¿Qué es la Teología del cuerpo?

What is the Theology of the Body?

The “rich patrimony” of John Paul II’s teaching “has not yet been assimilated by the Church. My personal mission is not to issue many new documents, but to ensure that his documents are assimilated.”

Benedict XVI (Interview on John Paul II’ s Legacy, October 16, 2005)

Pope John Paul II devoted the first major teaching project of his pontificate – 129 short talks between September of 1979 and November of 1984 – to providing a profoundly beautiful vision of human embodiment and erotic love. He gave this project the working title “theology of the body.”
George Weigel, author of Witness to Hope: The Biography of Pope John Paul II, calls this papal study of human sexuality “one of the boldest reconfigurations of Catholic theology in centuries” – a “theological time-bomb set to go off with dramatic consequences …perhaps in the twenty-first century.” At this point the Pope’s vision of sexual love “has barely begun to shape the Church’s theology, preaching, and religious education.” But when it does, Weigel predicts, “it will compel a dramatic development of thinking about virtually every major theme in the Creed” (pp. 336, 343, 853).

Far from being a footnote in the Christian life, the way we understand the body and the sexual relationship “concerns the whole Bible” (TOB 69:8). It plunges us into “the perspective of the whole Gospel, of the whole teaching, even more, of the whole mission of Christ” (TOB 49:3). Christ’s mission, according to the spousal analogy of the Scriptures, is to “marry” us. He invites us to live with him in an eternal life-giving union of love.

This is what the union of the sexes is meant to proclaim and foreshadow – the eternal union of Christ and the Church. As St. Paul says, quoting from Genesis, “‘For this reason a man shall leave his father and mother and be joined to his wife, and the two shall become one flesh.’ This is a great mystery, and I mean in reference to Christ and the church” (Eph 5:31-32).

By helping us understand this profound interconnection between sex and the Christian mystery, John Paul’s theology of the body not only paves the way for lasting renewal of marriage and the family; it enables everyone to rediscover “the meaning of the whole of existence, the meaning of life” (TOB 46:6).

Please Click Hereto view Pope John Paul’s 129 Wednesday Audiences, which comprise his Theology of the Body.

*TOB Man and Woman He Created Then: A Theology of the Body, John Paul II’s general audience addresses on Human Love in the Divine Plan, Michael Waldstein translation (Pauline, 2006)

Más información: www.tobinstitute.org; www.amorseguro.org

¿Es plena la unidad y la relación sexual en el matrimonio?

Blanca Mijares

El encuentro personal en el matrimonio permite trenzar las posibilidades de la propia vida con las de otra persona a la que se le ama, se le considera valiosa y se desea hacer feliz; a la vez que, permite experimentar todo cuanto suceda en la interrelación entre ambos durante el proceso de desarrollo biográfico compartido y continuo que desean tener. Es dar y recibir, es descubrir y mostrar, es don y acogida de todo lo que somos y seremos. Por lo tanto, el encuentro personal será tanto más elevado y fecundo cuánto más ricas y maduras sean las personas involucradas y más dispuestas estén a comprometerse entre sí.

El encuentro personal es un acontecimiento relacional, que nace de la propia naturaleza social del hombre y que se manifiesta en la interacción activa de los esposos. El encuentro personal no se da automáticamente, como fruto de la mera vecindad. Debe ser creado esforzadamente, mediante el cumplimiento de ciertas exigencias ineludibles: diálogo sincero y continuo, equilibrio entre la fusión y el alejamiento, generosidad, apertura de espíritu, respeto, ayuda, confianza, agradecimiento, paciencia, admiración, sobrecogimiento, comprensión, simpatía, amabilidad, cordialidad, fidelidad, alegría, ternura, lealtad, mutuas, etc. etc. etc. Es decir, que sólo podrán ser capaces de relacionarse así quienes actúen con madurez.

No es lo mismo relacionarse con un objeto que con un ámbito personal, porque los objetos se yuxtaponen o chocan entre sí, en cambio, los ámbitos personales pueden trenzarse, relacionarse y enriquecerse mutuamente hasta profundidades inimaginables, hasta niveles de unidad que sólo los seres espirituales logran.

Por lo tanto, el encuentro personal implica intercambiar posibilidades, y posibilidades sólo puede ofrecerlas y recibirlas un hombre o una mujer que sea capaz de descubrirse como un ser corpóreo-espiritual y que pueda vivir al mismo tiempo en varios niveles de realidad. Un ejemplo sería, cuando dos esposos se saludan tras una jornada de separación; al saludar, el esposo vive, experimenta, varios niveles de la realidad: el físico, el fisiológico, el psíquico, el afectivo-espiritual, el simbólico, el sociológico, el cultural… etc. y la esposa, que recibe el saludo puede contestar viviendo los mismos niveles y contestando en el mismo sentido, provocando un ámbito de relación mucho más profundo y rico en significados y posibilidades que el que nos ofrecen las simples cosas.

