El sentido del dolor

Carta de un padre a su hija

Una adolescente que miró a Dios cara a cara

No son muchas las certezas que podemos tener, pero una es segura: todos tendremos a lo largo de la vida momentos de sufrimiento, serán de mayor o menor grado, en el cuerpo, en el espiritu, en los sentimientos ….. pero es algo inherente a la condición humana.

Y sin embargo, a pesar de tratarse de una situación que llega sin ninguna duda, la sociedad en la que vivimos es experta en intentar camuflarlo, ocultarlo, negarlo. Como el avestruz que esconde la cabeza para no ser vista.

Y la solución ante los problemas no puede pasar por mirar para otro lado, es necesario enfrentarse a ellos. Ante el sufrimiento se pueden adoptar distintas actuaciones, la desesperación, la aparente indiferencia (el estoicismo) o enfrentarse a él intentando darle sentido.

Hace más de quince años un amigo me regaló un pequeño libro titulado “Alexia, experiencia de amor y dolor vivida por una adolescente” , me bebí el libro en apenas una hora y no pude contener las lagrimas mientras lo hacía. Tocaba un tema muy duro: el sufrimiento de los inocentes, en este caso la enfermedad y el sufrimiento de una niña de catorce años. Y sin embargo era, es, un libro lleno de esperanza; Alexia encontró sentido a su enfermedad y tremendo dolor.

El próximo trece de mayo se estrena en España una película titulada “Alexia. La verdadera historia de una adolescente que miró a Dios cara a cara” . Estoy seguro que hará mucho bien a quienes vayamos a verla y nos ayudará a encontrarle sentido al dolor cuando hayamos de enfrentarnos a él.

fuente: seraudaces.org

La espera aunque parezca larga

Luce Bustillo-Schott

No se pierde la esperanza por aquel a quien tanto amamos si la espera está puesta en Dios. Aunque seamos motivo de crítica, aunque nos tilden de ingenuos e ilusos. Aunque nos vean como si fuéramos seres extraños en medio de un mundo que ha cambiado el sentido al amor, porque sólo vive para satisfacer el ego, porque se contenta con la felicidad aparente de los placeres del momento, cuando en realidad lo único que hace es dañar la mente, el alma y el corazón.

El amor es un regalo de Dios para que el hombre sea feliz y haga felices a los demás. El amor verdadero consiste en amar a Dios y en amar a tu prójimo como a ti mismo. Este es el primer mandamiento. Si decimos que amamos a Dios y abandonamos a aquellos que Él nos dio a nuestro cuidado ya hemos dejado de amar.

La familia es la escuela del amor verdadero, la base de la sociedad y del mundo. Un padre o una madre de familia que dice amar a sus hijos y de la noche a la mañana abandona el hogar ni siquiera está amándose a sí mismo. Su amor se torna egoísta porque sólo piensa en satisfacer su ego buscando fuera de su hogar lo que ya tiene para ser feliz.

El amor dentro del matrimonio es donación y entrega. Es una unión de amor tan profunda que en su máxima expresión conlleva la responsabilidad de la procreación de quienes vienen a dar un sí ulterior a ese amor: los hijos. Los esposos reafirman así lo que Dios nos enseña sobre el amor y entran a participar en la mayor y más bella obra de Dios: la familia.

El amor conyugal es la unión de un hombre y una mujer bajo la bendición de Dios desde el día del matrimonio. Se forma así un triángulo indisoluble de una comunión permanente, que da testimonio de la alianza con Dios como símbolo de la salvación del hombre de acuerdo a lo revelado en la Biblia. Cualquier otra relación fuera del matrimonio es simplemente adulterio, una traición a nuestro creador y, por ende, al esposo(a) y a los hijos.

