Criterios a tener en cuenta para la elección del centro escolar


Pablo Carreño Gomáriz – 11.02.2010

CRITERIOS A TENER EN CUENTA PARA LA ELECCIÓN
DEL CENTRO ESCOLAR

Ante este reto de facilitaros, de alguna manera, los criterios para elegir un colegio para la educación de los propios hijos, lo primero que tenemos que hacer es empezar con qué es un niño, qué es la educación. Después de tener claro esto, hablaremos de los cuatro fundamentos esenciales para mí a la hora de elegir un colegio.

¿Qué es un niño? Voy a ser muy empírico porque yo soy sociólogo. Supongamos que tenemos en esa silla a un niño, mejor dicho al que yo voy a describir ahora no estará sentado. Un niño es algo que al padre y a la madre le da el médico o la monja, recién nacido y le dice, aquí tiene padre feliz, aquí tiene tres kilos y medio de peso, absolutamente ignorante y absolutamente egocéntrico. Dicho de otra manera, tiene aquí un encantador cochino egoísta. El reto que se le pone al padre y a la madre cuando se le da ese niño es, aunque no lo veamos así, ahora usted tiene que convertirlo en 70 kilos de peso, si es varón, 45 si es chica, licenciado en derecho o en ingeniería de telecomunicaciones y que sea capaz de dar algo a los demás. Este es el reto.

La eduación consiste esencialmente en sacar al niño de sí mismo y hacerle ver que los demás existen y que no existen porque han venido aquí para utilizarlos él, para servirse de ellos, para amarlo porque me gusta o no me gusta. Han venido aquí con ellos que es otra cosa distinta. Conseguir que ese niño de tres kilos y medio de peso absolutamente ignorante y egocéntrico, ese adorable cochino egoísta, se convierta en alguien capaz de donar, de donarse, esa es la gran aventura de la educación. Luego, si el niño es licenciado en exactas o es ingeniero de caminos, o es albañil, eso es lo de menos, lo importante es que haya aprendido a ser y hacer feliz. Porque además, el que no es capaz de hacer feliz no es capaz de serlo. El que va por la vida buscando cosas no es capaz de dar nada.

Os lo voy a probar de una manera muy gráfica. Un vaso, como cualquier ser humano, tiene una capacidad. El vaso, aunque esté casi al borde, aunque tuviera de todo, y no debiera tener un motivo para quejarse de nada, la única manera de que este vaso dé algo es que se sienta lleno. Por eso, una pieza fundamental de la educación, y este es un criterio fundamental para la elección, es que el niño aprenda a ser feliz. Sin necesidad de depredar a los demás.

Dentro de este marco tenemos a este niño, un yo que acaba de nacer y que tiene un padre, una madre, una abuelita, un hermano y, a todos ellos, el niño los pone a su servicio con la herramienta que tiene, llorar. Este niño como un pedazo de madera o de piedra hay que convertirlo en alguien, para introducirlo en la sociedad 25 años después o los que sean, para que sea capaz de moverse, de salir de él, al menos en una determinada proporción. La educación no consiste en hacer un producto perfecto. Pero si consiste en hacer un producto lo suficientemente bueno para que tenga un porcentaje de salida hacia fuera, de instrumentalizarse él para otro, de darse, este es el proceso. Empezar con una materia prima y terminar con un producto capaz de introducirse en la sociedad sin que hayamos metido un habitante de la selva. Porque esta es la diferencia entre un habitante de la ciudad y uno de la selva. En la selva cada uno de ellos sale por la mañana con una mano a cada lado y mirándose, o son depredadores o depredan.

La única manera de que en éste que acaba de nacer puedan confiar los que hay alrededor de él, es que este niño merezca la confianza y desde luego si no le ha enseñado nadie no habrá manera de vivir al lado de él. Este es el proceso de la educación. En realidad, la ecuación para un sociólogo se llama algo mucho más amplio. Me gusta hablar de socialización. La socialización es precisamente el proceso que tienen en los grupos, en las organizaciones humanas de hacer civilizados, asequibles, confiables a sus ciudadanos nuevos.

Qué herramientas hay para hacer esto. Se hace a voleo, no. En toda actividad humana profesional hay unas herramientas, unos útiles. ¿Qué herramientas hay para esto? Aquí tenemos al cochino egoísta, adorable por supuesto, que no estaba dispuesto a ceder en nada, es un yo genético, con el que tenemos que hacer algo. El bloque de granito se transforma con tres herramientas: disciplina. Sin disciplina no saldrá nunca de ahí. Si este niño durante los siete primeros años de su recorrido de socialización ha podido hacer todo lo que le gusta y no ha tenido que hacer nada de lo que no le gusta, no hemos estado socializando un ser humano, hemos estado socializando un dios. Porque cuando llegue a los 18 años, este ser humano, se siente omnipotente. Y la omnipotencia es de Dios, no del ser humano. Hasta entonces todo lo que le gustaba ha podido hacerlo, con más o menos llanto o más o menos rabieta. Lo que no le gustaba no ha tenido necesidad de hacerlo. Tenemos un dios de 7 años. Ahora a los 7 años si tiene un hermano y lo tiene que depredar, lo hará.

