La afectividad: una visión de conjunto

 

1. Los «niveles» de la afectividad

Después de esta muy sumaria aproximación a la vida sentimental, y en consonancia con la última observación del artículo anterior, iniciamos un análisis más detallado, y espero que más fecundo, de la afectividad.

El hombre redivivo

En semejante sentido, y por los motivos que a continuación esbozaré, concedo una muy especial relevancia a la afirmación y el análisis de los distintos niveles de sentimientos que se dan de ordinario en el ser humano, frente a la pretensión casi generalizada, al menos hasta hace cierto tiempo y en la mayoría de los autores, de que la vida afectiva se desarrolla exclusiva o muy fundamentalmente en un solo plano —el psíquico—, que serviría de enlace o «bisagra» entre las dimensiones sensibles y las propiamente espirituales, en las que, por consiguiente, no habría ni afectos, ni emociones o sentimientos, ni estados de ánimo…

Y estimo que es de una importancia extrema porque el planteamiento más común —afectividad-psiquismo… y para de contar—, aunque contenga algo o bastante de verdad, es en fin de cuentas erróneo y genera aporías insolubles desde el punto de vista teórico y problemas vitales difíciles o imposibles de resolver.

No es cierto que la vida afectiva se desarrolle exclusiva o fundamentalmente en un solo plano —el psíquico—, que serviría de enlace o «bisagra» entre las dimensiones sensibles y las propiamente espirituales

El espíritu redescubierto

No extraña, por eso, que —tras asistir a las clases de Freud y de Adler, y convertirse en uno de sus más destacados discípulos y colaboradores— Viktor Frankl reaccionara vivamente contra esa reducción del hombre, que elimina lo más propio y elevado de él.

Copio un par de citas al respecto, en espera de desarrollos ulteriores.

1. El primer testimonio es de E. Lukas, probablemente la mejor discípula de Frankl, como ya dije. La afirmación no puede ser más neta:

Tras su separación de Adler, Frankl desarrolló una antropología propia cuya declaración principal rezaba: la per­sona se caracteriza por una dimensión […] específicamente humana que lo diferencia del resto de seres vivos y a la que no se pueden trasladar los diagnósticos del ám­bito biopsíquico. Frankl la llamó dimensión «noética» (del grie­go nóus: «espíritu», «inteligencia»). A partir de entonces, sus in­vestigaciones se centraron en cómo fertilizar esta dimensión noética para aliviar y superar los trastornos mentales.

2. Lo hago seguir de una cita del propio Frankl, en la que se distancia de forma expresa de la visión de Freud, tanto la vulgar —que todo pretende reducirlo a sexo— como la de los auténticos conocedores y expertos.

Según Frankl, y frente a lo que sostiene la psicodinámica, el ser humano no es arrastrado solo por instintos, sino que también se mueve a sí mismo por «motivos», que apelan a su libertad:

Propiamente hablando, el Psicoanálisis no ha sido nunca pansexualista. Y hoy lo es menos que nunca. De lo que en realidad se trata es de que el Psicoanálisis, más en concre­to el psicodinamismo, describe al hombre como un ser accionado exclusivamente por instintos: y el que sea el Yo puesto en acción por el Ello o por un Super-yo —en otros términos, el que el hombre sea impulsado solo desde abajo o que lo sea desde abajo y desde arriba— es una cuestión accesoria. Porque en ambos casos no deja de ser el hombre un ser a quien solo mueven los instin­tos, un ser cuya esencia consiste en satisfacer instintos.

3. Y añado otro texto, todavía más explícito, donde Frankl se apoya en la autoridad de dos de los psiquiatras de más renombre del momento:

