre, como tratando de descubrir un gesto de aprobación. Sin darse plenamente cuenta de lo que está ocurriendo en ella, la realidad es que su alma está rezando, elevando sus ojos a Dios.

Y ya, cuando comienzan a chapurrear un cierto lenguaje, del gesto de las manos es oportuno pasar a palabras, a frases, de las que no entenderá ciertamente el significado ni el sentido, pero que habrá recibido, insisto, como algo familiar, como una muestra de afecto materno, paterno, y es en ese amor donde las primeras oraciones adquieren todo su contenido y sentido.

Una frase dirigida a un cuadro, a una imagen de la Virgen, a un Crucificado, da lugar a que en el espíritu del niño se vayan estableciendo vínculos con Dios, vínculos naturalmente sobrenaturales, que no solo caen en tierra fecunda, sino que consiguen asentar en la inteligencia del pequeño un punto de luz, una provocación.

Todo esto, teniendo muy presente la referencia precisa de Jesucristo a los Apóstoles, para que no impidiesen que los niños se acercasen a Él: «Dejad a los niños que vengan a mí, porque de los que son como estos es el Reino de los Cielos. Después, les impuso las manos, y se fue de allí» (Mt 19, 14). Marcos, siempre el más entrañablemente humano de los evangelistas, escribe: «Y abrazaba a los niños, y los bendecía imponiendo las manos sobre ellos» (10, 16).

Además de ese texto, hay otros tres pasajes muy significativos.

El primero es de San Lucas: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y prudentes, y se las has revelado a pequeños» (10, 21). El segundo es de San Mateo: «Él llamó a un niño y lo puso en medio de ellos, y les dijo: Y el que reciba a un niño como este, en mi nombre, a mí me recibe»(18, 2 5).

El tercero es todavía más significativo a nuestro propósito. Es el versículo tercero del Salmo 8: «De la boca de los niños, y de los que aún maman, te preparaste la alabanza», que Jesús recuerda explícitamente (Mt 21, 16) a Los fariseos que se indignaban al oír a los muchachos que en el Templo ensalzaban al Señor cantando «¡Hosanna al Hijo de David!».

De estos tres párrafos queda claro que Dios no deja de enviar su luz a las mentes de los niños y que, a la vez, de la inteligencia de los niños se eleva un canto de alabanza a Dios. Un canto con alma, ni anónimo, ni manipulado. Como si Dios tuviera siempre delante de Sí, al hombre en su plenitud, independientemente de la edad de desarrollo humano que haya adquirido.

Dios cuenta con los niños

Y no como simples seres humanos en camino de ser hombres, sino en la plena realidad de su ser hombres, siendo niños.

Así se comprende que haya habido santos que han visto clara su vocación, y que han movido a sus padres para que les dejaran libres de seguirla, ya desde los cinco años, como es el caso de Santa Teresita del Niño Jesús. Que haya habido no pocos casos de niños mártires en la historia de la Iglesia, entre otros los recientemente beatificados pastores de Fátima.

Y no faltan tampoco testimonios de santos, que expresan su profundo agradecimiento a sus padres, porque de su mano comenzaron a recorrer los caminos del Señor.

La Madre Teresa de Calcuta confesaba con sencillez: «Sí, mi madre era una santa mujer. Trataba de educar a sus hijos en el amor de Dios y del prójimo. Ponía todo su esfuerzo en que creciésemos unidos y en que amásemos a Jesús. Era ella misma la que nos preparaba para la Primera Comunión. Fue nuestra propia madre quien nos enseñó a amar a Dios sobre todas las cosas».

San Josemaría Escrivá no sentía vergüenza alguna en decir que, por la mañana y por la noche, repetía las oraciones vocales que su madre y su padre le habían enseñado de niño; y que eran: «pocas, breves y piadosas». De esta forma, el recuerdo de sus padres le llevaba a Dios, y le hacía sentirse muy unido, a la vez que a su familia de sangre, a la familia de Nazaret Jesús, María y José , y a la familia del Cielo: Dios Uno y Trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Aunque se trata de una historia algo excepcional, marcada por un proceso de enfermedad que lleva a una madurez más honda, vale la pena recoger la historia de una niña italiana, Antonietta «Nennolina» Meo (15 XII 1930. 3 VII 1937).