Cuando hay abandono matrimonial de inmediato se rompe esa alianza con Dios, y el hombre pierde su paz interior y la oportunidad de ser realmente feliz, al dejarse llevar por el pecado que es la separación entre el Padre y sus hijos. Pero cuando el amor ha dejado raíces fuertes en el esposo o en la esposa que permanecen fieles, cuando en los hijos existe algo maravilloso que es la esperanza de que el papá o la mamá regrese algún día a Dios y a su hogar como el hijo prodigo, entonces descubrimos un verdadero testimonio del amor verdadero, ese amor que un día Dios unió. Entonces la espera, aunque parezca larga, vale la pena, pues el regreso de aquel que tanto se ama no depende de él sino de Dios.

Hoy se habla del divorcio como algo natural, como la ruptura de una relación a la que no se le da el verdadero valor que tiene cuando se ha dado el Sacramento del matrimonio, por el que vale la pena luchar hasta la muerte.

Por más que los hombres traten de legalizar civilmente una nueva relación jamas ésta será válida a los ojos de Dios. Para Dios no hay alternativas a un matrimonio bendecido por el mismo amor divino, ni hay nuevas relaciones que puedan sustituir aquella primera en la que se ha formado una familia.

Sólo en la familia radican los valores que permiten encontrar la verdadera felicidad, como son el amor, la entrega, la armonía, la alegría, la unión, la comprensión, el aprender diario a compartir… Pero, sobre todo, está la esperanza: una esperanza de amor y perdón en la que el hombre, unido a Dios, encuentra la paz y la verdad que nos hace plenamente libres.

fuente:encuentra.com

El presidente de Chile defiende el matrimonio auténtico

26, 05, 2011 12:00 am

(Emol/InfoCatólica) Fuerte molestia en la comunidad homosexual causaron las declaraciones del Presidente Sebastián Piñera, quien al anunciar la entrega del bono por las «bodas de oro» confirmó su postura a favor del matrimonio. «Creo mucho en el matrimonio, en el matrimonio como debe ser, entre un hombre y una mujer, que se casan para compartir un proyecto de vida, para generar una nueva familia, para recibir los hijos que Dios nos mande», expresó el Mandatario, quien llamó precisamente a «fortalecer la familia, porque es, después de Dios, lo más importante que tenemos en este mundo».

Sus palabras surgieron un día después de que los senadores de la UDI Pablo Longueira y Andrés Chadwick presentaran una reforma constitucional para establecer que el matrimonio sólo puede ser contraído entre un hombre y una mujer, con el fin de ratificar que no se abrirá la puerta al enlace homosexual cuando se discuta un proyecto que regule las uniones de hecho.

La iniciativa parlamentaria fue retirada en las últimas horas debido al rechazo que generó tanto en las redes sociales como en sectores de la oposición y en el Movimiento de Integración y Liberación Homosexual (Movilh).

Esta última agrupación fue la encargada también de manifestar su malestar por las declaraciones del presidente. “Tenemos una profunda diferencia con Piñera en torno al matrimonio homosexual, pues oponerse a la igualdad legal para todas las personas es impresentable en un país democrático. (…) Lo que repudiamos con especial fuerza es que sea regresivo en torno a la concepción de familia. No puede ser que una vez asumido como Presidente cambie de postura sobre esta materia”, recalcó el Movilh.

La entidad dirigida por Rolando Jiménez lamentó además que “el Presidente de la República diga o más bien imponga cómo debe ser el matrimonio”.

“Al decir a la par que el matrimonio es sólo entre un hombre y una mujer y vincular sólo a esta unión a la familia y los hijos, se excluye de manera horrorosa una realidad. Gays, lesbianas y bisexuales y transexuales que conviven sí son familia, más aún si tienen hijos”, subrayó el Movilh a través de un comunicado.

fuente: infocatolica

La Vocación Sacerdotal: Para los Padres de Familia /The Priestly Vocation: For Parents

Tú… ¿Qué respuesta le estás dando a la vida?

¿Porqué no creer en mí si soy lo más cercano que existe al mismo Dios?