Por eso, para fundar un modo de unidad elevado es necesario ensamblar modos de realidad diversos y complementarios: varón y mujer como entidades corpóreo-espirituales pueden unirse intensamente gracias a esa doble condición sexual que ofrece posibilidades de crear formas únicas, estéticas y creativas de relacionarse. El matrimonio por ensamblar en sí diversos modos de realidad tiene el poder de manifestarse como dotado de posibilidades riquísimas. Esa manifestación resulta muy atractiva para quien desea casarse, ya que invita a establecer una relación de entrelazamiento de los cónyuges entre sí y de sus posibilidades, que se estiman valiosas y bellas.

Siempre que un cónyuge se trenza, es decir, que se une de forma biográfica y comprometida con el otro, es porque ha visto en el matrimonio una oferta de posibilidades para actuar con sentido y de forma coherente con su naturaleza: para amarse mutuamente, para ayudarse, para formar una familia, para emprender un proyecto biográfico compartido. Cuando este contenido se pierde de vista, el matrimonio se convierte en una institución que no ofrece nada y en consecuencia, muchos jóvenes deciden no casarse o temen hacerlo, porque están confundidos y desconocen la riqueza y posibilidades del amor conyugal y del matrimonio.

Si se reduce la relación matrimonial al uso sexual del otro, se desvirtúa, se le roba el valor que encierra; además se trata de forma denigrante al otro como ámbito personal al usarlo como objeto para unos fines, y quien actúa de este modo egoísta no actúa de acuerdo a su dignidad y debido a su comportamiento empobrece su desarrollo personal y bloquea su propia felicidad. De esta forma, se instrumentaliza al matrimonio y a la persona para fines personales; por lo tanto, el matrimonio, quien instrumentaliza y quien es usado, pierden toda su capacidad de ofrecer y recibir las riquezas que les son propias y pueden aportar como ámbitos de interacción vital. La persona egoísta se empobrece, se esclaviza al compromiso de libertad sin sentido que tiene consigo mismo y de su autocomplacencia que lo acorralan en una triste soledad.

Muchas veces constatamos cómo alguien elije casarse teniendo una concepción deteriorada de la persona, reduccionista, que considera al ser humano como objeto, o al matrimonio como forma de institucionalizar el placer o el deseo, a ese ser humano se le podrá tocar externamente, pero nunca será posible adentrarse en su mundo interior y potenciar las posibilidades de la interrelación personal y por lo tanto, su matrimonio tarde o temprano fracasará.

Sólo pueden relacionarse a profundidad las personas que se consideran ámbitos de riqueza y posibilidades, dueñas de sí mismas, con sentido en la vida, con ilusión de vivir, con una vida interior rica y profunda, con vida personal plena y libre, con capacidad de amar generosa e incondicionalmente, de comprometerse y de comunicarse con el otro. Cualidades que facilitan la formación de una común uniidad de vida y amor. Esto es así porque, casarse no significa tenerse como objetos para hallarse en vecindad, yuxtaponerse, chocar, dominarse o manejarse.

Casarse significa entrelazarse íntima y fuertemente con la otra persona para crear una nueva realidad, cuya belleza y perfección dependerá de la acción activa, generosa, delicada, intencionada, libre y amorosa de los cónyuges. Es mucho más que estar presente, es una aventura, un reto a la creatividad para poder intercambiar el mayor y más bello números de posibilidades, para crear una trenza muy hermosa y bien hecha, sin desbalances o chipotes. Por lo tanto, implica saber claramente para qué se casa uno, qué significa ser persona, qué cualidades y defectos poseen ambos y de este modo poder elegir el matrimonio libremente y realizarlo de la mejor forma posible, a través del esfuerzo amoroso, comprometido, generoso y continuado de ambos.