Falleció a los seis años y medio de un osteosarcoma, diagnosticado cuando apenas tenía cinco años. Su último año fue de grandes sufrimientos «los dolores eran atroces» , declarará su médico. Y los dolores continuaron siendo atroces no obstante la amputación de una pierna, y el aparato ortopédico que le colocaron. La traumatología no había hecho todavía los grandes avances que vemos hoy en día, y la medicina de cuidados paliativos simplemente no existía. Al conocer el diagnóstico, sus padres hicieron todo lo posible para adelantar los tiempos de la Primera Confesión y de la Primera Comunión. Su madre le enseñó el Catecismo por las tardes, al regresar a casa de la escuela. Coincidiendo con el esfuerzo de ir aprendiendo preguntas y respuestas, Antonietta comenzó a escribir unas cartas las llamaba sus poesías , que cada tarde ponía bajo una imagen del liño Jesús a los pies de su cama, «para que Él de noche viniese a leerlas». La primera carta es del 15 de septiembre de 1936. Contiene muchas expresiones simples de afecto que, en su sencillez, se hace difícil comprender que hayan salido del corazón de una niña de cinco años: «Jesús amoroso, te dono mi corazón; Jesús, dame almas»; « ¡Querido Jesús, dame almas! ¡Te lo pido con mucho gusto, y Tú dame muchas, muchas! ¡Te lo pido para que Tú las hagas ser buenas! (…), porque yo quisiera que fuesen todas al Paraíso contigo». ¿Cómo era posible que su inteligencia infantil le ayudara a ver con claridad que Jesús qui , siese la salvación de todas las almas? Quizá Antonietta no hubiera sido capaz de contestar de forma precisa a la pregunta: ¿qué es la salvación? A ella le bastaba querer que aquellas almas por las que pedía llegasen a vivir con Jesús en el Paraíso. «Haré sacrificios para salvar muchas almas». «Querido Jesús Eucaristía, yo hoy Te vuelvo a ofrecer mi sacrificio de la pierna; Te doy gracias porque nos has dado la fuerza de soportar con paciencia nuestra cruz». «Querido Jesús crucificado, yo Te quiero mucho y Te amo mucho. Quiero estar en el Calvario contigo».«Querido Jesús, dame la fuerza necesaria para soportar los dolores, que te ofrezco por los pecadores». No solo la fe ha echado raíces en su espíritu; también la conciencia de que su sacrificio, su dolor, se puede unir al de Cristo en la obra redentora. Sus palabras explican mucho más que cualquier concepto teológico.

La profunda unión que expresa con el deseo salvador de Cristo y su vida redentora, se apoyan en una confianza sin límites en el amor de Dios: ¿cómo podemos explicar la capacidad de esta niña para saberse amada así por Jesucristo?: «Querido Jesús, y me quiero abandonar en Tus manos». «Jesús, ven a jugar conmigo». Todas sus cartas terminaban con abrazos, caricias y besos a sus destinatarios celestes, destilando una dulce familiaridad.

Al hablar sobre ella, su madre manifestó con toda sencillez que Antonietta rezaba sus breves oraciones de la mañana y de la tarde; que al atardecer dirigía su plegaria al Ángel Custodio; y que después de recibir la Primera Comunión, buscó acercarse a la Eucaristía con renovado amor. Las horas después de comulgar fueron siempre apacibles, como si estuvieran libres de dolores, hasta el punto que daba la impresión de haberse recuperado de su enfermedad.

Cuando ya se acercaba el final de su vida, Antonietta recibió la Unción de los Enfermos. Respondió con serenidad a todas las oraciones, recitó el acto de contrición y besó con ternura el crucifijo. Su madre, consciente de la cercanía de Dios en su hija, le pidió la bendición, y la pequeña le hizo la señal de la cruz sobre la frente. Sus últimas palabras fueron: «¡Dios!…, ¡mamá!, ipapá!».

(*) Ernesto Juliá Díaz. Licenciado en Derecho y Doctor en Filosofía. Sacerdote. Escritor. Ha desarrollado su labor sacerdotal, con todo tipo de personas, especialmente en Italia y en España; y esporádicamente en países de los cinco continentes. Autor de varios libros de literatura y de espiritualidad; además de artículos y publicaciones en periódicos y revistas de España e Italia.

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