GANAR SEGURIDAD EN UNO MISMO

“Tengo un problema muy grave, y es que creo que soy demasiado dependiente. Necesito estar siempre con mis amigos y amigas, si no me empiezo a sentir desesperado, con ansiedad, me cuesta mucho andar por mi cuenta y empieza a ser un problema. Siento que si no estoy con ellos van a dejar de hablarme o encontrarán nuevos amigos y me dejarán solo. ¿Cómo puedo ser más independiente? ¿Cómo se empieza?”

Esta “llamada de socorro” es real y la hace un chico en un foro de Internet. Su actitud de dependencia es más frecuente de lo que parece y tal vez nuestro hijo manifiesta no tener la suficiente seguridad como para abordar los retos y dilemas que se le plantean cada día.

Seguridad en uno mismo

La falta de seguridad es lo que lleva a mucha gente a confiar más en las opiniones ajenas que a formarse una propia. Y esto genera cierta dependencia, hasta el punto de que una persona insegura y dependiente no es capaz de moverse por sí sola. La vida de muchos jóvenes consiste en dejarse llevar por los acontecimientos y las circunstancias: más que tener un propósito para ese día, esperan a ver si llueve o hace sol. O también, que sea otro el que decida por ellos. Se adaptan de forma pasiva y cómoda a fa vida que otros le dan ya hecha. Muchos viven en un estado de indecisión permanente y por ello necesitan siempre la compañía o la opinión de alguien para llevar a cabo actividades que perfectamente se pueden hacer de forma autónoma, como ir a hacer algún recado, una compra, matricularse en un curso, etc.

Y es que un joven inseguro es también un joven con baja autoestima: se ve por debajo de los demás y por ese motivo, se fía más de los que le rodean que de sí mismo. Prefiere ir acompañado a moverse solo porque le aporta más seguridad, incluso porque piensa que si el resto de la gente le ve solo es “porque no tiene amigos”. Del mismo modo, también necesita de los demás para tomar decisiones que le afectan exclusivamente a él.

Tenemos que decidir

A todos nos toca tomar decisiones a lo largo de nuestra vida. Unos habrán de decidir más, otros menos, unas serán decisiones importantes, otras -la mayoría- se referirán a cuestiones cotidianas. Pero hay que decidir, lo que exige madurez para saber lo que se quiere.

Cuanta más capacidad de decisión, más libertad, más protagonismo activo de la propia vida y mayor madurez personal. Además, el ejercicio de la toma de decisiones ayudará a los hijos a desarrollar capacidades intelectuales muy importantes, como analizar, comparar, imaginar, valorar, etc. Todas estas características son necesarias para afrontar la vida.

Víctima de la indecisión

¿Cómo es un joven indeciso?

Se trata de una persona excesivamente cavilosa, que piensa y repiensa las cosas sin acabar de tomar partido. A todo le encuentra peros y nada le acaba de convencer. Muy a menudo, espera a que otros decidan, lo que le libera de la pesada carga de tener que decidir él, además de deshacerse del miedo a equivocarse y cometer un error.

Es muy normal que vaya aplazando los problemas: no se decide a hablar con aquel amigo con el que se enfadó por un malentendido, no se decide a poner fecha para el examen de conducir, no se decide a irse de vacaciones a un sitio u otro hasta poco antes de salir, etc. Con frecuencia desea reducir al mínimo el riesgo de perder.

Esta actitud tiene unas consecuencias: una decisión tardía puede ser una mala decisión, se especula mucho pero se realiza poco… y hay trenes que no vuelven a pasar.

No decidirse es una manera de buscar la vida fácil, pero ese camino se hace cada vez más trabajoso.

Hace falta fortaleza

Lo que en el fondo ocurre es que a estos jóvenes les falta fortaleza para enfrentarse a la vida; tampoco tienen una personalidad lo suficientemente fuerte como para actuar por su cuenta sin sentirse observados por los demás, lo que les convierte en personas influenciables. Esto se explica en parte porque falta madurez: madurar implica que uno mismo se haga cargo de sus propios asuntos, sin esperar que alguien decida lo que debe hacer. La superación personal entraña ganar autonomía en todos los ámbitos y que cada uno tenga sus propias opiniones, decidir por sí mismo y no tener miedo a las consecuencias que puedan tener sus actos, sino que sean asumidas con responsabilidad.

Probablemente no exista un joven indeciso y dependiente en estado puro, pero los hay que se acercan bastante.

¿Que caracteriza a un joven inseguro?

• Pide siempre la opinión de los demás antes de tomar una decisión propia.

• Debido a su baja autoestima, no termina de creerse los halagos que pueda recibir de los demás por una labor bien hecha.

• Se centra mucho en lo que piensen los demás de él.

• Es influenciable. Trata de amoldarse a los gustos de sus amigos.

• Necesita la compañía de amigos o familiares. Le agobia que los demás puedan pensar de él que está solo o que no tiene amigos.

• Tiene un alto sentido del ridículo.