Así como con la simple sonrisa, nos sale al encuentro toda la persona del amigo y puede darse un entrelazamiento incipiente de ambos como ámbitos personales, el encuentro corporal entre los cónyuges es un fenómeno dual típico de las realidades expresivas porque integra en sí dos modos distintos de realidad: la relación sexual -que no se reduce a una unión de cuerpos, aunque la implique- y sobre todo, la presencia de toda la persona del que ama. Quien ama es la persona entera, no el cuerpo solamente, la persona no pude separar lo que es. En la unidad corporal matrimonial los esposos se revelan toda su persona, la unidad que son y todo el amor que se tienen. Los esposos son capaces de verse con amor en cuerpo y alma, y descubrir hasta lo más íntimo de su ser. En el matrimonio dos planos de realidad distintos (material y espiritual) logran su máxima integración potenciándose mutuamente. El punto de máxima expresión de ese fenómeno impresionante que llamamos unidad de dos, ser una misma carne, se realiza en ese momento. Es un encuentro que expresa de forma sublime la capacidad unitiva del ser humano. Los animales nunca podrán amarse de esa forma, que ve a los ojos y descubre al ser humano en su totalidad y en su grandeza. Cuando varón y mujer se encuentran íntimamente; la corporalidad expresa la interioridad, el lugar donde solo podemos estar con nosotros mismos y con Dios, es cuando nos instalamos en el otro y estamos con el otro como cuando estamos solo con nosotros mismos. Es experimentar lo infinito del amor en un segundo, es realizar la plenitud del amor que nos es propia y de la que somos capaces los seres humanos. Es amor que nos proyecta a la eternidad y nos da fuerza y sentido para afrontar el presente. Es el orgasmo pleno y verdaderamente humano, aquel que es conforme a su naturaleza espiritual y corporal.

Fuente: encuentra.com

¿Es plena la unidad y la relación sexual en el matrimonio?


Blanca Mijares

El encuentro personal en el matrimonio permite trenzar las posibilidades de la propia vida con las de otra persona a la que se le ama, se le considera valiosa y se desea hacer feliz; a la vez que, permite experimentar todo cuanto suceda en la interrelación entre ambos durante el proceso de desarrollo biográfico compartido y continuo que desean tener. Es dar y recibir, es descubrir y mostrar, es don y acogida de todo lo que somos y seremos. Por lo tanto, el encuentro personal será tanto más elevado y fecundo cuánto más ricas y maduras sean las personas involucradas y más dispuestas estén a comprometerse entre sí.

El encuentro personal es un acontecimiento relacional, que nace de la propia naturaleza social del hombre y que se manifiesta en la interacción activa de los esposos. El encuentro personal no se da automáticamente, como fruto de la mera vecindad. Debe ser creado esforzadamente, mediante el cumplimiento de ciertas exigencias ineludibles: diálogo sincero y continuo, equilibrio entre la fusión y el alejamiento, generosidad, apertura de espíritu, respeto, ayuda, confianza, agradecimiento, paciencia, admiración, sobrecogimiento, comprensión, simpatía, amabilidad, cordialidad, fidelidad, alegría, ternura, lealtad, mutuas, etc. etc. etc. Es decir, que sólo podrán ser capaces de relacionarse así quienes actúen con madurez.

No es lo mismo relacionarse con un objeto que con un ámbito personal, porque los objetos se yuxtaponen o chocan entre sí, en cambio, los ámbitos personales pueden trenzarse, relacionarse y enriquecerse mutuamente hasta profundidades inimaginables, hasta niveles de unidad que sólo los seres espirituales logran.

Por lo tanto, el encuentro personal implica intercambiar posibilidades, y posibilidades sólo puede ofrecerlas y recibirlas un hombre o una mujer que sea capaz de descubrirse como un ser corpóreo-espiritual y que pueda vivir al mismo tiempo en varios niveles de realidad. Un ejemplo sería, cuando dos esposos se saludan tras una jornada de separación; al saludar, el esposo vive, experimenta, varios niveles de la realidad: el físico, el fisiológico, el psíquico, el afectivo-espiritual, el simbólico, el sociológico, el cultural… etc. y la esposa, que recibe el saludo puede contestar viviendo los mismos niveles y contestando en el mismo sentido, provocando un ámbito de relación mucho más profundo y rico en significados y posibilidades que el que nos ofrecen las simples cosas.

Por eso, para fundar un modo de unidad elevado es necesario ensamblar modos de realidad diversos y complementarios: varón y mujer como entidades corpóreo-espirituales pueden unirse intensamente gracias a esa doble condición sexual que ofrece posibilidades de crear formas únicas, estéticas y creativas de relacionarse. El matrimonio por ensamblar en sí diversos modos de realidad tiene el poder de manifestarse como dotado de posibilidades riquísimas. Esa manifestación resulta muy atractiva para quien desea casarse, ya que invita a establecer una relación de entrelazamiento de los cónyuges entre sí y de sus posibilidades, que se estiman valiosas y bellas.

