EN LA PAREJA SE PUEDE NEGOCIAR

Todos los días tienes que elegir, te ves en la necesidad de coger algo y dejar algo; te ves en la necesidad de ponerte de acuerdo, de coordinar con quiénes compartes la vida, ya sea en asuntos importantes como en cosas que no lo son tanto. El hecho es que vives en función de acuerdos tácitos y pactos de convivencia, muchas veces imperceptibles, pero concretos. Y si bien el término “negociar” no goza de muy buena prensa, aprender a hacerlo es la clave para llevarse bien y garantizar relaciones más satisfactorias, en todos los aspectos.

(Cuento con que se parte de la base que uno está convencido de querer vivir en pareja, de que se quiere aprender a vivir en pareja.)

¿Es verdaderamente necesario hacer una larga lista de renuncias para asegurar una relación duradera? ¿Implica que tengas que posponer indefinidamente tus deseos?. ¿Es cierto que para llevarse bien, tienes que dejar pasar una y otra vez todo lo que te molesta de tu pareja o de tus hijos? 

El tema es que si es perfectamente esperable que tú te ocupes de las personas queridas, también sucede que también eres tú quien siempre deja de lado sus necesidades o el/la que siempre se calla la boca para evitar una discusión, a la larga terminarás por no sentirte bien, por experimentar un gran amargor de boca, un mal sabor que te llevará a cuestionarte asuntos que hasta el momento creías incuestionables. Un buen día se te “ llenará la copa” y buscarás cambiar de posición y plantearás todo tipo de reproches y discusiones; es tan fácil como ver que vas a ¡EXPLOTAR!

Existe una forma más efectiva para conseguir que todos los vínculos sean más satisfactorios y equitativos y se llama negociación y tiene sus secretos. 

Negociar, es un proceso de conversaciones mediante el cual las partes involucradas intentan lograr acuerdos cuando surgen intereses opuestos y deseos que no convergen en intereses. También es una elaboración, por lo que lleva su trabajo y esfuerzo personal no carente de, al mismo tiempo, una gran dosis de voluntad individual.
(Todo lo que merece la pena se consigue con grandes dosis de esfuerzo)
La infinidad de intereses que tiene cada persona genera diferencias que tienen que ser resueltas de algún modo para poder convivir. Sin embargo, no existe ninguna situación que no pueda remediarse. La experiencia clínica me ha demostrado que ante verdaderos problemas de comunicación que eran “casi irreparables”, y si aún existe el amor (recordemos que como sentimiento puede cambiar y extinguirse) era cuestión de que básicamente se creara el propósito de querer aprender a plantear lo que realmente quieres.

CLAVES: 
· Ponte a la misma altura que el otro. Entiende que tú eres tan valioso como los demás. Defiende tus deseos. Para poder ocuparte de los demás, primero tienes que encargarte de ti mismo/a (esto no es egoismo)
· Abandona a tiempo la discusión. Saber emprender correctamente la retirada no es un signo de debilidad sino de fortaleza. 
· Visualiza alternativas y sugiérelas. En la medida de lo posible trata de ser amable: “¿qué pasaría si…?”; “me gustaría que…”, estas frases permiten abrir el diálogo y el intercambio de opiniones (la agresividad genera agresividad)
· Acepta el no. El hecho de hacer un reclamo no significa que será atendido inmediatamente. Sin embargo, eso no debe ser una excusa para dejar de plantear lo que tú necesitas. Poder comunicar lo que deseas es un paso vital para aprender a negociar. 
· Escucha sin interrumpir. De este modo le permitirás al otro expresarse y también podrás exigir ser escuchado/a si interrupciones.
· No amenaces ni desacredites a los demás. No olvides que tu objetivo no es destruir al otro, sino ejercer un derecho legítimo. Y no olvides que las acusaciones cierran las puertas. 
· Evita el chantaje. La extorsión afectiva es la estrategia de los débiles. Establece cuáles son tus derechos.
· No des nada por sentado. Descarta pensamientos como:” él debería saber que…”; “ya sé lo que va a responder…”, ” yo estoy segura de que él…”. (Normalmente el curso de adivino aún no está disponible, creo)
· Conversa sobre un tema puntual. Si uno se va por las ramas, no centra el dialogo sobre lo que le interesa, genera dispersión y gran malestar.
· No quieras tener siempre la razón. No hay nada más desagradable que tener a una persona testaruda enfrente de uno. 
· No pases facturas. No lleves las cuentas de cada cosa buena que tú haces o de los errores que él comete.