¿Porqué no creer en mí si Él que desde la eternidad me pensó me dotó de la maravillosa inteligencia y voluntad para poder elegir mi destino? ¿Porqué no creer en la habilidad para engrandecer mi propio ser femenino? Soy una mujer, llevo un nombre, el que me hace ser yo, sentirme yo y saberme única. ¿Porqué no creer en lo que puede llegar a ser y a hacer Andrea, Beatriz, Carolina, Dinorah, Elizabeth o cómo sea que me llame? ¿Qué espero para manifestar la vitalidad que en mí reside? ¿De qué tengo miedo? ¿Qué me detiene para liberar todo ese amor de mujer que puedo dar?

Talvez más de alguna vez te has hecho la pregunta que leíste al inicio, ¿por qué no creer en mí? Vivimos en una sociedad que no nos ama por lo que simplemente somos como personas, una sociedad que, como mujeres, nos presiona a ser eternamente lozanas, a ser envidiablemente delgadas y brillar como una estrella en el campo profesional. Bajo este pensamiento, según la sociedad, si no somos así sólo formamos parte de la masa, no somos nada. Esto, por supuesto no está bien.

Talvez serás una muchacha joven, tendrás 20 años. Puede que seas una recién casada y tu edad no pase de los 26 años. Quizá ya tienes un hijo, o dos. ¿Podría ser que eres una mujer con la juventud de los 35 años? Tal vez 45 o 60… La edad que tengas, ¿Has pensado en los tiempos que nos ha tocado vivir? Nuestra era ha sido conocida como la era de las comunicaciones y la sofisticada tecnología, pero también es la era del no saber quien se es, ni para lo que estás aquí. Y si no sabes quién eres, si no conoces el maravilloso potencial que el mismo Dios del amor te brindó al crearte mujer y si mucho menos sabes para lo que estás aquí ¿Cómo pedirte que creas en ti?

¿Cómo saber quién soy yo? Sólo sabrás quien verdaderamente eres si te metes de cabeza a iniciar una amistad con Dios. La angustia que la mujer tiene de Dios en nuestro tiempo, ni ella misma lo sabe. Piensa que el vacío que siente es porque no hay un hombre que la ame; las depresiones que experimenta las relaciona muchas veces con la carga excesiva de trabajo; si es soltera se desespera por casarse. Si pasó de los 25 años empieza a aceptar migajas con tal de no estar sola. Si ya está casada se encierra en sí misma y se martiriza pensando en que tal vez se equivocó al escoger al hombre de su vida. Puedo dar muchos más ejemplos. Pero todos nos llevarán a lo mismo. Nuestra soledad, nuestra melancolía, nuestra tristeza, nuestro desánimo, nuestra frustración es el bullir silencioso de nuestra alma, de nuestro espíritu que expresa a través de estos estados emocionales su necesidad natural de relacionarse con Dios. Piensa en esto, pues así es como se va construyendo la conciencia de nuestra relación con Él. Esta conciencia terminará llevándote a una pregunta crucial: ¿quién soy yo?

Me imagino que ya sabes quién fue la Madre Teresa de Calcuta. ¿Recuerdas su figura física? Pequeña, curtida por el sol, común y corriente. Como lo soy yo y talvez, como lo eres tú. Desde muy joven supo que su potencial para llegar a ser venía de Dios mismo. Vivía metida en Él, y atenta a su llamada. No tuvo miedo porque sabía quien era, una hija de Dios. Creyó en ella misma y en su misión porque su potencial era una extensión del poder creador de Él Que Es. ¿Cómo lo hizo? Interiorizando, yendo hacia adentro, quedándose quieta. Así descubrió que cada uno es egoísta, que lo llevamos en la piel, en la sangre, en los huesos, pues es nuestra propia naturaleza. Pero también descubrió que metidas en Él somos capaces de ver con los ojos del cielo que podemos amar generosamente y dejar la piel, la sangre y los huesos para transformar la sociedad en la que vivimos. La Madre Teresa lo hizo, como lo puedes hacer tú, si crees y quieres. Al hacerlo Dios te tomará de su mano que es fortaleza, que es sabiduría, que es éxito y te mostrará desde su amor infinito como las estrellas del cielo el maravilloso potencial para llegar a ser que te regalo al crearte mujer.

