Las crisis en el matrimonio y la familia

 

Las crisis se suceden a lo largo de toda la vida de la pareja y es necesario familiarizarse con ellas, aprendiendo a tratarlas.

(Por: Marcela García Frausto)

¿Quién no ha pasado por una crisis? Antes de responder a esta pregunta habría que aclarar qué son las crisis. En el matrimonio y en la familia se dan diferentes etapas. El paso de una etapa a otra se produce dentro de un espacio de transición en el cual ocurren los cambios, y todo cambio necesariamente conlleva una “crisis”. Las crisis se suceden a lo largo de toda la vida de la pareja y es necesario familiarizarse con ellas, aprendiendo a tratarlas.

¿A qué se asocian dichas crisis? A los cambios biológicos, psicológicos y sociales de cada uno de los miembros de la familia. A situaciones transitorias de la vida familiar como son un embarazo, el nacimiento de un hijo, la pubertad, la marcha de los hijos, la llegada de la edad madura, la jubilación. También están asociadas a factores externos o accidentales como una enfermedad, una muerte inesperada, un desastre, una crisis económica, una pérdida del trabajo, etc.

Todas estas crisis evolutivas exigen una adaptación, es decir, cambios que, bien vividos, dan lugar al crecimiento y a la maduración de la familia, al desarrollo de virtudes que serán las mejores herramientas para enfrentar otras situaciones o futuros posibles problemas.

Por tanto, una crisis ha de ser vista como un reto u oportunidad de crecimiento, por ejemplo: los desacuerdos entre los cónyuges pueden ser útiles, porque empujarán a la pareja a analizar cuidadosamente lo que sucede, a abrirse para entender el punto de vista del otro, a traer a la luz hechos importantes que hasta entonces sólo uno (o ninguno) de los cónyuges entendía. Así, de las crisis, la familia y el matrimonio, salen robustecidos, enriquecidos, más plenos y maduros. Más aún, la madurez personal o matrimonial, es muchas veces fruto de una crisis superada.

En resumen, no debemos extrañarnos de las crisis pues es algo connatural en la persona como ser inacabado que es. No podemos negar que las crisis puedan terminar en un conflicto, en una separación, un enfrentamiento, una desintegración, si no se viven bien, pero las crisis, esencialmente, no son señales de deterioro, aunque asociemos esta palabra con la de drama, amenaza, catástrofe, ruptura, fracaso, dificultad. Las crisis son llamadas a realizar conquistas, a crecer, en definitiva son oportunidades para ser mejores.

El cómo afrontamos y resolvemos las crisis no se improvisa, se va construyendo o se van perdiendo oportunidades de forjarse a sí mismo día a día, por ejemplo, cuando fomentamos en nosotros mismos actitudes de cooperación o de rivalidad; de generosidad o de egoísmo; de apertura o de cerrazón. En cada instante estamos optando por alguna de esas disposiciones y al mismo tiempo favorecemos o desfavorecemos una mayor unidad con los hijos, el cónyuge o con los demás.

Pongamos una imagen. Las crisis son como los toros. Si sabes torear, tú diriges al toro, y todo sale generalmente bien; pero si no sabes torear, el toro te torea a ti y puede no irte muy bien. Si sabemos manejar las crisis podremos salir triunfantes de las situaciones.

Si las crisis son algo natural en la vida del hombre es importante saber cómo vivirlas para sacar mayor fruto de ellas.

Lo primero que se exige es el realismo. Como dicen: “tener los pies bien puestos en la tierra”, “saber dónde estamos parados”. Saber cómo soy yo, cómo es mi cónyuge, cómo es mi familia, cómo son mis hijos. En otras, palabras, se requiere de sensatez. Esto implica evitar tener un concepto de la realidad como a mí me gustaría que fuera y más bien conocer la realidad tal como es. Es lograr que mi mente se adapte a la realidad y no querer meter la realidad en mi esquema mental. Este sano realismo nos ahorra muchas frustraciones, sueños inconsistentes y falsas ilusiones.

Unido al realismo, se necesita de una capacidad seria de aceptar los propios errores y la realidad entera tal como es. La aceptación nos permite asumir la realidad y sacar provecho de ella.

Un tercer aspecto es fomentar la unidad, el mantenernos unidos. Si en la familia cada uno busca su propio provecho, si sólo “me miro a mí”, me “busco a mi mismo” y me desintereso por los otros y de las metas comunes y no veo más allá de mi nariz… será mucho más difícil superar la crisis en el matrimonio o en la familia.

Otra disposición positiva es la mentalidad de buscar y encontrar siempre soluciones, porque….las hay. No irnos por el camino de la cobardía y de la infelicidad diciendo “es más fácil terminar con todo”, “sigue tú con tu vida y yo con la mía”. Hay siempre muchos puntos entre el tono blanco y el tono negro. Con esta actitud podemos llegar a acuerdos, cediendo algo ambas partes, aprovechando lo mejor de las dos posturas.