Este egocentrismo se convierte en egoísta en la medida en que cuando llega aquí no ha tenido ninguna necesidad de reprimirse. El ser humano para llegar a convertirse en un auténtico ser humano necesita disciplina, necesitan que le digan que no. Aunque eso, al que más trabajo le cueste sea a su entrenador, ya sea su padre o su madre, los entrenadores están en el sitio en el que están no para decir que sí, que eso lo puede hacer cualquiera, el entrenador está para decir que no. La disciplina, la disciplina sensata, consiste en decir pocas veces que no, cuando se dice que no en un tema importante, y hacérselo ver.

Este es mi ideal de la disciplina. La disciplina consiste sencillamente en no abusar de la autoridad. Porque tan abuso de la autoridad es pasarse como quedarse corto. No somos dioses, por lo tanto, toda extremosidad, todo reduccionismo, es una manera de salirse del tiesto. Sin disciplina no hacemos hada. Cuando el niño se nos da pequeñito es 100% disciplina y 0% instrumento, autonomía y libertad. Autonomía y libertad que no se puede entender como, haga usted lo que quiera, sino como, decida usted y sea responsable de lo que usted ha decidido. Libertad sin responsabilidad es arbitrariedad. La libertad no consiste en que yo hago lo que me gusta. El hombre está continuamente entre un cruce de camino entre el me gusta o no me gusta y debe o no debe. Tal vez el debo o no debo coincida con el gusta o no gusta, y hay veces que no coincide. Aquel que cuando no coincide nunca opta por el debo o no debo, no es todavía un hombre ni una mujer aunque tenga 80 años. Y esto va evolucionando en la medida que el niño va respondiendo hasta que los 18, a los 22, depende de cada niño, llega un momento que es 0% disciplina y 100% autonomía. Qué pena el que cae en esa estupidez provinciana de cuando sea mayor ya haré. Eso es absurdo, si el primer proceso, la primera fase de la educación es “domesticarle”, antes de que conozca los afluentes del Danubio, con mucho amor, pero “domesticarle”. Este ser maravilloso hay que “domesticarlo”. Para que lo pueda “dejar suelto” con su hermanito y con su vecino sin que quiera “bebérselo” o utilizarlos.

Este es el proceso. ¿Criterio para elegir un colegio? Este es uno. Tenemos tres herramientas: disciplina, autonomía y amor. Autonomía y disciplina de acuerdo con la realidad, no se trata de idealismos ni de izquierdas ni de derechas, ni totalitario ni permisivo. Se trata que en función de lo que tenga delante, depende del niño, depende de la edad pero siempre sabiendo que estas dos herramientas tienen que estar utilizadas empezando por el 100% 0% y, en cuanto se pueda, ya que este proceso es largo. Es curioso que muchas veces no sabemos y pretendemos dejarlo para luego y con el niño o la niña casados es cuando intentamos meternos con su vida, cuando ya nos han hecho abuelos. Es un proceso. Empezamos con un niño de tres kilos, egocéntrico e ignorante y lo tenemos que dejar en alguien con quien se pueda vivir sin necesidad de que tenga que mirar a su espalda.

Los hombres tienen que aprender de nuevas, No aprenden de generación en generación. Los seres humanos pensamos todos que venimos a este mundo a inventarlo. Pero no, hemos venido a descubrir cómo funciona. Esta información se la pedimos a la gente que ya ha pasado por allí. Entonces, que es lo que pasa. Pues pasa que hay zonas periódicamente de máxima vida civilizada y hay otras zonas periódicamente de vida salvaje. ¿Y en que se diferencian estas dos cosas? La diferencia está esencialmente, en que lo civilizado está fundamentalmente en que las relaciones entre los seres se basan en el respeto. Cuando no hay respeto en las relaciones no hay vida civilizada. Y el respeto genera el amor. Pero sin respeto, sin una dosis suficiente en la relación, no hay posibilidad, se rompe todo. Cuando el respeto se pierde, lo que amanece en las relaciones entre los hombres es el desprecio. La frontera que marca la vida civilizada y la vida selvática es un índice de confianza suficiente como para darle la espalda al que tengo al lado. Cuando baja el respeto, el índice de respeto, baja el índice de confianza. Estas situaciones conllevan casi siempre una degeneración moral.

Así, tenemos otro criterio. ¿El colegio debe infundir respeto, confianza o competitividad? Ya nadie sensato piensa que la competitividad tenga ningún porvenir.

Otro criterio es la organización familiar. La organización familiar es un criterio que marca. La organización familiar es una organización que por naturaleza es bicéfala. Lo dirigen dos personas, padre y madre. Ahora, esta organización para funcionar necesita convertirse, aunque sea intermitentemente, en monarquía. Es decir, necesita decidir quien de ellos dos dice la última palabra y en qué temas. Si no se hace así y se vive el mito, de tenemos que estar siempre los dos de acuerdo, se pueden dar las cosas más paradójicas del mundo. Nos ponemos de acuerdo en que tú seas quien diga la última palabra en este campo. Y esto evitará una de las grandes tragedias en la educación, que es los conflictos más o menos latentes, a base de repartir previamente las funciones. Este es otro criterio para elegir colegio. ¿Quién tiene que elegir?