Estás aquí para ser la raíz del mundo. La raíz es el extremo de las plantas desde donde obtienen las sustancias nutricias indispensables para su desarrollo armónico. Si no hay raíz, no hay planta, no hay vida. Si no existiera la mujer, ¿qué sería del mundo? Es entonces la mujer lo más profundo, lo fundamental, lo esencial, lo bendito. Es la savia y la lava. Es manantial que calma la sed y es nutriente que alimenta. Es la que siembra valores o simplemente los evita. Y tú, ¿para qué vives? ¿Estás aquí viviendo egoístamente tu vida? ¿Qué respuestas le estás dando a la vida?

Adviento: Tiempo de espera y preparación


María esperó el nacimiento de su hijo, el hijo de DIOS, el Salvador. DIOS esperó el encuentro pleno con la humanidad, su creación, a través de Jesús, su hijo enviado.Adviento es tiempo de espera y de preparación.

Adviento es el tiempo de cuatro semanas que antecede a la Navidad.

Tiempo en el que nos preparamos espiritualmente para rememorar y celebrar la llegada del niño Jesús, la llegada de DIOS niño, de DIOS humilde, de DIOS humano.

Es el tiempo reservado en nuestra vida para parar, reflexionar y meditar, vivir y recordar la historia del nacimiento de Jesús.

Es un tiempo especial para pensar sobre el sentido de nuestra vida, de nuestra fe, de nuestra esperanza.

En este tiempo esperamos renovación en nuestra vida personal, familiar, social, económica… porque creemos en el poder de la promesa de DIOS cuando envió su hijo al mundo.

DIOS se humanizó, se transformó en un niño pequeño, humilde, para acercarse de manera más sublime a sus criaturas; para encontrar acogida en medio de su pueblo.

Adviento es un tiempo en que muchas luces son prendidas en las casas, en las calles, en las ciudades, revelando el gran deseo humano de luz sobre la vida, y encendiendo la sensibilidad humana y el deseo de que esta luz se transforme en vida abundante, concretándose en la vida cotidiana.

Es un tiempo en que las personas se sensibilizan, se alegran, se abren a la comunicación, al perdón y al amor. Es también un tiempo en que algunas personas se entristecen, pensando en sus sueños, en su realidad, en su vida, en su falta de esperanza, olvidándose del verdadero sentido de La Navidad…

Es, también, tiempo de ofrecer hospitalidad. Hospitalidad para recibir otras personas en nuestra comunidad, en nuestra casa; y hospitalidad para recibir en nuestra vida nuevos valores, nuevos pensamientos; nuevos proyectos.

Que el tiempo de adviento sea en nuestra vida un tiempo de preparación para volcarnos a lo que es más pleno y puro, en la vida deseada por DIOS.

Fuente:lafamilia.info

THE HUMAN EXPERIENCIE

DOLOR DEL HOMBRE, DOLOR DE DIOS

La encarnación del Verbo es un misterio que no nos permite salir de nuestro asombro. Sin embargo, no faltan experiencias que nos aproximan de algún modo a la experiencia de Jesús en lágrimas.

Por Antonio Orozco

EL AMIGO ENFERMO

Jesús de Nazaret es hombre buscado y perseguido por «la justicia». Los capitostes del pueblo están nerviosos. Les incomoda sobremanera la palabra, las obras, los milagros que hace el Galileo. Ha habido ya un intento de lapidación y le buscan de nuevo para consumar su proyecto. Pero Jesús es pura afabilidad, ha cultivado la amistad, valor inestimable; tiene amigos entrañables que darían la vida por Él. Uno de ellos es Lázaro, de Betania, hermano de Marta y María. Jesús hacía altos en su caminar incansable, para descansar en casa de Marta. Allí se sentía como en su hogar, entre los suyos. Podía hablar con franqueza, sin temor a que sus palabras fuesen retorcidas. Se querían unos a otros intensamente.