Dentro del marco de la antropología psicodinámica se nos ha ofrecido el cuadro de un hom­bre accionado solo por instintos, el cuadro del hombre como un ser aplacador de instintos y ten­dencias del Ello y del Super-yo, como una esencia orientada al compromiso entre las instancias conflictuales del Yo, Ello y Super-yo. Este bosquejo psicodinámico de una imagen del hombre está, sin embargo, en directa oposición a la idea que la humanidad tiene sobre el ser del hombre, y de un modo particular a su idea sobre lo que cons­tituye la característica primaria y fundamental del hombre, que es su impronta espiritual y su orientación a un sentido. Esto es una caricatura, un retrato que desfigura y deforma la verdadera imagen del hombre, pues —volviendo por última vez y resumiendo la crítica a la antropología im­plícita en el psicodinamismo— en lugar de la primaria orientación del hombre a un sentido se ha puesto su pretendida determinación por los instintos, y en lugar de su tendencia a los valores, que tan característica es del hombre, se ha pues­to una tendencia ciega al placer. […]

Mas ahora resulta que, en realidad, todos los instintos están personalizados, asumidos en y por la persona. Pues los instintos del hombre —en oposición a los del animal— están siempre inva­didos y gobernados en su dinámica interna por el espíritu; todos los instintos del hombre están siem­pre incorporados dentro de esta «espiritualidad», de suerte que no solo cuando los instintos son fre­nados, sino también cuando se les ha dado rienda suelta, ha tenido que actuar el espíritu; él ha teni­do que decir la última palabra, o por el contrario, se la ha callado. No impulsan los impulsos a la persona; estos impulsos están siempre inundados en su ser por la persona; a través de ellos oímos el eco de su voz. La impulsividad humana está siem­pre «gobernada de un modo personal» (W. J. Revers). Indudablemente hay «mecanismos apersonales» en el hombre (V. Gebsattel), pero no nos está permitido situarlos donde en realidad no están; no pretendamos buscarlos en el ámbito de lo psíquico, cuando los podemos encontrar en el de lo somático.

Recuperación, por tanto, explícita y consciente, con pleno conocimiento de causa, de un dominio humano —el noético-espiritual y libre—, olvidado y rechazado por psiquiatras muy afamados.

Y recuperación absolutamente imprescindible para este trabajo, pues solo en los dominios del espíritu se da propiamente la distinción clave entre los dos tipos de amor que más de una vez he mencionado: el amor como sentimiento o inclinación y el amor como acto o elección.

Lo estudiaremos en su momento.

En oposición a los del animal, los instintos del hombre están siempre inva­didos y gobernados en su dinámica interna por el espíritu

La afectividad del espíritu

No he encontrado en Frankl un desarrollo explícito, y sin duda coherente con sus hallazgos y defensa de la plenitud humana, de la afectividad espiritual. Pero las bases, al menos, se encuentran más que puestas, por lo que Lukas puede sostener:

El concepto de Frankl, del ser humano como una unidad tridimensional, implica que el gozo y la emoción no pertenecen exclusivamente a la dimensión de la psique. El gozo es también una parte del espíritu y afecta al organismo. Cualquier cosa que influya en nosotros afecta las tres dimensiones humanas.

La misma inspiración, e incluso más desarrollado, encontramos en otros autores.

Por ejemplo, en D. von Hildebrand, para quien «la esfera afectiva comprende experiencias de nivel muy di­ferente, que van desde las sensaciones corporales a las más al­tas experiencias de amor» [emplazadas, como él mismo repetirá a menudo, en los dominios espirituales].

Por tanto, aun no habiéndolo todavía mostrado, me gustaría insistir en que el espíritu del hombre goza de una muy rica e intensa vida afectiva… bastante difícil de denominar; y que el desconocimiento o el desprecio de este hecho tergiversa enormemente en la teoría lo que es la persona humana, y puede llevar consigo errores prácticos tan graves como para arruinar toda una existencia.

En su Antropología de la afectividad, Antonio Malo lo afirma de forma tajante, y lo atribuye a Tomás de Aquino, según el cual:

… existe un amor, una esperanza y un gozo pura­mente espirituales. Estos afectos, sin embargo, no deben ser considerados pasiones, pues nacen directamente de un acto de la voluntad. Por ese mo­tivo, […] el amor y el gozo “expresan un simple acto de la voluntad por una semejanza de afectos, pero sin pasión”.