Ninguna pareja, por más enamorada que se sienta, está libre de discusiones y problemas. La clave para salir airosos está en la capacidad para abordar, resolver y negociar sus conflictos. ¡Y se puede! 
Se puede tener afinidad en valores, abrazar objetivos de vida compartidos, compatibilidad sexual y provenir de familias relativamente similares; pero si a la hora de discutir, desafiando la convivencia, la pareja no es capaz de asumir con madurez las dificultades ni tiene capacidad de llegar acuerdos, probablemente estén destinados al fracaso.
Esto se vuelve fundamental, sobre todo, en períodos críticos como la etapa de organización del matrimonio y en el tiempo de recién casados en que comienza el “ajuste” a esa nueva vida, pues marcará la pauta de cómo se relacionarán y trabajarán el tema a futuro. Tampoco olvidemos que en los ciclos evolutivos de la pareja existen luces y sombras y es en estas situaciones cuando es conveniente sacar los recursos que cada uno tiene, aprendiendo asertividad, empatía y respeto. Un Orientador familiar, un terapeuta, puede conduciros por este camino para que se consiga estabilizar la relación que tal vez solos no se sea capaz de afrontar.

Una observación tan importante como las anteriores es dejar de lado algo tan peligroso como el rencor. Se hace necesario, pues, en las primeras sesiones de orientación, “bajar la intensidad emocional” de los clientes. ¡Ahora podemos comenzar!

Juan Jose López Nicolás
ASOCIACION CONVIVENCIA FAMILIAR RINCON DE SECA
http://terapiayfamilia.blogspot.com

APRENDER A CONVERSAR

Por Antonio Orozco-Delclós
En ESCRITOS ARVO

“Con-versar” equivale a versar juntos sobre un mismo tema, asunto o argumento. La conversación -el diálogo- es de dos, o más. Pero juntos y sobre una misma cosa. Si hay dos o más hablando de cosas distintas ya no estamos en una conversación ni en un diálogo, sino quizá en una olla de grillos, o tal vez, más probablemente, como con su habitual buen humor señala José Luis Olaizola, estemos metidos en una tertulia de españoles.

En estos tiempos que corren suele suceder que o reúnes o te reúnen. La reunión es un deber frecuente. Y esto es muy bueno cuando de veras la reunión es lo que su nombre parece indicar: “re-unir”, unir de nuevo -es de suponer- para estar más unidos que antes. No siempre, sin embargo, se incrementa la unidad en las reuniones, incluso las pensadas para estrechar vínculos, enriquecer ideas, comprender un poco más a los otros, cooperar al bien común de la sociedad.

¿Por qué esos fracasos, al menos aparentes? No siempre, o casi nunca se debe a complejidad de los problemas que se debaten. Tengo para mí que casi siempre o muchas veces se debe a la complejidad de las conciencias.

El orgullo fue la causa de la confusión que se produjo en Babel. Juan Pablo II afirma que estamos en una civilización babélica. A menudo no nos entendemos, aun exponiendo ideas muy simples. Oscar Wilde decía -muy suyamente- que a ingleses y norteamericanos una misma lengua los separaba. Hablamos en el mismo idioma de cosas sencillas, y sin embargo a veces no nos entendemos. ¿Por qué?

En su divertido -pero serio- libro “Lo malo de lo bueno”, Paul Watzlawick aporta una posible respuesta: precisamente la misma lengua produce la impresión de que el otro tiene que ver la realidad evidentemente “tal como es, es decir, tal como yo la veo”. Y si sucede que no lo ve así, entonces es que está loco o es un malévolo.

