LA SOMBRA: La dificultad de amar y ser esposos La crisis de la fidelidad.

 

Son muchas las heridas que dejan las tragedias familiares. Asistimos a un dramático incremento de los divorcios, de la violencia en las relaciones humanas, de la debilidad y del miedo al compromiso.

Uno de los motivos principales de la crisis actual de la comprensión del matrimonio como entrega, reside en el olvido en muchos cristianos de la vocación bautismal, y de aquí procede el hecho de no entender el matrimonio como un auténtico camino de santidad. Desgajado del bautismo como elección primera y radical de Dios, todo se centra en la elección humana que pasa a considerarse la medida del matrimonio. Según esta concepción, el matrimonio sería una institución simplemente “natural”, en todo caso, ajena a lo genuinamente cristiano. Es como si se hubiera querido bendecir el matrimonio “desde fuera” como si necesitara un permiso divino para ser aceptable.

Es un caso paradigmático de la separación entre fe y vida que afecta a tantos cristianos con efectos desastrosos para la fe (VS, 88).

Fijémonos en un aspecto concreto de esta dificultad de amar:

La crisis de la fidelidad. Esta crisis se presenta como la incapacidad de dar continuidad en el tiempo a lo que implicó en su vida el acontecimiento gozoso del afecto; cada vez es más raro encontrar un amor capaz de durar en el tiempo, de construirse un hogar y una morada habitable. Aquí tiene cabida la llamada interpretación romántica del amor, cuya verdad propia se mide exclusivamente por su intensidad, lo que interesa es el estado afectivo del momento, perdiendo su valor en cuanto promesa de una comunión. Se pone el acento en el propio estado de ánimo y no en la construcción de una vida.

Esta crisis de la fidelidad es la conclusión lógica de un individualismo, donde predomina el egoísmo, el “yo” y el “yo”, en el que la persona es incapaz de encontrarse y de darse al otro; es por eso una crisis del amor.

LA LUZ: Ser esposo: encontrar de nuevo la capacidad del don de sí.

Todos podemos reconocer en nuestra misma experiencia las conocidas palabras de Juan Pablo II al referirse que nadie puede vivir sin amor. Nuestros jóvenes sólo llegarán a comprender lo que son y a descubrir un sentido para su vida cuando se les revele el amor, cuando se encuentren con él, cuando lo experimenten y lo hagan propio, cuando participen en él vivamente.

Pero centrémonos ahora no en el amor recibido que hemos analizado antes, sino en el amor que se entrega: Ser esposos.

Hay algo más que me constituye que el ser hijo, la identidad humana no se agota en este primer hecho. El sentido de mi propia identidad me proyecta a una plenitud que no sólo recibo, sino que también construyo. La plenitud de la propia vida no se descubre verdaderamente sino en un don de sí, en una entrega personal.
“El hombre que es la única criatura en la tierra que Dios ha querido por sí misma, no puede encontrarse plenamente a sí mismo, sino en el sincero don de sí” (Gaudium es spes, 24).

Hemos de ir ofreciéndoles las “herramientas” necesarias para que vayan construyendo y alcanzando su propia plenitud en la unidad de dos. En esta “unidad de los dos”, los esposos estamos llamados desde el principio no sólo a existir “uno al lado del otro”, o simplemente “juntos”, sino que lo somos a crear una comunión de personas llegando a ser una sola carne. Aquel amor recibido ahora quiere ser entregado mediante el “ser para”, en el sentido de la entrega y no sólo de la elección de un proyecto.

Ramon Acosta Peso – Master CC Matrimonio y Familia – 3 hijas

fuente: bpf.laiconet.es