Así pues, las principales fuentes de crisis no son tanto la edad, la condición económica o la sociedad, sino más bien el orgullo, la ignorancia y el idealismo.

El egoísmo porque nos hace creer que “soy yo quien más aporto a la relación”, “yo no he cometido ningún error”, “yo he dado siempre más a la familia”.

La ignorancia, porque implica el desconocimiento de lo masculino o lo femenino según el caso, que hace más difícil las relaciones entre hombre y mujer, marido y mujer, padre y madre.

Ligado al orgullo y a la ignorancia encontramos el idealismo. Llamamos así a la imagen irreal que nos creamos del esposo o de la esposa, de los padres o de los hijos. Tomamos ideas de las series de televisión o de la pantalla grande, de las novelas comerciales, de las revistas. Y cuando estos sueños no se adaptan a nuestra realidad entonces se da lugar a una crisis en el matrimonio o en la familia.

Por eso, la solución más eficaz ante las crisis es siempre el amor desinteresado, el amor que no pasa constantemente “facturas por cobrar”. Hay otros factores que son importantes como la comunicación, la flexibilidad, etc. pero la única manera de hacer posible la convivencia feliz es el Amor.

Autor: FAMILIAE Psicoterapia- Fecha: 2008-02-18

La familia: cenáculo de amor

 

Aunque parece legítimo hablar de crisis de la familia, quizá sería más apropiado hablar de «crisis de amor». Aun cuando probablemente no en todos los casos donde se constata la «crisis familiar», con certeza en la gran mayoría –independientemente de estamentos sociales o de clasificación urbana o rural– se debe hablar de una «crisis de amor» que genera la «crisis de familia».

¿Qué es la familia si no hay amor? ¿Una mera célula de la sociedad? ¿Un centro donde se mezclan intereses contrapuestos? ¡Y si se trata de una familia que se llama cristiana! Será cualquier cosa, pero del todo alejada de ese misterio de amor, de ese sacramento de la presencia amorosa de los cónyuges y los hijos que le dice al mundo que Cristo Jesús es su centro y su vida. Cuando se olvida que el matrimonio, del que surge la familia, es una vocación, un llamado de Dios a los cónyuges para que se santifiquen por ese camino, se cede a la rutinización y con ello al empobrecimiento que mata lo sublime y termina por minar la unión. La vida conyugal cristiana es un camino a la santidad. Es doloroso que hoy muchos lo olviden, o quizá hasta lo ignoren. Cuando se olvida o se origina que el matrimonio es un camino ascético donde los cónyuges van matando el egoísmo para sumergirse en un «nosotros» que trasciende el «yo» y el «tú» en una realidad misteriosa que hace presente a Cristo entre ellos, se destruye la posibilidad de vivir una realidad maravillosa: la familia como cenáculo de amor. Dolorosamente, es fácil constatar que hay muchas «familias» que no son sino un egoísmo en plural.

Y, porque se olvidan estar realidades es por lo que hoy se casa mucha gente con la misma facilidad con la que se toma una cerveza o una gaseosa. Sin pensarlo mucho; sin prepararse bien. La frase puede parecer poco feliz, pero mucho más infeliz es la cantidad de hogares destrozados por falta de amor. La cantidad de hijos víctimas, en esos hogares, es trágico resultado de la superficialidad, donde se confunde el misterio del amor con superficiales emociones. Incluso en muchos casos donde hay una fuerte incidencia de factores estructurales ¡hay tanto que se podría haber superado con un amor auténtico, purificador!

Para muchos resulta poco comprensible hablar de la familia como «pequeña Iglesia» o como reflejo del Amor íntimo de Dios. Y es que falta amor. Falta comprender que la realidad del ser humano apunta al Amor, y que la realidad de amor que cada uno vive –cuando es de verdad amor– es una participación de ese Amor que viene de Dios. Para esto hay que educarse y purificarse. Cada ser humano, invitado por Dios a la realidad sublime de participar del Amor, está herido por el pecado –¡cómo se olvida hoy la terrible realidad del pecado! –, y esa tendencia del anti-Amor que cada cual puede constatar en sí es un grave obstáculo para la realización integral del ser humano, para la integración personal y para la comunión con los demás. Bien nos han recordado nuestros Obispos latinoamericanos en Puebla que el pecado es rechazo del amor y ruptura de la comunión, y que su presencia envenena al hombre y a los pueblos.

