Ella y él … la división del trabajo

(Por Carlota de Barcino, Mujer Nueva, 2004-01-16)
A menudo se denuncian en el mundo del trabajo discriminaciones que son difíciles de probar. Bajo la aparente necesidad de una “buena presencia” o ciertos requisitos físicos, se esconden preferencias empresariales no siempre justificables. El empresario, especialmente en las pequeñas y medianas empresas, cuenta con un amplio margen de actuación a la hora de decidir el sexo, la apariencia, la raza y otras características de los trabajadores que quiere contratar, sin que estos elementos influyan de modo alguno en el desarrollo eficaz del trabajo.

Sin embargo, existen otras diferencias de trato que son más fáciles de comprobar porque basta con mirar las estadísticas de empleo. Una de ellas es la que da lugar a lo que los expertos llaman “segregación ocupacional”, es decir, la división de hombres y mujeres en dos mundos laborales distintos y, como consecuencia, la concentración de mujeres en ciertos sectores y ocupaciones.

En la mayoría de los países, las mujeres acaparan los sectores financiero e inmobiliario, la Administración Pública, la educación, la sanidad y las actividades asistenciales; y están prácticamente ausentes en grupos ocupacionales como el del personal directivo de órganos de la Administración Pública, directores y gerentes de empresas, y en los sectores agrícola, ganadero, y minero, preparación y tratamiento de materiales, fabricación de productos, montaje y manejo de maquinaria e instalaciones, construcción y transportes.

Desde las civilizaciones más primitivas, el hombre ha realizado las funciones que requerían más fuerza física (trabajo agrícola, caza, elaboración de herramientas, etc.), y la mujer se dedicó a otro tipo de tareas, especialmente las de cuidado y asistencia, no sólo de sus hijos, sino de una familia más extensa: la comunidad en que se hallaba inserta.

Cuando se dio la revolución industrial, la necesidad de aumentar la fuerza de trabajo dedicada a la industria, así como un tipo de vida urbano que requería mayores ingresos para la subsistencia, llevaron a la mujer a desarrollar su trabajo fuera del hogar. En aquel entonces, las condiciones laborales no distinguían entre hombres y mujeres, y hubo que cambiar muchos esquemas de trabajo que perjudicaban especialmente a éstas.

Hoy en día nadie duda que hombres y mujeres son distintos, y que desarrollan su trabajo de modo diverso. Pero la diversidad no contiene en sí misma un parangón: nadie es mejor ni peor, simplemente distintos. Hombres y mujeres son distintos físicamente, y por tanto, toda concentración de uno u otro sexo en un sector que esté relacionado con la fuerza física estaría justificado. Pocas personas saldrían a la arena pública reclamando un mayor número de mujeres entre los conductores de camiones, los mineros, pescadores o agricultores, simplemente porque son muy pocas las que optarían por este tipo de trabajos.

Sin embargo, tareas que podrían ser igualmente realizadas por hombres y mujeres, que hoy reciben la misma educación, están convirtiéndose en “ocupaciones femeninas”, y suelen ser categorías medias e inferiores de la empresa. Se crea entonces un círculo vicioso, pues esas ocupaciones acaban disuadiendo la entrada de varones y propiciando la contratación de mujeres. Así sucede, por ejemplo, en puestos como el de auxiliar administrativo. ¿Quién conoce un solo “secretario”?

Esta nueva división del trabajo ha sido objeto de estudio por algunos economistas y sociólogos. Algunas de las razones vienen del lado de la demanda: el empresario tiene preferencias y estereotipos sobre el sexo de sus empleados, y suele asignar a la mujer un mismo tipo de ocupación, injustificadamente. Pero del lado de la oferta también influyen las necesidades y preferencias de la mujer, que suele valorar mucho más que el hombre otros aspectos de su vida, sobre todo, su papel en la familia. Al no encontrar un entorno que facilite sus deseos de ser madre, o de ejercer como tal, mujeres que podrían realizar trabajos más cualificados renuncian a ellos, buscando sectores o puestos con mayor flexibilidad de horarios o donde las interrupciones temporales de la actividad laboral debidas a su condición de madre, ocasionan menos perjuicios.

Y esa diferencia femenina que es la maternidad, no sólo influye en el cargo que se le asigna: también en las posibilidades de promoción, puesto que una experiencia humana tan formidable se descuenta del cálculo de la experiencia profesional, como si no aportase nada a esa persona. Y por último, reduce las oportunidades formativas que se ofrecen en la empresa, puesto que el empresario tiende a formar a los empleados de cuya permanencia y rentabilidad está más seguro, excluyendo automáticamente a la mujer, o relegándola a puestos menos necesitados de formación.

Así pues, hombres y mujeres viven de modo distinto su paternidad. Las implicaciones laborales que tiene para la mujer el embarazo, nacimiento y lactancia del niño, y su posterior cuidado, acaban forzándola a reducir el número de hijos que desea tener o a entrar en la dinámica segregacional antes descrita.

Los expertos no acaban de encontrar la causa de esta división laboral. Apuntan que en las sociedades modernas, con pocos hijos y crecientes infraestructuras para criarlos, en principio la familia no debería ser motivo de que la mujer tenga que elegir ocupaciones más compatibles con su función de madre. Mi opinión personal es que sí sucede así. Por mucha infraestructura que exista para el cuidado de los niños, la función paterna, y especialmente la materna, es insustituible. Y la crianza exige no sólo “calidad” de tiempo (como muchos padres arguyen, a veces llevados por un cierto sentimiento de culpa), sino también “cantidad”. Algo que no encaja bien en un sistema laboral de dedicación intensiva.

En definitiva, la caída de la natalidad no sería más que una consecuencia de ese difícil encaje de la mujer en el mundo del trabajo. También la segregación ocupacional manifiesta ese problema de tantas mujeres que aspiran a una vida personal equilibrada… ¿necesitan aún más datos quienes toman decisiones en el mundo de la política y la empresa, para responder a este problema? ¿Cómo dar a la maternidad el valor que le corresponde, sin que sea “un peligro” que causa discriminación?