También ofrece Watzlawick el ejemplo histórico contado por John Locke en su “Ensayo sobre el entendimiento humano”: En una reunión de médicos ingleses muy eruditos se discutió durante largo tiempo si en el sistema nervioso fluye algún “liquor”. Las opiniones divergían, se pusieron los argumentos más diversos y parecía imposible de todo punto llegar a un consenso. Entonces Locke pidió la palabra y preguntó si todos sabían con exactitud lo que entendían por la palabra “liquor”. La primera impresión fue de sorpresa: ninguno de los asistentes creía no saber en detalle lo que se estaba debatiendo y tomaron la pregunta de Locke casi por frívola. Pero al fin se aceptó la propuesta, se entretuvieron en fijar la definición del término, y pronto cayeron en la cuenta de que el debate había pasado a versar sobre el significado de la palabra. Unos entendían por “liquor” un líquido real (como agua o sangre) y por esto negaban que en los nervios fluyera algo así. Otros interpretaban la palabra en el sentido de fluido (de una energía, cosa parecida a la electricidad) y en consecuencia estaban convencidos de que por los nervios fluye un “liquor”. Se explicaron las dos definiciones, convinieron en elegir la segunda y en breve tiempo finalizó el debate con un acuerdo unánime.

También Paul Watzlawick recuerda la técnica de Anatol Raport para solucionar problemas: en caso de conflicto, en vez de que cada partido dé su propia definición del problema, el partido “A” debe exponer de un modo exacto y detallado la opinión del partido “B”, hasta que éste (B) acepte la exposición y la declare correcta. Después, el partido “B” ha de definir la opinión de “A” de un modo que resulte satisfactorio a éste (A). Dice Watzlawick que aplicando esta técnica sucede no pocas veces que una de las dos partes en litigio diga asombrada a la otra: “Nunca hubiese pensado que usted pensara que yo pienso así”.

El método quizá parezca lento. Pero ¿es más eficaz discutir sin saber exactamente cuál es el objeto del que se está hablando? ¿No convendría reimplantar los antiguos estudios de Dialéctica, en el sentido clásico de la palabra, como arte de discurrir o argumentar correctamente?

Quizá sea verdadero todavía el diagóstico de Eugenio d”Ors: “la más grande limitación de la gente hispana estriba en algo vergonzoso, en algo que es, por definición, un vicio de esclavo: en la incapacidad específica para el ejercicio de la amistad”. A ella se le añade un corolario -que de la misma enfermedad se deriva- y que llama “una suerte de trágica ineptitud para el diálogo”.

Vale la pena no arrojar la toalla y cultivar sin desmayos “el santo diálogo, hijo de las nupcias de la inteligencia con la cordialidad”. A mi me sirve de examen de conciencia el también d”orsiano “Decálogo para todo dialogante”:

I. Escucha a todos, sobre todas las cosas.
II. Honrarás la educación que has recibido.
III. No desearás atropellar la palabra de tu prójimo
IV. No te acalorarás.
V. No equivocarás.
VI. No pronunciarás palabras agresivas.
VII. No desearás tu monólogo frente al prójimo.
VIII.Celebrarás la inteligencia de los demás.
IX. No dialogarás en vano.
X. Vence en el diálogo, pero convence.

UN EJEMPLO A IMITAR (SUCEDIDO EN LA CARCEL MODELO DE MADRID)

Por contrarse con nuestro ancestral proceder, es significativo el episodio sucedido entre los años 1932 y 1933 en la Cárcel Modelo de Madrid. Allá habían ido a parar jóvenes “rebeldes” del intento de sublevación militar del 1º de agosto de 1932, protagonizada en Sevilla por el general Sanjurjo. En enero de 1933 fueron ingresados en la misma cárcel algunos anarcosindicalistas pertenecientes a unos grupos que habían asesinado a varios guardiaciviles.

A unos y a otros les hicieron compartir el mismo patio, cosa que disgustó profundamente a los primeros, que mantuvieron con los recién llegados una agresiva distancia. Cuenta Peter Berglar, en su interesante biografía “Opus Dei. Vida y obra del Fundador Josemaría Escrivá de Balaguer” (pp. 133-134), que el beato Josemaría iba a visitar con frecuencia a aquellos jóvenes -sin que le preocupara “significarse” y ser fichado por la policía-; conversaba con ellos, en grupos o más personalmente y en el sacramento de la penitencia, siempre a través de la reja del locutorio de presos políticos, sin hacer distinción entre personas “de derechas” y “de izquierdas”. “En contra de las tendencias reinantes -dice el historiador- que pretendían obligar “en conciencia” a todos los católicos a apoyar un determinado partido, ponía de relieve que también los católicos tienen derecho a la libertad política, siempre y cuando permanezcan fieles a la doctrina de la Iglesia” (Ibid., p. 134)

Pues bien, como consecuencia de estas conversaciones, unos y otros decidideron jugar al fútbol juntos, en equipos “mixtos”, “y jugar con ilusión y con corrección, lo que, desde el punto de vista humano, daría mejores resultados que largas discusiones en un ambiente de disputa” (Ibid., p. 134).