El espíritu del hombre goza de una muy rica e intensa vida afectiva

Esclarecimientos ineludibles

Con objeto de aclarar este extremo, y comprender mínimamente a qué me refiero, resulta oportuno recordar la distinción:

1. Entre el sentimiento y aquello que lo origina

1.1. Por una parte, encontramos el sentimiento, afecto o emoción, que consiste en la percepción de una trepidación interna de más o menos calibre, de la calma que le sucede o, en casos menos frecuentes, de la que reina habitualmente en una persona… reposo al que, justo por ser habitual y no llevar consigo nada de sorprendente, no solemos prestar atención.

1.2. Por otra, la raíz de esas sacudidas o quietudes del ánimo, origen que a veces nos resulta desconocido y en cualquier caso, como sucede con cualquier afecto o emoción, nunca se identifica con el sentimiento tal como se lo advierte.

2. Entre la causa y el motivo de una emoción o sentimiento

A la anterior conviene sin duda añadir una distinción que ya se ha hecho clásica, que apunté al principio de este escrito y que diferencia entre causa y motivo de una emoción.

Quizás nada tan claro como esta cita de Frankl, que, además, sitúa la distinción en el contexto adecuado:

Tan pronto como proyec­tamos al ser humano a la dimensión de una psi­cología que sea concebida en forma estrictamente científica, lo recortamos, lo separamos del medio, de las motivaciones potenciales. Lo que queda, en lugar de razones y motivaciones, son causas [interpretadas en sentido eficiente-mecánico]. Las razones me motivan para actuar en la forma que yo elijo. Las causas determinan mi conducta inconscientemente, sin saberlo, tanto si las conoz­co como si no. Cuando al cortar cebollas lloro, mis lágrimas tienen una causa, pero yo no tengo una razón, un motivo para llorar. Cuando pierdo a un amigo, tengo una razón para llorar.

Diferenciemos, por tanto:

2.1. La causa orgánica o cuasi eficiente, situada de ordinario en el origen de la percepción de un estado fisiológico, como el cansancio, pero que también puede dar pié a un sentimiento más complejo y menos localizado, como el aburrimiento endémico o la apatía y a otros muchísimo más complejos, como los mencionados por el neurólogo Oliver Sacks en varios de sus estudios.

2.2. El motivo de una emoción o sentimiento, con el que se alude por lo común a un suceso o actividad, cuyo conocimiento provoca en nosotros una determinada trepidación o genera un estado de ánimo, pero que asimismo produce con frecuencia una excitación orgánica o fisiológica.

Se trata de un fenómeno absolutamente habitual, que cualquiera puede reconocer en sí mismo o en quienes lo rodean. Por ejemplo, la noticia de la muerte de un ser querido, motivo más que fundado de profunda tristeza, puede hacer que disminuya el riego sanguíneo o provocar una pérdida de tono muscular e incluso un desvanecimiento; un acto de generosidad de alguien que considerábamos egoísta, y que despierta nuestro asombro y posterior alegría, lleva consigo a veces un incremento de la fuerza física o «la sensación» de que ese vigor se ha incrementado, y algo relativamente parecido sucede ante la presencia de un «ídolo» de la canción, del deporte, de la televisión, etc.; el descubrimiento de que falla uno de los motores del avión en que viajamos, origen del sentimiento de miedo, suele ir acompañado de sudoración, palpitaciones, y un largo etcétera.

3. La inter-acción entre los distintos ámbitos

Por fin, conviene señalar la interacción mutua entre los tres planos que acabo de resumir. A este respecto, y sin necesidad de ahondar más en el asunto, baste por ahora apuntar, acudiendo a la experiencia propia o ajena, que:

3.1. A menudo un estado psíquico-espiritual de abatimiento tiene un origen exclusivamente orgánico, como puede ser el agotamiento físico o una anomalía en la transmisión neuronal; y uno de euforia o de «éxtasis», que incluye elementos psíquico-espirituales, es el fruto de la ingesta de sustancias químicas, conocidas habitualmente como drogas.

3.2. O, al contrario, que las fuerzas físicas aumentan realmente como consecuencia de una alegría, de la asunción de un gran ideal… o, de manera diferente, de un arrebato de ira o de indignación.