En la organización familiar lo que buscamos es la satisfacción máxima de tres. Buscamos sentirnos más admirados dentro que fuera. Porque los que tienen problemas con su familia son huérfanos. Después según el sexo o la edad hay más o menos hambre de una u otra cosa. Segundo valor, ternura. Vamos a la organización familiar a sentirnos tratados con mayor dedicación y ternura. Es incuestionable que la mujer pide más ternura. Pero todos tienen que dar el máximo de ternura a los demás. Y el tercer valor, es la seguridad. Entramos, cerramos la puerta, y decimos, aquí sí estamos a gusto. Necesitamos todos, esa seguridad. Si esa organización familiar no nos ofrece esto es una chapuza.

Sintetizando todo esto. Tenemos que tener en cuenta que el colegio hay que elegirlo con realismo, que sea un colegio que no esté anclado en el futuro ni en el pasado, sino ahora. Que impere el sentido existencialista. Tiene que ser un colegio que tenga los mismos ideales que tenga tu familia sino al niño le vamos a destrozar, le vamos a hacer un esquizofrénico, con una doble vida. Cuidado con criterios bastardos: elegirlo porque se puede conocer a personas importantes o porque se puede aprender mucho inglés. Eso son asuntos residuales, a considerar después de. El criterio tiene que hacerse teniendo en cuenta que estamos en una sociedad con un criterio declive del respeto y pasando esa frontera de la confianza de forma acelerada. Habrá que buscar un colegio que tenga criterio y que sepa despertar criterio y libertad en el alumno. La mayor libertad que podemos buscar para nuestro hijo no es que haga cosas o que diga cosas sino que piense. En este momento, el mayor peligro no es que no tengamos libertad para hacer o para decir, sino libertad para pensar. La instrumentalización que se puede hacer en la libertad, según el mundo en el que vivimos, es impresionante.

El último gran criterio para elegir un colegio, es que se busca siempre para algo. Hay tres maneras de buscar el colegio. Yo puedo educar con Dios, hablando del absoluto real.

fuente:vivirenfamilia.net

Personas de criterio

 

Aprender sin pensar es inútil.

Pensar sin aprender, peligroso.

Confucio

• Fortalecer la voluntad

• Criterio propio. Algunos desengaños

• Observar, leer, pensar

• La personalidad y el entorno. Modelos

• Una vieja especie: el opinador

• ¿Comprometerse?

• Desconfiados y resentidos

Fortalecer la voluntad

Ya hemos hablado al comienzo sobre la importancia de la fuerza de voluntad para formar el carácter.

—De que es importante no tienes que convencerme. El asunto es ¿qué hacen, o qué hacemos, los que hemos nacido con menos voluntad?

La voluntad crece con su ejercicio continuado y cuando se va entrenando en direcciones determinadas. Y eso sólo se logra venciendo en la lucha que —queramos o no— vamos librando de día en día.

Esta consolidación de la voluntad admite una sencilla comparación con la fortaleza física: unos tienen de natural más fuerza de voluntad que otros; pero sobre todo influye la educación que se ha recibido y el entrenamiento que uno haga.

Una voluntad recia no se consigue de la noche a la mañana. Hay que seguir una tabla de ejercicios para fortalecer los músculos de la voluntad, haciendo ejercicios repetidos, y que supongan esfuerzo.

—¿Una tabla?

Sí, e insisto en que si no suponen esfuerzo son inútiles. Ahora hago esto porque es mi deber; y luego esto otro, aunque no me apetece, para agradar a esa persona que trabaja conmigo; y en casa cederé en ese capricho o en esa manía, en favor de los gustos de quienes conviven conmigo; y evitaré aquella mala costumbre que no me gustaría ver en los míos; y me propongo luchar contra ese egoísmo de fondo para ocuparme de aquél; y superar la pereza que me lleva a abandonarme en mi preparación profesional, mi formación cultural o mi práctica religiosa.

Sin dejar esa tabla a la primera de cambio, pensando que no tiene importancia.

Ejercítate cada día en vencerte,

aunque sea en

cosas muy pequeñas.

Recuerda aquello de que por un clavo se perdió una herradura, por una herradura un caballo, por un caballo un caballero, por un caballero una batalla, por una batalla un ejército, por un ejército, por un ejército un imperio…

Con constancia y tenacidad, con la mirada en el objetivo que nos lleva a seguir esa tabla. Porque, ¿qué se puede hacer, si no, con una persona cuyo drama sea ya simplemente el hecho de levantarse en punto cada mañana, o estudiar esas pocas horas que se había propuesto? ¿Qué soporte de reciedumbre humana tendrá para cuando haya de tomar decisiones costosas?

Los padres deben alabar más

el esfuerzo de los hijos

y elogiar menos sus dotes intelectuales,

pues lo primero produce estímulo,

y lo segundo vanidad.

Además, muchas veces las grandes cabezas, ésas que apenas tuvieron que hacer nada para superar holgadamente sus primeros estudios, acaban luego fracasando porque no aprendieron a esforzarse. Y quizá aquel otro, menos brillante, que se llevaba tantos reproches y que era objeto de odiosas comparaciones con su hermano o su primo o su vecino listo, gracias a su afán de superación acaba haciendo frente con mayor ventaja a las dificultades habituales de la vida.

Criterio propio. Algunos desengaños

Los que nos dedicamos profesionalmente a la educación nos llevamos a veces unos chascos tremendos. Son desengaños que llevan a pensar.