Era vivir a la letra el punto 953 de Forja: “Cuando el cristiano comprende y vive la catolicidad, cuando advierte la urgencia de anunciar la Buen Nueva de salvación a todas las criaturas, sabe que -como enseña el Apóstol- ha de hacerse “todo para todos, para salvarlos a todos””.

“La propaganda cristiana no necesita provocar antagonismos, ni maltratar a los que no conocen nuestra doctrina. Si se procede con caridad -“caritas omnia suffert!”, el amor lo soporta todo-, quien era contrario, defraudado de su error, sincera y delicadamente puede acabar comprometiéndose. -Sin embargo, no caben cesiones en el dogma, en nombre de una ingenua “amplitud de criterio”, porque, quien así actuara, se expondría a quedarse fuera de la Iglesia: y, en lugar de lograr el bien para otros, se haría daño a sí mismo” (Surco 939). “No se puede ceder en lo que es de fe: pero no olvides que, para decir la verdad, no hace falta maltratar a nadie” (Forja 959). “El error no sólo oscurece la inteligencia, sino que divide las voluntades. -En cambio, “veritas liberabit vos” -la verdad os librará de las banderías que agostan la caridad” (Surco 842).

Los defectos nunca son un timbre de gloria o una manifestación de “personalidad”. Al revés, son manifestación de una personalidad defectuosa o deficiente. Por eso me parece que ganamos mucho cuando vamos desprendiéndonos de la arrogancia de postura o de la intemperancia de lengua, que si bien nos han llegado con la herencia, podemos vencer con nuestra personal libertad y la ayuda de Dios, que nunca falta.

Fuente: arvo.net

Relaciones familia-centro educativo

La coherencia entre la educación familiar y la educación colegial es una garantía de armonía en el desarrollo integral de los educandos. Una preocupación de las familias, que en estas fechas se acentúa, es el lograr plaza para sus hijos en un colegio cuyo ideario y proyecto educativo coincida con sus proyectos, principios y criterios.
Pues aún siendo la familia el ámbito natural de la educación, necesita que el centro educativo donde se forman sus hijos sea un apoyo que facilite la acción educativa en la misma dirección y sentido.

Debe ser el colegio el primer complemento educativo de la familia. Con el fin de lograr la mayor eficacia y concurrencia es necesario que los padres (padre y madre) estén en continuo contacto, al menos con el tutor/a de su hijo/a.

Dado el cúmulo de influencias negativas que reciben los educandos en esta sociedad moderna, en un ambiente sin referentes educativos, con una invitación continua potenciada por la información de los medios de comunicación, de la permisividad, de no desarrollar el esfuerzo, de no contemplar la autoridad personal y profesional de los profesores, de estar informados de todos sus derechos y no tener ningún deber, etc., es necesario que los dos ámbitos educativos fundamentales (familia y centro educativo) estén en permanente comunicación y colaboración para lograr unos resultados satisfactorios en los estudios y la mayor armonía posible en el desarrollo integral de cada educando.

Es indudable que la mejor inversión que los padres pueden hacer para sus hijos, siempre que les sea posible, es elegir un centro educativo en el que puedan establecer objetivos conjuntos con el equipo docente del colegio, con criterios comunes, ejerciendo cada uno en su área de actividad para lograr prestar las ayudas necesarias, en el momento oportuno y por la persona adecuada y evitando en todo momento las ayudas innecesarias, pues toda ayuda innecesaria limita a quien la recibe.

Dados los conflictos cada vez más frecuentes, por ingerencias de padres con profesores es necesario que cada educador ejerza con autonomía y responsabilidad su función y lograr los objetivos por vías de complementación. Los conflictos padres-profesores generan tal inseguridad en el alumno-hijo que sus consecuencias son imprevisibles. Siempre, pero hoy más que nunca, es necesaria una la interrelación familia-colegio que logre una acción educativa eficaz en cada hijo/a.

www.padresycolegios.com

Aprender a conversar

“Con-versar” equivale a versar juntos sobre un mismo tema, asunto o argumento. La conversación -el diálogo- es de dos, o más. Pero juntos y sobre una misma cosa. Si hay dos o más hablando de cosas distintas ya no estamos en una conversación ni en un diálogo, sino quizá en una olla de grillos, o tal vez, más probablemente, como con su habitual buen humor señala José Luis Olaizola, estemos metidos en una tertulia de españoles.

