La felicidad del matrimonio. Tomás Melendo

Las ideas que se explican a continuación concuerdan plenamente con lo establecido por el Magisterio de la Iglesia al respecto. Sin embargo, en la mayoría de los casos he preferido argumentar desde el punto de vista de la estricta razón, convencido de que las doctrinas éticas no son verdaderas porque las define el Magisterio, sino que, porque son verdaderas, la Iglesia las declara como tales. Es posible, por tanto, encontrar los motivos que han llevado al Magisterio a prohibir –manifestando el querer de Dios– las prácticas contraceptivas. Dentro de las limitaciones de espacio y tono propias de este escrito, son esas razones lo que voy a intentar exponer.

Hace ya algunos meses llegó hasta mis oídos un sucedido, que aquel mismo que lo refería no dudaba en calificar como escalofriante. Le comentaba una amiga a otra, en el curso de una conversación bastante intima: «Mira, yo tengo tres hijos. Por mi salud, edad, posición social y recursos económicos, podría tener muchos más. Artificialmente, sin embargo, impido que esas criaturas lleguen al mundo. Atendiendo a lo que enseña el Papa actual, Juan Pablo II, soy plenamente consciente de estar en pecado mortal. Pero a mí no me importa en absoluto.»

En un primer momento, intenté restar importancia a la anécdota: era uno más, entre los miles de casos similares que hoy ofrece nuestra sociedad, fruto todos ellos de la ya secular pérdida del sentido del pecado. En vano: tras reflexionar un poco, tuve que reconocer que el hecho resultaba, efectivamente, espeluznante. iQué gran dosis de ignorancia se escondía tras la afirmación de esa buena amiga: «pero a mi no me importa en absoluto»!

Ignorancia ¿de qué? Casi diría que de todo: de lo que es la vida humana, de nuestro destino último, del bien y del mal, de ella misma. Sólo soy capaz de medio entender la actitud que vengo narrando si me esfuerzo por atenerme a un planteamiento erradísimo, pero muy generalizado en buena parte de la cultura occidental. Se trata de esa perspectiva que reduce toda la ética cristiana a las dos afirmaciones siguientes: si te portas bien durante esta vida, recibirás –!después!– un premio imperecedero; si te conduces mal en este mundo, tendrás –!también después!– un castigo eterno. Vistas así las cosas, con esta mirada empobrecedora, acierto a comprender que la señora en cuestión, la que se negaba a concebir más hijos pudiendo bajo todos los aspectos recibirlos, razonara implícitamente: «Prefiero la felicidad presente, producida por la ausencia de “cargas” que los hijos llevan consigo, a una existencia desdichada y repleta depreocupaciones; y esto, aun a costa de ese castigo futuro, que, precisamente por su carácter venidero, ahora mismo apenas si me afecta.»

! Tremendo error de cálculo!, cabria decir con una mente un tanto más lúcida, por más generosa. Pero error de cálculo –simple error de cálculo al fin y al cabo–, si se admite ese modo de entender la ética.

La verdadera moral cristiana

Evidentemente, la moral cristiana es algo muy distinto. Reducida también a su expresión fundamental, que comparte con la moral natural más genuina, vendría a sostener lo que sigue: si obras mal te estás haciendo, ya en el momento presente, en el mismo instante en que actúas, malo; si, por el contrario, te comportas como debes, te vas tornando, también desde ese mismo momento, bueno. El que este modo de hablar resulte poco significativo para casi la generalidad de nuestros conciudadanos, revela hasta qué punto un subjetivismo hedonista y pragmático, con su elevada proporción de relativismo, ha hecho presa en la mente de quienes nos rodean.

Traduzcamos, pues, nuestras afirmaciones con palabras más adecuadas a la mentalidad moderna: al obrar bien –podríamos decir-, «te realizas» como persona, creces en humanidad, te conviertes en un hombre más cabal y cumplido; al actuar contra la ley moral, por el contrario, introduces una contrahechura en lo más intimo de tu ser, te destruyes como persona, cercenas tu propia humanidad, te des-haces. Supongamos que todo esto, todavía, resulte irrelevante. E intentemos una nueva versión, que si debería «decirle algo» al hombre contemporáneo, tan obsesivamente preocupado por el bienestar y el placer: sólo si obras bien te perfeccionas, y sólo si te transformas en una persona más cabal podrás ser feliz; y a la inversa: el hombre y la mujer que se des-hacen a sí mismos, caminan derechamente, ya en esta vida y a bastante buen paso, hacia la infelicidad.

¿Se entiende ahora por qué afirmaba que sólo la ignorancia puede conducir a alguien a sostener que el estar en pecado mortal no le importa en absoluto? ¡Tremenda inconsciencia superficial! porque esa situación degradada y degradante lleva consigo, necesariamente, la desventura; y nadie dotado de un mínimo de sinceridad podría asegurar que le importa poco o nada el ser dichoso: todos deseamos ardientemente, de manera natural, inevitable y constitutiva, encontrar la felicidad. Sólo que, como tantos otros hoy día, la señora a que estamos aludiendo desconoce completamente los «mecanismos» que le permitirían ser feliz; y, mientras cree poner los medios para alcanzar la dicha en esta vida, se encamina derechamente, a causa de esos mismos instrumentos -el uso de contraceptivos, entre otros-, hacia la infelicidad más segura… en este mundo y en el venidero. ¿Cabe una más triste ignorancia?

fuente:encuentra.com