Siempre que un cónyuge se trenza, es decir, que se une de forma biográfica y comprometida con el otro, es porque ha visto en el matrimonio una oferta de posibilidades para actuar con sentido y de forma coherente con su naturaleza: para amarse mutuamente, para ayudarse, para formar una familia, para emprender un proyecto biográfico compartido. Cuando este contenido se pierde de vista, el matrimonio se convierte en una institución que no ofrece nada y en consecuencia, muchos jóvenes deciden no casarse o temen hacerlo, porque están confundidos y desconocen la riqueza y posibilidades del amor conyugal y del matrimonio.

Si se reduce la relación matrimonial al uso sexual del otro, se desvirtúa, se le roba el valor que encierra; además se trata de forma denigrante al otro como ámbito personal al usarlo como objeto para unos fines, y quien actúa de este modo egoísta no actúa de acuerdo a su dignidad y debido a su comportamiento empobrece su desarrollo personal y bloquea su propia felicidad. De esta forma, se instrumentaliza al matrimonio y a la persona para fines personales; por lo tanto, el matrimonio, quien instrumentaliza y quien es usado, pierden toda su capacidad de ofrecer y recibir las riquezas que les son propias y pueden aportar como ámbitos de interacción vital. La persona egoísta se empobrece, se esclaviza al compromiso de libertad sin sentido que tiene consigo mismo y de su autocomplacencia que lo acorralan en una triste soledad.

Muchas veces constatamos cómo alguien elije casarse teniendo una concepción deteriorada de la persona, reduccionista, que considera al ser humano como objeto, o al matrimonio como forma de institucionalizar el placer o el deseo, a ese ser humano se le podrá tocar externamente, pero nunca será posible adentrarse en su mundo interior y potenciar las posibilidades de la interrelación personal y por lo tanto, su matrimonio tarde o temprano fracasará.

Sólo pueden relacionarse a profundidad las personas que se consideran ámbitos de riqueza y posibilidades, dueñas de sí mismas, con sentido en la vida, con ilusión de vivir, con una vida interior rica y profunda, con vida personal plena y libre, con capacidad de amar generosa e incondicionalmente, de comprometerse y de comunicarse con el otro. Cualidades que facilitan la formación de una común uniidad de vida y amor. Esto es así porque, casarse no significa tenerse como objetos para hallarse en vecindad, yuxtaponerse, chocar, dominarse o manejarse.

Casarse significa entrelazarse íntima y fuertemente con la otra persona para crear una nueva realidad, cuya belleza y perfección dependerá de la acción activa, generosa, delicada, intencionada, libre y amorosa de los cónyuges. Es mucho más que estar presente, es una aventura, un reto a la creatividad para poder intercambiar el mayor y más bello números de posibilidades, para crear una trenza muy hermosa y bien hecha, sin desbalances o chipotes. Por lo tanto, implica saber claramente para qué se casa uno, qué significa ser persona, qué cualidades y defectos poseen ambos y de este modo poder elegir el matrimonio libremente y realizarlo de la mejor forma posible, a través del esfuerzo amoroso, comprometido, generoso y continuado de ambos.

Así como con la simple sonrisa, nos sale al encuentro toda la persona del amigo y puede darse un entrelazamiento incipiente de ambos como ámbitos personales, el encuentro corporal entre los cónyuges es un fenómeno dual típico de las realidades expresivas porque integra en sí dos modos distintos de realidad: la relación sexual -que no se reduce a una unión de cuerpos, aunque la implique- y sobre todo, la presencia de toda la persona del que ama. Quien ama es la persona entera, no el cuerpo solamente, la persona no pude separar lo que es. En la unidad corporal matrimonial los esposos se revelan toda su persona, la unidad que son y todo el amor que se tienen. Los esposos son capaces de verse con amor en cuerpo y alma, y descubrir hasta lo más íntimo de su ser. En el matrimonio dos planos de realidad distintos (material y espiritual) logran su máxima integración potenciándose mutuamente. El punto de máxima expresión de ese fenómeno impresionante que llamamos unidad de dos, ser una misma carne, se realiza en ese momento. Es un encuentro que expresa de forma sublime la capacidad unitiva del ser humano. Los animales nunca podrán amarse de esa forma, que ve a los ojos y descubre al ser humano en su totalidad y en su grandeza. Cuando varón y mujer se encuentran íntimamente; la corporalidad expresa la interioridad, el lugar donde solo podemos estar con nosotros mismos y con Dios, es cuando nos instalamos en el otro y estamos con el otro como cuando estamos solo con nosotros mismos. Es experimentar lo infinito del amor en un segundo, es realizar la plenitud del amor que nos es propia y de la que somos capaces los seres humanos. Es amor que nos proyecta a la eternidad y nos da fuerza y sentido para afrontar el presente. Es el orgasmo pleno y verdaderamente humano, aquel que es conforme a su naturaleza espiritual y corporal.