En estos tiempos que corren suele suceder que o reúnes o te reúnen. La reunión es un deber frecuente. Y esto es muy bueno cuando de veras la reunión es lo que su nombre parece indicar: “re-unir”, unir de nuevo -es de suponer- para estar más unidos que antes. No siempre, sin embargo, se incrementa la unidad en las reuniones, incluso las pensadas para estrechar vínculos, enriquecer ideas, comprender un poco más a los otros, cooperar al bien común de la sociedad.

¿Por qué esos fracasos, al menos aparentes? No siempre, o casi nunca se debe a complejidad de los problemas que se debaten. Tengo para mí que casi siempre o muchas veces se debe a la complejidad de las conciencias.

El orgullo fue la causa de la confusión que se produjo en Babel. Juan Pablo II afirma que estamos en una civilización babélica. A menudo no nos entendemos, aun exponiendo ideas muy simples. Oscar Wilde decía -muy suyamente- que a ingleses y norteamericanos una misma lengua los separaba. Hablamos en el mismo idioma de cosas sencillas, y sin embargo a veces no nos entendemos. ¿Por qué?

En su divertido -pero serio- libro “Lo malo de lo bueno”, Paul Watzlawick aporta una posible respuesta: precisamente la misma lengua produce la impresión de que el otro tiene que ver la realidad evidentemente “tal como es, es decir, tal como yo la veo”. Y si sucede que no lo ve así, entonces es que está loco o es un malévolo.

También ofrece Watzlawick el ejemplo histórico contado por John Locke en su “Ensayo sobre el entendimiento humano”: En una reunión de médicos ingleses muy eruditos se discutió durante largo tiempo si en el sistema nervioso fluye algún “liquor”. Las opiniones divergían, se pusieron los argumentos más diversos y parecía imposible de todo punto llegar a un consenso. Entonces Locke pidió la palabra y preguntó si todos sabían con exactitud lo que entendían por la palabra “liquor”. La primera impresión fue de sorpresa: ninguno de los asistentes creía no saber en detalle lo que se estaba debatiendo y tomaron la pregunta de Locke casi por frívola. Pero al fin se aceptó la propuesta, se entretuvieron en fijar la definición del término, y pronto cayeron en la cuenta de que el debate había pasado a versar sobre el significado de la palabra. Unos entendían por “liquor” un líquido real (como agua o sangre) y por esto negaban que en los nervios fluyera algo así. Otros interpretaban la palabra en el sentido de fluido (de una energía, cosa parecida a la electricidad) y en consecuencia estaban convencidos de que por los nervios fluye un “liquor”. Se explicaron las dos definiciones, convinieron en elegir la segunda y en breve tiempo finalizó el debate con un acuerdo unánime.

También Paul Watzlawick recuerda la técnica de Anatol Raport para solucionar problemas: en caso de conflicto, en vez de que cada partido dé su propia definición del problema, el partido “A” debe exponer de un modo exacto y detallado la opinión del partido “B”, hasta que éste (B) acepte la exposición y la declare correcta. Después, el partido “B” ha de definir la opinión de “A” de un modo que resulte satisfactorio a éste (A). Dice Watzlawick que aplicando esta técnica sucede no pocas veces que una de las dos partes en litigio diga asombrada a la otra: “Nunca hubiese pensado que usted pensara que yo pienso así”.

El método quizá parezca lento. Pero ¿es más eficaz discutir sin saber exactamente cuál es el objeto del que se está hablando? ¿No convendría reimplantar los antiguos estudios de Dialéctica, en el sentido clásico de la palabra, como arte de discurrir o argumentar correctamente?

Quizá sea verdadero todavía el diagóstico de Eugenio d”Ors: “la más grande limitación de la gente hispana estriba en algo vergonzoso, en algo que es, por definición, un vicio de esclavo: en la incapacidad específica para el ejercicio de la amistad”. A ella se le añade un corolario -que de la misma enfermedad se deriva- y que llama “una suerte de trágica ineptitud para el diálogo”.