3.3. Como, también, que existen neurosis noógenas (de origen psíquico-espiritual o estrictamente espiritual), así como estados de buena salud o de enfermedad, incrementados o disminuidos por el vigor del alma.

3.4. O, por acudir a muestras más sencillas y cotidianas, que una mala digestión entorpece la capacidad intelectual y el gozo que suele ir aparejado al buen funcionamiento del intelecto o a la conversación con un amigo; que la correcta circulación de la sangre incrementa el bienestar físico-psíquico… y mil ejemplos más de todos conocidos.

Las razones me motivan para actuar en la forma que yo elijo; las causas determinan mi conducta inconscientemente, sin saberlo, tanto si las conoz­co como si no

2. Niveles de afectividad «humana»

Afectividad… espiritual

Esbozadas estas distinciones, retomo el hilo del discurso y advierto que, al hablar de afectos del espíritu no me refiero a aquello que origina o motiva un sentimiento, sino al sentimiento mismo.

Es decir, a la «conmoción-o/y-reposo-percibidos», de forma más o menos clara y fuerte, pasajera o estable, que experimentamos en el ámbito propiamente espiritual…

En tales circunstancias, no es preciso que se dé una alteración orgánica; basta con el «cambio» que tiene lugar en una facultad finita (es decir, todas las del hombre y, en este caso concreto, el entendimiento o la voluntad) cuando se actualiza o cuando, por el contrario, pasa de la actividad al reposo.

Y no es precisa ni posible una modificación física constitutiva del «sentimiento espiritual», justo porque ni la inteligencia ni la voluntad tienen órgano. De ahí que los clásicos no les aplicaran el término «pasión» (ni, propiamente, el de «afecto» ni el de «emoción», en cuanto que todos ellos implican movimiento en su acepción más rigurosa).

Aunque eso no elimina, en virtud de la estrecha e íntima unidad de la persona, que incluso tales emociones o sentimientos espirituales por lo común rebosen, reverberen y se aprecien asimismo en los dominios psíquicos y físicos… en los que sí generan cambios experimentables.

Aunque resulte tautológico, las emociones espirituales son las que experimentamos en/con el espíritu: inteligencia o voluntad… o una conjunción de ambas

Espiritual, sí, pero… ¿afectividad?

¿Sentimientos espirituales, entonces? Sí, sentimientos ¡espirituales!… aunque tal vez mejor no llamarlos sentimientos, al menos así, de entrada, precisamente por las connotaciones psicofísicas que hoy acompañan a este término.

Es lo que afirma von Hildebrand:

De todos modos, aunque estados como el buen humor o la depresión no son sensaciones corporales, difieren incompa­rablemente más de sentimientos espirituales como la alegría por […] la recuperación de un amigo enfermo, la compasión o el amor. Precisamente ahora es cuan­do podemos caer en una desastrosa equivocación al usar el mismo término “sentimiento”, como si fueran dos especies del mismo género, tanto para los estados psíquicos como para las respuestas espirituales afectivas.

Personalmente, para descubrir esta esfera de la vida afectiva —en el sentido amplio pero propio del término— no necesito ningún testimonio externo. Y espero que el lector, si inspecciona con calma y sin prejuicios su existencia cotidiana, tampoco los eche en falta.

Le bastará recordar, por ejemplo:

1. El gozo sublime de la comprensión intelectual de un asunto, sobre todo cuando lleva largo tiempo intentando entenderlo. Un deleite de enorme calibre, que nunca suele darse en estado puro y que a menudo empapa también otras dimensiones no estrictamente espirituales, con repercusiones a menudo incluso físicas.

2. O la todavía más elevada fruición del amor radicado en la voluntad… que, por lo común, se mezcla —y enriquece o empobrece— con sentimientos y sensaciones de orden psíquico-físico.

Existe una afectividad que se despliega y experimenta en el espíritu y cuyo nombre preciso no es fácil establecer

La gran dificultad

Pero aquí surge un nuevo problema, tremendamente delicado y de sumo relieve, sobre el que ya dije algo y más tarde volveré.