El pecado, ruptura con Dios, es causa de la ruptura de la realidad íntima del hombre en una fragmentación y desarticulación que le mueve a los más angustiantes quejidos recogidos por la literatura de un Kafka, un Camus, un Celine o un Sartre, pero vividos por hombres concretos, cercanos. El pecado es fuente del mal que hay en el hombre y en la sociedad. El pecado da lugar al egoísmo, que en el caso del matrimonio es su negación, y en el caso de la familia conduce a la cosificación de los hijos, a su apropiación como objetos, y a la mutación de las responsabilidades de un amor promotor, liberador, que respeta y reverencia la profunda libertad de esos «hijos de Dios», por la de «dar cosas». Muchas «crisis» de familias se deben a esa sustitución de la realidad del «ser», que es amor, por la del «tener»; trágica sustitución hija de una civilización sometida al materialismo más vulgar y al hedonismo que de él nace.

El caso de muchos padres que por omisión incumplen sus deberes de formar en la fe a sus hijos no es sino un ejemplo de su ignorancia de la realidad profunda y eminentemente difusiva del misterio del amor. Incluso se ve la dolorosa realidad de que, cuando los hijos que han recibido la semilla de la fe en el Bautismo descubren por sí mismos las consecuencias de esa fe, hay padres que se oponen, celosos de Dios, de los caminos de Dios, y consideran exagerado un auténtico compromiso liberador con el Señor Jesús. ¡Es que ignoran el amor! ¡Es que están ciegos a la realidad de Cristo! Por ello, en vez de amor, que es respetuoso de la libertad y del destino del otro, surge el afán posesivo, planificante, cosificador, nacido del anti-Amor. ¡Cuánto obstáculo al Plan de Dios!

El matrimonio, la familia, son proyectos en la vida de sus miembros. Son caminos por los cuales Dios invita a sus componentes a un encuentro plenificador, a una conversión, a una apertura. La familia cenáculo de amor es un proyecto de existencia, un estilo de vida fundado en el modelo de la Familia de Nazaret. Ella constituye un horizonte que debe orientar a todos aquellos a quienes el Señor llama a vivir la vocación del matrimonio, o su presencia en la familia, a descubrir el dinamismo liberador del Amor.

El llamado de Cristo a la conversión no es una invitación a separar la vida de la fe de la vida diaria, como algunos parecen comprender, sino a integrar la fe en la vida diaria. Todos los actos de la vida deben traslucir los efectos del compromiso con el Señor. En la vida conyugal y familiar se debe buscar que la presencia transformante de Dios se vuelque en la vida concreta, manifestándose en los diversos aspectos y realidades de la vida diaria de cada uno de los integrantes de la pareja y de la familia.

Amar es una posibilidad del ser humano, pero no es una realidad fácil de alcanzar. Amor, responsabilidad, libertad, respeto, son realidades que van unidas. Los medios de comunicación social han vulgarizado y envilecido la suprema realidad del misterio del amor. Es tarea de cada cual descubrirse a sí mismo, y descubrir qué tipo de tendencias anidan en él. Hay que seguirle la pista al anti-Amor para darle la contra, y así hacer lugar al impulso generoso y reverente del Amor, que es participación y conduce a la comunión. Hay un estrecho vínculo entre la tarea de hacerse hombre, ser humano pleno, y la tarea de abrirse a la gracia de Dios para erradicaar la tendencias del anti-Amor y dar lugar al Amor, a sus consecuencias y a sus participaciones.

El matrimonio, vocación de encuentro humano en el amor, es una realidad donde se puede verificar la verdad del «nosotros», dimensión que, al estar enraizada en el amor, será la de un dinamismo de apertura y comunión hacia los otros. La familia es también un medio de relaciones que, cuando están centradas en el amor y en la comunión, en la libertad respetuosa de cada cual, en el orden justo y prudente, es un «cenáculo de amor» que plenifica a sus integrantes, que abren sus vidas al Señor de la Vida, y se vuelcan generosa y solidariamente hacia los demás seres humanos, compartiendo inquietudes y esperanzas, y dando un testimonio efectivo de que el amor es posible, de que es real, por obra de Aquel que es todo Amor.

El matrimonio y la familia son realidades sublimes que deben ser comprendidas y valoradas a la luz de la Revelación del Señor, para que puedan ser vividas a plenitud en conformidad con el amoroso Plan Salvífico de Dios.

Fuente: La versión electrónica de este documento ha sido realizada por el Movimiento de Vida Cristiana. Derechos reservados (©). Este texto en versión electrónica solo puede ser reproducido por razones pastorales de la Iglesia sin introducir modificación alguna y manteniendo la integridad de su sentido. Deberá consignarse claramente la fuente. Se entiende que sólo puede ser usado en ediciones no comerciales y ajustándose a las condiciones estipuladas. Autor: Luis Fernando Figari, 1980.