Ves a lo mejor chicos o chicas de doce o trece o dieciséis años que son encantadores, excelentes estudiantes y que prometen una brillante trayectoria, pero que pasan los años y acaban en un desastre.

Y también al revés, otros un poco grises que luego resultan ser personas fenomenales. Es sorprendente ver cómo a veces, con los años, se cambian los papeles.

—Pues eso va un poco en contra de lo que decías sobre la importancia de educar bien en la infancia y primera adolescencia, ¿no?

Ya hemos dicho que la educación no lo es todo, y que no es un seguro a todo riesgo, entre otras cosas porque hay que contar con la libertad. La buena educación es sólo encaminar bien a los hijos (que no es poco).

Hay que decir también que la mayoría sí suele continuar la línea de sus primeros años. Pero es verdad también que son muchos los que luego se tuercen. Y si analizáramos las razones de los fracasos de esos chicos o chicas que tanto prometían, es muy probable que encontráramos una deficiente educación en la libertad.

No se trata de formar chicos o chicas sumisos y dóciles, que dependen para todo de sus padres, que carecen de juicio propio y que se limitan a ejecutar lo que se les dice. Es preciso formar personas de criterio.

Para acrecentar la sensatez y el buen criterio de un chico o una chica joven es preciso enseñarles a razonar debidamente, y, junto a ello, lograr que crezcan en las diversas virtudes básicas (sinceridad, fortaleza, generosidad, laboriosidad, reciedumbre, valentía, humildad, etc.).

—¿Y por qué relacionas tanto la virtud con la sensatez?

Porque cuando falta la virtud es fácil que se extravíe la razón.

—¿Por qué?

Cuando falta la virtud, la razón se ve presionada por los halagos del vicio correspondiente, y es más fácil que se tuerza para así ceder a esos requerimientos. Quizá por eso Aristóteles insistía tanto en que el hombre virtuoso es regla y medida de las cosas humanas.

Observar, leer, pensar

Alexander Fleming era un bacteriólogo escocés que disponía de un laboratorio francamente modesto, casi tanto como los mercadillos de baratijas de Praed Street que se veían a través de su ventana.

Un día, avanzado el verano de 1928, mientras conversaba animadamente con un colega, observó algo que le pareció sorprendente. Él solía abandonar los platillos de vidrio después de hacer el primer examen de los cultivos microbianos. Uno de ellos aparecía ahora cubierto de un moho grisáceo, pero… ¡qué raro!: alrededor de ese moho las bacterias se habían disuelto. En lugar de las habituales masas amarillas bacterianas, surgían anillos muy definidos allá donde el cultivo entraba en contacto con el moho. Raspó una partícula de esa sustancia y la examinó al microscopio: era un hongo del género Penicilium.

Así fue como Alexander Fleming llegó a conocer lo que sería el primer antibiótico: la penicilina, que abriría posibilidades insospechadas a la medicina moderna. Aún se tardaría quince años, hasta 1943, en lograr aislar este hongo y encontrar un sistema masivo de producción. Sus resultados eran casi increíbles. Jamás se había conocido medicamento tan poderoso. Al final de la Segunda Guerra Mundial se trataban ya con penicilina más de siete millones de enfermos al año. Todo empezó por aquel descubrimiento casual, porque alguien observó algo y ese algo le llevó a pensar.

Muchos otros descubrimientos se han producido también de forma parecida.

El físico alemán W. Roentgen se sorprendió un día de 1895 al ver que unas placas fotográficas habían quedado veladas sin aparente motivo. No conseguía explicarse cómo esas placas podían haberse impresionado atravesando cuerpos opacos. Sus investigaciones acabaron llevándole al descubrimiento de una radiación —que llamó Rayos X— que atravesaba objetos consistentes y que pronto tuvo innumerables aplicaciones.

Brown construyó el primer puente colgante sostenido por cables inspirándose en cómo estaba tejida una telaraña que observó en su jardín, tendida de un arbusto a otro.

Newton, según se cuenta, llegó a enunciar la ley de gravitación universal después del famoso episodio de la manzana.

Aristóteles, en el año 340 a. C., ya habló de que la Tierra podía ser redonda, cuando a nadie se le había pasado por la cabeza semejante idea, y lo dedujo a partir de observar cómo, en el mar, se ven primero las velas de un barco que se acerca en el horizonte, y sólo después se ve el casco. Luego lo confirmó estudiando las estrellas y los eclipses.

—¿Y por qué crees que, ante los mismos sucesos, unos hacen grandes descubrimientos y otros no se enteran de nada?

Me imagino que porque unos son más observadores que otros, y unos reflexionan más y otros menos.

—¿Y piensas que ser despistado o distraído es un defecto?

No sé si tanto como un defecto, pero desde luego no se puede decir que sea una virtud ni que directamente enriquezca el carácter.

Algunos adolescentes son despistados o distraídos simplemente porque han comprobado que, con unos padres tan complacientes, resulta un papel muy cómodo. Así se lo dan todo hecho y eluden cosas que les cuestan.

Es importante hacer que los hijos adquieran cierta calma y capacidad de reflexión, porque la vida constantemente nos interroga, y a veces se presentan situaciones a las que no encontramos salida simplemente porque el atolondramiento y la precipitación nos impiden pensar.