Vale la pena no arrojar la toalla y cultivar sin desmayos “el santo diálogo, hijo de las nupcias de la inteligencia con la cordialidad”. A mi me sirve de examen de conciencia el también d”orsiano “Decálogo para todo dialogante”:

I. Escucha a todos, sobre todas las cosas.

II. Honrarás la educación que has recibido.

III. No desearás atropellar la palabra de tu prójimo

IV. No te acalorarás.

V. No equivocarás.

VI. No pronunciarás palabras agresivas.

VII. No desearás tu monólogo frente al prójimo.

VIII.Celebrarás la inteligencia de los demás.

IX. No dialogarás en vano.

X. Vence en el diálogo, pero convence.

UN EJEMPLO A IMITAR (SUCEDIDO EN LA CARCEL MODELO DE MADRID)

Por contrarse con nuestro ancestral proceder, es significativo el episodio sucedido entre los años 1932 y 1933 en la Cárcel Modelo de Madrid. Allá habían ido a parar jóvenes “rebeldes” del intento de sublevación militar del 1º de agosto de 1932, protagonizada en Sevilla por el general Sanjurjo. En enero de 1933 fueron ingresados en la misma cárcel algunos anarcosindicalistas pertenecientes a unos grupos que habían asesinado a varios guardiaciviles.

A unos y a otros les hicieron compartir el mismo patio, cosa que disgustó profundamente a los primeros, que mantuvieron con los recién llegados una agresiva distancia. Cuenta Peter Berglar, en su interesante biografía “Opus Dei. Vida y obra del Fundador Josemaría Escrivá de Balaguer” (pp. 133-134), que el beato Josemaría iba a visitar con frecuencia a aquellos jóvenes -sin que le preocupara “significarse” y ser fichado por la policía-; conversaba con ellos, en grupos o más personalmente y en el sacramento de la penitencia, siempre a través de la reja del locutorio de presos políticos, sin hacer distinción entre personas “de derechas” y “de izquierdas”. “En contra de las tendencias reinantes -dice el historiador- que pretendían obligar “en conciencia” a todos los católicos a apoyar un determinado partido, ponía de relieve que también los católicos tienen derecho a la libertad política, siempre y cuando permanezcan fieles a la doctrina de la Iglesia” (Ibid., p. 134)

Pues bien, como consecuencia de estas conversaciones, unos y otros decidideron jugar al fútbol juntos, en equipos “mixtos”, “y jugar con ilusión y con corrección, lo que, desde el punto de vista humano, daría mejores resultados que largas discusiones en un ambiente de disputa” (Ibid., p. 134).

Era vivir a la letra el punto 953 de Forja: “Cuando el cristiano comprende y vive la catolicidad, cuando advierte la urgencia de anunciar la Buen Nueva de salvación a todas las criaturas, sabe que -como enseña el Apóstol- ha de hacerse “todo para todos, para salvarlos a todos””.

“La propaganda cristiana no necesita provocar antagonismos, ni maltratar a los que no conocen nuestra doctrina. Si se procede con caridad -“caritas omnia suffert!”, el amor lo soporta todo-, quien era contrario, defraudado de su error, sincera y delicadamente puede acabar comprometiéndose. -Sin embargo, no caben cesiones en el dogma, en nombre de una ingenua “amplitud de criterio”, porque, quien así actuara, se expondría a quedarse fuera de la Iglesia: y, en lugar de lograr el bien para otros, se haría daño a sí mismo” (Surco 939). “No se puede ceder en lo que es de fe: pero no olvides que, para decir la verdad, no hace falta maltratar a nadie” (Forja 959). “El error no sólo oscurece la inteligencia, sino que divide las voluntades. -En cambio, “veritas liberabit vos” -la verdad os librará de las banderías que agostan la caridad” (Surco 842).

Los defectos nunca son un timbre de gloria o una manifestación de “personalidad”. Al revés, son manifestación de una personalidad defectuosa o deficiente. Por eso me parece que ganamos mucho cuando vamos desprendiéndonos de la arrogancia de postura o de la intemperancia de lengua, que si bien nos han llegado con la herencia, podemos vencer con nuestra personal libertad y la ayuda de Dios, que nunca falta.
Por Antonio Orozco-Delclós

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