Un día, mientras Jesús andaba evangelizando lejos, Lázaro cae enfermo de gravedad, más aún, de muerte. Sus hermanas se alarman. Conocen el poder taumatúrgico del Amigo. Si ha curado a tantos, si incluso ha resucitado a una niña, y al hijo de una viuda, a quienes no conocía más que de un encuentro fugaz, con seguridad curaría a Lázaro, su amigo. Le envían mensajeros: «-Señor, mira, aquel a quien amas está enfermo» (Jn 11, 3). Pero Jesús sale con que aquella enfermedad «no es de muerte», sino «para la gloria de Dios, a fin de que por ella sea glorificado el hijo de Dios». Lenguaje opaco. ¿Cómo puede dar gloria a Dios una enfermedad? ¿Cómo puede ser alguien glorificado por ella? La enfermedad es una maldición y la muerte no digamos…

El caso es que «Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro» y «aun cuando oyó que estaba enfermo, se quedó dos días más en el mismo lugar» (Jn 11, 5-6). ¿A qué viene semejante «cachaza»? ¿Qué puede haber más urgente que sanar a un amigo, si se puede? No consta que hubiera algún asunto más importante que atender o que no se pudiera aplazar. Además, se ve que él sabía más que el mensajero. Conocía –aunque se expresara con palabras ambiguas, ¡poéticas! -«Lázaro nuestro amigo está dormido…»- que la enfermedad era de muerte (cf Jn 11, 13). Lo sabía. Y añade: «me alegro por vosotros de no haber estado allí». Lo que nos faltaba. La conclusión del argumento tampoco resuelve la inquietud: «para que creáis» (Jn 11, 14) (?)

Quizá, si sabe que Lázaro ha muerto, debe de disponerse a obrar un gran prodigio. ¿Habrá sido un anuncio implícito de resurrección? Se suceden escenas de dramatismo intenso. Marta le sale al encuentro, suplicante. Jesús le anima y quiere encenderle la fe, aún escasa, enfatizando cada sílaba: «Yo soy la resurrección y la vida». María llora desconsolada y reprocha a Jesús su tardanza, llora como una magdalena. Todos lloran, también los judíos barbados. Y Jesús «se estremece por dentro, se conmueve»,. ¡y Lloró Jesús! (Jn 11, 35)

LÁGRIMAS DE DIOS HIJO

Todo un Dios contagiado por lágrimas de mujeres y niños (aunque también de barbudos, es justo reconocerlo). ¿No estaba contento? ¿No se había alegrado de no haber estado allí? ¿No iba a resucitarle? ¿No estaba prevenido de las circunstancias? ¿No tenía en presente el inmediato futuro? Sin embargo, se conmueve en lo más hondo. Jesús, verdadero Dios, se conmueve como verdadero hombre. Su divinidad no le impide algo tan humanamente natural como el contagio de unas lágrimas. «Decían entonces los judíos: -Mirad cuánto le amaba». Era patente, no pudo esconderlo. No pudo esconder sus lágrimas. No pudo contenerlas. Y se dirige al sepulcro no como el actor cuyo triunfo es seguro, porque va a interpretar magistralmente la apoteosis de un clímax fascinante. Va conmovido, apenado de verdad, las lágrimas son visibles, no prefabricadas, son auténticas, surcan su rostro. Anda hacia el sepulcro y en el camino ¡«se conmueve de nuevo»! (Jn 11, 38).

¿Qué es esto, un Dios «trascendente, infinitamente distante» o un hombre traicionado por su corazón demasiado tierno, herido por la frustración de una amistad «inmanente», que cumple la definición clásica: «el amigo es la mitad de mi alma»?