La sociedad actual presenta ciertas circunstancias que favorecen ser engullidos por el activismo. Y lo malo es que ese estado habitual de prisa disminuye notablemente la capacidad de reflexión. Parece como si no quedara tiempo para fijar la atención en las cosas que en realidad más importan.

No debemos considerar superfluo el esfuerzo por buscar de vez en cuando la calma necesaria para reflexionar intensamente en una lectura, o en torno a unas ideas, e interpretarlas, viendo la forma de enriquecer nuestra vida y de transmitirlas luego a los demás.

El arte de pensar bien

no interesa solamente

a los filósofos,

sino a todo el mundo.

Hace falta un poco de calma y serenidad para poder analizar las situaciones que a cada uno se le presentan y así sopesar con prudencia las ventajas e inconvenientes de cada solución. Para observar y darse cuenta de lo que pasa, y de si hay o no que intervenir.

Además, la prisa y el aceleramiento no suelen ir unidos a la eficacia, pues la gente que se sumerge en una actividad extraordinaria pero irreflexiva suele acabar haciendo mucho, sí, pero en gran parte inútil o innecesario. Su ansiedad por la acción les impide decidir serenamente.

Cuántas veces, una idea considerada con calma, una lectura, un comentario, una argumentación, remueven el fondo de una persona y hacen brotar de ella una claridad y una energía nuevas. Es como si se removiera un pequeño obstáculo que impedía la comunicación con el aire libre, y gracias a eso una vida se llena de frescura y de lozanía.

Como ha señalado Jesús Ballesteros, lo más revolucionario hoy en día es el hecho de pensar. En realidad, pensar es lo que tiene mayor capacidad transformadora, y el ejercicio del pensamiento y su extensión, a través del diálogo y la comunicación, puede ser lo que abra más posibilidades a una vida distinta.

—De nuevo me parece muy bien, pero muy difícil de meter en la cabeza de un adolescente.

Hay algo que puede ayudar mucho en la labor que hagas en tus conversaciones con ellos. Se trata de formarles a través de buena lectura.

Leer es para la mente como el ejercicio para el cuerpo. Y como el tiempo es limitado, conviene afinar la puntería al elegir los libros, para que sean de la máxima calidad.

—Pero si no quieren leer nada que sea de pensar…

Hay muy buena literatura que gusta a los chicos y chicas de esta edad, y que, poco a poco, les lleva a pensar. Tampoco se trata de empezar por cosas muy elevadas.

No importa que al principio sean sólo novelas sencillas o libros de aventuras, porque lo primero que hace falta es que se acostumbren a leer. Hasta que no pierdan el miedo a los libros no conseguimos nada. Es interesante que lean el periódico, alguna buena revista de información general, biografías, historia, buena literatura. Muchas veces se sorprenden ellos mismos al ver que entienden y les gusta mucho más de lo que pensaban.

Es una buena costumbre, por ejemplo, leer en familia. Para eso hace falta que haya en la casa libros adecuados y que los padres fomenten la lectura sugiriendo títulos, leyendo ellos también, procurando que la televisión no esté siempre encendida, etc. Es fundamental el fin de semana y las vacaciones, aunque también es sorprendente lo que se puede llegar a leer al cabo de un año con un simple cuarto de hora cada día.

No digas que leerás

cuando tengas tiempo,

porque entonces

no leerás nunca.

Produce verdadera lástima conocer a personas que son incapaces de sostener siquiera unos minutos una conversación interesante sobre algo ajeno a su especialidad, porque jamás han leído nada con un poco de contenido. Personas que apenas saben lo que sucede en el mundo, porque no leen el periódico. Ni lo que piensa nadie, porque hay muy pocas cosas que despierten su interés.

Bacon decía que la lectura hace al hombre completo; la conversación lo hace ágil; el escribir lo hace preciso. Quienes no se cultivan un poco, parece como si no supieran disfrutar de las satisfacciones que permite el hecho de ser seres inteligentes.

—Efectivamente la lectura es un gran medio de formación, pero supongo que cabe el peligro por exceso, de leer continuamente, o indiscriminadamente…

Hay que leer más y leer mejor. Séneca decía que no era preciso tener muchos libros, sino que fueran buenos. Junto a la capacidad de lectura hay que desarrollar la capacidad de discernimiento, porque las promociones publicitarias de las editoriales y el atractivo de las portadas no son garantía de calidad.

—El problema es que los padres no siempre estamos en condiciones de aconsejarles, sobre todo cuando los chicos van siendo mayores, o si son lecturas algo más específicas.

Te será fácil si pides consejo a alguna persona con experiencia que comparta tus valores, y supongo que no te será difícil encontrarla.

La personalidad y el entorno. Modelos

En un reciente congreso de filósofos y pensadores de ámbito internacional se analizaron diversas cuestiones relativas a las corrientes de pensamiento actualmente más en boga. Una de las conclusiones se refería a algo que quizá, a primera vista, puede parecer muy simple. Podría resumirse en que:

El atractivo

de la persona individual

tiene mucha fuerza,

más que las doctrinas

y que las ideologías.

Lo normal es seguir a las personas, más que a las ideas. Y ese natural deseo de emulación, muchas veces casi imperceptible, no es algo que se reduzca a los niños, o al seno de la familia, o a la educación.