Y es que en nuestra cultura:

1. No demasiados han realizado la experiencia de la comprensión intelectual estricta; es decir, y hablo totalmente en serio, son relativamente escasas las personas que de veras han comprendido algo de cierta envergadura como fruto de una captación del entendimiento; con palabras más claras: somos o son muy pocos los que pensamos o piensan.

Mucho más frecuentes son las afirmaciones presuntamente intelectuales, derivadas sin embargo de la aceptación acrítica —sin discernimiento— de la costumbre, de la moda, de prejuicios de muy diverso tipo, de la fe natural o sobrenatural, de la superstición…

2. Ni tampoco son excesivos los que han elevado el amor a ese grado en que el factor claramente dominante —¡nunca el único!— es una decidida determinación de la voluntad, que persigue el bien para otro… y que llena de dicha el propio espíritu y redunda desde él a las restantes esferas que componen la persona en su totalidad.

Ahora bien, si no se llevan a término tales operaciones —comprensión intelectual y amor-voluntario-fruto-de-una-elección—, es imposible que se produzcan los sentimientos que de ellas derivan.

De ahí que, en bastantes ocasiones, al no haberlas experimentado o solo de forma muy elemental, resulte arduo aceptar la existencia de emociones estricta aunque no exclusivamente espirituales; y que las doctrinas más comunes al uso, con excepciones muy valiosas a las que después apelaré, hagan caso omiso de este tipo de sentimientos… y falsifiquen gravemente el conjunto de la vida afectiva.

Pero sobre esto volveré más tarde.

Sin un desarrollo suficiente del entendimiento y la voluntad tampoco pueden experimentarse sus respectivas emociones

Todo en el hombre es humano

De momento, con el fin de mostrar un primer esquema de conjunto de cuanto vengo afirmando, estimo imprescindible reiterar un principio sobre el que nunca se reflexionará lo suficiente.

Se trata de la idea clave que descubre que, en el hombre:

1. Todo es humano, desde el punto de vista del ser (entitativo).

2. Y puede llegar a serlo, en los dominios del obrar.

En este extremo, en el que ya vimos pronunciarse a Frankl, von Hildebrand se expresa con la máxima claridad y pertinencia:

Sería completamente erróneo pensar que las sensacio­nes corpóreas de los hombres son las mismas que las de los animales ya que el dolor corporal, el placer y los instintos que experimenta una persona poseen un carácter radicalmente di­ferente del de un animal. Los, sentimientos corporales y los impulsos en el hombre no son ciertamente experiencias espiri­tuales, pero son sin lugar a dudas experiencias personales.

No estamos ante algo fácil de entender ni tampoco de manifestar. Por tales motivos, yo no debería preocuparme si no consigo exponerlo de la forma adecuada, ni, sobre todo, el lector ponerse nervioso si no entiende lo que le propongo… ¡o no está de acuerdo con ello!

En el hombre, todo es humano… o puede llegar a serlo

Nada en el hombre es «simplemente animal»

La misma idea, que después desplegaré con calma, puede expresarse de manera hasta cierto punto más sencilla.

Existen muchas realidades que los animales parecen tener en común con el hombre. Las dimensiones estrictamente físicas: gravedad, cohesión, etc.; los procesos vitales de crecimiento y desarrollo, con cuanto llevan consigo: circulación sanguínea, digestión, respiración…; la capacidad de movimiento, en su acepción más amplia; los sentidos y los apetitos sensibles; cierta relación con su entorno físico y con otros seres vivos… y un dilatado y amplio elenco, muy difícil de colmar.

Pero ese «parecen» que figura en el párrafo precedente es fundamental, y nos ayudará a entender lo que sigue.

De hecho, como acabo de sostener y he mostrado otras veces:

1. Podría hablarse de cierta igualdad si cada uno de los elementos se considerara aislado en sí mismo o, lo que en la mayoría de los casos viene a coincidir, desde la perspectiva limitada de las ciencias experimentales: física, química, biología, óptica… Bajo semejantes prismas se equiparan, en los hombres y en el resto de los animales, la digestión o la respiración, pongo por caso, la acción de ver u oír, etc.