Es el misterio de la encarnación del Verbo. El Dios vivo es del todo trascendente y distinto al mundo, pero no distante. No es el mundo. No es nada del mundo, pero está en todo, «por esencia, por presencia y por potencia». Está de modo peculiar en lo más íntimo de la criatura humana: «más íntimo a mí mismo que yo mismo» (san Agustín). Y en Jesús de Nazaret, el hijo del carpintero – hijo de María, Hijo del hombre, hombre verdadero, sin trampa ni cartón-, Dios no sólo «está», sino que «es». Dios Hijo se ha hecho carne; hombre, con tanta verdad que puede decir al señalar con el dedo a Jesucristo: «este hombre soy Yo». Y Jesucristo puede decir y dice: «Yo soy», es decir, «Yo soy Yo soy» (cf Jn 8, 28; 18, 5), que es el nombre de Dios. Dios Hijo (Segunda Persona divina, verdadero Dios) «es» verdaderamente el Hijo de María. El Hijo de María «es» Dios Hijo: una sola Persona, dos naturalezas, unidas –al decir de los teólogos- «hipostáticamente», es decir, en un único Sujeto (Persona), que es el Verbo.

En fin, Jesús sabía que Lázaro había muerto y se había alegrado. Tenía buenos motivos para ello, porque tenía en presente el futuro. Aquella enfermedad y aquella muerte era para su propia gloria. Pero tener en presente el futuro y su futura gloria, no le impide, al contrario, tener en presente el presente y ser más fuerte en su corazón el «presente-presente» que el «presente-futuro». La encarnación del Verbo es un misterio maravilloso que no nos permite salir de nuestro asombro. Sin embargo, no faltan experiencias que nos aproximan de algún modo a la experiencia de Jesús en lágrimas.

LA MUERTE DE UN AMIGO

Hace algunas semanas se me murió un amigo, un hombre bueno, más aún, santo, a mi parecer. Yo lo sabía. Y sabía –porque me lo enseña la Iglesia, me lo enseña Dios- que mi amigo, por amar a Dios con todo su corazón y toda su alma, está gozando del Amor eterno en el Cielo, inmensamente feliz. Yo estaba muy contento por esto. Lo estaban también sus hijos y sus nietos, porque la cosa era evidente. Celebré la santa misa corpore insepulto, y en medio de ella, sin querer, más aún, resistiéndome cuanto pude, me conmoví y solté el trapo sin poder evitarlo. Había muerto «mi amigo». La sensación subjetiva de ridícula debilidad se alivió con el recuerdo de Jesús ante el sepulcro de Lázaro. Yo no podía ni debía aspirar a ser más «fuerte» que Jesús, es decir, más fuerte que Dios. Porque las lágrimas de Jesús eran lágrimas de Dios; dignas de Dios, porque si no, no se hubiera inmutado el rostro de Dios que es Cristo.

La Divinidad, su omnisciencia trascendente, no impide la concentración de la mirada y del corazón humano de Cristo en su amigo. Este episodio revela la intensidad humana con que Cristo vive el tiempo real concreto, con todas sus circunstancias, con todas las emociones que las circunstancias conllevan. El saber sobre los incontables seres humanos, el saber en conjunto y en detalle de toda la historia de la humanidad, el movimiento de cada uno de los peces del mar de Galilea y de todas las constelaciones que pueblan el universo, no le impide estar intensamente concentrado en su amigo. Y no puede contener las lágrimas. En verdad, cada una de ellas es una luz que ilumina no sólo el episodio de Betania, sino todos y cada uno de los momentos de su existencia terrena y de su existencia gloriosa, tras la resurrección y ascensión al Cielo. Y nos permite comprender la experiencia que expresa san Josemaría en este punto de Camino: «Jesús es tu amigo. -El Amigo. -Con corazón de carne, como el tuyo. -Con ojos, de mirar amabilísimo, que lloraron por Lázaro… Y tanto como a Lázaro, te quiere a ti (núm. 422).

¿CÓMO PUEDE DIOS PERMITIR TAL COSA?

Cuántas veces, ante la enfermedad propia o la muerte ajena, nos encaramos con nuestro Padre Dios y le decimos: ¿Cómo puedes permitir esto? Tú dices que eres Padre omnipotente y me abandonas a un sufrimiento como éste. Si no fuera por la fe, pensaría que la vida no es más que una broma cruel. ¿No te das cuenta de lo que me cuesta soportar semejante desgracia?

