Hacia una nueva definición de la niñez

(Por Marta Rodríguez, Mujer Nueva, 2010-06-25)
El hombre es el único ser capaz de manejar conceptos. A veces el raciocinio que los alumbra no es una acción de la razón individual, sino el resultado de la reflexión de muchos expertos. Tal es el caso de la palabra “persona”, desconocida en la filosofía griega, y acuñada por primera vez ante la necesidad de explicar las nociones introducidas por el cristianismo. Será Boecio quien, ya en el siglo V, aporte la definición clásica que perdura hasta nuestros días.

Casi mil quinientos años después, la palabra “niño” está sufriendo importantes mutaciones que se dirigen a un fin todavía desconocido. Una particularidad de hoy es que las definiciones no se elucubran en los laboratorios del saber (formados por peritos, pensadores y sabios) sino que se gestan al pulso de decisiones y acuerdos políticos, cuya agenda determina el modus vivendi y, de ahí, el modus essendi de un grupo humano. ¿Qué es un hombre? Aquello que la Declaración Universal de los Derechos Humanos reconozca como tal. ¿Qué es un niño? En éstas estamos…

Hagamos un poco de historia. El 20 de noviembre de 1989, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó la Convención sobre los Derechos del Niño (resolución 44/25). El documento, que consta de 54 artículos, entró en vigor el 2 de septiembre de 1990, y ha sido ratificada por todos los países del mundo menos dos (curiosamente, uno es Estados Unidos).

Una vez que se adopta una convención de este tipo se pone en marcha un Plan de Acción, que es el programa base para que todos los países trabajen conforme a lo acordado. Existe un comité formado por 10 representantes (elegidos por voto entre los candidatos que propone cada país) cuya misión es velar y revisar el cumplimiento del plan de acción. A este comité se envían los informes regionales, nacionales y mundiales.

Dentro de unos meses, en septiembre de 2001, se celebrará en Nueva York una sesión especial de las Naciones Unidas. Su objetivo es dar seguimiento a la Convención y definir los pasos siguientes.

Así, lo que se diga en la ONU será la brújula de la política universal en los temas que afectan a la niñez. Definitivamente, cuando Boecio definió el concepto “persona” no contaba con semejantes agentes de implantación supranacional.

Los artículos de la Convención tocan aspectos muy diversos: desde los problemas de la nutrición, la violencia y la pobreza, hasta el derecho de los niños a la privacidad y a la libertad de expresión.

Llama la atención, sin embargo, que siendo el documento fundamental que elenca todos los derechos de los niños, carezca de una definición seria de la infancia. La única que contiene aparece en el artículo 1, y dice textualmente: «…Se entiende por niño todo ser humano menor de dieciocho años de edad, salvo que, en virtud de la ley que le sea aplicable, haya alcanzado antes la mayoría de edad».

De esta vaguedad surgen algunas imprecisiones que ponen en tela de juicio la solidez de los derechos enunciados. Se percibe la letal carencia de un corpus teórico fundamentado, lo que se presta a interpretaciones y manipulaciones. Menciono sólo dos puntos:

·Incoherencia en la madurez atribuida al niño: En el artículo 38/2 se establece que los Estados deben velar para que los menores de 15 años no participen en los conflictos armados. De igual modo, el artículo 40/3 pide que cada país «establezca una edad mínima antes de la cual se presumirá que los niños no tienen capacidad para infringir las leyes penales». Dos botones de muestra de que los niños no se consideran aptos para ejercer plenamente sus facultades, dada la inmadurez propia de su edad. Sin embargo, los artículos 13 y 14 hablan del derecho a la privacidad y a la información como si se tratara de adultos ya maduros. «El niño tendrá derecho a la libertad de expresión; ese derecho incluirá la libertad de buscar, recibir y difundir informaciones e ideas de todo tipo, sin consideración de fronteras, ya sea oralmente, por escrito o impresas, en forma artística o por cualquier otro medio elegido por el niño».

Cualquiera que tenga ojos para ver y razón para juzgar se puede dar perfecta cuenta de qué tipo de “información” es la que asalta los niños a través de internet, los planes de educación sexual de los colegios, las revistas, etc. Así, mientras los padres se concentran en respetar meticulosamente la libertad de expresión de sus hijos, éstos son invadidos por la propaganda de las agencias que, en un gesto de bondad de su parte, les llenan la cabeza y el cuerpo de anticonceptivos, aborto y homosexualidad. Y a esto, la Convención para los Derechos del Niño lo llama “respeto”. Más bien parece locura.

· Papel poco claro de los padres en la educación de los hijos. Los límites de su responsabilidad son nebulosos, pues el texto juega con un derecho de los padres a educar a sus hijos (véanse los artículos 27 y 29) y el deber de no interferir en sus decisiones (el ya citado artículo 13). De nuevo la falta de precisión denota falta de claridad de fondo, y abre la puerta a peligrosas aplicaciones.

Urge que las delegaciones de los países y ONGs se den cuenta de que no basta “colgar” una serie de derechos a los niños, como si se tratara de adornar un bonito árbol de Navidad. Para buscar su bien es necesaria una reflexión seria, menos politiqueo barato y menos intereses económicos y egoístas.