• Suele cerrarse en banda ante nuevas situaciones o personas.

• No siempre la inseguridad es sinónimo de persona apocada, miedosa y algo tímida. A veces, un chico o chica que exhibe un lenguaje grosero o una actitud embrutecida puede estar tapando su falta de seguridad con una fachada intimidatoria.

¿Tiene arreglo?

La inseguridad no se soluciona de un día para otro, es cuestión de tiempo y de madurez, y ese es un camino que se hace poco a poco. En muchas ocasiones, la seguridad en uno mismo llega cuando el joven se enfrenta a nuevas responsabilidades y no le queda más remedio que espabilar. Por ejemplo, cuando comienza a trabajar: ante la nueva situación, el chico o chica se da cuenta de que su trabajo lo tiene que sacar él solo adelante. Ya no están ni sus padres ni amigos para ayudarle, tendrá que desenvolverse por su cuenta, preguntar ante una duda a otros compañeros y afrontar decisiones por sí mismo. Pero podemos contribuir a que esta madurez vaya llegando con algunas medidas como:

* Enviar al joven a realizar algún recado en el que tenga que desenvolverse solo y de forma rápida. Por ejemplo, yendo a recoger a la estación o aeropuerto a algún familiar.

* Recordando juntos (los padres y el hijo) alguna situación ridícula que hayamos vivido y riéndonos de ella. Ofrezcamos al chico una visión simpática y dejemos ver que no era para tanto.

* Animemos al chico si se echa para atrás a la hora de realizar alguna actividad de su agrado, pero que no la hace porque no encuentra a nadie con quien acudir (“me gustaría apuntar me a un gimnasio, pero ninguno de mis amigos puede venir y paso de ir solo”). Le comentaremos que esa actividad le va a venir muy bien y que puede conocer a personas nuevas:

* En caso de que tenga que matricularse en la universidad o en algún curso, dejemos que vaya solo. Las dudas se las resolverán allí las personas que se encargan de los alumnos. Lo mismo en caso de que quiera matricularse para sacarse el carnet de conducir. Si se queda con dudas sobre los precios, que nos llame por teléfono.

* Valorar sus logros le hará avanzar a la hora de obtener cierta seguridad en sí mismo: “¡Pero qué eficaz eres, sabía que podía contar contigo!”. Del mismo modo, si mete la pata, no le ataquemos (esto es un retroceso), sino que es mejor dejar la puerta abierta para que vuelva a intentarlo: “Bueno, cualquiera comete un error, pero por favor, pon más atención la próxima vez”.

Reírse de uno mismo

Reírse de uno mismo no es fácil, ya que es una muestra de humildad, de madurez y de autocrítica que no todos tienen. Es a su vez algo liberador, pues aporta aplomo y desenvoltura. Una persona que ante una situación ridícula sabe reírse de sí misma acaba dominando dicha situación, que además no le dejará huella, y sobre todo, consigue que los demás no se rían de él, sino con él. Una buena muestra la tuvimos cuando al tenista Rafa Nadal se le rompió el pantalón en un acto en e1 que le rendían homenaje a él y a otros deportistas. Ni corto ni perezoso, se quitó la chaqueta y se la anudó a la cintura para tapar el “desastre”, todo ello en medio de risas y bromas a los demás asistentes. Muchos hubieran querido huir o hubiesen pasado la vergüenza más grande de su vida, pero el deportista demostró que gracias a la naturalidad y al no tomarse demasiado en serio, se puede salir de las situaciones más embarazosas, y todo quedó en una simpática anécdota.

Para reírse de uno mismo es necesario reconocer que no somos perfectos, que cometemos fallos y que podemos mejorar. Y por supuesto, tener sentido del humor. Esta capacidad es muy sana y nos sube la autoestima, pues no le damos excesiva importancia a “lo que piensen los demás”.

PARA PENSAR

• Despierta en tu hijo motivos valiosos para hacer lo que tiene que hacer: resolver las dificultades por sí mismo llena de confianza, ilusión por la obra bien hecha, fomentar actos bien realizados tiene su propia recompensa.

• Procura que tu hijo realice lo acordado, que ponga siempre la última piedra en aquellos proyectos que ha empezado a realizar. Debe aprender lo importante que es ser constante, coherente y responsable.

• Ha de aceptar también que el aferrarse a la opinión y compañía de las demás personas para cualquier actividad que quiera desarrollar puede tener sus riesgos: los demás también se equivocan y pueden fallar.

• El joven tiene que presentarse ante los demás tal y como es, sin querer aparentar. Es la única manera de que le conozcan bien y le puedan querer.

Y ACTUAR

Ante un joven influenciable y dependiente, los padres podemos proponerle actividades de su agrado y en las que destaque (ya sean culturales, deportivas o solidarias) con el objetivo de que se mueva en un ambiente nuevo, realizando algo que (e guste y con nuevas compañías.

Conchita Requero

Asesor: Alfonso Aguilo. Vicepresidente del Instituto Europeo de Estudios de la Educación.

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