Trastornos alimentarios: “lo fundamental es pedir ayuda”

 

Candela Marcos – La Nueva España, 11 de julio 2010.

Así explica Marina, gijonesa de 27 años, el inicio de su bulimia, con la que lleva conviviendo una década. Su aspecto es alegre, vital, extrovertido, el propio de quien no parece tener ningún problema. Sin embargo, lleva desde la adolescencia luchando contra un trastorno alimentario.

Marina habla de “inseguridades”. ¿Quién no sufre algún tipo de inseguridad? Está claro que cuando algo pasa, cuando se tiene un mal día, la autoestima baja y de repente uno ya no se siente tan bien consigo mismo. Ella lo sabe. Ha experimentado que “cuando te sientes bien estás segura de ti misma y tienes menos posibilidades de caer, pero cuando te sientes mal, insegura, es cuando llegan el atracón y el vómito”.

Recapitula su historia. Marina comenzó con los vómitos en la adolescencia, en esa época confusa en la que no acabas de encontrarte a ti misma y no tienes una personalidad muy definida. Peleó en solitario durante mucho tiempo. Un fracaso tras otro. Hasta que hace un año pidió ayuda por primera vez. Llamó a la puerta de Acbaner (Asociación Contra la Bulimia y la Anorexia Nerviosa). Desde entonces, otras personas en situaciones similares a la suya comparten sus problemas. “Estaba cansada de que mi relación con la comida fuera anómala, y llega un momento en que quieres ser una persona normal”, explica Marina.

Nunca se engañó: desde un primer momento supo que lo que le sucedía no era saludable. “Ya me sentía mal en los primeros vómitos”. Sin embargo, no calibró la gravedad de la situación hasta que vio que el problema “era más continuo”. Marina relata que en su vida ha tenido etapas mejores y peores. Incluso en algún momento su enfermedad llegó a quedar en segundo plano por otras dificultades. Sin embargo, el dichoso trastorno “siempre estuvo ahí”. Pero sólo se decidió a salir de sí misma “cuando llegué a verme muy mal y me convencí de que sola no podía”.

Marina ha optado por compartir su drama con muy pocas personas. “Normalmente, y salvo que los efectos físicos sean muy evidentes, tu familia y tu entorno no se enteran”. Sus padres aún no saben nada. Por eso le resultaba más fácil vomitar después de los atracones, porque “mi madre no sabe que tiene que ir conmigo después de cada comida, pues no conoce mi problema y asume que soy mayor y una persona responsable”. Su única confidente al inicio fue “una amiga, que creo que ahora piensa que ya estoy curada”. A día de hoy, las únicas personas a las que tiene al corriente de sus progresos son “una hermana mía y una compañera de piso”.

Marina nunca tuvo una alimentación descuidada. “En mi casa siempre se comió muy sano y variado”. Sin embargo, cuando comenzó a vivir sola volvió de nuevo su problema. “Intenté cuidar la alimentación mucho y comer muy estrictamente, pero cuando llevas tres días reprimiendo las ganas de comerte un Donuts, no te comes uno, te comes el paquete y, claro, ahí vienen la culpabilidad y los vómitos”.

La promoción de las comidas en familia puede convertirse en factor protector

– ¿Con qué otras alteraciones está asociada la ingesta excesiva de comida? Se ha identificado un mayor número de problemas emocionales y de conducta entre los adolescentes que tienen atracones. Entre ellos, síntomas depresivos, ansiedad, quejas somáticas, conducta delictiva, búsqueda de atención y aislamiento social.

– ¿Cómo afrontan su problema de salud? Los adolescentes que protagonizan episodios de atracones tienden a ignorar los problemas, a autoculparse, a buscar formas de evasión (por ejemplo, el consumo de sustancias o alcohol), a reservar los problemas para sí mismos y a no pedir ayuda a los demás. Por otro lado, utilizan con menos frecuencia formas constructivas de afrontar o resolver los problemas en comparación con los adolescentes sin atracones.

– ¿Cómo influyen en ellos los hábitos de alimentación de sus familias? Un mayor porcentaje de adolescentes con atracones informó de una menor frecuencia de comidas en familia (almuerzo y cena) y un peor ambiente en las comidas en comparación con los adolescentes sin atracones.

– ¿Cómo reaccionan ante la ingesta desmedida de alimentos? Las mujeres están más preocupadas por el peso que los varones. Por eso es más alta -con diferencias estadísticamente significativas- la tasa de chicas que admiten que se sienten mal o muy mal después de los atracones. También se han observado disparidades apreciables -superiores igualmente en las mujeres- en el recurso a conductas compensatorias para evitar la ganancia de peso tras los atracones.

– ¿Qué medidas preventivas sugieren los expertos? Según Susana Sierra, un modo de prevenir los atracones podría centrarse en las estrategias de afrontamiento de los adolescentes. Dicho de otro modo: potenciar y desarrollar formas eficaces de abordar los problemas para así evitar el establecimiento de patrones de conducta que puedan a la larga contribuir al desarrollo de patologías alimentarias. La psicóloga también subraya que la promoción de las comidas en familia podría ser un factor protector contra el desarrollo de conductas alimentarias desordenadas entre los adolescentes.