Siempre, pero quizá más en tiempos de controversias ante los valores, emerge con fuerza inusitada el hombre concreto, el modelo individual. Más que ideas generales, se buscan modelos humanos vivos, personalidades concretas que sirvan de referencia. Se escriben y se venden infinidad de biografías. Se buscan vidas que, por su categoría humana o espiritual, sean dignas de admirar o imitar. La gente no quiere teorías, busca la elocuencia de los hechos.

—Pues sería interesante pensar cuáles son los modelos humanos con los que tienen oportunidad de identificarse nuestros hijos.

Chesterton decía que los profesores son las primeras personas adultas distintas de sus propios padres que el niño conoce con cierta continuidad. Y que, por tanto, de ellos es quizá de quienes más aprenda a hacerse adulto.

—Desde luego, parece una razón de peso para elegir bien el colegio al que va.

Por supuesto. Primero sus maestros, y después sus profesores, tienen un gran protagonismo en su educación. Porque hasta el simple trato humano tiene ya un gran poder formativo o deformativo.

De todas formas, quizá de unos años a esta parte ha aumentado bastante la influencia de otros muchos modelos. Un deportista famoso, una cantante, o el protagonista de una película o una serie de televisión, pueden producir en los chicos una fuerte tendencia a asumir detalles que consideran atractivos en el carácter de esas personas.

—Lo malo es que a veces esos modelos son muy poco positivos.

Quizá de ahí arranque la falta de pautas morales válidas en la vida de algunos jóvenes. Es decisivo que quien está a punto de ser hombre o de ser mujer tenga ante sus ojos modelos atractivos y logrados, de modo que pueda adquirir criterios de estimación válidos. No olvides que el entorno es muy importante.

—Debe serlo, porque a veces parece que lo menos importante es lo que decimos los padres. No se sabe por qué, pero a veces parece como si nuestra opinión fuera para ellos la que menos vale…

Creo que es una actitud muy propia del adolescente y contra la que resulta difícil luchar de frente. Quizá de modo indirecto puedas hacer más.

Muchas veces no basta con charlar con ellos y procurar hacerles razonar, porque quizá su autosuficiencia adolescente les retrae de hablar confiadamente con sus padres.

—Entonces, ¿qué puedo hacer si mis hijos son ya adolescentes y no estoy nada seguro de haberles educado con acierto?

Por tu parte, todo lo que puedas; pero quizá, considerando esto de los modelos y del entorno, procura también que tus hijos tomen contacto con personas que puedan hacerles bien.

Por ejemplo, resumiendo lo que hemos tratado, puede ser positivo:

• procura elegir bien el colegio y habla con frecuencia con el preceptor o tutor;

• haz algo por ir conociendo a sus amigos, para poder así darle de vez en cuando algún buen consejo, delicadamente y respetando su libertad;

• procura, siempre que sea posible, que la televisión se vea en casa de modo familiar: una película bien elegida puede ser una espléndida ocasión para provocar una tertulia donde conozcamos el modo de pensar de nuestros hijos y el eco que tiene en ellos lo que han visto;

• aplica tu imaginación para que los chicos tomen contacto con ideas y actitudes sensatas;

• cuida su formación moral, y si eres creyente no minusvalores la importancia de vivir de modo coherente a la fe;

• haz lo posible para que se muevan en un ambiente favorable al buen desarrollo de su personalidad: por ejemplo acudiendo a un club juvenil donde puedan pasarlo bien de forma sana, hacer buenos amigos en un ambiente adecuado y recibir una ayuda en su formación;

• evita esos lugares de vacaciones o de fin de semana donde resulta tan fácil verse envuelto en un ambiente de personas con planteamientos inadecuados sobre los modos de divertirse (es sorprendente el porcentaje de alumnos que vuelven irreconocibles a clase después de un verano desafortunado); etc.

Si en las edades clave falla el entorno, de poco sirven los razonamientos teóricos con los hijos. Decía Confucio que no son las malas hierbas las que ahogan la buena semilla, sino la negligencia del campesino. Un colegio equivocado, un lugar de veraneo de bajo nivel moral, o una indigestión habitual de televisión indiscriminada, por ejemplo, pueden echar por tierra muchos esfuerzos hechos en casa por mantener limpias las mentes de los chicos.

Si no se actúa sobre el entorno, puede suceder como en aquel dicho del cadáver en la piscina: mientras no se saque el muerto, de poco vale echar cloro.

Una vieja especie: el opinador

El opinador es un personaje que acostumbra a opinar sobre cualquier cuestión, y con una soltura olímpica. No es que sepa mucho de muchas cosas, pero habla de todas ellas con un aplomo que llama la atención. Nada escapa de los perspicaces análisis que hace desde la atalaya de su genialidad.

¿Es que acaso no tengo libertad para opinar?, dirá nuestro personaje. Y darán ganas de responderle: libertad sí que tienes, lo que te falta es cabeza; porque la libertad, sin más, no asegura el acierto.

Pertenecer al sector crítico y contestatario es para esas personas la mismísima cima de la objetividad.

—Pero la crítica puede hacer grandes servicios a la objetividad.