No siempre la respuesta llega en el momento deseado, esto es, en seguida. Pero llega, quizá después de mucho tiempo, después de muchas dudas y turbulencias, pero llega. Y se «oye» la voz del Padre celestial, que dice gravemente: «¡Más me cuesta a Mí!». La muerte de los santos, de los que mueren como hijos de Dios, es «preciosa» a los ojos del Padre. Lo dice su Espíritu en la Escritura Santa [pretiosa in conspectu Domini mors sanctorum eius (Ps 115, 6)],: «preciosa», en el doble sentido que permite la ambigüedad del término. Preciosa, de alto precio, algo que cuesta mucho conseguir; que supone un gran sacrificio adquirir. Ciertamente, Dios es un Padre amoroso. Nos ha creado con un amor inmenso, para la inmortalidad, para que disfrutemos de su eterna felicidad – eternamente -, en el Cielo, que es el «Reino» donde Él es «todo en todos». ¡Dios no quiere la muerte!, no la hecho Él. No es «voluntad de Dios» que muramos ni que pasemos por cualquiera de las demás angustias que vemos en el mundo. Dios «lo permite», que es radicalmente distinto a «querer». Y lo permite, ante a todo, a su costa, a costa del sufrimiento de su corazón paterno y materno inmensamente grande, infinitamente Amor. Y si lo permite es porque es una medicina necesaria para curar un mal invisible, más grave que todos los visibles: el pecado, que la soberbia diabólica introdujo en el mundo y se va desarrollando a lo largo de la historia de la humanidad.

UN CONCEPTO INESQUIVABLE

«Pecado», concepto inesquivable; que no da miedo cuando se conoce un poco la misericordia de Dios y hay voluntad de rectificar, de conversión. Para que no nos dé miedo ni nos veamos fatalmente inmersos en él, ni pensemos que es cosa trivial, Dios Padre nos envía a Dios Hijo, el Hijo de sus entrañas infinitamente fecundas, el Amado. ¡Qué no le ha costado al Padre la muerte de su Hijo unigénito, inocente, todo verdad, todo sabiduría, todo amor, todo santidad, todo él Dios! Para redimirnos. Los sufrimientos de la humanidad de Cristo, siendo tan extremados, teniendo tan infinito valor, no son nada comparados con el dolor de la Trinidad. Si aquellos cesaron con la muerte y resurrección, estos no cesan mientras haya un hijo negándose al Amor, a las obras de la fe; mientras algún mal moral ponga en riesgo la salvación eterna de algún hijo.

La muerte de sus hijos le cuesta mucho a Dios Trinidad, es el precio -¡gran precio!-carísimo de la Redención; carísimo y queridísimo, como se quiere la medicina que ha de curar para siempre.

LA MUERTE, ROSTRO BIFRONTE

La muerte de los hijos de Dios es bifronte: tiene dos caras. Una da al lado de acá y es costosa. Otra da al lado de allá y es hermosa. Porque no es la muerte a secas, en solitario, es una muerte «con Cristo» y «en Cristo», es una muerte repleta de la vida de la gran muerte de Cristo, muerte de Dios Hijo. Es morir «en la Vida», inmersos en la Vida que es Cristo. Es pues el «dies natalis» de los primeros cristianos, el día del nacimiento a la Vida conquistada por Cristo con su muerte y su resurrección gloriosa. La muerte de un hijo de Dios es la culminación de una fidelidad de amor, que merece las palabras de Jesús: «Bien, siervo bueno y fiel…»

La intensidad con que Cristo vive el dolor de cada uno de sus hermanos los hombres es plena, pero no sólo en el momento del morir, también en todos y cada uno de los momentos de nuestra existencia terrena, hasta un leve traspiés o un simple rasguño. Todos le interesan infinitamente, todo gravita sobre nuestra eternidad y todo conmueve el corazón inmenso de Cristo.

“Dios es mi Padre -escribe san Josemaría -, aunque me envíe sufrimiento. Me ama con ternura, aun hiriéndome” (Via Crucis, I, 1). ¡Más le duele a Él

fuente:arvo.net