fuente:encuentra.com

ELOGIO DEL PUDOR

El desenfado para hablar de lo íntimo y personal, la frivolidad y la desvergüenza, campean a sus anchas en los programas radiales y televisivos. Se exagera el valor moral de esta nueva franqueza. Se sostiene que lo no espontáneo es falso, calculador e hipócrita. Si a esta lógica unimos la muy en boga moral de la autenticidad, resultará que lo reflexivo y voluntario será siempre hipócrita y falso. Resulta arriesgado hablar hoy del pudor cuando la sociedad hace gala de haberlo superado y predomina la retórica de la explicitación total, el decirlo todo y a voz en grito. ¿Es el pudor algo obsoleto y prescindible, o más bien un valor siempre necesario, tanto personal como socialmente? No ha transcurrido mucho tiempo de cuando el pudor era algo vivo y operativo en el tejido social. Muchos recuerdan sus manifestaciones en todos los niveles: vestido, espectáculos, lenguaje, tono de las relaciones personales, etc.

Max Scheler, el entonces Karol Wojtyla, Giuseppe Savagnone, Jacinto Choza, por citar algunos estudios conocidos, han mostrado la profundidad antropológica del pudor. Choza en su ensayo “La supresión del pudor” lo considera como la tendencia y el hábito de conservar la propia intimidad a cubierto de los extraños. Así se dice que una persona carece de pudor cuando manifiesta en público situaciones afectivas o sucesos autobiográficos íntimos. Es que la intimidad puede quedar protegida o desamparada en función del lenguaje, del vestido y de la vivienda. Se da una proyección espacial de la propia intimidad en la casa y en la propia habitación. Y el cuerpo, si bien no es la proyección espacial de la intimidad tampoco es algo meramente neutro y yuxtapuesto, puesto que yo soy también mi propio cuerpo. El pudor más que natural o cultural es estricta y genuinamente personal: “el pudor es el modo como una persona se posee a sí misma y se entrega a otra concreta”.

Pero hoy muchos consideran obsesiva y malsana toda discreción a la hora de vestir o de manifestar los propios deseos o impulsos. Sin embargo, una manifestación exagerada o indiscreta puede ocultar lo esencial. Una excesiva visibilidad acaba por hacer opaca a una persona o una situación. Es como si la auténtica personalidad quedase por completo oscurecida precisamente por la luz de los reflectores que les enfocan sin cesar. Máscaras vacías, tras lo cual no hay ningún rostro. Hay modos de exhibición de la realidad personal que en vez de desvelar un sentido acaban por banalizarlo y ocultar su verdad profunda. Mecánica fatal que reduce el sujeto a objeto, las personas a cosas.

Hoy existe una obsesión por “sacar a la luz”, por “revelar”, por “hacer al fin público” realidades que requerirían una saludable penumbra para poder sostener, hasta en lo malo, la propia dignidad. Pareciera que no hay perversión, retorcimiento o vicio que no requiriera ser expuesto al público, desdramatizado y homologado. Cuando George Orwell acuñó la expresión “El Gran Hermano” en su novela 1984, quería subrayar lo espantoso de un régimen totalitario que aplasta a las personas al someterlas a un despiadado control visual. Ahora el reality ha creado, bajo la forma de espectáculo, un pequeño campo de concentración en donde las personas se despojan de toda intimidad, y reducidas al rango de ratón de laboratorio, son objeto de incesante observación dentro de una caja de cristal transparente. Flujos íntimos y conversaciones triviales obtienen un éxito masivo. Lejos de constituir el último tabú de una mentalidad superada, el pudor es el signo indeleble de la dignidad de toda persona.

Artes y Letras, diario El Mercurio, 2-X-2005

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EL PUDOR: DEFENSA NECESARIA DE LA DIGNIDAD PERSONA. El pudor es un sentimiento natural, sabiamente puesto por el Creador, para que lo convirtamos, perfeccionándolo, en virtud, es decir, en poder, fuerza que perfecciona, protege y libera todo lo noble de nuestro ser personal. De la sección EL VALOR DE LA SEXUALIDAD.

Jorge Peña Vial
Arvo Net