Indudablemente, y ya hemos hablado de cómo la crítica puede ser positiva si se atiene a ciertas pautas. Pero detrás de una actitud de crítica tozuda y sistemática suelen esconderse la ignorancia y la cerrazón. Si hay algo difícil en la vida es el arte de valorar las cosas y hacer una crítica. No se puede juzgar a la ligera, sobre indicios o habladurías, o sobre valoraciones precipitadas de las personas o los problemas.

La crítica debe analizar lo bueno y lo malo, no sólo subrayar y engrandecer lo negativo. Un crítico no es un acusador, ni alguien que se opone sistemáticamente a todo. Para eso no hacer falta pensar mucho, bastaría con defender sin más lo contrario de lo que se oye, y eso lo puede hacer cualquiera sin demasiadas luces. Además, también es muy cómodo, como hacen muchos, atacar a todo y a todos sin tener que defender ellos ninguna posición, sin molestarse en ofrecer una alternativa razonable —no utópica— a lo que se censura o se ataca.

—Tengo la impresión, además, de que quienes están todo el día hablando mal de los demás, tienen que amargarse ellos también un poco la vida.

Sí. Parece como si vivieran proyectando alrededor su propia amargura. Como si de su desencanto interior sobrenadaran vaharadas de crispación que les envuelven por completo. Les disgusta el mundo que les rodea, pero quizá sobre todo les disgusta el que tienen dentro. Y como son demasiado orgullosos para reconocer culpas dentro de ellos, necesitan buscar culpables y los encuentran enseguida.

—Pienso que la agresividad que observan en algunos medios de comunicación produce a veces una actitud demasiado ligera en las valoraciones y que influye bastante en los chicos: creen que aumentan su prestigio intelectual empinándose sobre un exagerado escepticismo crítico.

Sí, y hay que estar atentos, porque se contagian casi imperceptiblemente de esas actitudes, que además muchas veces les lleva a hacer una intensa propaganda de su laxitud ante muchos valores importantes en la educación.

¿Comprometerse?

Para algunos padres y educadores, la gran norma pedagógica parece que es: “En caso de duda, apueste usted por el no, elija el estarse quieto”.

Es una mentalidad de gran resistencia a complicarse la vida, de una desusada exigencia de garantías. Tanto temen equivocarse que prefieren esquivar cualquier riesgo, y pasan a vivir como refugiados. Se vuelven un poco solemnes y secos, quizá perfectísimos y superprevisores, y vivirán con un método y una higiene absolutos, pero quizá eso no sea vivir.

No se trata de apostar por la irreflexión, la frivolidad o el aventurismo barato. Pero cualquier objetivo medianamente valioso está rodeado de unas tinieblas por las que hay que avanzar en terreno desconocido. Toda empresa, todo camino en la vida, tiene algo de riesgo, de apuesta, de salto hacia adelante, y hay que asumirlo. Si no, más vale quedarse en la cama por el resto de la vida.

Para que los hijos sean decididos es preciso que vean esa actitud en los padres. Que no se queden paralizados ante la duda. Que no tiren la toalla a la primera dificultad. Que no cambien inmediatamente de objetivo si éste se presenta costoso.

—Pues hay mucha gente emprendedora y audaz cuyos hijos son asombrosamente apáticos.

Es que, además de dar ejemplo, hay que hacer algo más. Quizá esos padres debieran preguntarse si no han superprotegido a sus hijos, si no les habrán dado todo hecho, si no les impidieron tomar decisiones y abrirse camino. Porque con tanto desvelo protector pueden haberles hecho un flaco servicio.

“A mí no me gusta comprometerme con nada ni con nadie”, se oye a veces a esos chicos, con frase lapidaria y sentenciosa (y casi nunca original suya). Y si una cosa no sale a la primera…, “pues lo dejo”. Y parece como si todo fuera transitorio, a prueba, “a ver qué tal”.

Sin embargo, es ineludible comprometerse, porque la vida está llena de compromisos. Compromisos en el plano familiar, en el profesional, en el social, en el afectivo, en el jurídico y en muchos más. La vida es optar y adquirir vínculos. Quien pretenda almacenar intacta su capacidad de optar, no es libre: sería un prisionero de su indecisión.

Saint-Exupéry dijo que la valía de una persona puede medirse por el número y calidad de sus vínculos. Por eso, aunque todo compromiso en algún momento de la vida puede resultar costoso y difícil de llevar, perder el miedo al compromiso es el único modo de evitar que sea la indecisión quien acabe por comprometernos. Quien jamás ha sentido el tirón que supone la libertad de atarse, no intuye siquiera la profunda naturaleza de la libertad.

Desconfiados y resentidos

Muchas personas tienen un profundo convencimiento de que en el mundo todo es egoísmo y mezquino interés.

Y como ellos así lo piensan, les parece que lo normal y lo corriente es que todos los humanos sean también, como ellos, unos egoístas redomados.

Viven así una vida empobrecida, parece como que miran siempre de reojo. Son desconfiados. Es algo casi enfermizo.

No hace falta insistir en lo negativo de ese planteamiento para la educación del carácter de los hijos. La familia debe convivir en un clima

• de generosidad y de confianza,

• de prestar ayuda siempre,

• de no llevar cuenta de los favores,

• de no pensar en si alguien es merecedor de un servicio,

• de no tener en cuenta si nos lo van a devolver o agradecer.

Hay padres y educadores que empujan habitualmente a desconfiar, y cometen con eso un grave error.