2. Sin embargo, esa presunta igualdad se desdibuja o desvanece si atendemos a cada uno de los elementos dentro del conjunto (el animal o el hombre, en el supuesto que estoy considerando), que es donde realmente se llevan a cabo: es decir, donde únicamente existen o se dan de hecho.

Al primer modo de enfocar la cuestión lo llamo meramente formal o abstracto, puesto que aquello de lo que se habla es resultado de una abstracción; resultado que, como tal, no existe: nunca puede darse un proceso de digestión o un acto de ver «independientes», al margen del sujeto que los realiza.

La segunda, por el contrario, es una consideración real, pues toma buena nota del sujeto que ve u oye, por citar un caso significativo, que efectivamente digiere o respira… y que hace muy distintos los procesos o las actividades aparentemente idénticos.

Podemos comprobarlo acudiendo a un ejemplo no demasiado complicado: la digestión del animal se encuentra exclusivamente determinada por elementos biológicos (en el sentido más lato del adjetivo), mientras que en un ser humano en iguales condiciones orgánicas el mismo proceso puede resultar profundamente alterado por el conocimiento intelectual de algo que genera una profunda alegría o, en el extremo opuesto, por el de una desgracia, origen de una total desolación, que puede incluso paralizar sus funciones vitales básicas.

En contra de lo que habitualmente se opina, es justo el filósofo —cuando actúa como debe— quien tiene una visión real de la realidad

Acudamos a la experiencia

Desde la perspectiva real, como vengo diciendo, la cuestión resulta bastante clara.

Pues es fácil advertir que no son las piernas las que andan, sino el perro o el caballo, poniéndolas en movimiento; no es el estómago el que asimila los alimentos, sino el animal o el hombre en los que ese estómago y el conjunto del organismo existen; no es el ojo el que ve, sino el ciervo, el águila o un determinado varón o mujer, a través de la correspondiente facultad visiva…

Si nos centramos en la visión y la consideramos de manera formal o abstracta (según lo hacen necesariamente, en función del propio método, las ciencias experimentales —y pido perdón por mi insistencia—), cabría sostener que el ojo —¡cualquier ojo!— vería siempre y solo colores.

Pero, lo repito porque lo considero clave, no es el ojo el que ve, sino un concreto periquito, un particular elefante, Daniel o Esteban.

Comparemos

Y, entonces, las diferencias se tornan casi infinitas.

1. Ciertamente, cualquier ser humano puede afirmar alguna vez, y con razón, que está viendo un azul intenso maravilloso (un color).

Pero es mucho más normal y habitual que, en esas mismas circunstancias, diga: estoy viendo un cielo esplendoroso, de un azul espectacular; o, en otros casos: veo venir a mi hermano (una persona), una procesión o un desfile, una casa de estilo colonial, un paisaje, un coche a toda velocidad, etc.

«Traduciéndolo», para lo que nos ocupa: lo que en efecto ve el ser humano en condiciones normales son realidades concretas y determinadas, dotadas de significado… y no simples colores.

Y esto es así porque, de hecho, la acción de ver no se da suelta, desligada, sino que forma parte de una percepción más compleja, en la que ponemos en juego, junto con la vista, y entre otras facultades, la imaginación, la memoria y, en fin de cuentas, la inteligencia… capaz de conocer la realidad en sí misma, con su significado o modo de ser propio.

La vista, en el hombre, da un resultado humano, que es el de conocer la realidad como es en sí, aunque de manera nunca exhaustiva, siempre un tanto modificada, y acompañada por la posibilidad de errar y de perfeccionarse.

2. El animal, por el contrario, tampoco percibe propiamente colores, sino que —poniendo en juego asimismo su imaginación y su memoria, y lo que solemos llamar instintos— ve posibles beneficios o daños; es decir, estímulos que le llevan a actuar, acercándose y utilizando lo que le resulta provechoso, o huyendo de aquello que, instintivamente, percibe como perjudicial.

El fruto de la visión del animal es asimismo… animal: un estímulo para su supervivencia o la de su especie.

El resultado de la percepción del animal bruto es simplemente animal, mientras que la percepción del hombre es estrictamente humana

Málaga, 17 de diciembre de 2007

Antonio Porras

Lourdes Millán-Puelles

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