—Bueno, pero tampoco hay que pasarse por el otro extremo, porque pueden efectivamente acabar siendo unos ingenuos y que luego todo el mundo les engañe y nunca espabilen.

Tendríamos que volver a hablar de aquello de encontrar un equilibrio. Es verdad que ese peligro que dices también existe, pero creo que es bastante menor que su contrario, y, además, es más fácil de corregir.

Repasemos algunas ideas para facilitar un clima de confianza en la familia:

• Más vale ser engañados alguna vez por los hijos que educarlos en un clima de desconfianza o de control policíaco.

• “Yo perdono, pero no olvido”, dicen algunos. En muchos casos, eso probablemente no sea perdonar, sino un refinado sucedáneo de resentimiento.

• Atención a las listas de agravios que guardan celosamente algunas personas, esclavas de sus viejos rencores. En lugar de dedicarse a vivir, parece que se recrean en recordar lo malo de sus vidas para sufrir doblemente.

• Se dice que para quien tiene miedo todo son ruidos. Para el que desconfía, todo son maniobras para aprovecharse de él. Sin embargo, las más de las veces son sólo fruto de su imaginación, y es su miedo lo que les angustia: no han logrado descubrir la maravilla de la confianza, son hombres esquivos y solitarios de espíritu.

• Confianza en los demás, para poder perdonar. Y perdonar es ser generoso en conceder oportunidades de enmendarse.

• A veces somos rígidos porque estamos inseguros, porque no nos lanzamos a educar en la confianza. Y la confianza es un poderoso medio de educación.

La desconfianza está detrás de los resentidos que, después de recibir una herida, están decididos a no volver a confiar. Detrás de los solitarios, de los desamorados. De los viejos que se esconden desconfiados porque piensan que ya no valen para nada y todos les desprecian. De los enfermos que piensan por sistema que nadie les comprende. De los jóvenes que ven a los mayores como gente que jamás les podrán entender. De los tímidos, que se encierran dentro del propio corazón por miedo a abrirse.

interrogantes.net

Papá y mamá en sintonía

 

Es necesario establecer una línea armónica orientadora y mantener en vigor el principio general de que los abuelos, los tíos, los profesores deben aceptar el orden general de la casa y apoyar la acción de los padres

Es difícil cuando papá y mamá tienen un criterio diferente para la educación de los hijos. En la mayoría de las familias, existe uno de los padres que actúa con firme autoridad y otro que se deja transar ante los deseos y peticiones de los hijos. Y este equilibrio no es malo, pero lo que hay que tener en común y nunca perder de vista es la unidad de ideales y valores para la toma de decisiones.

No olvidemos que los que más sufren en estos casos de discordia entre padres, son los hijos, que con el continuo envío de mensajes contradictorios se les está confundiendo, perdiendo así el norte en el proceso educativo.

Unidad de la autoridad

El problema de la unidad en la educación se presenta complicado. Tenemos, en primer lugar, a un padre y una madre con sus diferencias sicológicas que provocan diversidad de métodos y de aplicaciones. Y rodeando al padre y a la madre se sitúan muchos agentes por los que pasa el niño antes de volverse adulto: los abuelos, los tíos, los hermanos mayores, los primos, los amigos de la familia, los empleados cercanos, los amigos del niño, los profesores…

Todos tienen algo que decirle al niño; todos ponen algo que va completando su persona. Es natural que haya entre unos y otros agentes diversas tonalidades, diversos matices, porque son diversas autoridades. Lo que no debe haber es discordancia continuada entre las autoridades por las que pasa el niño. Las influencias no deben repelerse, sino complementarse. La unión hace la fuerza. Si uno niega y otro afirma, si uno empuja y otro detiene, el niño se desconcierta, vacila y desprecia a la autoridad.

Es necesario establecer una línea armónica orientadora y mantener en vigor el principio general de que los abuelos, los tíos, los profesores deben aceptar el orden general de la casa y apoyar la acción de los padres. Para el delicado deber de la educación cabe el refrán “una reina para muchas abejas y un pastor para muchas ovejas”.

Consejos para los padres

Los hijos son los más afectados cuando no hay unión entre papá y mamá. Es por eso, que la mejor forma de ejercer una autoridad coherente es fortalecer la unión entre esposos.

Si estamos hablando del caso en que padre y madre, por diferentes circunstancias se encuentran separados, entonces por el bien de los hijos, deben tener puntos comunes para no caer en la contradicción.

Aquí le damos algunas sugerencias:

• Transmitir siempre una imagen del cónyuge de forma respetuosa.

• No autorizar lo que el otro ha prohibido.

• No disputar delante de los hijos. Si hay que discutir algo, háganlo a solas.

• No demostrar desacuerdo sobre el modo de proceder con los hijos, delante de ellos mismos.

• No hacer al hijo confidente de las penas que causa el cónyuge, al menos hasta que alcance la edad y madurez necesaria.

• Enfóquese en transmitirle a sus hijos más las fortalezas que debilidades de su esposo/a.

• No le haga mala fama a su cónyuge con sus hijos, pues ellos lo irán interiorizando y usted terminará perdiendo autoridad frente a ellos. Evite comentarios como: es que la mamá es una “fiera”, o el papá es un “alcahueta”.

Autor: Félix Fernández González | Fuente: boletín ideas claras